la casa oscura
La casa, por dentro, estaba completamente a oscuras. Era un caserón enorme, de dos o tres plantas (no recuerdo bien) y, a juzgar por el aspecto, no había sido abierto por siglos. Sherlock Time y su amigo se habían metido allí por alguna caprichosa razón que, hoy, escapa a mi memoria. Tal vez para investigarlo, tal vez para comprarlo, no llego a precisar el motivo ni, mucho menos, el precio, máxime con tantos cambios de moneda. Lo cierto es que allí adentro estaba, en verdad, oscuro. Y la inquietud se advertía en el rostro del amigo, pero no tanto en la de Sherlock quien, como buen héroe, era más bien tirando a inexpresivo, a «cara de lata», como decía Alberto.
Se percibía (pese al límite estricto de los cuadritos) el olor a humedad y a encierro y un cierto aroma a circundante amenaza, como tienen todas las cosas desconocidas. Un dibujante debía ser muy pero muy valeroso para meterse en aquella casa. Fundamentalmente porque allí adentro había desaparecido cierta referencia espacial y habían desaparecido, más que nada, las líneas. Y eso es desconcertante para alguien que dibuja y que, fundamentalmente, como yo, se había quedado pegado con el estilo nítido y lineal de Roy Crane, por ejemplo.
El «Pepe Dinamita», de Crane, tenía ojos que eran apenas dos puntitos y su boca, a veces, un módico trazo descendente. O las cosas de Hugo, sin ir más lejos. Pratt cruzaba dos líneas que subían y se entrelazaban (como un biorritmo vertical) y lograba el humo de una fogata. Metía una pequeñísima nubecita frente a la boca de los indios Mungos, y era el aliento en ese bosque congelado.
Pero allí adentro, en la densa oscuridad de la casa, no había líneas. Solo una colisión de blancos y negros. De delgadas franjas de luz que se filtraban por las rendijas de los ventanales cerrados e iban a chocar contra los polvorientos muebles, modelando las formas. Para colmo, la casa estaba llena de adornos, de jarrones, de candelabros, de objetos de arte. Y a todos los corporizaba Alberto contrastando los volúmenes. Algo así como lo que hacía Arturo Del Castillo, en «Randall, the Killer», salvo que Del Castillo insinuaba los planos con un plumeado de miles de rayitas. Pero tampoco había líneas, líneas que marcaran el contorno de una pared o la división entre la luz y la sombra. Daba la impresión de que podía venir un viento (de esos vientos fuertes del desierto, que hacen rodar esas pelotas de arbustos) y llevarse el rancho, los graneros y hasta los caballos, desarmando con enorme facilidad ese hojaldre de tinta china. Pero lo de Alberto era pincel, trazo grueso, solución vigorosa. Me admiré muchísimo del estilo, pero supe (yo era adolescente aún, y algo vago) que no tendría capacidad ni paciencia para ese dibujo que se acercaba, por momentos, más a la escultura que al cómic. Supe que no encontraría a Alberto Breccia en esa casa.
Encontré a Alberto, sin embargo, en el año 72, en el Salón de Córdoba, y me pareció raro poder hablar con él, compartir cosas. Porque el asombro no venía de haber acompañado a Sherlock Time en la casona. Venía de antes. Venía de más atrás, incluso de «Vito Nervio», que había salvado a la humanidad en más de una oportunidad, cuando yo era chico, de la amenaza apátrida del «Triángulo Verde», desde las páginas del Patoruzito. Pero Vito Nervio (¡qué fantástico nombre!) hablaba en forma un tanto acartonada («¡Arremete, fiel Alí —ordenaba a su asistente negro—, como toro en un bazar!»), y yo no lo percibía muy real o muy cercano, al menos. Y, además, una cosa es releer una historieta, un cuadrito tras otro, tirado sobre los mosaicos del patio de mi casa y otra, muy diferente, es hablar con el propio autor, en el departamentito del Crist, flanqueados por Quino y Lino Palacios.
De aquel encuentro, legendario ya, me quedó una foto maravillosa. Somos un grupo grande, unos treinta casi, desplegado frente a la cámara. Uno de los primeros, de pie, sobre la izquierda, es Oesterheld. Después, entre otros, están Quino, Caloi, el Turco Salomón, el Lolo Amengual, Cognigni, Lino Palacios, Kalondi (levantando los brazos), el gordo Bróccoli, el Menchi Sábat, Pequeña, Coquito Feldman. Parados, últimos sobre la derecha, están Breccia y el Negro Crist. Alberto, un poco a lo guapo, la mano izquierda en la cintura, el pucho en la otra, quizás debido a las reminiscencias de su pasado en los corrales de Mataderos. Es el mediodía, tal vez después de almorzar, estamos en una especie de parque y hay una luz bárbara. Y yo me pregunto: ¿qué llevó a Oesterheld y a Alberto a meterse en esa casa oscura? ¿Qué desafío impulsa a un dibujante a zambullirse junto a sus dibujados en un ámbito donde todo debe ser solucionado, tan solo, con luces y sombras, con algunos dosificados blancos y agobiantes masas de negro? Para colmo, cuando el amigo de Sherlock estira la mano hacia un picaporte para abrir una puerta, una gota oscura y pesada, desprendida del techo, le cae en la mano. Y es sangre.
Diez años después, estábamos en «Cocoyoc», un hotel hacienda en las afueras de la ciudad de México (si es que la ciudad de México sigue teniendo afueras). Alberto daba una charla para dibujantes mejicanos, argentinos y españoles. En las primeras filas, más atentos y concentrados que ninguno, estaban Leopoldo Durañona y José Muñoz. Paradójicamente, dos de sus alumnos más aventajados y profesionales reconocidos ya, en aquel momento. Es que, para ese entonces, el maestro se había metido, además, en muchas otras casas oscuras. Había salido, también, y, por ejemplo, a las enceguecedoras amplitudes del Ártico para luchar contra una criatura antecesora del Alien. Experimentaba día a día con los sobresaltos del collage y, en suma, era muy difícil seguirle el tren. Por eso, cuando ya todos nos habíamos habituado a la oscuridad de esa casa, cuando ya nuestros ojos empezaban a acostumbrarse a la negrura, cuando nuestros pasos vacilantes de lector lograban eludir la pesadez de los muebles, se hizo la luz. Porque Sherlock y su amigo habían visto repetirse la pesadilla, nuevas gotas de sangre habían seguido cayendo desde el cielo raso, primero desde el primer piso, luego desde el segundo y finalmente desde el tercero. Sherlock (más íntegro, héroe al fin) había desprendido las semipodridas tablas del piso de la buhardilla con una barreta y había encontrado, allí, una masa humanoide quizás y delicuescente, espantosa. Y su amigo había corrido, preso del pánico, hacia cualquier lado. Fue cuando se hizo aquella luz brillante, desmesurada, que no nos permitió ver el final. Final que luego nos contaría Sherlock, ya más tranquilo. La torre del caserón, la vieja torre cubierta de enredaderas, no era otra cosa que una nave espacial, que había echado vuelo ante la cercanía de los visitantes. Y así quedamos, con el amigo de Sherlock Time, con José Muñoz, con Durañona, deslumbrados, mirando hacia arriba, atisbando el lejano fulgor de la nave. Habíamos creído entender los trazos oscuros del pincel, cuando se encendió todo. Alberto lo seguiría haciendo. Nunca se quedó, por cierto, en la tibieza del mediodía, después del almuerzo.