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roberto fontanarrosa

hortensia

El Gordo siempre decía que Hortensia debía ser como un almacén de ramos generales, que en ella cada uno debía encontrar lo que buscase.
Con eso nos explicaba el aparente caos en materia de diagramación, el amontonamiento de pequeños textos o la reducción de los dibujos a tamaños de estampillas.
El negro Crist y yo siempre reclamábamos por un mayor ordenamiento, algo más prolijo, más atildado, pero el Gordo la tenía clara. Justamente, el «ángel» de Hortensia residía en eso, en esa remembranza de estudiantina, de cosa no demasiado formal, alejada de las líneas de diagramación que nosotros estábamos acostumbrados a ver en las revistas europeas o, sin ir tan lejos, porteñas.
Cognigni apostaba, además, a la respuesta que podía llegar a tener el humor cordobés, un humor al que yo (como rosarino) suponía agrandado por la leyenda, pero que pude comprobar su vigencia y realidad, luego, cuando, atraído por Hortensia, comencé a frecuentar más la Docta. Conocí allí al Sapo Cativa, al Chuncano Villalba, al Gordo Oviedo, al Pelado Alonso, al Tanque Rojas, al mismísimo Crist y al irreproducible Cascote, un montón increíble de contadores de cuentos que no eran otra cosa que la «cabeza visible» de un humor con tonada y desenfado que circulaba entre los negros cordobeses.
«Los negros llegan a Breton», decía el Gordo cuando quería graficar el delirio y el surrealismo que podía alcanzar ese humor local que él mismo desarrollaba quincenalmente con «Negrazón y Chaveta». Y lo decía con esa potente voz nasal que hace que cualquiera que intente recordar alguna anécdota suya procure imitarla, como ocurre con Perón. Y todos los «chistosos» entrábamos por la puerta amplia de Hortensia, ya que el Gordo (o el Gringo, como también le decían) pretendía una revista abierta, sin pretensiones de cenáculo.
Grandote, corpulento, risueño, sentencioso, solía ser, eso sí, a veces demasiado paternalista para nosotros. «El Mandrú y el Fon están en busca de sus anecdotarios», deducía, cuando con el Crist nos íbamos por ahí, de viaje, lejos de su control personal. Y tenía razón de vernos (o, al menos, de verme a mí) como productos de su semillero. Porque tanto él como Sarita fueron, desde Hortensia, un paso fundamental en mi trabajo y en mi relación personal.
Gracias a esa ya mítica revista, que demostró que también se pueden hacer cosas exitosas fuera de Buenos Aires, yo comencé a publicar con regularidad y aprendí a querer entrañablemente a Córdoba y conocí a mis más admirados colegas: Quino, Sábat, Caloi, Bróccoli, el maestro Breccia, el Lolo Amengual, Ortiz, Aldo Cuel.
A todos ellos y a muchos más los conocí en el primer salón del Humor y la Historieta el año 1972 en Córdoba. El empecinamiento organizativo del Gordo junto con el Turco Salomón lo hizo posible, como hizo posible que se repitiese tres veces más hasta alcanzar dimensión internacional. De allí en adelante, se pusieron de moda los salones de dibujo y en todos era infaltable la presencia del Gordo. Permanente generador de energía, charlatán hasta el cansancio, agarraba la manija y no la largaba. Es más, se la cedíamos de inmediato nosotros (no somos muy extrovertidos los dibujantes) cuando en las aperturas de los salones había que agradecer las palabras alusivas al acto de intendentes o gobernadores. Allí iba el Gordo y, canchero y socarrón, salía con elegancia del trance.
Polémico, propenso a la trascendencia, era también el contendiente exacto para entrar en bromas o supuestos argumentos encontrados que, generalmente, urdían Trillo y Saccomanno.
Ese es el Cognigni que quiero recordar. El Gordo vital, activo, enormemente generoso. El anfitrión a veces más cálido que previsor, el entusiasta impulsor de cuanto proyecto le gustase. El «Caballo de lona», como le decían en Córdoba, porque parecía un cuerpo armado por dos personas, capaz de encontrar todo el tiempo necesario para dibujar Negrazones y Chavetas a sus seguidores entre el esfuerzo que le demandaba su condición de propulsor de salones y encuentros. El que, sin hacerse rogar, subía a un escenario a contar chistes con la eficacia de un profesional, el que se enojaba hasta la indignación por las críticas malintencionadas del que ningún tipo que haga cosas está exento. El que me pasaba por los hombros uno de sus brazos de oso y me decía: «Son cuestionadores de boliche, Fon». El grandote de temperamento italiano que engranaba hoy y se olvidaba mañana.
Ese es el Cognigni que voy a recordar siempre.
Un pedazo muy grande de mí se murió con el Gordo.