faltan cinco (aquel día fatídico)
Faltan cinco minutos para comenzar el partido y, parafraseando a otro líder negro (trágicamente desaparecido), le confieso a los muchachos: «Anoche tuve un sueño. Perdíamos dos a cero con los colombianos con goles de Valencia y Asprilla a los diez y once minutos del primer tiempo».
«Entonces, ¿para qué vamos a ver el partido?», me reprocha el Ale. «Pero —duda el Colo—, ¿el partido terminaba así o levantábamos en el segundo tiempo?».
«No sé —le digo—. Con dos a cero desde el arranque, ¿para qué iba a quedarme a verlo entero? Me fui del sueño».
No obstante, coincidimos en que será sencillo verificar si el sueño había sido una vigorosa premonición o, tan solo, otra falacia del subconsciente.
«Si a los diez minutos no nos han metido una pepa —tranquiliza Fernando—, quiere decir que eran todas macanas».
Admito que sufrimos mucho ese primer cuarto de hora, en tanto nos preguntábamos cuál sería la evaluación de un psicoanalista ante esta clase de sueños. ¿Una concepción derrotista producto de alguna defección en la infancia? ¿O un mero desajuste de los zagueros centrales?
Lo cierto es que, dos horas después, todos acordábamos en que, aquel, había sido un buen sueño, casi generoso, cargado de ternura, y para nada una pesadilla. Pero que se manifestaría, luego, recurrente: la noche del domingo, volví a soñar con los colombianos. Y anoche también. «No tome tanto café», me dijo el médico.
Rincón ha metido el derechazo de pique, al suelo. Roza en alguien, se va a la red por tercera vez, y la sensación entre nosotros casi no es de amargura. Es de estupor. Como si hubiésemos abierto la azucarera y hubiese estallado una garrafa. Nos cuesta severamente recuperar el lenguaje. Se escapa Asprilla, la pone de emboquillada sobre la cabeza del Goyco y ya no nos preguntamos «¿dónde está la defensa?». No. «¿Dónde está Defensa Civil?», ululamos. Esto es un desastre histórico. Una catástrofe nacional. Algo parecido a cuando nevó en Rosario o al terremoto de Caucete.
«Yo estaba bañándome cuando Valencia metió el quinto», rememorará alguien, dentro de veinte años. «Yo había ido a despedir a mi tía, que se iba a Arequito, cuando Asprilla metió el segundo», retrucará otro. Creo que nos asombramos de que no se corte la transmisión y aparezca el escudo nacional.
Asprilla corre y parece que se va a desarmar. Bracea y mete unas zancadas de jirafa negra. Cuerpea con Borelli (que es rápido), corriendo por un pasillito mínimo entre las piernas del Cacho y la línea de toque. Cuando parece que Borelli va a voltearlo o lo va a enganchar con un brazo, Asprilla acelera sobre su propia aceleración y, como el Correcaminos, le saca dos metros al marcador doblando en un vértigo por la línea de córner. Rincón es, incluso, más grandote y parece de hormigón armado. Podría ser un acompañante negro de Bruce Willis o de Mel Gibson. Mete la tranca y la pelota se oblonga. Salta a buscarla arriba y parece hecho en otra escala. Cuando lo ve al Pibe traerla, Freddy huele la brisa y olfatea el hueco que le ha hecho Asprilla viniéndose para el medio. El Pibe parece decidirse por la izquierda, pero, como en el empate del Mundial contra Alemania, sabe que Freddy llega tocando pito por la derecha. Rincón encara el pase y todos sabemos que ya no hay quien lo pare. Se ha puesto las botas de las siete leguas y gana ocho metros donde solo hay uno. Se da tiempo para mirarlo al Goyco, abrirse sobre su diestra y luego cruzarla baja, sin alharaca.
El Tren Valencia se alfombró una faja de la cabeza. Un modelo mohicano, pero más ancho. Impresiona más, quizás, porque aquí ya no hay ferrocarriles. Se escapa Asprilla como once pero parece estar solo. Mete el freno, aguarda un segundo y pone la globa, de refilón, bien finita, por un huequito lubricado entre los zagueros. Desde el fondo mismo de la pantalla, llega Valencia, a mil y ni siquiera patea. Ofrece el empeine y la deja adentro. Nenín se pregunta: «¿Cuánto faltará para que los jugadores de fútbol sean todos negros, como los basquetbolistas de la NBA?». Nigeria le acaba de ganar la final de los pibes a Ghana. Uno sintoniza fútbol holandés y, entre los rubios payos que abundan en la zona, nunca faltan cinco o seis negritos que la hacen de trapo. Cuando llegue ese día, ¿volverá Michael Jackson a ser el de antes?
Retomando, es el medio tiempo y se viene la noche. Decidimos que es imperioso un intercambio posicional. Yo voy a donde estaba sentado Alejandro. Alejandro a mi puesto. El Colo se corre junto a Chiquito y Fernando deja su ubicación a Nenín. «¿Quién toma al Pibe?», pregunta alguien. Pero eso no es todo. «¡La vela!», reclamamos a grito. Aparece Liliana con la venerada vela que permitiese el milagroso segundo puesto en el Mundial de Italia. Se enciende como si fuese la apertura de las Olimpiadas. Una hora después hay amargos reproches contra la vela. Ya no queda ni ese fuego sagrado. Alejandro la reivindica. «No permitió el tercero de Paraguay», defiende. Estamos de acuerdo. Tendrá otra oportunidad contra los tanques australianos.
Pienso en la alegría de mis amigos colombianos. Daniel Samper (tiene la elegancia bogotana de no llamarme desde Madrid, al final del partido), la «Chiva» Cortez, Alberto Casas. Pero no me conforma. Ocurre que nos habían engañado. Nos habían dicho que el fútbol que gusta a la gente no gana. Pero, está demostrado, a veces, eso pasa. Como ocurre, extrañamente, con el San Pablo, el Milan, el Barcelona. Sin embargo ¿quién ha dicho que todo está perdido? Entraremos al Mundial de los Estados Unidos, aunque sea por la puerta de servicio. Y cuando estemos de nuevo todos juntos, vela y sueño incluidos, esperando la salida de la Argentina al verde césped del estadio de los Dodgers, ni nos acordaremos de este lacerante atardecer, oscuro como la piel de Faustino Asprilla.