escribir un best seller
La primera y esencial condición para escribir un best seller, mis queridos amigos, es proponérselo. Convencerse a uno mismo de que está en condiciones de conseguirlo y acometer sin demoras la empresa. Ustedes deberán tener la más absoluta convicción de que son capaces de escribir un libro que sacuda al mercado y les depare fama, poder y riqueza. Y para ello será imprescindible (exactamente como lo haría un atleta de alta competencia) alcanzar el mayor grado de concentración posible. Quizás no encuentren ustedes, absorbidos por los estudios y los amoríos juveniles, el tiempo necesario para abordar los ejercicios de concentración. Pero bastará, a título de inicio, con repetir cien veces, todas las mañanas, al levantarse, «Yo puedo hacerlo. Yo puedo hacerlo. Yo puedo hacerlo».
Parece sencillo, pero no lo es. Ha habido casos, el de un alumno mío de Harvard, sin ir más lejos, con quien este recurso falló ya que no lograba repetir más de 20 veces dichas palabras sin tentarse de la risa. O el de otro condiscípulo suyo que afirmaba que, el ritmo monótono y repetitivo que impone la frase, le daba sueño y volvía a dormirse hasta pasado el mediodía. Pero son casos aislados, sin duda alguna, que se dan en personas desprovistas del fuego sagrado del escritor de raza. Por otra parte, el recurso de repetirse a sí mismo, como una letanía, esta sentencia que afirma la convicción del triunfo, no es algo novedoso, surgido del ideario esnob de algún vendedor trasnochado. Exactamente esta misma frase «Tú puedes hacerlo. Tú puedes hacerlo» es la que repetían, paso a paso, los hoplitas de Ciro El Joven cuando marchaban hacia la batalla de Gaugamela, en los albores de la conquista de Macedonia. Disminuidos en número, estragados por el escorbuto y la disentería, encontraron en dicha reiteración marcial el ánimo necesario para enfrentar a las huestes del bárbaro Teodoredo. Y de allí, precisamente, de aquella jornada histórica, sobrevivió un libro, El Último de los Hoplitas, de autor anónimo, que aún puede encontrarse en las buenas bibliotecas de Alejandría.
De cualquier forma, si todavía albergan dudas con respecto a la concentración, luego de mi charla podrán hacerme preguntas al respecto en el diálogo abierto que moderará, quien está aquí, a mi lado, la gentil señorita Hosenball.
Conseguida la convicción, la fe en nosotros mismos, nos será fácil abocarnos a la escritura de la obra que tendrá por objetivo estremecer los índices de ventas. Y como todo entra por los ojos, acordemos que nuestra primera preocupación debe cubrir el aspecto físico del volumen. Nada de libros minúsculos o delgados. Nada de cubiertas insípidas o carentes de color. Dejemos eso para los ensayos o la poesía. Ustedes deben comprender que vuestro libro deberá competir en los supermercados con miles de otros ejemplares similares y con multitud de envases multicolores ofreciendo leche condensada, arvejas partidas, salsa de tomate o cortadoras de césped. Exijan entonces a su editor una cubierta brillante, con el título grande, faja anunciando el tiraje de la edición y con la foto del autor en la contratapa. Esto último, solo si el editor se niega a colocar la foto en la cubierta.
Solucionado el problema de la tapa, es importante que hablemos de la letra. La letra en que esté escrito el texto del libro deberá ser grande, redonda y clara. Nítida, en una palabra. Que el interesado potencial adivine que podrá pasar esas páginas aterciopeladas fácil y velozmente en busca del momento más ansiado por cualquier lector: el de meter el libro, terminado, de una buena vez por todas, en su biblioteca. Deberá recordarse, asimismo, que no es conveniente marginar sector alguno del público y, casualmente, uno de los que cuenta con mayor poder adquisitivo, es el del lector ya maduro, cincuentón. Este lector gusta de hojear los libros, quitándolos de sus estanterías y en muchos casos se siente frustrado al descubrir que las letras son muy pequeñas y él ¡no ha llevado sus lentes consigo! Nada de letras minúsculas o mezquinas, entonces, mis amigos, que inducen a pensar al potencial comprador en que pasará una eternidad hasta que pueda dar cuenta de la novela.
Otro punto relevante es el del papel que ha de elegirse para la impresión del libro. Nada de papel fino, tipo biblia. Dejemos eso para los literatos soviéticos que fatigaron, por siglos, generaciones y generaciones de moscovitas con los lamentables resultados ampliamente conocidos. El papel debe ser corpulento, para que brinde un aspecto robusto y saludable al volumen, pero no al punto de tornarlo exagerado. Algo que el lector pueda decir, al observarlo: «Yo puedo leerlo, yo puedo leerlo». Y que no le signifique un desafío desmedido. Que el comprador perciba que ha pagado por algo sustancioso, con tapas duras, con vivos colores, que abulta en la mano, pero que eso no le implica meter en su casa a un invasor que le robará cientos de miles de horas de sueño, que lo alejará del cariño de sus hijos, de la práctica de los deportes y del cabal aprovechamiento del ocio. Y, después de todo, ese hombre no tiene tanta confianza con el autor, no le ha dado tanta injerencia en su propia vida, como para que este se le meta en su propia cama hasta altísimas horas de la noche. Si no les ha quedado claro este asunto, luego, en el debate abierto moderado por la enérgica señorita Hosenball, presente aquí, a mi lado, podrán acercarme sus preguntas.
Otra cosa importante: debe haber diálogos. Diálogos, mis jóvenes amigos. ¿Por qué? Porque se componen de frases cortas que permiten la presencia de numerosos espacios en blanco en cada página. ¡Nada más desalentador para el lector no entrenado que una página repleta de palabras, sin espacio entre unas y otras, apiñadas como hormigas sobre un carozo, sin permitir un solo claro en el bosque para tomar una bocanada de aire fresco, una inspiración vivificante! Capítulos cortos, además. Que el interesado sepa que, apenas pasadas unas páginas, el capítulo se termina y comienza otra cosa, otra situación, otro momento. ¡Cuántas veces nos hemos sorprendido a nosotros mismos leyendo un libro, y mientras con una mano sostenemos el volumen sobre nuestro pecho, con la otra ya estamos buscando en las hojas venideras el final de ese capítulo que nos permita, de una buena vez, ir hasta la heladera a buscar una fruta o la ansiada lata de cerveza! Ténganlo en cuenta, noveles escritores.
Pasemos entonces a otro detalle fundamental para el logro final de aquello que verdaderamente nos desvela: fama, mujeres y dinero. O amantes, digamos, para ser más abarcativos, ya que advierto en los rostros de algunas bellas señoritas ciertas expresiones de disgusto. La primera frase, mis amigos. La primera frase, el primer párrafo de un best seller, es definitorio. Debe atrapar al desprevenido viandante que se asoma, desaprensivo, a nuestro libro. El mecánico electricista; el odontólogo; el analista de sistemas que ha ido al supermercado por una maquinita de afeitar, una jalea de arándanos o un racimo de nabo, debe quedar pegado a esa primera frase como la mosca a la tela de araña. Si ya ha caído en la trampa de un buen título, si ya ha advertido que la trama es amable y llevadera, si no ha huido a escape por una superabundancia de texto, no lo espantemos justamente ahora con la intrascendencia de una primera frase francamente estúpida. Cientos de novelas, en la historia de la literatura, se recuerdan solo por sus primeras líneas. Miles de ciudadanos de todo el mundo procuran deslumbrar a sus pares repitiendo, en cuanta ocasión propicia encuentran: «Nunca permitiré a nadie decir que los 20 años son la mejor edad del hombre». O bien, «Ayer murió mi madre. O anteayer». Sin duda alguna, si preguntamos a esos petulantes cómo continuaban Aden, Arabia o El extranjero, balbucearán como peleles y no acertarán ni siquiera a recordar los nombres de los autores de dichos libros. Un alumno mío, de Richmond, por ejemplo, creía que El extranjero era un manual sobre comportamiento cívico para los hispanoparlantes y que se vendía a los «espaldas–mojadas» en el estado de Sonora. Recurramos, entonces, sin vergüenza, a fórmulas ya probadas. Nadie se escandaliza por repetir «Sí, quiero» cuando el sacerdote formula la fatídica pregunta, aun conociendo que esa frase ha sido dicha y reiterada por infinidad de personas en cientos de miles de oportunidades. «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo». Así comienza el libro Cien años de soledad, del escritor Gabriel García Márquez, que tuvo cierta trascendencia en los años 60. Muy bien, he aquí un buen ejemplo para el comienzo de nuestro libro, queridos amigos. Empecemos, así, encerrando la frase con comillas: «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo». Ponemos una coma, y seguimos: «Peter Smith dejó sobre la mesita de luz el libro Cien años de soledad y se encaminó hacia la cocina en busca de algo con lo cual enfriar su whisky». Es una excelente triquiñuela para abrir el fuego, recurriendo a una siempre distinguida cita literaria e internarnos, de paso, en el problema de Peter Smith que ha percibido que su trago ya no sabe tan bien. Mi colega García Márquez no podría enojarse, asimismo, ya que, de una manera u otra, se lo estaría citando en la obra, y eso ya es mucho para cualquier escritor latinoamericano. Pueden ir escribiendo sus preguntas, mis jóvenes amigos, y alcanzárselas acá, a mi compañera de mesa, la severa señorita Hosenball.
Abordemos ahora el remanido tema del tema. La idea básica, la estructura que sostendrá nuestro éxito de ventas. Pese a lo que puedan afirmar algunos, el tema de un libro es importante. Hallarlo, detectarlo, localizarlo, es fundamental. De cara a este aspecto angular de la creación literaria, ustedes deberán repetirse mil veces, antes de acostarse o después de las comidas, «Tú puedes encontrarlo. Tú puedes encontrarlo». Así lo hicieron los hoplitas, aquellos mismos abnegados guerreros que ya les mencionara, en ocasión de marchar hacia la decisiva batalla de Gaugamela, hondamente preocupados dado que no encontraban por ninguna parte a Ciro El Joven, su general y líder. Pongamos por caso que el personaje central de nuestra historia es un violador. Un joven violador es un personaje atractivo que nos promete, desde su presentación, sexo y violencia, dos elementos imprescindibles para acceder al triunfo. Habrá que documentarse, entonces, sobre esta actividad que, bien lo saben ustedes, no se enseña en las escuelas. Conseguiremos, por lo tanto, el testimonio de un auténtico violador, un delincuente real y tangible. Alguien que, de ser posible, haya perpetrado alguna atrocidad conocida y de dominio público. Se lo localizará, entonces, en la cárcel donde resida, se lo entrevistará con regular frecuencia y se recogerá de él un relato de sus mejores momentos. El libro, de esta manera, tendrá una faja en tapa, o una solapa, donde se resalte el aporte del indeseable y se haga hincapié en la importancia que adquiere su narración como documento y denuncia. ¡El mismo violador puede escribir el prólogo! Lo que obviará el habitual problema de cartel que suele acarrear el hecho de trabajar con un equipo numeroso de informantes. Mi gran amigo Elton Rivello, autor de Homosexual II, sufrió un buen dolor de cabeza por esa causa. Dispuso premiar a cada uno de sus quince ayudantes permitiéndoles escribir quince prólogos diferentes, decisión que, al mismo tiempo, abultaba un tanto el espesor del libro que le había quedado inesperadamente delgado. Sucedió lo temido. Se suscitó una lucha de rivalidades entre sus leales ayudantes, lo que indujo a uno de ellos, el último, a revelar en su prólogo el final de la obra de Rivello. De cualquier forma, el escándalo que rodeó a la presentación del libro, con pugilismo incluido y caída de un elefante en una piscina, impulsó a Homosexual II hacia el Olimpo de las ventas. Y este es otro aspecto que no debe descuidarse. Una pizca de escándalo favorecerá la distribución. Puede trascender a la prensa en forma, aparentemente, involuntaria, que el violador sobre cuyos testimonios se construye el relato, ha pedido participación en las ganancias. No solo eso. Que ha exigido, de ser el libro llevado al cine, representar él mismo su propio papel, aún en prisión, lo que significaría filmar todo en interiores. Trascenderá que el autor se niega a tal exigencia y que, exaltado por la negativa, el delincuente ha tratado de violarlo en una de sus visitas al presidio, o que lo ha violado, vamos, como para redondear el informe. Noticias como estas son la sal del mercado del libro y aseguran un tiraje inicial que no puede bajar de los 250.000 ejemplares.
Pero hay un detalle, un detalle de estilo que no quisiera que pasaran por alto pues resume muy claramente lo que yo ambiciono de ustedes, mis futuros éxitos de venta. El lector debe ser sorprendido. Línea a línea, hoja a hoja, carilla a carilla. Debemos depararle sorpresas y hechos inesperados a cada momento. Abofetearlo, sacudirlo, zamarrearlo, cachetearlo. El lector, deben ustedes saberlo, es un ser pusilánime al que le agrada ser vejado, de ahí mi predilección por el tema del violador. Y entonces desea ser movilizado por el libro, alterado, estremecido. Se encontrarán luego ustedes, en alguna presentación literaria, con señores de lentes que les solicitarán un autógrafo con voz temblorosa confesándoles: «Juro que me sorprendió usted en la página 238, viejo cabrón». Me ha sucedido. Veamos, observen un ejemplo práctico que les enseño a título de novedad, en esta materia de sorprender al público. ¡Ya estoy escribiendo un libro sobre el violador! ¡Sí, yo, Christopher Foote, lo estoy haciendo! ¡Ya estoy concurriendo a la prisión de Radcliffe para entrevistarme con un pobre equizofrénico que violó la friolera de 34 personas durante la administración Reagan! Es por eso que les puse este tema como ejemplo. Y una segunda sorpresa para ustedes, ya nomás, sin solución de continuidad: dicho tema está registrado. Desde hace un año está registrado. De lo contrario no se los estaría contando con tanta calma. Sepan comprenderme. Cuando yo entro en el pabellón 108 de violadores y convictos sexuales de la prisión de Radcliffe, sé positivamente con qué clase de gente voy a encontrarme. Si Robert Petroni, compañero de celda de mi entrevistado y convicto por mantener relaciones sadomasoquistas con un cocker spaniel en una sinagoga, me manosea la entrepierna, yo no puedo decirle: «¡Caramba Bob, no lo hubiese esperado de ti!». Y eso que, les confieso, la apariencia física de la mayoría de los presidiarios no es la que nos ha vendido el cine o la televisión. Juro que he encontrado en ellos a un grupo humano que, al menos en su catadura, en poco difiere al que ustedes componen. Mi mismo entrevistado no es el monstruo que procuró pintar la prensa. Por lo contrario, es un ser endeble, que no supera mi poca aventajada estatura ni mi peso y al que nadie podría sindicar como un criminal en potencia. Pero, conociendo sus antecedentes, yo sé dónde me meto cuando lo visito. Allí nada puede sorprenderme. Pero aquí no. En los claustros de esta universidad, no lo sé. Detrás de los rostros aparentemente nobles y juveniles de todos ustedes estará, sin duda, el plagiario en potencia, o el ladrón de ideas dispuesto a aventajarme en el tiempo y publicar a la brevedad posible un libro con idéntico nudo argumental. No deseo que se ofendan, pero así es este negocio y deberemos desconfiar hasta de nuestra propia madre si queremos conseguir el triunfo y el reconocimiento. A otra cosa, entonces.
El tratamiento del tema. Nada de pobreza y sordidez. El lector no desea eso. El lector desea brillo y acción. El lector está harto de su propia vida, opaca y sin matices. Habría que brindarle, entonces, lugares lujosos y vidas trepidantes. El vértigo de los amores fáciles y la seducción del poder ¿Qué tiene esto que ver con un violador, se preguntarán ustedes, socarronamente, ante lo caprichoso de mi elección? Es verdad. Habitualmente sabemos, a través de la prensa, que los violadores son sujetos despreciables, escoria social, discapacitados mentales, equizofrénicos. O bien sucios viejos truculentos, pobres de solemnidad, que se llevan una gorda hacia un baldío, entre babeos jadeantes y manoseos apresurados. Idiotas de razas subalternas, asiáticos, hispanos sin educación ni roce que viven en verdaderas madrigueras o en sótanos. O entre tachos de basura. Personajes que en poco o nada contribuirían al éxito de un libro bien escrito. ¡Mas no será así, amigos míos! Está en cada uno de nosotros, en el escritor avispado, cambiar las reglas del juego, ya que podemos dotar a nuestro personaje de las condiciones que creamos convenientes. Allí está la habilidad, el genio del autor. Y les digo más, les revelo paso a paso mis secretos, les abro el arcón mismo de mis tesoros. ¡No ahorren golpes bajos! ¡No renieguen del efectismo! ¡La vida misma está llena de efectismos! ¿Era necesario, acaso, que los infantes de marina, amontonados como marranos en torno a la teta, clavasen aquella bandera en la cima del monte Saburu, en Iwo Jima, acción inmortalizada en la célebre foto? ¿Era realmente necesario? ¿No tenían otra cosa más útil para hacer que aquella insigne chiquilinada? ¿No había tanques que reparar, aviones que remendar, operaciones de limpieza que concluir, en lugar de posar como modelos de pasarela para hacer flamear las barras y las estrellas sobre esa podrida isla? Efectismo, mis muchachos. Simple y puro efectismo frente al ojo de una cámara preparada para recogerlo e inmortalizarlo. Ustedes son cachorros aún, dispuestos a ganarse un lugar en una sociedad inhóspita que premia con generosidad al ganador y al que llega. Ustedes son jóvenes boxeadores dispuestos a fajarse con cualquiera para alcanzar el triunfo. ¡Ustedes asestarán golpes bajos, golpearán debajo del cinturón, abollarán el protector del rival, le atizarán en los genitales para dejarlo sin aire cuantas veces puedan hacerlo! No darán ninguna ventaja, en suma. Yo no les cuento mi idea del violador sin haberla patentado antes, por ejemplo. Habrá entonces, en la novela, muchachas pobres que se enamoren de millonarios. Habrá niños abandonados que encuentren a sus padres, habrá monjas que se embaracen aun antes de desposarse con Dios. Todo eso habrá para sacudir de rabia y pavor al pobre imbécil que ha pagado un sucio puñado de dólares por tu libro, muchacho. Y el violador no será un ser infecto y miserable. Tercera sorpresa, mis amigos. ¡Porque no fue eso lo que yo encontré en la celda número 1786 de la prisión de Radcliffe! Todo lo contrario. Hallé un joven nacido en una familia muy adinerada de Concord. Hijo de inmigrantes que hicieron su fortuna con uno de los más importantes derivados del petróleo: la guerra. ¡Y que, por tanto, no podía conseguir una satisfactoria relación sexual si no era bajo el signo de la violencia, mis amigos! Su padre multimillonario nunca había tenido mucho tiempo para él. Este hombre, el violador, N.N. llamémoslo, creció con la sola compañía de sus lecturas: recomendaciones en el envoltorio de la goma de mascar y La Pequeña Lulú. Recién a los 18 años, su padre, el fabricante de armas, se detuvo por un momento a reparar en su hijo, ya que le habían llegado inquietantes versiones de que N.N. se la pasaba confeccionando collares con piedras de Mauritania para ofrecer a las vendedoras de Macy’s. El padre, entonces, buscó a una profesional para iniciar a su hijo en el sexo. Consiguió una pobre muchacha que alternaba su trabajo de prostituta con el boxeo femenino. Todas las noches se trenzaba con otras desgraciadas en un cabaret de mala muerte para conseguir un poco de dinero. Luego de los combates, se iba con el espectador que más la había alentado durante la lucha. ¡Esa mujer consiguió el padre millonario para N.N.! La muchacha, aquella noche, estaba muy disgustada porque había perdido en el cuarto round por KO técnico contra una recia pegadora de Sandisfield. N.N., cohibido por la presencia de la mujer, amedrentado, quizás, por la rotunda contextura física de la joven, no consiguió una erección adecuada. Ella le dijo que no tenía tiempo para perder. Trató de reanimarlo echándole sales y agua helada con una esponja sobre la cabeza, pero todo fue en vano. Histérica, la muchacha la emprendió a golpes con N.N. hasta que este entró en calor y, desesperado, respondió gancho a gancho la golpiza. Y cayeron en el ansiado cuerpo a cuerpo. Pudo hacerlo, al fin y al cabo, pero aquella experiencia signó su vida. De allí en más, nunca obtuvo placer sexual sin mediar la violencia, amigos míos. Sumido ya en la rumbosa vida del millonario, le fueron presentadas mujeres maravillosas, modelos esculturales, actrices apetecidas, pero, llegado el momento, su libido se negaba a reaccionar. Comenzó a ser sospechado de homosexual. Las revistas del jet set se mofaban de él. Lo que nadie sabía era que N.N. salía, por las noches, a recorrer los barrios bajos en busca de sus víctimas. Las golpeaba para reducirlas y luego, saciados sus más bajos instintos, volvía a golpearlas hasta darles muerte. Pero una noche, mis buenos muchachos, cometió un error. Se trenzó con una fisicoculturista a quien no reconoció en la oscuridad de la calle. La golpeó tras consumar su atentado, sin poder darle muerte, ya que N.N. también había recibido lo suyo. Huyó, convencido de que la había matado. Meses después, en un diario, la fisicoculturista declaraba que se hallaba embarazada y que deseaba tener el niño. Que la relación con su violador había sido corta, pero intensa. Y que había gozado con ella más que en los ocho años de noviazgo con su prometido, un levantador de pesas de North Adams. Y N.N., enterado del caso, cometió un segundo error. Comenzó a enviarle a la joven, en secreto, dinero para afrontar el parto. A medida que se acercaba la fecha de nacimiento del niño, aportó también ropa de bebé y hasta juguetes. Su error fue llevar las cosas personalmente, simulando ser un cadete de Schwarz. La policía lo reconoció por los hematomas que aún conservaba por la pelea. Terminó en la cárcel, entonces, y vivió la desesperación de saber que no estaría presente para el nacimiento de su hijo. Para ese entonces, apareció en su celda, interesado por su suerte, o por su historia, un escritor que le dijo estar escribiendo un best seller cuyo personaje central era un violador. Lo demás es historia conocida, pero… ¿Qué dirían ustedes si yo les contara que el violador aceptó el requerimiento con una condición? La condición era la de aprovechar que, tras las múltiples visitas del famoso literato, su presencia se haría familiar para los controles y los guardiacárceles. Que, por lo tanto, con el paso del tiempo, las revisaciones se harán más ligeras y poco rigurosas. Y que, en consecuencia, no les sería difícil, algún día, permutar los roles Y, cambiando de ropas, salir el violador de la cárcel en lugar del escritor y que fuera este el que se quedara en la celda. Acordemos que no era un mal trato ya que al escritor le vendría bien una experiencia personal en el presidio a fin de familiarizarse con el sitio, y el violador dispondría de un corto lapso de libertad, suficiente como para estar en el parto de su hijo y luego regresar tras los barrotes ¿Qué pensarían ustedes si yo les dijera que el escritor sugirió al convicto que, tal vez, N.N. también podría aprovechar su tiempo libre y, en retribución al favor dispensado, cumplimentar alguna firma de libros suplantando al escritor? ¿O, incluso, realizar alguna charla en alguna universidad para complacer a un público de jóvenes fatuos e insoportables, previa cobranza de los 2.000 dólares que suelen pagarse por esas actividades? ¿Se sentirían sorprendidos si ese fuese el final del libro? ¿Sería quizás la cuarta y última sorpresa? ¿Sería, quizás, el mayor golpe bajo de la novela, el más burdo paso de efectismo que jamás ustedes hayan conocido? ¿Se sorprendería, asimismo, la severa señorita Hosenball, aquí a mi lado, de la misma forma en que lo hace ahora cuando yo, aprieto con mi pierna la pulposa turgencia de su muslo derecho? ¿Podría, acaso…?