esas son preguntas
Hay preguntas para antropólogos o historiadores. Yo intento contestarlas en base a cosas que he escuchado o leído, sumadas a algunas que he visto. Entiendo que sí, hubo (o hay) un estilo argentino. Que no radica tanto en las tácticas o en cómo puede pararse un equipo en la cancha (eso varía con el tiempo) sino en la técnica individual. Siempre se individualizó al jugador argentino (o rioplatense) por privilegiar la habilidad sobre la fuerza y por una gran riqueza técnica en el manejo de la pelota. Si un jugador europeo mostraba habilidad y técnica se decía: «Parece un argentino». ¿Por qué se daba esta particularidad? Supongo que por tres razones: el hábito de jugar en campitos y potreros donde el pique imprevisible de la pelota obligaba a un mayor control sobre ella; las largas horas que el jugador de antaño convivía con el balón, dado que, generalmente, desde chico, era su único juguete, y el sentido imitativo de los chicos que trataban de copiar la habilidad de los mayores. Por lo tanto, al parecer, el manejo de pelota se daba por descontado.
Después vendría la disciplina táctica, el coraje, el ordenamiento y todos los demás atributos que forman o deforman a un jugador. Así como se supone que los paraguayos son buenos cabeceadores (siguiendo el modelo de Arsenio Erico), que los ingleses gustan de los pelotazos o que los alemanes son fuertes, al argentino siempre se lo destacó por su técnica individual. Por supuesto que siempre ha habido habilidosos en otras partes del planeta (Overath, Šekularak, Mijeíl Mesji, etc.) pero eran, casi, excepciones. De todas formas, uno puede constatar cosas a través de los emergentes. El Flaco Menotti dijo en alguna oportunidad que es muy difícil que salga un Pelé del Principado de Mónaco. Pelé puede darse en Brasil y Maradona en la Argentina. Y, sin duda, Maradona es la punta de un iceberg de una cultura de habilidad.
No sé si ese es un estilo en decadencia. Ocurre que se ha dado paso a los jugadores utilitarios. Se ha achicado la cancha con este asunto de los equipos «cortos», donde todo se decide en treinta metros. Y allí pueden ser útiles los jugadores combativos, metedores, los conocidos picapiedras. Útiles, por supuesto, en el orden destructivo. Pero al aumentar en estas épocas el temor a perder, este prevalece sobre las posibilidades de creación. Sin embargo, parece estar resurgiendo, en los equipos apuntados a ganar, una revalorización de los jugadores creativos, de los habilidosos.
El Mundial de Suecia fue un golpe muy grande y demostró que no se podía permanecer ajenos a la competencia internacional ni tener mayor información sobre lo que pasaba afuera. Y dejó en claro otra cosa: había que abandonar la tradicional parsimonia del fútbol argentino. Había que dotarlo de velocidad. Tal vez Menotti es el primero que entendió esto, procurando conjugar la técnica con la velocidad. Otros optaron simplemente por la velocidad y la fuerza y relegaron a la técnica. También hubo otro cambio, si se quiere, filosófico: los equipos débiles se cansaron de ser meros partenaires y de salir a la cancha a jugar de igual a igual con los poderosos, pensando solamente en el espectáculo y sin preocuparse mayormente si los goleaban. Empezaron a meterse desfachatadamente atrás y a tirarla para arriba. Recibían un gol y no salían. Tal vez en los últimos minutos arriesgaban en busca del empate (aún hoy se hace). Se afeó el espectáculo, es cierto, pero los débiles empezaron a robar puntos importantes.
A mi juicio, el escándalo del Mundial del 66 fue una exageración. Incentivó la cosa el hecho de que estuvieran los ingleses de por medio y, por cierto, las sospechas de parcialidad engrosaron con el dudoso gol de Geoffrey Hurst en la final contra Alemania. Pero aquel equipo argentino, compuesto por algunos grandes jugadores, era bastante mezquino. Hizo poco, en aquel partido contra Inglaterra, para llevarse el triunfo. Nos dio una excusa, eso sí, una vez más, para argumentar eso de los «campeones morales».
Entiendo que entre argentinos, uruguayos y brasileños hay matices. Casi caricaturizando se diría que los uruguayos tienen su fama de ásperos y corajudos, lentos también, y una especial manera de cubrir y defender la pelota con el cuerpo (léase Cubillas, el Pepe Sasia). Y que los brasileños le pegan generalmente bien a la pelota, habiendo revertido últimamente su fama de endebles, o de que arrugan. En lo táctico todo está sujeto a cambios.
Coincido en lo que dice Libertella sobre que Ermindo Onega era lujoso. Lo de ineficiente es muy discutible. Yo fui un gran admirador de Ermindo. Especialmente en sus comienzos, cuando solía jugar de punta y tenía un arranque y una potencia demoledores. Después se tiró atrás. Pero no puede decirse de él que nunca haya convertido un gol ni que no haya puesto una pelota de gol. No era, para nada, un «calesitero» ni un habilidoso inútil. Le pegaba a la pelota, además, como los dioses. Ningún ineficiente logra ser figura durante tanto tiempo en un fútbol como el argentino y frente a un público conocedor como el argentino.
Entiendo que la sociedad se refleja, lógicamente, en el fútbol. El negocio ha crecido desmesuradamente y cada vez más gente trata de vivir de él. Pero, por otra parte, pienso que el fútbol sigue siendo una suerte de reservorio de cosas genuinamente argentinas, que sigue resistiendo, en alguna medida, a la penetración de la «aldea global». Porque creo que donde hay orgullo no hay copia. Y nosotros solemos enorgullecernos de nuestros jugadores. Si un argentino (hasta hace poco, Maradona) era el mejor del mundo, no había por qué buscar modelos en el exterior.
Y hasta los apodos respetan una cierta tradición. Simeone es el Cholo Simeone por Carmelo, el que fuera de Boca. Y Ayala es el Ratón, por el otro Ratón. El fútbol no es un invento reciente en la Argentina. No es Halloween. Pese a que en muchos otros sentidos acompañe la vertiginosa comercialización y la codicia económica de la sociedad en que vivimos.