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roberto fontanarrosa

en el siglo xviii

En el siglo XVIII (siglo más, siglo menos) algún artesano perfeccionista fabricó la máquina. Desde aquel entonces, según se sabe, la máquina, desagradecida, no fabricó ningún artesano. Estos fueron raleando, incluso en avanzados centros de la manufactura, como en las palaciegas cortes italianas.
En la corte de los Borgia, no obstante, se mantuvo una pléyade de artesanos, luchando contra la incomprensión del ambiente que no solo ignoraba lo que era la artesanía, sino que incluso ignoraba lo que era una pléyade. Los condottieri se hallaban dedicados a la producción en serie, como Ícaro di Provenza, quien con su esposa por dos veces tuvo cuatrillizos.
Es historia que, en la corte de Bizancio, durante 90 años, tres generaciones de siervos artesanos fabricaron un bellísimo corcel en madera repujada, hierro forjado y ágata galiffi. Sus ojos eran incrustaciones de madrépora y sus crines finas hierbas de cristal tornasolado. Finalizada la hermosa obra, se la obsequiaron a Vincenzo VII, il principe nero, quien dedicó inmediatamente el corcel a la reproducción, y le rompió la cuerda.
El último bastión de bizantinismo fue el taller de Lucrecia Borgia, de donde surgió el barroco y sus hermanos, en los hábiles dedos de Tiberio Garloppiano, inventor de la garlopa centrífuga, quien hacía molduras en las molduras de las molduras y fileteaba con filetes los filetes.
Muerta Lucrecia Borgia por haber ingerido cianuro en mal estado, Paola Borgia tomó su lugar. Paola Borgia era prima de Lucrecia, siendo más conocida por la «ópera prima» no solo por sus condiciones líricas sino por las veces que había sido operada de su pierna de madera (de ébano libanés) para extirparle várices y termitas. Ante el ocaso de la artesanía, el taller de los Borgia marchó al fracaso debiendo sus artesanos dedicarse a otros trabajos manuales, como estrangular a sus patrones, por ejemplo. Ante esta asfixiante evidencia, Paola Borgia se embarcó en una jangada que hacía el tour Génova, Ciudad del Cabo, Río y Rosario, y donde fue aceptada dada la flotabilidad de su pierna de madera. Compartía la tripulación con su tío Carlos María Borgia, individuo altamente exquisito, tan exquisito que fue el primero en ser devorado por los salvajes del Amazonas.
Sola en un continente desconocido, llevando al hombro su jangada, Paola Borgia aceptó la propuesta de un caballero francés quien le propuso trabajar en Rosario, República Argentina, en una santería de nombre Pichincha. Ya en Rosario, conoció muchos señores influyentes con los que compartió largas horas de sobrecama. Comprendió que la ciudad necesitaba en materia mobiliaria un retorno a las fuentes, de las cuales había sido alejada por influencias nórdicas, el complejo industrial y el complejo de inferioridad. Desarmando su fiel jangada y ayudada por un formón, un serrucho con tres dientes de leche y una lisa lija de agua bendita construyó un hermosísimo sillón turco.
Y fue justamente el 3 de octubre de 1970 que, en la calle principal de Rosario, Córdoba 106, se abrieron las puertas de Borgia Decoraciones, restaurando en la ciudad y alrededores el buen gusto clásico y la artesanía sensitiva.
Hoy, a veinte años de tan fausto acontecimiento, Borgia invita a usted a la recepción que dará a sus amigos en el local de La Cornamusa para celebrar entre el tañir de las guzlas y los laúdes los halagos que le ha dado tan bella profesión.
Que ya lo dijo el Conde Giaccomo di Luppara: «El mismo Jesús hubiera vivido más años si en vez de dedicarse al socialismo hubiera seguido en la carpintería del padre».