PAIS RELATO

Libros de roberto fontanarrosa

Autores

roberto fontanarrosa

el narrador fatalista

«El que estaba asustado era Pepe Dinamita. Buz no, porque Buz era un hombre de acción y estaba habituado a esas cosas. Los dos caminaban por la playa de aquella isla recién tomada a los japoneses y, a cada rato, zumbaban los balazos de los francotiradores. Digo más, Buz iba con las manos en los bolsillos, pero Pepe se sobresaltaba a cada disparo, especialmente cuando hacían brincar algún pequeño surtidor de arena cerca suyo. Y los ojos de Pepe eran dos puntitos. A mí no me sorprendían los disparos. Después de todo, los nipones eran tenaces y no abandonarían aquella ardiente olla del Pacífico fácilmente. Lo que a mí me asombraba eran los ojos de Dinamita. No eran de esos ojos con párpados, pupilas y pestañas que todos habíamos aprendido con Harold Foster. No. Eran dos puntitos que, con el temor y la sorpresa, se alargaban o contraían. Y la boca de Sawyer era una raya. Digamos, no había una intención de hacer los rasgos de una cara como eran en realidad. Me acuerdo que fui a buscar papel y lápiz, puse El Tony delante mío y me pasé la siesta copiando prolijamente el estilo de Roy Crane».
Así era el comienzo de un texto que escribí, en 1986, para el catálogo de una muestra mía, retrospectiva, de esas que se hacen como si uno hubiese muerto.
Es que allí comprendí (repasando material) que uno es un extracto de los demás. Especialmente si se es dibujante. O sea, un oficio que se aprende copiando a maestros que, en muchos casos, ni se enteran de la existencia del alumno (como en el caso de Crane, concretamente. O de Frank Robbins). Tal vez, con el tiempo, el discípulo tiene la suerte de conocer personalmente a su modelo mayor (como me ocurrió a mí con Hugo Pratt), pero en poco hubiese cambiado la historia de mi estilo si yo no me hubiese contactado personalmente con el veneciano.
La cosa, entonces, es tener a quién copiar, con quién entusiasmarse. Por fortuna, la Argentina siempre ha sido un país con una gran riqueza de dibujantes e ilustradores, y así como los humoristas siguieron a Quino, Oski o Lino Palacios, los dibujantes de aventuras estudiaron los secretos de Breccia, Solano López o José Luis Salinas. Y la cosa también se transmite en la literatura.
Allá por el año 80, reuní en un librito las historietas paródicas que había hecho sobre textos clásicos como La Ilíada o La Odisea. El libro llevaba el pomposo título de Los clásicos según Fontanarrosa. Y en la contratapa mostraba una aclaración: «El autor agradece la colaboración de Herman Melville, Robert Stevenson, Walter Scott, Daniel Defoe, William Shakespeare, Homero, Miguel de Cervantes, Enriqueta Beecher Stowe y otros sin cuya inestimable, invalorable e involuntaria ayuda, no hubiese sido posible esta obra».
Dejé de hacer aquellas historietas paródicas por una simple y comprensible razón: tenía que leer aquellos pesadísimos libracos. Pero mi sistema de trabajo no ha cambiado considerablemente.
Cada tanto se acercan a mi estudio padres de promisorios dibujantes preocupados porque sus hijos solo atinan a copiar. Y yo les digo que recién comiencen a preocuparse cuando el pequeño cumpla 25 años. Y que, por otra parte, aún no se ha dictado la ley que obligue a un diseñador a pagar parte de sus ganancias al maestro de quien desciende. Cuando eso suceda, cuando alguien detecte en las manos que yo dibujo la herencia genética de las manos de Hugo Pratt, pues bien, recibiré lo que me corresponda de parte de algún discípulo impensado y, por mi parte, trataré de localizar a los herederos de Roy Crane, si eso es posible. En tanto, seguiré escribiendo y dibujando lo que quisiera leer. Seguiré dibujando y escribiendo lo que copié y releí. Y seguiré afirmando que soy un escritor fatalista: todo lo que he publicado, ya estaba escrito.