PAIS RELATO

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roberto fontanarrosa

el dibujo pródigo

En el pasillo de mi casa, hay una mujer calva, corpulenta, pintándose la punta de la nariz frente a un espejo. Tiene los labios muy rojos, una sonrisa ancha, culo alto, minifalda y unas medias largas hasta arriba de las rodillas, de todos los colores.
Calza una suerte de zapato deportivo, pero de taco alto, con puntera colorada, muy brillante.
Su presencia cotidiana, permanente, es un tanto inquietante, ya que está junto a la puerta que da a la pieza de Franco. Y, a juzgar por su aspecto, no se trata de una señora de buenas costumbres.
Tampoco puede ser motivo de celos o envidia de parte de Liliana, ya que no se trata (la mujer calva, digo, ¿no?) de un dechado de belleza femenina. Es casi un bicho horripilante, como la mayoría de los dibujos del Napo. De un cierto candor, seamos justos. Algo de ternura, también podría decirse. El Napo fue siempre, para mí, desde hace ya mucho, una especie de referencia obligada, una leyenda del litoral (como la del aguará guazú), acrecentada porque él nunca estaba en Rosario, ni siquiera en la Argentina.
Antes aun de que yo empezara a dibujar humor, cuando todavía fantaseaba en los arrabales de la historieta de aventuras, cada tanto, el Negro Ielpi o el Cacho Pacher me preguntaban: «¿Lo conocés al Napo? ¿Viste las cosas del Napo?». Y se iba forjando dentro de mí un halo de misterio sobre el personaje (como con Grondona White, que solía ilustrar las tapas de la revista Dibujantes), porque el tipo representaba al «dibujante rosarino que ahora trabajaba afuera». Italia, me decían.
Pero es curioso, al Napo se lo recuerda, más que por su galería de personajes entre patéticos y horripilantes, por su voz. Es imposible que alguien recuerde alguna anécdota en la que participe el virtuoso estilista de la pluma, sin que procure reproducir la particular ronquera de la voz del Napo. Una voz profunda, baja, conseguida a fuerza de largos tragos de tinta china. Una voz que adquiere su justo grosor tras pasar por el filtro natural de los robustos bigotes. La única voz que pudo haber entonado el sentido tango que compuso con el Tano Hugo Pratt, «Barranquitas de Acassuso», sin restarle un ápice de densidad a sus versos. Cada tanto, esa voz emerge por el tubo de un teléfono y me susurra «Negro, estoy en Rosario».
Porque el Napo, como los malos recuerdos, vuelve siempre. Tras largos períodos de ausencia, eso sí; de donde uno se entera, siempre por referencias, que ha estado en Roma, o que lo vieron en Barcelona o en Estambul haciendo bailar un oso, o que lo cruzaron en París guiado por un perro simulando ser ciego. En esos lapsos, sin embargo, nos arroja rastros, pistas, indicios como para que sepamos que la amenaza de su presencia continúa indemne.
Alguien, por ejemplo, robó una postal con su firma en el Centro Pompidou. Otro, inadvertido, adquirió un rompecabezas suyo (convencido de que era de Chagall) en una calle non sancta de Ámsterdam. Algún nostálgico consiguió un compact disc de «Barranquitas…», esta vez entonado a dúo con Nana Mouskouri. E, incluso, un desprevenido viandante nos indica que el Napo ha cambiado la línea de sus esperpénticos muñecos, que «ahora son blondos, menos agresivos, bucólicos, en una onda más ingenua».
Entonces, nos azota la pregunta: ¿es que, en verdad, ha cambiado? ¿Es, por cierto, que ha morigerado su impulso revulsivo y su impronta áspera? ¿Es que se ha acercado al misticismo? ¿Es veraz que se ha convertido en un santurrón que abraza los postulados de una creencia tibetana que le prohíbe el empleo del color fucsia en sus engendros? ¿Que ya no bebe, que ya no fuma, pero que ha caído en la devastadora pirotecnia del sexo explícito? Otro llamado anónimo, de pronto, nos alerta. En breve, ya mismo, a esta hora exactamente, el Napo no solo retorna al solar de sus primeros crímenes, sino que cuelga, además, una serie de sus últimos trabajos. En un lugar oculto de Rosario.
No puede ser, por supuesto, una galería común y silvestre, de esas con luces y paredes y canapés blancos, no. Se trata, como nos temíamos, de catacumbas, túneles recónditos de techo abovedado y ladrillos a la vista; laberintos húmedos donde pueda retumbar lo cavernoso de su voz. Se trata, como calculábamos, de pasadizos excavados en las barrancas, barrancas similares a aquellas otras, las de Acassuso, que le inspiraron las estrofas del tango que inmortalizara la grácil Mouskouri. Y supongo, por tanto, que nada ha cambiado. Que todo está igual. Que la leyenda del litoral a la que cantara don Julio Miño («Chamarrita para Mongiello Ricci») permanece intacta. En su regreso, a Napo no le sucederá como al bravo Aquiles, a quien solo su perro, el aguará guazú, lo reconociera. Ni tampoco como a aquel otro tanguero a quien su viejo criado tan solo por la voz supo quién era.