el «10» que no nos sacamos en otras materias
En las épocas de la revista Rico Tipo, cuando algún humorista quería graficar la escena de un golazo, dibujaba a un tipo metiéndose en el arco con pelota y todo, después de haber gambeteado a los once rivales. Detrás del goleador, una multitud de adversarios, muy mareados (solía decirse «marear» por «gambetear») aparecían despatarrados sobre una línea sinuosa que señalaba el trayecto de la gambeta.
Tal vez por eso no me sorprendió tanto el gol que les hizo Maradona a los ingleses en el Mundial de México del 86. Yo ya lo había visto en Rico Tipo, o tal vez en el Patoruzú. O quizás, incluso, en algún antiquísimo gráfico (hoy se diría «infografía») explicativo de aquel gol que le hizo «Capote» De la Mata a River en lo que, por ese entonces, era la Herradura Monumental de Núñez.
Digamos, entonces, que Maradona no aparece por generación espontánea. Maradona aparece como un fenómeno celeste anunciado, como un cometa Halley ya previsto, para convertirse, por cierto, en un rasgo distintivo de los argentinos —como puede serlo la sonrisa de Gardel o la cadencia tanguera de Piazzolla—, porque, ubicuo, ya estaba en nuestra memoria popular aun antes de calzarse los primeros botines de fútbol. Es la continuidad optimizada (diría un yuppie) del Charro Moreno, de Adolfo Pedernera, de Alfredo Di Stefano, del Cabezón Sívori, entre muchos, muchos otros. Y llevó a niveles de excelencia las virtudes más reconocidas del jugador argentino: la habilidad, el talento, la técnica, la fantasía. Históricamente, se destacaron también en el fútbol, por supuesto, los vigorosos, los combativos, los incansables, los «leoncitos», los «hacha brava», los que pateaban como unas bestias. Pero, pero, el jugador emblemático, el que en cualquier parte del mundo se reconocía como argentino (o rioplatense) siempre fue el de gran manejo, el imaginativo, el mágico, el fantasioso. Y Maradona nos trajo la versión más acabada de ese jugador, la más perfecta, la de última generación. Batistuta es grande, y ya algunos taxistas avispados de New York suelen asociar «¿Argentina?… ¡Batistuta!». Pero, si un marciano llegara a ver jugar a Batistuta y no supiera su nacionalidad, bien podría pensar que el Bati es italiano, o inglés, o bien germano. No solo por ser rubio y de ojos claros, o corpulento. Sino por ser fuerte, noble, potente y empecinado. Pero, si el mismo marciano llegara a ver jugar a Maradona y (por su misma índole marciana) no conociera a qué país pertenece, diría, sin duda alguna: «Este muchacho es argentino». Podría llegar a confundirse, tal vez, con un uruguayo, o con un brasileño. Pero no mucho más. Por eso, en un país como el nuestro, donde la globalización nos va dejando sin rasgos identificatorios, ese sello de identidad es un orgullo que nos hincha el pecho del mismo modo en que lo hinchaba Diego cuando, sacando la lengua, arrancaba hacia adelante con la pelota integrada al pie como si fuera un sobrehueso.
En un mundo donde el capitalismo está logrando alcanzar los objetivos del comunismo con aquello de que «todos los hombres son iguales», visten la misma ropa, usan la misma gorra con la visera para atrás, comen la misma hamburguesa, beben la misma gaseosa y, de última, se mueren de hambre de la misma forma, los argentinos tuvimos un modelo de corte y colores propios. Y aceptado mundialmente.
Un viejo chiste cuenta que un tipo anuncia: «Acabo de firmar un contrato fabuloso con Hollywood. Ahora solo falta que lo firmen ellos». Nosotros alardeamos siempre de tener la mejor carne, la mejor Policía Federal, la calle más larga y la avenida más ancha del mundo. Solo faltaba que, a ese alarde, lo firmaran ellos, los del resto del mundo. Y eso ocurrió, finalmente, con Maradona. Diego fue el «10» que no nos sacamos en las otras materias. Aquí, sí, apareció el reconocimiento general, la aceptación unánime a un zurdo que simbolizaba una escuela de fútbol y una manera de sentir y expresar esa escuela de fútbol. Ahora estamos viviendo, como diría Passarella, la era post–maradona. Nos hemos quedado sin el ancho de espadas, sin la espada de He-Man, sin la varita mágica. Nos queda, que no es poco, la leyenda. Y permanece intacto, por supuesto, el orgullo, la satisfacción de haber contado con el mejor jugador del mundo. Y el motivo, esta vez sí justificado, para agrandar el ya enorme y remanido ego de los argentinos, motivo de tantos chistes fuera de nuestras fronteras.
Dirá algún diccionario: «Ego. Argentinismo. Terminación exagerada del nombre Diego». Nos queda, también, a veces, el reflejo luminoso de esa sonrisa ancha desde el palco alto de la Bombonera. Y la discusión de café, permanente, por algún chisporroteo verbal del 10 en una radio. Las controversias sobre ciertas conductas opinables. Las polémicas sobre supuestas actitudes extemporáneas. Sin embargo, a menudo, cuando no encuentro la definición acertada de algún personaje muy complejo, suelo recurrir a la síntesis de las enciclopedias. Y me pregunto: «¿Qué diría una enciclopedia, dentro de cien años, sobre esta persona?».
En el caso de Diego, supongo que esa enciclopedia dirá, con la austera severidad de las enciclopedias y prescindiendo de chusmeríos, escándalos o escandaletes: «Maradona (Diego Armando). Genial futbolista argentino que regaló felicidad a todo un pueblo».