dios es argentino (siete reflexiones sobre el ser nacional)
1
Cualquier criollo nacido en esta bendita tierra sabe que Dios es argentino. Por algo dotó al país de ubérrima riqueza y todos los climas. Es cierto que en Brasil dicen que Dios es brasileño, pero ya conocemos lo fantasiosos que son los hermanos del norte e, incluso, su manía posesiva. Bastante tenemos con discutir, aún, si Gardel era argentino o uruguayo para que tengamos que iniciar una nueva controversia sobre propiedades. Lo cierto, lo evidente es que Dios es argentino. Tal vez sea hijo de italianos y haya sacado la doble nacionalidad por esa cuestión del pasaporte para moverse en la unificada Comunidad Europea.
Pero, de todos modos, el 17 de noviembre por la noche dio un nuevo testimonio de su ciudadanía. Ocurre que, en su infinito saber, nos pone permanentemente a prueba. Nos debe estar reservando una recompensa en verdad grande, porque a poco del arranque, no más, Diego la protege sobre la derecha, gira ante un par de grandotes y la eleva al medio (no son meros centros, son «proyectiles inteligentes», que buscan solos las cabezas de sus destinatarios). Batistuta, casi en el punto del penal, le pega con el parietal izquierdo y la tira afuera.
Después es Balbo, quien, tras recibir de Diego y luego de un rebote caprichoso, elude al arquero y cuando va a definir, se ve despojado por la estirada postrera de un defensa. Entonces le toca el turno a Ruggeri. Le cae una pelota al Bati sobre la izquierda, le pega mordida y la bola deriva errática hacia la cabeza del Cabezón. Cerquita del arco, mete el frentazo a las manos del arquero. Después, otra vez Balbo mano a mano por la derecha, con Zabica, y tapa el 1. El destino, «empeñado en deshacer», como dice el tango, parece estar manipulando una clásica «Noche desgraciada». Una noche maléfica imaginada por Stephen King, donde nosotros erramos goles y ellos, en una sola llegada afortunada, nos roban todo. Pero el partido, hermanos, es, solamente una nueva encrucijada con la que nos está probando el Altísimo. A los 15 minutos del segundo tiempo se va al gol por la derecha, sin siquiera levantar la cabeza. Busca el centro abajo, la pelota pega en el pie de Tobin y toma vuelo describiendo una rara parábola (¿«la parábola del desierto», quizás?), dejando a medio camino al arquero australiano y yendo a caer sobre el segundo palo. Allí llega Balbo, y, con Balbo, yo, que me levanto de mi asiento haciendo volar un pedazo de pizza; mi madre, que en su casa mira y no mira el encuentro por temor al sufrimiento; Menem que, en Olivos, meza frenéticamente su nuevo peinado, y 30 millones de argentinos que nos abalanzamos para empujar esa pelota terca adentro del arco. Y no es necesario. La de cuero nos supera a todos, pica en la línea, golpea el poste y se mete arriba, donde la red hace pendiente.
2
Lo peor que hace Madonna cuando viene a la Argentina, no es corromper definitivamente los espíritus criollos. Tampoco agrietar, con su conducta equívoca, la moral patricia. Ni siquiera, podemos decirlo, despertar las iras del implacable monseñor Quarracino, que se ofusca al sorprenderse asaltado por malos pensamientos. Lo peor que hace Madonna en su visita a la Argentina es arruinar, como arruina, el estado del campo de juego de la cancha de River. Que esa muchacha se mofe de las convicciones del monseñor puede aceptarse (es joven y alocada después de todo). Pero que atente contra la memoria de don Adolfo Pedernera ya es demasiado. La grama hirsuta e indisciplinada, los panes de césped desprendidos, los montículos de tierra diseminados por las áreas, no configuran un escenario apropiado para el toque corto, fundamento de la filosofía del fútbol rioplatense. Por donde pasa Madonna, sin duda alguna, no crece nunca más el pasto. Todavía no comprendo cómo el Altísimo perdona buenamente tamaña ofensa.
3
Los neurólogos llegan a una conclusión esclarecedora: el sistema nervioso de la sociedad argentina depende de un solo nervio. El nervio ciático de Diego Maradona, malamente afectado. En la madrugada del 1º de noviembre, Paul Wade, su rudo pero leal cancerbero, ubicado en la posición de stopper acupunturista, le aplica por fin la estocada final, el puntillazo definitivo. Diego, torpedeado debajo de su línea de flotación, advierte cómo su delicado sistema de equilibrio, el giróscopo interno que rige su balance, se hace trizas. Lo advertimos también nosotros, en las antípodas del planeta, viendo al ídolo aguantar por cabezadura y amor propio. Pero termina el partido arrastrando una pierna que parece entablillada. De allí en más, la vigilia. ¿Estará Diego para la revancha? ¿Estará Diego para el Mundial? ¿Volverá a jugar? ¿Volverá a bailar «y dale alegría, alegría, a mi corazón», la canción rockera que Fito Páez compusiera para él? Los hinchas de Ñuls (su actual equipo) sufren doblemente, comprobando que «el diez» no se calza la roja y negra por preservarse para la selección. Y la gente de Boca esperando que Diego diga algo sobre la tentativa del regreso. Para un club mediano (como Ñuls) tenerlo a Maradona es como estar de novio con Kim Basinger. Hay que aguantar todas las insinuaciones, el coqueteo con la estrella, el acoso sexual.
4
Infinidad de intelectuales discuten sobre el fenómeno de la televisión y su función como propaladora de cultura. La «caja boba» llegan a llamarla, «la Cenicienta de los medios». Sin embargo, si la televisión hubiese sido inventada tan solo para transmitir el fútbol, ya está justificada con amplitud. Uno, que ha escuchado Argentina-Checoslovaquia (el bien llamado «desastre de Suecia», 1–6) en el Mundial del 58 por radio, a través de la voz de Joaquín Serantes Carvallo («Fioravanti»), en una transmisión rayada por las descargas, estremecida por la estática, oscilante por los devaneos de las ondas sonoras en su azaroso cruce sobre los mares, sabe de qué se trata. Ahora es cosa de poner el despertador a las cinco de la mañana de un 1º de noviembre, servirse un café apenas cortado con leche, acomodar otro sillón frente al que uno se haya sentado (para apoyar los pies), preparar una pastillita de Valium, por cualquier cosa, y encender el televisor. Y allí, en la pantalla, en el otro extremo del globo, en las espaldas mismas del planeta Tierra, a miles de kilómetros de distancia, estallan los fuegos artificiales y el colorido del estadio australiano. En vivo y en directo. En el mismo momento en que uno bebe el primer trago de café y se frota las manos. Si alguien quiere discutir el buen o mal uso de la televisión, que lo haga. Es posible que yo también lo imite. Pero ahora déjeme que tengo que ver el partido.
5
«Maradona es un gato», dice Valdano. «Se lastima, se lame y se cura». Y es así nomás la cosa. Tras un paso sin demasiada gloria por el Sevilla, con sus clásicas turbulencias ante los directivos, con su dossier secreto, documentando gráficamente sus escapadas nocturnas, con insultos a Bilardo incluidos, Diego vuelve a la lucha. Se interna en Uruguay con un dietólogo chino y aparece diez días después, más flaco que nunca. Tan flaco que asusta. Hasta los ojos parecen más grandes y las pestañas más largas. Le han aparecido pómulos y ciertos ángulos en la mandíbula que estaban ocultos. Para colmo, se ha cortado el pelo como un marine y está visualmente más cerca del «Pelusa» o el «Nene» (como también le dicen) que «del mejor jugador de todos los tiempos». Aparte, la dieta china parece haber incluido cuatro o cinco platos fuertes de filosofía oriental. Diego llega a Rosario envuelto en una placidez y una distensión casi mística. Está bueno, calmo, prudente y nada agresivo. Habla de sus nenas, del pueblo y de todos los que lo ayudan. Da la impresión de que, en cualquier momento, comenzará a teorizar sobre el yin y el yang. Entrena fuerte y afila su zurda mágica.
Sin embargo, luego del primer partido repechaje con Australia jugado en Sídney y terminado en empate, el árbitro húngaro Sándor Puhl declaró haberlo visto sin fuerza. «Maradona parecía totalmente fuera de forma», afirmó el impío. Después de tanto esfuerzo, resulta que el magyar añora los 12 kilos perdidos por el ídolo. «Pienso que rendía mejor cuando estaba más gordo», concluyó para aumentar el desconcierto general. ¿Quién conforma el pensamiento socialista? Así les va en la vida. Quizás, para atenuar el efecto de las declaraciones de Puhl, los australianos, generosos, regalen un par de osos koalas a Diego. «Ya que se llevan de vuelta tan solo un punto —le dicen los directores del zoológico— al menos llévese usted dos osos koalas». Diego agradecerá, congratulándose, asimismo, de no haberse detenido maravillado frente a la jaula de los hipopótamos. «Con un solo koala que se coma —insiste el tozudo Puhl— ya estará en forma». Finalmente, Diego deja a los pequeños marsupiales en Australia. No puede someterlos a tamaña presión. En la revancha, los koalas deberían decidir entre alentar a los suyos o a los de su amo. Diego ha alcanzado la sabiduría de un lama.
6
La polémica se instala en la sociedad argentina: ¿ganar o gustar? ¿Jugar bien o conseguir los dos puntos a cualquier precio? ¿Hay una identidad nacional futbolera que puede definirse como «la nuestra» o no hay un corno? ¿El que pronosticó «el fin de la historia» fue Fukuyama o Valderrama? El país aguarda y se divide. Unos (frívolos) insisten en atribuir mayor importancia al esperado encuentro entre el presidente Menem y Raúl Alfonsín (acordando la reforma de la Constitución que posibilita la reelección) que a la tan ansiada reconciliación entre Maradona y Ruggeri luego de prolongados desencuentros y declaraciones altisonantes. La controversia amaga con no tener fin. Las dos grandes corrientes de pensamiento, Rosas/Sarmiento, Braden/Perón, Bilardo/Menotti, no abandonan sus líneas de trincheras. Hay, quizás, una sola resultante clara: dejar todo en la cancha. Reemplazar con sudor el talento esquivo. «Huevo, huevo, huevo», sintetiza la hinchada con la simplicidad de los grandes asertos. Y el más fiel representante de dicha propuesta es Carlos Mac Allister, el pequeño, rabioso y colorado marcador de punta de la albiceleste. Lo demuestra en el vestuario, después del partido en Sídney. Aparece ante la entrometida cámara de televisión absolutamente desnudo, en toda la magnificencia de su salvaje belleza. El periodismo verdad lo capta para el mundo y se convierte, en un mágico instante, en el ídolo de las mujeres argentinas. Ha dejado todo en la cancha, indudablemente, y muestra ante la cámara el porqué de su despliegue viril en el campo de juego.
7
«El que no salta es un inglés», brinca la hinchada en torno del Obelisco. Sin duda, la inspiración de José Hernández (autor del Martín Fierro), nuestro poeta mayor, no alcanza para lograr una rima aceptable en «el que no salta es un australiano». Pese al mal tiempo y a la llovizna de la noche del 17, los cuerpos que festejan se empapan de sudor. Somos los ya famosos «espaldas mojadas», los que entramos en los Estados Unidos, el país de las maravillas, la tierra de Disneylandia, ocultos en un vagón de carga, atravesando dificultosamente el desierto de Gila. No cierren la frontera todavía. No nos obliguen a casarnos con una norteamericana. Acá estamos los argentinos. Tenemos los papeles en regla. Acaban de concedernos la visa. No tenemos ningún cargamento ilegal. No nos hemos tragado nada raro para comerciar en la frontera. Y si nos detectan algo extraño cerca de la garganta, no se sorprendan. Créanme, es que todavía tenemos el corazón en la boca.