después querían
Hay días en que uno no puede despertarse. Hay días en que uno no debería despertarse. Hay días en que uno debería seguir durmiendo indefinidamente hasta olvidarse de todo, o bien que al despertarse ya nadie se acordara de nada, o no hubiera pasado absolutamente nada. Que nada fuera cierto. Como la mañana del sábado.
¿Cuántas veces me había despertado antes de que aclarara? Cuatro veces, tal vez cinco. Y hacía un frío de cagarse, era una noche ideal para apoliyar de un tirón y quedarse en el sobre hasta las doce de la matina. Aprovechar de una vez por todas el tiempo y el frío para dormir la venganza de levantarse todas las mañanas a las siete para ir a esa escuela hija de puta.
Pero no solo me había despertado cuatro o cinco veces, sino que me había levantado. Me había levantado en la pieza helada y oscura para llegar hasta la puerta y adivinar sobre los mosaicos del patio si llovía o no. Para abrir incluso la puerta, aventurar un pie descalzo sobre el patio, y mirar el cielo buscando detectar alguna estrella que garantizara una mañana de sol. Sentir a través del zoquete de lana peluda, la inquietante humedad del suelo, que bien podía ser simplemente rocío, o la helada, o el testimonio guacho de una lluvia intensa y catastrófica, una lluvia solapeada que hubiera caído en silencio durante un sueño y hubiera puesto la cancha de Ocampo y Necochea hecha una bosta, con inmensos lamparones de agua donde no se podía jugar, donde el mariconazo de Rupertti no querría cambiarse por temor a ensuciar sus pantalones nuevos o esa camiseta de Chacarita roñosa que cuidaba como si fuera un Príncipe de Gales.
Cuatro o cinco veces me había levantado arriesgando el pie derecho entre las duras patas de la cama, para mirar el cielo que era una sola mancha oscura sobre el partido contra Segundo Tercera, sobre la posibilidad de estrenar el par de medias amarillas, como las de Atlanta, de trotar despacito olfateando el olor a pasto mojado, los bracitos bien pegados al cuerpo, el aliento haciendo humo al salir de la boca, la camiseta de frisa blanca debajo de la de Ferro abrochada hasta el botón de arriba como Mandrake Lugo en la tapa de El Gráfico. No había podido dormir más de una hora, diciendo mucho. Temía despertarme con el ruido de los truenos, o la luz de los relámpagos, de la lluvia pegando contra los vidrios de la puerta. Pensaba que Marrone, cuando caían dos gotas locas, se borraba. Y si no iba Marrone estábamos cagados. Tendría que jugar el Colora Albertelli en medio campo y pasar el Chicato Zampusi a marcar la punta, eso siempre y cuando el Chicato Zampusi fuera, porque ya estábamos pensando seriamente en no ponerlo más desde que nos cagó contra Segundo Segunda. Pero el asunto estaba en que fuera Marrone. Si Marrone iba no había problemas. Marrone jugaba en las inferiores de Central Córdoba y hacía dos goles o tres por partido, por lo menos. Serían las cinco cuando me levanté por última vez y salí al patio tiritando. El suelo estaba mojado, pero al parecer no llovía. El cielo era puro plomo. Sentí en la cara, sobre la frente, la llovizna. Todo lo que tiene la Naturaleza de sabia lo tiene de hija de puta. Eso no le hacía nada a la cancha. A lo sumo, moja el pasto, o hay que cambiarse parado porque si no uno se moja el culo en los yuyos, y la pelota se pone pesada, es como de vidrio para el arquero. Más cuando el arquero es el gordo Grimoldi que ni llega al travesaño y ataja en defensa propia. Pero a la cancha no le hace nada y los de Segundo Tercera van seguro. Como va a ir seguro Podestá, que no habla mucho ni dice nada, pero siempre aparece con el bolsito, caminando despacio, preguntando si están todos. ¿Cuándo me desperté por última vez?
A las siete tenía que estar cambiado, habría que dejar la cama a las seis y media. Nadie me vendría a despertar el sábado a la mañana. Durante la semana, mi vieja cruzaba el patio arrastrando las fatídicas chinelas y rigurosamente a las siete de todos los días abría la puerta y susurraba hacia la oscuridad tibia de la pieza «Negro, las siete». Pero el sábado no. El sábado podía aprovechar la vigilia para pensar si Aguirre habría pedido la cancha o si el boludo de González se acordaría de llevar la pelota. Cuando me desperté a las seis y media llovía torrencialmente. No había llovido en toda la semana. Ni para la prueba de Matemáticas ni cuando me llamaron al frente en Dibujo Técnico. Llovía torrencialmente. Me revolví en la cama, metí la cabeza debajo de la almohada y pegué con los puños sobre el colchón, mordí las sábanas y puteé con odio, ahogadamente. No quise pensar en las medias nuevas amarillas, ni en atarme los botines engrasados desde ayer sobre los tobillos, como Matosas, ni en trotar por el medio de la cancha mientras se me dilataban las fosas nasales con el aroma lejano del pasto, ni en el ruido de la pelota rebotando en el piso terroso, ni en esperar el comienzo del partido parado en el círculo central, al lado de Marrone, con los brazos cruzados sobre el pecho, ni en sentir los músculos que me resbalaban bajo la piel de las piernas o la puntada aguda del aire frío de la mañana en los primeros minutos. No quise pensar.
Después querían que estudiara. Que aprendiera por qué mierda la aceleración es el incremento de la velocidad en la unidad de tiempo. Que supiera qué sorete produce un punto en el espacio proyectado sobre un plano donde corta con la línea del horizonte y las pelotas de Mahoma.
Después querían que tuviera ganas de saber por qué el ácido sulfúrico se convierte en el permanganato de la bosta cuando se lo mezcla con el clorhidrato del carajo. O que me interesara en la vida privada de Nabucodonosor, o supiera a la perfección quién era el oficial media cuchara que hizo las pirámides de Keóps, Kefrén y Micerino, que bien podrían haber sido la línea media de Egipto esos tres boludos. Después querían todo eso. Mientras, ese sábado a la mañana llovía torrencialmente.