desde el cairo
Muchos, pero muchos años después, en un lujoso libro de fotos sobre el convulsionado mundo anterior a la Segunda Guerra, encontré una foto a doble página, hermosa, de un grupo de oficiales ingleses tomando el té en la terraza del hotel Shepheard, el mismo donde yo había parado con Liliana, en El Cairo, a comienzos de los años 80. El Shepheard, tal vez, no contaba con algunas ventajas confortables como las que ofrecen los hoteles de las grandes cadenas americanas (aire acondicionado, por ejemplo, bingo), pero tenía (supongo que aún tiene) un clima, una atmósfera, un tono, de ventiladores de techo y puertas acanaladas, tipo persiana, que daba la impresión de que uno podía encontrarse, en cualquier momento, con Humphrey Bogart tomando un whisky en la cafetería de la planta baja.
Viejo ladrón de papelería, aún conservo hojas de papel carta del Shepheard, destinadas para alguna ocasión especial como ser escribir mi demorada declaración de amor a Sandra Bullock.
Cuando Serrat —volviendo al tema— canta aquello de «no me siento extranjero en ningún lugar», tal vez lo haga porque no estuvo en El Cairo. En cualquier sitio de Europa uno detecta, más o menos, rasgos de sí mismo. En El Cairo me sentí extranjero, realmente, aun cautivado por la cosa árabe. Nos costó darnos cuenta —a mí y a Liliana— que, cuando los egipcios se gritan en la calle, gesticulan y parecen estar a punto de agarrarse a trompadas, se encuentran, simplemente, conversando o intercambiando trivialidades. O habituarnos al coro constante de bocinazos, estruendoso, como cuando en la Argentina se gana un Mundial.
El tráfico es caótico y es frecuente recorrer calles repletas de talleres de chapería y pintura, servicio lógicamente provechoso ante tanta confrontación automovilística. Entre los autos, circulan, además, pastores con sus majadas de ovejas y parejas de hombres maduros tomados cándidamente de la mano, como niños.
Por todas partes nos seguían chicos ofreciendo «Alabaster, alabaster», piedras que, supongo, tendrán algún valor especial aparte de pesar como ladrillos en las valijas. Pero lo que no hay que perderse, bajo ninguna circunstancia, es el mercado, el zoco, al que llamaré «mercado persa» con arbitrariedad étnica. Cientos de callecitas, callejas y callejuelas, cubiertas del sol por toldos o unidas en lo alto por arcadas, túneles por momentos, donde se encuentran miles de negocios diferentes.
Es difícil para el ojo humano procesar todo lo que se está viendo al mismo tiempo, como sucedía con aquel famoso Aleph, de Borges, antecesor notorio del televisor. En un mismo salón pequeño puede haber, aquí, un puesto de especias aromáticas; allá, un carnicero trozando un cabrito sobre su mostrador de ventas; atrás, una tapicería, y, al fondo, una puerta contigua que da a una peluquería o a una escalera que sube hacia un negocio de lámparas. Todo junto, todo abigarrado, lleno de detalles y, lógico, de arabescos.
Y los bares, en habitaciones minúsculas o sobre la calle, con egipcios tomando bebidas de colores raros o fumando narguiles que enfrían su humo en un líquido verde. Y la música, rápida, machacante, enrevesada, permanente y árabe. Nada de Aerosmith, nada de Michael Jackson, nada de la Mona Giménez.
En el hermosísimo mercado de la ciudad vieja de Jerusalén, en cambio, o en el Gran Bazar de Estambul, por ejemplo, había ya filtraciones globalizantes. Uno podía escuchar música (Dios sea loado) de Julio Iglesias o emocionarse ante camisetas con la respetada imagen de Los Tres Chiflados. Pero en El Cairo no. En El Cairo, uno se mete en el laberinto del mercado y vuelve a los viejos, auténticos y románticos tiempos de Su alteza el ladrón, con Tony Curtis y Piper Laurie.
Por eso, si usted viaja a El Cairo («La Ciudad», en no sé qué idioma) vaya antes que nada al mercado. Aun antes de ir a visitar las pirámides, que siempre han estado allí y lo seguirán estando, tan invariables, eternas e imperturbables como la Esfinge (tengo, por supuesto, una foto allí mismo, trepado sobre un camello, con un aspecto de Lawrence de Arabia de cine clase D, hecha para la televisión).
Y ruegue, eso sí, con no encontrarse, hoy por hoy, con que al mercado lo ha comprado George Soros o que el barcito donde se fumaba narguile es ahora un Hard Rock Café donde usted podrá apreciar la guitarra que tocaba Elvis Presley en Amor en Hawai.