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El negro Crist tenía un chiste fantástico, donde se veía al General Manuel Belgrano, impecable en su uniforme, a orillas del río Paraná, estudiando dubitativamente colores y texturas en un pequeño muestrario para telas. A sus espaldas, la tropa aguardaba, paciente, que el General se decidiera por los colores definitivos. Tal vez esa situación llevó a preguntarme: ¿por qué Belgrano eligió Rosario? ¿Por qué se sintió más creativo en esta ciudad?
Por supuesto, como cuadra en todo humorista que se respete, nunca conseguí una respuesta. Y el asunto es que, cada tanto, gente de otra parte insiste con esa incógnita.
En Buenos Aires, por ejemplo. Me preguntan: «¿A qué obedece toda esa movida rosarina? ¿De dónde sale todo ese movimiento cultural?». Por supuesto, es una pregunta para sociólogos y no para dibujantes. Pero como los humoristas (al igual que algunos periodistas) siempre hacemos creer a la gente que sabemos mucho más de lo que sabemos, se impone tener una respuesta siempre a mano (Como cuando a uno le preguntan: «¿Qué es el humor?»).
Y yo pienso que, en Rosario, efectivamente, la cosa pasa por la gente. Es cierto que, en los últimos años, desde el punto de vista físico, Rosario ha crecido y progresado mucho. Y no me refiero a nuevos edificios o más autos, cosas que, en definitiva, no sé si son un progreso o un retroceso. Me refiero a paseos agradables (como el Paseo del Siglo o la Rambla Cataluña), al aprovechamiento del río, a la apertura de lindos bolichitos para no hacer nada. Pero, de cualquier forma, si uno lleva de paseo por Rosario a un amigo de otra parte, en dos o tres horas el tema se agota. Entonces, lo verdaderamente medular de la cosa, pasa por la gente, el paisaje humano. Empezando por las mujeres. Presentarle a este amigo a Fulano, salir a comer con Mengano, llevarlo a conocer a Zutano. Ahora bien, eso no contesta la pregunta. ¿Por qué Fulano se dedicó a la música, Mengano a la poesía y Zutano a la danza clásica?, se preguntará el gran público. Y ahí uno arriesga la respuesta, que reconoce, a priori, de escasa fundamentación filosófica: porque en Rosario no hay muchas otras cosas por hacer. Sí, señor. Alguien podrá decir que el asunto obedece a la corriente migratoria (la Feria de las Colectividades, sobre fin de año, reúne cerca de un millón y medio de personas frente al Monumento). Otro aducirá aquello del crisol de razas. El de más allá argumentará la modernidad de una ciudad impactada por la influencia europea (mayoritariamente itálica) frente a otras ciudades de conservador cuño hispánico. El desarrollo comercial. La cercanía con Buenos Aires, no tan promiscua como para evitar proyectos autónomos de la metrópoli. El puerto. De acuerdo. Pero a mí nadie me saca de la cabeza que es porque no hay muchas otras cosas para hacer. No hay serranías en derredor adonde retirarse a meditar, comer chivito, pasar la tarde con la familia o mojarse los pies en un arroyo. Tampoco montañas grandes, de nieves eternas donde trasladarse cargados con tablas y bastones de esquí, metidos en esos trajes de colores fluorescentes y con los labios pintados de verde. Tampoco hay mar, al cual salir con un crucero considerable, rodeado de amigos, a la pesca del pez espada y bebiendo gin–tonic como el viejo Ernest. O para hacer caza submarina, sacar centollas. Y por si todo esto fuera poco, tampoco hay juego, como en Las Vegas. Nada de casinos, lujosos hoteles con peleas internacionales de box y máquinas tragamonedas. Nada de eso. Hubo el esplendor de Pichincha, cuando Rosario era la capital mundial de la prostitución, pero ni eso alcancé a vivir (como dijo Woody Allen, «me perdí la revolución sexual por dos meses»).
Entonces, ¿qué hace el rosarino, aparte de sentirse de Central o de Ñul o de mirar a las mujeres que lo rodean? Practica. El que le gusta tocar la guitarra, toca la guitarra. El que le gusta escribir, escribe. El que le gusta dibujar, dibuja. Tranquilo. Sabiendo que nadie va a venir a importunar para invitarlo a ir a esquiar, o a pescar pez espada o a jugarse unas fichitas en el casino. Y así salen los Baglietto, los Fito Páez, los Olmedo. O el mismo Maradona que, como todos sabemos, era rosarino. O, al menos, merecería serlo. No por nada, llegado el momento, al igual que Belgrano, eligió Rosario.