PAIS RELATO

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roberto fontanarrosa

a veces solemos

A veces solemos comentarlo entre nosotros, en familia. Nunca lo contamos a nadie, conscientes de que nadie lo puede llegar a creer o, de creerlo, se nos tornaría trabajoso y desagradable, en realidad desagradable, relatarlo.
Incluso dentro de la familia, apenas si somos cuatro los que estamos al tanto de lo de la cara de Juan. De lo de la carita de tío Juan. Lo curioso es que él pudiera vivir tantos años en casa ocultándolo. Y que, de no mediar lo de aquel ataque (una suerte de hemiplejia), tal vez nunca nos hubiéramos enterado.
Juan tendría, calculo, ya cerca de sesenta años la tarde en que tomando su sempiterno mate cocido con galletitas Express cubiertas de membrillo, se inclinó pesadamente sobre la mesita de la cocina, crispados los puños y los ojos cristalizados. Cuando con Mari y Quica lo llevamos hacia la cama con la torpeza propia de las familias sanas, Juan se vomitó todo encima. Allí, mientras Quica invocaba la ayuda celestial, porque el teléfono del doctor Grossia (el Negro Grossia) estaba ocupado, Mari, con todo el asco tironeándole la comisura de los labios, emprendió la tarea de cambiar de ropa a Juan, hediondo de vómito y de Omanol.
Me acuerdo que cuando quedó en camiseta vimos, casi debajo de la axila derecha, algo que levantaba la tela transpirada. «Un sobrehueso», creo que dijo Mari, solivió el cuerpo magro de Juan y le sacó también la camiseta. Tenía, casi a seis o siete centímetros del sobaco, una cara, una carita como acartonada, tiesa, como una máscara. El promontorio que se marcara en la camiseta era la nariz, apenas respingona; los ojos estaban cerrados, no tenían pestañas y un ralo vello amarillento marcaba las cejas. La boca, cerrada y pequeña, se notaba que no podía abrirse, que era como las bocas de las muñecas, parecía pintada, pero en color natural nomás, no con el rojo chillón de los malcriados. Toda la cara rezumaba una especie de placidez tonta, una tranquilidad ingenua y a mí me pareció que tenía cierta resignación trágica.
Como Juan reaccionaba ya con los efectos de un licor de huevo generosamente administrado, decidimos no llamar a Grossia que, a pesar de ser el médico de la familia (atendió a Quica cuando tuvo tifus a los cuatro años), no sabíamos cómo podía reaccionar ante la anormalidad de Juan, extrañamente espantosa.
Comprendimos entonces, recuerdo que después charlamos con Mari, por qué Juan nunca andaba en cueros por casa. Incluso en tardes de verano en que parecía que el toldo se venía abajo hinchado de sol, él salía al patio con su saco pijama celeste y un pañuelo de seda al cuello que arreglaba minuciosa y reiteradamente con sus manos blancas y finas. «De violinista», decía Quica, que estoy seguro que nunca vio ninguno.
Nosotros siempre atribuimos tal recato a la falta de confianza que aún frenaba a Juan en nuestra presencia (él vino a casa ya grande, cuando murió papá). A pesar de que lo instamos a ponerse cómodo, siempre nos contestaba que no, que así se transpiraba menos y que se sentía bien (tío Adalberto solía decir lo mismo).
Por otra parte, rememorando, reconocimos que Juan nunca había estado enfermo antes ni había sido necesario revisarlo. Él vivía en el altillo del fondo, muy lejos de cualquier curiosidad, curiosidad que, al menos de nuestro parte, ya había desaparecido con la adolescencia.
Cuando Juan mejoró, y fue pronto, le comentamos el descubrimiento.
Casi no acusó el impacto. Trató de restarle importancia al asunto. Dijo que siempre lo había tenido, que no le molestaba más que una rodilla o, si se quiere, una oreja, por ejemplo.
Lógicamente, siempre lo había ocultado porque no quería convertirse en objeto de estudio o de circo, pero las privaciones no habían ido más allá de no ir a la pileta o al río, cuando joven.
Le manifesté mi extrañeza por la expresión de la carita, un rostro juvenil, ajeno a la edad del mismo.
Juan me dijo, y confieso que me estremecí, que, en una oportunidad, no hacía mucho, revolviendo fotos viejas, halló una de cuando él iba al secundario, donde advirtió que en esa época él era idéntico al rostro de su flanco.
Nos tranquilizó, luego, considerando que había que tomar tal fenómeno como una dureza callosa o algo así.
A pesar de que nunca pudimos olvidar esa cara, la vida siguió su curso normal, y Juan, ya recuperado, jamás volvió a tocar el tema.
Cuando murió, el año pasado, lo vestimos con el mismo traje azul marino que tenía cuando era jefe del Correo y lo pusimos en el cajón. Yo no sé, no quiero fantasear, y sé que puedo equivocarme o tal vez estaba algo impresionado, pero cuando lo desnudamos con Quica por última vez, cuando ya Quica le ponía la camiseta de frisa limpia y le levantaba los brazos para bajársela, no sé, puede haber sido transpiración de Quica o algo así, pero me pareció que se le caía una lágrima, en serio, a la carita, aún joven.