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roald dahl

en las ruinas

Entre los escombros de ladrillos y piedras, me topé con un hombre en ropa interior que estaba serrándose la pierna izquierda. Tenía un bolso negro a su lado, abierto, y entre todas las cosas que había en su interior pude ver una jeringa hipodérmica.
—¿Quieres un poco? —preguntó, alzando la vista.
—Sí, por favor —contesté. Me estaba volviendo loco de hambre.
—No me importa darte un poco, siempre que te comprometas a producir la próxima comida. No estoy contaminado.
—De acuerdo —respondí—. Sí.
—Inyección caudal —dijo—. En la base de la columna vertebral. No sentirás nada.
Encontré algunos trozos de madera, encendí un fuego entre las ruinas y empecé a asar un trozo de carne. El doctor seguía sentado en el suelo, ocupado con el muñón de su pierna.
Se acercó una niña de unos cuatro años. Probablemente había visto el humo de la fogata o sentido el olor de la carne cocinándose; no sé cuál de las dos. Caminaba con mucha inseguridad.
—¿Tú también quieres un poco? —le preguntó el doctor.
La niña asintió con la cabeza.
—Tendrás que pagarlo más tarde —dijo él.
La niña se quedó de pie mirando el trozo de carne que yo sostenía sobre el fuego con una varilla de cortina doblada.
—¿Sabes una cosa? —dijo el doctor—. Con los tres aquí, deberíamos poder sobrevivir bastante tiempo.
—Quiero a mi mami —dijo la niña, empezando a llorar.
—Siéntate —le dijo el doctor—. Yo cuidaré de ti.