roald dahl
edward el conquistadorLOUISA, con un trapo de cocina en la mano, salió por la puerta trasera al frío sol de octubre. —¡Edward! —gritó—. ¡Edward! ¡El almuerzo está listo! Tras detenerse y escuchar un instante, se dirigi
el gran gramatizador automático—Bueno, Knipe, muchacho. Ya está todo acabado. Le he llamado simplemente para decirle que pienso que ha hecho un buen trabajo. Adolph Knipe estaba de pie, inmóvil, ante la mesa del despacho del se
el hombre del paraguasVoy a contarles una cosa muy divertida que nos pasó a mi madre y a mí ayer por la tarde. Tengo doce años y soy una chica. Mi madre tiene treinta y cuatro, pero yo ya soy casi tan alta como ella. A
en las ruinasEntre los escombros de ladrillos y piedras, me topé con un hombre en ropa interior que estaba serrándose la pierna izquierda. Tenía un bolso negro a su lado, abierto, y entre todas las cosas que h
gastrónomosÉRAMOS seis cenando aquella noche en la casa de Mike Schofield en Londres: Mike con su esposa e hija, mi esposa y yo, y un hombre llamado Richard Pratt. Richard Pratt era un famoso gourmet, presid
hombre del surEran cerca de las seis, así que pensé en pedir una cerveza y tenderme en una hamaca junto a la piscina a tomar un poco el sol de la tarde. Fui al bar, pedí la cerveza y me dirigí a la piscina pasa
la máquina del sonidoAl atardecer de un tibio día de verano, Klausner salió rápidamente de su casa y, por el pasillo lateral que la circundaba, fue hacia el jardín del fondo, dirigiéndose a un cobertizo de madera. Ent
la patronaBilly Weaver había salido de Londres en el lento tren de la tarde, con cambio en Swindon, y a su llegada a Bath a eso de las nueve de la noche, la luna comenzaba a emerger de un cielo claro y estr
un cuento africanoPara Inglaterra, la guerra empezó en septiembre del año 1939. Los habitantes de la isla se enteraron enseguida y empezaron a prepararse. En lugares más apartados, la gente tardó un poco más en oír