1
Era pleno verano y el pueblo estaba totalmente vacío. Una mosca de ojos grandes, atrapada en una telaraña en un rincón de un establo en penumbras, se balanceó un momento colgada de sus patitas, hasta que cayó como un poroto. Después subió por una paja enterrada en diagonal en un montículo de bosta hasta la espalda de un caballo sin montura.
2
Con un pedacito de pasto seco atascado entre las muelas, el caballo buscaba la silueta jorobada del viejo cochero. Delante de la tienda de manjū, emplazada al lado de la estación de carretas, el cochero ya había perdido tres partidas de shōgi contra su dueño.
—No te quejes, juguemos una más.
La luz del sol abandonó de pronto el alero de la tienda y trepó por la cadera del cochero hasta su espalda encorvada y redonda como una pila de valijas.
3
Una campesina corrió hacia la plaza del pueblo vacío. Temprano en la mañana, había recibido un telegrama urgente de su hijo que trabajaba en la ciudad, avisándole que estaba cerca de morir. Corrió y corrió varios kilómetros por caminos de montaña cubiertos de rocío.
—¿Y la carreta?
Entró a mirar el cuarto del cochero en la estación de carretas. Llamó, pero no recibió respuesta.
—¿Todavía no ha partido la carreta?
Había una taza de té tirada sobre el viejo tatami desnivelado. Un chorrito de té del color del sake fluía silencioso desde la taza.
La campesina vagó perdida por la plaza hasta llegar al lado de la tienda de manjū y volvió a preguntar.
—¿Todavía está la carreta?
—La última se fue hace un rato —contestó la mujer del dueño de la tienda.
—¿Ya se fue? ¿Cuándo se fue? —preguntó la campesina entre llantos—. ¿Por qué no llegué un poco antes? ¿No hay otra?
Sin limpiarse las lágrimas, se detuvo un momento en medio de la calle y caminó en dirección a la ciudad.
—Saldrá una segunda carreta —dijo el cochero jorobado sin dejar de mirar el tablero de shōgi. La campesina se dio vuelta y alzó sus finas cejas.
—¿Saldrá pronto? ¿Cuándo? Mi hijo está muriendo. ¿Me podrá llevar a tiempo para verlo antes de que muera?
—¡Keima! —dijo el cochero moviendo su caballo en el tablero—. Llegamos de un salto.
—¡Qué bueno! ¿Cuánto tarda en llegar a la ciudad? ¿Cuándo podríamos salir?
—Ya te dije que saldrá una segunda carreta.
El cochero golpeó fuerte el tablero de shōgi con su peón.
—¿De verdad saldrá? ¿Tarda tres horas hasta la ciudad? ¿Tres horas exactas? Mi hijo está muriendo, ¿no me ayudarías a llegar a él?
4
Desde el extremo del prado, con la brisa caliente llegaba el sonido de los campesinos golpeando las vainas de las semillas de astragalus. Un muchacho y una jovencita se apuraban hacia el pueblo. Ella tocó la valija que él llevaba sobre los hombros.
—Yo la llevo.
—De ninguna manera.
—Pero es pesada, ¿no?
El muchacho no respondió. Hizo como que cargaba algo liviano, aunque el sudor que corría por su frente sabía salado.
—¿El cochero ya se ha ido? —murmuró ella.
Inclinándose por el peso de la valija, el muchacho entrecerró los ojos para mirar al sol.
—Todavía no hace mucho calor, la carreta no se habrá ido todavía.
Los dos se quedaron en silencio. Escucharon una vaca cerca.
—¿Qué haremos si nos descubren? —preguntó la jovencita, a punto de llorar.
Solo se oía el leve sonido de los golpes de las vainas, como pasos humanos. La jovencita se dio vuelta para ver de dónde venía el ruido y volvió a apoyar su mano sobre la valija en los hombros del muchacho.
—Yo lo llevo. Mi hombro ya se recuperó.
El muchacho se mantuvo en silencio y siguió caminando con paso firme.
—Si nos descubren —dijo de pronto—, volvemos a escaparnos.
5
Un niño con la mano en la boca entró a la plaza del pueblo tomado de su madre.
—Ma, ¡caballito, caballito!
—Sí, caballito, caballito.
El niño soltó la mano de su madre y corrió hacia el establo. Se detuvo en la plaza a unos pasos del caballo.
—¡Ico, ico! —gritó, y pateó el suelo.
El caballo volteó su cuello largo y alzó las orejas. El niño copió el movimiento del cuello, pero no pudo alzar las orejas. Se esforzó por hacer caras frente al caballo. Otra vez gritó ico, ico, y golpeó el suelo.
El caballo volvió a comer su paja y escondió la cara dentro del balde. Su boca quedó atrapada en la manija.
—Ma. Caballito, caballito.
—Sí, sí. Caballito, caballito.
6
Un pueblerino llegó a la plaza.
—Un momento. Me olvidé de comprar las sandalias para mi hijo. Y sandía también. El chico ama la sandía. Si compro sandía, podemos disfrutarla los dos.
Recién cumplía cuarenta y tres años. Toda su vida había luchado contra la pobreza, hasta la noche anterior, en que finalmente se había hecho de ochocientos yenes vendiendo gusanos de seda en el mercado de primavera. Ahora su corazón se llenaba de planes futuros. Ya se había olvidado de cómo se rieron todos en el baño público, cuando intentó entrar a la zona de duchas con su mochila de viaje y el dinero.
La campesina se levantó de su banco en la plaza y se acercó al hombre.
—¿Cuándo se irá la carreta? Mi hijo está muriendo. Debo apurarme a verlo antes de que muera, ¿entiende?
—Oh, qué mal.
—Espero que la carreta parta pronto, me dijeron eso.
—¿Qué rayos está haciendo el conductor?
El muchacho y la jovencita llegaron entonces a la plaza. La campesina se acercó a la pareja.
—¿Subirán a la carreta? La carreta no está saliendo.
—¿No sale? —preguntó el muchacho.
—¿No sale? —repitió la jovencita.
—Hace dos horas que estoy esperando. Son tres horas para llegar a la ciudad. ¿Qué hora es? ¿Ya será mediodía cuando lleguemos a la ciudad?
—Seguro que será mediodía —dijo el pueblerino.
La campesina se dio vuelta hacia él.
—¿En serio mediodía? Entonces mi hijo estará muerto. Será mediodía. —Empezó a llorar, y luego corrió hacia la tienda de manjū—. ¿Todavía no, señor? ¿La carreta todavía no parte?
El cochero jorobado apoyó la cabeza sobre el tablero de shōgi y se volteó hacia la mujer de la tienda de manjū, que lavaba los estantes de la cocina.
—¿Todavía no están hechos los panes?
7
¿Cuándo llegaría el momento en que la carreta partiera? La gente reunida en el pueblo sentía que su sudor ya se secaba. Nadie sabía a qué hora se iría la carreta. Solo los panes que se cocinaban al vapor sabían la respuesta. Y esto era así porque el cochero jorobado, que estaba obsesionado con la pureza y que seguía soltero hacía muchos años, se consolaba con conseguir el primer manjū del día antes de que lo tocara cualquier otro.
8
El reloj de pared del pueblo mostraba las diez de la mañana. La olla de la tienda de manjū silbó con el vapor de los panes cocinándose.
Zap, zap, zap.
El cochero jorobado cortó el pasto para el caballo. Al lado, el caballo bebía el agua necesaria para el viaje.
Zap, zap, zap.
9
El caballo ya estaba atado a la carreta. La campesina fue la primera en entrar y sus ojos seguían mirando hacia la ciudad.
—¡Suban todos! —dijo el jorobado.
Cinco pasajeros subieron las escaleras chuecas y se sentaron al lado de la campesina.
El cochero jorobado tomó los panes ya levados como bolas de algodón sobre los estantes de la vidriera de la tienda y los empujó bajo su delantal. Se encorvó más en su asiento de conductor. El silbato sonó, voló el látigo.
La mosca de ojos grandes olió el músculo de la cadera del caballo y voló hacia el techo de la carreta. Hacía poco había escapado de una telaraña, todavía se sentía cansada. Se sostenía sobre la carreta, sacudida por el ritmo de las ruedas.
La carreta corrió a través del calor intenso. Pasó por una avenida de árboles, avanzó por prados de porotos azuki, se sacudió entre ramas de moras y prados llenos de flores, y finalmente atravesó un bosque, cuyo verde follaje se reflejaba al revés en las gotas de sudor acumuladas en la frente del caballo.
10
Dentro de la carreta, el conversador pueblerino hizo que todos se sintieran como si se conocieran de años. Solo el niño, agarrado del pasamanos, seguía observando los campos.
—Mamá, peras, peras.
—Sí, peras, peras.
Fuera, sobre el asiento del conductor, el movimiento del látigo cesó. La campesina vio una cadena de reloj en el obi del pueblerino.
—¿Qué hora es? ¿Ya han pasado las doce? ¿Habrá pasado el mediodía cuando lleguemos a la ciudad?
El silbato dejó de sonar. El cochero, con el estómago lleno de panes, cabeceó de sueño y su joroba se acentuó. Mientras dormía, la mosca de ojos grandes miró los campos de peras cerca de la montaña, después los picos rojos de los acantilados que recibían la luz del sol del verano y finalmente los arroyitos que abruptamente aparecieron más abajo. Taca taca, las ruedas de la carreta traquetearon sobre el camino. Nadie se dio cuenta de que el carretero se había dormido. La única que sabía era la mosca. Saltó del techo de la carreta a la blanca cabeza del cochero, de allí a la espalda del caballo y le lamió el sudor.
La carreta llegó hasta la cima del acantilado. El caballo giró, siguiendo obedientemente la curva del camino. No pudo calcular la diferencia entre el ancho de su cuerpo y el ancho de la carreta, y una rueda se salió del camino. Levantado por el peso de la carreta, el caballo se irguió sobres sus dos patas traseras. La mosca voló y vio la imponente panza del caballo cayendo por el acantilado junto con la carreta. Se escuchó un único grito agudo del animal y de los humanos, todos juntos.
Debajo, al lado del río, se apilaban los viajeros, el caballo y los paneles de madera, quietos y en silencio. La mosca de ojos grandes, ahora con sus alas completamente recuperadas gracias a su descanso, voló con fuerza triunfante, hacia el cielo celeste.