País Relato

Autores

riichi yokomitsu

tesoro

1
Sueo leía un libro cuando su madre subió con una cinta métrica.
—¿Sigues usando ese kimono?
—Todavía se puede usar.
Bajó la vista para mirarse el pecho.
—¿Qué pasa? —preguntó al notar que ella mantenía los ojos fijos en el kimono.
—Estaba pensando en usarlo para hacer pañales para el bebé —respondió ella.
—¿El bebé de quién?
—Tu hermana tendrá un bebé.
Se preguntó cómo podía su madre darle semejante noticia con la misma expresión de siempre en la cara. La idea de su hermana embarazada lo hizo sonrojar, pero se alegró.
—¿En serio?
—Ya no necesitas ese kimono. Puedo hacerte uno nuevo y resolver esto.
—¿En serio está embarazada?
Su madre bajó las escaleras sin responder. Eso lo molestó un poco. Pero aun enojado, se le escapó una sonrisa. Era inútil siquiera intentar fruncir la cara para evitar sonreír. Era su única hermana. Mayor que él, se había casado hacía seis años y todavía no tenía hijos.
2
Un día soleado, cruzó las montañas hasta la casa de su hermana Orika. Le dio vergüenza preguntar por el bebé, se limitó a mirarle en silencio la panza por debajo del obi, procurando pasar desapercibido. No pudo notar ninguna diferencia, salvo que su hermana estaba de muy buen ánimo. Ella propuso pasear por la montaña y él aceptó. Se sentaron sobre el musgo con las piernas estiradas. Se podía ver el lago justo debajo, un velero oxidado detenido en el horizonte. Desde la profundidad del valle, se oía el sonido del aserradero.
—Me gustaría arrancar una planta de membrillo y luego volvemos. Pronto estarán en flor.
Su hermana se levantó y subió hacia el bosque de pinos. Él se recostó y se quedó un rato mirando el cielo. Hacía mucho que no pasaba un momento así con su hermana. La quería mucho.
—Esta se hace desear —la escuchó decir.
Se dio vuelta y la vio intentando arrancar de raíz una azalea. Hacía fuerza con los codos hundidos a los costados del abdomen. Pensó en el bebé dentro de ella y se levantó de un salto.
—¡Basta!
Se acercó y la hizo a un lado. Intentó arrancar él mismo la planta. Las raíces estaban realmente duras.
—Te dije que estaba complicado —dijo ella—. Se necesitan dos personas para sacarla.
Se acercó con la intención de volver a tirar del arbusto.
—Vamos. Volvamos.
Cuando la sujetó del brazo para volver a donde habían estado sentados, su hermana miró con decepción hacia atrás.
—Están a punto de florecer. Mira esa azalea. Es de las que tienen hojas húmedas. ¡Ah, me cansé!
Volvió a mirarle la panza. La recordó tirando de la azalea y se horrorizó ante la posibilidad de que hubiera aplastado al bebé con los codos. No sabía cómo asegurarse de que no hubiera sido así. Le daba vergüenza preguntarle, y ese era un problema.
Ella descubrió otra azalea a unos pocos pasos.
—¡Mira, Sue! ¡Probemos con esa!
—Qué molesta —reprendió él.
—No venimos seguido. Sería un desperdicio volver sin nada. Al menos una.
—A casa.
—¿Ya te vas a casa? —preguntó ella, y cuando le vio la cara, se preguntó qué estaría pensando. Algo se imaginaba.
Él caminó en silencio. Estaba preocupado por la panza de su hermana. Ya no le daban ganas de seguir pasando el rato allí.
—¿Tienes hambre? —le preguntó de repente.
Se le había ocurrido la idea absurda de que, si ella respondía que sí, entonces significaba que tenía el estómago vacío. Y el estómago vacío no podía estar relacionado más que con el modo en que había aplastado al bebé. Pero ella respondió que no tenía hambre. Aun así, su respuesta no comprobaba nada.
—Me duele un poco la panza —dijo él—. ¿Será el pescado que preparaste para el almuerzo? ¿Cómo te sientes, hermana?
Ella frunció el ceño al mirarlo.
—Yo estoy bien. ¿Te duele mucho?
Se convenció de que, si no le dolía la panza, entonces el niño tenía que estar bien. Y no le dolía. Pero cuando ya empezaba a aliviarse, se dio cuenta de que las sensaciones de un niño y las de sus padres son independientes unas de otras. Que a su hermana no le doliera la panza no le aseguraba que el niño no sintiera dolor. No quedaba otra opción que llevarla a un médico. Pero para eso tenía que hablar con ella de sus temores, y la vergüenza no se lo permitía. Aunque su hermana estuviera legalmente casada, estaba ese acto indecoroso con el que se concibe a los niños. Y era ese momento de mutuo sinceramiento lo que le resultaba incómodo.
—¿Todavía te duele? —le preguntó ella después de un rato.
—Ya me siento bien.
—Bajando hay una farmacia. O podemos ir a ver al doctor Kodera. ¿Duele?
—Ya estoy bien.
—Aun así, sería mejor que te hicieras ver por un médico.
Él hizo como si no escuchara y continuó su descenso por la montaña.
3
En abril estaba de regreso en Tokio. En mayo recibió la noticia de que su hermana había dado a luz a una niña.
—Ya nació —se dijo. La ansiedad que se había asegurado de ocultar hasta ese momento se volvió absurda y ahora le hacía gracia—. ¡Por fin soy tío!
De pronto se sintió más hombre.
4
En junio, Sueo volvió a su pueblo. En cuanto llegó a la casa de su hermana, entró silencioso. Tenía los pies muy sucios, así que avanzó de rodillas hacia la parte trasera, donde dormía su sobrina. Vio una especie de almohadón amarillo, redondo.
—¡Qué personita pequeña!
Sonrió con ternura y la cobijó, como si el cuerpo de él fuera una tela de mosquitero.
—Vaya. Se parece mucho a mí.
Le dio un beso en los labios. Sus labios húmedos olían a leche. La niña lo miró y se llevó la mano a la boca. Con su puñito, que parecía un caracol, se frotó la nariz.
—¿No se parece a mí esta criatura?
Le resultaba un misterio ese parecido. Se rio al pensar que no era su hija.
—Bien. Una persona más en este mundo.
Quería darse crédito de algún modo. Sin duda había salido a él, pensó. Su hermana Orika entró de la galería, radiante y con una sonrisa.
—¿En qué tren llegaste? ¿El de las dos?
—Se parece a mí, ¿verdad?
Ella miró a su hija y se sonrojó. Se soltó la cinta que sujetaba las mangas del kimono.
—Sí que se parece, ¿o no? —insistió él—. ¿Cómo se llama?
—Se llama Yuki.
—¿Yuki?
—Con el kanji de Yukimura.
—¿El de “felicidad”?
—Ese mismo.
—Ya veo. Yo tenía pensado un nombre. ¿Lo sacaste de un diccionario?
—Del diccionario de palabras chino-japonesas. Yo sugerí que te lo dejáramos elegir, pero tu cuñado no estuvo de acuerdo. ¿No te gusta el nombre?
—Es una niña muy bonita. Hermosa, como era de esperarse siendo tan parecida a mí.
—Cuando vamos al baño público las geishas se alborotan y me preguntan cómo es que tuve una niña tan preciosa.
—Lo es, lo es. Es una niña bonita que te dará mucho trabajo.
Sueo miró a su hermana mayor y sonrió. De repente se sintió incómodo con su propia actitud disconforme. Se levantó y fue a lavarse los pies en el pozo de agua. Como estaba cansado, se recostó cerca de su sobrina. Cuando su hermana no miraba, le tiraba de la manito o le pellizcaba la nariz. No pudo conciliar el sueño.
5
Soñó con el llanto lejano de un bebé y se despertó. Al lado, su sobrina lloraba y movía las manos como si intentara desenredar un hilo.
—¡Ah, ah, ah, ahu!
Así lloraba. Recordó que en un manuscrito de un famoso escritor se describía a un bebé que lloraba de ese mismo modo justo antes de morir. Se preocupó y llamó a su hermana. No la encontró. Entonces alzó a su sobrina en brazos y la hamacó con suavidad, de un lado a otro. Enseguida dejó de llorar.
No morirá, pensó. Intentó volver a acostarla, pero se puso a llorar otra vez. Volvió a alzarla. Dejó de llorar. Repitió pacientemente la misma secuencia unas cuatro veces, hasta que se cansó y bostezó con toda la fuerza de su cuerpo. La panza de su sobrina ondulaba con su llanto: ¡Ah, ah!
Empezó a perder la paciencia. Ella no dejaba de llorar.
—¡Llora! ¡Llora! —dijo mirando fijo a su sobrina, con antipatía.
Puso la mano debajo del almohadón amarillo y le levantó la cabeza. La bebé dejó de llorar al instante, pero no estaba dispuesto a levantarla una vez más. Le sonrió con dulzura y trató de retirar el brazo. La niña reaccionó llorando todavía más fuerte: ¡Ah, ahu, ah!
Pensó en probar de engañarla con el mismo truco. Pero, de repente, se le ocurrió que sería la primera vez en la vida que Yuki sería engañada. Y sería su tío quien lo haría.
Pensándolo de ese modo, ya no le parecía tan trivial lo que estaba haciendo. Volvió a alzarla y la sostuvo en brazos, movido por un sentimiento de culpa, hasta que su hermana llegó a casa y la amamantó.
6
Al día siguiente, cruzó las montañas hasta la casa de sus padres.
—Pensé que llegarías ayer —dijo su madre mientras echaba agua en una vasija de bambú para que él pudiera asearse—. Te había preparado sushi, pero se pudrió.
—En realidad llegué ayer, pero pasé el día en lo de mi hermana y dormí con la niña —dijo él—. Tiene una carita preciosa, aunque su ombligo es muy grande. Es tan grande que me preocupaba que con un simple roce le empezara a sangrar. ¿No te parece raro?
—¿Tan grande es?
Mientras se lavaba los pies recordó la novela El ombligo, escrita por una mujer. Lo puso nervioso pensar en una escena en la que se describía cómo un bebé perdía sangre por el ombligo y moría.
—¿Mueren los chicos por cosas como esa?
—Puede ser.
—No morirá, ¿verdad?
Su madre no respondió.
—¿Cómo se curan esas cosas? ¿Sabes cómo, madre?
—Le dije a Orika que envolviera una moneda entre algodones y la pusiera sobre el ombligo. ¿Todavía lo está haciendo?
—No miré.
—A la bebé solo le basta hacer un poco de fuerza para que el ombligo le salga para afuera, como el tuyo. ¿Estás mejor del estómago?
Con los pies ya lavados, se quedó sentado en el escalón mirando el agua en la vasija. Después de un rato volvió a preguntar:
—No morirá, ¿verdad?
—No lo sé. Si te peinaras a un lado ese flequillo, te verías más delgado.
Su madre frunció las cejas y se fue a tirar el agua. Él se sintió deprimido.
—¡Muérete y a la mierda! —dijo. Y se balanceó con energía para levantarse.
7
El ombligo de Yuki se volvió más firme con el tiempo. La primera vez que lo vio le dio la impresión de que la piel que envolvía el estómago se retorcía y se incrustaba como un gancho dentro de aquel agujero. Cuando la niña lloraba, el ombligo se salía para afuera y la panza le gruñía, parecía toda ella un casco coronado por el ombligo. Ese ombligo era realmente perturbador, daba la impresión de que los intestinos podían quedar expuestos en cualquier momento. Sin embargo, a Orika parecía no preocuparle. Por momentos Sueo descubría que no estaba cubierto con la moneda. Había leído en un libro las explicaciones de un doctor que aseguraba que ese tipo de ombligos podía ser mortal, y agregando algunas mentiras ingeniosas, usó esa información para advertir a su hermana.
—¿Será así realmente? —dijo su hermana mayor entre risas—. ¿Morirá? Mira esto —y le dio un golpecito al ombligo de su hija.
—Tonta —dijo él, entre divertido y enojado.
Ella le dio tres golpecitos más.
—Prueba de meter tu dedo —le dijo.
Le dieron ganas de hacer la prueba, y presionó con el dedo índice la cabeza del ombligo. No ofreció resistencia y su dedo quedó escondido hasta la altura de la primera falange. Hasta dónde llegaría si continuaba presionando.
—Mejor no —dijo, y retiró la mano.
Pero esa preocupación no duró mucho más. Un día, su hermana le dijo, feliz, que Yuki había empezado a sonreír. A veces, cuando la miraban, respondía con una sonrisa repentina, estimulada vaya a saber por qué. Aparecía de pronto, como burbujas flotando en la superficie del agua que después vuelven a desaparecer en la quietud. Aquellos que tenían el placer de verla, sabían que esa hermosa sonrisa era una de las cosas más valiosas que adornan este mundo.
8
Un atardecer, mientras caminaba a la vera desierta de las vías del tren buscando plantas de pamplina para alimentar a los pollos, un niño se le acercó pateando una piedra. Recordó ver una cortina negra colgada de la puerta de su casa y le preguntó quién había muerto. El niño no respondió.
—¿Quién murió? —volvió a preguntar.
—Bebé —respondió él.
—¿Un bebé? ¿Por qué murió?
El niño se ruborizó y trató de irse. Sueo lo agarró rápido de la muñeca.
—¿Qué haces? Vamos. Sé buen chico y cuéntame.
Pero el niño siguió sin contestar y, con la boca apretada, sacudió la mano para liberarse. Sueo lo miró serio y lo soltó. El niño no escapó, caminó hasta el borde de las vías y se sentó con las piernas abiertas. Sueo se quedó entretenido con las hierbas, sin prestarle atención.
—¿Te cuento? —preguntó el niño.
—Sí, dime. ¿Por qué murió?
El niño hizo silencio un momento, rascaba óxido de las vías con un pedazo de vidrio.
—No, mejor no —dijo.
Sueo se quedó observándolo en silencio.
—Mamá lo mató con su pecho —dijo por fin.
—¿Con el pecho? ¿Cómo es eso?
—Estaba durmiendo la siesta y lo mató.
Sueo no le encontraba sentido a nada de lo que decía el niño, así que simplemente se lo quedó mirando a la cara. El niño levantó la vista hacia él, con ojos encandilados, y después corrió en la dirección contraria.
Más tarde un vecino le explicó que la madre estaba durmiendo con el bebé y que sus pechos le obstruyeron la nariz. Era la primera vez que escuchaba algo semejante. Así que puede pasar, pensó. De pronto, lo empezaron a preocupar los pechos de su hermana.
Al día siguiente fue a visitarla y ni bien llegó le contó la historia.
—Es verdad —dijo su hermana—. Un bebé puede morir así. A veces pasa.
—¿Ya lo sabías?
—¿Cómo no saberlo? Me pregunto si crees que todavía soy una niña. Yo lo sé todo —respondió ella, y se rio.
Él sintió cierto alivio. Pero poco después, su hermana le contó que el bebé de un vecino, nacido apenas tres días antes que Yuki, había muerto de neumonía hacía poco. Y que al bebé de unos amigos de su cuñado Hisakichi también le habían diagnosticado neumonía y el doctor les había dicho que no viviría mucho tiempo.
¡Wow!, pensó él. Y se deprimió al imaginar lo difícil que podía resultarle a un niño seguir vivo y creciendo.
Pasados dos o tres días, regresó a Tokio. Poco antes de partir pasó por lo de su hermana y se enteró de que el bebé de sus amigos finalmente había muerto. La noticia lo entristeció. Parado en la galería, oyó el sonido de campanas en la casa vecina, donde oficiaban una ceremonia budista por la muerte del bebé. Era una noche fresca de principios de otoño.
Escuchó la voz de un niño cantando.
—Mukashi tanba no ōeyama.
Los golpes de la campana se aceleraron en ritmo para acompañar su canto.
—No hagas tonterías —lo retó una mujer, probablemente su madre.
Eso lo hizo reír. En algún lugar en la oscuridad, Orika también se reía.
9
Cuando las siguientes vacaciones de primavera llegó a casa de su hermana, Yuki estaba en el regazo de su abuela rompiendo con ambas manos una hoja de periódico en tres partes.
—Toma.
Dejó el juguete que había traído de regalo sobre la mesa y metió las piernas debajo del kotatsu, como su madre y su hermana. La madre de Sueo abrió el paquete y sacó una muñeca de plástico.
—Mira, Yuki. Mira lo que te trajo tu hermano.
—Hermano, no. Es el tío, ¿verdad? —dijo su hermana mirando a la niña.
—Es cierto, tío, tío. Y te trajo un lindo regalo de tan lejos. Mira.
Cuando le acercó la muñeca, Yuki miró a su abuela, después la muñeca, varias veces, hasta que estiró los brazos para agarrarla.
—Mira esa cara —dijo la hermana, y sonrió.
Él sacó otro juguete, una cabeza de mono de goma, y la acercó a la nariz de la bebé.
—Mira este otro, Yuki. Un mono.
Orika apretó la cabeza del mono y apareció una larga lengua roja. Yuki pestañeó varias veces y apartó la vista, pero como tenía la cabeza apoyada en el pecho de su abuela, solo pudo girarla a un lado y cerrar los ojos. Todos se rieron. Él estaba cansado.
—Está muy grande —se limitó a decir con una mueca de asombro.
—Creció mucho. ¿No, mamá? Ya es una niña grande —dijo Orika a su madre, que estaba sentada al lado.
—Claro que está creciendo.
—Puede ser —dijo, feliz, su hermana—. No me doy cuenta porque estoy con ella todo el tiempo.
10
Dos o tres días después, su madre recibió un mensaje desde Hyuga, donde vivía su padre, en el que él le pedía que fuera lo antes posible. Ella no quería alejarse de su nieta, pero finalmente tuvo que viajar.
Al momento de partir el tren, sacó la cabeza por la ventanilla. Alineados uno al lado del otro, todos habían ido a despedirla, la cabeza de Yuki asomaba sobre el hombro de su hermana. No sabían cuánto tiempo pasaría antes de que pudieran volver a verse.
El tren se puso en marcha.
—¡Chau, Yuki, chau! ¡Volveré! ¡Chau, Yuki!
Su madre solo tenía ojos para la bebé. Y él seguía esperando que mirara en su dirección.
Su hermana inclinó el hombro para traer hacia el frente a Yuki, que iba atada a su espalda. La bebé abrió la boca y miró curiosa el tren en movimiento.
—¡Chau, Yuki! ¡Yuki! ¡Chau! ¡Volveré pronto! ¡Chau!
Su madre no se volteó a verlo ni una vez. Cuando el tren desapareció en la distancia, se alejó a toda prisa de Orika y de Hisakichi hacía los molinetes del tren y salió de la estación. Parece que su nieta es más importante que su hijo, pensó. Esa idea lo tuvo afligido todo el día.
11
Cuando terminaron las vacaciones, volvió a Tokio. Un día antes de su partida, Orika había recibido un folleto en el que se avisaba que pronto comenzaría la campaña de vacunación para los niños nacidos el año anterior. Orika y Hisakichi habían decidido hacerlo con el médico familiar, pero él sentía que lo mejor sería evitarlo por completo. Creía que, de alguna manera, eso ensuciaba a su sobrina.
Llegó carta de su hermana unas dos semanas después. Habían vacunado a Yuki hacía cinco días, y desde entonces su temperatura no había bajado. Él sabía que la vacunación podía subir un poco la fiebre, pero que durara más de cinco días le hacía temer que hubiera evolucionado en algo peor. Las palabras de su hermana en la carta no hacían más que estimular su imaginación. Escribió enseguida preguntando por Yuki y pidiendo que le enviaran noticias lo más pronto posible. Pero pasaron cuatro días sin respuesta. Cada vez que volvía de la calle, le preguntaba a la encargada de la pensión si había llegado carta. Cuando estaba fuera, a veces se le metía en la cabeza que había llegado respuesta y volvía inmediatamente. No recibir respuesta durante una semana más lo hizo enojar. Que sea lo que tenga que ser, pensó, tratando de convencerse de esa idea. Pasó una semana más de constante sensación de amenaza, hasta que llegaron noticias de su hermana. Una carta tosca, con manchas por todos lados.
La vacuna de Yuki había provocado una erisipela, pero solo había tomado un brazo. Su vida no corría peligro. Solo eso decía la carta.
Imaginó a Yuki con un brazo amputado rodando por el tatami como un juguete roto y se enfureció. Agarró un bolígrafo y escribió una respuesta: “Es porque Yuki está al cuidado de alguien tan irresponsable que se ha cometido este crimen”.
Lloró mientras escribía. Y cuando quería cargar de tinta su pluma, no podía hacerla encajar bien en el tintero.
Salió a la calle con la carta.
Finalmente había ocurrido. La amenaza constante que había percibido tomaba ahora una forma concreta. Si acaso esa amenaza se le pudiera aparecer en persona, lucharía contra ella a muerte. Una violencia inexplicable lo embargaba, y no podía contenerla. Imaginar a Yuki ya grande, y la infelicidad que la acompañaría durante toda su vida, lo obligó a detenerse en las calles oscuras.
La haré mi esposa, se dijo.
En cuanto se le ocurrió la idea, se puso a calcular la diferencia de edad entre él y su sobrina. También comparó sus facciones y sus habilidades con las de otras personas.
—No soy tan mala opción. Me aseguraré de hacerla feliz. La amaré más de lo que podría amarla cualquier otra persona. Eso haremos.
Retomó el paso. Sin embargo, cuando se le apareció otra vez la imagen de su sobrina como una muñeca de plástico rota, volvió a llorar.
—Es un crimen. Una decisión totalmente estúpida. ¡Un crimen! —Se tropezó con una piedra en el camino—. ¡Mierda! —gritó.
El joven aprendiz de una tienda de fideos soba se acercó a él con una pila de platos haciendo equilibrio sobre su cabeza. Se descubrió mirando con rabia al joven y acercándose con toda la intención de hacerle tirar todos esos platos. El joven se rio con los ojos, los tenía lagañosos.
—Hola —dijo, y levantó una pierna en señal de saludo.
Él siguió de largo. Unos pocos pasos después, imaginó la cara de desconcierto que habría puesto el joven aprendiz si él hubiera mandado todos sus platos a volar por los aires, y se largó a reír. Mientras se reía, caminaba tambaleándose como un borracho. Quería beber hasta emborracharse.
No le gustaba la idea de ver a su sobrina con un solo brazo, así que pensó en no ir durante las siguientes vacaciones de verano. Le escribió a su padre para contarle. Recibió como respuesta una carta en la que le decía que debía de haber algún malentendido: Yuki no había perdido ningún brazo y no había nada de qué preocuparse. Ese mismo día recibió también una carta de su cuñado Hisakichi. La infección había afectado solo un brazo, eso la había salvado. Ya estaba saludable y gateando otra vez por toda la casa, como si nada hubiera pasado.
Tomó un bolígrafo y, enojado, empezó a escribir una carta a su hermana reprochándole que debiera existir un límite para lo mal que una persona puede escribir. Pero sintió que la fuerza lo abandonaba y la dejó a medio camino. Con una deliciosa sensación de indolencia, se quedó contemplando la azalea blanca del jardín. Pasado un rato, decidió que ese día gastaría su dinero en alguna comida deliciosa: sushi fue lo primero que se le vino a la cabeza.
Salió de la pensión, pero entró en pánico. Era una sensación extraña, como si cuando otros dicen uno, él dijera dos. Como si estuviera dirigiéndose hacia una calamidad.
12
En cuanto llegaron las vacaciones, volvió a casa de su hermana. Yuki estaba sola, agarrada de la reja de madera que habían colocado en la puerta que daba a la habitación principal. La sacudía de un lado a otro. Ya tenía dos años.
—¡Llegué, Yuki!
Se sentó pesadamente frente a su sobrina. Ella se asustó y retrocedió un paso.
Pensó que habría sido su pelo largo lo que la había asustado, así que lo ocultó debajo del sombrero y se acercó un poco de rodillas.
—Ven, ven.
Yuki se puso nerviosa, volvió a alejarse unos pasos y se dio vuelta para mirarlo.
—Bueno, ¿qué pasa?
Él se puso de pie para intentar levantarla, y ella se sujetó a la reja y se largó a llorar como una cigarra cuando de un golpe la tiran de una rama. Se sintió desconcertado, no sabía qué hacer con ella.
13
Todo el trabajo que se suponía que debía hacer durante el verano, fue desatendido por cuidar a Yuki. Nadie, más que él mismo, le había exigido que cumpliera ese rol. Y sin embargo, Yuki no le prestaba la más mínima atención. Hacía muecas para divertirla, la malcriaba con golosinas, y cuando ya creía que finalmente había logrado su confianza, la tomaba de la mano y le decía: “ven, tesoro, ven”. Y ella, lloriqueando, no tardaba en soltarle la mano. Cada vez que pasaba, a él lo embargaba una sensación de soledad. Comenzó a sospechar que ella era capaz de percibir algún tipo de fealdad en él, que podía sentirla con su intuición de niña, como si desprendiera un mal olor.
“Ya sé que no soy gran cosa, pero te quiero mucho, eres una preciosura”, habría querido decirle. Pero tenía que contener las ganas de hacerlo, y de levantarla. A veces el impulso era irresistible y trataba de tomarla en brazos.
En una oportunidad la obligó a sentarse en su regazo. Al principio ella solo se retorció para liberarse, quejándose. A pesar de su resistencia, él la abrazó más fuerte, y entonces Yuki se largó a llorar. No tenía más que soltarla para que dejara de llorar, pero no lo hizo, y su lloriqueo se convirtió en un llanto desesperado. La alejó de él. Ella gateó a toda prisa lo más lejos posible, como si escapara de algo terrible. Se sentó sobre sus rodillas y siguió llorando. Cuando él amagó moverse para alcanzarla, ella se alejó un poco más, llorando aun más fuerte.
¿Qué es lo que le desagrada tanto de mí, y por qué me parece ella tan preciosa?, se preguntó.
De inmediato escribió una carta para un amigo: “El resultado de nuestra experiencia con este villano que llamamos amor es siempre la miseria. Por algún motivo, siempre esperamos retribución. Y el amor no es algo que pueda ser calculado. Por algún motivo que no podemos comprender, nos empeñamos en hacer cálculos, y en medio de nuestra inútil y extraña naturaleza calculadora, el amor permanece firme, es el que controla la caja. ¿No te parece?”.
En cualquier caso, no tenía más opción que quedarse todo el día mirando a Yuki sin poder tocarla. La tarea lo ponía nervioso y lo agotaba. Pero no podía dejar que la niña se las arreglara por su cuenta. Su hermana le había confiado el cuidado de su sobrina para realizar otras tareas de la casa que tenía acumuladas. Bastaba que él se distrajera un momento con la lectura de un libro, para que la niña saliera en busca de su madre, o siguiera peligrosamente la pared en dirección al borde de la baranda o de algún escalón a la voz de “Ab, ab”, para intentar espiar el jardín. Entonces él volvía a entrarla a la habitación, a pesar de sus llantos. Ella volvía a salir. Él la volvía a entrar. La misma escena se repetía varias veces al día. Si estaba con Yuki, no podía jugar con ella, ni dedicarse a su trabajo. Lo único que podía hacer era sentarse, irritado y aburrido, en un lugar desde el que pudiera vigilarla. A veces se hacía insoportable, entonces se ponía a gritar y a bailar alrededor de la niña hasta que se quedaba sin aire. Yuki respondía con sonidos sin sentido, en una muestra de evidente buen humor. Cuando él se tiraba agotado de espaldas en el piso y suspiraba, ella lo imitaba, se tiraba al lado y repetía “ah”. Pero en cuanto él le tocaba la mano, ella se levantaba apurada y se largaba a llorar.
—Ven, tesoro, ven —era todo lo que podía decirle.
Cuando ese verano partió de la casa de su hermana, creyó que ya no volvería más.
14
A pesar de todo, el siguiente verano volvió a lo de su hermana. No había nadie cuando llegó, así que se tiró en la sala de estar a leer un libro. Su hermana llegó un rato después y bajó a Yuki de su espalda. De pronto, se sintió feliz.
—Oh, mira, ¿quién es? —dijo su hermana señalándolo.
Al verlo, ella hizo una mueca, empezó a alejarse y cuando estuvo a punto de caerse del escalón, estiró los brazos.
—¡Cuidado! —dijo su hermana sujetándola—. ¿No te acuerdas de él? Es tu tío.
Yuki apoyó la mano en el hombro de su madre y se lo quedó mirando.
—¡Pero qué olvidadiza! Ese es tu tío.
—Tío —dijo Yuki imitando las palabras de su madre.
De algún modo, eso lo hizo sentir avergonzado. Riendo en silencio, Yuki se dio vuelta y frotó la cara en el cuello de su madre.
15
De vez en cuando se preguntaba por la naturaleza del afecto que sentía por Yuki. Por momentos pensaba seriamente que se había enamorado de ella. Guardaba la esperanza de al menos abrazarla alguna vez, aunque fuera solo una vez, y que ella aceptara su abrazo. Su deseo, en realidad, era abrazarla siempre que él quisiera. No poder hacerlo lo afligía. La recompensa por el amor que él le ofrecía fue tan fría como el año anterior. Fueron aumentando cada vez más los días en que sentía que, lejos de amarla, odiaba a la pequeña Yuki.
—¿Por qué no me deja abrazarla? —le preguntó un día a su hermana.
—Quizás porque eres un poco brusco —respondió ella.
Él no creía que fuera así. Yuki se dejaba abrazar por otros hombres sin problema, incluso aunque casi no los conociera. Cualquiera podía abrazarla, mientras no fuera su tío. Parecía ser la persona que más le desagradaba a la niña. Por el contrario, la persona preferida para él era su sobrina.
—Ya estoy harto de cuidar a Yuki. No quiero que te convenzas de que conmigo está segura. Cuando más confían en mí, mejor me comporto. Pero ya no sé. Es una molestia.
A pesar de sus quejas, Orika continuó confiándole a la niña para poder realizar sus tareas. Porque habían depositado confianza en él, aunque no cedió en sus protestas, él siguió cuidándola. Aguantaba las ganas de abrazarla, ponía caras raras y se paraba de cabeza para hacerla reír. Empezó a sentirse herido en su autoestima. Cuando ella respondía con una sonrisa, él se entusiasmaba y, con la cara roja, imitaba a un perro o a un hombre pedaleando en bicicleta colina arriba. Hasta que de la nada se sentía disgustado con la situación y se detenía. Entonces Yuki negaba con la cabeza, daba vueltas por la habitación haciendo ella como que pedaleaba, imitando el timbre de la bicicleta: “chinchinchin”. Para ella, su tío era un objeto más, como la pared.
—Paciencia, ya lo lograremos —se dijo él, sin dejar de observarla.