País Relato

Autores

riichi yokomitsu

máquina

A veces, al principio, me preguntaba si el dueño del negocio estaba loco. Se había convencido de que su hijo, que no había cumplido ni tres años, no lo quería. Un niño tiene la obligación de querer a su padre, sentenciaba enojado. Cada vez que el niño, que apenas podía caminar, se caía en el tatami, le daba una excusa para golpear y regañar a su esposa: ¿por qué había dejado que se cayera cuando debía cuidarlo? A nosotros todo eso se nos hacía un paso de comedia. Para el hombre, en cambio, era algo serio, y entonces uno se preguntaba si no estaría loco. En cuanto el niño dejaba de llorar, el hombre de cuarenta años lo levantaba y se paseaba por la habitación con él en brazos. Y no era solo con su hijo que se comportaba raro. Había un rasgo de inmadurez en todo lo que hacía. Aquel era un negocio familiar del que su mujer, naturalmente, se había vuelto el centro. También era natural que los aliados de la mujer fueran quienes más poder ostentaban. Como mi relación era con el marido, siempre me tocaba hacer el trabajo que no le gustaba a nadie. Era trabajo desagradable, muy desagradable, pero necesario para que el negocio no dejara de funcionar; y eso me hacía a mí, en cierto modo, el centro de las cosas. Pero prefería callarlo, porque me rodeaban personas convencidas de que aquellos a quienes se les asignan tareas desagradables serían de otro modo inútiles. Sin embargo, el inútil a veces puede volverse necesario en tareas que resultan imposibles para otros; de todos los procesos químicos que se realizaban en esa fábrica de placas metálicas, a mí me tocaba trabajar con los químicos más peligrosos. Mi puesto era como un agujero en el que se tira a los que de otro modo serían inútiles. Ya metido en el agujero, noté que mi piel y mi ropa se arruinaban por el efecto del cloruro de hierro que usábamos para corroer metales, y que el bromo destruía mi garganta. No solo me resultaba imposible dormir, sino que mi cerebro parecía estar afectándose y mi vista se debilitaba. A una persona útil no la habrían tirado en semejante agujero. El dueño también había aprendido las mismas tareas en su juventud, probablemente porque por entonces también él era considerado una persona tan inútil como yo. En cualquier caso, no es que fuera tan estúpido como para querer quedarme allí hasta convertirme en un inválido. Todo empezó cuando vine de un astillero en Kyūshū y en el tren de camino conocí a una viuda de más de cincuenta años, sin hijos ni casa. Me dijo que, después de alojarse un tiempo con unos parientes de Tokio, tenía planeado abrir una posada. Le respondí en broma que cuando consiguiera trabajo, alquilaría una de sus habitaciones; y entonces ella me dijo que me presentaría a sus parientes, que ellos tendrían algún trabajo para ofrecerme. Yo no tenía ninguna propuesta y algo en sus modales y en su aspecto elegante me hizo confiar en ella y seguirla. Al principio, mis tareas parecían fáciles; con el tiempo fui dándome cuenta de que los químicos estaban acabando con mi capacidad para trabajar. Mañana me voy, hoy es el último día, solía decirme. Pero habiendo aguantado ya tanto tiempo, decidí que al menos tenía que esperar a conocer los secretos de la profesión y me interesé por los procesos más peligrosos del trabajo. A uno de mis compañeros, de nombre Karube, se le metió en la cabeza que yo era un espía que había llegado para robarles los secretos del negocio. Como antiguo vecino de la familia de la esposa, a Karube se le permitían ciertas libertades a las que había respondido poniendo los intereses de la empresa sobre cualquier otra cosa y mostrándose como el empleado leal. Cada vez que yo sacaba un químico de alguno de los estantes, me miraba con ojos encendidos. Cada vez que yo pasaba cerca del cuarto oscuro, se acercaba haciendo ruido para dejarme en claro que me vigilaba. A mí todo eso me parecía absurdo, pero la seriedad con que él se lo tomaba daba miedo. Para Karube el cine era el mejor libro de texto; y las películas de detectives, el reflejo más fiel de la realidad. Era evidente que, al aparecerme allí, me había convertido en el material perfecto para sus fabulaciones detectivescas. En realidad, sus ambiciones iban más allá de trabajar toda su vida en esa casa. Planeaba algún día abrir una sucursal, y no estaba dispuesto a permitir que yo robara el secreto del proceso de teñido en rojo, invento de nuestro empleador, antes de conocerlo él. A mí solo me interesaba aprender y no tenía planes de dedicarme toda la vida a ese trabajo; pero por más que se lo explicara, Karube no habría entendido; y lo cierto es que no estaba en condiciones de jurar que, una vez aprendido el oficio, no lo haría mi forma de sustento de allí en más. En cualquier caso, me convencí de que era razonable que se sintiera un poco irritado y me olvidé del asunto. Su hostilidad creció y, aunque yo creía que era un tonto, sospeché que, justamente por su estupidez, podía volverse peligroso. Que alguien te convierta por capricho en su enemigo es bastante divertido, porque uno puede burlarse mientras dure el enfrentamiento; tardé en darme cuenta de que ese placer me estaba jugando en contra. A veces, cuando movía una silla o giraba una herramienta filosa, se me caía un martillo en la cabeza o las planchas de metal que amolábamos para fabricar las placas se desplomaban a mis pies. Donde debería haber un inofensivo compuesto de barniz y éter, de pronto había peligroso ácido crómico. Al principio atribuí estos incidentes a una negligencia; pero cuando caí en la cuenta de que Karube estaba detrás de ellos, llegué a la turbadora conclusión de que, si no era cuidadoso, mi vida corría peligro. Karube podía ser un tonto, pero era mayor que yo y tenía experiencia en la combinación de químicos. Sabía que, si mezclaba dicromato de amonio en el té de alguien, podía hacer pasar su muerte por suicidio. Desde entonces, cada vez que veía algo amarillo en mi comida, lo tomaba por ácido crómico, y ya me resultaba imposible siquiera mover los palillos. Con el tiempo esta cautela empezó a hacerme gracia: que intentara matarme, si tan fácil le resultaba. Y me olvidé otra vez del asunto.
Un día trabajaba en la fábrica cuando se acercó la esposa para decirme que su marido saldría a comprar hojas metálicas y que debía acompañarlo para llevar el dinero. Su mayor preocupación era mantener a su marido lo más alejado posible del dinero, porque tenía la mala costumbre de perderlo. De hecho, casi todos nuestros problemas podían ser atribuidos a ese hecho absurdo. Nadie en la casa entendía cómo se las ingeniaba para perder siempre el dinero que se le daba. Aunque el dinero no volverá a aparecer, por más que uno regañe, es difícil quedarse tranquilo sin decir nada cuando el fruto de todo lo que uno ha sudado desaparece como una burbuja de agua. Si hubiera pasado una o dos veces, no habría importado, pero ocurría todo el tiempo. En consecuencia, la actividad del negocio se alejaba del funcionamiento normal. La idea de un hombre de cuarenta años perdiendo cualquier dinero que cayera en sus manos era increíble. A veces se ataba un monedero al cuello y lo guardaba entre la ropa, pero aunque el monedero permaneciera allí, el dinero terminaba desapareciendo igual. Probablemente lo dejaba caer al sacar algo de adentro. Lo más razonable es que al sacar o guardar algo, uno se asegure de no dejar caer nada. Quizás él era en efecto cuidadoso. Eso nos daba razones para pensar que en realidad no perdía el dinero tan seguido, sino que todo era un truco de la esposa para demorar el pago de nuestros salarios. La actitud del dueño, sin embargo, me convenció de que lo que nos decía su esposa era cierto. Se dice que los ricos no tienen conciencia del dinero y, en ese sentido, nuestro jefe era tan indiferente a una moneda de cinco senes para el baño público como a una suma importante para comprar planchas metálicas. Hubo una época en que se lo habría considerado un sabio ermitaño. Pero quienes viven con un sabio ermitaño deben estar en alerta constante. Al dueño no se le podía confiar ninguna responsabilidad en la fábrica; y para las tareas que él bien podría haber hecho solo, había que destinar a dos personas. Es imposible calcular el sobreesfuerzo inútil que esa sola persona podía ocasionar. Aun así, la popularidad de la casa no habría sido la misma sin su presencia. Si acaso éramos en ocasiones objeto de críticas, se debía a que muchos no aprobaban el modo en que su esposa lo sometía. Se lo veía como una persona de tan buen carácter, pequeño de contextura y dócil en el trato, que en general agradaba a las personas. Era en especial encantador cuando, libre del ojo escrutador de su esposa, como un conejo que ha escapado de su jaula, se ponía a repartir dinero sin control.
Debo reconocer, entonces, que el centro de la fábrica no éramos ni la esposa, ni Karube, ni yo, sino él. Yo no era más que un empleado que sentía devoción por su jefe: me caía bien el hombre, porque sí. Para hacerse a una idea de la clase de persona que era, uno tiene que imaginarse a un niño de no más de cinco años en el cuerpo de un hombre de cuarenta. El solo hecho de imaginar a alguien así parece tan ridículo que habríamos querido despreciarlo; sin embargo, no podíamos. A través de él, el paso implacable de nuestros propios años se transformaba, paradójicamente, en algo fresco y vivaz. Yo no era el único que pensaba así: Karube parecía tener una impresión afín. Después de un tiempo, se me ocurrió que parte de su aprensión hacia mí respondía a un acto bienintencionado de proteger al dueño. Lo que a mí me hacía difícil dejar esa fábrica era la bondad de nuestro jefe; los martillos que Karube me lanzaba a la cabeza parecían responder a un sentimiento similar. Uno puede equivocarse en la manera de mostrar aprecio.
La cuestión es que, cuando regresábamos de comprar las planchas metálicas, el dueño me dijo que había recibido una oferta interesante esa misma mañana: querían comprarle el proceso de teñido en rojo por 50.000 yenes. Me preguntó si creía que era buena idea venderlo. No supe qué responder, y él continuó explicando: si pudiera mantenerse el proceso de fabricación en secreto para siempre, no habría problema. Pero sus competidores trabajaban en la fórmula. Si quería vender, era el momento. Aunque su razonamiento podía ser cierto, no me sentía yo con el derecho de decirle qué hacer con los resultados de una investigación que le había costado tanto esfuerzo. Por otro lado, si lo dejaba en manos de él, estaba seguro de que haría lo que su esposa mandara, y su esposa era incapaz de pensar más allá de lo que tenía frente a sus ojos. Desde ese momento, los asuntos del dueño se convirtieron en el centro de mi interés. Cuando estaba en la fábrica, tenía la impresión de que todos los materiales y procesos requerían que yo los pusiera en orden. Veía a Karube como un sirviente y su tono de voz aleccionador me molestaba. Pronto volví a caer en la cuenta de que los ojos de Karube eran sensibles a cualquier movimiento mío: no me quitaba la vista de encima. Era evidente que la esposa había hablado con él sobre el trabajo reciente de nuestro jefe y sobre el tema de la patente del teñido en rojo. Lo que no podía asegurar era que también le hubiera pedido que me controlara. Yo sospechaba que la esposa y Karube podrían estar planeando robar la fórmula secreta para venderla y que sería buena idea vigilarlos. Que ellos tuvieran sospechas similares hacia mí no era un delirio. No puedo negar que, cuando notaba sus miradas suspicaces, me sentía incómodo; al mismo tiempo resultaba divertido pensar que yo también los vigilaba a ellos. Fue por esa época que el dueño me habló de nuevas pruebas en las que trabajaba: estaba desarrollando un método para dar color negro al metal sin corroerlo con cloruro de hierro. Había trabajado mucho tiempo en el proceso y todavía no había obtenido resultados satisfactorios, por lo que quería que lo ayudara en mi tiempo libre. Por más bondadoso que fuera el dueño, no me parecía buena idea que revelara información tan seria, aunque me halagaba su confianza. Al principio pensé que aquel en quien se confía es siempre el perdedor, y que el dueño así siempre salía ganando. Pero la inocencia de nuestro jefe no es algo que pueda adquirirse, en ella residía todo su valor. Le agradecí de corazón y prometí hacer todo lo que estuviera en mis manos para ayudarlo. Pensé en cómo me gustaría que algún día alguien se viera en la obligación de agradecerme a mí de corazón. Pensamientos tan miserables no eran propios de nuestro jefe, así que no podía más que postrarme frente a él. Es decir, sentía devoción, como si una luz que salía de su cuerpo me atrapara. Los milagros no vienen de afuera, son fruto de nuestra propia indignidad. Desde ese momento, al igual que le ocurría a Karube, nuestro jefe se volvió mi prioridad; empecé a sentir aversión hacia la esposa por el modo en que lo controlaba. No solo me preguntaba qué derecho tenía una mujer así de monopolizar a alguien como él, sino que incluso se me pasó por la cabeza buscar el modo de liberarlo de ella.
Un día me llamó al cuarto oscuro, sujetaba un pedazo de latón recubierto en anilina sobre un brasero a alcohol. Para dar color al metal, dijo de pronto, uno debe prestar especial atención a cualquier cambio que se produzca con la exposición al calor. En ese momento el metal era púrpura, pasaría a marrón oscuro y, cuando por fin se volviera negro, podíamos estar seguros de que al testearlo reaccionaría al cloruro de hierro y se volvería inservible. Todo el secreto de la coloración consistía en encontrar el punto medio ideal en ese proceso de transformación. Me pidió que hiciera pruebas de combustión con tantos químicos como pudiera. A partir de entonces me interesé por la relación orgánica entre compuestos y elementos, lo que desarrolló mi capacidad para detectar los más sutiles movimientos orgánicos en la materia inorgánica. Fue una revelación espiritual descubrir que hasta en las cosas más pequeñas hay una ley, una maquinaria en movimiento. Cuando Karube notó que yo tenía libre acceso al cuarto oscuro en el que no se le había permitido entrar a nadie hasta ese momento, su cara se transformó. Sin duda, pensaba que toda su vigilancia había sido inútil, ya que aquello que le era vedado a él, que siempre había cuidado con tanto esmero a su maestro, me era permitido a mí, un recién llegado. Probablemente, también pensara que corría el riesgo de volverse prescindible. Sabía que debía ser prudente, pero ¿quién era Karube para que me preocupara tanto su reacción a cada cosa que yo hiciera o dejara de hacer? No sentía ni la más mínima simpatía por él, apenas cierta curiosidad por descubrir qué tramaría después, así que seguí tratándolo con mi habitual indiferencia. A Karube se lo notaba enojado. En una oportunidad en que yo necesitaba una perforadora que lo había visto usar, la perforadora desapareció de manera inexplicable. Le pregunté si no había estado usándola hasta hacía solo un instante. Lo que desapareció, desaparecido está, lo haya usado yo o no, me dijo. Podía buscarlo por mi cuenta, si quería. Y así me dispuse a hacer, pero por más que busqué, no la encontré por ningún lado, hasta que la vi de casualidad en su bolsillo. Traté de tomarla sin que se diera cuenta. ¡Quién me creía que era para meter la mano en su bolsillo sin permiso!, me dijo. Es en efecto tu bolsillo, protesté, pero aquí en la fábrica nuestros bolsillos son los bolsillos de todos. Me respondió que mi forma de pensar era propia de alguien que no tendría reparos en robar los secretos del maestro. ¿Cuándo había robado yo algo? Si ayudar al dueño en su trabajo era robarle, entonces también él robaba, le dije. Karube se quedó callado por un momento y después, con los labios temblorosos, me exigió que me fuera de esa casa. Le dije que lo haría, pero no hasta que no hubiera ayudado al dueño a avanzar un poco más en su proyecto. Entonces se iría él, amenazó. Le dije que eso no haría más que causar problemas, que esperara a que me fuera yo, a lo que reaccionó tercamente. Si así eran las cosas, entonces él se ocuparía del trabajo de ambos. Tomó un frasco de calcio que había cerca y me arrojó el polvo a la cara. A decir verdad, yo sabía que me había portado mal con él, pero la maldad puede ser de lo más divertida. Sentir el buen corazón de Karube agitado por la turbación, me daban ganas de regodearme. Sabía que eso no estaba bien, así que traté de tranquilizarlo. No había sido correcto de mi parte ignorarlo durante tanto tiempo, pero yo no era una persona tan extraordinaria como para no acobardarme ante cada uno de sus ataques de furia. Es propio de las personas insignificantes provocar ira en los demás. A medida que el enojo de Karube crecía, se me hacía cada vez más evidente lo pequeño que era yo. Al final no supe qué hacer ni con mis emociones ni con Karube. De hecho, nunca hasta ese momento había perdido tanto el control de las cosas. Bien dicen que el espíritu sigue en silencio las dimensiones del cuerpo. Y yo sentía que mi cuerpo y mi espíritu vibraban en alarmante sintonía. Pasado un rato, volví al cuarto oscuro y coloqué cromato de potasio en un tubo de ensayo para precipitar un proceso de coloración con bismuto. Eso empeoró las cosas. Con mi libre acceso al cuarto oscuro ya me había ganado el rencor de Karube, y verme entrar otra vez lo hizo explotar. Abrió la puerta, me agarró del cuello y me arrastró afuera del cuarto. Lo dejé hacer lo que quisiera, incluso lo ayudé, permitiendo que me tirara al piso, tirándome yo mismo. La violencia era el único camino que parecía encontrar para lidiar conmigo. Karube se asomó para comprobar que el cromato de potasio no se hubiera derramado y aprovechó para dar una vuelta por el cuarto oscuro. Cuando volvió se me quedó mirando, la vuelta por el cuarto oscuro no había sido suficiente para calmarlo. Parecía estar decidiendo qué hacer; temía que me pateara si me atrevía a moverme. Por un momento me pregunté qué demonios estaba haciendo, me sentía en un sueño. Pensé que lo mejor era permitir que se descargara. Cuando imaginé que ya estaría satisfecho con la demostración de su enojo, me tranquilicé. Miré alrededor para comprobar el grado de daño que había causado con su arrebato, y me di cuenta de que mi cara estaba cubierta de calcio, desde las orejas hasta la boca. Seguía sin estar seguro de levantarme. A la altura de mi nariz, vi los restos brillantes de aluminio apilados junto a la máquina de corte y me sorprendió todo el trabajo que yo mismo había hecho en tres días. Propuse que dejáramos la pelea y nos pusiéramos a revestir aluminio. Pero Karube no tenía ninguna intención de volver al trabajo. Qué te parece si te revisto la cara, respondió. Me hundió la cabeza en la pila de aluminio y la removió una y otra vez, como si la lavara en agua. Imaginé mi cara, pulida por esa montaña de pequeñas placas metálicas, de esas que se usan para identificar cada casa a lo largo de la calle, y pensé que no había nada más terrible que la violencia. Los bordes del aluminio se clavaban en cada arruga y pliegue de mi cara y sentía laca pegada a la piel. Una vez seca, la laca es muy difícil de sacar. Pronto la cara se me hincharía. Ya le había dado el gusto a Karube, así que intenté levantarme y escapar en dirección al cuarto oscuro. Entonces me agarró del brazo, lo giró sobre mi espalda y me estrelló la cara contra la ventana, con toda la intención de cortarme con los vidrios. Esto se tiene que terminar, me dije. Contrariamente a mis expectativas, la violencia continuaba y continuaba. Aunque sabía que en parte yo era culpable, ya no me daban ganas de pedir disculpas. Mi cara, en cuya expresión había depositado alguna esperanza conciliatoria, se hinchaba y dolía cada vez más, invitando a más violencia. Karube sabía que no tenía motivo para estar tan enojado, pero no podía controlarlo. Así que cuando me arrastró de la ventana hasta un barril de químicos corrosivos, me di vuelta y lo enfrenté: sabrás cuánto planeas prolongar este ataque. Solo yo conozco los experimentos que estoy haciendo en ese cuarto oscuro; y si tengo éxito, los beneficios que pueden traerle al dueño son incalculables. No solo interrumpes mi trabajo, sino que derramas la solución de bismuto que tanto tiempo me ha llevado. ¡Límpialo! ¿Por qué no trabajamos juntos, entonces?, me preguntó. Me pareció cruel decirle que alguien incapaz de leer ecuaciones químicas, lejos de ayudar, era un obstáculo. No podía decirle algo así, pero lo llevé al cuarto oscuro, le mostré una nota llena de ecuaciones en letra pequeña y se las expliqué. Si le interesaba la tarea de combinar elementos de acuerdo con esas ecuaciones, lo invitaba a hacerlo. Podía dedicar todos sus días a realizar esa tarea en mi lugar, si quería. Por primera vez, Karube se vio derrotado.
Después de esa pelea, las cosas mejoraron por un tiempo. Karube y yo nos vimos de pronto con mucho más trabajo que antes. Nos llegó el pedido de un municipio para hacer, en diez días, 50.000 placas para todas las casas de una ciudad. Le esposa del dueño estaba encantada; nosotros, en cambio, sabíamos que ese pedido significaría dejar de dormir durante varias noches. El dueño decidió traer a un artesano de una fábrica amiga para que trabajara con nosotros. Al principio estaba tan abrumado con la cantidad de trabajo que no podía pensar en nada más; pero con el tiempo algo en el comportamiento de Yashiki, el nuevo, me llamó la atención. Aunque su torpeza en el trato y sus ojos agudos eran propios de un artesano, me hacían sospechar que podía haber llegado para robar nuestros secretos de fabricación. No sabía cómo reaccionaría Karube si le contaba, así que decidí observarlo en silencio. Noté que Yashiki prestaba especial atención al modo en que Karube sacudía su batea. Él se encargaba de lavar en una solución de soda cáustica las planchas de latón tratadas antes por Karube con cloruro de hierro y otros abrasivos, para limpiar restos de barniz y pegamento. Era natural que mostrara interés por sus tareas. Sin embargo, siendo el trabajo de Karube la segunda especialidad del negocio, un proceso que ninguna otra planta podía imitar, había motivos para sospechar. Orgulloso de sí mismo, Karube sacudía con ganas el recipiente con cloruro de hierro ante la mirada de Yashiki. Del mismo modo que sospechaba de mí, lo más natural habría sido que sospechara también de él. Pero en lugar de eso, le explicaba el proceso enfatizando la gran dificultad de su trabajo: la cara del metal con inscripciones debe ir hacia abajo; como el metal se corroe por su propio peso, la cara no impresa es la primera que resulta afectada. Inténtalo una vez, le proponía. Los escuchaba en silencio, con preocupación; pero al final entendí que yo no era nadie para decidir quién debía conocer cada secreto, ya no controlaría a Yashiki. Si hay algo que aprendí de este episodio es que los secretos se filtran por la vanidad de quienes los revelan. Pero no era solo por vanidad que Karube terminaba revelándolo todo; Yashiki era sin duda una persona carismática. Tenía una mirada intensa que, cuando se suavizaba, ejercía un encanto misterioso que obligaba a bajar la guardia. Cada vez que hablaba, ese encanto también me afectaba a mí, aunque estaba tan ocupado con mis tareas que le prestaba poca atención: temprano en la mañana, tenía que laquear el bronce previamente calentado en un bracero a gas y secarlo, colocar el metal laqueado con dicromato de amonio al sol para que actúe, tratarlo con anilinas. Corría todo el día del quemador a la pulidora y de la pulidora a la cortadora. Poco podía hacer Yashiki para atraer mi atención. A medianoche de su quinto día en el trabajo me desperté y vi a Yashiki, que había tenido que quedarse haciendo tareas nocturnas. Salía del cuarto oscuro y se metía en la habitación de la esposa del dueño. Pensando en qué motivo podía justificar que entrara a esa habitación, me quedé dormido, agotado por el trabajo del día. Lo primero que me vino a la cabeza cuando me desperté a la mañana siguiente fue esa escena de Yashiki. El problema era que no sabía si había sido un sueño o si había sucedido de verdad. No era la primera vez que el agotamiento me había llevado a tener sueños de ese tipo, así que aquel bien podía ser un sueño más. Podía imaginarme sus motivos para entrar al cuarto oscuro, pero no se me ocurría por qué habría de meterse en el cuarto de la esposa. No podía creer que Yashiki y la esposa tramaran algo a nuestras espaldas, así que la única explicación posible era que todo hubiera sido un sueño. Ese mediodía, el dueño de pronto se rio y le preguntó a su esposa si no había notado algo extraño la noche anterior. Puede ser que tenga sueño profundo, pero ya sé que tomaste el dinero, respondió ella. Si querías robarlo, al menos podrías haber sido más astuto. El dueño volvió a reírse, esta vez con más ganas. ¿Era entonces el dueño a quien había visto entrar en la habitación, y no a Yashiki? Me parecía absurdo que necesitara meterse a hurtadillas en el cuarto de su propia esposa, en medio de la noche, por más necesitado que estuviera de dinero. ¿Fue a usted a quien vi salir del cuarto oscuro, entonces?, le pregunté. No sé de qué me hablas, respondió él. En ese caso, ¿era Yashiki el que había visto salir del cuarto oscuro? Me preguntaba, confundido, si solo esa parte había sido un sueño. Era un hecho que el dueño había entrado en la habitación de la esposa, y no Yashiki. Pero me resultaba increíble que solo hubiera soñado lo del cuarto oscuro. Mis sospechas hacia Yashiki, que habían desaparecido por un momento, resurgieron con más fuerza. Sabía que dudar en soledad no era otra cosa que dudar de mí mismo, y eso no servía de nada. Podía comprobarlo preguntándole directamente a Yashiki; pero si era verdad, no haría más que ponerlo a la defensiva. No ganaría nada con molestarlo. Sin embargo, el asunto era demasiado interesante como para dejarlo pasar. En ese cuarto oscuro permanecían guardadas la fórmula química para combinar bismuto y silicato de zirconio, en la que tanto había trabajado yo, y la fórmula para la pintura roja de selenio amorfo en la que se especializaba el dueño. Su divulgación no solo habría supuesto la ruina del negocio; perder los secretos que hasta ese momento había hecho míos le habría quitado toda gracia a la vida. Si intentaban robar nuestros secretos, ¿por qué no esforzarme en esconderlos? Me propuse dudar de cada acto de Yashiki, como si se tratara de un pirata. Yo, que había sido objeto de las sospechas de Karube en el pasado, ahora sospechaba de otro; y cuando recordé lo mucho que me había divertido tomándole el pelo a Karube, me pregunté si no estaría ahora dándole a Yashiki esa misma satisfacción. Después de considerarlo, me dije que poco importaba que se burlara y decidí poner toda mi atención en él. Yashiki notó mis ojos en él y empezó a desviar la mirada en cualquier dirección que no fuera la mía. Me preocupó que con mi actitud no lograra más que hacerlo escapar, tenía que ser más cuidadoso. Las miradas son algo extraño: cuando dos miradas que han estado vagando en un mismo nivel de consciencia finalmente se encuentran, ambas penetran al mismo tiempo en lo más profundo de la otra. Me encontraba en la pulidora, trabajando con el metal y hablando de cualquier cosa, pero con mis ojos le preguntaba si había robado la fórmula. Todavía no, ya lo haré, parecía responder el brillo de los suyos. Y si con mis ojos le decía que se apurara a hacerlo, los suyos respondían que llevaría un buen tiempo, ahora que yo sabía de sus intenciones. Mi fórmula tiene errores todavía, no te serviría de nada, le decía yo. Puedo arreglarla, respondía. Y así continuó en mi cabeza esta silenciosa conversación con Yashiki, hasta que llegó un momento en que me sentí más cercano a él que a cualquier otra persona de la casa. Su encanto, que había deslumbrado a Karube y lo había hecho hablar de más, ahora empezaba a tener efecto en mí. Cuando leíamos juntos el periódico, en temas que nos interesaban a ambos, nuestras opiniones siempre coincidían. Incluso en artículos sobre química, nuestra velocidad de lectura aumentaba o disminuía en sincronía. Coincidíamos en nuestros puntos de vista sobre política o en nuestra esperanza hacia la sociedad. Lo único que nos diferenciaba era nuestra percepción de la inmoralidad de robar secretos industriales. Era evidente que él tenía su propia visión del asunto y creía que robar los inventos de otras personas no era inmoral si contribuía al progreso de la civilización. De hecho, robar un invento podía ser una mejor acción que no hacerlo. Comparando sus esfuerzos por robar con los míos por ocultar los secretos del maestro en el cuarto oscuro, se podía concluir que él contribuía más a la sociedad que yo. Con esta idea en mente, me sentía cada vez más cercano a Yashiki, pero al menos quería asegurarme de mantener en secreto el método para la tintura con selenio amorfo. Así es como, aun cuando nos hicimos mejores amigos, yo era también quien más se interponía en su camino.
Un día le conté que Karube había sospechado de mí cuando llegué al negocio y que incluso había corrido peligro. Yashiki respondió riendo que él no había recibido ese mismo trato, quizás porque Karube ya había aprendido conmigo. Por eso es que no tardaste en sospechar de mí, me dijo en tono burlón. Si te diste cuenta desde un principio de mis sospechas, es porque ya venías preparado para que sospecháramos de tus intenciones, dije. Así es, respondió el. Yo no podía creer la franqueza con la que prácticamente reconocía que había llegado para robar nuestras fórmulas. Quizás me tenía calado, y creía que sorprendiéndome de ese modo se ganaría mi respeto y admiración. Me lo quedé mirando por un momento. La expresión en su cara no tardó en cambiar. Cuando uno entra a trabajar a fábricas como esta, dijo como subido a un pedestal, no es de extrañar que haya quienes desconfíen de nuestras intenciones. ¿Qué podría hacer yo? Dar explicaciones solo empeora las cosas, es inevitable que la gente piense lo que quiera pensar. Lo que más me molesta, agregó riendo, es que no me saques los ojos de encima cuando no estoy haciendo nada malo. Me había tocado un punto sensible, sentí cierta compasión al darme cuenta de que le estaba dando el mismo trato que yo había sufrido en el pasado. No puedes estar a gusto con tu trabajo si te obliga a decir esas cosas, le dije. Yashiki estiró el cuello, me miró fijo y lanzó una risita desconcertante. Decidí no preocuparme por lo que fuera que estuviera tramando. Tratándose de alguien como Yashiki, con una sola visita al cuarto oscuro, había visto todo lo que necesitaba ver; y si ya se lo habíamos permitido, poco podíamos hacer más que matarlo o aceptar las consecuencias. En cuanto a mí, agradecía la oportunidad de conocer a alguien tan extraordinario como él en un lugar como ese. Es más, se me cruzó la idea de que bien haría en sacar provecho de la confianza del dueño y tener éxito en su objetivo de robar nuestros secretos. Le dije entonces que no planeaba quedarme trabajando allí mucho tiempo, y le pregunté si sabía de alguna buena oportunidad en otro lugar. Lo mismo quería preguntarte yo, dijo, si hasta en eso nos parecemos tanto, no entiendo qué autoridad tienes para decirme qué está bien y qué no. Le expliqué que entendía su razonamiento, que no era mi intención sermonearlo. Por el contrario, como lo admiraba, me gustaría ser su discípulo. ¿Mi discípulo? Lo preguntó sonriendo con desdén y se volvió a poner serio. Ve a echarle un vistazo a la fábrica de cloruro de hierro y a sus alrededores, donde toda vegetación está muerta, y luego me dices. No entendía a qué se refería con ese “luego”, aunque empezaba a entender por qué Yashiki me había considerado siempre un tonto. ¿Pero hasta qué punto podía ese hombre tratarme de idiota? El límite parecía no existir, lo que me generaba cierto espanto. Pensé en cómo dejarlo en ridículo yo a él, pero siendo su admirador, el esfuerzo resultaba no solo vano sino cómico. Cuando uno se enfrenta a personas superiores se ve obligado a aprender de la forma más cruel. Un día, cuando estábamos ya terminando el pedido urgente del municipio, Karube arrojó a Yashiki debajo de la cortadora: ¡Confiesa! ¡Confiesa! Al parecer, lo había pescado colándose en el cuarto oscuro. Cuando entré a la fábrica, Karube, montado a la espalda de Yashiki, le golpeaba la cabeza. Finalmente había ocurrido, pensé, pero no me daban ganas de salir en su rescate. Más bien tomé la actitud de un Judas, y me quedé observando con indiferencia su cara desencajada, curioso por presenciar cómo reaccionaría a semejante violencia una persona que yo admiraba tanto. Yashiki se retorcía con fuerza para levantarse, con la cara metida en un charco de barniz que se extendía por el piso; cada vez que Karube le daba un rodillazo en la espalda, volvía a desplomarse de cara sobre el charco, se le levantaba el kimono y sus piernas regordetas quedaban expuestas, serpenteando sobre el suelo pegajoso. El modo en que Yashiki intentaba resistir el ataque de Karube me resultaba ridículo; me incomodaba ver la cara de aquel a quien admiraba deformada por el dolor, como si esa cara horrible pudiera ser reflejo de la fealdad de su corazón. De hecho, más que el acto de violencia en sí, me enfurecía que Karube pudiera provocar una expresión tan espantosa en la cara de alguien. Karube, lejos de importarle la expresión horrible de su adversario, lo mantenía agarrado del cuello y seguía golpeándole la cara contra el piso. Me pregunté si mi actitud pasiva frente al sufrimiento de otra persona no era algo inapropiada, pero interceder y tomar partido por una u otra parte me parecía aun menos legítimo. Dudé si Yashiki, que se resistía a confesar a pesar del dolor que atestiguaba su horrible expresión, en efecto había robado algo del cuarto oscuro. Me esforcé por leer sus secretos en los pliegues distorsionados de su cara. De vez en cuando Yashiki miraba en mi dirección desde el suelo y, cuando nuestras miradas se encontraban, yo le devolvía una sonrisa burlona para darle ánimo. Él se esforzaba por dar vuelta los tantos, pero Karube era fuerte, y con cada intento de Yashiki seguía una nueva oleada de golpes. Con mis risas, Yashiki parecía mostrar su verdadera naturaleza, con cada movimiento más se entregaba. Habría querido seguir burlándome, pero con el tiempo empecé a sentir algo más cercano al desprecio, hasta que ya se me hizo imposible reír de sus intentos por reaccionar, que llegaban siempre en los momentos más inútiles. Ahora lo veía como una persona ordinaria, no muy distinta de cualquiera de nosotros. Qué te parece si dejas de golpearlo, le dije a Karube, ¿por qué mejor no hablan? ¡Arriba!, ordenó Karube mientras lo pateaba, y le lanzó sobre la cabeza un puñado de placas metálicas como aquellas en la que alguna vez me había hundido la cara a mí. Yashiki se incorporó y, temeroso de un nuevo ataque, se puso en guardia de espaldas contra la pared. Explicó que no había podido limpiar el pegamento del metal con soda cáustica y que por eso había entrado un momento al cuarto oscuro en busca de amoníaco. Si necesitabas amoníaco, ¿por qué no lo pediste?, preguntó Karube, y volvió a golpearlo. Todos saben que no hay lugar más importante en la fábrica que el cuarto oscuro, agregó. Yo sabía que las explicaciones de Yashiki no eran más que excusas, pero el ruido de los golpes de Karube era demasiado violento. Deja de golpearlo, dije. Entonces Karube me miró a mí. ¿Están complotados ustedes dos, acaso? No hace falta más que pensar un poco para responderte esa pregunta, pensé en decir; pero entonces se me ocurrió que nuestro comportamiento no solo podía ser interpretado como conspirativo, sino que no se alejaba mucho de ser una conspiración, aun sin serlo. Dejar que Yashiki entrara al cuarto oscuro, llegar a pensar que no robar los secretos del dueño era más digno de reproche que robarlos, no eran otra cosa que una conspiración. Complotados o no complotados, creo que ya lo golpeaste suficiente, dije con cierto cargo de conciencia. Karube se me vino encima y me dio en la mandíbula. ¡Así que lo dejaste entrar al cuarto oscuro! No me importaba cuánto fuera a golpearme Karube; mostrarle a Yashiki, que ya había sido apaleado, cómo recibía ahora yo los golpes por hacerme cargo de sus culpas se sentía tan bien como un día soleado. Mientras Karube me golpeaba, se me ocurrió pensar que ahora él y yo podíamos aparecer como los conspiradores. Yashiki estaría pensando que el modo en que me dejaba golpear no era más que algo pactado con Karube. Pero cuando levanté mi mirada hacia él, lo vi reanimado, ahora que éramos dos los agredidos. ¡Golpéalo!, gritó abalanzándose por la espalda de Karube y dándole un golpe en la nuca. Yo no estaba particularmente enojado, pero después de los golpes recibidos, encontraba cierto placer en devolverlos, así que le di algunas piñas en la cara. Atacado por ambos flancos, Karube intentó centrar su atención en Yashiki; cuando lo tomé por detrás, Yashiki aprovechó la oportunidad para arrojarlo al suelo, subirse a caballo y soltarle varios golpes más. Me sorprendió la energía que se había apoderado de Yashiki, sin duda creía que yo había tomado partido por él, enojado por lo injusto de la golpiza. Sin embargo, como yo ya no tenía ningún deseo de revancha contra Karube, me hice a un lado para mirar tranquilo cómo lo golpeaban, y entonces Karube se incorporó sin esfuerzo y respondió con aun más violencia. Yashiki, como antes, era incapaz de defenderse. Después de desquitarse un rato, quizás temiendo que lo atacara por detrás, Karube se me vino encima a mí. Sabía que no tenía nada que hacer en una lucha mano a mano con él, así que decidí mantener la calma y dejar que me golpeara hasta que Yashiki se levantara y pudiera unirse a la pelea, pero Yashiki no volvió a atacar a Karube sino que se sumó a la golpiza contra mí. Si un adversario era difícil, enfrentarme a dos ya resultaba imposible, así que me quedé tirado en el piso y los dejé hacer, mientras me preguntaba qué había hecho yo para estar en esa situación. Con la cabeza protegida entre los brazos me preguntaba si tan mal me había portado como para tenerlos a los dos encima, golpeándome. Sin duda, mis reacciones durante el incidente debían de haber sorprendido a ambos. Pero ¿no se habían comportado también ellos de manera extraña? No había motivos para que Yashiki me golpeara. Era cierto que no había tomado partido por él contra Karube, pero era un tonto si esperaba eso de mí. Al final, el único que no había sido golpeado por dos personas al mismo tiempo era Yashiki. Quién más merecía ser golpeado, era el que mejor había salido de la pelea. Pensé en darle al menos una trompada, pero ya estábamos todos muy cansados. En realidad, esta pelea absurda se debía más a la fatiga que arrastrábamos por la urgencia con que habíamos tenido que terminar el encargo de 50.000 placas metálicas, que al hecho de que Yashiki hubiera entrado al cuarto oscuro. Los gases del cloruro de hierro que se usa para corroer el metal no solo alteran los nervios, sino que afectan el razonamiento. Como los instintos parecen manifestarse con toda la fuerza en el cuerpo, cualquier incidente en una fábrica de placas metálicas como esta provoca enojos. Pero ser golpeado por Yashiki, eso era algo que no olvidaría tan fácil. ¿Cómo se le había ocurrido golpearme? Ya lo haría pasar vergüenza. Cuando el incidente terminó, aunque ninguno de nosotros estaba en condiciones de asegurar con certeza que había terminado, Yashiki se dirigió a mí. Te pido disculpas. Hice mal en golpearte, quería terminar con esto. Si no te golpeaba, no sabía cuánto más tendría que soportar los golpes de Karube. No había reparado en eso; es verdad que, de no haber sido atacado por ambos, el incidente habría continuado. Sonreí con amargura al caer en la cuenta de que había ayudado a Yashiki en su trama de robo y todo el placer que había imaginado que sentiría al avergonzarlo se desvaneció ante la revelación de su superioridad. Si había sido tan hábil de usarme, más le valía que hubiera sido igualmente hábil para sacar información del cuarto oscuro, le dije disgustado. Si incluso yo pensaba así, respondió, no era de extrañar que Karube lo hubiera golpeado. ¿Podía asegurarle que no hubiera sido yo quien lo había puesto a Karube en su contra?, preguntó. No había explicación ni excusa que pudiera darle si él ya había elegido creerme instigador del incidente, quizás me había golpeado pensando que yo estaba aliado con Karube. Cada vez se me hacía más difícil entender qué opinión tenían de mí esas dos personas. En medio de toda esa oscuridad, había algo claro: tanto Yashiki como Karube desconfiaban de mí. Pero por más claro que me resultara a mí, ¿había una forma de calcular cuán claro era en la realidad? En cualquier caso, hay una máquina invisible para la que todo resulta claro, que nos mide a todos nosotros sin descanso, y nos impulsa a actuar de acuerdo con sus mediciones. Aun sospechando unos de otros, todos anticipábamos el día siguiente, en que el trabajo ya estaría hecho, y todo sería más fácil; terminamos olvidando nuestra fatiga y la pelea, felices con la paga que recibiríamos por nuestro trabajo. Pero al día siguiente nos golpeó un nuevo evento que nadie esperaba. De regreso a casa, el dueño había perdido todo el dinero que le habían pagado por el trabajo realizado. Todo nuestro esfuerzo, todas esas noches en vela, habían sido en vano. Su hermana, la mujer que me lo presentó, lo había acompañado anticipando que algo así podía pasar, y al final había ocurrido. Habiendo ganado tanto dinero por primera vez después de tanto tiempo, el dueño quería sentir el placer de sostenerlo en las manos; y su hermana, en un arrebato de compasión, se lo dejó tener por unos minutos. Bastaron esos minutos para que el mayor defecto del dueño actuara como una máquina certera. Aunque lo reportamos a la policía, ninguno de nosotros pensó por un instante que el dinero fuera a aparecer otra vez. Pálidos, nos quedamos todos sin palabras. Ya no se nos pagaría por nuestro trabajo y, alcanzados por el agotamiento, permanecimos por un momento inmóviles en nuestros puestos. Karube agarró unas planchas metálicas que tenía a mano, las golpeó y, después de arrojarlas, me habló: ¿De qué te ríes? No me parecía que estuviera siquiera sonriendo, pero si Kabure lo decía, así debía de ser. Seguramente sería porque el dueño me resultaba muy cómico. Aunque no debe de haber nada más terrible que los desórdenes mentales producto de una prolongada exposición a los vapores del cloruro de hierro. Qué estructura extraña la que hacía que los defectos del dueño nos atrajeran a tal punto de no poder enojarnos. Como no podía explicarle semejante cosa a Karube, guardé silencio ante su mirada persistente. Karube se frotó las manos. Bueno, tomemos sake, dijo poniéndose de pie. Sus palabras llegaron en un momento en que necesitábamos que alguno de nosotros, cualquiera, rompiera el silencio; y desde luego todos nuestros pensamientos viraron hacia el alcohol. Hay momentos en que no hay nada que un joven pueda hacer, más que beber alcohol. Yashiki no habría podido imaginar nunca que por el alcohol acabaría perdiendo la vida.
Esa noche, en la fábrica, los tres nos quedamos en ronda tomando hasta pasadas las doce. Cuando desperté a la mañana siguiente, Yashiki estaba muerto: había confundido los remanentes de una solución de dicromato de amonio con agua y la había bebido. Al día de hoy, no creo que Karube haya matado a Yashiki, como aseguran los empleados de la fábrica amiga que lo mandó a trabajar con nosotros. Aunque ese día era yo quien había trabajado en los procesos que requerían el uso del dicromato de amonio que bebió Yashiki, era natural que sospecharan más de Karube. Él había propuesto beber sake. Pero parecía poco probable que Karube hubiera planeado con antelación emborrachar a Yashiki y matarlo, cuando ninguno de nosotros había pensado en beber ese día. Yo había preparado el dicromato de amonio mucho antes de que se nos ocurriera beber sake. Aun así, sospechaban de Karube, en parte por la impresión que daba de ser una persona violenta. No puedo decir con seguridad que Karube no haya matado a Yashiki. Lo que digo es que, por lo poco que sé, creo no equivocarme al decir que no lo hizo. Cuando Karube lo vio entrar al cuarto oscuro, al igual que yo, debe de haber pensado que no había otra manera de proteger nuestros secretos que matándolo. Igual que yo, habría concluido que la mejor manera de matarlo era emborrachándolo y haciéndolo beber dicromato de amonio. Pero no solo Yashiki y yo estábamos borrachos, Karube también lo estaba. Parecía poco probable que él le hubiera dado de beber el veneno. Y si asumimos que todo lo ocurrido en los días anteriores actuó en su mente alcoholizada y lo impulsó a darle de beber dicromato de amonio a Yashiki, entonces también yo puedo ser el culpable. ¿Cómo podría decir con seguridad que no fui yo quien lo hizo? ¿Acaso no soy yo quien más le temía? ¿No soy yo quien controló con cuidado que no se metiera en el cuarto oscuro durante su estadía en la casa? ¿No soy yo quien se sintió herido ante la posibilidad de que hubiera robado las fórmulas para los compuestos de bismuto y silicato de zirconio en las que tanto había trabajado? Así es. Quizás yo maté a Yashiki. Sabía mejor que nadie dónde se guardaba el dicromato de amonio. Antes de que la borrachera me dejara sin sentido, no había dejado de pensar en Yashiki, en qué haría a partir del día siguiente, cuando fuera libre de irse. En comparación con Karube, ¿no tenía yo más que perder si Yashiki vivía? Quizás mi cabeza, como la del dueño, sufre los efectos del cloruro de hierro. Ya no me entiendo a mí mismo. Solo siento la amenaza punzante de una máquina que se dirige a mí. Que alguien me juzgue. Porque yo ya no puedo saber lo que he hecho.