País Relato

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riichi yokomitsu

la primavera llegó en un carro tirado por caballos

El viento frío de finales de otoño sonó entre los pinos de la playa. En un rincón del jardín, se cerró un grupo de pequeñas dalias.
Desde el lado de la cama donde estaba acostada su esposa, él observaba el lento movimiento de una tortuga en el estanque. Cuando la tortuga nadaba, las sombras brillantes que arrojaba el agua se reflejaban en la superficie de una roca seca.
—Oh, mira —dijo su esposa—. Qué bonita es la luz sobre los pinos.
—¿Mirabas los pinos?
—Sí.
—Yo miraba la tortuga.
Retornaron al silencio.
—Llevas acostada todo este tiempo y solo piensas en los pinos.
—Decidí no pensar en otra cosa.
—Nadie puede quedarse acostado sin pensar en absolutamente nada.
—Bueno, sí pienso en cosas, como en recuperarme para poder ir al aljibe y lavar bien toda la ropa. Pienso muchísimo en eso.
—¿Quieres lavar ropa? —Se largó a reír, sorprendido por el deseo de su esposa—. Qué gracioso, haciéndome dedicar mi tiempo a cuidarte para poder lavar ropa. Eres una persona rara.
—Extraño ese tiempo en el que me sentía tan bien. Quiero volver a estar bien. En verdad eres desafortunado conmigo, ¿o no?
—Hum.
Él pensó en los años previos a casarse, esos cuatro o cinco años de discusiones con la familia de ella. Pensó en el tiempo de casados, los dos años de conflicto entre su esposa y su madre. Después del fallecimiento de su madre, que los dejó solos de repente, su esposa se enfermó de tuberculosis. Recordó el año de sufrimiento y preocupación que ya llevaban desde entonces.
—Entiendo lo que dices. Es más, me gustaría lavar yo la ropa.
—No me importaría morir ahora mismo. Pero antes de morir, quiero devolverte algo de todo lo que has hecho en este tiempo. Me preocupa no poder darte algo a cambio de tu compañía.
—¿Y qué me darías, si pudieras devolverme algo?
—Bueno, primero te cuidaría.
—¿Y?
—Hay tantas cosas que haría.
Pero él sabía que su mujer no mejoraría.
—Eso que dices no me importa para nada. ¿Sabes qué me gustaría? Me gustaría viajar a otro lugar, como Múnich, en Alemania, y que esté lloviendo en Múnich. Si no llueve, no me interesa ir.
—Yo también quiero ir. —Se movió en la cama, su estómago se mecía como olas.
—Te dijeron que te quedes quieta y descanses.
—No, no quiero. Quiero caminar. Ayúdame a levantarme, por favor.
—No lo haré.
—No me importa si me muero.
—Nada nuevo empieza con la muerte.
—No me importa.
—Quédate quieta, ¿sí? Te diré qué puedes hacer. Podrías pasarte la vida entera haciéndolo. ¿Por qué no miras los pinos y la luz sobre ellos? Piensa en una palabra que lo describa. Solo una palabra, ¿qué te parece?
Ella se quedó absorta, en silencio. Su propuesta le daba algo en qué pensar y la tranquilizaba. Él se puso de pie, tratando de pensar en otros temas plácidos para compartir con ella.
Allí en el mar, las olas de la tarde rompían contra las piedras y se dispersaban. Un barco rodeaba el extremo filoso del cabo. Dos niños, sentados en la playa, cocinaban papas con sus propias manos, se veían como dos bollos de papel tirados en la arena, contra un fondo azul profundo de olas en retirada.
Nunca había pensado en evadir las tantas olas de sufrimiento que se le venían encima, una tras otra. El origen de estas olas, cada una distinta, existía en su propia carne, y había estado allí desde el principio. Había decidido probar esos sufrimientos como la lengua prueba el azúcar, para mirarlos con la luz total de todos sus sentidos. Se preguntaba cuál de ellos tendría mejor sabor al final.
Mi cuerpo es un frasco de laboratorio, pensó. Lo más importante es que sea transparente.
Las dalias se envolvieron y enroscaron en el suelo, como pedazos de cuerda vieja y seca. El viento sopló desde el horizonte del mar, el día entero, hasta que llegó el invierno.
Dos veces al día, él marchaba a través de la arena arremolinada para comprarle a ella los menudos de pollo fresco que le gustaba comer. Recorría las calles del pueblo costero, de un extremo a otro; y en cada pollería, después de un vistazo inicial, preguntaba: “¿Tienen menudos de pollo? ¿Tienen menudos?”.
Cuando tenía suerte y le ofrecían menudos, como piedras de ágata, recién sacados del hielo, marchaba como un héroe a casa y se los presentaba a su mujer de manera muy ordenada al lado de la cama.
—Este que parece una joya redonda es el riñón de una paloma. Este hígado brillante vino de un pato doméstico. Y mira este, parece un pedazo de labio recién arrancado de una mordida. Y este pequeño huevo azul es como una piedra extraída de las Montañas de Jade.
Su elocuencia la excitaba, y se movía en la cama, hambrienta, como una chica esperando su primer beso. Pero él agarraba los pedazos con crueldad, los retiraba de su vista y los tiraba de inmediato en la sartén.
A través de las barras de la cama, como si estuviese en una jaula, ella miraba el contenido de la sartén, sonriendo mientras hervía.
—Realmente te ves como un animal raro desde aquí —le decía él.
—Conque un animal. Déjame recordarte que todavía soy una mujer casada.
—Así es, una mujer casada dentro de una jaula, rogando por tripas de animales. Siempre sentí que en alguna parte dentro de ti había algo de sangre fría.
—Hablarás por ti. ¿No eres acaso el frío e intelectual, tan insensible, que piensa a toda hora en cómo escapar de mí?
—Otra vez tu mentalidad enjaulada.
Él siempre tenía que estar preparado para terminar las discusiones de esa manera, porque ella era muy sensible a cualquier movimiento de su cara, a cualquier sombra que apareciera en su expresión, y él necesitaba ahuyentar y anular lo que fuera que ella pudiera percibir. Pero a veces las repuestas de ella lo desconcertaban, lo atravesaban de pronto y llegaban a donde le dolía, y eso lo desequilibraba.
—Bueno, la verdad es que sí odio estar aquí sentado contigo. La tuberculosis no es motivo de alegría, ¿o sí? —contraatacaba a veces abiertamente—. ¿O acaso lo es? Aun cuando logro alejarme un poco de tu lado, lo único que puedo hacer es ir y dar vueltas por el jardín. Hay una soga que me ata a esta cama, y lo único que puedo hacer es moverme por la circunferencia que traza. ¿Qué más tengo? ¿Qué más, salvo esta miseria?
—Eso es porque… porque quieres divertirte —le decía ella con amargura.
—¿Acaso no quieres divertirte también?
—Pero, pero… lo que quieres es divertirte con otras mujeres.
—Bueno, si eso es lo que piensas. Pero suponiendo que fuera verdad, ¿entonces, qué?
En ese punto ella siempre se largaba a llorar. Su llanto lo conmovía, y tenía que retroceder y muy gentilmente derribar el argumento que había construido.
—Es natural que no pueda disfrutar sentado al lado de tu cama de la mañana a la noche. Doy vueltas y vueltas por el mismo jardín porque quiero que te mejores lo antes posible, ¿o no? No es fácil para mí.
—Pero solo lo haces para sentirte tranquilo con tu conciencia. No lo haces por mí, porque yo no te importo ni un poco.
Cuando ella lo empujaba a esos extremos, finalmente él decidía rendirse a su mentalidad enjaulada. Debía de tener razón ella; pero ¿era realmente solo por su propio bien que se negaba a dar una expresión a su propia miseria?
—Está bien, como digas. Yo soporto todo esto simplemente por mi propio bien. ¿Pero quién tiene la culpa de eso? ¿Crees que, si no estuvieras aquí, pasaría mis días en esta estúpida representación de la vida en un zoológico? ¿Por quién crees que lo hago? Lo hago por ti. ¿Cómo puedes decir que todo esto es solo por mí?
Llegado este punto, la temperatura de su mujer invariablemente superaba los treinta y nueve grados. Aclarado su argumento, él se veía obligado a quedarse toda la noche cambiando la bolsa de hielo para la cabeza de su esposa, abriéndola y cerrándola, una y otra vez.
Sin embargo, si quería dejar claras las razones por las que necesitaba tomarse un respiro de vez en cuando, no le quedaba más remedio que volver a caer en esas discusiones frustrantes, día tras día. En otro cuarto hacía su trabajo, que les daba de comer y lo necesario para cuidarla. En esos momentos ella volvía a la carga con otra de sus escenas de mentalidad enjaulada.
—No puedo entender por qué me evitas siempre de este modo. En todo el día no entraste a este cuarto más de tres veces. Ya sé. Esa es la clase de persona que eres.
—¿Qué intentas decirme con eso? ¿Qué quieres que haga? Para que te sientas mejor tengo que comprarte comida y medicamentos. ¿De dónde saldrá el dinero si me paso todo el día aquí sentado, sin hacer nada? ¿Me pides que haga magia?
—Pero no entiendo por qué no puedes trabajar aquí —decía ella.
—Porque no puedo. Si no me olvido de ti al menos por un momento, no logro hacer nada.
—Es verdad. Eres la clase de persona que solo piensa en el trabajo, las veinticuatro horas del día. Y yo no podría importarte menos.
—Sí, crees que mi trabajo es tu enemigo. Pero en realidad ese supuesto enemigo tuyo está siempre de tu lado.
—Me siento tan sola.
—Todos nos sentimos solos. Así son las cosas.
—Para ti está bien, tienes tu trabajo. Yo no tengo nada.
—¿Por qué intentas encontrar algo?
—Pero no quiero nada, solo te quiero a ti. Me paso el día aquí acostada, mirando al techo.
—Bueno, basta. Los dos nos sentimos solos. Y yo tengo una fecha límite. Si no termino de escribir esto hoy, estaré metiendo a otro en problemas.
—Eso es. Tu dichosa fecha límite es más importante que yo.
—No, no es así. Una fecha límite es una señal que me advierte que no debería imponerme sobre los asuntos de otros. Si acepto la validez de esa señal, no me está permitido pensar en mis propios asuntos.
—¿No te digo? Tan racional, siempre tan racional. Odio a la gente racional.
—Mientras sigas siendo un miembro de mi casa, tienes que asumir la misma responsabilidad que yo con respecto a estas señales.
—Sería mejor si no aceptaras esas cosas, ¿o no?
—Cierto. ¿Entonces cómo viviríamos?
—Si sigues siendo tan frío, prefiero morirme.
Entonces él se rendía y salía al jardín, donde respiraba unas pocas bocanadas profundas de aire. Después tomaba la bolsa de compras y, sin decir nada, salía a escondidas hacia el pueblo a comprar los menudos de pollo.
Su mente se quedaba dando vueltas y vueltas atada a las barras de esa cama jaula, y estaba también la mente de ella, enjaulada; y esa mentalidad enjaulada de ella con toda su excitación física se le venían encima a él todo el tiempo, y no lo dejaban ni respirar. Por eso, y por la gravedad de las ideas neuróticas que creaba en su jaula, ella destruía cada día la constitución de sus propios pulmones a un paso cada vez más rápido.
Sus manos y sus piernas, antes suaves y curvadas, se habían vuelto delgadas como varas de bambú. Cuando él le tocaba el pecho, hacía un sonido leve, como de papel maché. Con el tiempo, perdió todo interés en sus menudos de pollo favoritos.
Para darle apetito, él trajo varios pescados frescos del mar, los puso sobre la baranda de su cuarto y dio un pequeño discurso sobre ellos.
—Este es un pez rana, el pierrot del mar que se cansó de bailar. Esto es un langostino grande, y estos otros son los pequeños, los caballeros del mar, caídos con su armadura puesta. Este es un pez caballo, la hoja de un árbol volada por la tormenta.
—Preferiría que me leas la Biblia —le dijo ella.
Con el pez todavía en la mano, como San Pedro en la Biblia, miró a su mujer. Tenía un mal presentimiento.
—No quiero comer nada, querría que me leas la Biblia cada día.
Desde ese día se vio obligado a sacar la Biblia ajada y leérsela.
—Señor, escucha mi plegaria, llegue hasta ti mi grito; no me ocultes tu rostro el día de mi angustia, atiéndeme el día que te llamo, respóndeme enseguida. Pues mis días se disipan como el humo, y mis huesos queman como brasas; mi corazón se seca como hierba segada, y no me acuerdo de comer ni pan.
A ese siguió otro mal presagio. Cuando se despertaron un día, después de una noche de tormenta, se encontraron con que la tortuga perezosa se había marchado del estanque del jardín.
A medida que la condición de ella fue empeorando, a él se le iba haciendo casi imposible dejar el lugar al lado de su cama. Tosía flema a cada minuto. Como no lograba limpiarse la boca sola, él lo tenía que hacer por ella. Se empezó a quejar de dolores abdominales severos. Todos los días tenía unos cinco ataques de tos prolongados y violentos. Cada vez que ocurría, se rascaba y agarraba el pecho por el dolor. Él sentía que, cuando se ponía de esa forma, debía tratar de mantener la calma lo más posible. Pero su calmo desapego solo parecía provocarla, y volvía a la carga entre terribles arranques de tos que no cesaban.
—Allí sentado, pensando en otras cosas, mientras alguien sufre este dolor.
—Tranquilízate. Si gritas así…
—Tan compuesto estás. Te odio.
—Si me pusiera ansioso, qué es…
—Cállate la boca.
Ella le arrancó de las manos la servilleta de papel. Se frotó enojada la boca para limpiar la flema, y se la arrojó.
Le gustara o no, él tenía que seguir limpiándole con una mano el sudor del cuerpo, con la otra retiraba de su boca la flema que había tosido. Ya no sentía la cadera por estar sentado tanto tiempo al lado de ella. El dolor hacía que ella sacudiera los puños y, con los ojos fijos en el cielo raso, le golpeara el pecho. La toalla con la que él le secaba el sudor se enganchó en la ropa de cama. Ella se quitó las sábanas y trató de levantarse entre arcadas y jadeos.
—Basta, no deberías moverte.
—Duele. Me duele.
—Cálmate.
—¡Pero me duele!
—Te lastimarás.
—Cállate.
Ella lo golpeaba con los puños, que rebotaban como piedras sobre un escudo, mientras él la acariciaba y le hacía masajes en la piel ahora gruesa del pecho.
Pero aun lo extremo de ese sufrimiento se le hacía a él mucho menos intenso que los celos que ella le había hecho pasar cuando se encontraba bien. Se dio cuenta de que su cuerpo enfermo de pulmones contaminados le daba más alegría que con sus pulmones sanos del pasado.
“Vaya un pensamiento novedoso. Tengo que aferrarme pronto a esta nueva interpretación”.
Mientras pensaba en eso, con la vista en el mar, se largó a reír. Y desató en ella otra escena de mentalidad enjaulada.
—Sé exactamente por qué te ries —le dijo con dolor en la cara.
—Lo dudo. Es más, estoy pensando en cuánto mejor estoy ahora que si estuvieras sana y pudieras seguir probándote ropa occidental. Para empezar, esa cara pálida tuya te trae cierta dignidad. Mejor quédate en la cama y duerme todo lo que quieras.
—Así eres.
—Es porque soy así que puedo disfrutar cuidarte.
—Siempre con eso de cuidarme, cuidarme. Lo sacas a relucir a cada palabra que dices.
—Es algo de lo que puedo estar orgulloso.
—Bueno, si de eso se tratan tus cuidados, no los quiero.
—Pero si me fuera tres minutos de este cuarto, ¿no estarías quejándote como si te hubiera abandonada tres días? A ver, contesta.
—Solo te pido que me cuides sin hablar tanto, sin tantas quejas. No me puedo sentir agradecida porque me cuides si lo haces con tan mala cara, como si fuese una carga.
—Cuidar es una carga. Lo ha sido siempre en esencia, y siempre lo será.
—Eso ya lo sé. Solo quiero que me cuides en silencio.
—¿En serio quieres eso? Entonces deberíamos reunir aquí mismo a toda tu familia y a la gente que vive en casa de tu familia, recolectar un millón, y contratar a diez médicos y a cien enfermeras.
—No estoy pidiendo nada de eso. Quiero que lo hagas tú.
—¿Me pides que tome el lugar de diez médicos, cien enfermeras y un hombre millonario?
—No estoy diciendo eso. Solo quiero que te quedes conmigo todo el tiempo. Así me sentiré segura.
—En ese caso, sabrás soportar una mueca rara o algún lamento ocasional de mi parte.
—Si muero, será de odio por ti. Odiaré y odiaré y odiaré, y después moriré.
—Puedo vivir con eso.
Esto la silenció. Pero él podía percibir cómo su mente afiebrada seguía dando vueltas en el silencio, afilándose para seguir abriendo la herida que tan desesperadamente trataba de causar.
Aun cuando su condición empeoraba, él tenía que seguir pensando en su trabajo y su vida cotidiana. Todo el trabajo que representaba cuidarla, sumado a la falta de sueño, gradualmente lo iban cansando. Sabía que cuanto más exhausto estuviera, menos podría trabajar. Si no era capaz de trabajar, no podría mantenerla. Los gastos por la enfermedad aumentarían en proporción a su incapacidad de cubrirlos. Había una cosa de la que estaba seguro: con cada día que pasaba, se sentía más exhausto.
“¿Qué hacer? Me gustaría enfermarme yo. Le mostraría cómo morir sin cuentas pendientes con la vida”.
A veces se sentía así. Aunque siempre guardaba la esperanza de que pudieran atravesar de alguna manera aquella crisis en sus vidas. Y también estaba su deseo de demostrarse a sí mismo que podía hacerlo.
En la noche, su mujer lo despertó. Él le masajeó el estómago, donde le dolía, y se susurró a sí mismo, como si fuera un hábito: “Que nos caigan más infortunios. Que nos caigan más infortunios”.
Y mientras murmuraba estas palabras, imaginó una bola sobre una mesa de billar de pana azul rodando hacia él: “Esa es mi bola. ¿Quién está jugando tan torpemente con ella?”.
—¿No puedes frotar más fuerte? ¿Por qué no puedes hacer las cosas como si no fuese una desgracia para ti? Antes no eras así. Solías ser más gentil cuando me hacías masajes. Y ahora… Oh, me duele, eso duele.
—Estoy cansado, cada vez más cansado. Creo que no puedo seguir. Acostémonos juntos y no nos preocupemos más por nada.
Ella se quedó quieta, y después habló suavemente con una voz penosa, como la de un insecto llorando en algún lugar debajo del piso elevado de la casa.
—Perdón si fui mala contigo, siempre pensando en mí. No me importaría morir ahora. Está todo bien. Duerme, puedo aguantarlo sola.
Al escucharla, él empezó a llorar, aunque no quería. Su mano siguió frotándole el estómago, ya no sentía deseos de parar.
El viento invernal del mar secaba el pasto del jardín. Las ventanas de vidrio habían estado temblando y haciendo ruido todo el día, como si fuesen un carro tirado por caballos. Por mucho tiempo él había ignorado el mar enorme que lo esperaba en su puerta.
Un día fue al doctor a buscar la medicina de su esposa.
—Hace tiempo que quiero hablarte —dijo el doctor—. No hay esperanza para tu esposa.
—Ah.
Fue consciente de cómo empalidecía su cara.
—Ya no tiene pulmón izquierdo, y perdió gran parte del derecho.
Volvió a casa por la costa, bamboleándose como equipaje en un carro. El mar radiante iba y venía libre frente él, una cortina monótona escondiendo la muerte. No quería ver a su esposa. Si no la veía nunca más, sería posible pensarla todavía viva.
Cuando llegó a casa fue directamente a su cuarto. Pensó en maneras posibles de manejar las cosas sin necesidad de mirarla a la cara. Fue al jardín y se acostó en el pasto. Sentía el cuerpo pesado, consumido. Se le escaparon unas lágrimas débiles; arrancó con mucho cuidado matas de pasto del jardín muerto.
“¿Qué es la muerte?”.
Pensó que no era otra cosa que desaparecer de la vista. Cuando tuvo bajo control su corazón confundido, entró al cuarto de su mujer.
Ella no dijo nada, solo lo miró fijo a la cara.
—¿Te gustarían unas flores de invierno? —le preguntó él.
—Estuviste llorando, ¿no?
—No.
—Sí.
—No tengo ninguna razón para llorar, ¿o sí?
—Ya sé lo que pasa. El doctor te dijo algo.
Convencida de eso, miró al techo en silencio, sin ninguna señal particular de tristeza en la cara. Él se sentó en la silla junto a la cama y la miró sin pestañear, como si quisiera volver a memorizarla por última vez.
“Pronto la puerta entre nosotros se cerrará. Pero los dos nos hemos dado todo lo que teníamos para darnos. Ya nada queda”.
Desde ese día, como una máquina, él cumplió con todo lo que ella pedía.
—La próxima vez que salgas, ¿podrías comprarme un poco de morfina? —le preguntó ella un día, después de dolores particularmente fuertes.
—¿Para qué?
—La beberé. Dicen que, si la bebes, te duermes y no te despiertas nunca más.
—¿Estás hablando de morir?
—No le tengo miedo a la muerte. Qué bueno debe de ser estar muerta.
—Te has vuelto valiente, y yo sin saberlo. Pero cuando llegas a ese punto, no importa cuándo te mueres. Cualquier momento estará bien, así que no te preocupes por eso.
—Es que me siento mal por ti, por no causarte más que dolor. Lo siento mucho, de verdad. Perdóname.
—Sí —dijo él.
—Siempre entendí lo que había en tu corazón. Todas esas cosas egoístas que dije, no era yo diciéndolas. Fue la enfermedad.
—Ya lo sé. La enfermedad.
—Escribí en una carta de despedida todo lo que tengo para decir. Pero no te la mostraré. Está debajo de la cama. Léela cuando me muera.
Él no respondió. Todo eso le traía mucha tristeza. No quería oírla hablar de cosas que causaran tristeza.
Al lado de las piedras del cantero, en el mismo lugar en el que alguien los había plantado, había bulbos de dalia enterrados, muertos por la escarcha. Un gato callejero había llegado de algún lado y, despreocupado, había entrado al estudio vacío, ocupando el lugar de la tortuga. Su esposa ya casi ni hablaba, se limitaba a tolerar en silencio su interminable dolor. Miraba constantemente al horizonte, a la tierra lejana que brillaba en la superficie del mar.
Él se sentaba al lado de ella. A veces le leía la Biblia, como ella pedía.
—Señor, no me castigues cuando estés airado, no me reprendas cuando estés enfurecido; ten compasión de mí, Señor; sáname, que mis huesos se dislocan. Yo estoy totalmente deshecho y tú, Señor, ¿hasta cuándo? Que entre los muertos no hay recuerdo de ti.
Escuchó que ella lloraba. Dejó de leer la Biblia y la miró.
—¿En qué piensas?
—¿Dónde quedarán mis huesos? No puedo dejar de pensar en eso.
Ya había llegado al punto en que le preocupaban sus restos.
No pudo responderle.
“Ya se acabó todo”.
Sentía que su corazón se inclinaba, como se inclina la cabeza en reverencia.
Ella lloraba mucho más ahora.
—¿Qué pasa? —le preguntó.
—No tengo dónde dejar mis huesos. ¿Qué haré?
En vez de responderle, se puso a leer otra vez la Biblia.
—Sálvame, Dios mío, que las aguas me llegan hasta el cuello; me hundo en cenagal sin fondo y no puedo hacer pie; he llegado hasta el fondo del agua y me arrastra la corriente. Estoy extenuado de gritar y totalmente ronco, mis ojos se han consumido de esperar a mi Dios.
Esperaron juntos, como dos tallos de flores que se marchitan entrelazados, en silencio, cada día. Se habían preparado para la muerte. Cualquier cosa que ocurriera no les causaría miedo. El agua pura, traída de la sierra, descansaba quieta en la jarra. Como su corazón, al fin en paz en la casa oscura y silenciosa.
Cada mañana, mientras ella dormía y el mar se retiraba, él caminaba descalzo por la playa. Las algas frías, arrojadas por la marea alta de la noche anterior, se enredaban en sus pies. A veces, como si los hubiese llevado el viento, llegaban niños a la playa, trepaban las rocas puntiagudas y se deslizaban sobre las brillantes algas verdes.
Más y más velas blancas aparecían sobre la superficie del mar. Cada día, llegaba más vida a la calle blanca que bordeaba la costa. Un día, llegó algo inesperado: flores de arvejilla, enviadas por alguien que conocía, se acercaron rodeando el cabo hasta alcanzarlo.
Después de la desolación que habían traído los fríos vientos, asomaba en casa el primer aroma de la primavera.
Con las manos llenas de polen, entró al cuarto de su esposa llevando un ramo de flores como ofrenda.
—Por fin llegó la primavera.
—Son tan hermosas —dijo ella, sonriendo, y estirando las desgastadas manos hacia las flores.
—Son hermosas, ¿verdad?
—¿De dónde vienen?
—Llegaron en un carro, dispersando sus primeras semillas de primavera por la costa.
Ella sujetó el ramo, lo abrazó contra el pecho. Enterró su cara pálida en el color de las flores, y cerró los ojos en trance.