1
A Ted Carmady le gustaba la lluvia. Le gustaba la sensación, el sonido, el olor de la lluvia. Salió de su LaSalle cupé y se quedó unos instantes ante la entrada lateral del Carondelet, con el cuello del abrigo de ante azul haciéndole cosquillas en las orejas, las manos en los bolsillos y un cigarrillo húmedo brillando débilmente entre los labios. Después dejó atrás la barbería, el drugstore y la perfumería, con sus hileras de frascos iluminados con delicadeza, alineados como las coristas al final de un musical de Broadway.
Rodeó una columna con vetas doradas y entró en un ascensor con el suelo acolchado.
—Hola, Albert. Bonita lluvia. Al noveno.
El muchacho delgado con aire de cansado, vestido de azul claro y plata, sujetó las puertas que se cerraban con una mano con un guante blanco y dijo:
—Jo, ¿cree que no sé a qué piso va, señor Carmady?
Disparó el ascensor hacia el noveno sin mirar la señal luminosa, abrió las puertas con un rápido movimiento y de pronto se apoyó en la pared del ascensor y cerró los ojos.
Carmady se detuvo cuando iba a salir y le echó una intensa mirada con sus brillantes ojos castaños.
—¿Qué te pasa, Albert? ¿Estás enfermo?
El muchacho esbozó una débil sonrisa.
—Estoy haciendo dos turnos. Corky está enfermo. Tiene forúnculos. Creo que no he comido bastante.
El hombre alto de ojos castaños pescó en su bolsillo un billete arrugado de cinco dólares y lo estiró bajo la nariz del muchacho. Los ojos del chico se desorbitaron. Se puso muy derecho.
—Jo, señor Carmady. No pretendía…
—Olvídalo, Albert. ¿Qué son cinco pavos entre amigos? Cómete algo extra a cuenta mía.
Salió del ascensor y echó a andar por el pasillo. En voz baja, para sus adentros, se dijo «Seré primo…».
El hombre que corría casi lo derribó. Dobló la esquina a toda prisa, dio un bandazo al pasar junto a Carmady y no paró hasta llegar al ascensor.
—¡Abajo! —exclamó colándose entre las puertas que se cerraban.
Carmady vio un rostro duro y blanco bajo un sombrero calado que estaba mojado por la lluvia; dos ojos negros y vacíos, muy juntos. Ojos en los que había una mirada peculiar que ya había visto antes. Iba hasta arriba de droga.
El ascensor cayó como un plomo. Carmady miró durante unos momentos el lugar donde había estado, y después siguió por el pasillo y dobló la esquina.
Vio a la chica tendida, medio dentro y medio fuera de la 914.
Estaba caída de costado, con un reluciente pijama de color gris acero, con la mejilla apretada contra el pelo de la moqueta de la entrada. Su cabeza era una espesa mata de pelo rubio como el maíz, ondulada con una precisión artesanal. No parecía que hubiera un solo pelo fuera de su sitio. Era joven, muy guapa, y no parecía muerta.
Carmady se agachó junto a ella y le tocó la mejilla. Estaba caliente. Levantó con cuidado el pelo, apartándolo de la cabeza, y vio la magulladura.
—Una cachiporra —dijo apretando los labios contra los dientes.
La cargó en brazos, la llevó a través de un pequeño vestíbulo hasta el cuarto de estar de una suite y la depositó en un gran sofá de terciopelo delante de una chimenea de gas con troncos falsos.
La dejó tumbada e inmóvil, con los ojos cerrados, el rostro azulado debajo del maquillaje. Carmady cerró la puerta exterior y echó una ojeada por la suite. Después volvió a la entrada y recogió algo que brillaba junto al rodapié. Era una automática del 22 con cachas de hueso, de siete tiros. La olió, se la guardó en un bolsillo y volvió junto a la chica.
Sacó del bolsillo interior una gran petaca de plata repujada, desenroscó el tapón, le abrió la boca a la chica con los dedos y vertió whisky entre sus blancos y pequeños dientes. Ella tosió y sacudió la cabeza, que escapó de la mano de él. Abrió los ojos. Eran de color azul oscuro, con un toque morado. Brotó luz en ellos, y era una luz mortecina.
Carmady encendió un cigarrillo y se quedó de pie, mirándola. Ella se movió un poco más. Al poco rato, susurró:
—Me gusta su whisky. ¿Puedo beber un poco más?
Carmady trajo un vaso del cuarto de baño y sirvió whisky en él. Ella se incorporó muy despacio hasta quedar sentada, se tocó la cabeza, gimió. Después le quitó el vaso de la mano y se bebió el licor con un experto giro de la muñeca.
—Me sigue gustando —dijo—. ¿Quién es usted?
Tenía una voz suave y profunda. A Carmady le gustó cómo sonaba. Respondió:
—Ted Carmady. Vivo en este pasillo, en la 937.
—Supongo que me he desmayado.
—No. Te han dado un porrazo, encanto.
Sus brillantes ojos la miraron, sondeándola. Había una sonrisa agazapada en la comisura de sus labios.
Ella abrió mucho los ojos. Un barniz los cubrió, como un esmalte protector.
—He visto al tipo —dijo él—. Iba de coca hasta las cejas. Ah, y aquí tienes tu pistola.
La sacó del bolsillo y la sostuvo en la palma de la mano.
—Supongo que ahora me tendré que inventar un cuento —dijo despacio la chica.
—Para mí, no. Si estás en un lío, podría ayudarte. Todo depende.
—¿De qué depende? —Su voz se volvió fría y cortante.
—De cuál sea el lío —dijo él con suavidad. Sacó el cargador de la pistola y miró la primera bala—. Cuproníquel, ¿eh? Entiendes de munición, encanto.
—¿Tienes que llamarme encanto?
—No sé cómo te llamas.
Le dirigió una sonrisa y después se acercó a un escritorio que había delante de las ventanas y dejó allí el arma. Sobre el escritorio había un marco de cuero con dos fotos juntas. Al principio no se fijó demasiado, pero después su mirada se concentró. Una mujer morena y atractiva y un hombre rubio de mirada fría cuyo cuello duro, cuya gran chalina y cuyas estrechas solapas indicaban que la foto tenía muchos años. Se fijó en el hombre.
La chica estaba hablando a sus espaldas.
—Soy Jean Adrian. Hago un número en el Cyrano’s, durante el espectáculo.
Carmady seguía mirando la foto.
—Conozco muy bien a Benny Cyrano —comentó con aire ausente—. ¿Estos son tus padres?
Se volvió y la miró. Ella levantó la cabeza despacio. En sus ojos de color azul intenso apareció algo que podría haber sido miedo.
—Sí. Hace años que murieron —respondió ella en tono apagado—. ¿Siguiente pregunta?
Él volvió rápidamente al sofá y se plantó delante de ella.
—De acuerdo —dijo con voz aguda—. Soy muy curioso. ¿Y qué? Esta es mi ciudad. Mi padre era el amo. El viejo Marcus Carmady, el Amigo de la Gente. Este es mi hotel, soy dueño de una parte. Ese maleante drogado me ha parecido un asesino. ¿Por qué no iba a querer ayudar?
La rubia lo miró perezosamente.
—Me sigue gustando tu whisky —dijo—. ¿Podría…?
—Bebe a morro, encanto. Bajará más deprisa —gruñó él.
De pronto, ella se puso de pie y su cara palideció un poco.
—Me estás hablando como si yo fuera una delincuente —dijo cortante—. Te lo contaré, si tanto necesitas saberlo. Un amigo mío está recibiendo amenazas. Es boxeador, y quieren que se deje ganar en un combate. Ahora están intentando llegar a él a través de mí. ¿Ya estás satisfecho?
Carmady recogió su sombrero de una silla, se sacó de la boca la colilla del cigarrillo y la apagó en un cenicero. Asintió tranquilamente y dijo con una voz cambiada:
—Te pido perdón.
Echó a andar hacia la puerta.
La risita llegó cuando estaba a mitad de camino. La chica habló con suavidad a sus espaldas:
—Tienes muy mal genio. Y te olvidas tu petaca.
Él volvió atrás y recogió la petaca. Entonces se inclinó de pronto, puso una mano bajo la barbilla de la chica y la besó en los labios.
—Al diablo contigo, encanto. Me gustas —susurró.
Volvió al vestíbulo y salió. La chica se tocó los labios con un dedo, frotando despacio de un lado a otro. Había una tímida sonrisa en su cara.
2
Tony Acosta, el jefe de los botones, era delgado, moreno y menudo como una chica, de manos pequeñas y delicadas, ojos aterciopelados y una boca pequeña y dura. Se plantó en la puerta y dijo:
—La séptima fila es lo mejor que he podido conseguir, señor Carmady. Ese Deacon Werra no es malo, y Duke Targo es el próximo campeón de los pesos semipesados.
—Pasa y toma un trago, Tony —dijo Carmady. Se acercó a la ventana y miró la lluvia—. Eso será si le compran el título —añadió por encima del hombro.
—Bueno… solo unas gotitas, señor Carmady.
El chico moreno se preparó una bebida a conciencia sobre una bandeja en un escritorio Sheraton de imitación. Sostuvo la botella a contraluz y midió con cuidado el licor, hizo tintinear el hielo suavemente con una cucharilla larga, dio un sorbo y sonrió mostrando unos dientes pequeños y blancos.
—Targo es una bomba, señor Carmady. Es rápido, listo, tiene pegada en los dos guantes, muchas agallas, jamás da un paso atrás.
—Tiene que sostener a esos paquetes que le echan —dijo Carmady arrastrando las palabras.
—Bueno, todavía no le han echado carne de león —dijo Tony.
La lluvia golpeaba los cristales. Las gruesas gotas se aplanaban y se deslizaban en pequeños regueros.
—Es un paquete —dijo Carmady—. Un paquete vistoso y guaperas, pero un paquete.
Tony suspiró intensamente.
—Ojalá pudiera ir. Es mi noche libre.
Carmady se volvió despacio y se acercó al escritorio. Mezcló una bebida. En sus mejillas se veían dos manchas oscuras y su voz era cansada, arrastrada.
—Pues ve. ¿Qué te lo impide?
—Me duele la cabeza.
—Estás otra vez sin blanca —dijo Carmady casi gruñendo.
El muchacho moreno lo miró de reojo bajo sus largas pestañas pero no abrió la boca.
Carmady cerró la mano izquierda y la abrió despacio. Su mirada era malhumorada.
—Pídeselo a Carmady —suspiró—. El bueno de Carmady. Chorrea dinero. Es un blando. Tú pídeselo a Carmady. Vale, Tony, devuelve esta entrada y pilla dos juntas.
Metió la mano en un bolsillo y sacó un billete. El chico moreno parecía dolido.
—Jo, señor Carmady, no querría que usted pensara…
—Anda, déjalo. ¿Qué es una entrada para el boxeo entre amigos? Compra dos y lleva a tu chica. Al diablo este Targo.
Tony Acosta aceptó el billete. Durante un momento, miró con atención al hombre mayor. Después, su voz sonó muy suave al decir:
—Preferiría ir con usted, señor Carmady. Targo es una fiera, y no solo en el ring. Tiene una rubia despampanante en este mismo piso, la señorita Adrian, de la 914.
Carmady se puso rígido. Bajó la copa despacio y la dejó encima del escritorio. La voz se le puso un poco ronca.
—Sigue siendo un paquete, Tony. Vale, quedamos para cenar, delante de tu hotel a las siete.
—Caray, me parece perfecto, señor Carmady.
Tony Acosta salió con suavidad y cerró la puerta sin hacer ningún ruido.
Carmady se quedó de pie junto al escritorio, acariciando el tablero con los dedos, con la mirada en el suelo. Así permaneció un buen rato.
—Carmady, el mayor primo de América —dijo en voz alta y en tono sombrío—. Un tipo que alterna con la servidumbre y se queda prendado de chicas descarriadas. Eso es.
Se terminó la bebida, miró el reloj de pulsera, se puso el sombrero y el impermeable de ante azul, y salió. En el pasillo se detuvo delante de la 914, levantó la mano para llamar y después la bajó sin tocar la puerta.
Caminó despacio hasta los ascensores, bajó a la calle y buscó su coche.
La redacción del Tribune estaba en el cruce de la Cuarta con Spring. Carmady aparcó a la vuelta de la esquina, entró por la puerta de empleados y subió al cuarto piso en un ascensor destartalado manejado por un anciano con un cigarro apagado en la boca y una revista enrollada que sostenía a quince centímetros de la nariz mientras manejaba el ascensor.
En el cuarto piso había una gran puerta doble con el letrero «Municipal». Otro viejo estaba sentado fuera, ante una mesita con un telefonillo.
Carmady tamborileó con los dedos en la mesa y dijo:
—Adams. Ha venido Carmady.
El anciano hizo unos ruidos hacia el telefonillo, sacó una clavija y señaló con la barbilla.
Carmady cruzó las puertas, pasó ante una mesa de redacción en forma de herradura, y después ante una fila de pequeños pupitres en los que se aporreaban máquinas de escribir. Al final del todo, un hombre larguirucho y pelirrojo estaba sin hacer nada, con los pies sobre un cajón sacado y la nuca en el respaldo de una silla giratoria peligrosamente inclinada. En su boca, una gran pipa apuntaba derecha al techo.
Cuando Carmady se plantó delante de él, bajó los ojos sin mover ninguna otra parte de su cuerpo y habló alrededor de la pipa:
—Hola, Carmady. ¿Cómo les va a los ricos holgazanes?
Carmady dijo:
—¿Podemos echar un vistazo a tus archivos en busca de un tipo llamado Courtway? Senador John Myerson Courtway, para ser más precisos.
Adams puso los pies en el suelo. Se irguió tirando del borde del escritorio. Bajó la pipa a nivel horizontal, se la sacó de la boca y escupió en una papelera.
—¿Ese viejo témpano? ¿Cuándo ha sido noticia? Claro. —Se puso de pie con aire cansado y añadió—: Ven por aquí, sabueso.
Y echó a andar siguiendo la pared del extremo de la sala.
Pasaron ante otra fila de pupitres y ante una chica gorda con el maquillaje emborronado que estaba escribiendo a máquina y riéndose de lo que escribía.
Cruzaron una puerta que daba a una gran sala llena de columnas de archivadores de un metro ochenta de altura, con algún que otro entrante ocupado por una mesa y una silla.
Adams vagabundeó entre los archivadores, sacó uno de un tirón y puso una carpeta sobre una mesa.
—Instálate. ¿Cuál es el chanchullo?
Carmady apoyó un codo en la mesa y se abrió camino a través de una gruesa pila de recortes. Eran monótonos, de carácter político, ninguno de primera página. El senador Courtway había dicho esto y lo otro sobre tal o cual cuestión de interés público, había hablado en este y aquel mitin, había ido o regresado de tal o cual sitio. Todo parecía muy aburrido.
Miró unas cuantas fotos con trama de un hombre delgado, de pelo blanco, cara serena e inexpresiva y ojos oscuros y hundidos en los que no había luz ni calor. Al cabo de un rato, preguntó:
—¿Tienes alguna foto que pueda llevarme? Una foto de verdad, quiero decir.
Adams suspiró, se estiró y desapareció entre las columnas de archivadores. Volvió con una reluciente fotografía en blanco y negro y la dejó caer sobre la mesa.
—Te la puedes quedar —dijo—. Tenemos docenas. El tío vive eternamente. ¿Quieres que te la haga autografiar?
Carmady miró la foto con los ojos entrecerrados durante mucho tiempo.
—Está bien así —dijo despacio—. ¿Courtway se ha casado alguna vez?
—No desde que dejé de usar pañales —gruñó Adams—. Probablemente, nunca. Dime, ¿qué demonios es este misterio?
Carmady le sonrió despacio. Sacó su petaca y la dejó en la mesa junto a la carpeta. La cara de Adams se animó enseguida y su largo brazo se estiró.
—Entonces, ¿nunca ha tenido hijos? —dijo Carmady.
Adams miró con ansia la petaca.
—Bueno… que se hayan hecho públicos, no. Y si yo sé juzgar una cara, nunca. —Bebió con ganas, se secó los labios y volvió a beber.
—Pues esto —dijo Carmady— es verdaderamente curioso. Toma tres tragos más… y olvídate de que me has visto.
3
El hombre gordo acercó la cara a la de Carmady y dijo resollando:
—¿Usted cree que está amañado, vecino?
—Sí. A favor de Werra.
—¿Cuánto se juega?
—Cuente su pasta.
—Tengo cinco hectáreas que quieren crecer.
—Acepto —dijo Carmady sin entonación.
Siguió mirando la parte posterior de una cabeza rubia como el maíz en un asiento de la primera fila. Debajo del cristalino pelo ondulado había una estola blanca con piel blanca. No podía ver la cara. Ni falta que le hacía.
El gordo guiñó los ojos y sacó con cuidado una gruesa cartera de un bolsillo interior del chaleco. La equilibró sobre la rodilla, contó diez billetes de cincuenta dólares, los enrolló y volvió a meterse la cartera junto a las costillas.
—Le toca, primo —resolló—. A ver su dinero.
Carmady dejó de mirar adelante, sacó un fajo de billetes de cien nuevos, lo peinó, sacó cinco de debajo de la faja impresa y se los enseñó.
—Así me gusta, chico —dijo el gordo, volviendo a arrimar la cara a la de Carmady—. Soy Skeets O’Neal. Nada de escaparse, ¿eh?
Carmady sonrió muy despacio y metió su dinero en la mano del gordo.
—Guárdelo usted, Skeets. Soy Carmady. El hijo del viejo Marcus Carmady. Puedo disparar más rápido que usted puede correr… y arreglarlo después.
El gordo respiró hondo y se recostó en su asiento. Tony Acosta miraba con ojos golosos el dinero apretado en la mano rechoncha del gordo. Se humedeció los labios y le dirigió a Carmady una sonrisita tímida.
—Eso es tirar el dinero, señor Carmady —susurró—. A menos… a menos que sepa usted algo.
—Lo suficiente para tirarse desde quinientos metros de altura —gruñó Carmady.
Sonó el aviso para el sexto asalto.
Los cinco primeros habían estado igualados. El muchachote rubio, Duke Targo, no se estaba esforzando. El moreno, Deacon Werra, un polaco potente y desgarbado, con los dientes estropeados y dos orejas de coliflor, tenía el físico pero no sabía hacer nada más que agarrarse de mala manera y lanzar un gigantesco golpe lateral que empezaba en el sótano y nunca conectaba. Había sido lo bastante bueno para mantener a raya a Targo hasta aquel momento. Los aficionados se burlaban mucho de Targo.
Cuando retiraron el taburete del ring, Targo se estiró los calzones negros y plateados, y sonrió con una sonrisa débil y forzada a la chica de la estola blanca. Era muy atractivo y no tenía ninguna marca. En el hombro izquierdo tenía sangre de la nariz de Werra.
Sonó la campana y Werra cargó desde el rincón, evitó el hombro de Targo y colocó un gancho de izquierda. A Targo le afectó el gancho más de lo que habría debido afectarle. Se desplomó de espaldas sobre las cuerdas, rebotó y se agarró a Werra.
Carmady sonrió en la oscuridad sin decir nada.
El árbitro los separó con facilidad. Targo se apartó limpiamente, Werra intentó un gancho ascendente y falló. Bailaron durante un minuto. De las gradas llegó música de vals. Entonces Werra empezó a lanzar un golpe largo desde las puntas de los zapatos. Pareció que Targo se quedaba esperándolo, que esperaba a que le diera. Había una extraña sonrisa forzada en su cara. La chica de la estola blanca se puso de pie de repente.
El golpe de Werra rozó la mandíbula de Targo. Apenas le hizo tambalearse. Targo lanzó un derechazo que pegó a Werra encima del ojo. Un gancho de izquierda machacó la mandíbula de Werra, y un golpe de derecha le dio casi en el mismo sitio.
El muchacho moreno cayó a cuatro patas, se fue deslizando lentamente hasta el suelo y se quedó tendido con los guantes debajo. Hubo silbidos burlones mientras contaban hasta diez.
El hombre gordo se puso de pie con dificultad, con una enorme sonrisa.
—¿Qué le parece, amigo? —dijo—. ¿Todavía cree que estaba amañado?
—Les ha salido mal —respondió Carmady con una voz sin entonación, como una radio de policía.
—Hasta otra, amigo —dijo el gordo—. Venga mucho por aquí.
Al pasar por encima de Carmady le dio una patada en el tobillo.
Este se quedó sentado, inmóvil, viendo cómo se vaciaba el auditorio. Los boxeadores y sus asistentes habían bajado por unas escaleras que había bajo el ring. La chica de la estola blanca había desaparecido entre la multitud. Se apagaron las luces y la estructura de granero del local pareció barata y sórdida.
Tony Acosta estaba inquieto mirando a un hombre con un mono a rayas que recogía papeles entre los asientos.
De pronto, Carmady se puso de pie y dijo:
—Voy a hablar con ese paquete, Tony. Espérame fuera, en el coche.
Subió a paso ligero la rampa hasta el vestíbulo y avanzó entre lo que quedaba de los espectadores de general hasta una puerta gris con un rótulo que decía «Prohibido el paso». Pasó y bajó otra rampa que llevaba a otra puerta con un rótulo idéntico. Delante había un guardia de seguridad con un uniforme caqui descolorido y desabrochado, con una botella de cerveza en una mano y una hamburguesa en la otra.
Carmady enseñó una placa de policía y el guardia se apartó del camino sin mirarla. Se quedó hipando apaciblemente mientras Carmady pasaba por la puerta y recorría un estrecho pasillo con puertas numeradas a ambos lados. La cuarta puerta de la izquierda tenía una cartulina con el nombre Duke Targo escrito a mano, clavada al tablero con una chincheta.
Carmady la abrió y oyó el fuerte sonido de una ducha que no estaba a la vista.
En un cuartito estrecho y casi vacío había un hombre con un jersey blanco sentado en el extremo de una mesa de masaje con ropa esparcida por encima. Carmady reconoció al principal asistente de Targo.
—¿Dónde está Duke? —preguntó.
El hombre del jersey señaló con el pulgar hacia el ruido de la ducha. Entonces, un hombre entró por la puerta y, dando bandazos, se acercó mucho a Carmady. Era alto y tenía el pelo rizado y castaño, con algunas canas visibles. Llevaba en la mano una copa muy grande. Su cara tenía el brillo apagado de la borrachera extrema. Tenía el pelo húmedo y los ojos inyectados de sangre. Fruncía y desfruncía los labios en rápidas sonrisas sin significado.
—Date el piro, pringado —dijo con voz pastosa.
Carmady cerró la puerta con calma, se apoyó en ella y empezó a sacar su pitillera del bolsillo del chaleco, por debajo de su impermeable azul abierto. No miró para nada al hombre del pelo rizado.
Este levantó de repente la mano libre, la metió bajo el abrigo y volvió a sacarla. Un revólver de acero azul brilló sobre su traje claro. La copa que tenía en la mano izquierda derramó algo de licor.
—¡Nada de eso! —rugió.
Carmady sacó la pitillera muy despacio, se la enseñó, la abrió y se puso un cigarrillo entre los labios. El revólver azul estaba muy cerca de él, no muy firme. La mano que sostenía la copa se agitaba en una especie de ritmo temblón.
—Parece que te gusta buscar problemas —dijo Carmady muy relajado.
El hombre del jersey se levantó de la mesa de masaje. Después se quedó muy quieto, mirando el revólver. El hombre del pelo rizado dijo:
—Nos gustan los problemas. Cachéale, Mike.
—No me metas en esto —dijo el hombre del jersey—. Estás borracho como una cuba.
—No me importa que me cacheen —dijo Carmady—. No voy armado.
—Nada —dijo el hombre del jersey—. Este tío es el guardaespaldas de Duke. Paso.
—Pues claro que estoy borracho —dijo el hombre del pelo rizado, soltando una risita.
—¿Es usted amigo de Duke? —preguntó el hombre del jersey.
—Tengo información para él —dijo Carmady.
—¿Sobre qué?
Carmady no dijo nada.
—Vale —dijo el hombre del jersey, encogiéndose de hombros con un gesto amargo.
—¿Sabes qué, Mike? —dijo de pronto y violentamente el hombre del pelo rizado—. Creo que este hijo de puta quiere mi trabajo. Joder, eso es. —Pinchó a Carmady con el cañón del revólver—. ¿No serás un poli, eh, colega?
—Podría ser —dijo Carmady—. Y arrima el hierro a tu propia tripa.
El hombre del pelo rizado giró un poco la cabeza y sonrió hacia atrás por encima del hombro.
—¿Qué te parece eso, Mike? Es un poli. Claro que quiere mi empleo. Pues claro que sí.
—Guarda el arma, idiota —dijo el hombre del jersey en tono de disgusto.
El hombre del pelo rizado giró un poco más la cabeza.
—Soy su protección, ¿no? —se quejó.
Carmady apartó el revólver casi como quien no quiere la cosa, con la mano en la que tenía la pitillera. El hombre del pelo rizado volvió a centrar la atención en él. Carmady se acercó más y le hundió un fuerte puñetazo en el estómago, manteniendo apartado el arma con el antebrazo. Al hombre del pelo rizado le dio una arcada y roció de licor la parte delantera del impermeable de Carmady. La copa se hizo pedazos en el suelo. El revólver escapó de su mano y fue a parar a un rincón. El hombre del jersey corrió a por él.
Sin que nadie lo notara, el ruido de la ducha había cesado y el boxeador rubio salió frotándose vigorosamente con una toalla. Se quedó mirando la escena con la boca abierta.
—Ya estoy harto de esto —dijo Carmady.
Apartó de un empujón al hombre del pelo rizado y, mientras este retrocedía, le machacó la mandíbula con un fuerte derechazo. El hombre del pelo rizado se tambaleó por la habitación, chocó contra la pared, se deslizó por ella y se quedó sentado en el suelo.
El hombre del jersey recogió rápidamente el revólver y se quedó rígido, mirando a Carmady.
Este sacó un pañuelo y se secó la pechera del abrigo, al mismo tiempo Targo cerraba despacio la bien formada boca y empezaba a mover la toalla de un lado a otro sobre el pecho. Al cabo de un momento, dijo:
—¿Y usted quién demonios es?
—Antes era detective privado. Me llamo Carmady —respondió—. Creo que necesita ayuda.
La cara de Targo se puso un poco más roja de lo que la había dejado la ducha.
—¿Por qué?
—He oído que estaba previsto que usted perdiera, y creo que lo ha intentado. Pero ese Werra era demasiado malo. Usted no ha podido evitarlo. Eso significa que está en apuros.
Targo habló muy despacio:
—A la gente le saltan los dientes a patadas por decir cosas como esa.
Durante un momento, la habitación se inmovilizó. El borracho estaba sentado en el suelo y parpadeaba, intentó alzarse sobre los pies y desistió.
Carmady añadió enseguida:
—Benny Cyrano es amigo mío. Le patrocina, ¿no?
El hombre del jersey soltó una carcajada. Después abrió el revólver, sacó las balas y tiró el arma al suelo. Se dirigió a la puerta, salió y cerró de un portazo.
Targo miró la puerta cerrada, volvió a mirar a Carmady y dijo muy despacio:
—¿Qué ha oído?
—Su amiga Jean Adrian vive en mi hotel, en mi mismo piso. Esta tarde, un matón le ha arreado con una cachiporra. Yo pasaba por allí y he visto al matón salir corriendo. He atendido a la chica y ella me ha contado un poco de lo que estaba pasando.
Targo se había puesto la ropa interior, calcetines y zapatos. Sacó de una taquilla una camisa de raso negro y se la puso.
—Ella no me ha dicho nada —dijo.
—Cómo iba a contárselo… antes de la pelea.
Targo asintió levemente y habló:
—Si conoce a Benny, tal vez sea legal. He estado recibiendo amenazas. Puede que sea una tontería y puede que sea una idea de algún apostador de Spring Street para sacar un poco de dinero fácil. Yo he peleado como quería hacerlo. Ahora ya puede ahuecar el ala, amigo.
Se puso unos pantalones negros de cintura alta y se anudó una corbata blanca. Sacó de la taquilla una chaqueta de sarga blanca con adornos de trencilla negra y se la puso. En el bolsillo del pecho flameaba un pañuelo blanco y negro de tres puntas.
Carmady miró bien la ropa, se movió un poco hacia la puerta y bajó la mirada hacia el borracho.
—Muy bien —dijo—. Ya veo que tiene un guardaespaldas. Era solo una idea que se me ocurrió. Le ruego que me disculpe.
Salió, cerró la puerta con suavidad y volvió por la rampa hasta el vestíbulo, salió a la calle, caminó bajo la lluvia y dobló la esquina del edificio en dirección a un gran aparcamiento con suelo de grava.
Las luces de un coche le hicieron guiños, su cupé rodó sobre la grava mojada y se detuvo. Tony Acosta estaba al volante.
Carmady entró por el lado derecho y dijo:
—Vamos al Cyrano’s a tomar una copa, Tony.
—Jo, qué bien. La señorita Adrian actúa esta noche. Ya sabe, la rubia de la que le hablé.
—He visto a Targo —dijo Carmady—. No me ha caído mal. Pero no me gusta cómo viste.
4
Gus Neishacker era un figurín de noventa kilos con las mejillas muy sonrosadas y las cejas finas y exquisitamente perfiladas: unas cejas de jarrón chino. Llevaba un clavel rojo en la solapa de la chaqueta de esmoquin de hombros anchos y no paraba de olfatearlo mientras observaba al jefe de camareros acomodar a un grupo de clientes. Cuando Carmady y Tony Acosta entraron por el arco del vestíbulo, hizo brillar una rápida sonrisa y se dirigió a ellos con la mano extendida.
—¿Qué tal te va, Ted? ¿Cuántos?
—Solo nosotros dos —respondió Carmady—. Te presento al señor Acosta. Gus Neishacker, el jefe de sala del Cyrano’s.
Este le estrechó la mano a Tony sin mirarlo. Dijo:
—Veamos, la última vez que pasaste por aquí…
—Ella se marchó de la ciudad —dijo Carmady—. Nos sentaremos cerca de la pista, pero no demasiado cerca. No bailamos juntos.
Gus Neishacker arrancó un menú de debajo del brazo del jefe de camareros y encabezó la marcha por cinco escalones carmesíes y entre las mesas que bordeaban la pista de baile ovalada.
Se sentaron. Carmady pidió whiskies de centeno y sándwiches Denver. Neishacker transmitió el pedido a un camarero, sacó una silla y se sentó a la mesa. Sacó un lápiz y dibujó triángulos en el interior de una carterita de cerillas.
—¿Has visto el boxeo? —preguntó con aire indiferente.
—¿Eso es lo que era?
Gus Neishacker sonrió con indulgencia.
—Benny ha hablado con Duke. Dice que sabes cosas. —Miró de pronto a Tony Acosta.
—Tony es de confianza —dijo Carmady.
—Ya. Bueno, pues haznos un favor, ¿quieres? Mira a ver si se puede parar aquí. A Benny le gusta ese chico. No permitiría que le hicieran daño. Pondría protección a todo su alrededor… protección de verdad, si pensara que esas amenazas son algo más que la idea que tiene un chulito de billar de una broma muy graciosa. Benny nunca apodera a más de un boxeador cada vez, y los elige con muchísimo cuidado.
Carmady encendió un cigarrillo, sacó el humo por un lado de la boca y dijo tranquilamente:
—Eso no es asunto mío, pero te digo que huele mal. Tengo olfato para esa clase de cosas.
Gus Neishacker lo miró de hito en hito unos momentos y después se encogió de hombros.
—Ojalá te equivoques —dijo.
Se levantó a toda prisa y se alejó entre las mesas. Se inclinó aquí y allá para sonreír y hablar con algún cliente.
Los ojos aterciopelados de Tony Acosta refulgían.
—Jo, señor Carmady —dijo—. ¿Cree usted que es un mal asunto?
Este asintió sin decir nada. El camarero depositó sus bebidas y sus sándwiches en la mesa y se marchó. La banda que estaba en el escenario, al extremo de la pista ovalada, atacó un largo y ruidoso acorde al tiempo que un untuoso y sonriente presentador se deslizaba por el escenario y arrimaba los labios a un pequeño micrófono.
Comenzó el espectáculo. Una hilera de chicas semidesnudas correteó bajo una lluvia de luces de colores. Se enroscaban y desenroscaban en una larga y sinuosa línea, haciendo brillar sus piernas desnudas, con los ombligos convertidos en pequeños hoyuelos oscuros sobre una carne blanca, suave y muy desnuda.
Una pelirroja dura y descarada cantó una canción dura y descarada con una voz que habría servido para cortar leña. Las chicas volvieron a salir con mallas negras y sombreros de seda, e hicieron el mismo baile con un tipo de exhibición ligeramente diferente.
La música se suavizó y una cantante mulata y alta se situó bajo una luz ámbar y cantó sobre algo muy lejano y desdichado, con una voz como marfil viejo.
Carmady daba sorbos al whisky y mordisqueaba su sándwich a la luz mortecina. Junto a él, el rostro duro y juvenil de Tony Acosta era una pequeña y tensa mancha borrosa.
La cantante se marchó, hubo una pequeña pausa y de pronto se apagaron todas las luces del local, excepto las que iluminaban los atriles de la banda y las pálidas luces ambarinas de las entradas a los reservados, dispuestos radialmente más allá de las mesas.
Hubo gritos en la espesa oscuridad. Se encendió un único foco blanco muy arriba, junto al techo, que enfocó un sendero a un lado del escenario. Las caras se veían blancas como el yeso al reflejar su resplandor. Aquí y allá se veía la brasa roja de un cigarrillo. Cuatro negros altos entraron en la luz, llevando a hombros un sarcófago blanco de momia. Iban por el sendero despacio, con paso rítmico. Llevaban tocados egipcios blancos, taparrabos de cuero blanco y sandalias blancas con cintas hasta la rodilla. La negra tersura de sus miembros era como el mármol negro a la luz de la luna.
Llegaron al centro de la pista de baile y poco a poco colocaron el sarcófago en posición vertical, hasta que el sarcófago se abrió. Después, despacio, muy despacio, una figura envuelta en vendajes blancos se inclinó hacia delante y empezó a caer muy despacio, como la última hoja de un árbol muerto. Se balanceó en el aire, pareció que se quedaba suspendida y por fin se precipitó hacia el suelo en medio de un ensordecedor redoble de tambores.
La luz se apagó y volvió a encenderse. La figura vendada estaba en posición erguida, girando, y uno de los negros estaba girando en sentido contrario, enrollando el vendaje blanco alrededor de su cuerpo. Por fin, el vendaje desapareció y bajo la dura luz había una muchacha que era toda oropel y miembros blancos y suaves. Su cuerpo salió disparado por el aire, centelleando, y fue recogido y pasado a toda prisa de uno a otro de los cuatro negros, como una pelota manejada por un equipo muy veloz.
Entonces la música cambió a un vals y ella bailó entre los negros lenta y elegantemente, como si estuviera entre cuatro columnas de ébano, acercándose mucho a ellos pero sin tocarlos nunca.
El número terminó. Los aplausos subían y bajaban en grandes ondulaciones. Se apagó la luz, todo quedó a oscuras de nuevo, y cuando se volvieron a encender todas las luces, la muchacha y los cuatro hombres habían desaparecido.
—Tremendo —jadeó Tony Acosta—. Tremendísimo. Esa era la señorita Adrian, ¿verdad?
—Un poco atrevida —dijo Carmady despacio. Encendió otro cigarrillo y miró a su alrededor—. Ahí tienes otro número en blanco y negro, Tony. El propio Duke, en persona.
Duke Targo estaba de pie, aplaudiendo violentamente, en la entrada de uno de los pasillos radiales de los reservados. Tenía una sonrisa floja en la cara. Parecía que hubiera tomado unas cuantas copas.
Un brazo se posó en el hombro de Carmady. Una mano se plantó en el cenicero que había a su lado. Carmady olió whisky escocés en densas ráfagas. Volvió la cabeza despacio y alzó la mirada hacia la cara reluciente de alcohol de Shenvair, el guardaespaldas borracho de Duke Targo.
—Negros con una chica blanca —soltó Shenvair con voz pastosa—. Asqueroso. Sucio. Una puta guarrería.
Carmady sonrió despacio y movió la silla un poco. Tony Acosta miraba a Shenvair con los ojos muy abiertos, con su boquita reducida a una fina línea.
—Maquillaje negro, señor Shenvair. No eran negros de verdad. A mí me ha gustado.
—¿Y a quién coño le importa lo que a ti te guste? —quiso saber Shenvair.
Carmady volvió a sonreír, esta vez delicadamente, dejó el cigarrillo en el borde de un plato y giró su silla un poco más.
—¿Todavía crees que te quiero quitar el trabajo, Shenvair?
—Sí. Y además te debo un guantazo en los morros. —Levantó la mano del cenicero, se la limpió en el mantel y la cerró formando un puño—. ¿Te parece bien ahora?
Un camarero lo agarró por el brazo y lo hizo volverse.
—¿No encuentra su mesa, señor? Por aquí.
Shenvair le dio una palmada en el hombro al camarero y trató de rodearle el cuello con un brazo.
—Estupendo, vamos a echar un trago. No me gusta esta gente.
Se alejaron, desapareciendo entre las mesas.
—Al infierno este sitio, Tony —dijo Carmady, mirando malhumorado el escenario de la banda. Entonces, sus ojos se concentraron en algo.
Una chica de pelo rubio como el maíz, con una estola blanca con cuello de piel, apareció en el borde del escenario, pasó por detrás, reapareció más cerca. Llegó hasta la entrada de los pasillos de los reservados, al sitio donde había estado Targo. Se metió por allí y desapareció.
—A la mierda este sitio, Tony —repitió Carmady en voz baja e irritada. Y después, en voz más baja y en un tono más tenso, añadió—: No, espera un momento. Estoy viendo a otro tipo que no me gusta.
El hombre estaba al otro lado de la pista de baile, que en aquel momento estaba vacía. Iba siguiendo su curva, pasando junto a las mesas que la bordeaban. Parecía un poco diferente sin el sombrero. Pero tenía la misma cara plana e inexpresiva, los mismos ojos muy juntos. Era joven, no más de treinta años, aunque ya empezaba a tener problemas de calvicie. Apenas se le notaba el ligero bulto de un arma bajo el brazo izquierdo. Era el hombre que había salido corriendo del apartamento de Jean Adrian en el Carondelet.
Llegó al pasillo por donde se había metido Targo, por donde acababa de meterse Jean Adrian. Se metió también.
—Espera aquí, Tony —dijo Carmady de manera brusca, echando hacia atrás su silla y poniéndose en pie.
Alguien le dio una colleja por detrás. Se volvió sobre un pie y vio muy cerca la cara sonriente y sudorosa de Shenvair.
—He vuelto, colega —resopló alegremente el hombre del pelo rizado, y le dio un puñetazo en la mandíbula.
Fue un golpe corto, bien colocado para estar borracho. Pilló a Carmady desequilibrado y lo hizo tambalearse. Tony Acosta se puso en pie gruñendo, como un gato. Carmady todavía estaba tambaleándose cuando Shenvair soltó el otro puño. Esta vez fue demasiado lento, demasiado abierto. Carmady lo esquivó por dentro y aplicó un salvaje gancho ascendente a la nariz del hombre del pelo rizado. Se le llenó la mano de sangre antes de poder retirarla. Se limpió la mayor parte en la cara de Shenvair.
Shenvair se bamboleó, retrocedió un paso y cayó sentado al suelo, con fuerza. Se llevó una mano a la nariz.
—No pierdas de vista a este pájaro, Tony —dijo Carmady rápidamente.
Shenvair se agarró al mantel más cercano y tiró de él. El mantel se escurrió de la mesa, seguido por la plata, la cristalería y la porcelana. Un hombre soltó una palabrota y una mujer chilló. Un camarero corrió hacia ellos con la cara lívida y furiosa.
Carmady casi no oyó los dos disparos.
Fueron sordos y poco ruidosos, muy seguidos, de un arma de pequeño calibre. El camarero que corría se detuvo en seco, y unas profundas arrugas blancas le aparecieron alrededor de las comisuras de la boca, tan de repente como si las hubieran marcado de un latigazo.
Una mujer morena con la nariz afilada abrió la boca para gritar pero no le salió nada. Hubo ese instante en el que nadie hace ningún sonido, en el que casi parece que nunca volverá a haber ningún sonido… después de sonar un arma de fuego. Entonces, Carmady echó a correr.
Tropezó con gente que se levantaba y estiraba el cuello. Llegó a la entrada del pasillo por el que se había metido el hombre de la cara blanca. Los reservados tenían paredes altas y puertas batientes no tan altas. Por ellas asomaban cabezas, pero todavía no había nadie en el pasillo. Carmady mantuvo el ritmo cuesta arriba por una pendiente enmoquetada, al final de la cual había un reservado con las puertas abiertas de par en par.
Dentro se veían unas piernas con pantalones oscuros, colgando hasta el suelo con las rodillas flojas. Las punteras de los zapatos negros apuntaban al interior.
Carmady se desprendió de un brazo que lo agarraba y llegó hasta allí.
El hombre estaba tendido de través sobre una mesa, con el estómago y un lado de la cara sobre el blanco mantel, la mano izquierda caída entre la mesa y el banco acolchado. La mano derecha estaba sobre la mesa y no acababa de empuñar un gran revólver negro, un 45 de cañón recortado. La coronilla calva brillaba bajo la luz, y a su lado relucía el metal lustroso del revólver.
Bajo el pecho le brotaba sangre, vivo escarlata sobre el blanco del mantel, que la absorbía como papel secante.
Duke Targo estaba de pie, al fondo del reservado. Su brazo izquierdo con la manga de sarga blanca estaba afianzado en el extremo de la mesa. Jean Adrian estaba sentada a su lado. Targo miró a Carmady sin expresión, como si no lo hubiera visto en la vida. Extendió hacia delante la gran mano derecha.
En la palma tenía una pequeña automática de cachas blancas.
—Lo he matado —dijo Targo—. Nos apuntó con un arma y disparé.
Jean Adrian se estaba frotando las manos con un pañuelo muy arrugado. Tenía la cara tensa, fría, pero no asustada. Los ojos estaban muy oscuros.
—Yo lo he matado —dijo Targo, tirando la pistolita sobre el mantel. Rebotó y casi pegó en la cabeza del hombre caído—. Vámonos… Vámonos de aquí.
Carmady puso una mano en un lado del cuello del hombre caído, la mantuvo allí uno o dos segundos y la retiró.
—Está muerto —anunció—. Cuando un ciudadano se carga a un asesino… eso es noticia.
Jean Adrian lo miraba fija y rígidamente. Él le dirigió una sonrisa, puso una mano en el pecho de Targo y lo empujó hacia atrás.
—Siéntese, Targo. No va a ir a ninguna parte.
—Bueno… vale —dijo Targo—. Yo lo he matado, ¿sabe?
—Muy bien —dijo Carmady—. Tranquilícese.
Ya había gente detrás de él, muy cerca, empujándolo. Se echó atrás resistiendo la presión de los cuerpos y siguió sonriendo al rostro blanco de la chica.
5
Benny Cyrano tenía la forma de dos huevos, un huevo pequeño que hacía las veces de cabeza encima de un huevo grande que era el cuerpo. Tenía las cortas y esbeltas piernas y los pies con zapatos de charol metidos en el hueco de un escritorio oscuro y sin lustre. Mordía con fuerza la punta de un pañuelo y tiraba de él con la mano izquierda, mientras la rechoncha mano derecha estaba extendida delante de él, empujando el aire. Con una voz deformada por el pañuelo, estaba diciendo:
—A ver, un momento, chicos, un momento.
En un rincón del despacho había un sofá de obra a rayas, y sentado en el centro estaba Duke Targo, entre dos policías. Tenía un cardenal oscuro en un pómulo, su espeso cabello rubio estaba revuelto, y su camisa de raso negro daba la impresión de que alguien había intentado zarandearlo agarrándolo por ella.
Uno de los policías, el del pelo gris, tenía un labio partido. El más joven, con el pelo tan rubio como el de Targo, tenía un ojo morado. Los dos parecían enfurecidos, pero el más joven parecía aún más furioso.
Carmady estaba sentado a horcajadas en una silla, de espaldas a la pared, y miraba con ojos somnolientos a Jean Adrian, que estaba cerca de él, en una mecedora de cuero, retorciendo un pañuelo entre las manos y frotándose las palmas con él. Llevaba mucho tiempo haciendo esto, como si hubiera olvidado qué estaba haciéndolo. Su pequeña y firme boca tenía una expresión irritada.
Gus Neishacker estaba apoyado en la puerta cerrada, fumando.
—Un momento, chicos —repitió Cyrano—. Si no os hubierais puesto brutos con él, no se habría defendido. Es un buen chico, el mejor que he tenido. Dadle un respiro.
Por una comisura de la boca de Targo brotaba sangre en un fino reguero que le llegaba hasta la prominente mandíbula. Allí se acumulaba y relucía. Su rostro estaba vacío, sin expresión.
—No querrás que los muchachos dejen de jugar con sus cachiporras a romper la piñata. ¿Verdad, Benny? —dijo Carmady fríamente.
—¿Todavía tienes esa licencia de detective privado, Carmady? —Gruño el policía rubio.
—Debe de estar por algún sitio —dijo Carmady.
—A lo mejor podríamos quitártela —gruñó el policía rubio.
—Y a lo mejor podrías bailar la danza del abanico, poli. Por lo que yo sé, hasta podrías ser un tío inteligente.
El policía rubio empezó a levantarse. El más viejo dijo:
—Déjalo en paz. Dale dos metros. Si pasa de esa raya, le rompemos los huesos.
Carmady y Gus Neishacker se sonrieron el uno al otro. Cyrano hizo gestos de impotencia en el are. La chica miraba a Carmady por debajo de las pestañas. Targo abrió la boca y escupió sangre justo delante de donde estaba, sobre la moqueta azul.
Algo empujó la puerta, Neishacker se hizo a un lado, abrió una rendija y después la abrió del todo. Entró McChesney.
McChesney era un teniente de policía, alto, de pelo amarillo, cuarentón, con los ojos claros y una cara estrecha y desconfiada. Cerró la puerta y dio la vuelta a la llave, caminó despacio y se paró delante de Targo.
—Muerto del todo —dijo—. Una bala bajo el corazón, otra dentro. Buena puntería. En cualquier campeonato.
—Cuando hay que hacer una cosa, se hace bien —dijo Targo en tono apagado.
—¿Lo conocías? —preguntó el policía del pelo gris a su compañero, moviéndose a un lado en el sofá.
McChesney asintió.
—Torchy Plant. Un pistolero a sueldo. Hacía por lo menos dos años que no lo veía por aquí. Duro como un uñero cuando iba bien puesto. Un puto yonqui.
—Tenía que serlo para hacer el trabajo aquí —dijo el poli del pelo gris.
La expresión de McChesney era seria, pero no dura.
—¿Tiene licencia para la pistola, Targo?
—Sí —contestó Targo—. Benny me consiguió una hace dos semanas. He recibido muchas amenazas.
—Escuche, teniente —gorjeó Cyrano—. Unos apostadores han intentado asustarlo para que se dejara ganar, ¿sabe? Ha ganado nueve combates seguidos por KO, así que se sacarían una pasta. Le dije que a lo mejor debería hacerlo una vez.
—Y casi lo hago —rezongó Targo de mal humor.
—Y por eso han enviado al pistolero —dijo Cyrano.
—No diría yo que no —dijo McChesney—. ¿Cómo le ha ganado en sacar, Targo? ¿Dónde tenía usted la pistola?
—En el bolsillo.
—A ver cómo.
Targo metió la mano en su bolsillo lateral derecho y sacó rápidamente un pañuelo con el dedo índice estirado como si fuera el cañón de una pistola.
—¿Ese pañuelo también estaba en el bolsillo? —preguntó McChesney—. ¿Con la pistola?
El rostro grande y enrojecido de Targo se nubló un poco. Asintió.
McChesney se inclinó hacia delante como sin querer y le arrancó el pañuelo de la mano. Lo olió, lo desplegó, volvió a olerlo, lo dobló y se lo guardó en un bolsillo. Su rostro no decía nada.
—¿Qué ha dicho, Targo?
—Ha dicho: «Tengo un mensaje para ti, pringado, y es este». Después ha echado mano al revólver pero se le ha enganchado un poco en la funda. Yo he sacado mi pistola antes.
McChesney sonrió levemente y se echó hacia atrás, balanceándose sobre los talones. Su leve sonrisa parecía que resbalaba de la punta de su larga nariz. Miró a Targo de arriba abajo.
—Sí —dijo en voz baja—. Yo diría que ha disparado rematadamente bien con una 22. Y es usted rápido para ser tan grande. ¿Quién recibió las amenazas?
—Yo —dijo Targo—. Por teléfono.
—¿Conocía la voz?
—Podría haber sido este tío. No estoy seguro.
McChesney caminó con las piernas rígidas hasta el otro extremo del despacho, se paró un momento mirando un grabado deportivo coloreado a mano. Volvió sobre sus pasos despacio, se dirigió a la puerta.
—Un tipo como ese no importa mucho —dijo en tono tranquilo—. Pero tenemos que hacer nuestro trabajo. Ustedes dos tendrán que venir a Jefatura para declarar. Vámonos.
Salió. Los dos policías se pusieron en pie, con Duke Targo entre ellos. El del pelo gris preguntó:
—¿Vas a portarte bien, hermano?
—Si me dejan lavarme la cara —se burló Targo.
Salieron. El policía rubio esperó a que Jean Adrian pasara delante de él. Balanceó la puerta y le gruñó a Carmady.
—Y a ti que te den bellotas.
—Me gustan —dijo Carmady con suavidad—. Es la ardilla que llevo dentro, poli.
Gus Neishacker se echó a reír, cerró la puerta y se dirigió al escritorio.
—Estoy temblando como la segunda papada de Benny —dijo—. Tomemos todos un poco de coñac.
Sirvió tres copas, llenas hasta un tercio de la altura, se llevó una al sofá a rayas y estiró en él sus largas piernas. Echó la cabeza atrás y dio un sorbo al brandy.
Carmady se puso de pie y se bebió su copa de un trago. Sacó un cigarrillo y lo hizo rodar en los dedos, mientras miraba el rostro blanco y suave de Cyrano de arriba abajo.
—¿Cuánto calculas que cambió de manos en el combate de esta noche? —preguntó en voz baja—. En apuestas.
Cyrano parpadeó y se frotó los labios con una mano gruesa.
—Unos cuantos miles. Era una velada semanal normal. No es para tanto, ¿verdad?
Carmady se puso el cigarrillo en la boca y se inclinó sobre el escritorio para encender una cerilla.
—Si lo es —dijo—, el asesinato se está poniendo baratísimo en esta ciudad.
Cyrano no dijo nada. Gus Neishacker se bebió el resto de su brandy y dejó con cuidado la copa vacía en una mesita redonda de corcho, al lado del sofá. Miró el techo en silencio.
Al cabo de un momento, Carmady saludó con la cabeza a los dos hombres, cruzó el despacho y salió, cerrando la puerta detrás de sí. Recorrió un pasillo con las puertas de los camerinos, que en ese momento estaban a oscuras. Un arco con cortinas le condujo a la sala, detrás del escenario.
En el vestíbulo, el jefe de camareros estaba de pie ante las puertas de cristal, mirando la lluvia y la espalda de un policía de uniforme. Carmady entró en el guardarropas vacío, encontró su sombrero y su abrigo, se los puso y se fue al lado del jefe de camareros.
—¿No se habrá fijado en el chico que estaba conmigo? —preguntó.
El jefe de camareros negó con la cabeza y estiró un brazo para abrir la puerta.
—Había cuatrocientas personas aquí… y trescientas han salido pitando antes de que apareciera la policía. Lo siento.
Carmady asintió y salió a la lluvia. El policía de uniforme le echo un vistazo sin darle importancia. Caminó por la calle hasta donde habían dejado el coche. No estaba allí. Miró calle arriba y calle abajo, se quedó unos momentos parado bajo la lluvia, y después echó a andar hacia Melrose.
Poco después encontró un taxi.
6
La rampa del garaje del Carondelet se curvaba al bajar hacia la semioscuridad y el aire gélido. Los bultos oscuros de los coches estacionados parecían ominosos contra las paredes encaladas, y la única lámpara que colgaba en la pequeña oficina tenía el brillo despiadado del corredor de la muerte.
Un negro grandote con un mono manchado salió frotándose los ojos. Su rostro quedó dividido por una enorme sonrisa.
—Hola, señó Carmady. ¿Está nervioso?
—Me pongo un poco raro cuando llueve —dijo Carmady—. Apuesto a que mi carro no está aquí.
—No, no está, señó Carmady. He estado limpiándolos y el suyo no está.
—Se lo presté a un amigo —dijo Carmady, impasible—. Seguro que lo ha estrellado.
Lanzó al aire medio dólar y volvió a subir por la rampa hasta la calle lateral. Torció hacia la parte trasera del hotel y llegó a un callejón, uno de cuyos lados era la fachada posterior del Carondelet. En el otro lado había dos casas de madera y un edificio de ladrillo de cuatro pisos. Sobre la puerta, en un globo lechoso, ponía «Hotel Blaine».
Carmady subió tres escalones de cemento y probó la puerta. Estaba cerrada con llave. Miró a través del cristal y vio un pequeño vestíbulo vacío y a oscuras. Sacó dos llaves maestras; la segunda movió un poco la cerradura. Tiró con fuerza de la puerta hacia él y probó otra vez la primera llave. La cerradura giró lo suficiente para que la puerta, mal encajada, se abriera.
Entró y miró una recepción vacía con un letrero que decía «Encargado» al lado de un timbre de mesa. En la pared había un casillero ovalado con las casillas numeradas y vacías. Carmady pasó detrás del mostrador y sacó un libro de registro con tapas de cuero de un espacio bajo el tablero. Leyó hacia atrás tres páginas de nombres y encontró «Tony Acosta» escrito con letra de niño y un número de habitación escrito con otra letra.
Guardó el registro, pasó de largo ante el ascensor automático y subió por la escalera hasta el cuarto piso.
El pasillo estaba muy silencioso. Había una luz muy débil en una lámpara de techo. Alrededor del portante de la penúltima puerta de la izquierda se veía una rendija de luz. Era la habitación 411. Levantó la mano para llamar, pero la retiró sin tocar la puerta.
El pomo estaba muy manchado de algo que parecía sangre.
Los ojos de Carmady bajaron la mirada y vieron lo que casi era un charco de sangre en la madera que no quedaba cubierta por la alfombra del pasillo.
Sintió de pronto que la mano le sudaba dentro del guante. Se lo quitó, extendió la mano rígida como una garra y después la sacudió despacio. Una luz fuerte y tensa le brillaba en los ojos.
Sacó un pañuelo, agarró con él el pomo de la puerta, lo hizo girar despacio. No estaba cerrada con llave. Entró.
Paseó la mirada por la habitación y dijo en voz muy baja:
—Tony… Ay, Tony.
Después cerró la puerta y dio la vuelta a la llave que tenía puesta, siempre con el pañuelo.
El globo que colgaba de tres cadenas de latón en el centro de la habitación estaba encendido. La luz iluminaba una cama hecha, unos cuantos muebles pintados de colores claros, una moqueta verde de tono apagado y un escritorio cuadrado de madera de eucalipto.
Tony Acosta estaba sentado detrás del escritorio. Tenía la cabeza caída hacia delante, sobre el brazo izquierdo. Bajo la silla en la que estaba sentado, entre las patas y sus pies, había un charco parduzco y reluciente.
Carmady cruzó la habitación tan rígido que después del segundo paso le dolieron los tobillos. Llegó al escritorio y tocó a Tony Acosta en el hombro.
—Tony —dijo en voz baja, pastosa, sin entonación—. Dios mío, Tony.
Tony no se movió. Carmady estaba a su lado. Una toalla de baño empapada de sangre brillaba apretada contra el estómago del muchacho, sobre sus muslos juntos. Tenía la mano derecha curvada sobre el borde delantero del escritorio, como si estuviera empujando para ponerse de pie. Casi debajo de la cara había un sobre con algo escrito.
Carmady tiró despacio del sobre, lo levantó como si fuera un objeto pesado y leyó las palabras garabateadas y mal alineadas.
«Lo seguí», «barrio italiano», «Court Street, 28», «encima garaje», «me disparó», «creo que le di», «su coche».
La línea se arrastraba hasta el borde del papel y allí se convertía en un borrón. La pluma estaba en el suelo. En el sobre había una huella de un pulgar ensangrentado.
Carmady lo dobló con cuidado para proteger la huella y guardó el sobre en su cartera. Levantó la cabeza de Tony y la giró un poco hacia él. El cuello todavía estaba caliente; empezaba a ponerse rígido. Sus ojos, oscuros y suaves, estaban abiertos y conservaban el brillo tranquilo de los ojos de un gato. Tenían ese efecto de los ojos de los recién muertos, que casi parece que te miran, pero no del todo.
Carmady bajó con cuidado la cabeza sobre el brazo izquierdo extendido. Se quedó de pie, flojo, con la cabeza ladeada y los ojos casi somnolientos. Después, sacudió la cabeza hacia atrás y los ojos se le endurecieron.
Se quitó el impermeable y la chaqueta, se subió las mangas, mojó una toalla en el lavabo del rincón de la habitación y se dirigió a la puerta. Limpió los pomos, se agachó y limpió las manchas de sangre del suelo de fuera.
Escurrió la toalla y la colgó a secar, se lavó con cuidado las manos y se volvió a poner la chaqueta. Utilizó el pañuelo para abrir el portante, sacar la llave y cerrar la puerta por fuera. Después lanzó la llave por el portante y la oyó tintinear dentro.
Bajó las escaleras y salió del hotel Blaine. Seguía lloviendo. Caminó hasta la esquina, miró hacia una manzana con árboles espesos. Su coche estaba a una docena de metros del cruce, cuidadosamente aparcado, con las luces apagadas y las llaves en el encendido. Las sacó y palpó el asiento bajo el volante. Estaba mojado y pegajoso. Carmady se limpió la mano, subió las ventanillas y cerró el coche. Lo dejó donde estaba.
Al volver al Carondelet no encontró a nadie. La lluvia oblicua e intensa seguía repicando en las calles vacías.
7
Había una fina línea de luz bajo la puerta de la 914. Carmady llamó flojito, mirando pasillo arriba y pasillo abajo, y pasó los dedos enguantados por el tablero mientras esperaba. Esperó mucho tiempo. Por fin, una voz habló en tono cansado tras la madera de la puerta.
—¿Sí? ¿Quién es?
—Carmady, encanto. Tengo que verte. Estrictamente por negocios.
La puerta dio un chasquido y se abrió. Carmady vio una cara pálida y cansada, ojos oscuros que eran como pizarra, no azules. Había manchas debajo de ellos, como si se hubiera frotado el maquillaje hasta incrustarlo en la piel. La mano pequeña y fuerte de la muchacha temblaba en el borde de la puerta.
—Tú —dijo en tono cansado—. Tenías que ser tú. Sí, bueno… Aunque tengo que darme una ducha. Huelo a policías.
—¿Quince minutos? —preguntó Carmady con naturalidad, pero con los ojos clavados en la cara de ella.
Ella se encogió de hombros despacio y después asintió. La puerta se cerró de golpe, casi en la cara de Carmady. Volvió a su habitación, tiró el sombrero y el abrigo, se sirvió whisky en una copa y entró en el cuarto de baño en busca de agua helada del grifo del lavabo.
Bebió despacio, mirando por la ventana la oscura extensión del bulevar. De vez en cuando pasaba un coche, dos rayos de luz blanca que no iban unidos a nada, que emanaban de la nada.
Se terminó la bebida, se desnudó por completo y se metió bajo la ducha. Se puso ropa limpia, rellenó su gran petaca de whisky y se la guardó en el bolsillo interior. A continuación, sacó de una maleta una automática de cañón corto y la sostuvo en la mano durante un minuto, mirándola. Después volvió a guardarla, encendió un cigarrillo y se lo fumó entero.
Se puso un sombrero seco y un abrigo de mezclilla y volvió a la 914.
La puerta estaba abierta de par en par, casi de manera insidiosa. Entró tras llamar suavemente, cerró la puerta, pasó al cuarto de estar y miró a Jean Adrian.
Estaba sentada en el sofá con aspecto de recién lavada, con un pijama holgado de color ciruela y una chaqueta china. Un zarcillo de pelo mojado le caía sobre una sien. Sus facciones pequeñas y regulares tenían esa claridad de camafeo que el cansancio da a los muy jóvenes.
—¿Una copa? —dijo Carmady.
Ella hizo un gesto vacío.
—Supongo que sí.
Él sacó dos copas, mezcló whisky con agua helada y fue con ellas al sofá.
—¿Han dejado a Targo en la nevera?
Ella movió la barbilla casi imperceptiblemente, observando con detenimiento su vaso.
—Se volvió a desmandar y estampó a dos polis contra la pared. Lo adoran.
—Tiene mucho que aprender sobre la policía —dijo Carmady—. Por la mañana, las cámaras lo estarán esperando. Se me ocurren algunos buenos titulares, como «Conocido púgil, más rápido que el pistolero» o «Duke Targo baja los humos a un matón del hampa».
La chica dio un sorbo a la bebida.
—Estoy cansada —dijo—. Y me pica un pie. Hablemos de por qué esto es asunto tuyo.
—Claro —dijo él.
Abrió la pitillera y la sostuvo bajo la barbilla de ella. Ella intentó sacar un cigarrillo, y mientras aún lo estaba intentando, él dijo:
—Cuando enciendas esto, dime por qué lo mataste.
Jean Adrian se puso el cigarrillo entre los labios, inclinó la cabeza hacia la cerilla, dio una calada y echó la cabeza atrás. Poco a poco reapareció el color en sus ojos y una pequeña sonrisa curvó la línea de sus labios apretados. No respondió.
Carmady la observó durante un minuto, dando vueltas a la copa entre las manos. Después miró al suelo y dijo:
—Era tu pistola. La que encontré aquí por la tarde. Targo ha contado que la sacó de un bolsillo lateral, que, por cierto, es la manera de sacar más lenta del mundo. Sin embargo, se supone que tuvo tiempo de disparar dos veces, con la suficiente puntería para matar a un hombre, mientras ese hombre todavía no había ni acabado de sacar su arma de una funda sobaquera. Eso no cuela. Pero tú, con la pistola en un bolso sobre tu regazo, y conociendo al matón, sí que pudiste hacerlo. Él estaría mirando a Targo.
La chica habló sin entonación:
—He oído que eres detective privado. Eres el hijo de un famoso político. Han hablado de ti en la comisaría. Parecían tenerte un poco de miedo, por tus contactos. ¿Quién te manda contra mí?
—No me tienen miedo, encanto —repuso Carmady—. Han dicho todo eso solo para ver cómo reaccionabas, para saber si yo estaba metido, etcétera. No saben lo que está pasando.
—Se les ha dicho con toda claridad lo que estaba pasando.
Carmady negó con la cabeza.
—Un poli nunca cree lo que consigue sin esfuerzo. Están demasiado acostumbrados a historias inventadas. Creo que McChesney sabe que disparaste tú. A estas alturas ya sabrá si aquel pañuelo de Targo ha estado en un bolsillo con una pistola.
Los dedos flojos de la chica dejaron el cigarrillo medio fumado. Una cortina se arremolinó en la ventana y las partículas sueltas de ceniza dieron vueltas en el cenicero. Ella habló despacio:
—Está bien. Lo maté yo. ¿Crees que iba a vacilar después de lo de esta tarde?
Carmady se frotó el lóbulo de una oreja.
—Me estoy tomando esto muy a la ligera —dijo con suavidad—. No sabes lo que me pasa por dentro. Ha ocurrido algo, algo muy desagradable. ¿Crees que el matón pretendía matar a Targo?
—Eso pensé. Si no, no habría matado a un hombre.
—A lo mejor, solo pretendía darle un susto, encanto. Como el que te dio a ti. Al fin y al cabo, un club nocturno es mal sitio para salir a escape.
—No hay mucha gente que se meta con un 45 —replicó ella, cortante—. Se habría escapado sin problemas. Pues claro que pretendía matar a alguien. Y no creas que yo quería que Duke diera la cara por mí. Simplemente, me quitó la pistola de la mano y se metió en su papel. ¿Qué importaba? Yo sabía que al final se aclararía todo.
Apretó con aire ausente el cigarrillo que aún se quemaba en el cenicero, manteniendo la mirada baja. Al cabo de un momento, dijo casi susurrando:
—¿Es eso todo lo que querías saber?
Carmady dejó vagar la mirada hacia un lado sin mover la cabeza, hasta que pudo ver la firme curva del cuello de la chica, la fuerte línea de su garganta. Habló con voz muy seria:
—Shenvair estaba en el ajo. El chico que estaba conmigo en el Cyrano’s lo siguió hasta un escondite. Shenvair le pegó un tiro. Está muerto. Está muerto, encanto… Un pobre chaval que trabajaba aquí en el hotel. Tony, el jefe de los botones. La poli todavía no lo sabe.
El sonido amortiguado de las puertas de los ascensores se oía con fuerza en el silencio. Una bocina sonó con desánimo fuera, bajo la lluvia del bulevar. De pronto, la chica cayó floja hacia delante, y de lado, sobre las rodillas de Carmady. Su cuerpo estaba medio torcido y quedó casi de espaldas sobre los muslos de él, parpadeando y con las venitas azules de los párpados resaltando rígidas en la piel suave.
Él la rodeó con los brazos lentamente, con suavidad, pero después apretó y la levantó. Acercó la cara de ella a la suya. La besó en un lado de la boca.
Ella abrió los ojos, miró con los ojos en blanco, sin enfocar. Él la besó otra vez, con fuerza, y después la enderezó sobre el sofá.
—Esto no ha sido teatro, ¿verdad? —dijo en voz baja.
Ella se puso de pie de un salto y se volvió sobre sus pies. Su voz era baja, tensa e irritada.
—Hay algo horrible en ti. Algo… satánico. Vienes aquí y me dices que han matado a otro hombre… y después me besas. Esto no es real.
Carmady dijo con tono apagado:
—Hay algo horrible en cualquier hombre que de pronto se vuelve tarumba por la mujer de otro hombre.
—¡No soy su mujer! —cortó ella—. Ni siquiera me gusta. Y tú tampoco me gustas.
Carmady se encogió de hombros. Se miraron uno a otro con ojos huraños y hostiles. La chica chasqueó la lengua con los labios cerrados y después dijo, casi con violencia:
—¡Fuera de aquí! No puedo hablar más contigo. No soporto tu presencia. ¿Quieres marcharte?
—¿Por qué no? —dijo Carmady. Se levantó y recogió su sombrero y su abrigo.
La chica sollozó una vez con fuerza, y después cruzó con pasos rápidos la habitación, hasta las ventanas. Se quedó inmóvil, de espaldas a él.
Carmady la observó, se acercó a ella y se quedó mirando el pelo suave que le caía sobre el cuello.
—¿Por qué demonios no dejas que te ayude? —preguntó—. Sé que hay algo que no va bien. No te haré daño.
La chica le habló a la cortina que tenía delante de la cara, con rabia:
—¡Márchate! No quiero tu ayuda. Vete y no vuelvas. No quiero volver a verte… nunca.
—Creo que necesitas ayuda —insistió Carmady despacio—. Te guste o no. Ese hombre de la fotografía sobre la mesa… sé quién es. Y no creo que esté muerto.
La chica se volvió. Su cara estaba blanca como un papel. Sus ojos se clavaron en los de él. Respiraba con fuerza, con ruido. Después de lo que pareció mucho tiempo, dijo:
—Estoy atrapada. Atrapada. No puedes hacer nada.
Carmady levantó una mano y acarició despacio la mejilla de ella, siguiendo el ángulo de su apretada mandíbula. Sus ojos tenían un brillo duro y pardo; sus labios, una sonrisa. Era una sonrisa astuta, casi insincera.
—Me equivoqué, encanto —dijo—. No lo conozco de nada. Buenas noches.
Volvió a cruzar la habitación, recorrió el pasillo, abrió la puerta. Entonces, la chica se agarró a la cortina y se frotó la cara con ella, despacio.
Carmady no llegó a cerrar la puerta. Se quedó inmóvil a mitad de la operación, mirando a dos hombres armados.
Estaban muy cerca de la puerta, como si hubieran estado a punto de llamar. Uno era cuadrado, moreno, saturnino. El otro era un albino con intensos ojos rojos y una cabeza estrecha que mostraba un pelo brillante y blanco como la nieve debajo de un sombrero oscuro mojado por la lluvia. Tenía los dientes finos y afilados y la sonrisa encogida de una rata.
Carmady empezó a cerrar la puerta detrás de él. El albino habló:
—Quieto, paleto. No cierres la puerta. Vamos a entrar.
El otro hombre se adelantó y palpó con la mano izquierda el cuerpo de Carmady, de arriba abajo, con cuidado. Se echó a un lado y dijo:
—No va armado, pero tiene una buena botella bajo el brazo.
El albino hizo un gesto con su arma.
—Atrás, paleto. También queremos a la chica.
Carmady habló sin entonación:
—No hacen falta armas, Critz. Te conozco y conozco a tu jefe. Si quiere verme, iré encantado.
Dio media vuelta y entró en la habitación con los dos pistoleros detrás de él.
Jean Adrian no se había movido. Estaba inmóvil junto a la ventana, con la cortina contra la mejilla, los ojos cerrados, como si no hubiera oído las voces en la puerta.
Entonces los oyó entrar y sus ojos se abrieron de golpe. Dio media vuelta despacio, miró más allá de Carmady, a los dos pistoleros. El albino llegó al centro de la habitación, dio un vistazo a su alrededor sin hablar, entró en la alcoba y en el cuarto de baño. Abrió y cerró puertas. Volvió con pasos silenciosos de gato, se abrió el abrigo y se echó hacia atrás el sombrero.
—Vístete, hermanita. Tenemos que dar un paseo bajo la lluvia. ¿De acuerdo?
La chica miró entonces a Carmady. Este se encogió de hombros, sonrió un poquito y extendió las manos.
—Así están las cosas, encanto. Más vale que les sigamos la corriente.
Las arrugas de la cara de ella se volvieron finas y despreciativas. Habló despacio:
—Eres… eres… —Su voz se extinguió en un murmullo silbante y sin sentido. Cruzó la habitación con paso rígido y entró en la alcoba.
El albino se introdujo un cigarrillo entre los finos labios y rio con un sonido húmedo, gorgoteante, como si tuviera la boca llena de saliva.
—Parece que no le caes bien, paleto.
Carmady frunció el ceño. Caminó despacio hasta el escritorio, apoyó en él las caderas y miró al suelo.
—Cree que la he vendido —dijo en tono apagado.
—A lo mejor lo has hecho, paleto —dijo el albino arrastrando las palabras.
—Será mejor que la vigiléis —advirtió Carmady—. Es muy buena con una pistola.
Sus manos, extendidas con naturalidad detrás de él, sobre el escritorio, tantearon al azar el tablero y después, sin cambio aparente de movimiento, pusieron boca abajo la fotografía con marco de cuero, y la metieron bajo el vade.
8
En medio del asiento trasero del coche había un reposabrazos acolchado, y Carmady apoyó un codo en él, encajó la barbilla en la mano y miró la lluvia a través de las ventanillas medio empañadas. A la luz de los faros, parecía una densa rociada blanca, y el ruido que hacía sobre el techo del coche era como fuego de metralla muy lejano.
Jean Adrian estaba sentada al otro lado del reposabrazos, en el extremo más alejado. Llevaba un sombrero negro y un abrigo gris con mechones de pelo sedoso, más largos que los del astracán y no tan rizados. En ningún momento miró a Carmady o le dirigió la palabra.
El albino se sentó a la derecha del moreno cuadrado, que conducía. Recorrieron calles silenciosas, pasando ante casas borrosas, árboles borrosos, el brillo borroso de las farolas. Detrás de las gruesas cortinas de niebla había letreros de neón. No había cielo.
Entonces subieron una cuesta y una lámpara de arco poco potente colgada sobre un cruce iluminó un letrero. Carmady leyó el nombre para sus adentros: «Court Street».
—Estamos en el barrio italiano —comentó con suavidad—. Parece que el pez gordo ya no está tan forrado como antes.
En los ojos del albino centellearon luces cuando miró hacia atrás.
—Tú sí que sabes, paleto.
El coche frenó delante de una gran casa de madera con un porche enrejado, paredes cubiertas de ripias redondeadas y persianas y ventanas sin luz. Al otro lado de la calle, un letrero estarcido en un edificio de ladrillo pegado a la acera decía «Paolo Perrugini – Pompas fúnebres».
El coche describió una amplia curva para meterse por un sendero de grava. Los faros iluminaron un garaje abierto. Entraron y se detuvieron al lado de un enorme y reluciente coche fúnebre.
—¡Todos fuera! —gritó el albino.
—Ya veo que nuestro próximo viaje está perfectamente preparado —dijo Carmady.
—Qué gracioso —gruñó el albino—. Un mono sabio.
—No, es solo que tengo buenos modales para el patíbulo —dijo Carmady despacio.
El hombre moreno paró el motor y encendió una linterna grande, apagó las luces del coche y salió. Enfocó con la linterna un rincón, donde había una escalera estrecha con peldaños de madera. El albino dijo:
—Arriba, paleto. Lleva a la chica delante de ti. Yo voy detrás con mi cacharra.
Jean Adrian salió del coche detrás de Carmady, sin mirarlo. Subió los escalones con pasos rígidos y los tres hombres marcharon en procesión detrás.
Había una puerta en lo alto. La chica la abrió y una fuerte luz blanca cayó sobre ellos. Entraron en una buhardilla de paredes desnudas, con vigas descubiertas, una ventana cuadrada delante y otra detrás, las dos bien cerradas y con el cristal pintado de negro. Una bombilla brillante colgaba de un cordón sobre una mesa de cocina, y un hombre corpulento estaba sentado a la mesa con un plato lleno de colillas a su lado. Dos de ellas todavía humeaban.
Un hombre delgado con el labio inferior colgante estaba sentado en una cama con una Luger junto a la mano izquierda. Había una alfombra raída en el suelo, unos cuantos muebles destartalados, y una puerta de tablillas medio abierta en un rincón, a través de la cual se veía un retrete y un extremo de una bañera grande y antigua, plantada en el suelo sobre patas de hierro.
El hombre de la mesa de cocina era grande, pero no atractivo. Tenía el pelo de color zanahoria y las cejas un poco más oscuras. La cara cuadrada y agresiva y la mandíbula fuerte. Sus gruesos labios sujetaban un cigarrillo sin miramientos. Su ropa parecía que hubiera costado mucho dinero y que él hubiera dormido con ella puesta.
Miró sin mucho interés a Jean Adrian y habló alrededor del cigarrillo.
—Aparca el cuerpo, hermana. Hola, Carmady. Dame esa pistola, Lefty, y vosotros, chicos, esperad abajo.
La chica cruzó la buhardilla en silencio y se sentó en una silla recta de madera. El hombre de la cama se levantó y puso la Luger en la mesa de cocina, junto al codo del grandullón. Los tres pistoleros bajaron por la escalera, dejando la puerta abierta.
El hombre corpulento tocó la pistola, miró a Carmady y dijo con sarcasmo:
—Soy Doll Conant. Puede que me recuerdes.
Carmady estaba de pie junto a la mesa de cocina, en una postura relajada, con las piernas separadas, las manos en los bolsillos del abrigo y la cabeza inclinada hacia atrás. Sus ojos medio cerrados estaban somnolientos, muy fríos.
—Sí —dijo—. Ayudé a mi padre a colgarte la única acusación que se sostuvo.
—No se sostuvo, payaso. Para eso está el Tribunal de Apelaciones.
—A lo mejor esta prospera —dijo Carmady tranquilamente—. El secuestro podría ser una acusación sólida en este estado.
Conant sonrió sin abrir los labios. Su expresión era seria pero de buen humor.
—Basta de charla —dijo—. Tenemos negocios que hacer y deberías saber que no hay que decir esa clase de gracias. Siéntate… o mejor, échale antes un vistazo a la prueba número uno. En la bañera, detrás de ti. Sí, échale un vistazo. Después podremos ir al grano.
Carmady dio media vuelta, se dirigió a la puerta de tablillas, la empujó y entró. Había una bombilla en la pared, con un interruptor. La encendió y se inclinó sobre la bañera.
Por un momento, su cuerpo se puso rígido y contuvo la respiración. Después soltó el aire muy despacio, echó hacia atrás la mano izquierda y empujó la puerta hasta casi cerrarla. Se inclinó más sobre la gran bañera de hierro.
Era lo bastante larga para que un hombre se estirara en ella, y había un hombre estirado en ella, tendido de espaldas. Estaba completamente vestido, incluyendo el sombrero, aunque no parecía que se lo hubiera puesto él mismo. Tenía el pelo rizado, espeso, castaño, pero con algunas canas. Tenía sangre en la cara y un agujero de bordes rojizos en la esquina interior del ojo izquierdo.
Era Shenvair, y llevaba mucho tiempo muerto.
Carmady aspiró y se enderezó despacio. Después, se inclinó de repente aún más, hasta que pudo ver el espacio entre la bañera y la pared. Algo azul metalizado brillaba en el polvo. Un revólver de acero azul. Un revólver como el de Shenvair.
Carmady miró hacia atrás a toda prisa. La puerta entornada le permitía ver una parte de la buhardilla, el descansillo de la escalera, y uno de los pies de Doll Conant plantado apaciblemente sobre la alfombra, bajo la mesa de cocina. Estiró despacio el brazo por detrás de la bañera y recogió el revólver. Las cuatro cámaras visibles tenían balas con chapa de acero.
Carmady se abrió el abrigo, se metió el arma en la cintura, se apretó el cinturón y volvió a abrocharse el abrigo. Salió del cuarto de baño y cerró con cuidado la puerta de tablillas.
Doll Conant señaló una silla que había ante la mesa, frente a él.
—Siéntate.
Carmady echó una mirada a Jean Adrian, que lo observaba con una curiosidad algo rígida, con ojos oscuros y sin color, en una cara blanca como una piedra bajo el sombrero negro.
Carmady le hizo un gesto y esbozó una sonrisa.
—Es el señor Shenvair, encanto. Ha tenido un accidente. Está… muerto.
La chica no apartó los ojos, pero se quedó sin expresión. Después se estremeció violentamente, una sola vez. Volvió a mirarlo, sin hacer ningún tipo de sonido.
Carmady se sentó en la silla frente a Conant.
Este lo miró, añadió una colilla humante a la colección del plato blanco, y encendió un nuevo cigarrillo, rascando la cerilla a lo largo de la mesa de cocina.
Soltó el humo y dijo como si tal cosa:
—Sí, está muerto. Lo has matado tú.
Carmady negó con la cabeza muy ligeramente y sonrió.
—No.
—No te hagas el inocente, colega. Lo has matado. Perrugini, el funerario italiano de la acera de enfrente, es el dueño de este sitio, y se lo alquila de vez en cuando a chicos de confianza para poco tiempo. Dicho sea de paso, es amigo mío, me ayuda mucho con los otros espaguetis. Le alquiló esto a Shenvair. No lo conocía, pero le cayó bien. Esta noche, Perrugini ha oído tiros aquí, ha echado un vistazo por su ventana justo cuando un tío subía a un coche. Ha visto el número de matrícula del coche. Tu coche.
Carmady volvió a negar con la cabeza.
—Pero yo no lo he matado, Conant.
—Intenta demostrarlo… El espagueti ha venido corriendo y ha encontrado a Shenvair a mitad de la escalera, muerto. Lo ha arrastrado hasta aquí arriba y lo ha metido en la bañera. Supongo que ha tenido alguna idea rara sobre la sangre. Después lo ha registrado y ha encontrado un carnet de la policía, una licencia de detective privado, y eso lo ha asustado. Me ha llamado por teléfono y cuando he oído el nombre he venido escopeteado.
Conant dejó de hablar y miró fijamente a Carmady. Este habló en tono muy suave:
—¿Te has enterado de lo del tiroteo de esta noche en el Cyrano’s?
Conant asintió. Carmady continuó:
—Yo estaba allí, con un chaval amigo mío, del hotel. Justo antes de los tiros, el tal Shenvair me pegó un guantazo. El chico lo siguió hasta aquí y los dos se liaron a tiros. Shenvair estaba borracho y asustado, y apuesto a que él disparó primero. Yo ni siquiera sabía que el chico tenía una pistola. Shenvair le acertó en el estómago. El chico llegó a su casa y allí murió. Me dejó una nota. La llevo encima.
Al cabo de un momento, Conant dijo:
—Tú mataste a Shenvair, o contrataste a ese chico para que lo hiciera. Te diré por qué. Intentó sacar tajada de tu negocio de chantaje. Le fue con el cuento a Courtway.
Carmady pareció sorprendido. Giró de golpe la cabeza para mirar a Jean Adrian, que estaba inclinada hacia delante, mirándolo con color en las mejillas y brillo en los ojos. La chica habló en voz muy baja:
—Lo siento… encanto. Te juzgué mal.
Carmady sonrió un poquito y se volvió hacia Conant.
—Ella pensaba que fui yo el que se chivó —dijo—. ¿Quién es Courtway? ¿Tu protector, el senador del estado?
La cara de Conant se puso un poco pálida. Dejó con mucho cuidado el cigarrillo en el plato, adelantó el cuerpo y le dio a Carmady un puñetazo en la boca. Carmady cayó hacia atrás con la destartalada silla. Su cabeza chocó contra el suelo.
Jean Adrian se puso de pie sin decir nada y su lengua chasqueó. Después se quedó inmóvil.
Carmady rodó sobre un costado, se puso de pie y colocó la silla derecha. Sacó un pañuelo, se tocó con él la boca y lo miró.
Resonaron pasos en la escalera y el albino asomó en la habitación su estrecha cabeza y un revólver que asomaba aún más.
—¿Necesita ayuda, jefe?
—¡Fuera! —gritó Conant sin mirarlo—. Cierra la puerta… ¡y quédate fuera!
La puerta se cerró. Los pasos del albino se apagaron escaleras abajo. Carmady apoyó la mano izquierda en el respaldo de la silla y la movió despacio de un lado a otro. En la mano derecha todavía tenía el pañuelo. Los labios se le estaban hinchando y poniendo morados. Sus ojos miraron la Luger al lado de Conant.
Conant recogió el cigarrillo y se lo puso en la boca.
—Puede que pienses que voy a consentir este chantaje —dijo—, pero no, hermano, voy a acabar con él… y se va a quedar muerto. Y tú vas a echar las tripas. Abajo tengo tres muchachos que necesitan ejercicio. Así que empieza a hablar.
—Sí —dijo Carmady—. Pero tus tres muchachos están abajo. —Se guardó el pañuelo dentro del abrigo. La mano salió empuñando el revólver azul—. Agarra esa Luger por el cañón y empújala hacia aquí para que pueda alcanzarla.
Conant no se movió. Sus ojos se estrecharon hasta convertirse en ranuras. Su dura boca dio una sacudida al cigarrillo. No tocó la Luger. Al cabo de unos momentos, dijo:
—Supongo que sabes lo que te va a pasar ahora.
Carmady negó ligeramente con la cabeza.
—A lo mejor no me importa mucho. Fuera lo que fuese, tú no te ibas a enterar.
Conant lo miró sin moverse, durante bastante tiempo, después dirigió sus ojos al revólver azul.
—¿De dónde lo has sacado? ¿No te han cacheado esos idiotas?
—Sí que lo han hecho —respondió Carmady—. Este es el arma de Shenvair. Tu amigo el espagueti debió de meterlo detrás de la bañera de una patada. Qué descuidado.
Conant extendió dos gruesos dedos, dio la vuelta a la Luger y la empujó hasta el borde de la mesa. Asintió y dijo sin entonación:
—Pierdo esta baza. Tendría que haber pensado en ello. Así que tendré que ser yo el que hable.
Jean Adrian cruzó con rapidez la habitación y se situó en el extremo de la mesa. Carmady estiró el brazo desde detrás de la silla, recogió la Luger con la mano izquierda y la guardó en el bolsillo de su abrigo, manteniendo la mano en ella. Apoyó en la mesa la mano que empuñaba el revólver azul.
—¿Quién es este hombre? —preguntó Jean Adrian.
—Doll Conant, un pez gordo de la ciudad. El senador John Myerson Courtway es su contacto con el senado del estado. Y el senador Courtway, encanto, es el hombre de la foto enmarcada de tu escritorio. El hombre que dijiste que era tu padre, que dijiste que había muerto.
La chica habló en voz muy baja:
—Es mi padre. Y sabía que no había muerto. Le estoy haciendo chantaje… por cien de los grandes. Shenvair, Targo y yo. Nunca se casó con mi madre, así que soy ilegítima. Pero sigo siendo su hija. Tengo derechos, y él no los reconoce. Trató a mi madre de una manera abominable, la dejó sin un céntimo. Me ha hecho vigilar por detectives durante años. Shenvair era uno de ellos. Me reconoció en las fotos cuando vine aquí y conocí a Targo. Se acordó. Fue a San Francisco y consiguió una copia de mi certificado de nacimiento. La tengo aquí.
Rebuscó en su bolso, abrió la cremallera de un bolsillo en el forro y sacó la mano con un papel doblado. Lo arrojó sobre la mesa.
Conant la miró fijamente, estiró una mano hacia el papel, lo desdobló y lo estudió.
—Esto no prueba nada —dijo despacio.
Carmady sacó la mano izquierda del bolsillo y la extendió hacia el papel. Conant lo empujó hacia él.
Era una copia de un certificado de nacimiento, fechado originalmente en 1912. Daba fe del nacimiento de una niña, Adriana Gianni Myerson, hija de John y Antonina Gianni Myerson. Carmady dejó caer el papel sobre la mesa.
—Adriana Gianni… —dijo—. Jean Adrian. ¿Esa fue la pista, Conant?
Conant negó con la cabeza.
—A Shenvair le entró miedo. Fue a informar a Courtway. Estaba asustado. Por eso tenía preparado este escondite. Creo que por eso lo mataron. Targo no ha podido hacerlo, porque Targo aún está entre rejas. A lo mejor te he juzgado mal, Carmady.
Este lo miró con cara de palo y no dijo nada. Jean Adrian habló:
—Es culpa mía. Soy la responsable. Era un asunto sucio. Ahora lo veo. Quiero verlo y decirle que lo siento y que nunca más volverá a saber de mí. Quiero hacerle prometer que no le hará nada a Duke Targo. ¿Es posible?
—Puedes hacer lo que quieras, encanto —dijo Carmady—. Tengo dos armas que lo dicen. Pero ¿por qué has esperado tanto? ¿Y por qué no recurriste a los tribunales? Estás en el mundo del espectáculo. La publicidad te habría hecho famosa… incluso si hubiera ganado él.
La chica se mordió un labio y dijo en voz baja:
—Mi madre nunca supo de verdad quién era él. No llegó a saber su apellido. Para ella era John Myerson. Yo no lo supe hasta que vine aquí y vi por casualidad una foto suya en el periódico. Había cambiado, pero reconocí la cara. Y claro, la primera parte de su nombre…
Conant la interrumpió, burlón.
—No fuiste de manera abierta a él porque sabías perfectamente que no eres hija suya. Tu madre se inventó el cuento como hace cualquier putilla barata que se ve privada de un buen proveedor. Courtway dice que puede demostrarlo y que lo va a hacer y a ponerte en el lugar que mereces. Y créeme, hermana, es de esos tipos santurrones que echaría a perder su vida pública desempolvando un escándalo de hace veinte años solo para demostrar esa tontería.
Escupió con furia su cigarrillo y añadió:
—Me costó dinero ponerle donde está, y tengo la intención de mantenerlo ahí. Por eso estoy metido en esto. No hay nada que hacer, hermana. La presión la aplico yo. Tú te vas a ir a tomar vientos y vas a seguir tomándolos. En cuanto a tu amigo armado… puede que no supiera nada, pero ahora lo sabe, y eso lo mete en el mismo paquete.
Conant dio un golpe en la mesa y se echó hacia atrás, mirando con calma el revólver azul en la mano de Carmady.
Este miró a Conant a los ojos y dijo con mucha suavidad:
—Ese matón que ha ido al Cyrano’s esta noche… ¿por casualidad es esa tu idea de aplicar presión?
Conant sonrió con ganas y negó con la cabeza. La puerta de la escalera se abrió un poco, sin hacer ruido, Carmady no lo vio; estaba mirando a Conant. Jean Adrian sí lo vio.
Abrió mucho los ojos y dio un paso atrás con una exclamación de susto, que hizo que Carmady volviera la mirada hacia ella.
El albino entró con suavidad por la puerta, apuntando con un revólver.
Sus ojos rojos brillaban, y su boca estaba estirada en una sonrisa burlona.
—La puerta es bastante fina, jefe —dijo—. Se oye todo, ¿vale? Suelta el hierro, paleto, u os hago pedazos a tiros a los dos.
Carmady se volvió un poco, abrió la mano derecha y dejó caer el revólver azul, que rebotó en la delgada alfombra. Se encogió de hombros y extendió las manos abiertas, sin mirar a Jean Adrian.
El albino se apartó de la puerta, caminó despacio y aplicó su revólver a la espalda de Carmady.
Conant se puso de pie, rodeó la mesa, sacó la Luger del abrigo de Carmady y la sopesó. Sin una palabra, sin un cambio de expresión, golpeó con ella a Carmady en un lado de la mandíbula.
Este se tambaleó como un borracho y después se cayó al suelo de costado.
Jean Adrian chilló y trató de arañar a Conant. Este se desprendió de ella, se pasó la pistola a la mano izquierda y la abofeteó en la cara con fuerza.
—A callar, hermana. Ya te has divertido bastante.
El albino fue hacia el descansillo de la escalera y llamó a los de abajo. Los otros dos pistoleros subieron y entraron sonrientes.
Carmady no se movía. Al cabo de un rato, Conant encendió otro cigarrillo y tamborileó con un nudillo en el tablero de la mesa, al lado de la partida de nacimiento. Habló con voz áspera:
—La chica quiere ver al viejo. Muy bien, va a poder verlo. Vamos a ir todos a visitarlo. En este asunto todavía hay algo que apesta. —Alzó los ojos y miró al hombre cuadrado—. Tú y Lefty id a la Jefatura a sacar a Targo, y lo lleváis a casa del senador lo antes posible. En marcha.
Los dos matones se marcharon escaleras abajo.
Conant miró a Carmady y le dio un toque con el pie en las costillas. Siguió dándole hasta que Carmady abrió los ojos y se agitó.
9
El coche esperaba en lo alto de una cuesta, delante de un par de altos portones de reja de hierro. Al otro lado había una caseta de guardia. Una puerta de la caseta se abrió y la luz amarilla enmarcó a un hombre grande, con impermeable y sombrero calado. Se acercó despacio bajo la lluvia, con las manos en los bolsillos.
La lluvia culebreaba alrededor de sus pies. El albino estaba apoyado en los barrotes de la puerta, chasqueando la lengua. El hombre grande preguntó:
—¿Qué queréis? Ya os veo.
—Aligera, paleto. El señor Conant quiere ver a tu jefe.
El hombre de dentro escupió hacia la oscuridad húmeda.
—¿Y qué? ¿Sabéis qué hora es?
De pronto, Conant abrió la puerta del coche y se dirigió a las puertas. La lluvia hacía ruido entre el coche y las voces.
Carmady giró despacio la cabeza y le dio una palmadita en la mano a Jean Adrian. Ella le apartó la mano de un rápido empujón.
—Serás tonto —dijo en voz baja—. ¡Pero qué tonto!
Carmady suspiró.
—Me lo estoy pasando de maravilla, encanto. De maravilla.
El hombre de dentro sacó unas llaves en una larga cadena, abrió las puertas y las empujo hacia atrás hasta que chocaron con los topes. Conant y el albino volvieron al coche.
Conant se quedó de pie bajo la lluvia, con un talón enganchado al estribo del coche. Carmady sacó del bolsillo su gran petaca de whisky, la palpó para comprobar si se había abollado y desenroscó el tapón. Se la ofreció a la chica.
—Toma un poco de valor embotellado —dijo.
Ella no respondió, ni se movió. Él bebió de la petaca, la guardó, miró más allá de la ancha espalda de Conant y vio hectáreas de árboles chorreantes y un grupo de ventanas iluminadas que parecían colgadas en el cielo.
Un coche subió la cuesta, taladrando con los faros la húmeda oscuridad, y se detuvo detrás del sedán. Conant se acercó a él, metió la cabeza por la ventanilla y dijo algo. El coche dio marcha atrás, los adelantó, se metió por el sendero de entrada y sus luces iluminaron muros de retención, desaparecieron y volvieron a aparecer en lo alto del sendero, como un fuerte óvalo blanco contra unas cocheras de piedra.
Conant entró en el sedán y el albino lo condujo por el mismo sendero que había tomado el otro coche. En lo alto, en un círculo de cemento para aparcar rodeado de cipreses, todos se apearon.
En lo alto de una escalinata, una gran puerta estaba abierta y en ella esperaba un hombre con un batín. Targo, entre dos hombres que lo sujetaban con fuerza, estaba a medio camino de él. Iba con la cabeza descubierta y sin abrigo. Con la chaqueta blanca, su corpachón parecía enorme entre los dos pistoleros.
El resto de la partida subió los escalones, entró en la casa y siguió al mayordomo del batín por un pasillo lleno de retratos de los antepasados de alguien, a través de un vestíbulo ovalado que daba a otro pasillo y hasta un despacho con paredes forradas de madera, luces suaves, gruesas cortinas y cómodas butacas de cuero.
Un hombre estaba de pie detrás de un enorme escritorio oscuro, situado en un nicho formado por estanterías de libros bajas y salientes. Era extraordinariamente alto y delgado. Su pelo blanco era tan espeso y fino que no se distinguía ningún pelo individual. Tenía la boca pequeña, recta y amarga y los ojos negros, sin profundidad, en un rostro muy blanco. Estaba un poco encorvado, y una bata azul de pana con forro de raso envolvía su casi estrafalaria delgadez.
El mayordomo cerró la puerta, Conant volvió a abrirla e hizo un gesto con la barbilla a los dos hombres que habían entrado con Targo. Los dos salieron. El albino se situó detrás de Targo y lo empujó hacia una butaca. Targo parecía mareado, atontado. Tenía una mancha de tierra en un lado de la cara y sus ojos tenían mirada de drogado.
La chica se acercó corriendo a él y dijo:
—Oh, Duke. ¿Estás bien, Duke?
Targo la miró parpadeando y medio sonrió.
—Tenías que chivarte, ¿eh? Déjalo. Estoy bien. —Su voz tenía un sonido poco natural.
Jean Adrian se apartó de él, se sentó y se acurrucó como si tuviera frío.
El hombre alto los miró fríamente a todos, uno a uno, y después dijo con una voz sin vida:
—¿Son estos los chantajistas? ¿Era necesario traerlos aquí en mitad de la noche?
Conant se quitó el abrigo de manera brusca y lo tiró al suelo detrás de una lámpara. Encendió un nuevo cigarrillo y se quedó de pie con las piernas separadas en medio de la habitación: un hombre grande, duro, curtido, muy seguro de sí mismo. Habló:
—La chica quería verte y decirte que lo siente mucho y que quiere jugar limpio. El de la chaqueta de helado es Targo, el boxeador. Se metió en un tiroteo en un local nocturno y se puso tan violento en la comisaría que le dieron pastillas para dormir para tranquilizarlo. Este otro tío es Carmady, el hijo del viejo Marcus Carmady. Todavía no sé qué pensar de él.
Carmady dijo secamente:
—Soy detective privado, senador. Estoy aquí en interés de mi cliente, la señorita Adrian. —Se echó a reír.
La chica dirigió sus ojos hacia él a toda prisa y después al suelo.
Conant siguió hablando con voz ronca:
—A Shenvair, de quien ya sabes, lo han liquidado. No hemos sido nosotros. Eso todavía hay que aclararlo.
El hombre alto asintió con frialdad. Se sentó ante su escritorio, tomó una pluma blanca de ave y se acarició con ella una oreja.
—¿Y cuál crees que es la mejor forma de manejar este asunto, Conant? —preguntó con voz fina.
Este se encogió de hombros.
—Soy un tipo duro, pero esto lo voy a manejar de manera legal. Hablar con el fiscal del distrito, empapelarlos por sospecha de extorsión, inventar una historia para la prensa, dar tiempo para que la cosa se enfríe. Y después, echar a estos pájaros al otro lado de la frontera del estado y decirles que no vuelvan… o ya saben.
El senador Courtway se pasó la pluma a la otra oreja.
—Podrían volver a atacarme, a distancia —dijo en tono gélido—. Prefiero un enfrentamiento directo, ponerlos en su sitio.
—No puedes procesarlos, Courtway. Sería tu muerte política.
—Estoy cansado de la vida pública, Conant. Me encantaría jubilarme.
El hombre alto y flaco curvó la boca en una débil sonrisa.
—Y una mierda —gruñó Conant. Volvió la cabeza y ladró—: Ven aquí, hermanita.
Jean Adrian se puso de pie, cruzó despacio la habitación y se detuvo delante del escritorio.
—¿La conoces? —Gruñó Conant.
Courtway miró con atención la cara tensa de la chica durante un buen rato, sin rastro de expresión. Dejó la pluma en el escritorio, abrió un cajón y sacó una fotografía. Pasó la mirada de la foto a la chica, de la chica a la foto, y dijo sin entonación:
—Esta foto se tomó hace muchos años, pero existe un gran parecido. Creo que no vacilaría al afirmar que es la misma cara.
Dejó la foto sobre el escritorio y con el mismo movimiento, sin prisa, sacó del cajón una automática y la puso sobre el escritorio, al lado de la foto.
Conant miró la pistola. Torció la boca y dijo con voz pastosa:
—No vas a necesitar eso, senador. Escucha, tu idea del enfrentamiento es un error. Obtendré confesiones detalladas de esta gente y los tendremos pillados. Si vuelven a las andadas, habrá tiempo de sobra para darles un buen palo.
Carmady sonrió un poco y caminó por la alfombra hasta quedar cerca del extremo del escritorio.
—Me gustaría ver esa fotografía —dijo, y se inclinó rápidamente para agarrarla.
La fina mano de Courtway bajó hacia la pistola, después se relajó. Se echó hacia atrás en su sillón y clavó los ojos en Carmady.
Este miró la fotografía, la bajó y le dijo con suavidad a Jean Adrian:
—Ve a sentarte.
Ella dio media vuelta y volvió a su butaca. Se dejó caer con aire cansado.
—Me gusta su idea de sacarlo todo a la luz, senador —dijo Carmady—. Es limpia y directa, y un sano cambio en la política del señor Conant. Pero no funcionará. —Dio un golpecito en la foto con una uña—. Aquí hay un parecido superficial, nada más. No creo que sea la misma chica. Las orejas tienen una forma diferente, y están más bajas. Los ojos están más juntos que los de la señorita Adrian, la línea de la mandíbula es más larga. Esas cosas no cambian. ¿Y qué tiene usted? Una carta de extorsión, tal vez, pero no se la puede atribuir a nadie, o ya lo habría hecho. El nombre de la chica. Pura coincidencia. ¿Qué más?
La cara de Conant estaba dura como el granito, la boca tenía un gesto amargo. Su voz tembló un poco al decir:
—¿Y qué me dices de ese certificado que la chica sacó de su bolso, listillo?
Carmady sonrió levemente y se rascó un lado de la mandíbula con las puntas de los dedos.
—Lo consiguió por Shenvair, ¿no? —dijo en tono socarrón—. Y Shenvair está muerto.
El rostro de Conant era una máscara de furia. Cerró un puño y dio un tembloroso paso adelante.
—Serás… Maldito gusano.
Jean Adrian estaba inclinada hacia delante, mirando con los ojos muy abiertos a Carmady. Targo lo miraba con una sonrisa floja y ojos pálidos y duros. También Courtway lo miraba. No había ningún tipo de expresión en el rostro de Courtway. Estaba frío, relajado, distante.
De pronto, Conant se echó a reír y chasqueó los dedos.
—Muy bien, toca tu trompeta —gruñó.
Carmady habló despacio.
—Le diré otra razón por la que no habrá un enfrentamiento público. Ese tiroteo en el Cyrano’s. Esas amenazas para que Targo se dejara ganar en una pelea sin importancia. Ese matón que fue a la habitación del hotel de la señorita Adrian, la golpeó y la dejó tirada en la puerta. ¿Puedes relacionar todo eso, Conant? Yo sí puedo.
De repente, Courtway se inclinó hacia delante, puso la mano sobre la pistola y la cerró alrededor de la culata. Sus ojos negros eran agujeros en un rostro blanco y congelado.
Conant no se movió ni habló. Carmady continuó:
—¿Por qué recibió Targo esas amenazas? ¿Y por qué, después de no dejarse ganar, fue ese pistolero a buscarlo en el Cyrano’s, un club nocturno, un sitio muy malo para esa clase de trabajos? Porque en el Cyrano’s estaba con la chica, y el propietario del lugar era su apoderado, y si algo ocurría en el Cyrano’s, la policía se enteraría de la historia de las amenazas antes de tener tiempo de pensar en otra cosa. Por eso. Las amenazas eran un montaje para un asesinato. A la hora de los tiros, Targo tenía que estar con la chica, y así el asesino podría matar a la chica y hacer parecer que el objetivo era Targo.
»También le habría disparado a Targo, por supuesto, pero ante todo tenía que matar a la chica. Porque ella era la dinamita en la que se basaba todo este chantaje. Sin ella, no había nada, y con ella siempre había el peligro de un pleito de paternidad si las cosas no se arreglaban de otro modo. Ustedes supieron de ella y de Targo porque Shenvair se acobardó y lo contó. Y Shenvair sabía lo del asesino… porque cuando el asesino apareció y yo lo vi, y Shenvair sabía que yo lo conocía, porque me oyó hablarle a Targo de él… Entonces Shenvair intentó empezar una pelea de borracho conmigo, para evitar que yo interfiriera.
Carmady se detuvo, se frotó otra vez un lado del rostro, muy despacio, con mucha suavidad. Miró a Conant de abajo arriba.
—Yo no juego a esos juegos, amigo —dijo Conant despacio, en un tono muy duro—. Lo creas o no, yo no hago eso.
—Escucha —dijo Carmady—. El asesino habría podido matar a la chica en el hotel con su cachiporra. No lo hizo porque Targo no estaba allí y el combate aún no se había disputado, con lo que todo el montaje se habría echado a perder. Fue allí para mirarla de cerca, sin maquillaje. Y ella tenía miedo de algo y tenía una pistola. Así que el matón le dio un porrazo y salió corriendo. Esa visita fue solo un tanteo.
—Yo no juego a esos juegos, amigo —repitió Conant, sacando la Luger del bolsillo y empuñándola a un costado.
Carmady se encogió de hombros y giró la cabeza para mirar al senador Courtway.
—No, pero él sí —dijo con suavidad—. Él tenía un móvil, y el juego no parecería cosa suya. Lo planeó con Shenvair, y si la cosa hubiera salido mal, como salió, Shenvair se habría esfumado; y si la policía hubiera llegado a averiguar algo, el grande y duro Doll Conant habría acabado con la nariz en el barro.
Courtway sonrió un poco y dijo con una voz completamente muerta:
—Este joven es muy ingenioso, pero no creerás…
Targo se puso de pie. Su rostro era una máscara rígida. Sus labios se movieron despacio y dijo:
—A mí me suena muy creíble. Creo que le voy a retorcer el maldito pescuezo, señor Courtway.
—Siéntate, pardillo —gruñó el albino, levantando su revólver.
Targo se volvió un poco y sacudió al albino en la mandíbula. Este cayó hacia atrás y se dio de cabeza contra la pared. El revólver escapó de su mano fláccida y rodó por el suelo.
Targo empezó a cruzar la habitación.
Conant lo miró de reojo y no se movió. Targo pasó junto a él, casi tocándole. Conant no movió ni un músculo. Su amplio rostro estaba inexpresivo, con los ojos reducidos a un leve brillo entre los gruesos párpados.
Nadie se movió excepto Targo. Entonces Courtway levantó su pistola y su dedo se puso blanco sobre el gatillo y el arma rugió.
Carmady cruzó el despacho corriendo y se colocó delante de Jean Adrian, entre ella y el resto de la habitación.
Targo se miró las manos. Su rostro se torció en una sonrisa tonta. Se sentó en el suelo y se apretó el pecho con las dos manos.
Courtway levantó de nuevo su pistola, y entonces Conant se movió. La Luger se agitó y llameó dos veces. Corrió sangre por la mano de Courtway. Su pistola cayó debajo del escritorio. Su largo cuerpo pareció hundirse siguiendo la pistola. Se dobló hasta que solo se le vieron los hombros por encima de la línea del escritorio.
—¡Levántate y recibe tu merecido, maldito cerdo traidor! —gritó Conant.
Se oyó un tiro detrás del escritorio. Los hombros de Courtway se hundieron y se perdieron de vista.
Al cabo de un momento, Conant pasó detrás del escritorio, se agachó y se incorporó.
—Se ha comido una —dijo con mucha clama—. Por la boca. Y yo me quedo sin un bonito y pulcro senador.
Targo se apartó las manos del pecho, cayó de lado al suelo y se quedó inmóvil.
La puerta de la habitación se abrió de golpe. El mayordomo apareció en ella, con el pelo revuelto y la boca abierta. Intentó decir algo, vio la pistola en la mano de Conant, vio a Targo caído en el suelo. No dijo nada.
El albino se estaba poniendo de pie, frotándose la mandíbula, palpándose los dientes, meneando la cabeza. Caminó despacio junto a la pared y recogió su arma.
—Vaya un inútil que estás hecho —le gruñó Conant—. Ve al teléfono. Llama a Malloy, el capitán del turno de noche. ¡Y date prisa!
Carmady se volvió, bajó la mano y alzó la fría barbilla de Jean Adrian.
—Está amaneciendo, encanto. Y creo que ha dejado de llover —dijo despacio. Sacó la inevitable petaca—. Echemos un trago… por el señor Targo.
La chica negó con la cabeza y se tapó la cara con las manos.
Al cabo de un buen rato, se oyeron sirenas.
10
El chico delgado de aspecto cansado, con el uniforme azul y plata del Carondelet, interpuso su guante blanco entre las puertas que se cerraban y dijo:
—Los forúnculos de Corky van mejor, pero no ha venido a trabajar, señor Carmady. Y Tony, el jefe de los botones, tampoco ha aparecido esta mañana. Qué bien viven algunos…
Carmady estaba muy cerca de Jean Adrian, en el rincón del ascensor. No había nadie más.
—Eso es lo que tú te crees —dijo.
El muchacho se ruborizó. Carmady se le acercó, le dio una palmada en el hombro y dijo:
—No me hagas caso, hijo. He estado levantado toda la noche, con un amigo enfermo. Toma, cómprate otro desayuno.
—Jo, señor Carmady, no pretendía…
Las puertas se abrieron en el noveno piso y ellos recorrieron el pasillo hasta la 914. Carmady sacó la llave y abrió la puerta, puso la llave por dentro, sujetó la puerta y dijo:
—Duerme hasta que no puedas más. Toma mi petaca y bebe un poco. Te vendrá bien.
La chica pasó por la puerta y dijo por encima del hombro:
—No quiero beber. Entra un momento; hay una cosa que quiero contarte.
Él cerró la puerta y la siguió. Una brillante franja de luz solar caía sobre la moqueta y llegaba hasta el sofá. Carmady encendió un cigarrillo y se quedó mirándolo.
Jean Adrian se sentó, se quitó el sombrero y se ahuecó el pelo. Permaneció callada un momento y después habló despacio, con cuidado:
—Has sido muy amable al tomarte tantas molestias por mí. No sé por qué lo has hecho.
—Se me ocurren un par de razones —dijo Carmady—, pero no han impedido que mataran a Targo, y en cierto modo eso ha sido culpa mía. Aunque si lo miras de otro modo, no. Yo no le pedí que le retorciera el cuello al senador Courtway.
—Te crees muy duro —le reprochó la chica—, pero no eres más que un sentimental que se mete en líos por la primera golfa que ve en apuros. Olvídalo. Olvídate de Targo y olvídate de mí. Ninguno de nosotros merecía ni un segundo de tu tiempo. Quería decirte esto porque me voy a marchar en cuanto me lo permitan, y no te volveré a ver. Esto es una despedida.
Carmady asintió y miró el sol sobre la moqueta. La chica continuó:
—Es un poco difícil de contar. No busco simpatía cuando digo que soy una golfa. He dormido en demasiados cuchitriles asfixiantes, me he desnudado en demasiados camerinos asquerosos, me he perdido demasiadas comidas, he dicho demasiadas mentiras para ser otra cosa. Por eso no quiero volver a tener nada que ver contigo, nunca.
—Me gusta cómo lo dices. Sigue —dijo Carmady.
Ella le echó una mirada rápida y apartó los ojos.
—No soy la chica Gianni. Eso lo adivinaste. Pero la conocí. Hacíamos un número muy malo de hermanas cuando todavía se hacían números de hermanas. Ada y Jean Adrian. Sacamos el nombre del suyo. Aquello fracasó y nos metimos en un espectáculo itinerante que también fracasó. En Nueva Orleans. Aquella vida era demasiado dura para ella. Se mató con bicloruro. Guardé sus fotos porque conocía su historia. Y de tanto mirar a aquel tipo flaco y frío, y pensar en lo que habría podido hacer por ella, llegué a odiarlo. Ella era su hija, de verdad, no creas que no. Hasta le escribí cartas en su nombre, pidiéndole ayuda, solo una pequeña ayuda. No hubo respuesta. Llegué a odiarle tanto que, después de que ella se tomara el bicloruro, quise hacerle algo. Y vine aquí en cuanto tuve una oportunidad.
Dejó de hablar y cruzó las manos con fuerza, después las separó violentamente, como si quisiera hacerse daño. Continuó:
—Conocí a Targo a través de Cyrano, y a Shenvair a través de Targo. Shenvair conocía las fotos. Había trabajado para una agencia de San Francisco a la que encargaron vigilar a Ada. El resto ya lo sabes.
—Suena muy bien —dijo Carmady—. Me preguntaba por qué el intento no se hizo antes. ¿Quieres que me crea que no querías su dinero?
—No. Claro que me habría quedado con su dinero. Pero no era eso lo que más me interesaba. Ya te he dicho que soy una golfa.
Carmady sonrió muy ligeramente y dijo:
—No sabes mucho de golferías, encanto. Has hecho una movida ilegal y te han pillado. Eso es todo. El dinero no te habría hecho ningún bien; habría sido dinero sucio. Yo sé de eso.
Ella alzó los ojos hacia él y lo miró. Él se tocó un lado de la cara, hizo un gesto de dolor y dijo:
—Lo sé porque mi dinero es de esa clase. Mi padre lo reunió a base de contratos fraudulentos de alcantarillado y pavimentación, de licencias de juego, de sobornos, me atrevería a decir que hasta del vicio. Lo sacó de todas las maneras corruptas en que se puede sacar dinero en la política municipal. Y cuando lo juntó todo y ya no tenía nada que hacer más que mirarlo, se murió y me lo dejó a mí. No me ha traído ninguna alegría. Siempre espero que ocurra, pero nunca ocurre. Porque soy su semilla, llevo su sangre, me crié en la misma cloaca. Soy peor que un golfo, encanto. Soy un tío que vive de dinero sucio y ni siquiera lo roba él.
Se interrumpió, dejó caer ceniza en la moqueta, se enderezó el sombrero en la cabeza.
—Piensa en ello, y no huyas demasiado lejos, porque tengo todo el tiempo del mundo y no te serviría de nada. Sería mucho más divertido que nos fugáramos juntos.
Dio unos pasos hacia la puerta, se paró a mirar la franja de luz solar en la moqueta, le echó un vistazo a la chica y después salió.
Cuando se cerró la puerta, ella se levantó, entró en la alcoba y se tumbó en la cama tal como estaba, con el abrigo puesto. Se quedó mirando el techo. Después de mucho rato, sonrió. En mitad de la sonrisa se quedó dormida.