País Relato - Autores

raymond chandler

pasarse de listo

1
El portero del Kilmarnock medía un metro ochenta y cinco. Vestía un uniforme azul claro, y unos guantes blancos que hacían que sus manos parecieran enormes. Abrió la puerta del taxi amarillo con la misma suavidad con que una anciana solterona acaricia un gato.
Johnny Dalmas salió y se volvió hacia el taxista pelirrojo, diciendo:
—Será mejor que me esperes a la vuelta de la esquina, Joey.
Este asintió, empujó un palillo de dientes un poco más adentro en la comisura de la boca y maniobró expertamente el taxi, alejándolo de la zona de carga y descarga marcada en blanco. Dalmas cruzó la soleada acera y entró en el enorme y fresco vestíbulo del Kilmarnock. Las alfombras eran gruesas y silenciosas. Los botones aguardaban con los brazos cruzados y los dos recepcionistas situados detrás del mostrador de mármol tenían un aire severo.
Dalmas se dirigió a los ascensores. Entró en uno con paredes de madera y dijo:
—Último piso, por favor.
La última planta tenía un vestíbulo pequeño y silencioso con tres puertas, una en cada pared. Dalmas se dirigió a una de ellas y tocó el timbre.
Derek Walden abrió la puerta. Tendría unos cuarenta y cinco años, puede que algo más, mucho pelo gris empolvado y una cara atractiva y disoluta que estaba empezando a tener bolsas. Vestía un batín con iniciales y sostenía una copa llena de whisky en la mano. Estaba un poco borracho.
Habló con voz pastosa y arrastrada:
—Ah, es usted. Pase, Dalmas.
Dio media vuelta y empezó a andar, dejando abierta la puerta. Dalmas la cerró y lo siguió hasta una habitación larga, de techo alto, con un balcón en un extremo y una serie de puertas de dos hojas en el lado izquierdo. Fuera había una terraza.
Derek Walden se sentó en una butaca parda y dorada pegada a la pared y estiró las piernas hasta un escabel. Agitó el whisky en su copa, mirándolo con atención.
—¿Qué se le ofrece? —preguntó.
Dalmas lo miró un poco ceñudo. Al cabo de un momento, respondió:
—He venido a decirle que renuncio.
Walden se bebió el whisky y dejó la copa en la esquina de una mesa. Tanteó en busca de un cigarrillo, se lo metió en la boca y se olvidó de encenderlo.
—¿Ah, sí? —Su voz era confusa pero indiferente.
Dalmas le dio la espalda y se acercó a una de las ventanas. Estaba abierta y fuera ondeaba un toldo. El ruido del tráfico en el bulevar casi no llegaba.
Habló por encima del hombro:
—La investigación no está llegando a ninguna parte… porque usted no quiere que llegue a ninguna parte. Usted sabe por qué le están haciendo chantaje, yo no. Eclipse Films está interesada porque tiene un montón de pasta invertida en películas suyas.
—Que se vaya a la mierda Eclipse Films —dijo Walden casi con tranquilidad.
Dalmas negó con la cabeza y se volvió.
—No desde mi punto de vista. Tienen mucho que perder si se mete usted en un lío que los sabuesos de la publicidad no puedan manejar. Usted me contrató porque se lo pidieron. Ha sido una pérdida de tiempo. No ha cooperado ni una pizca.
Walden habló en tono desagradable:
—Manejo esto a mi manera y no me estoy metiendo en ningún lío. Haré el trato por mi cuenta… cuando pueda comprar algo que se quede comprado. Y usted lo único que tiene que hacer es que la gente de Eclipse crea que la situación está controlada. ¿Está claro?
Dalmas fue hasta la mitad de la habitación. Permaneció de pie con una mano encima de una mesa, junto a un cenicero repleto de colillas que tenían marcas de pintalabios muy oscuras. Las miró con aire ausente.
—Eso no se me explicó, Walden —dijo con frialdad.
—Pensé que era usted lo bastante listo para figurárselo —se burló Walden. Se inclinó hacia un lado y vertió un poco más de whisky en su copa—. ¿Quiere un trago?
—No, gracias —dijo Dalmas.
Walden encontró el cigarrillo en su boca y lo tiró al suelo. Bebió.
—¡Qué demonios! —bufó—. Usted es un detective privado y se le paga para que haga unos cuantos movimientos que no significan nada. Es un trabajo limpio… teniendo en cuenta su oficio.
—Esa es otra gracia que habría preferido no oír —replicó Dalmas.
Walden hizo un movimiento brusco y airado. Sus ojos centellearon. Las comisuras de la boca se le estiraron hacia abajo y su rostro adoptó una expresión mustia. Eludió la mirada de Dalmas.
—No estoy contra usted —dijo Dalmas—, pero tampoco he estado nunca de su parte. No es la clase de hombre con quien me comprometería, nunca. Si hubiera cooperado conmigo, habría hecho lo que hubiera podido. Y todavía lo haré… pero no por usted. No quiero su dinero… y cuando le apetezca, puede quitarme de encima a esos tipos que me siguen.
Walden puso los pies en el suelo. Dejó la copa con mucho cuidado en la mesa que tenía al lado. Toda la expresión de su cara cambió.
—¿Que le siguen? No lo entiendo. —Tragó saliva—. No lo he hecho seguir.
Dalmas lo miró fijamente. Al cabo de un momento, asintió.
—Está bien. Volveré atrás para pillar al próximo y veré si consigo que me diga para quién trabaja… Lo averiguaré.
—Yo no haría eso si fuera usted —dijo Walden muy tranquilo—. Está… está usted jugando con gente que se puede poner muy desagradable. Sé de lo que hablo.
—No voy a dejar que eso me preocupe —dijo Dalmas con voz firme—. Si es la gente que está intentando sacarle dinero, ya hace mucho tiempo que se pusieron desagradables.
Sostuvo el sombrero delante de él y lo miró. La cara de Walden brillaba a causa del sudor. Sus ojos parecían mareados. Abrió la boca para decir algo.
Sonó el timbre de la puerta.
Walden hizo un gesto rápido de desagrado y soltó una palabrota. Se quedó mirando al otro extremo de la habitación, pero no se movió.
—Maldita sea, demasiada gente viene aquí sin anunciarse —gruñó—. Mi chico japonés tiene el día libre.
El timbre sonó de nuevo y Walden empezó a levantarse.
—Yo veré quién es —dijo Dalmas—. De todos modos, ya me iba.
Saludó a Walden con la cabeza, cruzó la habitación y abrió la puerta.
Entraron dos hombres armados. Una pistola se hundió con fuerza en las costillas de Dalmas, y el hombre que la empuñaba dijo en tono urgente:
—Atrás, y ligerito. Esto es uno de esos atracos sobre los que habrás leído.
Era moreno, atractivo y alegre. Tenía la cara tan nítida como un camafeo, casi sin ninguna dureza. Sonreía.
El que iba detrás de él era bajo y de pelo amarillento. Tenía el ceño fruncido.
El moreno dijo:
—Este es el sabueso de Walden, Noddy. Quédate con él y regístralo por si va armado.
Noddy, el hombre del pelo amarillento, apretó un revólver de cañón corto contra el estómago de Dalmas, mientras su compañero cerraba la puerta de una patada y caminaba descuidadamente por la habitación hacia Walden.
Noddy sacó un Colt del 38 de la axila de Dalmas, dio vueltas a su alrededor y le palpó los bolsillos. Guardó su arma y se pasó el Colt de Dalmas a su mano buena.
—Vale, Ricchio, este está limpio —dijo con voz gruñona.
Dalmas dejó caer los brazos, dio media vuelta y volvió a entrar en la habitación. Miró pensativo a Walden. Este estaba inclinado hacia delante con la boca abierta y una expresión de intensa concentración en el rostro. Dalmas miró al asaltante moreno y dijo en voz baja:
—¿Ricchio?
El moreno se volvió a mirarlo.
—Ponte ahí, junto a la mesa, encanto. Ya me encargo yo de hablar.
Walden hizo un sonido ronco con la garganta. Ricchio se plantó delante de él, mirándolo desde arriba con gesto amable, con la pistola colgando de un dedo por la guarda del gatillo.
—Eres demasiado lento en los pagos, Walden. ¡Jodidamente lento! Así que hemos venido a hablar contigo del tema. Hemos seguido a tu sabueso hasta aquí. ¿No te parece genial?
Dalmas habló muy serio, en voz baja:
—Si esta basura se llama Ricchio… entonces era su guardaespaldas, Walden.
Este asintió en silencio y se humedeció los labios. Ricchio le gruñó a Dalmas:
—Te lo repito; no te pases de listo, sabueso. —Lo miró con ojos llameantes y después volvió a dirigir la atención a Walden y consultó el reloj de pulsera—. Son las tres y ocho minutos, Walden. Seguro que un tipo de tu categoría todavía puede sacar pasta del banco. Te damos una hora para reunir diez de los grandes. Una hora exacta. Y nos llevamos a tu fisgón para arreglar lo de la entrega.
Walden asintió de nuevo, todavía en silencio. Puso las manos sobre las rodillas y las apretó hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
Ricchio siguió hablando:
—Nosotros jugamos limpio. Si no, nuestra empresa valdría menos que una cucaracha aplastada. Tú también vas a jugar limpio. Si no, tu sabueso se va a despertar en un montón de basura. Solo que no se va a despertar. ¿Lo pillas?
—Y si paga —dijo Dalmas en tono de desprecio—, supongo que me soltaréis para que os denuncie.
Con mucha suavidad, sin mirarlo, Ricchio replicó:
—También tengo una respuesta para eso… Diez grandes hoy, Walden. Los otros diez al principio de la semana. A menos que tengamos molestias… En ese caso, tendrás que pagarnos por las molestias.
Walden hizo un gesto indefinido, de derrota, con las dos manos extendidas.
—Creo que puedo arreglarlo —dijo a toda prisa.
—Estupendo. Pues vamos allá.
Ricchio asintió brevemente y guardó su pistola. Sacó del bolsillo un guante marrón de cabritilla, se lo puso en la mano derecha, dio unos pasos y recogió el Colt de Dalmas de la mano del hombre del pelo amarillento. Lo observó, lo metió en un bolsillo lateral y lo sostuvo allí con la mano enguantada.
—En marcha —dijo con un movimiento de cabeza.
Salieron. Derek Walden se quedó mirándolos con aire triste.
El ascensor estaba vacío, con excepción del ascensorista. Bajaron en el entresuelo y atravesaron un salón en silencio, pasando ante una vidriera con luces detrás para dar el efecto de luz solar. Ricchio caminaba medio paso detrás de Dalmas, a su izquierda. El hombre del pelo amarillento marchaba a su derecha, casi encima de él.
Bajaron unos escalones alfombrados hasta una galería de tiendas de lujo, la atravesaron y salieron del hotel por la entrada lateral. Al otro lado de la calle estaba aparcado un pequeño sedán marrón. El hombre del pelo amarillento se puso al volante, se metió el revólver debajo de una pierna y puso en marcha el motor. Ricchio y Dalmas se instalaron detrás. Ricchio habló arrastrando las palabras:
—Al este por el bulevar, Noddy. Tengo que pensar.
Noddy gruñó.
—No fastidies —refunfuñó por encima del hombro—. Llevar a un tío por Wilshire a plena luz del día.
—Tú conduce, payaso.
El hombre del pelo amarillento volvió a gruñir. Separó el pequeño sedán de la acera, pero tuvo que detenerse un momento después en el semáforo del bulevar. Un taxi sin pasajeros se despegó de la acera oeste, cambió de sentido en medio de la manzana y se colocó detrás. Ya en verde, Noddy torció a la derecha y siguió adelante. El taxi hizo lo mismo. Ricchio le echó una mirada sin interés. Había mucho tráfico en Wilshire.
Dalmas se recostó en la tapicería y dijo, pensativo:
—¿Por qué Walden no ha avisado por teléfono cuando estábamos bajando?
Ricchio le sonrió. Se quitó el sombrero y se lo puso sobre las rodillas. A continuación, sacó la mano derecha del bolsillo y la metió bajo el sombrero con el revólver empuñado.
—No quería que nos enfadáramos con él, sabueso.
—Y deja que un par de chorizos me lleven de paseo.
—No es esa clase de paseo —dijo Ricchio con frialdad—. Te necesitamos para nuestro negocio. Y no somos chorizos, ¿vale?
Dalmas se frotó la mandíbula con dos dedos. Sonrió brevemente y dijo:
—¿Seguimos derecho por Robertson?
—Sí. Todavía estoy pensando —contestó Ricchio.
—¡Qué cerebro! —se burló el hombre del pelo amarillento.
Ricchio sonrió con la boca apretada y mostró unos dientes blancos y uniformes. Media manzana más adelante, el semáforo cambió a rojo. Noddy maniobró y se puso en primera línea en el cruce. El taxi vacío se colocó a su izquierda. No exactamente al mismo nivel. El conductor tenía el pelo rojo. Llevaba la gorra inclinada y silbaba animadamente con un palillo en la boca.
Dalmas colocó los pies contra el asiento y apoyó su peso en ellos. Apretó la espalda con fuerza contra el respaldo. El semáforo se puso verde y el sedán arrancó, pero tuvo que detenerse un momento para dejar paso a un coche que se metió torciendo deprisa a la izquierda. El taxi avanzó y el conductor pelirrojo se inclinó sobre el volante y lo giró de golpe hacia la derecha. Se oyó un ruido rechinante, lacerante. El guardabarros remachado del taxi se había metido bajo el guardabarros del sedán marrón y se había quedado encajado sobre su rueda delantera izquierda. Los dos coches se detuvieron con una sacudida.
Detrás de los dos coches sonaron airados e impacientes bocinazos.
El puño derecho de Dalmas chocó contra la mandíbula de Ricchio. Su mano izquierda se cerró sobre el revólver. Se lo arrebató mientras Ricchio se desplomaba en un rincón. La cabeza de Ricchio se bamboleaba. Los ojos se le abrían y cerraban intermitentemente. Dalmas se apartó de él deslizándose sobre el asiento y se guardó el Colt bajo el brazo.
Noddy estaba sentado completamente inmóvil en el asiento delantero. Su mano derecha se movió despacio hacia el revólver que tenía bajo el muslo. Dalmas abrió la puerta del sedán y salió, cerró la puerta, dio dos pasos y abrió la puerta del taxi. Se quedó de pie al lado del taxi mirando al hombre del pelo amarillento.
Las bocinas de los coches parados trompetearon con furia. El conductor del taxi estaba fuera, tirando de los dos coches con un gran despliegue de energía y sin ningún resultado. El palillo de dientes oscilaba de arriba abajo en su boca. Un policía motorizado con gafas de color ámbar sorteó el tráfico, examinó la situación con aire cansado y le hizo un gesto con la cabeza al taxista.
—Entre en su coche y retroceda —le aconsejó—. Discútanlo en algún otro sitio. Necesitamos este cruce.
El taxista sonrió y rodeó corriendo la parte delantera del taxi. Se metió dentro, lo puso en marcha y lo hizo retroceder con muchos toques de bocina y aspavientos de brazos. El coche se desenganchó. El hombre del pelo amarillento miraba con cara de palo desde el sedán. Dalmas entró en el taxi y cerró la puerta de un tirón.
El policía sacó un silbato y dio dos fuertes pitidos. Extendió los brazos de este a oeste. El sedán marrón atravesó el cruce como un gato perseguido por un perro policía.
El taxi fue detrás de él. Media manzana más allá, Dalmas se inclinó hacia delante y dio unos golpecitos en la mampara de vidrio.
—Deja que se vayan, Joey. No puedes alcanzarlos y no los necesito… Has hecho un buen trabajo de rutina.
El pelirrojo acercó la barbilla a la abertura de la mampara.
—Ya lo creo, jefe —dijo sonriendo—. Póngame a prueba algún día en un asunto serio.
2
El teléfono sonó a las cinco menos veinte. Dalmas estaba tumbado de espaldas en la cama. Estaba en su habitación del Merrivale. Extendió la mano hacia el teléfono sin mirarlo.
—¿Diga? —preguntó.
La voz de mujer era agradable y un poco tensa.
—Soy Mianne Crayle. ¿Se acuerda?
Dalmas se sacó un cigarrillo de entre los labios.
—Sí, señorita Crayle.
—Escuche. Por favor, vaya a ver a Derek Walden. Está preocupadísimo por algo y se está matando a copas. Hay que hacer algo.
Dalmas miró más allá del teléfono, al techo. La mano que sostenía el cigarrillo tamborileó en un lado de la cama. Habló despacio:
—No responde al teléfono, señorita Crayle. He intentado llamarle una o dos veces.
Hubo un breve silencio al otro lado de la línea. Después, la voz dijo:
—He dejado mi llave debajo de la puerta. Será mejor que entre directamente.
Los ojos de Dalmas se estrecharon. Los dedos de su mano derecha quedaron inmóviles.
—Voy ahora mismo, señorita Crayle —dijo despacio—. ¿Dónde puedo encontrarla a usted?
—No estoy segura… Puede que en casa de John Sutro. Pensábamos ir allí.
—Muy bien —dijo Dalmas.
Esperó el clic y después colgó y dejó el teléfono en la mesilla de noche. Se incorporó hasta quedar sentado en un lado de la cama y miró un haz de luz en la pared durante uno o dos minutos. Después se encogió de hombros y se puso de pie. Se terminó una bebida que había junto al teléfono, se puso el sombrero, bajó en el ascensor y entró en el segundo taxi de la fila que había fuera del hotel.
—Al Kilmarnock otra vez, Joey. Y deprisa.
En quince minutos llegaron allí.
El baile de la tarde había terminado y las calles alrededor del gran hotel eran una masa de coches que pugnaba por salir desde las tres entradas. Dalmas salió del taxi media manzana antes y se cruzó con grupos de ruborizadas jovencitas y sus acompañantes hasta llegar al portal de la entrada. Entró, subió los escalones hasta el entresuelo, cruzó el salón y se metió en un ascensor lleno de gente. Todos salieron antes de llegar a la última planta.
Dalmas tocó dos veces el timbre de Walden. A continuación, se agachó y miró debajo de la puerta. Había un hilillo de luz cortado por una obstrucción. Volvió la mirada hacia los indicadores de los ascensores y después se tiró al suelo y sacó algo de debajo de la puerta con la hoja de una navajita. Era una llave plana. Entró con ella… se detuvo… miró…
La muerte estaba en la gran habitación. Dalmas fue hacia ella despacio, andando sin hacer ruido, escuchando. Había un brillo duro en sus ojos grises, y el hueso de la mandíbula formaba una línea bien definida, más clara que el bronceado de su mejilla.
Derek Walden estaba hundido casi cómodamente en el sillón pardo y dorado. Tenía la boca medio abierta. En la sien derecha había un agujero ennegrecido. La sangre formaba un diseño como de encaje sobre ese costado de la cara y en el hueco del cuello, hasta el cuello blando de la camisa. La mano derecha estaba caída sobre el tupido pelo de la alfombra. Los dedos agarraban una pequeña automática negra.
La luz del día estaba empezando a desvanecerse en la habitación. Dalmas se quedó completamente inmóvil y miró a Derek Walden durante un largo rato. No se oía ningún sonido por ninguna parte. La brisa se había reducido a un soplo y los toldos estaban inmóviles fuera de los ventanales.
Dalmas sacó un par de guantes de ante fino de su bolsillo izquierdo y se los puso. Se arrodilló en la alfombra al lado de Walden y desprendió con cuidado la pistola de los dedos, que ya se estaban poniendo rígidos. Era una 32 con cachas de nogal y acabado negro. Le dio la vuelta y miró la culata. Apretó la boca. El número se había borrado, las marcas de la lima brillaban débilmente sobre el negro mate del acabado. Dejó la pistola sobre la alfombra y se puso de pie, caminó despacio hacia el teléfono que estaba en el extremo de una mesa, al lado de un florero chato con flores cortadas.
Extendió la mano hacia el aparato pero no lo tocó. Dejó caer la mano a un costado. Se quedó allí un momento, después dio media vuelta, volvió rápidamente sobre sus pasos y recogió la pistola. Sacó el cargador, expulsó el casquillo que había en la recámara, lo recogió y lo metió en el cargador. Con dos dedos de la mano izquierda hizo una pinza sobre el cañón. Echó hacia atrás el martillo, hizo girar el bloque de la recámara y desmontó la pistola. Llevó la culata a la ventana.
El número que estaba duplicado en el interior de la culata no había sido limado.
Volvió a montar el arma rápidamente, puso el casquillo vacío en la recámara, metió el cargador en su sitio, amartilló la pistola y la encajó de nuevo en la mano muerta de Derek Walden. Se quitó los guantes de ante y apuntó el número en un cuaderno.
Salió de la suite, bajó en el ascensor y dejó el hotel. Eran las cinco y media y algunos de los coches del bulevar habían encendido las luces.
3
El hombre rubio que abrió la puerta de la casa de Sutro lo hizo a conciencia. La puerta chocó contra la pared y el rubio quedó sentado en el suelo… con el picaporte todavía en la mano.
—¡Dios, un terremoto! —exclamó indignado.
Dalmas lo miró desde arriba sin que pareciera que le hacía gracia.
—¿Está aquí la señorita Mianne Crayle… si es que tiene idea de quién hay? —preguntó.
El rubio se levantó del suelo y empujó la puerta, alejándola de él. Se cerró con otro golpetazo. Habló con voz fuerte:
—Aquí está todo el mundo menos el gato del Papa… y se espera que venga.
Dalmas asintió.
—Debéis de tener una fiesta estupenda.
Atravesó el vestíbulo dejando atrás al rubio y torció bajo un arco para entrar en un gran salón de estilo anticuado, con armarios empotrados para la porcelana y un montón de muebles destartalados. En la habitación había siete u ocho personas y todas estaban enrojecidas por la bebida.
Una chica en pantalones cortos y polo verde jugaba a los dados en el suelo con un hombre vestido de etiqueta. Un hombre gordo con gafas de nariz hablaba en tono severo por un teléfono de juguete. Estaba diciendo «Conferencia con Sioux City… ¡y date un poco de prisa, hermana».
La radio tocaba «Sweet Madness» a todo volumen.
Dos parejas estaban bailando descuidadamente, chocando entre ellas y con los muebles. Un hombre que se parecía a Al Smith estaba bailando solo, con una copa en la mano y una expresión ausente en la cara. Una rubia alta, de cara pálida, agitó el brazo hacia Dalmas, derramando el licor de su copa.
—¡Cariño! ¡Qué sorpresa encontrarte aquí! —gritó.
Dalmas la esquivó y se dirigió hacia una mujer de color azafrán que acababa de entrar en la sala con una botella de ginebra en cada mano. Las dejó encima del piano y se apoyó en él con aire aburrido. Dalmas llegó hasta ella y le preguntó por la señorita Crayle.
La mujer de color azafrán sacó un cigarrillo de un paquete abierto que había sobre el piano.
—Afuera, en el patio —dijo sin entonación.
—Gracias, señora Sutro —dijo Dalmas.
Ella lo miró sin expresión. Él pasó bajo otro arco, a una sala a oscuras con muebles de mimbre. Una puerta llevaba a un porche acristalado, con otra puerta que daba a unos escalones. Por allí se bajaba a un sendero que ondulaba entre árboles poco definidos. Dalmas siguió el sendero hasta el borde de un risco de piedra que dominaba la parte iluminada de Hollywood. Al borde del risco había un banco de piedra. En él estaba sentada una mujer joven, de espaldas a la casa. La brasa de un cigarrillo brillaba en la oscuridad. La chica giró la cabeza despacio y se puso de pie.
Era pequeña, morena y de aspecto delicado. La boca se veía oscura debido al carmín, pero no había suficiente luz para verle la cara con claridad. Sus ojos estaban en sombras.
—Tengo un taxi afuera, señorita Crayle —dijo Dalmas—. ¿O ha traído usted su coche?
—No tengo coche. Vámonos. Esto es un asco, y no bebo ginebra.
Regresaron por el sendero y dieron la vuelta por un lado de la casa. Una puerta con un enrejado en lo alto los llevó a la acera, y siguieron la verja hasta donde esperaba el taxi. El conductor estaba apoyado en él con un tacón enganchado en el borde del estribo. Abrió la puerta del taxi. Entraron.
—Para en un drugstore para comprar cigarrillos, Joey —pidió Dalmas.
—Vale.
Joey se deslizó detrás del volante y arrancó. El taxi bajó una cuesta empinada y ondulante. Había un poco de humedad en la superficie del asfalto, y las fachadas de las tiendas devolvían el eco del sonido zumbante de los neumáticos.
Al cabo de un rato, Dalmas dijo:
—¿A qué hora dejó usted a Walden?
La chica habló sin volver la cabeza hacia él.
—A eso de las tres.
—Digamos que un poco más tarde, señorita Crayle. A las tres estaba vivo… y había alguien con él.
La chica hizo un sonido flojo y angustiado, como un sollozo contenido. Después habló con mucha suavidad:
—Ya lo sé, está muerto.
Alzó las manos enguantadas y se apretó las sienes.
—Desde luego —dijo Dalmas—. No seamos más mentirosos de lo necesario. Puede que tengamos que serlo… bastante.
Ella habló muy despacio, en voz baja:
—Cuando fui allí ya estaba muerto.
Dalmas asintió. No la miró. El taxi siguió adelante y al cabo de un rato se paró delante de un drugstore que hacía esquina. El conductor se volvió en su asiento y miró hacia atrás. Dalmas dirigió sus ojos hacia él, pero le hablaba a la chica.
—Debería haberme dicho más por teléfono. Podría haberme metido en un lío de mil demonios. Puede que ya esté metido en un lío de mil demonios.
La chica se inclinó hacia delante y empezó a caer. Dalmas extendió un brazo a toda prisa y la sujetó. La empujó suavemente contra el respaldo. La cabeza de la chica se bamboleaba sobre los hombros y la boca era como un tajo oscuro en la cara blanca como una piedra. Dalmas la sujetó por los hombros con un brazo y le tomó el pulso con la mano libre. Habló bruscamente, muy serio:
—Vamos al Carli’s, Joey. Olvídate de los cigarrillos. Esta chica necesita un trago… y deprisa.
Joey puso en marcha el coche y pisó el acelerador.
4
El Carli’s era un club pequeño, situado al extremo de un pasaje, entre una tienda de artículos deportivos y una biblioteca pública. Había una puerta de rejilla, y detrás un hombre que ya había renunciado a dar la impresión de que le importaba quién entrara.
Dalmas y la chica se sentaron en un pequeño reservado con asientos duros y cortinas verdes plegadas. Entre los reservados había paneles de separación altos. Al otro lado del local había una barra larga, y en la punta una gran máquina tocadiscos. De vez en cuando, si no había suficiente ruido, el camarero de la barra echaba una moneda en la máquina.
El camarero puso dos copitas de brandy en la mesa y Mianne Crayle se bebió la suya de un trago. En sus ojos ensombrecidos apareció un poco de luz. Se quitó un guante blanco y negro de la mano derecha y jugueteó con los dedos vacíos del guante, mirando fijamente la mesa. Al cabo de un rato, el camarero volvió con un par de vasos altos de brandy.
Cuando se hubo marchado, Mianne Crayle empezó a hablar en voz baja pero clara, sin levantar la cabeza.
—Yo no fui la primera de sus mujeres, por varias docenas. Y no habría sido la última, por otras tantas más. Pero tenía su lado decente. Y lo crea o no, no me pagaba el alquiler de mi piso.
Dalmas asintió sin decir nada. La chica siguió hablando sin mirarlo:
—Era un cabrón en muchos aspectos. Cuando estaba sobrio, le entraba la pena negra. Cuando estaba colocado, era despreciable. Cuando estaba en el punto justo, era un tipo bastante agradable, además de ser el mejor director obsceno de Hollywood. Podía colar más material sexual ante las narices de la oficina Hays que otros tres tíos juntos.
Dalmas habló sin expresión:
—Iba para abajo. Las guarrerías están pasadas de moda y eso era lo único que sabía hacer.
La chica lo miró brevemente, bajó de nuevo los ojos y bebió un poco. Sacó un pañuelo diminuto del bolsillo de su chaqueta deportiva y se tocó con él los labios.
La gente que estaba al otro lado del panel de separación estaba haciendo muchísimo ruido. Mianne Crayle dijo:
—Comimos en la terraza. Derek estaba borracho y dispuesto a emborracharse más. Tenía algo en la cabeza. Algo que le preocupaba muchísimo.
Dalmas sonrió levemente.
—Puede que fueran los veinte mil que alguien estaba intentando sacarle… ¿o no sabía usted eso?
—Podría haber sido eso. Derek era un poco agarrado con el dinero.
—El licor le salía muy caro —dijo Dalmas secamente—. Y ese yatecito con el que le gustaba jugar… al otro lado de la frontera.
La chica alzó la cabeza con una rápida sacudida. Había brillantes luces de dolor en sus ojos oscuros. Habló muy despacio:
—Compraba todo su licor en Ensenada y lo transportaba él mismo. Tenía que tener cuidado… con toda la cantidad que guardaba.
Dalmas asintió. Una sonrisa fría jugueteó en las comisuras de su boca. Se terminó la bebida y se llevó un cigarrillo a la boca, palpó en un bolsillo en busca de una cerilla. El cerillero de la mesa estaba vacío.
—Termine su historia, señorita Crayle —dijo.
—Subimos al apartamento. Sacó dos botellas más y dijo que iba a emborracharse de verdad… Después discutimos… Yo ya no podía soportar aquello. Me marché. Cuando llegué a casa empecé a preocuparme por él. Le llamé, pero no respondía al teléfono. Finalmente, volví… y entré con mi llave… y estaba muerto en el sillón.
Después de un momento, Dalmas preguntó:
—¿Por qué no me contó nada de eso por teléfono?
Ella juntó las dos manos con fuerza y dijo en voz muy baja:
—Tenía un miedo terrible… Y había algo… que no cuadraba.
Dalmas echó la cabeza atrás, la apoyó en la partición y miró a la chica con los ojos medio cerrados.
—Es un viejo truco —explicó ella—. Casi me da vergüenza sacarlo a relucir. Derek Walden era zurdo. Yo tendría que saberlo, ¿no?
Dalmas habló también entre susurros:
—Lo tendría que haber sabido mucha gente… pero es posible que uno de ellos se descuidara.
Miró el guante vacío de Mianne Crayle, que ella retorcía entre los dedos.
—Walden era zurdo —repitió Dalmas despacio—. Eso significa que no se suicidó. La pistola estaba en la otra mano. No había señales de lucha y el agujero en su sien tenía quemaduras de pólvora, y parecía que el tiro le había dado en el ángulo correcto. Es decir, que quien lo mató era alguien que podía entrar allí y acercarse a él. O bien estaba tan borracho que no podía moverse, y en ese caso, el asesino tenía que tener una llave.
Mianne Crayle apartó el guante y se retorció las manos.
—No lo diga más claro —dijo con aspereza—. Ya sé que la policía pensará que lo hice yo. Pues yo no he sido. Yo quería al pobre idiota. ¿Le sorprende?
—Usted podría haberlo hecho, señorita Crayle —dijo Dalmas sin emoción—. Ellos van a pensar eso, ¿verdad? Y usted podría ser lo bastante lista para actuar como ha actuado después. También pensarán eso.
—Eso no sería ser lista —replicó ella en tono amargo—. Solo listilla.
Dalmas soltó una risa cruel.
—¡La asesina listilla! No está mal. —Se pasó los dedos por el encrespado pelo—. No, no creo que se lo podamos cargar a usted… y quizá los polis no sepan que era zurdo… hasta que alguien más tenga ocasión de averiguar cosas.
Se inclinó un poco sobre la mesa y puso las manos en el borde como para levantarse. Sus ojos se concentraron pensativos en el rostro de ella.
—Hay un hombre en la Jefatura que podría echarme una mano. Es un poli de los buenos, pero es viejo y le importa un pepino la publicidad. Puede que si viene usted conmigo para que él la vea y escuche su historia, pueda silenciar el caso unas horas y mantener alejada a la prensa.
La miró inquisitivamente. Ella se puso el guante y dijo en voz baja:
—Vamos.
5
Cuando se cerraron las puertas del ascensor del Merrivale, el hombre corpulento bajó el periódico que tenía delante de la cara y bostezó. Se levantó despacio de la butaca del rincón y caminó perezosamente por el pequeño y tranquilo vestíbulo. Se escurrió dentro de la última cabina de teléfono de una hilera. Echó una moneda en la ranura y marcó con un índice grueso, formando el número con los labios.
Después de una pausa se acercó al aparato y dijo:
—Soy Denny. Estoy en el Merrivale. Nuestro hombre acaba de llegar.
Tenía una voz pesada y algo gutural. Escuchó la voz del otro lado, asintió y colgó sin decir nada más. Salió de la cabina y cruzó hacia los ascensores. Por el camino, tiró una colilla de puro en un recipiente lleno de arena blanca.
En el ascensor dijo «Diez» y se quitó el sombrero. Tenía el pelo negro y liso, húmedo por el sudor; la cara ancha y plana, y los ojos pequeños. Llevaba la ropa sin planchar, pero no gastada. Era agente de seguridad de los estudios y trabajaba para Eclipse Films.
Salió en la décima planta y recorrió un pasillo en penumbra, dobló una esquina y llamó a una puerta. Sonaron pasos por dentro. La puerta se abrió. La abrió Dalmas.
El grandullón entró, tiró su sombrero con naturalidad encima de la cama y se sentó en una butaca junto a la ventana sin que lo invitaran a hacerlo.
—Hola, chaval —saludó—. Me han dicho que necesitas ayuda.
Dalmas lo miró un momento sin responder. Después dijo despacio, frunciendo el ceño:
—Es posible… para un seguimiento. Pedí a Collins. Me pareció que tú serías muy fácil de ver.
Dio media vuelta y entró en el cuarto de baño. Salió con dos vasos. Mezcló las bebidas sobre el escritorio y le ofreció una. El grandullón bebió, chasqueó los labios y dejó el vaso en el alféizar de la ventana abierta. Sacó un puro corto y grueso del bolsillo del chaleco.
—Collins no estaba. Y yo estaba contándome los dedos, así que el gran jefe me dio el trabajo. ¿Hay que andar mucho?
—No lo sé. Probablemente no —respondió Dalmas en tono indiferente.
—Si hay que seguir en coche, estoy listo. He traído mi pequeño cupé.
Dalmas cogió su vaso y se sentó en el costado de la cama. Miró al grandullón con una leve sonrisa. Este mordió la punta de su puro y la escupió.
Después se inclinó y recogió el trozo, lo estudió y lo tiró por la ventana.
—Hace buena noche. Un poco calurosa para esta época del año —dijo.
—¿Conoces bien a Derek Walden, Denny? —preguntó Dalmas despacio.
Denny miró por la ventana. Había una especie de neblina en el cielo y el resplandor de un letrero de neón detrás de un edificio cercano parecía un incendio.
—Lo que se dice conocerle, no —dijo—. Lo he visto por ahí. Sé que es uno de los tipos que ganan más dinero en el estudio.
—Entonces no te caerás al suelo si te digo que ha muerto —dijo Dalmas en tono uniforme.
Denny giró despacio la cabeza. El puro, aún sin encender, se movió de arriba abajo en su amplia boca. Parecía ligeramente interesado.
Dalmas continuó:
—Es un caso curioso, Denny. Una pandilla de chantajistas se lo estaba trabajando. Aparentemente estaban molestos con él. Y está muerto… con un agujero en la cabeza y una pistola en la mano. Ha ocurrido esta tarde.
Denny abrió un poco más sus pequeños ojos. Dalmas bebió un sorbo y apoyó el vaso en el muslo.
—Su amiguita lo ha encontrado. Tenía una llave de su apartamento en el Kilmarnock. Walden solo tenía un chico japonés como servicio y tenía el día libre. La chica no se lo ha contado a nadie. Ha salido pitando y me ha llamado a mí. Yo he ido allá… Tampoco se lo he contado a nadie.
El grandullón dijo muy despacio:
—¡Por el amor de Dios! Los polis se te echarán encima y te lo cargarán a ti. No puedes salir bien de una cosa así.
Dalmas lo miró y después giró la cabeza y miró un cuadro de la pared. Habló en tono frío:
—Lo estoy haciendo… y tú me ayudarás. Tenemos un trabajo y una organización jodidamente poderosa detrás. Hay un montón de pasta en juego.
—¿Cómo lo ves tú? —preguntó Denny muy serio. No parecía complacido.
—La chica no cree que Walden se haya suicidado, Denny. Yo tampoco, y tengo una especie de pista. Pero hay que trabajar deprisa, porque la pista es tan buena para la policía como para nosotros. No esperaba poder seguirla ahora mismo, pero me han dado un respiro.
—Oye, oye —dijo Denny—. No seas tan listo. Yo pienso despacio.
Rascó una cerilla y encendió el puro. La mano le temblaba un poco.
—No es de listos —replicó Dalmas—. Es más bien de tontos. La pistola que mató a Walden estaba limada. Pero la he desmontado y el número de dentro estaba intacto. Y la policía tiene el número, entre las licencias especiales.
—Y simplemente has ido allí, has preguntado y te lo han dicho —dijo Denny muy serio—. Y cuando encuentren a Walden e identifiquen la pistola, se limitarán a pensar que fue un bonito detalle por tu parte adelantarte.
Hizo un sonido ronco con la garganta.
—Tómatelo con calma, muchacho —dijo Dalmas—. El tipo que ha hecho la averiguación es de confianza. No tengo que preocuparme por eso.
—¡Y una mierda que no! ¿Y qué hacía un tío como Walden con una pistola limada? Eso es un delito.
Dalmas se terminó la bebida y llevó el vaso vacío al escritorio. Sacó la botella de whisky. Denny negó con la cabeza. Parecía muy disgustado.
—Aunque tuviera la pistola, puede que no supiera eso, Denny. Y también es posible que la pistola no fuera suya. Si era la del asesino, entonces ese asesino es un aficionado. Un profesional no usaría esa clase de arma.
El grandullón habló despacio:
—Vale, ¿qué has averiguado sobre la pistola?
Dalmas volvió a sentarse en la cama. Sacó del bolsillo un paquete de cigarrillos, encendió uno y se inclinó hacia delante para tirar la cerilla por la ventana abierta.
—La licencia —dijo— se concedió hace un año a un periodista del Press-Chronicle llamado Dart Burwand. Al tal Burwand lo liquidaron en abril pasado, en la entrada de la estación de Arcade. Intentaba marcharse de la ciudad, pero no le dio tiempo. El caso no se ha resuelto, pero se sospecha que el tal Burwand estaba metido en algún asunto sucio, como el asesinato de Lingle en Chi, y que intentó sacarle pasta a uno de los peces gordos. Al pez gordo no le hizo gracia la idea, y fuera Burwand.
El grandullón estaba respirando con fuerza. Había dejado que su puro se apagara. Dalmas lo miró seriamente mientras hablaba.
—De eso me he enterado por Westfalls, del Press-Chronicle —dijo—. Es amigo mío. Y hay más. Probablemente, esa pistola se la devolvieron a la mujer de Burwand. Todavía vive aquí, en North Kenmore. Ella podría decirme qué hizo con la pistola… y también podría estar metida en algún asunto, Denny. En ese caso, no me contará nada, pero después de que hable con ella es posible que ella haga algunos contactos de los que nosotros deberíamos enterarnos. ¿Captas la idea?
Denny encendió otra cerilla y la arrimó al extremo del puro. Su voz sonó pastosa:
—¿Qué hago yo? ¿Seguir a la tía después de que le des la idea acerca de la pistola?
—Exacto.
El grandullón se puso de pie y fingió bostezar.
—Se puede hacer —gruñó—. Pero ¿por qué andar tan callados con lo de Walden? ¿Por qué no dejamos que la poli lo resuelva? Nos vamos a ganar un montón de malas notas en Jefatura.
—Hay que correr ese riesgo —respondió Dalmas despacio—. No sabemos lo que tenían los chantajistas para apretar a Walden, y el estudio puede perder demasiado dinero si sale en la investigación y aparece en primera plana en todo el país.
—Hablas como si Walden fuera Valentino —dijo Denny—. Joder, el tío no era más que un director. Lo único que tienen que hacer es quitar su nombre de un par de películas sin estrenar.
—Ellos piensan de otra manera —dijo Dalmas—. Pero puede que sea porque no han hablado contigo.
—Vale —atajó Denny bruscamente—. Aunque yo habría dejado que la amiguita cargara con el muerto. La poli solo quiere un culpable, nada más.
Se acercó a la cama para recoger el sombrero y se lo encajó en la cabeza.
—Genial —dijo en tono amargo—. Tenemos que averiguarlo todo antes de que la poli sepa siquiera que Walden está muerto. —Hizo un gesto con una mano y rio sin alegría—. Como en las películas.
Dalmas guardó la botella de whisky en el cajón del escritorio y se puso el sombrero. Abrió la puerta y se hizo a un lado para que Denny saliera. Apagó las luces.
Eran las nueve menos diez.
6
La rubia alta miró a Dalmas con unos ojos verdosos de pupilas muy pequeñas. Él entró rápidamente, sin que pareciera que se movía deprisa. Cerró la puerta empujándola con el codo.
—Soy detective… privado, señora Burwand —dijo—. Estoy intentando encontrar una pequeña información que tal vez usted conozca.
—Me llamo Dalton —dijo la rubia—. Helen Dalton. Olvídese de eso de Burwand.
Dalmas sonrió y dijo:
—Perdone. Debería haberlo sabido.
La rubia se encogió de hombros y se alejó de la puerta. Se sentó en el borde de una butaca que tenía una quemadura de cigarrillo en un brazo. Estaban en un cuarto de estar de un apartamento amueblado, con un montón de cachivaches de grandes almacenes esparcidos por todas partes. Había dos lámparas de pie encendidas, cojines con volantes en el suelo, una muñeca francesa despatarrada contra la base de una lámpara y una fila de novelas cursis en la repisa de la chimenea de gas.
Dalmas habló educadamente, balanceando el sombrero.
—Se trata de una pistola que perteneció a Dart Burwand. Ha aparecido en un caso en el que estoy trabajando. Estoy intentando seguirle la pista… desde que la tuvo usted.
Helen Dalton se rascó la parte superior del brazo. Tenía unas uñas de más de un centímetro. Habló con aspereza:
—No tengo ni idea de lo que está usted hablando.
Dalmas la miró y se apoyó en la pared. Su voz se volvió cortante.
—Tal vez recuerde que estuvo casada con Dart Burwand, y que lo mataron en abril del año pasado… ¿O es algo demasiado remoto?
La rubia se mordió un nudillo y dijo:
—Va de listo, ¿eh?
—No, a menos que sea necesario. Pero no se quede dormida por ese último pinchazo en el brazo.
Helen Dalton se puso muy tiesa de pronto. Toda la vaguedad había desaparecido de su expresión. Habló entre los labios apretados:
—¿Qué es esa historia de la pistola?
—Que ha matado a un tío, nada más —dijo Dalmas sin darle importancia.
Ella lo miró y al cabo de un momento dijo:
—Estaba sin blanca. La empeñé. Nunca la recuperé. Tenía un marido que ganaba sesenta pavos a la semana, pero que no se gastaba ni uno en mí. Nunca tuve un céntimo.
Dalmas asintió.
—¿Recuerda la tienda de empeños donde la dejó? —preguntó—. O mejor todavía, ¿tiene el recibo?
—No. Fue en Main. La calle está llena de tiendas de empeños. Y no tengo el recibo.
—Me lo temía —dijo Dalmas.
Cruzó la habitación con paso lento, miró los títulos de algunos de los libros de la repisa. Siguió andando y se paró delante de un pequeño escritorio con tapa corredera. Encima había una foto con marco de plata. Dalmas estuvo mirándola un buen rato. Se volvió despacio.
—Es una pena lo de la pistola, Helen. Una personalidad muy importante ha sido liquidada con ella esta tarde. El número de fuera estaba limado. Si usted la empeñó, es de suponer que algún maleante la compró en la tienda de empeños, aunque un maleante no limaría un arma de esa manera. Sabría que había otro número dentro. Así que no fue un delincuente… y el hombre al que se la encontraron no era de los que compran un arma en una tienda de empeños.
La rubia se puso en pie despacio. Manchas rojas le ardían en las mejillas. Tenía los brazos rígidos a los costados y resoplaba al respirar. Habló despacio, con esfuerzo:
—No te pongas chulo conmigo, sabueso. No quiero saber nada de ningún asunto de la policía. Tengo algunos buenos amigos que se preocupan por mí. Más vale que te largues.
Dalmas miró hacia la foto enmarcada del escritorio y dijo:
—Johnny Sutro no debería dejar su jeta así como así en el apartamento de una chica. Alguien podría pensar que está engañando a su mujer.
La rubia cruzó la habitación con las piernas rígidas y metió bruscamente la foto en el cajón del escritorio. Lo cerró de golpe y lo cubrió con sus caderas.
—Estás metiendo la pata, sabueso. Ese no se llama Sutro. ¿Quieres marcharte, por el amor de Dios?
Dalmas soltó una risa desagradable.
—Te he visto en casa de Sutro esta tarde. Estabas tan borracha que no te acuerdas.
Parecía que la rubia fuera a saltar sobre él. Pero se contuvo, rígida. Una llave giró en la puerta de la habitación. Se abrió y entró un hombre. Se quedó parado nada más pasar por la puerta y la cerró muy despacio. Llevaba la mano derecha metida en el bolsillo de un abrigo ligero de mezclilla. Tenía la piel morena, los hombros anchos, la cara angulosa, con la nariz y la barbilla afiladas.
Dalmas lo miró muy tranquilo y dijo:
—Buenas noches, concejal Sutro.
El hombre miró más allá de Dalmas, a la chica. Ni se fijó en él. La chica dijo, temblando:
—Este tío dice que es detective. Me está haciendo un tercer grado sobre una pistola que dice que yo tenía. Échale, ¿quieres?
—Un detective, ¿eh? —dijo Sutro.
Pasó de largo ante Dalmas sin mirarlo. La rubia retrocedió alejándose del concejal y cayó en una butaca. Su cara adquirió un aspecto pastoso, había miedo en sus ojos. Sutro la miró desde arriba durante un momento, y después se volvió y sacó del bolsillo una pequeña automática. La empuñó sin ganas, apuntando al suelo.
—No tengo mucho tiempo —dijo.
—Ya me iba —dijo Dalmas, acercándose a la puerta.
—Oigamos primero la historia —dijo Sutro, cortante.
—Claro —dijo Dalmas.
Se movió ágilmente, sin prisa, y abrió la puerta de par en par. El brazo armado de Sutro se levantó.
—No sea tonto —dijo Dalmas—. No puede empezar nada aquí, y lo sabe.
Los dos hombres se miraron. Al cabo de uno o dos segundos, Sutro guardó la pistola en el bolsillo y se humedeció los finos labios. Dalmas dijo:
—La señorita Dalton tuvo hace tiempo una pistola que ha matado a un hombre… hace poco. Pero hace mucho que no la tiene. Eso es todo lo que quería saber.
Sutro asintió despacio. Había una expresión peculiar en sus ojos.
—La señorita Dalton es amiga de mi mujer —dijo fríamente—. No quisiera que la molestaran.
—Eso está bien, no le gustaría —dijo Dalmas—. Pero un detective legítimo tiene derecho a hacer preguntas legítimas. No he entrado aquí a la fuerza.
Sutro lo miró con detenimiento.
—Está bien, pero tenga cuidado con mis amigos. Tengo influencias en esta ciudad y podría perjudicarlo.
Dalmas asintió. Salió tranquilamente por la puerta y la cerró. Escuchó un momento. No le llegó ningún sonido de dentro. Se encogió de hombros y recorrió el pasillo, bajó tres escalones y cruzó un pequeño portal que no tenía centralita de teléfono. Una vez fuera del edificio de apartamentos, miró a lo largo de la calle. Era un distrito residencial y había coches aparcados calle arriba y calle abajo. Se dirigió hacia las luces del taxi que estaba esperándolo.
Joey, el conductor pelirrojo, estaba de pie en el bordillo de la acera, delante del vehículo. Estaba fumando un cigarrillo, mirando al otro lado de la calle, aparentemente a un cupé grande y oscuro que estaba aparcado con el lado izquierdo hacia la acera. Antes de que Dalmas llegara a él, tiró el cigarrillo y salió a su encuentro. Habló deprisa.
—Escuche, jefe. Le he echado el ojo al tipo de ese Cad…
Una pálida llamarada estalló en duros trazos por encima de la puerta del cupé. Un arma tableteó resonando entre los edificios de una y otra acera. Joey cayó contra Dalmas. El cupé se puso en marcha con una súbita sacudida. Dalmas cayó de lado, sobre una rodilla, con el conductor agarrado a él. Intentó sacar su arma, pero no lo consiguió. El cupé dobló la esquina con un chirrido de neumáticos y Joey cayó al suelo y rodó hasta quedar de espaldas sobre la acera. Agitó las manos arriba y abajo sobre el cemento y de lo más profundo de su interior salió un sonido ronco y angustiado.
Hubo un nuevo chirrido de neumáticos, y Dalmas se puso en pie de un salto, llevándose la mano a la axila izquierda. Se tranquilizó cuando un coche pequeño patinó y se detuvo. De él salió Denny corriendo hacia ellos.
Dalmas se inclinó sobre el taxista. La luz de las farolas que flanqueaban la entrada a la casa de apartamentos dejaba ver sangre en la pechera de la chaqueta de trencilla de Joey, sangre que se filtraba a través del tejido. Los ojos de Joey se abrían y se cerraban como los de un pájaro moribundo.
—Es inútil seguir a ese autobús —dijo Denny—. Demasiado rápido.
—Busca un teléfono y llama a una ambulancia —dijo Dalmas muy deprisa—. El chico está malherido. Después, sigue a la rubia.
El grandullón volvió corriendo a su coche, se metió dentro de un salto y dobló la esquina a toda velocidad. Una ventana se abrió en alguna parte y un hombre gritó hacia la calle. Algunos coches se detuvieron.
Dalmas se inclinó sobre Joey y murmuró:
—Ten calma, viejo… Tranquilo, chico… Tranquilo.
7
El teniente de Homicidios se llamaba Weinkassel. Tenía el pelo rubio y fino, los ojos azules y gélidos y un montón de marcas de viruela. Estaba sentado en una silla giratoria con los pies en el borde de un cajón abierto y un teléfono cerca del codo. La habitación olía a polvo y colillas de puro.
Un hombre llamado Lonergan, un poli corpulento de pelo gris y bigote gris, estaba de pie cerca de una ventana abierta, mirando el exterior con aire aburrido.
Weinkassel masticó una cerilla y miró a Dalmas, que estaba frente a él, al otro lado del escritorio.
—Más vale que hables un poco —dijo—. El taxista no puede. Te ha ido bien en esta ciudad y no querrás echarlo todo a rodar.
—Es duro. No hablará —dijo Lonergan sin volverse para hablar.
—Con un poco menos de tu cháchara iríamos más lejos, Lonnie —dijo Weinkassel con voz muerta.
Dalmas sonrió levemente y frotó la palma de la mano contra un costado del escritorio. Hizo un sonido rechinante.
—¿Qué quieren que les cuente? —preguntó—. Estaba oscuro y no pude ver al hombre que había detrás del arma. El coche era un Cadillac cupé, sin luces. Ya se lo he dicho, teniente.
—Es que no escucho —gruñó Weinkassel—. Aquí hay algo raro. Tienes que tener alguna de idea de quién ha podido ser. Es casi seguro que los tiros eran para ti.
—¿Por qué? —dijo Dalmas—. Le dieron al taxista y no a mí. Esos chicos se mueven mucho por ahí. Alguno de ellos puede estar a mal con algún tipo duro.
—Como tú —dijo Lonergan, y siguió mirando por la ventana.
Weinkassel frunció el ceño hacia la espalda de Lonergan y dijo con paciencia:
—El coche estaba fuera mientras tú estabas dentro. El taxista estaba fuera. Si el de la pistola hubiera ido a por él, no habría tenido que esperar a que salieras.
Dalmas extendió las manos y se encogió de hombros.
—¿Es que piensan que sé quién ha sido, muchachos?
—No exactamente. Pero creemos que podrías darnos algunos nombres para ir comprobando. ¿A quién fuiste a ver en aquellos apartamentos?
Dalmas se quedó callado. Lonergan se apartó de la ventana, se sentó en el extremo del escritorio y balanceó las piernas. Había una sonrisa cínica en su rostro plano.
—Vamos, habla, nene —dijo en tono animado.
Dalmas inclinó la silla hacia atrás y se metió las manos en los bolsillos. Miró especulativamente a Weinkassel, haciendo caso omiso del policía del pelo gris, como si no existiera.
Habló despacio:
—Estaba allí por un asunto de un cliente. No pueden obligarme a hablar de eso.
Weinkassel se encogió de hombros y lo miró fríamente. Después se sacó la cerilla masticada de la boca, miró el extremo aplanado y la tiró.
—Pues a mí me da que tu asunto tenía algo que ver con los tiros —dijo en tono sombrío—. Y entonces el secreto profesional no valdría, ¿verdad?
—Es posible —respondió Dalmas—. Si es así como van a ir las cosas. Pero deberían darme la oportunidad de hablar con mi cliente entonces.
—De acuerdo —dijo Weinkassel—. Tienes hasta por la mañana. Después, pones las cartas sobre la mesa.
Dalmas asintió y se puso de pie.
—Me parece justo, teniente.
—Guardar el secreto es lo único que saben hacer los detectives aficionados —dijo Lonergan en tono áspero.
Dalmas saludó a Weinkassel con una inclinación de cabeza y salió del despacho. Recorrió un pasillo sombrío y subió una escalera hasta la planta baja. Una vez fuera del edificio municipal, bajó un largo tramo de escalones de hormigón y cruzó Spring Street hasta donde tenía aparcado un Packard deportivo azul, no muy nuevo. Entró, dobló la esquina, atravesó el túnel de la calle Segunda, avanzó una manzana más y torció al oeste. Mientras conducía, iba mirando el retrovisor.
En Alvarado entró en un drugstore y llamó a su hotel. El empleado le dio un número al que tenía que llamar. Llamó y oyó la voz profunda de Denny al otro extremo de la línea.
—¿Dónde estabas? —preguntó Denny en tono urgente—. Tengo a la tía aquí en mi casa. Ven aquí y haremos que nos cuente lo que quieres saber.
Dalmas se quedó mirando a través del cristal de la cabina telefónica sin ver nada. Después de una pausa, dijo despacio:
—¿La rubia? ¿Cómo es eso?
—Es toda una historia, chico. Ven y te la contaré. Livesay Sur, 1454. ¿Sabes dónde es?
—Tengo un plano. Lo encontraré —dijo Dalmas en el mismo tono.
Denny le explicó cómo llegar con bastante detalle. Después dijo:
—Date prisa. Ahora está dormida, pero puede despertarse y empezar a chillar que la matan.
—Ahí donde vives, no creo que importe mucho —dijo Dalmas—. Ahora mismo voy, Denny.
Colgó y volvió al coche. Sacó de la guantera una botella de bourbon y bebió un largo trago. Acto seguido, arrancó y condujo hacia Fox Hills. Por el camino se detuvo dos veces y se quedó inmóvil en el coche, pensando. Pero las dos veces volvió a arrancar.
8
Después de pasar Pico, la carretera tenía una desviación que discurría por onduladas colinas entre dos campos de golf. Seguía el borde de uno de ellos, con una alta cerca de malla de alambre separándolos. Había casitas por aquí y por allá, esparcidas por las laderas. Después de un rato, la vía se metía en una hondonada con una única casita, justo enfrente del campo de golf.
Dalmas pasó ante ella y aparcó debajo de un eucalipto gigante que dibujaba una oscura sombra en la superficie de la carretera, iluminada por la luz de la luna. Salió y retrocedió a pie, tomando un sendero de cemento que llevaba a la casa. Era ancha y baja, y tenía ventanas de casa rural en la fachada. Crecían arbustos hasta la mitad de las rejillas. Dentro había una luz débil, y por las ventanas abiertas salía el sonido de una radio a volumen bajo.
Una sombra se movió al otro lado de las rejillas y se abrió la puerta delantera. Dalmas entró en un cuarto de estar que ocupaba toda la parte de delante. Una bombilla pequeña lucía en una lámpara, y el dial de la radio brillaba. Un poco de luz de luna entraba en la habitación.
Denny estaba sin chaqueta y tenía las mangas de la camisa arremangadas sobre sus grandes brazos.
—La tipa sigue dormida —dijo—. La despertaré cuando te haya contado cómo la he traído aquí.
—¿Seguro que no os han seguido? —preguntó Dalmas.
—Ni la menor posibilidad —dijo Denny barriendo el aire con una mano enorme.
Dalmas se sentó en un sillón de mimbre en un rincón, entre la radio y el final de la fila de ventanas. Dejó el sombrero en el suelo, sacó la botella de bourbon y la miró con aire insatisfecho.
—Dame algo bueno de beber, Denny. Estoy muerto de cansancio. No he cenado nada.
—Tengo un poco de martell tres estrellas —dijo Denny—. Ahora mismo vuelvo.
Salió de la habitación y se encendió una luz en la parte de atrás de la casa. Dalmas dejó la botella en el suelo, al lado del sombrero, y se frotó la frente con dos dedos. Le dolía la cabeza. Al cabo de un rato, se apagó la luz en la parte de atrás y Denny volvió con dos vasos altos.
El brandy sabía limpio y fuerte. Denny se sentó en otro sillón de mimbre. Parecía muy grande y muy oscuro en la habitación a media luz. Empezó a hablar despacio, con su voz ronca:
—Parece cosa de locos, pero ha funcionado. Cuando los polis han dejado de rondar por allí, he aparcado en el callejón y he entrado por detrás. Sabía cuál era el apartamento de la chica, pero no la había visto. Se me ha ocurrido contarle algún cuento y ver cómo reaccionaba. He llamado a su puerta, pero no ha respondido. La oía moverse por dentro, y al cabo de un minuto ha marcado un teléfono. He vuelto por el pasillo y he probado la puerta de servicio. Se ha abierto y he entrado. Se cerraba con uno de esos cierres de tuerca que se pasan de rosca y no se cierran cuando uno cree que están cerrados.
Dalmas asintió y dijo:
—Me hago una idea, Denny.
El grandullón bebió de su vaso y se frotó el labio inferior con el borde. Siguió hablando:
—Estaba telefoneando a un tipo llamado Gayn Donner. ¿Lo conoces?
—He oído hablar de él —respondió Dalmas—. Así que tiene esa clase de contactos.
—Lo tuteaba y parecía muy cabreada —dijo Denny—. Por eso he sabido con quién hablaba. Donner tiene un local en Mariposa Canyon Drive, el club Mariposa. Habrás oído a su banda por la radio, Hank Munn and his Boys.
—La he oído, Denny —dijo Dalmas.
—Vale. Cuando ha colgado, me he acercado a ella. Parecía drogada, se movía de un modo raro, no parecía enterarse de lo que estaba pasando. He echado un vistazo y en un escritorio había una foto de John Sutro, el concejal. Lo he utilizado para mi plan. Le he dicho que Sutro quería que se escondiera durante algún tiempo, y que yo era uno de sus muchachos, que tenía que venir conmigo. Se lo ha tragado. Por absurdo que parezca. Quería beber algo. Le he dicho que tenía bebida en el coche. Se ha puesto el sombrero y el abrigo.
—Así de fácil, ¿eh? —dijo Dalmas en voz baja.
—Sí —respondió Denny. Se terminó la bebida y dejó el vaso en cualquier sitio—. En el coche le he dado el biberón para mantenerla tranquila y hemos llegado aquí. Se ha quedado dormida y eso es todo. ¿Qué te parece? ¿Han estado duros en Jefatura?
—Bastante duros —dijo Dalmas—. No les he engañado mucho.
—¿Algo sobre la muerte de Walden?
Dalmas negó despacio con la cabeza.
—Parece que el chico japonés aún no ha vuelto a casa, Denny.
—¿Quieres hablar con la chica?
La radio estaba tocando un vals. Dalmas lo escuchó un momento antes de responder. Después habló con voz cansada:
—Supongo que eso es a lo que he venido.
Denny se levantó y salió de la habitación. Se oyó una puerta que se abría y voces amortiguadas.
Dalmas sacó su revólver de la sobaquera y lo colocó en el sillón, al lado de la pierna.
La rubia se tambaleó un poco excesivamente al entrar. Miró a su alrededor, soltó una risita e hizo movimientos imprecisos con sus largas manos. Parpadeó al ver a Dalmas, estuvo un momento balanceándose de pie y después se dejó caer en el sillón en el que había estado sentado Denny. El grandullón se quedó cerca de ella, apoyado en una mesa pegada a la pared interior.
—Mi viejo amigo el sabueso —dijo la mujer, borracha—. Hola, desconocido. ¿Qué tal si invitas a una chica a un trago?
Dalmas la miró sin expresión y habló despacio:
—¿Se le ha ocurrido algo nuevo sobre aquella pistola? Ya sabe, el arma de la que estábamos hablando cuando ha entrado Johnny Sutro. La pistola con el número limado. La pistola que mató a Derek Walden.
Denny se puso rígido e hizo un brusco movimiento hacia su cadera. Dalmas levantó su Colt y se puso de pie empuñándolo. Denny lo miró y se quedó inmóvil, relajado. La chica no se había movido en absoluto, pero la borrachera se le había pasado como cae una hoja muerta. De pronto, su cara estaba muy tensa y amargada.
Dalmas habló con voz firme:
—Mantén las manos a la vista, Denny, y todo irá bien. Ahora supongamos que me explicáis para qué he venido aquí, par de traidores de mierda.
—¡Por el amor de Dios! —dijo el grandullón con voz espesa—. ¿Qué demonios te pasa? Me has sobresaltado cuando le has hablado de Walden a la chica.
Dalmas sonrió.
—No pasa nada, Denny. A lo mejor no sabe quién es. Vamos a aclarar esto deprisa. Me da la impresión de que me he metido en un lío al venir aquí.
—¡Estás como una cabra! —bramó el grandullón.
Dalmas movió un poco el revólver. Puso la espalda contra la pared del fondo de la habitación y apagó la radio con la mano izquierda. Después habló en tono amargo:
—Te has vendido, Denny. Esto lo he pillado rápido. Eres demasiado grande para hacer seguimientos y últimamente te he visto siguiéndome media docena de veces. Esta noche, cuando te has metido en esto sin que te llamaran, he estado bastante seguro… Y cuando me has contado ese cuento fantástico de cómo has traído aquí a la nena, he estado completamente seguro. Por todos los demonios, ¿te crees que un tío que ha seguido vivo tanto tiempo como yo se iba a creer eso? Venga, Denny, sé buen chico y dime para quién trabajas… Podría dejarte marchar… ¿Para quién trabajas? ¿Donner? ¿Sutro? ¿O alguien a quien no conozco? ¿Y por qué esta trampa aquí, en el bosque?
De pronto, la chica se puso de pie y saltó sobre Dalmas. Él la apartó con la mano libre y la chica cayó floja al suelo.
—¡Agárralo, maldito grandullón! —gritó—. ¡Agárralo!
Denny no se movió.
—¡A callar, cocainómana! —cortó Dalmas—. Aquí nadie agarra a nadie. Esto es una charla entre amigos. Ponte de pie y deja de dar problemas.
La rubia se levantó despacio.
La cara de Denny tenía un aspecto pétreo e inamovible en la penumbra. La voz le salió con una ronquera apagada.
—Me vendí —reconoció—. Aquello era un asco. Vale, así es. Estaba harto de vigilar a una panda de chicas extras intentando robarse el pintalabios las unas a las otras… Puedes pegarme un tiro, si te apetece.
Seguía sin moverse. Dalmas asintió despacio y volvió a preguntar:
—¿Quién es, Denny? ¿Para quién trabajas?
—No lo sé —dijo Denny—. Llamo a un número, me dan órdenes e informo de la misma manera. Recibo el dinero por correo. He intentado averiguar algo, pero sin suerte… No creo que estés en el punto de mira, y no sé una mierda sobre ese tiroteo en la calle.
Dalmas lo miró fijamente y habló despacio:
—No estarás ganando tiempo… para retenerme aquí, ¿verdad, Denny?
El grandullón levantó poco a poco la cabeza. De pronto, pareció que la habitación se había quedado completamente inmovilizada. Un coche se había detenido fuera. El débil palpitar del motor se apagó.
Un faro rojo pegó en lo alto de las persianas.
Era cegador. Dalmas se dejó caer sobre una rodilla, cambió de posición hacia un lado, muy deprisa, sin hacer ruido. En medio del silencio, la voz ronca de Denny dijo:
—¡La poli, por el amor de Dios!
La luz roja disolvió la tela metálica de las rejillas en un resplandor rosado y arrojó una gran salpicadura sobre el acabado aceitoso de la pared interior. La chica hizo un sonido ahogado y por un instante su cara fue una máscara roja. Entonces se agachó y salió del abanico de luz. Dalmas miró hacia la luz, con la cabeza detrás del alféizar de la última ventana. Las hojas de los arbustos eran picas negras en el resplandor rojo.
Sonaron pasos en el sendero.
Una voz áspera gritó:
—¡Todos afuera! ¡Con las manos bien altas!
Hubo ruido de movimiento dentro de la casa. Dalmas balanceó el revólver… para nada. Sonó el clic de un interruptor y se encendió una luz en el porche. Durante un momento, antes de que retrocedieran, en el cono de luz aparecieron dos hombres con el uniforme azul de policía. Uno de ellos empuñaba una metralleta y el otro una Luger larga con un cargador especial incorporado.
Se oyó un sonido chirriante. Denny estaba en la puerta, abriendo la mirilla. Un arma apareció en su mano y disparó.
Algo pesado cayó sobre el cemento y un hombre se tambaleó hacia delante, entrando en la luz, y volvió a oscilar hacia atrás. Apretaba las manos contra la cintura. Una gorra de visera dura cayó y rodó por el sendero.
Dalmas se tiró al suelo arrimándose al rodapié antes de que la metralleta empezara a disparar. Apretó la cara contra la madera del suelo. Detrás de él, la chica chillaba.
La metralleta barrió rápidamente la habitación de un extremo a otro, el aire se llenó de yeso y astillas. Un espejo de pared se rompió y cayó. Un fuerte olor a pólvora competía con el olor ácido del polvo de yeso. Parecía que no iba a parar nunca. Algo cayó sobre las piernas de Dalmas. Él mantuvo los ojos cerrados y la cara apretada contra el suelo.
El tableteo y los estallidos cesaron. La lluvia de yeso dentro de la habitación continuó. Una voz gritó:
—¿Qué os ha parecido, amigos?
Otra voz más lejana restalló airada:
—¡Venga, vamos!
De nuevo sonaron pasos, y un sonido de algo que se arrastraba. Más pasos. El motor de un coche cobró vida con un rugido. Una puerta se cerró de golpe. Chirriaron neumáticos en la grava del sendero, y el canto del motor creció y se apagó rápidamente.
Dalmas se puso de pie. Le zumbaban los oídos y tenía los orificios nasales secos. Recogió su revólver del suelo, sacó una pequeña linterna de un bolsillo interior y la encendió. Sondeó débilmente el aire cargado de polvo. La rubia estaba tendida de espaldas con los ojos muy abiertos y la boca torcida en una especie de mueca. Estaba sollozando. Dalmas se inclinó sobre ella. No parecía tener ninguna herida.
Avanzó por la habitación. Encontró su sombrero intacto al lado del sillón, que tenía la mitad superior arrancada a tiros. Al lado del sombrero estaba la botella de bourbon. Recogió las dos cosas. El hombre de la metralleta había barrido la fachada a la altura de la cintura, de un lado a otro, sin bajar el arma lo suficiente. Dalmas siguió avanzando y llegó a la puerta.
Denny estaba de rodillas delante de la puerta. Estaba balanceándose hacia atrás y hacia delante, se sujetaba una mano con la otra. Goteaba sangre entre los gruesos dedos.
Dalmas abrió la puerta y salió. Había una mancha de sangre y un montón de casquillos en el sendero. No había nadie a la vista. Se quedó allí, con la sangre palpitando en la cara, como martillos diminutos. Le picaba la piel alrededor de la nariz.
Bebió un poco de whisky, dio media vuelta y volvió a entrar en la casa. Denny ya estaba de pie. Había sacado un pañuelo y se estaba vendando la mano ensangrentada. Parecía mareado, borracho. Continuaba tambaleándose. Dalmas le enfocó la cara con la luz de la linterna.
—¿Estás malherido? —preguntó.
—No. Un puntazo en la mano —dijo el grandullón con voz pastosa.
Los dedos manejaban con torpeza el pañuelo.
—La rubia está muerta de miedo —dijo Dalmas—. Es tu fiesta, chico. Menudos amigos tienes. Querían liquidarnos a los tres. Los has enfurecido cuando has disparado por la mirilla. Supongo que te debo algo por eso, Denny… El que ha disparado no era muy bueno.
—¿Adónde vas? —preguntó Denny.
—¿Tú qué crees?
Denny lo miró.
—Sutro es tu hombre —dijo despacio—. Se acabó. Esto es una mierda. Que se vayan todos al infierno.
Dalmas volvió a salir y bajó por el sendero hasta la calle. Se metió en el coche y se alejó sin encender las luces. Cuando hubo doblado algunas esquinas y hubo recorrido cierta distancia, paró, encendió los faros, salió y se sacudió el polvo.
9
Unas cortinas negras y plateadas se abrían en forma de «v» invertida delante de una niebla de humo de puros y cigarrillos. Los metales de la banda de baile emitían breves relámpagos de color a través de la niebla. Olía a comida, licores, perfume y polvos faciales. La pista de baile era una mancha vacía de luz ambarina y parecía un poquito más grande que la alfombrilla de baño de una estrella de cine.
La banda empezó a tocar, las luces se apagaron y un jefe de sala llegó por los escalones alfombrados, golpeando con un lápiz dorado la franja de raso de sus pantalones. Tenía los ojos estrechos y sin vida y el pelo rubio blanquecino peinado hacia atrás desde una frente huesuda.
Dalmas dijo:
—Me gustaría ver al señor Donner.
El jefe de sala se tocó los dientes con el lápiz dorado.
—Me temo que está ocupado. ¿Qué nombre?
—Dalmas. Dígale que soy un amigo especial de Johnny Sutro.
—Voy a ver —dijo el jefe de sala.
Se acercó a un tablero que tenía una hilera de botones y un pequeño teléfono de una pieza. Lo descolgó y se lo arrimó al oído, mirando a Dalmas por encima del aparato con la mirada impersonal de un animal disecado.
—Esperaré en el vestíbulo —dijo Dalmas.
Volvió a pasar a través de las cortinas y deambuló hasta el servicio de hombres. Allí sacó la botella de bourbon y se bebió lo que quedaba, echando la cabeza atrás y plantado con las piernas separadas en medio del suelo embaldosado. Un negro marchito con chaqueta blanca revoloteó hacia él diciendo con voz angustiada:
—Aquí no se bebe, jefe.
Dalmas tiró la botella vacía en un receptáculo para toallas, sacó una toalla limpia del estante de cristal, se limpió los labios con ella, puso diez centavos en el borde del lavabo y salió.
Había un espacio entre una puerta interior y otra exterior. Se apoyó en la puerta exterior y sacó del bolsillo del chaleco una pequeña automática de unos diez centímetros de longitud. La sostuvo con tres dedos contra el interior del sombrero y echó a andar, balanceando airosamente el sombrero al lado del cuerpo.
Al cabo de un rato, un filipino alto de pelo negro y sedoso salió al vestíbulo y echó un vistazo. Dalmas se acercó a él. El jefe de sala asomó a través de las cortinas y le hizo una seña afirmativa.
—Por aquí, jefe —le dijo el filipino a Dalmas.
Marcharon por un pasillo largo y silencioso. El sonido de la orquesta de baile se apagó detrás de ellos. Por una puerta abierta se veían unas cuantas mesas vacías con tapetes verdes. El pasillo torcía en ángulo recto, y al final de ese tramo se filtraba algo de luz por una puerta.
El filipino se detuvo a mitad de camino e hizo un elegante y complicado movimiento, al final del cual apareció en su mano una enorme automática negra. La hincó educadamente entre las costillas de Dalmas.
—Tengo que cachearle, jefe. Normas de la casa.
Dalmas se quedó inmóvil y separó los brazos de los costados. El filipino le quitó su Colt y se lo guardó. Palpó el resto de los bolsillos de Dalmas, dio un paso atrás y enfundó la automática.
Dalmas bajó los brazos y dejó caer el sombrero al suelo. La pequeña automática, que había estado oculta en el sombrero, apuntaba directamente al vientre del filipino. Este la miró con una mueca escandalizada.
—Ha sido divertido, chino —dijo Dalmas—. Ahora me toca a mí.
Volvió a poner el Colt en su sitio, sacó la gran automática de la sobaquera del filipino, le quitó el cargador y extrajo la bala que había en la recámara. Le devolvió la pistola vacía.
—Todavía puedes usarla como cachiporra. Si te pones delante de mí, tu jefe no tiene por qué saber que no sirve para nada más.
El filipino se humedeció los labios. Dalmas lo cacheó en busca de otra arma y después terminaron de recorrer el pasillo hasta la puerta entreabierta. El filipino entró el primero.
Era una habitación grande con paredes cubiertas por paneles diagonales de madera. Una alfombra china amarilla en el suelo, muchos muebles buenos, puertas con tornillos avellanados que indicaban aislamiento sonoro y ninguna ventana. Había varias rejillas doradas en lo alto y un ventilador de techo que emitía un suave y relajante murmullo. En la habitación había cuatro hombres. Ninguno dijo nada.
Dalmas se sentó en un diván de cuero y miró a Ricchio, el matón suave que se lo había llevado del apartamento de Walden. Ricchio estaba atado a una silla de respaldo alto. Tenía los brazos estirados hacia atrás y sujetos por las muñecas, los ojos enloquecidos. Su cara era un revoltijo de sangre y magulladuras. Lo habían golpeado con una pistola. El hombre del pelo amarillento, Noddy, que había estado con él en el Kilmarnock, estaba sentado en una especie de taburete en un rincón, fumando.
John Sutro se balanceaba despacio en una mecedora de cuero rojo, mirando el suelo. No levantó los ojos cuando Dalmas entró en la habitación.
El cuarto hombre estaba sentado detrás de un escritorio que parecía haber costado un montón de dinero. Tenía el pelo castaño y suave, con raya al medio y peinado hacia atrás y hacia abajo; y los labios finos y los ojos castaños, que brillaban como brasas. Observó cómo se sentaba Dalmas y miró a los demás. Después habló, mirando hacia Ricchio:
—El muchacho se desmandó un poco. Se lo hemos estado explicando. Espero que no le moleste.
Dalmas soltó una risa breve, sin alegría.
—Por mí, todo bien, Donner. ¿Qué hay del otro? No le veo ninguna marca.
—Noddy es un buen chico. Cumplía órdenes —respondió Donner en tono firme. Agarró una lima de mango largo y empezó a arreglarse una uña—. Usted y yo tenemos cosas que hablar. Por eso ha venido aquí. No tengo ningún problema con usted… siempre que no trate de cubrir demasiado terreno con su negocio de detective privado.
Los ojos de Dalmas se abrieron un poco.
—Le escucho, Donner —dijo.
Sutro levantó los ojos y miró la nuca de Donner. Este siguió hablando con voz suave e indiferente:
—Estoy enterado del juego en casa de Derek Walden y sé lo del tiroteo en Kenmore. Si hubiera creído que Ricchio se iba a volver tan loco le habría parado los pies antes. Tal como están las cosas, supongo que tendré que arreglarlo todo yo… Y cuando hayamos terminado aquí, el señor Ricchio irá a Jefatura y contará su historia.
»Lo que pasó fue esto. Ricchio trabajó para Walden cuando la gente de Hollywood se puso a usar guardaespaldas. Walden compraba el licor en Ensenada… todavía lo compra ahí, que yo sepa… y lo traía aquí él mismo. Nadie lo molestaba. Ricchio vio una oportunidad de traer mercancía blanca con una buena tapadera. Walden lo pilló. No quería ningún escándalo, de modo que se limitó a enseñarle a Ricchio la puerta. Este aprovechó eso para intentar sacarle pasta a Walden, basándose en la teoría de que Walden no estaba lo bastante limpio como para aguantar una investigación de los federales. Walden no soltó la pasta con la suficiente rapidez para el gusto de Ricchio, y este perdió los nervios y decidió usar la fuerza bruta. Usted y su chófer se metieron por medio y Ricchio se lio a tiros con ustedes.
Donner dejó la lima y sonrió. Dalmas se encogió de hombros y miró al filipino, que estaba de pie junto a la pared, a un extremo del diván.
—Yo no dispongo de su organización, Donner —dijo Dalmas—, pero me muevo por ahí. Me parece una bonita historia, y habría funcionado… con un poco de cooperación de la policía. Pero no encaja con los hechos, tal como están ahora.
Donner alzó las cejas. Sutro empezó a balancear la punta de su lustroso zapato arriba y abajo, delante de una rodilla.
—¿Cómo encaja el señor Sutro en todo esto? —preguntó Dalmas.
Este lo miró e interrumpió el balanceo. Se revolvió impacientemente. Donner sonrió.
—Es amigo de Walden. Este habló con él un poco y Sutro sabe que Ricchio trabajaba para mí. Pero como es concejal, no quería contarle a Walden todo lo que sabía.
Dalmas se puso serio.
—Le voy a decir lo que está mal en su historia, Donner. No hay bastante miedo en ella. Walden estaba demasiado asustado para ayudarme, a pesar de que trabajaba para él… Y en cambio, esta tarde, alguien tenía tanto miedo de él que le ha pegado un tiro.
Donner se inclinó hacia delante y sus ojos se estrecharon y se apretaron. Las manos se le cerraron formando puños sobre el escritorio.
—¿Walden está… muerto? —preguntó casi susurrando.
Dalmas asintió.
—Un tiro en la sien derecha… con una del 32. Parece un suicidio. No lo es.
Sutro levantó una mano y se tapó la cara. El hombre del pelo amarillento se puso rígido en su taburete del rincón.
Dalmas dijo:
—¿Quiere oír una buena conjetura, Donner? Llamémosla una suposición. Walden también estaba metido en el tráfico de droga… y no por cuenta propia. Pero después de levantarse la Ley Seca, quiso dejarlo. Los guardacostas ya no iban a pasarse tanto tiempo vigilando los barcos con licor, y el contrabando de droga por la costa ya no iba a ser tan rentable. Y además, Walden se había prendado de una chica que tenía buenos ojos y era capaz de contar hasta diez. Así que quería dejar el negocio de la droga.
Donner se humedeció los labios y dijo:
—¿Qué negocio de la droga?
Dalmas le clavó la mirada.
—Usted no sabe nada de eso, ¿verdad, Donner? Joder, claro que no, eso es un juego para chicos malos. Y a ellos no les gustó la idea de que Walden lo dejara así como así. Bebía demasiado, y podía empezar a contarle cosas a su novia. Querían que se marchara como se ha marchado… con la ayuda de una pistola.
Donner giró despacio la cabeza y miró al hombre atado en la silla de respaldo alto.
—Ricchio —dijo en voz muy baja.
Se puso en pie y salió de detrás del escritorio. Sutro se apartó la mano de la cara y miró con un temblor en los labios.
Donner se plantó delante de Ricchio. Le puso una mano en la cabeza y la empujó con fuerza contra la silla. Ricchio gimió. Donner le sonrió desde lo alto.
—Debo de estar volviéndome lento. Tú has matado a Walden, cabrón. Volviste allá y lo liquidaste. Se te olvidó contarnos esa parte, nene.
Ricchio abrió la boca y escupió un chorro de sangre hacia la mano y la muñeca de Donner. La cara de Donner se contrajo, y dio un paso atrás, apartándose. Extendió la mano delante de él, sacó un pañuelo y se limpió cuidadosamente. Después, tiró el pañuelo al suelo.
—Préstame tu revólver, Noddy —dijo en tono tranquilo, dirigiéndose al hombre del pelo amarillento.
Sutro se revolvió y se le abrió la boca. Sus ojos parecían mareados. El filipino alto sacó su automática, como si hubiera olvidado que estaba vacía. Noddy sacó un revólver chato de la axila derecha y se lo ofreció a Donner.
Este se lo quitó y volvió hacia Ricchio. Levantó el revólver.
—Ricchio no mató a Walden —dijo Dalmas.
El filipino dio un rápido paso adelante y lo golpeó con su gran pistola automática. Le impactó en la punta del hombro y una oleada de dolor le recorrió el brazo. Se apartó tambaleándose y sacó su Colt. El filipino intentó golpearle de nuevo, pero falló.
Dalmas se puso derecho como pudo, se hizo a un lado y dejó caer el cañón del Colt sobre un lado de la cabeza del filipino, con toda su fuerza. Este gruñó, cayó de culo al suelo y se le quedaron los ojos en blanco. Se derrumbó poco a poco, intentando agarrarse al diván.
La cara de Donner no tenía expresión; empuñaba el revólver chato completamente inmóvil. Su largo labio superior estaba perlado de sudor.
—Ricchio no mató a Walden —repitió Dalmas—. A Walden lo mataron con una pistola limada, y después se la pusieron en la mano. Ricchio no se acercaría ni a una manzana de una pistola limada.
La cara de Sutro estaba cadavérica. El hombre del pelo amarillento se había levantado de su taburete y estaba de pie, balanceando la mano derecha a un lado.
—Cuéntame más —dijo Donner con voz firme.
—El rastro de la pistola limada lleva a una fulana llamada Helen Dalton, o Burwand —explicó Dalmas—. El arma era suya. Ella me dijo que la empeñó hace mucho tiempo. No la creí. Es muy amiga de Sutro, y a este le molestó tanto que yo fuera a verla que me sacó una pistola. ¿Por qué supone que Sutro estaba tan molesto, Donner, y cómo cree que sabía que yo seguramente iría a ver a la chica?
—Adelante, dímelo —dijo Donner, mirando muy sereno a Sutro.
Dalmas dio un paso hacia Donner y mantuvo el Colt bajado a un costado, sin amenazar con él.
—Le voy a contar cómo y por qué. Me han estado siguiendo desde que empecé a trabajar para Walden. Me seguía un detective del estudio que es un buey torpe al que podía distinguir a un kilómetro y medio de distancia. Estaba comprado, Donner. El tipo que mató a Walden fue el que lo compró. Se figuró que este detective del estudio tendría posibilidades de acercarse a mí, y yo dejé que lo hiciera… para darle cuerda y ver cuál era su juego. Su jefe era Sutro. Sutro mató a Walden… con sus propias manos. Ha sido ese tipo de trabajo. Un trabajo de aficionados, un asesinato de listillo. Lo que le delató fue el hecho de pasarse de listo: el falso suicidio con una pistola limada que pensaba que no se podía rastrear porque no sabía que casi todas las armas de fuego llevan un número dentro.
Donner subió el revólver chato hasta que quedó apuntando a mitad de camino entre el hombre del pelo amarillento y Sutro. No dijo nada. Sus ojos estaban pensativos e interesados.
Dalmas movió el peso de su cuerpo hacia los talones. El filipino del suelo extendió una mano hacia el diván y sus dedos arañaron el cuero.
—Hay más, Donner, ¡por supuesto! Sutro era amigo de Walden, podía acercarse a él lo suficiente para arrimarle una pistola a la cabeza y disparar. El tiro de una 32 no se oiría fuera del ático del Kilmanrock. Después, Sutro puso el arma en la mano de Walden y se largó por donde había venido. Pero se olvidó de que Walden era zurdo, y no sabía que la pistola se podía identificar. Cuando descubrí su origen, y el hombre que él había comprado se enteró, e interrogué a la chica… él contrató una pandilla con ametralladoras y nos juntó a los tres en una casa de Palms para cerrarnos la boca de una vez por todas. Sin embargo, los pistoleros, como todos los demás en esta función, no hicieron bien su trabajo.
Donner asintió despacio. Miró hacia un punto en el centro del estómago de Sutro y apuntó con su revólver hacia allí.
—Cuéntanoslo, Johnny —dijo en tono suave—. Cuéntanos cómo te has vuelto más listo al hacerte viejo.
De pronto, el hombre del pelo amarillento se movió. Se agachó detrás del escritorio, mientras su mano derecha buscaba su otro revólver. El arma rugió desde detrás del escritorio. La bala pasó por el hueco para las piernas y rebotó en la pared con un sonido metálico que indicaba que había chocado con el metal de detrás de los paneles de madera.
Dalmas movió su Colt y disparó dos veces hacia el escritorio. Volaron unas cuantas astillas. El hombre del pelo amarillento chilló y se puso de pie rápidamente con el revólver llameando en la mano. Donner se tambaleó. Su revólver habló dos veces, muy seguidas. El hombre del pelo amarillento gritó otra vez, y le brotó un chorro de sangre de una mejilla. Cayó detrás del escritorio y se quedó en silencio.
Donner retrocedió hasta tocar la pared. Sutro se puso de pie, se colocó las manos delante del estómago e intentó gritar.
—Muy bien, Johnny —dijo Donner—. Te toca.
Entonces Donner se puso a toser de repente y resbaló pared abajo con un roce seco de la ropa. Se dobló hacia delante, dejó caer el revólver y apoyó las manos en el suelo, sin dejar de toser. La cara se le puso gris.
Sutro seguía rígido, con las manos delante del estómago, dobladas hacia atrás por las muñecas, con los dedos curvados como garras. No había luz detrás de sus ojos. Eran unos ojos muertos. Al cabo de un momento, se le doblaron las rodillas y cayó de espaldas al suelo.
Donner seguía tosiendo sin hacer ruido.
Dalmas cruzó corriendo hasta la puerta de la habitación, escuchó, la abrió y se asomó a mirar. Volvió a cerrarla rápidamente.
—A prueba de ruidos, ¡ya lo creo!
Volvió hasta el escritorio y descolgó el teléfono de la horquilla. Dejó el Colt y marcó, esperó y dijo en el aparato:
—El capitán Cathcart… Tengo que hablar con él… Claro que es importante… Muy importante.
Esperó, tamborileando con los dedos en el escritorio, mirando con ojos duros toda la habitación. Se sobresaltó un poco cuando una voz somnolienta llegó por la línea.
—Dalmas, jefe. Estoy en la casa Mariposa, en el despacho privado de Gayn Donner. Ha habido un pequeño jaleo, pero nadie está malherido… Tengo para usted al asesino de Derek Walden… Ha sido Johnny Sutro… Sí, el concejal… Dese prisa, jefe… No me gustaría tener que pelear con los empleados, ¿sabe?
Colgó, recogió el Colt, lo sostuvo en la palma de la mano y miró a Sutro.
—Levántate del suelo, Johnny —dijo en tono cansado—. Levántate y dile a un pobre detective tonto cómo se tapa esto… ¡listillo!
10
La luz que había sobre la gran mesa de roble de la Jefatura de Policía era demasiado intensa. Dalmas pasó un dedo por la madera, lo miró y se lo limpió en la manga. Apoyó la barbilla en sus delgadas manos y fijó los ojos en la pared de detrás del escritorio de tapa corredera que había más allá de la mesa. Estaba solo en la habitación.
El altavoz de la pared zumbó: «Llamando al coche 71W, en el distrito Setenta y dos… En la Tercera con Berendo… En el drugstore… Hablen con un hombre…».
Se abrió la puerta y entró el capitán Cathcart, que cerró con cuidado detrás de él. Era un hombre grande, cansado, de cara ancha y húmeda, bigote recto, manos nudosas.
Se sentó entre la mesa de roble y el escritorio de tapa corredera y manoseó una pipa fría que había en un cenicero.
Dalmas levantó la cabeza de entre las manos.
—Sutro ha muerto —dijo Cathcart.
Dalmas se quedó mirándolo, sin decir nada.
—Ha sido su mujer. Él quiso parar un momento en su casa. Los muchachos le vigilaban bien, pero no la miraban a ella. Le dio lo suyo antes de que pudieran moverse.
Cathcart abrió y cerró la boca dos veces. Tenía unos dientes fuertes y sucios.
—La tía no dijo ni una maldita palabra. Se sacó una pequeña pistola de detrás y le metió tres balazos. Uno, dos y tres. Ganador, segundo y colocado. Tal cual. Después le dio la vuelta a la pistola y se la entregó a los muchachos con toda la amabilidad del mundo. ¿Por qué demonios lo ha hecho?
—¿Tienen una confesión? —preguntó Dalmas.
Cathcart lo miró y se metió la pipa fría en la boca. La chupó haciendo ruido.
—¿De él? Sí, pero no por escrito. ¿Por qué cree que la mujer ha hecho eso?
—Sabía lo de la rubia —dijo Dalmas—. Pensó que era su última oportunidad. Puede que supiera lo de sus negocios.
El capitán asintió despacio.
—Claro —dijo—. Eso es. Pensó que era su última oportunidad. ¿Y por qué no iba a cargarse al cabrón? Si el fiscal del distrito es listo, aceptará homicidio no premeditado. Eso serían unos quince meses en Tehachapi. Una cura de reposo.
Dalmas se movió en la silla y frunció el ceño. Cathcart siguió hablando.
—Es un alivio para todos nosotros. Ni mierda para usted, ni mierda para la Administración. Si la tía no lo hubiera hecho, habría habido patadas en el culo para todos. Deberían darle una pensión.
—Deberían contratarla en Eclipse Films —dijo Dalmas—. Cuando llegué hasta Sutro, pensé que estaba perdido desde el punto de vista de la publicidad. Podría haber matado a Sutro yo mismo… si él no hubiera sido tan cobarde… y si no hubiera sido concejal.
—Nada de eso, muchacho. Esas cosas déjanoslas a nosotros —gruñó Cathcart—. El asunto queda así: por un lado, no creo que podamos hacer pasar lo de Walden por un suicidio. La pistola limada lo desmiente, y tenemos que esperar la autopsia y el informe de balística. Y la prueba de la parafina en la mano debería demostrar que él no disparó la pistola. Por otro lado, el caso de Sutro queda cerrado, y lo que ha salido a la luz no debería hacer mucho daño. ¿Tengo razón?
Dalmas sacó un cigarrillo y le dio vueltas entre los dedos. Lo encendió despacio y sacudió la cerilla hasta apagarla.
—Walden no era un corderito —dijo—. El asunto de la droga es lo que va a armar ruido. Pero eso no importa. Yo creo que estamos bien, excepto por algunos cabos sueltos.
—A la mierda los cabos sueltos —dijo Cathcart sonriendo—. Nadie se va a ir de rositas, que yo sepa. Ese ayudante suyo, Denny, desaparecerá a toda prisa, y si alguna vez le echo el guante a la chica Dalton, la envío a Mendocino para una cura. Podríamos cargarle algo a Donner… cuando los del hospital terminen con él. Y tendríamos que empapelar a esos chorizos, por lo del asalto y lo del taxista, fuera quien fuera quien lo hizo, pero no hablarán. Todavía tienen un futuro en el que pensar, y el taxista no está tan malherido. Eso deja a los de la metralleta. —Cathcart bostezó—. Esos chicos deben de ser de Frisco. Aquí no se llevan tanto las metralletas.
Dalmas se aflojó en el asiento.
—No tendrá algo de beber, ¿verdad, jefe? —dijo en tono apagado.
Cathcart lo miró fijamente.
—Hay solo una cosa que quiero que quede bien clara —dijo muy serio—. Estuvo bien que abriera esa pistola… siempre que no haya borrado las huellas. Y supongo que estuvo bien que no me dijera nada, en vista del lío en que se había metido. Pero que me aspen si está bien que se nos haya adelantado fisgando en nuestros archivos.
Dalmas le sonrió consideradamente.
—Tiene usted razón en todo, jefe —dijo de manera humilde—. Era mi trabajo, y eso es todo lo que puedo decir.
Cathcart se frotó las mejillas con vigor. El gesto ceñudo desapareció y sonrió. Después se inclinó, tiró de un cajón y sacó una botella de whisky de centeno. La puso sobre el escritorio y pulsó un timbre. Un torso uniformado muy grande se asomó parcialmente en el despacho.
—¡Eh, Tiny! —bramó Cathcart—. Préstame ese sacacorchos que me birlaste del escritorio.
El torso desapareció y volvió.
—¿Por qué brindamos? —preguntó el capitán un par de minutos después.
—Bebamos, simplemente —dijo Dalmas.