1
Es muy cierto que aquella mañana no estaba haciendo nada aparte de mirar una hoja de papel en blanco en mi máquina de escribir y pensar en escribir una carta. También es muy cierto que ninguna mañana tengo gran cosa que hacer. Pero eso no es motivo para salir a buscar el collar de perlas de la vieja señora Penruddock. No soy ningún policía.
La que me llamó fue Ellen Macintosh y, claro, eso es muy distinto.
—¿Cómo estás, cariño? —preguntó—. ¿Muy ocupado?
—Sí y no —respondí—. Más bien no. Estoy muy bien. ¿Qué pasa ahora?
—Creo que no me quieres, Walter. Y de todos modos, deberías tener algo de trabajo que hacer. Tienes demasiado dinero. Alguien ha robado las perlas de la señora Penruddock y quiero que las encuentres.
—Puede que creas que has llamado al Departamento de Policía —respondí fríamente—. Pero esta es la residencia de Walter Gage. Al habla el señor Gage.
—Muy bien, pues dile al señor Gage, de parte de la señorita Ellen Macintosh, que si no está aquí antes de media hora, recibirá por correo certificado un paquetito con un anillo de compromiso con un diamante.
—Para lo que me ha servido… —dije—. Esa vieja cacatúa vivirá cincuenta años más.
Pero ella ya había colgado, de modo que me puse el sombrero, bajé y me puse en marcha en el Packard. Era una bonita mañana de finales de abril, si a uno le interesan esa clase de cosas. La señora Penruddock vivía en una calle ancha y tranquila de Carondelet Park. Probablemente, la casa había tenido exactamente el mismo aspecto durante los últimos cincuenta años, pero eso no hacía que me sintiera mejor al pensar que Ellen Macintosh podía seguir viviendo en ella otros cincuenta años, hasta que la vieja señora Penruddock muriera y dejara de necesitar una enfermera. El señor Penruddock había fallecido pocos años antes, sin dejar testamento, pero sí un patrimonio absolutamente enrevesado y una lista de beneficiarios tan larga como el brazo de un huésped mimado.
Llamé al timbre de la puerta y esta se abrió, no muy pronto, de mano de una ancianita con delantal de doncella y un estrangulado moño de cabello gris en lo alto de la cabeza. Me miró como si no me hubiera visto nunca y no quisiera verme en aquel momento.
—La señorita Ellen Macintosh, por favor —dije—. De parte del señor Walter Gage.
Sorbió por la nariz, dio media vuelta sin mediar palabra, y la seguí por los mohosos recovecos de la casa, hasta una galería acristalada llena de muebles de mimbre y de olor a tumbas egipcias. La anciana se marchó, con otro sorbido.
Un momento después, la puerta se volvió a abrir y entró Ellen Macintosh. Puede que a ustedes no les gusten las chicas altas con el pelo color de miel y la piel como el primer melocotón, que el frutero saca a hurtadillas de la caja para quedárselo. Si es así, lo siento por ustedes.
—¡Cariño, has venido! —exclamó—. Qué amable por tu parte. Siéntate y te lo contaré todo.
Nos sentamos.
—Han robado el collar de perlas de la señora Penruddock, Walter.
—Eso ya me lo has dicho por teléfono. Mi temperatura sigue siendo normal.
—Si me permites una conjetura profesional —dijo ella—, probablemente está por debajo de lo normal… de manera permanente. El collar es una sarta de cuarenta y nueve perlas rosas que hacen juego, que el señor Penruddock le regaló a la señora por sus bodas de oro. Últimamente casi nunca se las ponía, excepto tal vez por Navidad o cuando tenía un par de viejos amigos invitados a comer y estaba lo bastante bien para estar sentada. Y todos los años, por Acción de Gracias, da una comida para todos los pensionistas, amigos y antiguos empleados, y entonces también se las ponía.
—Estás mezclando un poco los tiempos de los verbos —dije—, pero la idea general está clara. Sigue.
—Bueno, Walter —dijo Ellen con lo que alguna gente llama una mirada traviesa—. Las perlas han sido robadas. Sí, ya sé que es la tercera vez que te lo digo, pero aquí hay un extraño misterio. Se guardaban en un estuche de cuero dentro de una vieja caja de seguridad que estaba abierta la mitad del tiempo y que yo diría que un hombre fuerte podría abrir con los dedos si estuviera cerrada. Esta mañana tenía que buscar allí unos papeles y he mirado las perlas solo para saludarlas…
—Espero que no sigas con la señora Penruddock por la esperanza de que te deje ese collar en herencia —dije muy tieso—. Las perlas están muy bien para las viejas y para las rubias gordas, pero para las mujeres altas y juncales…
—Ay, cállate, cariño —interrumpió Ellen—. Desde luego, no tengo ninguna esperanza puesta en esas perlas… porque eran falsas.
Tragué saliva y la miré fijamente.
—Vaya —dije con una sonrisa malévola—. Había oído que el viejo Penruddock sacaba de vez en cuando algún conejo bizco de su sombrero, pero regalarle a su esposa un collar de perlas falsas por sus bodas de oro me parece el colmo.
—Ay, no seas tonto, Walter. Aquellas eran de verdad. Lo que pasa es que la señora Penruddock las vendió y encargó que le hicieran unas de imitación. Uno de sus viejos amigos, el señor Lansing Gallemore, de Joyerías Gallemore, se encargó de ello con mucha discreción, porque, naturalmente, ella no quería que nadie se enterara. Y por eso todavía no se ha llamado a la policía. Tú se las encontrarás, ¿verdad, Walter?
—¿Cómo? ¿Y por qué las vendió?
—Porque el señor Penruddock murió de repente, sin dejar nada previsto para toda esa gente que dependía de él. Después vino la Gran Depresión, y apenas había dinero. Solo lo justo para mantener la casa y pagar a los sirvientes, y todos ellos llevan tanto tiempo con la señora Penruddock que esta preferiría morirse de hambre antes que desprenderse de alguno de ellos.
—Eso es diferente —dije—. Me quito el sombrero ante ella. Pero ¿cómo diablos voy a encontrarlas, y de todas maneras qué importa, si son falsas?
—Bueno, las perlas… las imitaciones, quiero decir, costaron doscientos dólares y se hicieron especialmente en Bohemia. Tardaron varios meses y, tal como están las cosas por allí, es posible que nunca pueda conseguir otra buena imitación. Y le aterra que alguien averigüe que eran falsas, o que el ladrón le haga chantaje cuando descubra que lo son. Verás, cariño, sé quién las ha robado.
Se me escapó un «¿Eh?», una palabra que casi nunca utilizo porque no la considero parte del vocabulario de un caballero.
—El chófer que hemos tenido aquí los últimos meses, Walter, una bestia enorme y horrible que se llama Henry Eichelberger. Se marchó de repente anteayer, sin motivo alguno. Nadie deja nunca a la señora Penruddock. Su anterior chófer era un hombre muy viejo, y se murió. Pero Henry Eichelberger se marchó sin decir una palabra, y estoy segura de que ha robado las perlas. Una vez intentó besarme, Walter.
—Conque sí, ¿eh? —dije con una voz diferente—. Intentó besarte, ¿eh? ¿Dónde está ese montón de carne, querida? ¿Tienes alguna idea? Parece poco probable que esté rondando por la esquina, esperando que yo le atice en la nariz.
Ellen bajó sus largas y sedosas pestañas para mirarme… y cuando lo hace me quedo tan blando como los pelos del cogote de una fregona.
—No ha huido. Seguro que sabe que las perlas son falsas y que puede chantajear a la señora Penruddock sin peligro. He llamado a la agencia que nos lo mandó, y ha estado allí, apuntándose otra vez para encontrar empleo. Pero me han dicho que va contra sus reglas darme su dirección.
—¿Por qué no pudo ser otro el que se llevó las perlas? ¿Un ladrón de casas, por ejemplo?
—No hay nadie más. El servicio está por encima de toda sospecha, y por las noches la casa está cerrada tan herméticamente como una nevera. Además, no había señales de que nadie hubiera entrado por la fuerza. Y Henry Eichelberger sabía dónde se guardaban las perlas, porque me vio devolverlas la última vez que la señora se las puso… que fue cuando vinieron a comer dos amigas íntimas con motivo del aniversario de la muerte del señor Penruddock.
—Tuvo que ser una fiesta salvaje —dije—. Muy bien, iré a la agencia y les obligaré a que me den su dirección. ¿Dónde está?
—Se llama Agencia Ada Twomey de Empleo Doméstico, y está en el 200 de la Segunda Este, un vecindario muy desagradable.
—Ni la mitad de desagradable de lo que será mi vecindad para Henry Eichelberger —dije—. Conque trató de besarte, ¿eh?
—Las perlas, Walter —me recordó Ellen con suavidad—. Eso es lo que importa. Espero que todavía no haya descubierto que son falsas y las haya tirado al mar.
—Si lo ha hecho, le obligaré a bucear hasta que las saque.
—Mide uno noventa y es muy grande y fuerte, Walter —dijo Ellen con coquetería—. Pero no es guapo como tú, claro.
—Justo el tamaño que me va —dije—. Será un placer. Adiós, cariño.
Ella me agarró de la manga.
—Solo una cosa, Walter. No me importa un poco de pelea porque es cosa de hombres, pero no causes un alboroto que haga venir a la policía, ¿vale? Y aunque eres muy grande y fuerte y jugaste de defensa derecho en la universidad, eres un poco débil en una cosa. ¿Me prometes que no beberás nada de whisky?
—Ese Eichelberger es la única bebida que quiero —dije.
2
La Agencia Ada Twomey de Empleo Doméstico de la Segunda Este resultó ser todo lo que el nombre y la dirección sugerían. El olor de la antesala, en la que me vi obligado a esperar algún tiempo, no era nada agradable. La agencia estaba presidida por una mujer madura de expresión severa que me dijo que Henry Eichelberger estaba registrado con ellos para encontrar trabajo de chófer, y que podía hacer que se pusiera en contacto conmigo, o citarlo en la oficina para una entrevista. Sin embargo, cuando deposité un billete de diez dólares en su mesa y le indiqué que no era más que una muestra de buena fe, sin ninguna repercusión en la comisión que pudiera deberle a su agencia, se ablandó y me dio su dirección, que estaba al oeste, en Santa Monica Boulevard, cerca de la parte de la ciudad que antes se llamaba Sherman.
Fui allí en coche sin perder tiempo, temiendo que Henry Eichelberger telefoneara y le dijeran que iba a verlo. La dirección resultó ser un hotel mugriento, convenientemente próximo a las vías del tranvía, con la entrada junto a una lavandería china. Al hotel se llegaba subiendo unos escalones cubiertos, en algunos sitios, por tiras de alfombra de goma podrida, atornilladas con fragmentos irregulares de latón sucio. El olor de la lavandería china cesaba aproximadamente a mitad de la escalera, siendo sustituido por un olor a queroseno, colillas de puro, aire rancio y bolsas de papel grasientas. Al final había un registro en un estante de madera. La última entrada estaba escrita a lápiz, tres semanas atrás, y la había escrito alguien con una mano muy temblorosa. De esto deduje que la dirección no era particularmente exigente.
Al lado del libro había un timbre y un letrero que decía «Encargado». Llamé y esperé. Pasado algún tiempo, se abrió una puerta al final del pasillo y unos pies se arrastraron hacia mí sin prisa. Apareció un hombre con zapatillas de cuero raídas y pantalones de un color indefinido, con los dos botones superiores desabrochados para permitir más libertad a los suburbios de su extenso estómago. También llevaba tirantes rojos, su camisa estaba sudada en las axilas y en todos los demás sitios, y su cara necesitaba urgentemente un lavado y una poda completos.
—Está lleno, colega —dijo en tono de burla.
—No busco habitación —dije yo—. Estoy buscando a un tal Eichelberger, que según me han informado vive aquí, aunque veo que no está registrado en su libro. Y esto, como sin duda sabe, va en contra de la ley.
—Un listillo —volvió a burlarse el gordo—. Al final del pasillo, amigo. 218. —Señaló con un dedo del color, y casi el tamaño, de una patata al horno quemada.
—Tenga la bondad de enseñarme el camino —dije.
—Joder con el vicegobernador —refunfuñó, y le empezó a temblar el estómago. Sus ojillos desaparecieron entre pliegues de grasa amarilla—. Vale, colega. Sígueme.
Penetramos en las sombrías profundidades del pasillo trasero y llegamos a una puerta al final del todo, con un montante de madera cerrado encima. El hombre golpeó la puerta con una mano gorda. No ocurrió nada.
—Ha salido —dijo.
—Tenga la bondad de abrir la puerta —dije—. Quiero entrar y esperar a Eichelberger.
—Y un huevo —respondió el gordo en tono desagradable—. ¿Quién demonios te has creído que eres, pardillo?
Aquello me irritó. Era un hombre de buen tamaño, como de un metro ochenta, pero demasiado lleno de recuerdos de cerveza. Miré a un lado y a otro del oscuro pasillo. El lugar parecía completamente desierto.
Golpeé al gordo en el estómago.
Cayó de culo en el suelo. Eructó y su rodilla derecha entró en violento contacto con su mandíbula. Tosió y le brotaron lágrimas en los ojos.
—Joder, tío —gimió—. Me llevas veinte años de ventaja. No es justo.
—Abre la puerta —pedí—. No tengo tiempo para discutir contigo.
—Un pavo —dijo, secándose los ojos con la camisa—. Dos pavos y me quedo callado.
Saqué dos dólares del bolsillo y ayudé al hombre a ponerse de pie. Él dobló los dos dólares y sacó una llave maestra corriente, que yo podría haber comprado por cinco céntimos.
—Hermano, cómo pegas —dijo—. ¿Dónde aprendiste? Casi todos los tíos grandes son de músculo lento.
Abrió la puerta.
—Si después oyes algún ruido —advertí—, no hagas caso. Si hay algún desperfecto, se pagará generosamente.
Asintió y entré en la habitación. Él cerró la puerta detrás de mí y sus pasos se alejaron. Se hizo el silencio.
La habitación era pequeña, sórdida y chabacana. Contenía un aparador marrón con un espejo pequeño colgado encima, una silla recta de madera, una mecedora de madera y una cama de una plaza con el esmalte descascarillado y una colcha de algodón muy remendada. Las cortinas de la única ventana tenían huellas de moscas, y a la persiana verde le faltaba una tablilla en la parte de abajo. En un rincón había un lavabo con dos toallas finas como un papel colgadas a un lado. Por supuesto, no había cuarto de baño, y tampoco armario. Un trozo de material estampado y oscuro que colgaba de un estante hacía las veces de este último. Detrás encontré un traje gris de la talla más grande, que habría podido ser de mi talla si usara ropa de confección, que no es el caso. En el suelo había un par de zapatos negros, por lo menos del número cuarenta y seis. También había una maleta barata de fibra, que por supuesto registré al ver que no estaba cerrada.
También registré la cajonera y me sorprendió observar que todo lo que contenía estaba limpio, ordenado y decente. Aunque no había gran cosa. En particular, no había perlas. Busqué en todos los demás sitios probables e improbables de la habitación, pero no encontré nada de interés.
Me senté en un lado de la cama, encendí un cigarrillo y esperé. Parecía evidente que Henry Eichelberger era muy imbécil o completamente inocente. Tanto la habitación como el rastro que había dejado atrás no parecían propios de un hombre que se dedica a actividades como robar collares de perlas.
Ya llevaba cuatro cigarrillos, más de los que suelo fumar en todo un día, cuando se oyeron pasos que se acercaban. Eran pasos rápidos y ligeros, pero nada clandestinos. Una llave entró en la cerradura, giró y la puerta se abrió descuidadamente. Un hombre entró y me miró.
Mido un metro noventa de estatura y peso más de noventa kilos. Aquel hombre era alto, pero parecía más ligero. Vestía un traje de sarga azul del tipo que se llama correcto, a falta de algo mejor que decir. Tenía el pelo rubio, espeso y grueso, un cuello como el de una caricatura de un cabo prusiano, los hombros muy anchos, las manos grandes y duras, y una cara que había aguantado muchos golpes en sus tiempos. Sus ojillos verdosos brillaron al mirarme con lo que entonces me pareció mal humor. Vi al instante que no era un hombre con el que se pudiera jugar, pero no me daba miedo. Le igualaba en tamaño y en fuerza, y no me cabía duda de que le superaba en inteligencia.
Me levanté con calma de la cama y dije:
—Estoy buscando a un tal Eichelberger.
—¿Cómo has entrado aquí, tío? —Era una voz alegre, bastante gruesa, pero no desagradable al oído.
—La explicación de eso puede esperar —respondí en tono severo—. Estoy buscando a un tal Eichelberger. ¿Es usted?
—Vaya —dijo el hombre—. Un chistoso. Un cómico. Espera a que me afloje el cinturón.
Dio un par de pasos hacia el interior de la habitación y yo di el mismo número hacia él.
—Me llamo Walter Gage —dije—. ¿Es usted Eichelberger?
—Dame cinco centavos y te lo digo —se mofó.
Pasé aquello por alto.
—Soy el novio de la señorita Ellen Macintosh —expliqué con frialdad—. Me han informado de que usted intentó besarla.
Dio otro paso hacia mí, y yo otro hacia él.
—¿Cómo que intenté? —se burló.
Lancé rápidamente la derecha y le di de lleno en la barbilla. A mí me pareció un puñetazo bueno y sólido, pero apenas se movió. Entonces le metí dos fuertes directos de izquierda en el cuello y le coloqué un segundo derechazo al lado de la nariz, que era bastante ancha. Él resopló y me golpeó en el plexo solar.
Me doblé, agarré la habitación con las dos manos y la hice girar. Cuando ya la tenía girando bien, le di un buen empujón y me pegué en la nuca contra el suelo. Esto me hizo perder el equilibrio temporalmente, y cuando estaba pensando en cómo recuperarlo, una toalla mojada empezó a golpearme la cara y me obligué a abrir los ojos. La cara de Henry Eichelberger estaba cerca de la mía y tenía cierta apariencia de solicitud.
—Colega —dijo su voz—, tienes el estómago más flojo que el té de un chino.
—¡Brandy! —Croé—. ¿Qué ha pasado?
—Has tropezado con un roto de la alfombra, colega. ¿De verdad necesitas alcohol?
—Brandy —volví a croar, y cerré los ojos.
—Espero que esto no me haga empezar —dijo su voz.
Una puerta se abrió y se cerró. Yo me quedé tendido e inmóvil, procurando evitar las ganas de vomitar. El tiempo pasó despacio, como un largo velo gris. Por fin, la puerta de la habitación se abrió y se cerró una vez más, y un momento después algo duro se apretó contra mis labios. Abrí la boca y el licor me bajó por la garganta. Tosí, pero el ardiente líquido corrió por mis venas y me fortaleció de inmediato. Me incorporé hasta quedar sentado.
—Gracias, Henry —dije—. ¿Puedo llamarte Henry?
—No cobran impuestos por ello, colega.
Me puse de pie y me planté ante él. Me miró con curiosidad.
—Parece que estás bien —dijo—. ¿Por qué no me has dicho que estabas enfermo?
—¡Maldito seas, Eichelberger! —exclamé, y lo golpeé con toda mi fuerza en un lado de la mandíbula. Él meneó la cabeza y en sus ojos me pareció ver disgusto. Le solté tres golpes más en la cara y la mandíbula, mientras él estaba todavía meneando la cabeza.
—¡Conque quieres jugar en serio! —chilló, y agarró la cama y me la tiró.
Esquivé la esquina de la cama, pero al hacerlo me moví un poco demasiado rápido, perdí el equilibrio y metí la cabeza unos diez centímetros dentro del tablero de debajo de la ventana.
Una toalla mojada empezó a abofetearme la cara. Abrí los ojos.
—Escucha, chico. Ya tienes dos strikes y ninguna bola. A lo mejor deberías probar un bate más ligero.
—Brandy —croé.
—Tomarás whisky de centeno.
Apretó un vaso contra mis labios y bebí con sed. Después trepé otra vez hasta ponerme de pie.
La cama, con gran sorpresa por mi parte, no se había movido. Me senté en ella y Henry Eichelberger hizo otro tanto a mi lado antes de darme unas palmadas en el hombro.
—Tú y yo podríamos llevarnos bien —dijo—. Nunca he besado a tu chica, aunque no digo que no me gustaría. ¿Eso es todo lo que te preocupa?
Se sirvió medio vaso del whisky de la botella que había salido a comprar. Se tragó el licor, pensativo.
—No, hay otro asunto —dije.
—Dispara. Pero ya basta de guantazos. ¿Lo prometes?
Lo hice de bastante mala gana.
—¿Por qué dejaste de trabajar para la señora Penruddock? —pregunté.
Me miró por debajo de sus frondosas cejas rubias. Después miró la botella que tenía en la mano.
—¿Tú dirías que soy guapo? —dijo.
—Bueno, Henry…
—No te pongas mariquita conmigo —gruñó.
—No, Henry, no diría que eres muy guapo. Pero desde luego eres viril.
Escanció otro medio vaso de whisky y me lo pasó.
—Te toca —dijo.
Me lo bebí de un trago sin darme mucha cuenta de lo que estaba haciendo. Cuando dejé de toser, Henry me quitó el vaso y volvió a llenarlo. Se lo bebió con aire pensativo. La botella estaba ya casi vacía.
—Supón que te quedas prendado de una mujer que posee toda la belleza que se puede tener a este lado del cielo. Con un careto como el mío. Un tipo como yo, un tío nacido en una cuadra, que se tiró a sí mismo un montón de bolas malas en una escuela agrícola y se dejó el buen aspecto y la educación en el marcador. Un tío que ha peleado con toda clase de cosas, excepto ballenas y locomotoras, y los ha zurrado a todos, aunque naturalmente se ha llevado algún que otro mamporro. Y entonces consigo un trabajo en el que veo a esta preciosidad todos los días, a todas horas, y sé que no hay nada que hacer. ¿Qué harías tú, colega? Yo simplemente dejé el trabajo.
—Henry, me gustaría estrecharte la mano —dije.
Me dio la mano sin mucho interés.
—Me salí del juego —insistió—. ¿Qué otra cosa podía hacer? —Levantó la botella y la miró al trasluz—. Hermano, has cometido un error al hacerme traer esto. Cuando empiezo a beber, es un no parar. ¿Tienes pasta suficiente?
—Desde luego —dije—. Si lo que quieres es whisky, Henry, tendrás whisky. Tengo un piso muy mono en Franklin Avenue de Hollywood, y aunque no quiero insinuar nada malo sobre tu humilde y sin duda provisional morada, sugiero que nos encaminemos a mi apartamento, que es considerablemente más grande y ofrece más espacio para empinar el codo. —Gesticulé despreocupadamente con una mano.
—Tío, estás borracho —dijo Henry con admiración en sus ojillos verdes.
—Todavía no, Henry, aunque es cierto que ya noto el efecto, y de manera muy agradable. No debes darle importancia a mi manera de hablar, que es una cuestión personal, como tu conciso y apocopado método discursivo. Pero antes de partir, hay otro detalle bastante insignificante que quisiera discutir contigo. Estoy autorizado a gestionar la devolución de las perlas de la señora Penruddock. Tengo entendido que existe alguna posibilidad de que las hayas robado.
—Chaval, te gusta jugártela —dijo Henry en voz baja.
—Esto es un asunto de negocios, Henry, y hablar con franqueza es la mejor manera de solucionarlo. Las perlas son solo perlas falsas, así que debería ser muy fácil llegar a un acuerdo. No tengo nada contra ti, Henry, y te estoy agradecido por procurarme el whisky, pero los negocios son los negocios. ¿Aceptarías cincuenta dólares por devolver las perlas sin nada de preguntas?
Henry soltó una risa breve y sin alegría, pero no parecía haber animosidad en su voz cuando dijo:
—¿Así que crees que yo he robado unas cuentas y me quedo aquí sentado, esperando a que me caiga encima un enjambre de polis?
—No se ha avisado a la policía, Henry, y puede que no supieras que las perlas eran falsas. Pásame el whisky, Henry.
Me sirvió casi todo lo que quedaba y me lo bebí con el mejor de los humores. Tiré el vaso contra el espejo, pero por desgracia fallé. El vaso, que era de vidrió grueso y barato, cayó al suelo y no se rompió. Henry Eichelberger rio de buena gana.
—¿Qué te hace gracia, Henry?
—Nada —dijo—. Solo estaba pensando que algún tipo está descubriendo que ha sido un primo… por eso de las cuentas.
—¿Quieres decir que tú no las robaste, Henry?
Volvió a reír, en un tono algo más sombrío.
—Sí —dijo—. O sea, no. Debería sacudirte, pero qué demonios, a cualquiera se le puede ocurrir una idiotez. No, no robé las perlas, colega. Si eran de pega, no me habría molestado; y si eran lo que parecían ser la única vez que las vi en el cuello de la vieja, desde luego no me habría metido en un inmundo agujero de Los Ángeles a esperar que un par de furgones de sabuesos me siguieran el rastro.
Volví a extender la mano para estrechar la suya.
—Eso es todo lo que necesitaba saber —comente alegremente—. Ya me siento en paz. Y ahora iremos a mi apartamento y consideraremos medios y maneras de recuperar esas perlas. Tú y yo juntos formaremos un equipo capaz de derrotar a cualquier oposición, Henry.
—No te estarás burlando de mí, ¿eh?
Me incorporé y me puse el sombrero… al revés.
—No, Henry. Te estoy haciendo una oferta de trabajo, y tengo entendido que lo necesitas, más todo el whisky que puedas beber. En marcha. ¿Puedes conducir un coche en tu estado?
—Demonios, no estoy borracho —dijo Henry, con expresión sorprendida.
Salimos de la habitación y recorrimos el oscuro pasillo. El encargado gordo surgió de repente de alguna sombra nebulosa y se plantó delante de nosotros, rascándose el estómago y mirándome con ojillos codiciosos y expectantes.
—¿Va todo bien? —preguntó, masticando un palillo de dientes oscurecido por el tiempo.
—Dale un pavo —dijo Henry.
—¿Por qué, Henry?
—No sé, tú dale un pavo.
Saqué del bolsillo un billete de dólar y se lo di al gordo.
—Gracias, colega —dijo Henry. Le dio un golpe al gordo debajo de la nuez y le sacó hábilmente el billete de entre los dedos—. Con esto queda pagada la bebida —añadió—. Me revienta tener que mendigar dinero.
Bajamos las escaleras del brazo, dejando al gerente tosiendo para intentar sacarse el palillo del esófago.
3
A las cinco de la tarde desperté y descubrí que estaba tumbado en mi cama, en mi apartamento del Chateau Moraine, en Franklin Avenue, cerca de Ivar Street, en Hollywood. Giré la cabeza, que me dolía, y vi que Henry Eichelberger estaba tumbado a mi lado, en camiseta y pantalones. Después me percaté de que también yo estaba igual de ligeramente vestido. En la mesa más cercana había una botella casi llena de whisky de centeno Old Plantation y en el suelo yacía una botella completamente vacía de la misma y excelente marca. Había ropa tirada en el suelo por aquí y por allá, y un cigarrillo había hecho un agujero en el brazo con brocados de una de mis butacas.
Me palpé con cuidado. Tenía el estómago tieso y dolorido, y la mandíbula parecía un poco hinchada por un lado. Por lo demás, no estaba del todo mal. Un dolor agudo me atravesó las sienes cuando me levanté de la cama, pero no le hice ningún caso, caminé con paso firme hacia la botella de la mesa y me la llevé a los labios. Después de un buen trago del ardiente líquido, me sentí mucho mejor. Un estado de ánimo alegre y cordial se apoderó de mí, y me sentí listo para cualquier aventura. Volví a la cama y sacudí a Henry con fuerza por un hombro.
—Despierta, Henry —dije—. La hora del crepúsculo se aproxima. Los petirrojos cantan, las ardillas se enfurruñan y los dondiegos se enroscan para dormir.
Como todos los hombres de acción, Henry Eichelberger se despertó con el puño cerrado.
—¿Te crees muy gracioso? —Gruñó—. Ah, sí. Hola, Walter. ¿Qué tal te encuentras?
—Me siento de maravilla. ¿Has descansado?
—Claro. —Puso los pies descalzos en el suelo y se revolvió el espeso cabello rubio con los dedos—. Íbamos bien hasta que te caíste redondo —dijo—. Así que eché una cabezadita. Nunca bebo solo. ¿Estás bien?
—Sí, Henry, me siento muy bien, de verdad. Y tenemos trabajo que hacer.
—Genial. —Fue directo a la botella de whisky y bebió un trago generoso. Se frotó el estómago con la palma de la mano. Sus ojos verdes brillaban apaciblemente—. Soy un pobre enfermo. Tengo que tomar mi medicina.
Dejó la botella en la mesa y examinó el apartamento.
—Vaya —dijo—. Nos pusimos a trasegar con tanta prisa que casi no pude mirar tu chabola. Tienes un bonito sitio, Walter. Anda, mira, una máquina de escribir blanca y un teléfono blanco. ¿Qué pasa, chico? ¿Acabas de hacer la confirmación?
—Es solo un capricho tonto, Henry —dije, ondeando una mano despreocupada.
Henry se acercó a mirar la máquina de escribir y el teléfono, que estaban uno junto al otro sobre mi escritorio, y la escribanía con montura de plata y todas las piezas con mis iniciales grabadas.
—Estás forrado, ¿eh? —dijo Henry, volviendo hacia mí su mirada verde.
—Tolerablemente, Henry —aduje yo con modestia.
—Bueno, ¿y ahora qué, colega? ¿Tienes alguna idea o bebemos un poco más?
—Sí, Henry, tengo una idea. Con un hombre como tú para ayudarme, creo que se puede poner en práctica. Creo que deberíamos sondear los rumores del hampa. Cuando se roba un collar de perlas, todo el mundillo se entera enseguida. Las perlas son difíciles de vender, Henry, ya que no se pueden tallar, y los expertos pueden identificarlas, según he leído. El hampa estará hirviendo de actividad. No tendría que resultarnos muy difícil encontrar a alguien que transmita a quien corresponda el mensaje de que estamos dispuestos a pagar una suma razonable por su devolución.
—Hablas bien, para estar borracho —dijo Henry, echando mano a la botella—. Pero ¿no te estás olvidando de que esas cuentas son falsas?
—Por motivos sentimentales, estoy más que dispuesto a pagar por su devolución, de todos modos.
Henry bebió un poco, pareció que le gustaba el sabor y bebió un poco más. Blandió educadamente la botella en mi dirección.
—Eso está muy bien… hasta cierto punto —comentó—. Ya que ese hampa que está haciendo todo ese hervor del que hablas no va a hervir demasiado por una sarta de cuentas de vidrio. ¿Me equivoco?
—Estaba pensando, Henry, que probablemente el hampa tiene sentido del humor y que las risas que circulen pueden ser bastante enfáticas.
—Podría ser una idea —dijo Henry—. Tenemos a un chorizo que averigua que la señora Penruddock tiene un collar de frutos de ostra que vale un pastón, se hace un trabajito en la caja fuerte y va corriendo al perista. Y este se troncha de risa. Yo diría que una cosa así se comentaría en los billares y daría un poco que hablar. Hasta aquí, perfecto. Pero este revientacajas va a tirar las cuentas a toda prisa, porque le pueden caer de tres a diez años aunque solo valgan cinco centavos más impuestos. El marrón es robo con allanamiento, Walter.
—Sin embargo, Henry —aduje—, hay otro elemento en la ecuación. Por supuesto, si este ladrón es un idiota, no tendrá mucho peso. Pero si es moderadamente inteligente, sí que lo tendrá. La señora Penruddock es una mujer muy orgullosa y vive en una zona muy exclusiva de la ciudad. Si se llegara a saber que lleva perlas de imitación, y sobre todo, si se llegara tan solo a insinuar en la prensa que dichas perlas eran las mismas que su marido le regaló por sus bodas de oro… bueno, seguro que te das cuenta, Henry.
—Los revientacajas no son demasiado inteligentes —dijo, frotándose su rocosa barbilla. Después levantó el pulgar derecho y se lo mordió con aire pensativo. Miró las ventanas, un rincón de la habitación, el suelo… Me miró a mí con el rabillo del ojo.
—Chantaje, ¿eh? —dijo—. Podría ser. Pero los ladrones no se salen mucho de su especialidad. Aun así, el tío podría correr la voz por ahí. Hay una posibilidad, Walter. No estaría dispuesto a empeñar mis empastes de oro para comprar una participación, pero hay una posibilidad. ¿Cuánto piensas ofrecer?
—Con cien dólares debería sobrar, pero estoy dispuesto a subir hasta doscientos, que es el valor real de las imitaciones.
Henry negó con la cabeza y le dio un viaje a la botella.
—No. El tío no se descubriría por tan poco dinero. No le vale la pena correr el riesgo. Tirará las cuentas y se quedará callado.
—Por lo menos podemos intentarlo, Henry.
—Sí, pero ¿dónde? Y nos estamos quedando sin bebida. Tal vez será mejor que me ponga los zapatos y salga, ¿eh?
En aquel preciso momento, como en respuesta a mis oraciones no pronunciadas, se oyó un golpe suave y apagado procedente de la puerta de mi apartamento. Abrí y recogí la última edición del periódico de la tarde. Cerré la puerta y volví a la habitación con el periódico, desplegándolo por el camino. Lo toqué con el índice derecho y sonreí con confianza a Henry Eichelberger.
—Aquí está. Te apuesto una botella de Old Plantation a que la respuesta está en la página de crímenes de este periódico.
—No hay página de crímenes —dijo Henry con un alegre resoplido—. Estamos en Los Ángeles. Te ganaría.
Abrí el periódico por la página tres con cierta aprensión, porque aunque ya había visto el reportaje que buscaba en una edición anterior mientras esperaba en la Agencia Ada Twomey de Empleo Doméstico, no estaba seguro de que aparecería entero en las ediciones posteriores. Pero mi fe se vio recompensada. No lo habían suprimido, sino que figuraba en medio de la tercera columna, exactamente como antes. El párrafo, que era bastante corto, llevaba como titular «Lou Gandesi interrogado sobre los robos de joyas».
—Escucha esto, Henry —dije, y empecé a leer—: «La pasada madrugada, basándose en una información anónima, la policía detuvo a Louis G. (Lou) Gandesi, propietario de un conocido bar de Spring Street, y lo sometió a un intenso interrogatorio acerca de la reciente oleada de atracos en banquetes en una zona exclusiva del oeste de la ciudad, atracos en los que se cree que se robaron a punta de pistola joyas por valor de más de doscientos mil dólares a las mujeres invitadas a esas casas elegantes. Gandesi fue puesto en libertad posteriormente y se negó a hacer declaraciones. “Nunca doy consejos a los policías”, dijo modestamente. El capitán William Norgaard, de la Brigada General de Robos, ha declarado haber quedado convencido de que Gandesi no tiene relación alguna con los atracos, y de que la llamada anónima había sido simplemente un acto de enemistad personal».
Doblé el periódico y lo tiré sobre la cama.
—Tú ganas, colega —dijo Henry, pasándome la botella. Bebí un largo trago y se la devolví—. ¿Y ahora, qué? ¿Pillar a ese Gandesi y hacerle pasar por el aro?
—Puede ser un hombre peligroso, Henry. ¿Crees que estamos a la altura?
Henry resopló con desprecio.
—Sí. Un chorizo de Spring Street. Un cerdo rechoncho con un rubí falso en la zarpa. Llévame hasta él. Volveremos al cerdo del revés y le exprimiremos el hígado. Pero se nos está acabando la bebida. Apenas nos queda media botella. —Examinó la botella a contraluz.
—Ya hemos bebido suficiente por el momento, Henry.
—No estamos borrachos, ¿a que no? Yo solo he bebido siete copas desde que llegué, puede que nueve.
—Pues claro que no estamos borrachos, Henry, pero tú tomas unas copas muy grandes y tenemos por delante una noche difícil. Por ahora lo mejor sería afeitarse y vestirse, y además creo que deberíamos ponernos ropa de etiqueta. Tengo un esmoquin de sobra que te quedará admirablemente bien, tenemos casi las mismas medidas. Es ciertamente un presagio digno de mención que dos hombretones como nosotros estén asociados en la misma empresa. La ropa de etiqueta impresiona a estos personajes de baja estofa, Henry.
—Genial —dijo Henry—. Pensarán que somos matones trabajando para algún pez gordo. Ese Gandesi se asustará tanto que se tragará la corbata.
Decidimos hacer lo que yo había propuesto y saqué ropa para Henry. Mientras se bañaba y se afeitaba, telefoneé a Ellen Macintosh.
—Ay, Walter, cómo me alegra que me llames —dijo—. ¿Has encontrado algo?
—Todavía no, querida —respondí—. Pero tenemos una idea. Henry y yo estamos a punto de ponerla en ejecución.
—¿Henry, Walter? ¿Quién es Henry?
—Pues Henry Eichelberger, por supuesto, querida. ¿Tan pronto te has olvidado de él? Henry y yo somos amigos del alma y vamos…
Me interrumpió con frialdad.
—¿Estás bebiendo, Walter? —preguntó con una voz muy lejana.
—Pues claro que no, querida. Henry es abstemio.
Soltó un fuerte bufido. Pude oír claramente el sonido a través del teléfono.
—¿Pero no se llevó Henry las perlas? —preguntó tras una pausa bastante larga.
—¿Henry, ángel mío? De ninguna manera. Se marchó porque estaba enamorado de ti.
—Ay, Walter. ¿Ese gorila? Seguro que estás bebiendo muchísimo. No quiero volver a hablar contigo nunca más. Adiós.
Y colgó el teléfono con tanta fuerza que sentí una sensación dolorosa en el oído.
Me senté en una butaca con una botella de Old Plantation en la mano, preguntándome qué le habría dicho que pudiera ser considerado ofensivo o indiscreto. Como no se me ocurrió nada, me consolé con la botella hasta que Henry salió del baño con un aspecto muy presentable, vistiendo una de mis camisas plisadas, cuello duro y pajarita negra.
Había oscurecido cuando salimos del apartamento y yo, por lo menos, iba lleno de esperanza y confianza, aunque un poco deprimido por la manera en que Ellen Macintosh me había hablado por teléfono.
4
No fue difícil encontrar el establecimiento del señor Gandesi, ya que el primer taxista al que Henry llamó a gritos en Spring Street nos indicó dónde estaba. Se llamaba Blue Lagoon y su interior estaba bañado en una desagradable luz azul. Entramos con paso firme, ya que habíamos consumido una comida parcialmente sólida en Mandy’s Caribbean Grotto antes de salir en busca del señor Gandesi. Henry parecía casi atractivo con mi segundo mejor esmoquin, una bufanda blanca con flecos cayéndole sobre el hombro, un sombrero ligero de fieltro negro echado hacia atrás en la cabeza (que solo era un poco más grande que la mía) y una botella de whisky en cada uno de los bolsillos laterales del abrigo de verano que llevaba.
El bar del Blue Lagoon estaba lleno, pero Henry y yo pasamos directamente al pequeño comedor en penumbra que había detrás. Un hombre con un esmoquin sucio vino hacia nosotros y cuando Henry le preguntó por Gandesi, señaló a un hombre gordo que estaba sentado solo ante una mesita en el rincón más alejado del comedor. Fuimos hacia allá.
El hombre estaba sentado con una copa de vino tinto delante, y daba vueltas lentamente a un pedrusco verde que llevaba en el dedo. No levantó la mirada. No había más sillas alrededor de la mesa, así que Henry se apoyó en ella con los dos codos.
—¿Es usted Gandesi? —preguntó.
Ni siquiera entonces el hombre alzó la mirada. Juntó sus pobladas cejas y respondió en tono ausente:
—Sí.
—Tenemos que hablar con usted en privado —le dijo Henry—. Donde no nos molesten.
Esta vez Gandesi sí alzó la mirada y en sus ojos planos, negros y almendrados había una expresión de aburrimiento supremo.
—¿Sí? —preguntó encogiéndose de hombros—. ¿Sobre qué?
—Sobre unas perlas —dijo Henry—. Una sarta de cuarenta y nueve, rosas y a juego.
—¿Venden… o compran? —preguntó Gandesi, y la barbilla empezó a temblarle de arriba abajo como si se estuviera divirtiendo.
—Compramos —respondió Henry.
El hombre de la mesa curvó un dedo en silencio y un camarero muy grande apareció a su lado.
—Están borrachos —dijo en tono neutro—. Echa a estos tíos.
El camarero agarró a Henry por un hombro. Este levantó descuidadamente una mano, agarró la del camarero y se la retorció. Con aquella luz azulada, la cara del camarero adquirió un color que no sé describir, pero que no era nada saludable. Dejó escapar un gemido bajo. Henry le soltó la mano y me dijo:
—Pon un billete de cien en la mesa.
Saqué mi cartera y extraje uno de los dos billetes de cien que había tenido la precaución de procurarme en el cajero del Chateau Moraine. Gandesi miró el billete e hizo una seña al enorme camarero, que se marchó frotándose la mano y sujetándosela contra el pecho.
—¿Para qué? —preguntó Gandesi.
—Por cinco minutos de su tiempo a solas.
—Qué gracioso. Vale. Picaré.
Gandesi pilló el billete, lo dobló con cuidado y se lo metió en el bolsillo del chaleco. Después puso las dos manos sobre la mesa y empujó con fuerza para ponerse de pie. Echó a andar patosamente sin mirarnos.
Henry y yo lo seguimos entre las mesas llenas de gente hasta el otro extremo del comedor, pasamos por una puerta en la pared entablada y recorrimos un pasillo estrecho y oscuro. Al final del pasillo, Gandesi abrió una puerta que daba a una habitación iluminada y sostuvo la puerta para nosotros con una sonrisa solemne en su cara aceitunada. Entré primero.
Cuando Henry estaba pasando por delante de Gandesi, este, con sorprendente agilidad, sacó de entre sus ropas una cachiporra de reluciente cuero negro y le golpeó en la cabeza con mucha fuerza. Henry cayó hacia delante, sobre las manos y las rodillas. Gandesi cerró la puerta de la habitación con mucha rapidez para un hombre de su constitución y se apoyó en ella con la cachiporra en la mano izquierda. De repente, en su mano derecha apareció un revólver negro, corto pero pesado.
—Es muy gracioso —dijo educadamente, riéndose para sus adentros.
Lo que sucedió a continuación no lo vi con mucha claridad. Un instante antes, Henry estaba a cuatro patas de espaldas a Gandesi. Un instante después, e incluso puede que en el mismo instante, algo giró como un enorme pez en el agua y Gandesi gruñó. Entonces vi que la dura y rubia cabeza de Henry estaba sepultada en el estómago de Gandesi y que sus manazas agarraban las dos muñecas peludas de Gandesi. Después, enderezó el cuerpo hasta su estatura completa y Gandesi subió por el aire, en equilibrio sobre la cabeza, con la boca muy abierta y torcida y la cara de un color morado oscuro. Después se sacudió, a mí me pareció que muy ligeramente, y Gandesi aterrizó de espaldas en el suelo llevándose un golpe terrible, y allí se quedó jadeando. Una llave giró en la puerta y Henry se quedó de espaldas a ella, con la cachiporra y el revólver en la mano izquierda y palpándose con preocupación los bolsillos que contenían nuestra provisión de whisky. Todo esto ocurrió a tal velocidad que me tuve que apoyar en la pared lateral porque sentía el estómago un poco revuelto.
—Un chistoso —dijo Henry arrastrando las palabras—. Un cómico. Espera a que me afloje el cinturón.
Gandesi rodó y se puso de pie muy despacio y con mucho esfuerzo. Se quedó balanceándose y pasándose la mano por la cara, de arriba abajo. Tenía la ropa cubierta de polvo.
—Esto es una cachiporra —comentó Henry, enseñándome la vara negra—. Me ha pegado con ella, ¿verdad?
—¿Por qué, Henry? ¿Es que no lo sabes? —pregunté.
—Solo quería estar seguro —respondió—. Eso no se les hace a los Eichelberger.
—Está bien, chicos. ¿Qué queréis? —preguntó bruscamente Gandesi, sin ningún rastro de su acento italiano.
—Ya te he dicho lo que queríamos, cara de torta.
—Me parece que no os conozco, muchachos —dijo Gandesi, dejando caer con cuidado su cuerpo en una silla de madera que había junto a un desvencijado escritorio de oficina. Se secó la cara y el cuello, y se palpó en varios sitios.
—Lo has entendido mal, Gandesi. Una señora que vive en Carondelet Park perdió un collar de cuarenta y nueve perlas hace un par de días. Un trabajo de caja fuerte, pero chupado. Nuestra empresa tiene un pequeño seguro sobre esas cuentas. Y dame ese billete de cien.
Se acercó a Gandesi, y este se apresuró a sacar el billete doblado del bolsillo y a entregárselo. Henry me dio el billete y yo volví a guardarlo en mi cartera.
—Creo que no he oído nada sobre eso —dijo Gandesi con cautela.
—Me has atizado con una cachiporra —dijo Henry—. Escucha con atención.
Gandesi negó con la cabeza y después se estremeció.
—No me trato con revientacajas —dijo—, ni con atracadores. Os equivocáis conmigo.
—Escucha bien —dijo Henry en voz baja—. Puede que oigas algo.
Hizo girar la cachiporra negra delante de su cuerpo con dos dedos de la mano derecha. El sombrero, que le quedaba un poco pequeño, seguía en la parte de atrás de su cabeza, aunque un poco arrugado.
—Henry —dije—. Parece que esta noche estás haciendo todo el trabajo. ¿Crees que es justo?
—Vale, trabájale tú —dijo Henry—. A estos gordos les salen unos moratones preciosos.
A estas alturas Gandesi había recuperado un color más natural y nos estaba mirando fijamente.
—¿Sois de una aseguradora? —preguntó en tono de duda.
—Tú lo has dicho, cara de torta.
—¿Habéis probado con Melachrino? —sugirió Gandesi.
—Ja, ja —empezó Henry con voz ronca—. Un chistoso. Un…
Pero lo interrumpí bruscamente.
—Un momento, Henry —dije, y después, volviéndome hacia Gandesi, pregunté—: ¿Ese Melachrino es una persona?
Los ojos de Gandesi se casi se salieron por la sorpresa.
—Pues claro. Un tío. No lo conocéis, ¿eh? —Una mirada de negra sospecha nació en sus ojos negros como endrinas, pero se desvaneció nada más aparecer.
—Telefonéalo —ordenó Henry, señalando el aparato colocado sobre el desvencijado escritorio.
—El teléfono es malo —protestó Gandesi, pensativo.
—Y también el veneno de cachiporra —dijo Henry.
Gandesi suspiró, giró su grueso cuerpo en la silla y acercó el teléfono. Marcó un número con una uña negra y esperó. Después de unos momentos dijo:
—¿Joe?… Lou. Unos tíos de una aseguradora están intentando hacer un trato acerca de un trabajo en Carondelet Park… Sí… No, cuentas… No has oído nada, ¿eh?… Vale, Joe.
Gandesi colocó el teléfono en su sitio y giró de nuevo sobre la silla. Nos estudió con ojos somnolientos.
—Nada. ¿Para qué compañía de seguros trabajáis, chicos?
—Dale una tarjeta —me dijo Henry.
Saqué una vez más la cartera y extraje una de mis tarjetas. Era una tarjeta de visita con relieve y no tenía nada más que mi nombre. Así que usé mi lápiz de bolsillo para escribir «Apartamentos Chateau Moraine, Franklin cerca de Ivar» debajo del nombre. Le enseñé la tarjeta a Henry y después se la entregué a Gandesi.
Este leyó la tarjeta y se mordió un dedo en silencio. De pronto, su cara se iluminó.
—Lo mejor será que vayáis a ver a Jack Lawler —dijo.
Henry lo miró de cerca. Los ojos de Gandesi estaban brillando, no parpadeaban y parecían sinceros.
—¿Quién es? —preguntó Henry.
—Lleva el club Penguin. En el Strip. Sunset 8644, o por ahí cerca. Si alguien puede enterarse, es él.
—Gracias —dijo Henry tranquilamente y me miró a mí—. ¿Tú le crees?
—Bueno, Henry —respondí—. La verdad es que no creo que se crea tan listo como para mentirnos.
—¡Ja! —empezó de pronto Gandesi—. ¡Un chistoso! ¡Un…!
—¡A callar! —rugió Henry—. Esa frase es mía. ¿Va de veras, Gandesi? ¿Lo de ese Jack Lawler?
Gandesi asintió vigorosamente.
—Es verdad, verdad de la buena. Jack Lawler tiene un dedo metido en todo lo que se mueve en círculos de alto copete. Pero no es fácil verlo.
—No te preocupes por eso. Gracias, Gandesi.
Henry tiró la cachiporra negra a un rincón de la habitación. Abrió el tambor del revólver que había tenido todo ese tiempo en la mano izquierda, sacó las balas y después se agachó y lanzó el revólver por el suelo hasta que desapareció bajo el escritorio. Hizo saltar las balas en la mano un par de veces con gesto indolente y después las desparramó por el suelo.
—Hasta la vista, Gandesi —dijo con frialdad—. Y mantén limpio tu hocico, si no quieres tener que buscarlo debajo de la cama.
Abrió la puerta y los dos salimos deprisa; abandonamos el Blue Lagoon sin ninguna interferencia por parte de los empleados.
5
Mi coche estaba aparcado a poca distancia, calle abajo. Entramos en él, Henry apoyó los brazos en el volante y miró melancólico a través del parabrisas.
—Bueno, ¿tú qué piensas, Walter? —preguntó al fin.
—Si quieres saber mi opinión, Henry, creo que el señor Gandesi nos ha contado una trola para librarse de nosotros. Además, no creo que se creyera que somos agentes de seguros.
—Lo mismo digo, y ración extra —dijo Henry—. No creo que exista ningún Melachrino ni ningún Jack Lawler, este Gandesi llamó a algún teléfono sin línea y se tiró el rollo con él. Debería volver allí y arrancarle los brazos y las piernas. Me cago en ese cerdo gordo.
—Esta es la mejor idea que se nos había ocurrido, Henry, y ya la hemos llevado lo más lejos que hemos sido capaces. Ahora sugiero que volvamos a mi apartamento a intentar pensar otra cosa.
—Y a emborracharnos —dijo Henry, poniendo en marcha el coche y apartándolo de la acera.
—Tal vez podamos hacer una pequeña concesión al licor, Henry.
—¡Ag! —bufó Henry—. Nos ha toreado. Debería volver y arrasar el garito.
Frenó en el cruce, aunque en aquel momento no funcionaba ningún semáforo, y se llevó una botella de whisky a los labios. Estaba metido de lleno en lo de beber cuando un coche que venía detrás chocó contra el nuestro, pero no con mucha fuerza. Henry se atragantó y bajó la botella, derramando parte del whisky sobre su ropa.
—Esta ciudad se está superpoblando —gruñó—. Uno ya no puede echar un trago sin que algún mono listillo le pegue en el codo.
Quienquiera que estuviera en el coche detrás de nosotros tocó el claxon con cierta insistencia, en vista de que no nos habíamos movido hacia delante. Henry abrió la puerta de golpe, salió y fue hacia atrás. Oí voces a un considerable volumen, siendo la de Henry la más ruidosa. Volvió al cabo de un momento, entró en el coche y arrancó.
—Tendría que haberle arrancado la lengua —dijo—. Pero me he ablandado.
Condujo a toda velocidad el resto del camino hasta Hollywood y el Chateau Moraine, subimos a mi apartamento y nos sentamos con unas buenas copas en las manos.
—Nos queda algo más de un litro y medio de combustible —comentó Henry, mirando las dos botellas que había colocado en la mesa junto a otras que habíamos vaciado tiempo atrás—. Debería bastar para tener una idea.
—Si no fuera suficiente, Henry, hay abundantes provisiones en el sitio de donde salieron estas. —Vacié mi vaso muy animado.
—Pareces un buen tipo —dijo Henry—. ¿Por qué siempre hablas tan raro?
—Parece que soy incapaz de cambiar mi lenguaje, Henry. Mi padre y mi madre eran puristas muy estrictos, en la tradición de Nueva Inglaterra, y el habla vernácula nunca ha acudido de manera natural a mis labios, ni siquiera cuando estaba en la universidad.
Henry hizo un intento de digerir esta explicación, pero pude notar que se le hacía un poco pesado en el estómago.
Hablamos durante un rato acerca de Gandesi y la dudosa calidad de sus consejos, y así transcurrió como media hora. Entonces, de repente, el teléfono blanco de mi mesa empezó a sonar. Corrí hacia él con la esperanza de que fuera Ellen Macintosh y de que se le hubiera pasado el mal humor. Pero resultó ser una voz de hombre, desconocida para mí. Habló en tono agudo, con un desagradable timbre metálico.
—¿Es usted Walter Gage?
—El señor Gage al habla.
—Bueno, señor Gage, he oído que quiere entrar en el mercado de la joyería.
Apreté el teléfono con fuerza, giré el cuerpo y le hice muecas a Henry por encima del aparato. Pero él estaba sirviéndose con aire melancólico otra buena dosis de Old Plantation.
—Así es —dije por el aparato, intentando mantener firme la voz, aunque mi excitación era casi demasiado para mí—. Si por joyería se refiere a perlas.
—Una sarta de cuarenta y nueve, hermano. Y el precio son cinco de los grandes.
—¡Pero eso es completamente absurdo! —exclamé—. Cinco mil dólares por esas…
La voz me interrumpió con brusquedad.
—Ya me has oído, hermano. Cinco de los grandes. Extiende la mano y cuéntate los dedos. Ni más ni menos. Piénsatelo. Te volveré a llamar.
Se oyó un chasquido seco a través del auricular y yo colgué el aparato en su horquilla con la mano temblorosa. Estaba temblando. Volví a mi butaca, me senté y me sequé la cara con un pañuelo.
—Henry —dije en voz baja y tensa—. Ha funcionado. Pero de qué manera más rara.
Dejó su copa vacía en el suelo. Era la primera vez que lo veía soltar una copa vacía y dejarla vacía. Me miró con atención con sus ojos verdes y estrechos que no parpadeaban.
—¿Sí? —dijo suavemente—. ¿Qué es lo que ha funcionado, chaval? —Se lamió despacio los labios con la punta de la lengua.
—Lo que hemos llevado a cabo en el local de Gandesi, Henry. Un hombre acaba de llamarme por teléfono y me ha preguntado si estaba en el mercado de las perlas.
—Vaya. —Henry frunció los labios y silbó con suavidad—. Ese maldito espagueti ha cumplido, después de todo.
—Pero el precio son cinco mil dólares, Henry. Eso parece estar fuera de toda explicación razonable.
—¿Eh? —Los ojos de Henry saltaron hacia delante, como si estuvieran a punto de salirse de sus órbitas—. ¿Cinco de los grandes por esa falsificación? Ese tío está mal de la cabeza. Tú dijiste que costó doscientos. El tío está como una cabra. ¿Cinco grandes? Joder, con cinco grandes podría comprarme suficientes perlas falsas para cubrir un elefante.
Se veía que Henry estaba desconcertado. Volvió a llenar las copas sin añadir nada y nos miramos el uno al otro por encima de ellas.
—Bueno, ¿qué demonios vas a hacer con eso, Walter? —preguntó tras un largo silencio.
—Henry —dije con voz firme—, solo se puede hacer una cosa. Es cierto que Ellen Macintosh me habló confidencialmente, y dado que no tenía permiso expreso de la señora Penruddock para contarme lo de las perlas, se supone que yo debería respetar esa confidencialidad. Pero ahora Ellen está enfadada conmigo y no quiere hablarme, alegando que estoy bebiendo whisky en cantidades considerables, aunque mi discurso y mi cerebro sean todavía razonablemente claros. Esto último que ha pasado es un giro muy extraño de los acontecimientos y creo que, a pesar de todo, debería consultar a un amigo íntimo de la familia. A poder ser, por supuesto, alguien con amplia experiencia en los negocios y, por añadidura, un hombre que entienda de joyas. Y ese hombre existe, Henry, y mañana por la mañana iré a visitarlo.
—Jesús —dijo Henry—. Podrías haber dicho todo eso en nueve palabras, hermano. ¿Quién es ese tipo?
—Se llama Lansing Gallemore y es el presidente de Joyerías Gallemore, en la calle Siete. Es un muy viejo amigo de la señora Penruddock. Ellen lo ha mencionado con frecuencia. Y, además, es la persona que le consiguió las perlas de imitación.
—Pero ese tío informará a la poli —objetó Henry.
—No lo creo, Henry. No creo que haga nada que incomode en modo alguno a la señora Penruddock.
Él se encogió de hombros.
—Lo falso es falso —dijo—. No se puede sacar nada de ello. Ni siquiera el presidente de una joyería puede.
—No obstante, tiene que haber una razón para que se pida una suma tan elevada, Henry. La única razón que se me ocurre es el chantaje y, francamente, tal vez sea demasiado para que lo maneje yo solo, puesto que no sé lo suficiente sobre la historia de la familia.
—Vale —dijo Henry suspirando—. Si tienes esa corazonada, será mejor que la sigas, Walter. Y yo más vale que me vaya pitando a tumbarme para estar en forma para el trabajo duro, si es que lo hay.
—¿No quieres pasar la noche aquí, Henry?
—Gracias, colega, pero en el hotel estoy bien. Solo me llevaré esta botella de sudor de tigre para que me ayude a dormir. Es posible que me llamen de la agencia por la mañana, y tendré que cepillarme los dientes e ir a ver qué es. Y supongo que será mejor que me cambie de ropa para poder volver a mezclarme con la gente corriente.
Diciendo esto se metió en el cuarto de baño y al poco rato emergió con su traje de sarga azul. Insistí en que se llevara mi coche, pero dijo que el coche no estaría seguro en su barrio. No obstante, sí que accedió a seguir usando el abrigo que había llevado puesto, y después de meter en él con mucho cuidado la botella de whisky sin abrir, me dio la mano afectuosamente.
—Un momento, Henry —dije, y le entregué un billete de veinte dólares que saqué de mi cartera.
—¿Y esto es en pago de qué? —Gruñó.
—Por el momento, estás desempleado, Henry, y esta noche has hecho un trabajo espléndido, por muy desconcertantes que hayan sido los resultados. Mereces una recompensa, y yo puedo permitirme este pequeño dispendio.
—Bueno, gracias, colega —dijo Henry—. Pero que conste que es solo un préstamo. —Su voz estaba ronca de emoción—. ¿Te doy un toque por la mañana?
—Desde luego. Por cierto, se me ha ocurrido otra cosa. ¿No sería aconsejable que cambiaras de hotel? Supón que, no por culpa mía, la policía se enterara de este robo. ¿No sospecharían de ti, por lo menos?
—Joder, me tendrían botando de arriba abajo durante horas —dijo Henry—. Pero ¿de qué les iba a servir? No soy un melocotón maduro.
—Eso tienes que decidirlo tú, naturalmente.
—Sí, buenas noches, colega, y que no tengas pesadillas.
Me dejó y de pronto me sentí muy solo y deprimido. La compañía de Henry me había resultado estimulante, a pesar de su tosca manera de hablar. Era todo un hombre. Me serví un trago bastante grande de whisky de la botella restante y me lo bebí deprisa pero con tristeza.
El efecto fue tal que sentí un invencible deseo de hablar con Ellen Macintosh a toda costa. Fui al teléfono y marqué su número. Después de mucha espera, respondió una doncella medio dormida. Sin embargo, Ellen, al oír mi nombre, se negó a acudir al teléfono. Aquello me deprimió aún más e hizo que me terminara el resto del whisky casi sin enterarme de lo que estaba haciendo. Después me tumbé en la cama y caí en un sueño con sobresaltos.
6
El insistente timbre del teléfono me despertó y vi que el sol de la mañana entraba a chorros en la habitación. Eran las nueve y todas las lámparas estaban aún encendidas. Me levanté sintiéndome un poco rígido y disoluto, porque todavía tenía puesto el esmoquin. Pero soy un hombre sano, de nervios muy firmes, y no me sentía tan mal como había esperado. Me dirigí al aparato y respondí.
La voz de Henry dijo:
—¿Cómo estás, colega? Yo tengo una resaca como la de doce suecos.
—No demasiado mal, Henry.
—Me han llamado de la agencia para un trabajo. Será mejor que vaya al centro a ver qué es. ¿Me paso por ahí después?
—Sí, Henry, ven aquí, por favor. A eso de las once estaré de vuelta de la gestión de la que te hablé anoche.
—¿Ha habido más llamadas de quien tú sabes?
—Todavía no, Henry.
—Vale. Nos vemos.
Colgó y yo me di una ducha fría, me afeité y me vestí. Me puse un discreto traje marrón y pedí que me subieran un poco de café de la cafetería de la planta baja. También hice que el camarero se llevara las botellas vacías de mi apartamento y le di un dólar por las molestias. Después de tomar dos tazas de café negro me sentí de nuevo dueño de mí mismo y fui en coche al centro, a la gran y brillante tienda de Joyerías Gallemore, en la calle Siete Oeste.
Era otra mañana dorada y luminosa, y parecía que las cosas tenían que arreglarse de alguna manera en un día tan agradable.
Resultó un poco difícil citarse con el señor Lansing Gallemore, de modo que me vi obligado a decirle a su secretaria que era un asunto relacionado con la señora Penruddock y de carácter confidencial. En cuanto se le transmitió este mensaje se me hizo pasar inmediatamente a un gran despacho con paredes de madera, en cuyo extremo más lejano estaba el señor Gallemore, detrás de un gigantesco escritorio. Me tendió una mano fina y rosada.
—¿Señor Gage? Creo que no nos conocemos, ¿verdad?
—No, señor Gallemore, creo que no. Soy el novio, o lo era hasta anoche, de la señorita Ellen Macintosh, que, como seguramente sabe, es la enfermera de la señora Penruddock. Acudo a usted por un asunto muy delicado y es necesario que antes de seguir hablando le pida que guarde el secreto.
Era un hombre de unos setenta y cinco años de edad, muy alto y delgado, y correcto y bien conservado. Tenía los ojos azules y fríos, pero una sonrisa amable. Vestía de un modo bastante juvenil, con un traje de franela gris y un clavel rojo en la solapa.
—Eso es algo que tengo por norma no prometer nunca, señor Gage —dijo—. Creo que es casi siempre una petición muy injusta. Aunque si usted me asegura que el asunto afecta a la señora Penruddock y que es de índole delicada y confidencial, haré una excepción.
—De verdad que lo es, señor Gallemore —le aseguré, y a continuación le conté toda la historia, sin ocultar nada, ni siquiera el hecho de que el día anterior había consumido demasiado whisky.
Al concluir mi relato, vi que me estaba mirando con curiosidad. Su bien moldeada mano tomó una antigua pluma blanca de ave para escribir y lentamente se hizo cosquillas con ella en la oreja derecha.
—Señor Gage —dijo—, ¿no puede adivinar por qué piden cinco mil dólares por esa sarta de perlas?
—Si me permite conjeturar en una cuestión de carácter tan personal, tal vez podría aventurar una explicación, señor Gallemore.
Se pasó la pluma blanca alrededor de la oreja izquierda y asintió.
—Adelante, hijo.
—En realidad, las perlas son auténticas, señor Gallemore. Usted es un viejo amigo de la señora Penruddock, tal vez incluso un novio de la infancia. Cuando ella le dio sus perlas, su regalo de bodas de oro, para venderlas porque estaba urgentemente necesitada de dinero para un propósito generoso, usted no las vendió, señor Gallemore. Solo fingió venderlas. Le dio veinte mil dólares de su propio dinero y le devolvió las perlas auténticas, explicándole que eran una imitación hecha en Checoslovaquia.
—Hijo, piensa usted aun mejor que habla —dijo el señor Gallemore.
Se levantó y se acercó a una ventana, corrió un fino visillo y miró el bullicio de la calle Siete. Volvió a su escritorio, se sentó y sonrió con un poco de melancolía.
—Está usted tan en lo cierto que casi resulta embarazoso, señor Gage —reconoció, y suspiró—. La señora Penruddock es una mujer muy orgullosa. De no ser así, simplemente le habría ofrecido los veinte mil dólares como préstamo sin garantía. Resulta que yo era el coadministrador del patrimonio del señor Penruddock y sabía que en las condiciones del mercado financiero de aquel momento, iba a ser imposible reunir suficiente dinero en efectivo para atender a tantos parientes y pensionistas sin dañar irreparablemente el grueso del patrimonio. Por eso la señora Penruddock vendió sus perlas, o eso creyó ella, e insistió en que nadie se enterara de ello. E hice lo que usted ha conjeturado. No tuvo importancia. Podía permitirme el gesto. Nunca me he casado, Gage, y se me considera un hombre rico. A decir verdad, en aquella época las perlas no habrían valido ni la mitad de lo que yo le di, o de lo que se pagaría hoy por ellas.
Bajé los ojos por temor a que mi mirada directa molestara a aquel viejo y amable caballero.
—Por eso creo que lo mejor será reunir esos cinco mil, hijo —añadió a continuación el señor Gallemore en tono animado—. El precio es bastante bajo, aunque las perlas robadas son mucho más difíciles de comerciar que las piedras talladas. Si confiara en usted hasta ese punto así por las buenas, ¿cree que podría encargarse del asunto?
—Señor Gallemore —dije con firmeza pero en voz baja—, soy un completo desconocido para usted y soy solo de carne y hueso. Pero le prometo por el recuerdo de mis difuntos y venerados padres que no me acobardaré.
—Bueno, veo que tiene una buena cantidad de carne y hueso, hijo —dijo amablemente el señor Gallemore—. Y no temo que se quede el dinero, porque puede que sepa más de lo que usted sospecha acerca de la señorita Ellen Macintosh y su novio. Además, las perlas están aseguradas, a mi nombre, por supuesto, y en realidad es la compañía de seguros la que tendría que ocuparse de este asunto. Pero usted y ese amigo suyo tan curioso parecen haberlo hecho bastante bien hasta ahora, y creo que hay que jugar esa baza. Ese Henry debe de ser todo un hombre.
—Le estoy tomando mucho aprecio, a pesar de sus modales toscos —confesé.
El señor Gallemore jugueteó un poco más con la pluma blanca y después sacó un gran talonario y rellenó uno, que secó cuidadosamente con un secante y me entregó.
—Si consigue las perlas, haré que la compañía de seguros me reembolse esto —dijo—. Si quieren tenerme como cliente, no habrá dificultades en ese sentido. El banco está en la esquina de abajo, estaré esperando su llamada. No creo que paguen el cheque sin telefonearme. Tenga cuidado, hijo, no deje que le hagan daño.
Me estrechó la mano una vez más y vacilé.
—Señor Gallemore, está usted depositando más confianza en mí que nadie en mi vida —dije—, a excepción de mi padre, por supuesto.
—Estoy portándome como un maldito idiota —reconoció con una sonrisa peculiar—. Hace tanto tiempo que no oigo a alguien hablar como escribe Jane Austen que eso me está convirtiendo en un primo.
—Gracias, señor. Sé que mi manera de hablar es un poco pomposa. ¿Puedo atreverme a pedirle un pequeño favor, señor?
—¿De qué se trata, Gage?
—De telefonear a la señorita Ellen Macintosh, de la que ahora estoy un poco distanciado, y de decirle que hoy no he bebido y que usted me ha confiado una misión muy delicada.
Se echó a reír con fuerza.
—Lo haré encantado, Walter. Y como sé que se puede confiar en ella, le daré una idea de lo que está pasando.
Lo dejé y fui al banco con el cheque. El cajero, después de mirarme con recelo y ausentarse de la ventanilla durante mucho tiempo, extrajo por fin la cantidad en billetes de cien dólares, con la mala gana que habría sido de esperar si se hubiera tratado de su propio dinero.
Me guardé el paquete plano de billetes en el bolsillo y dije:
—Ahora deme un cartucho de monedas de veinticinco centavos, por favor.
—¿Un cartucho de monedas de un cuarto? —preguntó alzando las cejas.
—Exacto. Las uso para propinas. Y, naturalmente, prefiero llevármelas a casa envueltas.
—Ah, ya lo entiendo. Diez dólares, por favor.
Recibí el duro y grueso cartucho de monedas, me lo guardé en un bolsillo y fui en coche hasta Hollywood.
Henry me estaba esperando en el vestíbulo del Chateau Moraine, dándole vueltas al sombrero entre sus toscas y duras manos. Su cara parecía tener arrugas más profundas que el día anterior, y noté que le olía el aliento a whisky. Subimos a mi apartamento y se dirigió a mí con ansiedad.
—¿Ha habido suerte, colega?
—Henry —dije—, antes de seguir más adelante en esta jornada, quiero dejar bien claro que no estoy bebiendo. Lo comento porque veo que tú ya le has estado dando a la botella.
—Solo para levantar el ánimo, Walter —se excusó un poco contrito—. El trabajo al que he ido ya estaba pillado antes de que llegara. ¿Qué noticias hay?
Me senté, encendí un cigarrillo y lo miré a los ojos.
—Verás, Henry, no sé si debo decírtelo o no. Pero parece un poco mezquino no hacerlo después de todo lo que le hiciste anoche a Gandesi. —Vacilé un momento más, mientras Henry me observaba y se pellizcaba los músculos del brazo izquierdo—. Las perlas son auténticas, Henry. Tengo instrucciones de seguir adelante con el asunto, y en este momento llevo cinco mil dólares en efectivo en el bolsillo.
Le conté en pocas palabras lo que había ocurrido.
Estaba más asombrado de lo que se puede expresar con palabras.
—¡Increíble! —exclamó con la boca muy abierta—. ¿Quieres decir que le has sacado los cinco grandes a ese Gallemore… así como así?
—Exacto, Henry.
—Chico —dijo con mucha convicción—, esa carita tan mona que tienes y esa manera de hablar tan florida son algo por lo que muchos tíos pagarían una buena pasta. Cinco de los grandes, y de un hombre de negocios, así como así. ¡Demonios! Es que me quedo turulato, me quedo muerto, me quedo como una bebida drogada en un club de señoras.
En aquel preciso momento, como si hubieran estado observando mi llegada al edificio, sonó de nuevo el teléfono y me apresuré para responder.
Era una de las voces que estaba esperando, pero no la que yo quería oír con más anhelo.
—¿Cómo te va la mañana, Gage?
—Parece que va mejor —dije—. Si puedo tener alguna garantía de trato honorable, estoy dispuesto a seguir adelante.
—¿Quieres decir que tienes la pasta?
—En este mismo momento la tengo en el bolsillo.
La voz pareció exhalar lentamente.
—Tendrás tus cuentas, puedes estar seguro… si nosotros cobramos el precio, Gage. Hace mucho tiempo que estamos en este negocio y siempre cumplimos. Si no fuera así, se correría la voz y nadie jugaría con nosotros nunca más.
—Sí, eso lo puedo entender —dije—. Proceda con las instrucciones —añadí fríamente.
—Escucha bien, Gage. Esta noche a las ocho en punto estarás en Pacific Palisades. ¿Sabes dónde es?
—Desde luego. Es una pequeña zona residencial al oeste del campo de polo de Sunset Boulevard.
—Exacto. El Sunset lo atraviesa de lado a lado. Allí hay un drugstore que abre hasta las nueve. Ve allí y espera una llamada a las ocho en punto. Solo. Y quiero decir solo, Gage. Ni polis ni matones. Aquello es un descampado y te veremos llegar y sabremos si vas solo. ¿Lo has entendido todo?
—No soy un completo idiota —repliqué.
—Nada de paquetes de pega, Gage. Comprobaremos la pasta. Nada de pistolas. Se te registrará, y somos bastantes para cubrirte desde todos los ángulos. Conocemos tu coche. Nada de trucos, nada de pasarte de listo, nada de jugarretas y así nadie saldrá herido. Es como hacemos los negocios nosotros. ¿Cómo viene el dinero?
—En billetes de cien —respondí—. Y solo unos pocos son nuevos.
—Así me gusta. Entonces, a las ocho. Sé listo, Gage.
El teléfono chasqueó en mi oído y colgué. Casi al instante, volvió a sonar. Esta vez era la voz.
—¡Ay, Walter! —exclamó Ellen—. ¡Qué mal me he portado contigo! Por favor, perdóname, Walter. El señor Gallemore me lo ha contado todo y estoy asustadísima.
—No hay ningún motivo para estarlo —le dije cariñosamente—. ¿Lo sabe la señora Penruddock, querida?
—No, cariño. El señor Gallemore me ha dicho que no se lo contara. Estoy telefoneando desde una tienda en la calle Sexta. Ay, Walter, de verdad que estoy asustada. ¿Va a ir Henry contigo?
—Me temo que no, querida. Ya está todo organizado y no lo permiten. Tengo que ir solo.
—¡Ay, Walter, estoy aterrada! No puedo soportar la angustia.
—No hay nada que temer —le aseguré—. Es una simple transacción comercial. Y no soy precisamente un enano.
—Pero Walter… Ay, procuraré ser valiente, Walter. ¿Me prometerás solo una cosita chiquitita de nada?
—Ni una gota, querida —dije con firmeza—. Ni una sola y única gota.
—¡Oh, Walter!
Hubo un poco más de este tipo de cosas, muy agradable para mí dadas las circunstancias, aunque puede que no tenga mucho interés para otros. Por fin nos despedimos con mi promesa de telefonear en cuanto se hubiera consumado el encuentro entre los maleantes y yo.
Colgué el aparato y al volverme me encontré a Henry bebiendo con fruición de una botella que había sacado del bolsillo lateral.
—¡Henry! —exclamé.
Me miró por encima de la botella con una mirada áspera y decidida.
—Mira, colega —dijo en voz baja y dura—. He pillado lo suficiente de la conversación para figurarme cómo es el arreglo. Algún sitio en un descampado, vas solo, te dan jarabe de palo, se llevan tu pasta y te dejan tirado… quedándose de paso con las perlas. De eso nada, colega. ¡Te digo que de eso nada! —Casi gritó las últimas palabras.
—Henry, es mi deber y debo hacerlo —dije tranquilamente.
—¡Ja! —se burló Henry—. Yo digo que no. Estás chiflado, pero por otra parte eres un buen tipo. Yo digo que no. Henry Eichelberger, de los Eichelberger de Wisconsin… De hecho, también podría decir que de los Eichelberger de Milwaukee… dice que no. Y lo dice con las dos manos. —Volvió a beber de la botella.
—No creo que vayas a ser de mucha ayuda si te intoxicas —le dije en tono bastante amargo.
Bajó el brazo y me miró con el asombro pintado en todas sus rudas facciones.
—¿Borracho, Walter? —estalló—. ¿Te he oído decir borracho? ¿Un Eichelberger, borracho? Escucha, hijo. Ahora no tenemos mucho tiempo. Se necesitarían unos tres meses. Algún día, cuando tengas tres meses, unos dieciocho mil litros de whisky y un embudo, estaré encantado de dedicar el tiempo necesario para enseñarte cómo es un Eichelberger cuando está borracho. No te lo vas a creer. Hijo, no iba a quedar nada de esta ciudad, más que unas pocas vigas torcidas y un montón de escombros, en medio de los cuales… Jesús, si sigo contigo mucho tiempo, acabaré hablando inglés… En medio de los cuales, apaciblemente, sin rastro de vida humana a menos de ochenta kilómetros a la redonda, estará Henry Eichelberger tumbado de espaldas y sonriéndole al sol. Borracho, Walter. No asquerosamente borracho, ni siquiera con una borrachera de club de campo, pero podrías utilizar la palabra borracho y yo no me daría por ofendido.
Se sentó y volvió a beber. Miré al suelo con mal humor. No tenía nada que decir.
—Pero eso —continuó Henry— será en otra ocasión. Ahora mismo solo estoy tomando mi medicina. Como se suele decir, no soy yo mismo sin un ligero toque de delirium tremens. Me criaron con ello. Y voy a ir contigo, Walter. ¿Dónde está ese sitio?
—Cerca de la playa, Henry, y no vas a venir conmigo. Si necesitas emborracharte, emborráchate, pero no vas a venir conmigo.
—Tu coche es grande, Walter. Me esconderé detrás, en el suelo, debajo de una alfombra. No puede fallar.
—No, Henry.
—Walter, eres un buen tipo —dijo—, y voy a ir contigo a esta movida. Échale un tiento al barril, Walter. Me pareces un poco frágil.
Estuvimos una hora discutiendo y ya me dolía la cabeza y empezaba a sentirme muy nervioso y cansado cuando cometí lo que pudo haber sido un error fatal. Sucumbí a los engatusamientos de Henry y tomé una pequeña dosis de whisky, por motivos puramente medicinales. Eso me hizo sentirme mucho más relajado, tanto que tomé otra dosis, más grande. No había almorzado nada aquella mañana, excepto café, y la noche anterior cené de forma ligera. Al cabo de otra hora, Henry había salido a por otras dos botellas de whisky y yo estaba animado como un pájaro. Todas las dificultades habían desaparecido y había accedido de buena gana a que Henry me acompañara a la cita tumbado en la trasera de mi coche, tapado con una alfombra.
Pasamos el tiempo muy agradablemente hasta las dos, momento en el que empecé a tener sueño, me tumbé en la cama y caí en un profundo sueño.
7
Cuando desperté, casi había oscurecido. Me levanté con pánico en el corazón, y también con un agudo pinchazo de dolor en las sienes. Afortunadamente solo eran las seis y media. Estaba solo en el apartamento y unas sombras alargadas se arrastraban por el suelo. El despliegue de botellas de whisky vacías encima de la mesa era asqueroso. A Henry Eichelberger no se le veía por ninguna parte. Con una punzada instintiva, de la que me avergoncé casi inmediatamente, corrí hacia mi chaqueta, que colgaba del respaldo de una silla, y metí la mano en el bolsillo interior del pecho. El paquete de billetes estaba allí, intacto. Tras una breve vacilación, y con una secreta sensación de culpa, los saqué y los conté despacio. No faltaba ni un billete. Volví a guardar el dinero y procuré sonreírme por esa falta de confianza. Después encendí una luz y me metí en el cuarto de baño para darme duchas alternando agua fría y caliente hasta que el cerebro me quedó de nuevo relativamente claro.
Había hecho esto y me estaba poniendo una muda limpia cuando una llave giró en la cerradura y entró Henry Eichelberger con dos botellas envueltas debajo del brazo. Me miró con lo que a mí me pareció auténtico afecto.
—Un tío capaz de dormir la mona como tú es un verdadero campeón, Walter —dijo con admiración—. Te birlé las llaves para no despertarte. Tenía que conseguir algo de comer y un poco más de priva. He bebido un poquito yo solo, lo cual, como ya te he dicho, va contra mis principios, pero hoy es un gran día. Sin embargo, a partir de ahora vamos a tomarnos con calma lo de la bebida. No podemos permitirnos que nos tiemble el pulso hasta que todo haya terminado.
Mientras hablaba, desenvolvió una botella y me sirvió una copita. Me la bebí agradecido, y de inmediato sentí un agradable calorcito en las venas.
—Apuesto a que has mirado en tu bolsillo para ver si estaba ese mazo de pasta —comentó Henry, sonriéndome.
Sentí que me ruborizaba, pero no dije nada.
—No pasa nada, colega, has hecho bien. ¿Qué demonios sabes tú de Henry Eichelberger? He salido a por algo más. —Se llevó la mano detrás y sacó una automática corta del bolsillo de la cadera—. Si estos chicos quieren jugar duro, aquí tengo cinco pavos de hierro que tampoco tienen inconveniente en jugar duro. Y los Eichelberger no fallan a muchos tíos contra los que disparan.
—No me gusta eso, Henry —dije en tono severo—. Va en contra de lo acordado.
—Al infierno lo acordado —replicó Henry—. Ellos se llevan su pasta, y sin polis. Solo me estoy encargando de que suelten las cuentas y no salgan por patas a toda velocidad.
Vi que no servía de nada discutir con él, así que terminé de vestirme y me preparé para salir del apartamento. Nos tomamos una copa más cada uno y después nos marchamos con una botella llena en el bolsillo de Henry.
Por el pasillo que llevaba al ascensor, me explicó en voz baja:
—Fuera tengo un taxi para seguirte, por si acaso estos chicos tienen la misma idea. Tendrías que dar unas vueltas por unas cuantas manzanas tranquilas para que yo me percate. Lo más probable es que no se aproximen hasta que estés cerca de la playa.
—Todo esto te debe de estar costando mucho dinero, Henry —dije.
Mientras estábamos esperando que subiera el ascensor, saqué de la cartera otro billete de veinte y se lo ofrecí. Aceptó el dinero de mala gana, lo dobló y se lo guardó en el bolsillo.
Hice lo que me había sugerido, subí y bajé varias de las empinadas calles al norte del Hollywood Boulevard, y finalmente oí el inconfundible pitido de la bocina de un taxi detrás de mí. Paré a un lado de la carretera. Henry salió del taxi, pagó al conductor y entró en el coche, a mi lado.
—Todo despejado —dijo—. Nadie te sigue. Me agacharé un poco, y convendría que pararas en algún sitio para pillar algo de comer, porque si tenemos que ponernos duros con esos chicos nos vendrá bien llevar el depósito lleno.
De modo que conduje hacia el oeste, bajando hasta Sunset Boulevard, y paré en un restaurante abarrotado donde nos sentamos en la barra y tomamos una comida ligera a base de tortilla y café solo. Después, continuamos nuestro camino. Cuando llegamos a Beverly Hills, Henry me hizo entrar y salir por una serie de calles residenciales, mientras observaba con mucha atención por la ventanilla trasera del coche.
Cuando por fin quedó satisfecho, volvimos a Sunset Boulevard y seguimos sin incidencias a través de Bel-Air y los bordes de Westwood, casi hasta el campo de polo de Riviera. En aquel punto, al fondo de la hondonada, está el cañón de Mandeville, un sitio muy tranquilo. Henry hizo que condujera por él un corto trecho. Después nos detuvimos, tomamos un poco de whisky de su botella y entró en la parte trasera del coche y acurrucó su corpachón en el suelo, con la alfombra encima y la pistola automática y la botella convenientemente al alcance de la mano. Hecho esto, reanudé una vez más la marcha.
Pacific Palisades es un distrito cuyos habitantes parecen retirarse bastante temprano. Cuando llegué a lo que podría llamarse el centro comercial, no había nada abierto excepto el drugstore junto a la orilla. Aparqué el coche, Henry permaneció en silencio bajo la alfombra en la parte de atrás, con excepción de un ligero gorgoteo que percibí mientras estaba de pie en la oscura acera. Después entré en la tienda y vi en el reloj que eran las ocho menos cuarto. Compré un paquete de cigarrillos, encendí uno y tomé posición cerca de la cabina telefónica abierta.
El dependiente, un hombre corpulento y rubicundo de edad indefinida, tenía una pequeña radio muy alta y estaba escuchando algún serial idiota. Le pedí que bajara el volumen, porque esperaba una llamada telefónica importante. Lo hizo, pero no de buena gana, y enseguida se retiró a la parte de atrás de la tienda, donde lo descubrí mirándome malignamente a través de una pequeña ventana de cristal.
Cuando faltaba exactamente un minuto para las ocho en el reloj del drugstore, el teléfono sonó ruidosamente en la cabina. Entré a toda prisa y cerré bien la puerta. Levanté el receptor, temblando un poco a pesar mío.
Era la misma voz fría y metálica.
—¿Gage?
—El señor Gage al habla.
—¿Has hecho lo que te he dicho?
—Sí —respondí—. Tengo el dinero en el bolsillo y estoy completamente solo.
No me gustaba la sensación de mentir tan desvergonzadamente, aunque fuera a un ladrón, pero reuní fuerzas para hacerlo.
—Pues escucha. Vuelve atrás por donde has venido, unos cien metros. Al lado del cuartel de bomberos hay una estación de servicio cerrada, pintada de verde, rojo y blanco. Al lado hay un camino de tierra que va hacia el sur. Síguelo durante poco más de un kilómetro y llegarás a una valla blanca de estacas cuadradas que casi cruza el camino. Por la parte izquierda hay un hueco por donde cabe justo el coche. Baja las luces, métete por ahí y sigue cuesta abajo hasta una hondonada toda rodeada de salvia. Aparca allí, apaga las luces y espera. ¿Entendido?
—Perfectamente —dije con frialdad—. Y se hará exactamente así.
—Escucha, amigo. No hay ninguna casa en un kilómetro, y no hay absolutamente nadie en los alrededores. Se te está vigilando en este mismo momento. Ve allí deprisa, y ve solo… o habrás hecho el viaje para nada. Y no enciendas cerillas, ni fumes, ni uses linternas. En marcha.
El teléfono se cortó y salí de la cabina. Apenas había salido del drugstore cuando el tendero corrió hasta la radio y la puso a un volumen atronador. Me metí en el coche, arranqué y volví por Sunset Boulevard, como me habían indicado. En el suelo, detrás de mí, Henry estaba tan callado como una tumba.
Yo estaba muy nervioso, y él tenía todo el licor que habíamos llevado. Llegué al cuartel de bomberos en un instante, y a través de la ventana delantera pude ver a cuatro bomberos jugando a las cartas. Al pasar la gasolinera roja, verde y blanca, torcí a la derecha por el camino de tierra, y casi inmediatamente la noche se volvió tan silenciosa que, a pesar del rumor apagado del coche, pude oír los grillos y las ranas arborícolas chirriando y trinando en todas direcciones, y de alguna charca cercana llegaba el ronco croar de una solitaria rana toro.
El camino bajaba y volvía a subir, y a lo lejos se veía una ventana amarilla. De pronto, como un fantasma en la negrura de la noche sin luna, apareció la borrosa barrera banca que casi cruzaba el camino. Vi el hueco a un lado, reduje la luz de los faros y pasé con cuidado a través de él, empezando a bajar una pequeña cuesta muy accidentada que llevaba a una hondonada de forma ovalada, rodeada de maleza baja y llena de abundante basura, como botellas y latas vacías y trozos de papel. Pero a aquella hora tan oscura estaba completamente desierta. Paré el coche, apagué el motor y las luces, y me quedé sentado inmóvil, con las manos en el volante.
No oía ningún murmullo ni sonido procedente de Henry. Esperé unos cinco minutos, aunque me pareció mucho más tiempo, pero no ocurrió nada. Todo estaba muy quieto y solitario, y no me sentí nada bien.
Por fin hubo un ligero rumor de movimiento detrás de mí, y al girar la cabeza vi la pálida mancha borrosa de la cara de Henry que me miraba desde debajo de la alfombra.
Su voz era un ronco susurro.
—¿Se mueve algo, Walter?
Negué vigorosamente con la cabeza y se tapó de nuevo la cara con la alfombra. Oí un leve gorgoteo.
Pasaron quince minutos enteros antes de que me atreviera a moverme otra vez. Para entonces, la tensión de la espera me había dejado rígido. Abrí osadamente la puerta del coche y salí al accidentado terreno. No ocurrió nada. Caminé despacio de un lado a otro con las manos en los bolsillos. Pasó más y más tiempo. Ya había transcurrido una media hora larga y me estaba impacientando. Me dirigí a la ventanilla trasera del coche y hablé en voz baja hacia el interior.
—Henry, tengo el presentimiento de que hemos sido víctimas de un engaño de lo más grosero. Mucho me temo que esto no es más que una broma de mal gusto por parte del señor Gandesi, en represalia por el modo en que lo vapuleaste anoche. Por aquí no hay nadie, y solo existe una manera posible de llegar. Me parece un lugar muy poco indicado para la clase de encuentro que estábamos esperando.
—¡Qué hijo de puta! —susurró Henry en respuesta, y en la oscuridad del coche se repitió el sonido gorgoteante. Después hubo movimiento, y Henry apareció libre de la alfombra. La puerta se abrió contra mi cuerpo. La cabeza de Henry asomó. Miró en todas las direcciones que le permitían los ojos.
—Siéntate en el estribo —susurró—. Voy a salir. Si nos están observando desde los arbustos, solo verán una cabeza.
Hice lo que sugirió, me subí el cuello del abrigo y me bajé el sombrero hasta los ojos. Silencioso como una sombra, Henry salió del coche, cerró la puerta sin hacer ruido y se alzó frente a mí, explorando el limitado horizonte con la mirada. Pude ver el apagado reflejo de la luz en la pistola que tenía en la mano. Así nos quedamos durante diez minutos más.
Entonces Henry se enfureció y tiró la discreción por la borda.
—¡Burlados! —rugió—. ¿Sabes lo que ha pasado, Walter?
—No, Henry, no lo sé.
—Esto era solo una prueba, eso es lo que era. En algún momento de la historia estos cochinos hijos de te pusieron a prueba para ver si jugabas su juego, y después volvieron a comprobarlo en ese drugstore. Te apuesto un par de ruedas de bicicleta de platino macizo a que la llamada que recibiste allí era de larga distancia.
—Sí, Henry, ahora que lo mencionas, estoy seguro de que lo era —dije con tristeza.
—Pues ahí lo tienes, chaval. Esos tipejos ni siquiera han salido de la ciudad. Están allí sentados junto a sus escupideras tapizadas riéndose a carcajadas de ti. Y mañana, ese tío te volverá a llamar por teléfono y te dirá que hasta ahora muy bien, pero que tenían que ir con cuidado, y que lo intentarán otra vez esta noche, puede que en el valle de San Fernando, y que el precio ha subido a diez de los grandes, debido a todas estas molestias. Debería volver allí y retorcer a ese Gandesi para que tenga que mirar hacia arriba para verse la pernera izquierda del pantalón.
—Bueno, Henry —dije—, al fin y al cabo, no he hecho exactamente lo que me han dicho, porque has insistido en venir conmigo. Y puede que sean más listos de lo que piensas. Así que creo que lo mejor que podemos hacer ahora es volver a la ciudad y confiar en que mañana tengamos una oportunidad de volver a intentarlo. Y tienes que prometerme sinceramente que no interferirás.
—¡Ni hablar! —exclamó Henry, enfurecido—. Sin mí te llevarían por donde el gato llevó al canario. Eres un buen tipo, Walter, pero no te sabes todas las respuestas. Estos tíos son ladrones y tienen una sarta de piedras por la que probablemente podrían sacar veinte grandes si lo manejan bien. Aunque buscan dinero rápido, exprimirán todo lo que puedan. Debería volver ahora mismo a por ese gordo espagueti de Gandesi. Podría hacerle a ese cerdo cosas que aún no se han inventado.
—Vamos, Henry, no te pongas violento.
—¡Ag! —rugió Henry—. Estos tíos me dan dolor de trasero. —Se llevó la botella a los labios con la mano izquierda y bebió con sed. Su voz bajó unos cuantos tonos y sonó más apacible—. Más vale que te remojes, Walter. La fiesta ha sido un fracaso.
—Tal vez tengas razón, Henry —suspiré—. Debo reconocer que hace media hora que me está temblando el estómago como una hoja de otoño.
Así que rápidamente me puse en pie a su lado y vertí por mi garganta una generosa dosis del ardiente líquido. Mi valor revivió al instante. Le devolví la botella a Henry y él la colocó con cuidado sobre el estribo. Se puso a hacer bailar la pequeña pistola automática sobre la ancha palma de la mano.
—No necesito cacharros para manejar a esa pandilla. Al infierno con esto. —Y con un rápido movimiento del brazo lanzó el arma entre las matas, donde cayó al suelo con un golpe apagado. Se alejó del coche y se plantó con los brazos en jarras, mirando el cielo.
Yo me acerqué a él y observé su cara contraída, tanto como me era posible con tan poca luz. Una extraña melancolía se apoderó de mí. En el poco tiempo que conocía a Henry había llegado a tenerle mucho aprecio.
—Bueno, Henry —dije por fin—. ¿Qué hacemos ahora?
—Irnos a casa, supongo —respondió despacio y quejumbroso—. Y emborracharnos a base de bien. —Cerró las manos y agitó despacio los puños. Después se volvió hacia mí—. Sí —añadió—. Aquí no tenemos nada que hacer. Vámonos a casa, chico, es lo único que nos queda.
—Todavía no, Henry —dije en voz baja.
Saqué la mano derecha del bolsillo. Tengo las manos grandes. En la mano estaba el cartucho de monedas de cuarto envueltas que me habían dado en el banco. Los dedos se cerraron a su alrededor formando un puño.
—Buenas noches, Henry —dije suavemente, y lancé el puño con todo el peso del brazo y el cuerpo—. Me llevabas dos tiros de ventaja, Henry. Pero aún faltaba el grande.
Pero Henry no me escuchaba. Mi puño con el peso del metal envuelto en su interior le había dado de lleno en el extremo de la mandíbula. Sus piernas se quedaron vacías y se desplomó hacia delante, rozándome la manga al caer. Me aparté rápidamente de su trayectoria.
Henry Eichelberger quedó tumbado inmóvil en el suelo, flácido como un guante de goma.
Lo miré con un poco de tristeza, esperando que se agitara, pero no movió ni un músculo. Yacía inerte, completamente inconsciente. Volví a guardarme el cartucho de monedas en el bolsillo y me agaché. Lo registré concienzudamente, moviéndolo como si fuera un saco de harina, pero tardé mucho tiempo en encontrar las perlas. Las tenía enrolladas en el tobillo izquierdo, por dentro del calcetín.
—Bueno, Henry —dije, hablándole por última vez, a pesar de que no podía oírme—. Eres un caballero, aunque seas un ladrón. Esta tarde habrías podido quitarme el dinero una docena de veces, sin darme nada. Habrías podido quitármelo hace un rato, cuando tenías la pistola en la mano, pero hasta eso te repugnaba. Has tirado la pistola y nos hemos quedado hombre a hombre, lejos de toda ayuda o interferencia. E incluso entonces has vacilado, Henry. La verdad, Henry, es que pienso que para ser un ladrón de éxito has vacilado demasiado. Pero siendo como soy un hombre con espíritu deportivo, solo puedo tener un concepto aún más elevado de ti. Adiós, Henry, y buena suerte.
Saqué la cartera, extraje un billete de cien dólares y lo metí con cuidado en el bolsillo en el que le había visto guardar el dinero. Después volví al coche y eché un buen trago de la botella de whisky, le puse el corcho bien apretado y la dejé a su lado, al alcance de su mano derecha.
Estaba seguro de que iba a necesitarla cuando se despertara.
8
Eran más de las diez cuando volví a mi apartamento, pero me dirigí inmediatamente al teléfono y llamé a Ellen Macintosh.
—¡Querida! —exclamé—. Tengo las perlas.
Capté el sonido de su respiración, tomando aliento al otro lado del cable.
—¡Ay, cariño! —dijo con voz tensa y excitada—. ¿Y no estás herido? ¿No te han hecho daño, querido? ¿Se han llevado el dinero y te han dejado marchar?
—No había «ellos», querida —expliqué con orgullo—. Todavía tengo el dinero del señor Gallemore intacto. Solo estaba Henry.
—¡Henry! —exclamó con una voz muy extraña—. Pero yo pensaba… Ven aquí inmediatamente, Walter Gage, y cuéntame…
—Me huele el aliento a whisky, Ellen.
—Ay, cariño, seguro que lo necesitabas. Ven ahora mismo.
Así que bajé una vez más a la calle, fui a toda prisa a Carondelet Park y llegué a la mansión Penruddock en nada de tiempo. Ellen salió al porche para recibirme, y hablamos allí en voz baja, en la oscuridad, agarrados de las manos, porque todos los de la casa se habían acostado. Le conté la historia del modo más simple que pude.
—Pero cariño —dijo ella al final—. ¿Cómo has sabido que era Henry? Creía que Henry era amigo tuyo. Y esa otra voz del teléfono…
—Henry era amigo mío —recalqué con un poco de tristeza—. Y eso fue lo que lo perdió. En cuanto a la voz del teléfono, aquello era una menudencia, fácil de arreglar. Henry se separó de mí muchas veces para organizarlo. Solo había un pequeño detalle que me hizo pensar. Después de darle a Gandesi mi tarjeta personal, con el nombre de mi edificio de apartamentos escrito a mano, Henry tenía necesidad de comunicarle a su cómplice que habíamos visto a Gandesi y que le habíamos dado mi nombre y dirección. Porque, por supuesto, cuando yo tuve esa tonta idea, o puede que no tan tonta, de visitar a un conocido personaje del hampa para transmitir el mensaje de que estábamos dispuestos a pagar un rescate por las perlas, a Henry se le presentó la oportunidad de hacerme creer que la llamada llegaba como consecuencia de nuestra conversación con Gandesi para contarle el asunto. Pero dado que el primer contacto se efectuó en mi apartamento antes de que Henry tuviera ocasión de informar a su cómplice de nuestra entrevista con Gandesi, era obvio que se había empleado algún truco.
»Entonces recordé que un coche había chocado con el nuestro por detrás, y que Henry había salido para cantarle las cuarenta al conductor. Por supuesto, el impacto estaba planeado, y Henry había dado a propósito la oportunidad de que ocurriera porque en el otro coche iba su cómplice. De ese modo, Henry, mientras fingía que le echaba una bronca, pudo transmitirle la información necesaria.
—Espera, Walter —dijo Ellen, después de escuchar esta explicación con cierta impaciencia—. Eso es una cosilla sin importancia. Lo que quiero saber es cómo llegaste a la conclusión de que las perlas las tenía Henry.
—Pero si me lo dijiste tú —dije—. Estabas segurísima de que las tenía él. Henry es una persona con mucho aguante. Habría sido muy propio de él esconder las perlas en algún sitio, sin miedo de lo que pudiera hacerle la policía, buscar otro trabajo y después, puede que al cabo de mucho tiempo, recuperarlas y abandonar discretamente esta parte del país.
Ellen meneó la cabeza con impaciencia en la oscuridad del porche.
—Walter —dijo secamente—, me estás ocultando algo. No podías estar seguro, y sin estar seguro no habrías golpeado a Henry de un modo tan brutal. Te conozco lo suficiente para saber eso.
—Bueno, querida —dije con modestia—, sí que había otro pequeño indicio, una de esas menudencias triviales que hasta los hombres más inteligentes pasan por alto. Como sabes, mi teléfono no pasa por la centralita del edificio de apartamentos, porque no quiero que me molesten los vendedores y gente por el estilo. El teléfono que utilizo es una línea privada y el número no está en la guía. Sin embargo, las llamadas que recibí del cómplice de Henry llegaron por ese teléfono, y Henry había estado en mi apartamento mucho tiempo. Yo había tenido buen cuidado de no darle ese número al señor Gandesi, porque lo cierto es que no esperaba nada de él, ya que estaba completamente seguro desde el principio de que las perlas las tenía Henry, y lo que quería era que las sacara de su escondrijo.
—Ay, cariño —susurró Ellen rodeándome con sus brazos—. Qué valiente eres, y hasta creo que en realidad eres listo, de esa manera tuya tan peculiar. ¿Crees que Henry estaba enamorado de mí?
Pero aquel era un tema en el que no tenía ningún interés. Dejé las perlas al cuidado de Ellen y, a pesar de lo tarde que era, me dirigí inmediatamente a la residencia del señor Lansing Gallemore, le conté la historia y le devolví el dinero.
Varios meses después, tuve la alegría de recibir una carta con matasellos de Honolulú, escrita en un papel de muy mala calidad.
Bueno, colega, aquel puñetazo me derribó, fue cosa fina, y no creía que fueras capaz de tanto, aunque desde luego no estaba preparado. Pero fue de campeonato y me hizo pensar en ti durante una semana cada vez que me cepillaba los dientes. Fue una pena que tuviera que pirármelas, porque eres un buen tipo, aunque un poco payaso; ahora mismo me gustaría estar entrompándome contigo en lugar de limpiar válvulas de aceite aquí, a varios miles de kilómetros del sitio desde donde se ha enviado esta carta. Solo hay dos cosas que me gustaría que supieras, y las dos son verdad de la buena. Me gustaba un montón aquella rubia alta y esa fue la principal razón de que dejara de trabajar para la vieja. Lo de birlar las perlas fue solo una de esas ideas disparatadas que se le ocurren a uno cuando está colado por una chica. Era un crimen la manera en que dejaban las cuentas tiradas por ahí en aquella caja de pan, y en otro tiempo trabajé para un francés en Yibuti así que sabía lo suficiente para distinguirlas de las bolas de nieve. Pero cuando llegó el momento de la verdad en aquellos matorrales, con nosotros dos solos y sin reglas, me ablandé demasiado para acabar el trabajo. Dile a esa rubia con la que estás enrollado que he preguntado por ella.
Tuyo como siempre,
HENRY EICHELBERGER (alias).
P. S. Por cierto, aquel chorizo que hizo las llamadas telefónicas intentó sacarme la mitad de los cien que me metiste en el chaleco. Tuve que retorcer un poco al muy pringado.
Tuyo,
H. E. (alias).