País Relato - Autores

ray bradbury

aquí hay tigres

—Hay que saber aventajar a un planeta en su propio juego —dijo Chatterton—. Llegar y rasgarlo, matar sus serpientes, envenenar sus animales, contener sus ríos, sembrar sus campos, purificar su aire, abrir minas, dominarlo, dividirlo en pedazos, y escapar cuando se ha conseguido lo que se quiere. Si no es así, el planeta lo liquida a uno. No se puede confiar en los planetas. Tienden a ser diferentes, tienden a ser malignos, tienden a querer deshacerse de uno, especialmente aquí tan lejos, mil millones de millas de ningún sitio, de modo que es mejor aventajarlos. Arrancarles su piel, como digo. Arrancar los minerales y escapar antes de que el maldito mundo explote en tu cara. Ése es el modo de tratarlos.
La nave cohete descendía hacia el planeta 7 del sistema solar 84. Había viajado millones y millones de millas; la Tierra estaba lejos, su sistema y su sol olvidados, su sistema colonizado e investigado y utilizado, y otros sistemas explorados y aprovechados y dispuestos, y ahora los cohetes de esos pequeños hombres de un planeta imposiblemente remoto estaban investigando hacia lejanos universos. En pocos meses, en pocos años, podían trasladarse a cualquier sitio, porque la velocidad de su cohete era la velocidad de un dios, y ahora por diezmilésima vez uno de sus cohetes del círculo de búsquedas lejanas descendía hacia un mundo extraño.
—No —dijo el capitán Forester—. Tengo demasiado respeto hacia otros mundos para tratarlos de la manera que usted quiere, Chatterton. De todos modos, mi misión no es la de violarlos y destrozarlos, gracias a Dios. Me alegro de ser solamente un astronauta. Usted es el antropólogo-minerálogo. Adelante, puede usted abrir minas y rasgar y raspar. Yo solamente observaré. Simplemente iré por ahí a mirar a este nuevo mundo, sea lo que sea, no obstante lo que le parezca. Me gusta mirar. A todos los astronautas les gusta mirar o sino no serían astronautas. A uno le gusta oler nuevos aires, si uno es astronauta, y ver nuevos colores y nueva gente si hay nueva gente para ver, y nuevos océanos e islas.
—Llévese su pistola consigo —dijo Chatterton.
—La llevo en la funda —dijo Forester.
Se volvieron juntos hacia babor y vieron el verde mundo que ascendía hacia su nave.
—Me pregunto que es lo que pensará de nosotros —dijo Forester.
—Yo no le gustaré —dijo Chatterton—. Por Dios, yo haré que no le guste. Y no me importa, sabe, no me importa un comino. Estoy aquí por el dinero. Tomemos tierra allí, Capitán; eso parece ser la comarca más rica que nunca haya visto.
Era el color verde más puro que hubieran visto desde su niñez.
Los lagos se extendían a través de suaves colinas como claras gotas de agua azul; no habían autopistas ruidosas, anuncios o ciudades. Es como un verde campo de golf, pensó Forester, que se extiende al infinito. Uno podría andar diez mil millas en cualquier dirección sin terminar nunca el juego. Un planeta de suerte, un mundo como un campo de crocket, donde uno podía estirarse con un trébol en los labios, los ojos medio cerrados, sonriendo al cielo, oliendo la hierba, adormecerse en un domingo eterno, despertándose ocasionalmente para girar la página del periódico o empujar la bola de madera pintada con bandas rojas a través de la portezuela.
—Si nunca un planeta fue mujer, éste lo es.
—Mujer en el exterior, hombre en el interior —dijo Chatterton—. Todo duro bajo la superficie, todo hierro, cobre, uranio, carbón, todo masculino. No deje que le engañen los cosméticos.
Caminó hacia el lugar donde aguardaba el Taladro Terrestre. Su gran hocico como un tornillo brillaba azuladamente, listo para acuchillar hasta veinte metros de profundidad y extraer tapones de tierra, más hondo aún con extensiones en el corazón del planeta. Chatterton guiñó hacia él.
—Arreglaremos a su mujer, Forester, y bien.
—Sí, sabía que lo haría —dijo Forester con calma.
El cohete aterrizó.
—Es demasiado verde, demasiado pacífico —dijo Chatterton—. No me gusta —se volvió hacia el capitán—. Saldremos con nuestros rifles.
—Yo doy las órdenes, si no le importa.
—Sí, y mi compañía paga nuestro camino con millones de dólares de maquinaria que debemos proteger; una buena inversión.
El aire en el nuevo planeta 7 del sistema estelar 84 era bueno. La compuerta se abrió de par en par. Los hombres salieron al mundo parecido a un invernadero.
El último hombre en emerger fue Chatterton, pistola en mano.
Cuando Chatterton puso pie en el verde prado, la tierra tembló. La hierba se sacudió. El bosque lejano retumbó. El cielo pareció parpadear y oscurecerse imperceptiblemente. Los hombres estaban mirando a Chatterton cuando esto ocurrió.
—¡Un terremoto, por Dios!
La cara de Chatterton palideció. Todos se rieron.
—¡No le gustas, Chatterton!
—¡Tonterías!
El temblor desapareció a lo lejos.
—Bien —dijo el capitán Forester—, el temblor no fue para nosotros, de modo que debe ser su filosofía lo que no ha recibido aprobación.
—Coincidencia —Chatterton sonrió débilmente—. Vamos, rápido, quiero el Taladro aquí afuera en media hora para obtener algunas muestras.
—Un momento —Forester paró de reír—. Tenemos que ver el área primero, asegurarnos de que no hay gente o animales hostiles. Además, no cada año se encuentra un planeta como éste, tan bonito; ¿nos va a censurar por querer verlo?
—Está bien —Chatterton se reunió con ellos—. Pero acabemos pronto.
Dejaron un centinela en la nave y caminaron sobre campos y prados, sobre pequeñas colinas y a través de pequeños valles. Como un grupo de muchachos de excursión en el mejor día del mejor verano en el más bello año de la historia, andando en un tiempo ideal para jugar al crocket, donde si uno escuchaba podía oír el susurro de la bola de madera a lo largo de la hierba, el chasquido a través de la portezuela, las tranquilas ondulaciones de las voces, una súbita corriente de risas de mujer desde algún porche sombreado por la hiedra, el tintineo del hielo en el recipiente del té de verano.
—Hey —dijo Driscoll, uno de los más jóvenes de la dotación, husmeando el aire—. He traído un béisbol y bate; haremos una partida luego. ¡Vaya diamante!
Los hombres rieron quietamente en la temporada de béisbol, en el tranquilo aire para tenis, en el tiempo para pasear en bicicleta y recoger uvas silvestres.
—¿Qué tal te parecería el trabajo de cortar el césped aquí? —preguntó Driscoll.
Los hombres se detuvieron.
—¡Sabía que había algo extraño! —gritó Chatterton—. ¡La hierba está recién cortada!
—Seguramente una especie de dichondra; siempre corta.
Chatterton escupió sobre la hierba y restregó con su bota.
—No me gusta esto, no me gusta. Si algo nos ocurriera, nadie lo sabría nunca en la Tierra. Una política estúpida; si un cohete no vuelve, nunca se envía un segundo cohete para saber el porqué.
—Es natural —explicó Forester—. No podemos perder el tiempo en un millar de mundos hostiles, luchando guerras fútiles. Cada cohete representa años, dinero, vidas. No podemos permitirnos el perder dos cohetes si uno encuentra que un planeta es hostil. Continuamos hacia planetas pacíficos. Como éste.
—A veces me pregunto —dijo Driscoll— qué les ocurrió a todas esas expediciones perdidas en mundos que nunca serán visitados otra vez.
Chatterton miró hacia el lejano bosque.
—Fueron fusilados, acuchillados, asados para cenar. Como nos puede ocurrir a nosotros, en cualquier momento. ¡Es hora de empezar el trabajo, capitán!
Estaban en lo alto de un pequeño desnivel.
—Sentid —dijo Driscoll, sus manos y brazos apartados de sus costados—. Recordad cómo acostumbrabais a correr cuando erais chiquillos, y cómo se notaba el viento. Como plumas en los brazos. Uno corría y pensaba que en cualquier momento echaría a volar, pero nunca ocurría.
Los hombres se quedaron quietos, recordando. Había una fragancia de polen y lluvia fresca secándose sobre un millón de hojas de hierba.
Driscoll corrió un poco.
—Sentid el viento, por Dios. Sabéis, nunca hemos volado realmente por nosotros mismos. Tenemos que sentarnos dentro de toneladas de metal, lejos de volar, realmente. Nunca hemos volado como lo hacen los pájaros, por sí mismos. No sería maravilloso poner los brazos así… —extendió sus brazos—. Y correr —corrió frente a ellos, riendo de su propia tontería—. ¡Y volar! —gritó.
Voló.
El tiempo pasó en los silenciosos relojes de oro de pulsera de los hombres que permanecían abajo. Miraron hacia arriba. Y del cielo llegó el sonido de una risa casi increíble.
—Decidle que baje ahora —susurró Chatterton—. Se matará.
Nadie le oyó. Las caras no miraban a Chatterton, estaban sorprendidas y sonrientes.
Al final Driscoll aterrizó a sus pies.
—¿Me visteis? ¡Por Dios, volé!
Lo habían visto.
—Dejadme sentar, oh Señor, Señor —Driscoll palmeó sus rodillas, riendo—. Soy un gorrión, soy un halcón, Dios me bendiga. ¡Vamos, probadlo, todos vosotros!
—¡Es el viento, me levantó y me hizo volar! —dijo un momento después, jadeante, temblando de alegría.
—Vámonos de aquí —Chatterton empezó a volver atrás, lentamente, en círculo, vigilando el cielo azul—. Es una trampa, quiere que todos volemos en el aire. Entonces nos dejará caer de repente y nos matará. Me vuelvo a la nave.
—Esperará usted a que dé la orden —dijo Forester.
Los hombres estaban intrigados, quietos en el aire cálido-fresco, mientras el viento suspiraba a su alrededor. Había un sonido ce cometas en el aire, un sonido de marzo eterno.
—Le pedí al viento que me hiciera volar —dijo Driscoll—. ¡Y lo hizo!
Forester apartó a los otros a un lado.
—Yo haré la próxima prueba. Si resulto muerto, vuelvan a la nave. Todos.
—Lo siento, pero no puedo permitirlo —dijo Chatterton—. Es usted el capitán. No podemos dejar que usted se arriesgue. —Sacó su pistola—. Yo debería tener alguna clase de autoridad o fuerza aquí. Este juego ha ido demasiado lejos; ordeno volver a la nave.
—Guarde su pistola —dijo Forester quietamente.
—¡Quédese quieto, idiota! —Chatterton parpadeó ahora a este hombre, ahora a ése—. ¿No se ha dado cuenta? Este mundo está vivo, nos observa, está jugando con nosotros, ganando tiempo.
—Yo seré quién juzgue eso —dijo Forester—. Va usted a volver a la nave, dentro de un momento, bajo arresto, si no guarda esa pistola.
—Si están locos y no quieren venir conmigo, pueden morirse ahí. Yo me vuelvo, conseguiré mis muestras y me iré.
—¡Chatterton!
—¡No trate de detenerme!
Chatterton empezó a correr. Entonces, repentinamente, dio un grito.
Todos gritaron y miraron hacia arriba.
—Ahí va —dijo Driscoll.
Chatterton estaba arriba en el cielo.
La noche había llegado como el cierre de un ojo gigante pero benévolo. Chatterton estaba sentado, aturdido, en la ladera de una colina. Los otros hombres estaban sentados a su alrededor, exhaustos y risueños. No quería mirarlos, no quería mirar al cielo, sólo quería sentir el suelo, y sus brazos y sus piernas y su cuerpo apretándose en sí mismos.
—¡Dios, eso fue perfecto! —dijo un hombre llamado Koestler.
Todos habían volado, como oropéndolas y águilas y gorriones, y todos se sentían contentos.
—Eso fue divertido, ¿no es verdad, Chatterton? —dijo Koestler.
—Es imposible. —Chatterton cerró sus ojos fuertemente—. No puede hacerlo. Sólo hay una forma de hacerlo; está vivo. El aire está vivo. Fui levantado como cogido en un puño. Ahora, en cualquier momento, puede matarnos. Está vivo.
—Muy bien —dijo Koestler—, digamos que está vivo. Y una cosa viviente debe tener algún propósito. Digamos que el propósito de este mundo es el de hacernos felices.
Como para dar fuerza a esto, Driscoll llegó volando, con cantimploras en cada mano:
—He encontrado un arroyo, probé su agua y es pura, pero ¡esperad a que la probéis!
Forester tomó una cantimplora, tocó a Chatterton con la misma, ofreciéndole un trago. Chatterton sacudió su cabeza y se apartó apresuradamente. Se cubrió la cara con las manos, diciendo:
—Es la sangre de este planeta. Sangre viviente. Bebed eso, poned eso en vuestro interior y pondréis este mundo dentro de vosotros que mirará a través de vuestros ojos y escuchará a través de vuestros oídos. ¡No, gracias!
Forester se encogió de hombros y bebió.
—¡Vino! —dijo.
—¡No puede ser!
—¡Lo es! ¡Oledlo, probadlo! ¡Un vino blanco poco común!
—Cosecha francesa —Driscoll probó el suyo.
—Veneno —dijo Chatterton.
Las cantimploras pasaron de mano en mano.
Habían estado ociosos durante la tranquila tarde, sin querer hacer nada que perturbara la paz que había a su alrededor. Eran como adolescentes ante la presencia de una gran belleza, de una hermosa mujer famosa, temerosos de que cualquier palabra, cualquier gesto, hiciera que fueran dejados a un lado, apartados de su belleza y de sus amables atenciones. Habían sentido el terremoto que había saludado a Chatterton, pensó Forester, y no querían terremotos. Dejemos que disfruten de este Día Después de Cerrar la Escuela, este tiempo para ir a pescar. Dejemos que se sienten bajo la sombra de los árboles o que caminen por las tiernas colinas, pero no dejemos que taladren, que hagan pruebas o que contaminen lo que no está contaminado.
Encontraron un pequeño arroyo que fluía a una balsa de aguas en ebullición. Los peces, nadando en las frías aguas de arriba, caían relucientes en la fuente termal y flotaban, pocos minutos después, cocinados, a la superficie.
Chatterton se reunió a comer con los otros, con desagrado.
—Nos envenenará a todos. Siempre hay alguna trampa en cosas como ésta. Yo dormiré en el cohete esta noche. Pueden dormir fuera si quieren. Citaré un mapa que vi en un libro de historia medieval: «Aquí hay tigres». A alguna hora de esta noche, cuando estén durmiendo, saldrán los tigres y los caníbales.
Forester sacudió su cabeza:
—Estoy de acuerdo con usted, este planeta está vivo. Es un prodigio en sí mismo. Pero nos necesita a nosotros para que lo admiremos, para apreciar su belleza. ¿De qué sirve una escena llena de milagros si no hay auditorio?
Pero Chatterton no lo oía. Estaba doblado sobre sí mismo, sintiéndose enfermo.
—¡He sido envenenado! ¡Envenenado!
Lo aguantaron por los hombros hasta que se sintió mejor. Le dieron agua. Los otros se sentían bien.
—Desde ahora mejor que no coma nada que no sean provisiones de la nave —aconsejó Forester—. Será más seguro.
—Vamos a empezar a trabajar ahora mismo —Chatterton se tambaleó, limpiándose la boca—. Hemos perdido un día entero. Trabajaré sólo si es necesario. Yo le enseñaré a esta maldita cosa.
Se alejó en forma bamboleante hacia el cohete.
—No sabe lo equivocado que está —murmuró Driscoll—. ¿Podemos detenerlo, Capitán?
—Posee prácticamente la expedición. Pero no tenemos por qué ayudarle. Hay una cláusula en nuestro contrato que garantiza el rehusar trabajar bajo condiciones peligrosas. De modo que… haced en este Terreno de Picnic lo mismo que os gustaría que él os hiciese a vosotros. Nada de grabar iniciales en los árboles. Dejad el césped en buen orden. Recoged las pieles de plátanos.
Ahora, allá abajo, hubo un inmenso zumbido en la nave. Por la compuerta de carga bajó reluciente el gran Taladro. Chatterton lo siguió, dando instrucciones a su radio robot.
—Esta parte, ¡aquí!
—El loco.
—¡Ahora! —gritó Chatterton.
El Taladro hundió su largo tornillo en la verde hierba.
Chatterton gesticuló hacia los otros hombres.
—¡Yo le enseñaré!
El cielo tembló.
El Taladro se hallaba en el centro de un pequeño mar de hierba. Durante un momento continuó horadando, extrayendo húmedos tapones de carbón que escupió en forma poco ceremoniosa en un vibrante recipiente de análisis.
Ahora el Taladro dio un alarido metálico, como un monstruo que viera interrumpida su comida. Procedentes del subsuelo, empezaron a aparecer azulados líquidos burbujeantes.
—¡Retrocede, imbécil! —gritó Chatterton.
El Taladro se movió pesadamente en una danza prehistórica. Chirrió como un tren poderoso corriendo sobre una cerrada curva, lanzando rojas chispas. Se estaba hundiendo. El negro lodo cedía, descubriendo un oscuro charco.
Con un suspiro angustioso, una serie de jadeos y espasmos, el Taladro se hundió en la espumosa negrura como un elefante tiroteado y agonizante, trompeteante, como un mamut al final de una Era, desvaneciéndose miembro tras pesado miembro en el pozo.
—¿Sabe lo que es eso, Driscoll? —dijo Forester resollando, fascinado por la escena—. Es alquitrán. ¡La maldita máquina ha encontrado un pozo de alquitrán!
—¡Escucha, escucha! —gritaba Chatterton al Taladro, corriendo al borde del lago oleaginoso—. ¡Por aquí, por aquí!
Pero como los viejos tiranos de la Tierra, los dinosauros con sus cuellos chillones en forma de tubo, el Taladro se hundía y se debatía en el lago donde no había retorno a la firme y acogedora orilla.
Chatterton se volvió hacia los otros hombres a lo lejos.
—¡Haced algo, alguno!
El Taladro desapareció.
El pozo de alquitrán burbujeó con maligna exultación, sorbiendo los ocultos huesos del monstruo. La superficie de la laguna estaba silenciosa. Una gran burbuja, la última, ascendió, expeliendo un hedor a viejo petróleo, y reventó.
Los hombres bajaron y se detuvieron al borde del pequeño mar negro.
Chatterton cesó de gritar.
Después de un largo minuto de contemplar la silenciosa laguna de alquitrán, Chatterton se volvió y miró a las colinas, a los verdes prados ondulados. Los distantes árboles estaban ahora produciendo fruta y dejándola caer, suavemente, al suelo.
—Yo le enseñaré —dijo quietamente.
—Tómelo con calma, Chatterton.
—Yo le ajustaré las cuentas —dijo.
—Siéntese, beba algo.
—Yo le ajustaré las cuentas bien, yo le enseñaré que no puede hacerme eso a mí.
Chatterton empezó a caminar hacia la nave.
—Espere un momento —dijo Forester.
Chatterton corrió.
—¡Sé lo que he de hacer, sé como ajustarle las cuentas!
—¡Deténganlo! —dijo Forester. Empezó a correr, luego recordó que podía volar—. Las bombas-A en la nave, si consigue llegar…
Los otros hombres habían pensado en eso y estaban en el aire. Había un pequeño bosquecillo situado entre el cohete y Chatterton, mientras éste corría en el suelo, olvidando que podía volar, o temeroso de volar, o no se le permitía volar, gritando. La dotación se dirigió hacia el cohete para esperarlo, el capitán con ellos. Llegaron, formaron una línea y cerraron la compuerta del cohete. Lo último que vieron de Chatterton fue a éste introduciéndose en un lado del bosquecillo.
La dotación esperó.
—Ese tonto, ese muchacho loco.
Chatterton no apareció en el otro lado del arbolado.
—Se ha vuelto atrás, a la espera de que dejemos nuestra guardia.
—Vayan a buscarlo —dijo Forester.
Dos hombres echaron a volar.
Ahora, suavemente, una gran y amable lluvia cayó sobre el verde mundo.
—El toque final —dijo Driscoll—. No necesitaremos nunca edificar casas aquí. Fijaos que no está lloviendo sobre nosotros. Está lloviendo alrededor, delante y detrás nuestro. ¡Qué mundo!
Permanecieron secos en medio de la azul, fresca lluvia. El sol se estaba poniendo. La luna, grande y del color del hielo, se levantó sobre las refrescadas colinas.
—Sólo hay una cosa más que este mundo necesite.
—Sí —dijeron todos pensativos, lentamente.
—Tendremos de continuar mirando —dijo Driscoll—. Es lógico. El viento nos hace volar, los árboles y los arroyos nos alimentan, todo está vivo. Tal vez si pidiéramos compañía…
—He estado pensando por un largo tiempo, hoy y otros días —dijo Koestler—. Somos todos solteros, hemos viajado durante años, y estamos cansados de ello. ¿No estaría bien el quedarse en algún sitio? Aquí, tal vez. En la Tierra uno ha de trabajar de un modo infernal solamente para ahorrar lo suficiente para comprar una casa, pagar impuestos; las ciudades hieden. Aquí, ni siquiera se necesita una casa, con este tiempo. Si las cosas son monótonas uno puede pedir lluvia, nubes, nieve, cambios. Aquí no es necesario trabajar.
—Sería aburrido. Nos volveríamos locos.
—No —dijo Koestler, sonriendo—. Si la vida llega a ser demasiado fácil, todo lo que tenemos que hacer es repetir varias veces lo que Chatterton dijo: «Aquí hay tigres». ¡Escuchad!
Lejos, ¿había sonado el débil rugido de un gato gigante, escondido en los sombríos bosques?
Los hombres temblaron.
—Un mundo versátil —dijo Koestler secamente—. Una mujer que hará cualquier cosa para complacer a sus huéspedes, mientras seamos amables con ella. Chatterton no fue amable.
Chatterton. ¿Qué hay de él?
Como en respuesta a esto, alguien llamó desde la distancia. Los dos hombres que habían volado para buscar a Chatterton estaban gesticulando en el borde del bosque.
Forester, Driscoll y Koestler volaron solos hacia allí.
—¿Qué ocurre?
Los hombres señalaron hacia la floresta.
—Creímos que desearía ver esto. Capitán. Es capaz de poner los pelos de punta. —Uno de los hombres indicó un sendero—. Mire aquí, señor.
Las marcas de grandes garras estaban en el sendero, frescas y claras.
—Y ahí.
Unas pocas gotas de sangre.
Un pesado olor de animal felino colgaba en el aire.
—¿Chatterton?
—No creo que lo encontremos nunca, Capitán.
Débilmente, débilmente, alejándose en la distancia, desaparecido ahora en el silencioso susurro del crepúsculo, llegó el rugido de un tigre.
Los hombres yacían en la muelle hierba cerca del cohete, y la noche era cálida.
—Me recuerda otras noches cuando era un muchacho —dijo Driscoll—. Mi hermano y yo esperábamos la noche más tórrida en julio y entonces dormíamos en el jardín de la casa del Tribunal Judicial, contando las estrellas, charlando; era una gran noche, la mejor noche del año, y ahora, cuando pienso en ello, la mejor noche de mi vida. —Luego añadió—: Sin contar esta noche, desde luego.
—Continúo pensando en Chatterton —dijo Koestler.
—No lo haga —dijo Forester—. Dormiremos unas horas y partiremos. No podemos arriesgarnos a permanecer aquí otro día. Y no lo digo por el peligro que acabó con Chatterton. No. Quiero decir que si continuamos aquí nos gustará demasiado este mundo. No querremos dejarlo nunca.
Una suave brisa sopló a su alrededor.
—No quiero dejarlo ahora. —Driscoll puso sus manos detrás de su cabeza, yaciendo quietamente—. Y este mundo no quiere que lo abandonemos.
—Si volvemos a la Tierra y le decimos a todos cuán maravilloso es este planeta, ¿qué ocurrirá, Capitán? Acudirán en multitudes y lo destrozarán.
—No —dijo Forester ociosamente—. Primero, este planeta no toleraría una invasión en gran escala. No sé lo que haría, pero probablemente podría pensar algunas cosas interesantes. Segundo, este planeta me gusta demasiado; lo respeto. Volveremos a la Tierra y mentiremos acerca de él. Diremos que es hostil. Lo cual sería verdad respecto al hombre ordinario, como Chatterton, apareciendo aquí para hacer daño. Después de todo, no creo que mintamos.
—Es extraño —dijo Koestler—. No estoy asustado. Chatterton desaparece, muerto horriblemente tal vez, y aún así estamos aquí tumbados, nadie corre, nadie se estremece. Es una idiotez. Pero aún así es razonable. Confiamos en él, y él confía en nosotros.
—¿Os disteis cuenta, después de beber cierta cantidad del agua-vino, que ya no quisisteis más? Un mundo de moderación.
Yacían escuchando algo como el gran corazón de aquella tierra latiendo lenta y cálidamente bajo sus cuerpos.
Forester pensó: tengo sed.
Una gota de lluvia cayó sobre sus labios.
Se rió quietamente.
Me siento solo, pensó.
En lontananza escuchó suaves, claras voces.
Volvió sus ojos hacia una visión. Había un grupo de colinas de las cuales fluía un cristalino río, y en la superficie de ese río, levantando un rocío, sus caras brillando, estaban las mujeres hermosas. Jugaban como chiquillos en la orilla. Y de pronto Forester supo sobre ellas y su vida. Eran nómadas, vagando por la superficie de aquel mundo según su deseo. No había carreteras o ciudades, sólo había colinas y llanuras y vientos para llevarlas como blancas plumas cuando lo desearan. Mientras Forester formaba las preguntas, algún informador invisible susurraba las respuestas. No había hombres. Esas mujeres, solas, continuaban su raza. Los hombres habían desaparecido hacía cincuenta mil años. ¿Y dónde estaban esas mujeres ahora? Una milla pasado el verde bosque, una milla más allá del arroyo de vino en las seis piedras blancas, y una tercera milla hasta el gran río. Allí, en su lecho, estaban las mujeres que serían buenas esposas, y tendrían hermosos chiquillos.
Forester abrió sus ojos. Los otros hombres se estaban sentando.
—Tuve un sueño.
Todos habían soñado.
—Una milla pasado el verde bosque…
—… una milla más allá del arroyo de vino…
—… en las seis piedras blancas… —dijo Koestler.
—… y una tercera milla hasta el gran río —dijo Driscoll, sentado allí.
Por unos momentos nadie habló otra vez. Miraron hacia el cohete de plata posado allí, a la luz de las estrellas.
—¿Caminamos o volamos, Capitán?
Forester no dijo nada.
—Quedémonos, Capitán —dijo Driscoll—. No volvamos nunca a la Tierra. Nunca vendrán a averiguar lo que nos ha ocurrido; creerán que hemos sido destruidos aquí. ¿Qué es lo que dice?
La cara de Forester estaba empapada en sudor. Su lengua pasó una y otra vez sobre sus labios. Sus manos se retorcían sobre sus rodillas. La dotación esperó sentada.
—Sería estupendo —dijo el Capitán.
—Cierto.
—Pero… —Forester suspiró—. Tenemos que hacer nuestro trabajo. Hay gente que ha invertido dinero en nuestra nave. Es nuestra obligación volver.
Forester se levantó. Los hombres aún continuaban sentados sobre el suelo, sin escucharle.
—Es una noche tan maravillosa —dijo Koestler.
Miraron hacia las suaves colinas y los árboles y los ríos fluyendo hacia otros horizontes.
—Subamos a bordo de la nave —dijo Forester con dificultad.
—Capitán…
—Suban a bordo —dijo.
El cohete se elevó en el cielo. Mirando hacia abajo, Forester vio cada valle y cada minúsculo lago.
—Deberíamos habernos quedado —dijo Koestler.
—Sí, lo sé.
—Aún no es demasiado tarde para volver.
—Me temo que sí lo sea. —Forester graduó el telescopio de babor—. Mire ahora.
Koestler miró.
La faz del mundo estaba cambiando. Aparecieron tigres, dinosauros, mamuts. Volcanes entraron en erupción, ciclones y huracanes corrían sobre las colinas en una demostración de furia de los elementos.
—Sí, ciertamente era una mujer —dijo Forester—. Esperando a sus visitas durante millones de años, preparándose, haciéndose hermosa. Se puso su mejor cara para nosotros. Cuando Chatterton la trató mal, lo advirtió unas pocas veces, y entonces, cuando trató de destrozar su belleza, lo eliminó. Quería ser amada, como cada mujer, por sí misma, no por su riqueza. Y ahora, después de que nos lo ha ofrecido todo, le volvemos la espalda. Es la mujer desdeñada. Nos dejó partir, sí, pero nunca más podremos volver. Nos esperará con eso… —Señaló hacia los tigres y los ciclones y los mares hirvientes.
—Capitán —dijo Koestler.
—Sí.
—Es demasiado tarde para decirle esto. Pero antes de partir, yo estaba de guardia en la compuerta. Dejé salir a Driscoll de la nave. Quería irse. No pude negarme. Soy el responsable. Ahora está allí, abajo, en ese planeta.
Ambos se volvieron hacia la ventana de observación.
Después de un rato, Forester dijo:
—Me alegro. Me alegro de que uno de nosotros tuviera el suficiente juicio para quedarse.
—¡Pero estará muerto ahora!
—No, esa exhibición de ahí abajo es para nosotros, tal vez una alucinación visual. Debajo de los tigres y leones y huracanes, Driscoll está bastante seguro y vivo, porque él es ahora el único espectador. Oh, será mimado hasta estar corrompido. Tendrá una vida maravillosa, mientras nosotros estaremos haraganeando arriba y abajo del sistema buscando pero sin encontrarlo un planeta parecido a este otra vez. No, no trataremos de volver y «rescatar» a Driscoll. De todas maneras, no creo que «ella» nos los permitiera. A toda velocidad hacia adelante, Koestler, a toda velocidad.
El cohete se lanzó hacia adelante en mayores aceleraciones.
Y un momento antes de que el planeta desapareciera a lo lejos en brillo y niebla, Forester imaginó que podía ver a Driscoll muy claramente, caminando más allá del verde bosque, silbando quietamente, todo el fresco planeta a su alrededor, un arroyo de vino fluyendo para él, pescado guisado esperando en las fuentes termales, fruta madurando en los árboles de medianoche, y distantes bosques y lagos esperando su paso. Driscoll caminó a través de los verdes prados sin fin cerca de las seis piedras blancas, más allá del bosque, hacia la orilla del gran río brillante…