El sol parecía querer romper con la neblina. La ciudad asomaba gris allá en el horizonte. Había amanecido hacía apenas unas horas. El hombre se detuvo un momento y respiró hondo levantando los brazos a lo alto. Llevaba una hora corriendo rítmicamente. El sudor le escurría alrededor de los ojos y se le metía por las comisuras de los labios. Le sabía a sal. Echó una ojeada a la ciudad y volvió los ojos a un lado y a otro del camino por si descubría a alguien; pero esto era difícil porque en domingo poca gente madruga. Sólo él corría por el camino entrenándose para el día “F”. Se sintió feliz; a pesar de estar sujeto por una fina película de sudor se sintió muy feliz, tanto que tuvo un estremecimiento y la sangre o cualquier otro misterio del cuerpo humano le hicieron sentir un escalofrío.
Se quitó el sudor de la frente y la cara con la mano, volvió a mirar hacia la mole gigantesca de la ciudad, levantó la cabeza al escuchar el estruendo de un reactor y murmuró: “a pesar de todo no saldrá el sol, creo que volverá a llover, como ha hecho toda la noche pasada”. Y de pronto pensó que algo parecido estaba ocurriendo en otra parte del Universo.
Era un día cualquiera del mes de enero, en un país cualquiera de la tierra, en España.
Estaba corriendo. Sintió cómo se le filtraba el aire por las agallas, movió las alas, lanzó un potente rugido. Los demás seres se bañaban en el polvo o cohabitaban metidos en el cieno, pero él debía continuar porque había sido elegido para el momento cúspide de los doscientos días en el gran estadiocircopista de Undula-Ka, y contempló el disco purísimo a unos doscientos kilómetros; pensó los logros de su civilización para que no les faltase calor azul y aire puro para filtrar por sus potentes agallas. Qué distinto era todo; hacía nada más dos siglos los seres de Marte necesitaban un sol del que hablaban todas las enciclopedias marcianas. Ahora estaba apagado por fin, ya no era nefasto. Escrutó un poco mientras se relajaba para continuar la carrera, y acertó a descubrir el esqueleto gris, iluminado por las irradiaciones del Korn-200. Parecía un gigantesco paraguas chamuscado girando como un loco. Miró hacia los aposentos, iluminados con un tono azul agradable. Oyó los gritos de placer de los marcianos cohabitando entre el fango y el polvo. Pensó que les gustaría ser un protagonista más allí, pero su sacrificio era el camino hacia el heroísmo. Ganaría en el día “F”. Sintió una punzada en la agalla izquierda y sufrió una alteración. Parecía como si fuera un ser distinto que estuviera corriendo en otros lugares del Universo, y de pronto se vio vestido de otra forma, respirando de forma distinta, tanto que creía se ahogaba, y escuchó un grito distinto, como si alguien lo llamara desde millones de kilómetros. Pero reparó en las bacanales del fango y volvió a filtrar el aire hondamente por las agallas. Él sería un héroe el día “F”. Salió corriendo de nuevo mientras daba poderosos rugidos. Muy pronto iba a anochecer en Marte porque el disco azulado, Korn-200, empezaba un giro neto de 90 grados.
—¡Sois todos iguales! —gritó Kufren Bu—, ¡malditos!
—¿Por qué me detienes tus piernas, Afur? Mañana perderemos.
—¿Y tú, Mur? ¿Qué haces con tu tercio de pulmón, estúpido?
—Mañana es el día más grande de todos los días —tosió—, ¿pero qué haré yo con mi medio cerebro? Perderemos tristemente.
Polif extrajo un ojo gigantesco del centro emisor y receptor y contempló los miles de piernas, los miles de brazos plácidos, descansando en cuatro o cinco kilómetros a la sombra de un “quru” gigantesco.
—¡Arriba! ¡Hay que entrenarse, malditos, o perderemos!
Lanzó una descarga de luz a todos los miembros de su inconmensurable cuerpo y los miles de piernas y brazos chillaron de placer angustiado. Retornó el ojo a la cavidad e incitó a los miembros para que continuaran la marcha.
—¡Vamos, que empezará el viento a cortarnos; no hay que dar descanso a nada! ¡Vamos!
De pronto, no supo qué le había pasado. Se sintió muy pequeño, corriendo en una atmósfera distinta, con un cuerpo tan pequeño como una de sus uñas, con colores distintos a los de su país, con un aire que le ahogaba, escuchando rugidos parecidos a los de Nac, el poderoso que acecha en las frondosidades de las ciudades deshabitadas. Miró hacia el único rayo de Nac. “Tengo pesadillas —pensó— estos miles de componentes conseguirán que mañana no venzamos”. Pero todo había pasado en un segundo. Nac pareció dar más fuerza a su rayo violado y se sintió mejor.
Era el verano mil de Plutón, de duración de dos años, y solo faltaban doscientas horas de seiscientos minutos para la “Gran Carrera en el desierto”.
Y llegó el primer minuto del Universo. El sol se fue apagando segundo a segundo hasta que se cumplió el minuto, y se apagó; y la Tierra se quedó oscura para siempre. La ley de gravitación se alteró hasta llegar a Korn-200, que estalló. Marte se resquebrajó en milésimas de segundo, mientras las ondas se expandían, chocaban contra Plutón y quebraban en dos el rayo de Nac.
Antes de que se cumpliera el primer minuto, nada existió en Marte, en la Tierra y en Plutón. Muy cerca de la Vía Láctea, la Estrella Polar, continuaba marcando el Norte.