País Relato - Autores

raúl torres

la primera invasión

El hombre arrojó el cigarrillo a la carretera y por el retrovisor observó cómo el tabaco encendido saltó de acá para allá y después desapareció. Se pasó la mano por la comisura de los labios, bostezó e hizo un esfuerzo con los ojos; no debía dormirse, eso sí era peligroso, puesto que le quedaban todavía cuatro horas de viaje; en la próxima estación de servicio pararía y tomaría un nuevo café. Decidió encender otro cigarrillo; puso música, pero, como había sospechado, le atontaba más.
Dio al intermitente para coger la general N-24, aminoró la marcha y volvió a forzar el motor. El sueño le seguía atormentando: “No sé qué voy a hacer”, pensó, y chupó con más fuerza el cigarrillo. No podía pensar, la negrura de la noche le tenía embotado el cerebro. Cantó, y a los pocos segundos se había olvidado de que cantaba; sintió que se le cerraban los ojos: “en mi vida he sentido tanto sueño”. “He cenado frugalmente, no he bebido sino café. No sé qué puede ocurrirme”. De pronto tuvo la feliz idea: necesitaba conversación; eso podría tenerlo un tanto sereno. Recordó el magnetofón y la larga conversación grabada para la prueba de aptitud, tan secreta que a él mismo le parecía todo un juego de niños. Sin embargo, podría ser divertida. Conectaría el magnetofón y a cada pregunta que la voz metálica hiciera, él volvería a contestar, procurando que las respuestas fueran las mismas que había dicho apenas hacia unas horas. Volvió a lanzar el cigarrillo por la ventanilla, contempló unos segundos el fuego dando cabriolas por el asfalto y, decididamente, llevó la mano hasta el magnetofón. No tuvo más que accionar la palanca para que surgiera la música técnica, una música intermedia entre el ruido del viento, el aullido de un animal desconocido o el golpear de las gotas de lluvia en la arena del desierto. Luego se paró en seco y se escuchó la voz metálica, fría, sin asomo de emoción:
—¿Qué especie es usted?
—Un hombre (Un hombre, contestó mentalmente).
—¿Conocido?
—Uno, más uno, menos uno. (Uno, más uno, menos uno).
—¿Cuál es su sistema?
—El planetario. (El planetario).
—¿Punto centro?
—Marte. (Marte).
—¿Antecedentes?
—No históricos. (No históricos).
—¿Fin?
—Actuación doce, año dos mil once. (Actuación doce, año dos mil siete).
Sonrió. Había pensado cuatro años menos, algo prácticamente posible, porque era el año dos mil siete y todavía le quedaban cuatro años para su actuación, su fin. Pero por lo menos era divertido; había conseguido despabilarse por completo. Mientras tanto, el interrogatorio estaba continuando ajeno a su pensamiento. Escuchaba la voz metálica, que no había cambiado para nada.
—¿Punto?
Y su voz:
—Eonis, igual a Omega.
—¿Día?
—Cadmio.
—¿Acción?
—Concertada.
Volvió a la realidad. Procuró seguir la conversación. Se concentró, al tiempo que hacía un cambio de luces. También debía poner atención a la carretera.
—¿Fundación?
—Eterna. (Eterna).
“Naturalmente”, pensó. ¿Cuál si no? Era un hombre y nada más que un hombre.
—¿Desviaciones?
—No; no existen. (No; no existen).
“No pueden existir”. Sería la primera vez que existieran en la historia de la Humanidad, y, en ese caso, él hubiera sido un hombre famoso.
—¿Ascensión?
—Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete. Infinito. (Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis. Infinito).
—¡Atención! —dijo la voz en el magnetófono—. Y él supo que era la palabra final. Ahora la voz, simplemente tuvo tono de advertencia, sin ninguna otra emoción; todo estaba previsto de esa manera. ¿Final?
—Concreto. ¡Aceleración siete! ¡Invasión! Stop. ¡Final! Su voz sí tenía esa intensidad de la emoción; y lo mismo le ocurrió al repetir todo mentalmente. La emoción se le extendió ahora por toda la mente. (Concreto. ¡Aceleración siete! ¡Invasión! Stop. ¡Final!)
Pasó algo. Ocurrió algo. Chirriaron los frenos. Unas luces se precipitaron hacia él. Unas caras desfiguradas como las que pintan algunos pintores no figurativos. Manchas de sangre, un ruido tremendo de algo chafado. Olores diversos: cera, café, plátano, piña tropical, nata, tabaco. Y toda la conversación mantenida hacía unas horas. Toda la conversación preparada cientos de años; la conversación que no podía fallar: “¿Desviaciones? Fundación. Eterna, concreto, aceleración, Malthus, Marte, cadmio, punto”. Y un final pegajoso, con muchas luces, puntos verdes y azules, cascadas de luces que venían a la velocidad del sonido hacia sus ojos, su rostro, hacia su carne.
¿Dónde estaba? Intentó mover el brazo derecho; quizá lo que quería era hacer el cambio de marcha; pero no pudo moverlo. Estaba atado con correas. El cerebro le estallaba en luces metálicas; parecía como si una luz profundamente blanca le quisiera pasar hasta la sangre y circular por ella. Y luego el ruido, que era como un alarido vertical. ¿Dónde estaba? ¿Qué era aquello? Se sentía avanzar a una velocidad vertiginosa, y ni siquiera servía la palabra para decir a qué velocidad se sentía transportado. Lo mejor era abrir los ojos, aunque la luz blanca, potente, le atravesara los ojos, la carne, y se la metiera en la sangre para siempre. Probó a mover un brazo; pero tampoco lo consiguió.
Abrió los ojos de repente. Y se quedó aterrado. No le salió el grito que hubiera querido dar desde el fondo de su corazón. Estaba atado a una especie de silla-cama, frente a un gigantesco ventanal límpido; el alarido de la velocidad continuaba. Frente a él tenía, creciendo en proporciones gigantescas, el planeta esmeralda; esa era la luz. El planeta Tierra se precipitaba hacia él, o era el aparato en el que estaba atado el que se precipitaba hacia el planeta. Todavía le dio tiempo a pensar en su confusión al repetir el cuestionario: “Actuación doce, año dos mil once”, dijo la voz; y él al repetir: “Actuación doce, año dos mil siete”. El lo había intuido: “dos mil siete”, había dicho; ese era el tiempo: “¡Invasión! Stop. ¡Final!” Y el planeta esmeralda, la Tierra, lo empezaba a recibir vertiginosamente.