Compactas, las gotas, golpearon una a una, segundo a segundo. Millones. A veces eran racimos y se desparramaban por el mundo de los gajos de la tela de plástico. Volvían a gotear, escupían en la mínima gárgola, en la diminuta lengua, en las siete puntas aceradas del paraguas. Era compacta también la masa de plástico, la tela. A su través se filtraba el color grisáceo, duro, de la lluvia y el atardecer. Era el mundo agradable así, con aquel detenerse del agua a dos centímetros del cuero cabelludo.
El hombre anduvo pisando con parsimonia los charcos, sacó la mano del bolsillo para sentir en ella los alfilerazos inofensivos que se escurrían por entre los poros y las rayas de la piel. El edificio se destacó hermoso, conforme se acercaba. Había unas luces malva ribeteando su tejado cuadrado, perfecto. “Una verdadera casa de brujas modernas”, pensó. “Se han cambiado las escobas por ascensores que marchan a mil kilómetros por hora, se ha trocado la cera por fórmulas químicas de difícil nomenclatura, las calderas de cobre por tubos de ensayo de colores atractivos, el fuego por hornos atómicos…”.
Estaba delante de la puerta. Leyó con parsimonia: “Centro número tres de investigación histórica”. Más abajo, una placa de metal pulido: “Arquitecto: Rubio, mayo de 1992”. Ya estaba decidido. Cerró el paraguas con pena. Se aferraba a aquella lluvia como si fuera lo último que iba a palpar, el postrero contacto físico. Necesitaba beber, fumar, tomar un café.
Volvió a colocar la taza sobre los labios. Humedeció la lengua en el café. Pasó los ojos por todos los objetos de la habitación y se fue hacia la ventana. Echó una ojeada al exterior. Le sentó bien que continuará lloviendo.
—¿Cómo será? —Se volvió hacia el hombre que no le perdía de vista ni un solo momento.
—¿El qué? —le preguntó el otro hombre.
—Ese otro mundo.
—Lo vas a saber dentro de muy pocos minutos. ¿Estás preocupado?
—No, mejor diría yo, impaciente.
El otro arrugó la frente y encendió un cigarrillo.
—Te aseguro que yo sí estoy preocupado.
—Bueno; quizá tengo miedo, te lo confieso. Ya hemos hablado tanto de esto, pero estoy decidido, desde luego.
Miró hacia las grandes vitrinas donde reposaban, muertos, los tubos de ensayo, con los líquidos de colores apagados, pero con un brillo raro de animales enjaulados, dispuestos a saltar sobre su presa. Una luz roja se encendió encima de la puerta de entrada y se mantuvo unos segundos, reclamando atención.
—¿Listo?
—Sí, desde luego.
—Vamos entonces.
—Mira, una mariposa.
—Sí, es eso, una mariposa, nada más.
—No, si no me importa. Aunque puede ser la última que vea.
—¿Por qué?
—Es que no estoy muy tranquilo. ¿Por qué estás tan seguro que ha dado resultado en las comprobaciones de los perros y de los ratones? —Acabó por encender un cigarrillo.
—Por las reacciones observadas.
—¿Pero a qué época pasada querría retroceder un perro o un ratón?
—Eso no lo se. Sé que lo intuyen. Me he atenido a la reacción. En los resultados, el perro huyó con grandes gemidos ante su amo vestido correctamente, como siempre. Huyó de un automóvil parado. Eso eran cosas a las que estaba acostumbrado antes de que le hiciéramos injerir la píldora.
—No insistas, estoy decidido.
—Puedes estar satisfecho —le pasó la mano por el hombro—, serás el primer hombre que retroceda a una época determinada de la Historia. Anda, vamos; es el momento.
Cruzaron la puerta y la luz roja dejó de latir. Hacia ellos vino una enfermera vestida absolutamente de blanco, inmaculada.
—Todo está preparado, doctor —dijo.
—De acuerdo, gracias.
—¿Cómo se encuentra? —La enfermera se dirigió hacia el otro hombre, curvando los labios hasta llegar a la sonrisa.
—Perfecto, verá cómo soy un héroe.
—No esté demasiado preocupado, el doctor me ha asegurado que será cuestión de segundos.
—Seguro —el doctor sonrió.
—O de toda una vida —murmuró depositando el cigarrillo en un cenicero empotrado en la pared, el cual, inmediatamente, dejó escapar una música suave.
—No, hombre; ya verás como no.
—Quizá sean estas pequeñas cosas las que echaré de menos. Esto, el tomar un café, el poder abrir un paraguas bajo la lluvia, la falta de un cigarrillo. Sí, quizá sea esto, todo lo que parece trivial.
—No será de esa manera —dijo el doctor—, lo más que puede ocurrirte es que intuyas algo, que tengas desasosiego; pero seas quien seas tiempo atrás, no recordarás nada. Sin embargo, será distinto al volver, serás el primer historiador verídico, no habrá detracciones, al menos en el siglo al que tú hayas viajado, lo recordarás con toda lucidez. Lo que no acabo de entender es por qué has elegido el siglo XV; para mí, es mucho más importante cualquier otra cosa: Roma, La Reconquista, pero el principio, no la época que tú has elegido, o, si acaso, el prehistórico: ver al hombre tal como fue. ¿Qué te parece surgir de pronto sobre un palafito?
—No, mi meta es Don Álvaro de Luna y sus “cañileros”, aquel Fernando de Ferrer, el hijo mayor de Pedro García, Juan Mexia, Gonzalo Chacón y Fernando de Sese. Y hasta el mismo Juan II me es simpático y no creo que él fuera muy culpable de los acontecimientos. Lo importante es cuando se logre hacer retroceder a un grupo de hombres a la vez y a una misma época, a la que ellos deseen de mutuo acuerdo. Aunque quizá cayéramos en los mismos de siempre, en lo que ya sabemos: se repetiría la historia.
—Sí, es muy importante que lo logremos.
Entraron en una habitación pequeña donde había otro hombre y otra enfermera. La atmósfera era agradable. La luz no procedía de ningún sitio preciso, pero estaba medida para la vista, excitaba a la sonrisa, al bienestar. Al lado derecho de la puerta, una aséptica cama de cuero, esperaba. La enfermera colocó con fruición un paño blanco en donde debería reposar la cabeza.
—Todo preparado —se volvió hacia el doctor.
—Sí, así es.
—¿Qué hago? —preguntó el otro hombre.
—Nada, estar tranquilo. Despójate de la chaqueta. Te vamos a inyectar un calmante.
La enfermera se colocó a su lado, empujó el émbolo de la jeringa y una gota tímida asomó en la punta de la aguja.
—Extienda el brazo —pidió—, por favor.
—Tiéndete ahora tranquilo. Sabes perfectamente que no va a pasar nada.
—¿Ni siquiera vamos a despedirnos?
—¡No digas tonterías!
—¡Le había estado dando vueltas a esto de la despedida!
—Vamos, vamos; de acuerdo, hasta luego.
—¿Hasta luego? ¿Hasta cuándo?
—Simplemente, hasta dentro de poco, ¿entendido?
El doctor pulsó un botón y se abrió una hendidura en la pared. Sonó también la música en el frigorífico, que se abrió iluminado con luces azuladas. El doctor tomó una cápsula amarillenta. Dentro había una píldora redonda de un color rojo cinabrio. Cerró la cápsula, depositó la píldora en la palma de su mano izquierda y se la tendió al hombre que estaba echado.
—Tuya es, saludos a don Álvaro —sonrió—, y espero que reencarnes a don Iñigo López de Mendoza o en algún sarraceno. ¡Sería divertido! Anda, trágatela y estate tranquilo. Toma —le tendió un vaso de agua—, ayúdale con eso.
El otro levantó los ojos para mirarlo mientras el líquido cruzaba la garganta camino del estómago.
Ascendió. O se desplazaba en horizontal. No; descendía a velocidades vertiginosas. Luego algo como un gigantesco calidoscopio lo absorbió entre sus colores y fue un pigmento más de la composición de cada uno de los colores. Se sintió batido a millones de revoluciones por minuto, hasta la desintegración total. Era un punto en algún sitio o una raya de humo incolora, desplazándose a vértigo. No había mareo, ni náuseas, ni dolores de cabeza. No sabía qué era aquello; no contaba para nada lo físico removible. No estaba condicionado ni al corazón, ni a la sangre, ni a las vísceras. Era como un sueño dulce que duraba siempre, siempre. Era como un mareo. A veces le parecía que andaba de cabeza. No, no podía precisar nada, porque en el momento que empezaba a pensar, el calidoscopio lo mezclaba con sus colores y todo volvía a empezar.
Aquella máquina dejó de girar después de una eternidad. Sintió un calor y un frío intenso; luego un sopor, un dulce sopor, y se abandonó. Era un sueño, estaba soñando. Después estallaron los colores en partículas, moléculas, átomos. Y la nada.
Los de la villa salieron todos juntos, e con el mayor arrebatamiento que pudieron mostrar, e con una grand bozería dieron sobre los caualleros que estaban en la yglesia, e con los de la villa e abaxo mucha vallestería, e comentaron de ferir en los de la yglesia.
El sol era muy fuerte, e la calor muy grande. Se apoyó un poco más en la lanza e movió la espada, que le molestaba. Se rascó debajo del cuero que le apretaba la muñeca. Su compañero le dio un codazo, avisándole:
—¡Cuidado, el Maestre va a montar!
—¡Qué sueño!
—¿Qué te pasa?
—Un sueño terrible. Algo confuso; de pronto me ha parecido vivir cuatrocientos años adelante.
—Eso; sueñas.
Don Álvaro de Luna, con la capa azul al viento, montó a caballo, colocó el yelmo, alzó la lanza y picó al caballo, que hizo un movimiento de impaciencia. Tiró de las riendas y lo condujo hasta donde estaba Juan II. Se detuvo e inclinó la cabeza. Las damas que acompañaban al rey bajaron los ojos y alguna dejó escapar un tenue suspiro.
—Que no seáis ferido, don Álvaro, Dios no lo quiera.
—Así sea —murmuro el rey.
El avía fecho aquel torneo y temía por el Maestre. Este, una vez que ovo recogido su capa, bolbióse y dio la espalda al rey. Se dirigió hacia su enemigo.
—Todo normal —suspiró la enfermera.
—Sí —dijo el doctor—; pulso —dejó caer con suavidad la mano del enfermo—, respiración. ¡En fin, veremos!
—¿Cuánto durará? —preguntó el otro hombre que también portaba una aséptica bata blanca.
—¿Cuánto? Dos horas, diez minutos; toda una eternidad.
—¡Pero no es posible!
—¿Por qué? ¿Quién le dice a usted que no es un hombre del año cinco mil que está experimentando lo mismo que ese hombre que está ahí? ¿Por qué no puede ser esta una época pasada y nosotros no existir, sino ser una prueba de experimentación como la que estamos realizando?
—No llegaríamos nunca al final.
—Así es: ni final ni principio.
—No lo entiendo bien.
—No es necesario entender; hay que esperar aquí al lado, aunque sea toda la vida; yo estoy dispuesto —el doctor se sentó y extrajo un cigarrillo de su paquete.
E como quier que comentó a moverse en dirección del otro cauallero e iva solo, el mandó tocar las trompetas para que el Maestre pusiera grand corazón.
Assí que los cauallos passaron rozándose, cabalgando furiosos, y don Álvaro estuvo en el suelo en un santiamén. Y todos los hijos de grandes hombres, los hijosdalgo y las damas, juntaron sus gritos en uno solo.
—¡El Maestre ha sido ferido en la celada!
El hombre se despertó y levantó la lanza en señal de alegría, la hoja brilló al sol podrido de color amarillo. Entonces partió una saeta del otro lado de donde estaba el rey y le dio al hombre en mitad de la frente. Se desplomó casi muerto. Aún tuvo tiempo de oír al condestable decir al rey que “no oviesse enojo, que él non avía ferida alguna que le estorbasse de le servir”.
Su compañero dejó la lanza en el suelo, se inclinó y puso el oído al lado de su corazón: no latía.
El doctor acababa el cigarrillo. Escuchó la música del cenicero y se volvió hacia el paciente. Se levantó precipitadamente cuando observó que se retorcía.
—¡Atención, algo pasa! —Dio la alarma.
Lo sujetaba. El paciente se quedó quieto e inmediatamente empezó a manar sangre de su frente resquebrajada.
—¡No lo entiendo! —dijo el doctor—. ¡No sé qué es lo que está ocurriendo!
Alzó la muñeca, le tomó el pulso, dejó caer el brazo y levantó los párpados de cada ojo.
—¡No lo entiendo! —se volvió a repetir, dirigiéndose al enfermero y a la enfermera que llevaban las asépticas batas blancas—. ¡Está muerto, lo ha fallado el pulso!
El doctor tomó una ficha azul que había en una caja, la metió en una máquina pequeña, de un metal apagado, extrajo un pequeño micrófono y empezó a dictar. Las teclas sonaron: “Negativo, sin convulsiones, pérdida de pulso de un solo golpe, afluencia de sangre en herida en la frente. Planeta Avedoro, veinte de noviembre del 2072”.