No atardecía. No atardecía.
Era el día. Un solo día, cubierto por el oro del sol del Universo.
El agua brillaba a lo largo y a lo ancho de los recipientes del planeta. Iba a desembocar en los mares y en los océanos. Hileras de árboles amamantaban a pájaros y a hormigas. Los árboles servían para que el viento hiciera su presencia, pasara por entre las hojas, que sonaban con chasquidos naturales porque todavía no se conocían los golpes del hombre para fabricar, comer, vivir.
Hacía dos horas que había comenzado la vida humana. El agua servía para calmar la sed, la fruta para saciar el hambre. Había un hombre mirando al sol, a los árboles, a las piedras, a la tierra, a las montañas, a las nubes. Un hombre extrañado que intentó caminar echando un pie hacia delante y después otro. Metió las manos en el agua, se las llevó a los labios, sacó la lengua y recorrió con ella la curva de la boca. El sol le daba sueño y no tuvo otra cosa que hacer: se durmió.
Un día más tarde llegaron las estaciones. Primero fue la primavera; después de algún tiempo llegaría el verano; el otoño y el invierno. Más tarde debería llover porque no había caído agua, aunque la hierba y las demás plantas estaban verdes. El hombre siguió durmiendo, a pesar de que no estaba, ni sabía lo que era el sueño.
Una nave circundó el planeta. Una, dos, tres veces, a gran velocidad, sin ningún ruido. El sol arrancó destellos de un color cinabrio. Durante un tiempo indefinido se mantuvo quieta, como si fuera una cabeza de alfiler, en la altura. Debajo estaba el agua de color azul y la tierra de color verde. De pronto la nave se precipitó; parecía que iba a sumergirse en las profundidades del color azul, pero se detuvo casi en seco encima de unos árboles y luego se posó con suavidad en un lugar concreto: al lado de un manzano, de un arroyo, de un ser que dormía.
Una serpiente huyó rápida hacia las profundidades de un inmenso bosque.
De la nave se escapó un tenue silbido y una parte de ella, lo que debía ser la puerta, se abrió.
Aparecieron dos perros, un macho y una hembra. Los dos miraron hacia el hombre. Desde la nave una voz dijo:
—Hacia allí.
El perro hembra salió disparado hacia el lugar donde había escapado la serpiente. El perro macho se volvió hacia la nave y dijo adiós.
Desde la nave, contestaron:
—Buena vida.
El perro ya no volvió a hablar, ladró, y se dirigió hacia Adán. La nave se balanceó con suavidad y en un segundo se perdió tras el horizonte.
El perro ladró hasta que Adán se despertó.
Adán se restregó los ojos y dijo:
—Hola, perro —y le acarició el lomo.
El perro volvió a ladrar satisfecho.
Adán todavía no tenía junto a él a Eva. De manera que comenzó a andar seguido de su perro.