País Relato - Autores

rafael moya buades

un día laborable

Soy de los primeros en llegar a la oficina. Enciendo el ordenador, busco la cápsula de café en el cajón repleto de papeles inútiles, escribo la clave de acceso de Windows, y mientras arranca, me levanto, estiro los brazos y voy al office a hacerme un café con la Nesspreso comprada a medias por un grupo de cafeteros radicales. Esta vez me sirvo un ristretto, necesito algo fuerte. No sé por qué pero presiento que hoy va a ser un día especial; a ver qué depara. No hay agua en la cafetera. Tengo dos opciones: lleno el depósito en la fuente de agua, que está al otro lado de la oficina, y eso sería lo correcto, o bien pongo un poco de agua del grifo que está junto a la cafetera, lo suficiente para mi café y que el siguiente tenga que ir a la fuente. La segunda opción conlleva un riesgo, que te pillen, que entren en ese momento en el office y que te reprendan: «pero ¿cómo pones agua del grifo?». Opto por el riesgo, más que nada por darle un poco de aliciente a la mañana. No pasa nada, pero he sentido el vértigo en cada uno de los latidos del corazón mientras rellenaba el depósito con agua del grifo. Ha sido, cuando menos, emocionante.
Vuelvo al ordenador y me encuentro el escritorio de Windows, clico en el correo, veinte mensajes sin leer. Miro por encima los remitentes, en la mayoría estoy en copia. Ojo, veo un par del jefe: el primero, un reenvío sobre seguridad e higiene, el otro, con copia a su jefe superior y a José, mi compañero. En este último, nuestro jefe, Sergio, nos recrimina, más bien nos abronca, por el resultado de una estimación económica de un proyecto que según su modesta opinión está hecha con el culo. Me molesta; es raro, pero esta vez me molesta, pues sí, oye, me molesta, y a mí, cuando algo me molesta, qué quieres que te diga, pues eso, me molesta, y si molesta, molesta, y soy capaz de todo. Precisamente, José y yo trabajamos con mucho esmero sobre esta estimación, lo que pasa es que Sergio quería que saliera una cifra y nos salió otra más pequeña, pues, ¡coño!, que nos lo diga directamente. Me levanto bruscamente, como impulsado por un muelle, y sin pensarlo me siento en la mesa de José, que no está, ha ido a una reunión al edificio de los pijos, al de cristal, que limpian cada semana esos sudamericanos que no tienen miedo a las alturas, supongo que son de Perú, por lo del Machu Pichu. Nosotros, los técnicos, estamos en un edificio viejo y apestoso. Somos los que nunca hacemos reuniones, los que trabajamos. José estará todo el día fuera, en una de esas presentaciones en las que todos se alaban mutuamente y se les cae la baba en los micrófonos de la videoconferencia. Enciendo el ordenador, pongo su clave, que siempre deja en una etiqueta adhesiva en la pantalla («es para no olvidarse» se justifica) y arranco su aplicación de correo, abro el correo del jefe y me dispongo a responder en nombre de José.
Buenos días, Sergio:
Es usted un hijo de la gran puta. No tiene usted ni puta idea de lo que dice. Olvídese. No vamos a cambiar la estimación económica, no vamos a mentir para que usted gane una gran comisión y luego usted y su jefe, al que siempre le está lamiendo el culo, se vayan de putas.
Saludos,
José Pedraza
Departamento de compras
No está mal. Dudo en quitar alguna puta del correo, las repeticiones nunca son buenas, pero no lo hago; me inclino por la reiteración, para que le quede claro.
Sitúo el cursor sobre el botón de enviar, que queda iluminado en amarillo; solo tengo que dejar caer el índice sobre el botón izquierdo del ratón. Apoyo el dedo y espero a que mi cerebro dé la orden. Es divertido pensar que una acción tan tonta puede hacer cambiar tu vida; o mejor, la de José. Ya puestos, y con la experiencia del depósito del agua del café, elevo el riego a su máxima expresión. Pongo a todos los trabajadores en copia oculta, unas cien personas. Vuelvo a situar el cursor en el botón de enviar. Esto es el riesgo, jugar con fuego. Es un chute de adrenalina que me provoca una incipiente diarrea y me tengo que levantar a toda prisa en busca de los infectos lavabos de la oficina.
Mientras me vacío por dentro y me río de mis propias temeridades, recuerdo que con las prisas he dejado encendido el ordenador de José. Alguien puede ver el correo. Me hubiera quedado un rato más, la verdad es que se está a gusto, sobre todo cuando calientas la tapa de plástico de la taza, pero me apresuro y me subo el desgastado pantalón de pinzas que algún día formó parte de un traje con pretensiones.
Vuelvo al ordenador de José y veo con horror que la señora de la limpieza está limpiando el teclado, en concreto, la tecla intro. Hay mucha grasa incrustada, y la gran foca marina no deja de frotarla con rabia y la machaca, la machaca sin compasión. Imagino el cursor encima del botón de enviar. Noto el pitido de la BlackBerry, que me avisa de un correo entrante. ¿Qué correo? ¿De quién será? Estoy en copia y es una respuesta de José para Sergio. «¿Qué querrá?» me pregunto estúpidamente y me siento como los decapitados que siguen andando sin cabeza.
Cuando la foca acaba de restregar la porquería por el monitor y se aleja a por otro teclado incauto, me lanzo sobre el ordenador de José y compruebo que en la bandeja de borradores no hay nada; en cambio, en la de enviados está el correo que con tanto esmero he redactado. Apago bruscamente el ordenador y me dirijo a mi puesto de trabajo con cuidado de no caerme a causa del temblor de piernas que intento disimular.
Es una mañana cálida de primavera y en la oficina se respira un buen ambiente. Observo que algunos compañeros de mi sala, unos quince, empiezan a moverse, a levantarse, se miran, me miran, miran hacia el puesto de José. Acaban de recibir el correo, no se lo explican. Hay un gran alboroto, como cuando nieva o se va la luz, nadie trabaja y todos están a la expectativa.
—¿Has visto el correo? —comenta Pedro, el quisquilloso de Contabilidad, dirigiéndose a Marta, de Calidad.
—¡Qué fuerte, por Dios! —contesta Marta.
—Sí, es extraño, no puede ser verdad.
—Pero ¿dónde está José? —se pregunta Toni, que siempre está navegando por Internet. Solo le falta una gorra azul con ribetes dorados de capitán de navío.
—Está en una reunión. Seguramente ha enviado el correo por el móvil que le dieron el otro día —explico.
Me siento y me imagino a mi jefe, que está dos plantas más arriba, leyendo el correo; o tal vez esté en una de esas reuniones inútiles. Su BlackBerry pita y vibra encima de la mesa por enésima vez. Él insinúa una sonrisa de orgullo, cada pitido significa que es un hombre muy ocupado e importante. Coge la BlackBerry y mira de reojo el correo: «¡Ah es de José! ¿Qué dirá ahora este imbécil?». Deja la BlackBerry como si quemara, pero vuelve a cogerla rápidamente, mira a sus compañeros de reunión y lee todo el correo. Mira de nuevo a todos, le sudan las manos y siente mucho calor. Sale de la reunión, seguramente le tiemblan las piernas y ruega a Dios que le dé alguna explicación. Y vuelve a leer el correo cientos de veces.
Media hora más tarde, mis ensoñaciones son interrumpidas por el cartel de aviso de un nuevo correo que asoma en mi pantalla abajo a la izquierda. El remitente es mi jefe, que responde a todos y añade a los de Recursos Humanos. Empieza el mayor espectáculo del mundo.
A la atención de José Pedraza García
Le informamos de que a raíz de su correo insultante e irrespetuoso nos vemos en la obligación de tomar medidas. Se considera que su correo es una falta muy grave y, en consecuencia, acogiéndonos a la legislación, se le comunica su despido procedente e inmediato. Le rogamos que abandone su puesto de trabajo, no sin antes pasar por el departamento de RRHH para firmar este aviso y devolver el móvil, la tarjeta de entrada y los tickets restaurante.
Atentamente,
Sergio Viudez
Veo a la hija de José. «Me ha salido pija, como su madre» me decía el otro día medio en broma, pero es verdad, y tener una hija pija sale caro. ¡Qué lástima!: se acabaron los trapitos, los forfaits, las salidas de fin de semana. Es injusto. No está bien. Y todo por mi culpa. Son todos unos cabrones. Han buscado cualquier excusa para echar a José. Pero ¿qué digo? Si lo ha llamado hijo de la gran puta. Bueno, no es para tanto. Aquí tiene que intervenir el sindicato, se van a enterar. Reenvío el correo a la dirección del sindicato. Esto no ha hecho más que comenzar.
Miro la sala y está casi vacía. Voy al office y encuentro a media empresa cuchicheando sobre los últimos acontecimientos. Los de Soporte, con Pedro a la cabeza, están satisfechos. Odiaban a José y por fin se van a librar de él. José era el que siempre devolvía los informes porque el tipo de letra o los márgenes no eran los homologados. Y eso genera mucho pero mucho odio.
Pasan un par de horas y recibo un correo del sindicato. Han contestado al jefe con copia a todos. Dicen que le comprenden y que es legítimo el despido de José, que no se hable más, que a la calle y punto, que sobra mucho listillo. Mis ojos no dan crédito y recuerdo entonces que José no tragaba a los del sindicato, incluso un día les dijo que eran unos vividores y unos chupópteros. ¡Cuánta razón tenía! Aprovecho que la sala está vacía y accedo otra vez a su ordenador. Entro en el correo y redacto un mensaje que envío al sindicato con copia a todo el mundo.
Hola, sindicalistas:
¿Por qué no os liberáis para siempre y nos dejáis en paz, parásitos de mierda? No quiero saber nada de vosotros.
Atentamente,
José Pedraza
Me quedo tranquilo. Así se hacen las cosas: brevedad y contundencia. ¡Ay! Si no fuera por mí, José, estos te machacarían. Buen trabajo.
A pesar de que todos estamos vigilando el correo, hay tregua hasta después de comer. A la hora del café recibo otro correo del jefe, con copia a todos, avisándome de que el siguiente voy a ser yo si sigo con mi actitud de escaqueo constante y de insumisión permanente ante sus órdenes; y pone como ejemplo la última estimación que nos pidió. Solo falta que me llame subnormal. Me duele el alma.
Lo presiento, lo huelo, es el momento. En la vida hay pocos, pero son fáciles de reconocer; es el momento en que te enfrentas a ella, cara a cara, cuando la miras a los ojos y dices: «Aquí estoy yo». Me levanto y, lentamente, me doy la vuelta mirando por encima del hombro a mis compañeros. Respiro hondo para purgar cualquier atisbo de arrebato y miro el cielo azul por la ventana en busca del sosiego y del equilibrio emocional que necesito para afrontar la situación. «Antón» susurro diciendo el nombre con el que me llamaba mi abuelo, Antón y no Toni, como me conocen. «Antón», y mi pecho se hincha como un pavo. Intento abrir la ventana para notar el aire en la cara. Vaya puta mierda de ventana que no se abre. Está bien, me siento y comienzo a redactar mi correo.
Queridos compañeros:
No creo que este sea el tono correcto. Tenemos que tranquilizarnos y pensar las cosas antes de decirlas. Debemos utilizar las palabras correctas y no dejarnos llevar por la pasión. Nuestro jefe no es un hijo de la gran puta, no está bien, no es una definición ajustada a la realidad. Todos conocemos a la madre de Sergio. Ella era una gran persona, y todos sabemos que nació en una familia humilde y tuvo que luchar para hacerse un hueco en la alta sociedad. Todos sabemos que su madre tuvo que acostarse con decenas de hombres por amor… al dinero para salir de su pobreza y dejar tirada a su familia. Se acostó con decenas hasta que encontró al padre de Sergio, un gran viejo verde baboso. ¡Ay, qué gran partido para su madre! No señores, Sergio no es un hijo de la gran puta, sino un hijo de la grandísima puta. Las cosas claras, no les quitemos méritos a las personas.
Respecto a los sindicatos, ¿por qué los tratamos de forma injusta si son nuestro modelo? ¿Quién no aspira a liberarse y tocarse las pelotas? Si es nuestro sueño. No critiquemos a nuestros modelos, ellos lo han conseguido, vivir a costa de los demás, como grandes rentistas; y encima, nos ayudan, unos auténticos altruistas. No seamos hipócritas, pues todos queremos vivir del cuento.
Y a todos los demás, nada que decir, simplemente que sois unos pobres desgraciados, como yo, unos inútiles que vegetan delante de un ordenador repitiendo tareas que podría hacer un vulgar mono de feria. No obstante, aún estáis a tiempo de mirar sin miedo a la vida y decir lo que pensáis. Levantaos, mirad al cielo (no abráis la ventana, que no se puede) y reflexionad, reflexionad.
Atentamente,
Antón
PD: A partir de ahora me llamáis Antón.
Lo envío. Me levanto y compruebo que el cielo se ha nublado. El estómago se me revuelve y necesito ir al lavabo. Por el camino a las letrinas colectivas, no merecen otro nombre, noto las miradas de mis compañeros, algunas de sorpresa, otras de rabia y las más de incredulidad.
Me llevo la BlackBerry al lavabo, eso siempre me relaja, y empiezo a asistir a una espiral de correos de mis compañeros, jefes y sindicatos. Asisto a la gran explosión de reproches, odios y venganzas. Pero lo sorprendente es que yo no soy el único destinatario de los insultos y comidillas, sino que se ha formado un fuego cruzado virtual que risa me da la guerra de Irak. Todos reciben, todos insultan y son insultados. Los del Departamento de Incidencias contra los de Calidad; los gerentes insultando a los jefes de departamento; las mujeres, a los hombres; los viejos, a los jóvenes ejecutivos agresivos; la conserje, a la secretaria que no soporta. Todos contra todos. Una orgía del reproche, una espiral del odio con consecuencias imprevisibles, como si todo lo que se dice en el correo ya no contara, como si esperaran que alguien dijera ¡alto! y volviera la cordura.
Me animo. Aunque yo he sido uno de los artífices de esta idiotez colectiva, me siento excluido y necesito participar en este desenfreno. Pienso que sería interesante internacionalizar el conflicto. Leo uno de los correos en el que se habla de una más que presunta corrupción del equipo directivo, con mezcla incluso de tráfico de armas, y se lo mando a todos mis contactos, unos trescientos entre clientes, filiales, proveedores, amigos y familia.
Se hace el silencio, durante unos minutos no recibo correos. ¿Hay un alto el fuego? El silencio virtual me atemoriza. Tengo miedo de salir. El silencio se ha extendido al mundo físico. Siento terror. Espero.
Suena el pitido del móvil: el director general convoca una reunión urgente a las siete de la tarde, dentro de quince minutos, en la sala de conferencias adjunta, donde cabemos los ciento veinticinco trabajadores, incluyendo directivos y jefecillos. Eso no me tranquiliza. Si alguien tira del hilo, podría averiguar fácilmente que he sido uno de los promotores de este caos. No lo tengo claro. Tengo miedo a que me linchen. O quizá no, quien más quien menos se ha pasado tres pueblos. Decido quedarme un rato más hasta que estén todos en la reunión. Llegaré tarde y estaré a verlas venir.
Aprovecho para jugar al Tetris que viene en el móvil e intento superar mi récord de puntuación. Me distraigo en busca de la excelencia lúdica y una hora más tarde salgo del lavabo y me dirijo con paso firme hacia la sala de conferencias. Seguramente estarán acabando y todo se habrá arreglado. Noto que la moqueta está mojada, incluso hay charcos de algo líquido. Huele muy raro, como a petróleo, huele igual que la gasolinera donde trabaja el fantasma de mi cuñado.
Veo a José Pedraza sentado en el suelo con la espalda apoyada en la puerta de la sala de conferencias, con una lata de gasolina y un mechero encendido en la mano derecha, que mantiene alzada. Está totalmente ido. Me mira, pero no me reconoce; su mirada es la de un loco, una mirada perdida en las profundidades del odio. Me percato de que toda la oficina está rociada de gasolina: mesas, sillas, estanterías y moqueta. Sin duda, ha estado más de una hora empapándolo todo. Veo el carrito que utiliza el conserje para llevar las pantallas y ordenadores lleno de diez o doce latas vacías. Esto es un auténtico polvorín. No sé qué hacer. Si la llama del mechero alcanza el combustible, saltaremos por los aires.
Hay que ver cómo se lo ha tomado José, demasiado impulsivo. Tengo que convencerlo para que no lo haga, pero no sé cómo. Intento recordar una película o una serie en la que alguien convence al suicida. He de ser natural, eso, natural, nada de gritos ni de malos rollos, natural.
—¿José? —Él alza la vista y me mira con indiferencia—. ¿Qué tal un cortadito antes de nada? —A José se le encienden los ojos y me mira como diciendo: «Oye, qué buena idea».
—Sí, por favor, pero solo mancharlo, una gota —me dice sin apagar el mechero. Oye, mejor un zumito, sí, un zumito recién exprimido. En la nevera del office hay unas naranjas de Marta, y la exprimidora está en el armario.
¡Será caprichoso el tío! Voy a la otra punta de la sala, donde está el office, justo al lado de la puerta de salida, que dejo abierta por si las moscas. He ganado tiempo. Podría largarme, pero no lo hago, casi lo tengo. También podría ponerle algo en el zumo, pero ¿qué? ¿Y si llamo a la policía? No, eso es peor, se pondría nervioso. Me pongo a exprimir naranjas y aprovecho para hacerme un poco para mí. Salgo del office con los dos vasitos de plástico dispuesto a parar esta locura. Me siento a su lado.
—José.
—¿Qué?
—José
—¿Qué cojones quieres?
—No, nada, me preguntaba en qué día cae el lunes de Pascua.
—¿Pues en qué día va a caer?
—No lo sé, por eso me lo pregunto.
—Cae en lunes, ¿no? Será gilipollas… —A José le hace gracia y empieza a reír—. El lunes de Pascua cae en lunes. Será gilipollas… —Esta vez se desternilla a la vez que se levanta y apaga el mechero.
—No, no, me refería al día del mes. —José apenas me oye, sigue riéndose y me molesta que me tome por imbécil.
—Me refería al día del mes —repito irritado—. José, nunca entiendes nada, eres un idiota.
—¡Eh! No te pases —dice mientras simula que acerca el mechero a la lata de gasolina.
—Mira, estoy harto de todo. Si quieres quemarnos a todos, hazlo ya, pero déjate de escenitas. —José me mira con cara de pena—. No eres capaz, ¿verdad? Mírate, pero si das pena. ¿Sabes? Lo que pasa es que no tienes cojones. Siempre lo mismo, nunca acabas el trabajo, vaya mierda de tío. Como aquel día, sí, claro, le ibas a cantar las cuarenta a Sergio, sí, claro, delante de todo el mundo, y cuando ibas a hablar te acojonaste como un niño. ¿Qué digo yo un niño? Como un cobarde, eso, un cobarde, eso es lo que eres. —Me sorprendo de mis palabras y creo que la he cagado: en vez de tranquilizarlo, lo he puesto nervioso, seguro. Sin embargo, José me mira como si le hubiera descubierto su secreto más íntimo. Apaga el mechero y deja la lata en el suelo. Está tranquilo y bebe un sorbo del zumo. Todo está controlado, ya ha olvidado sus intenciones macabras.
—¿Le has puesto azúcar? —me pregunta.
—Anda, pues no. Espera, creo que hay unos sobres de azúcar en el office.
No, escucha, coge la fructosa que está al lado de la exprimidora; últimamente he engordado. Se pone de perfil y se toca la barrigaFíjate, es que me he relajado, tengo que cuidarme.
¡Por Dios, qué personaje este José! Pero, bueno, si ahora le preocupa su cuerpo, es que le ha subido la autoestima. Además, dudo que vaya a suicidarse si le alarman unos cuantos quilos de más. Me dirijo al office, y justo cuando voy a entrar, veo que al otro lado de la sala diáfana se abre la puerta de la sala de conferencias y sale el director general, el gran jefazo, sonriente con unos papeles en la mano. Detrás de él van apareciendo todos los trabajadores. El director general se detiene al lado de José y le pasa el brazo por encima del hombro. La comitiva se para detrás del director, nadie osa adelantarlo.
—¡Todo arreglado! Ha vuelto la paz a esta empresa. Y quiero que todo sea como ayer. José Pedraza, ¿sabes qué es esto? —pregunta el jefazo, enseñándole los papeles que lleva en la mano y sin esperar respuesta—. Es la carta de tu despido. Pues mira qué hago con ella. —La rompe en un par de trozos de forma enérgica, pero repara en el mechero de José y se lo quita—. Mejor, la vamos a quemar, no quiero que quede rastro. —Enciende los papeles, que arden con facilidad, y los lanza al aire ante la mirada estupefacta de José.
En ocasiones, el tiempo se detiene.
Veo cómo los papeles caen lentamente sobre la moqueta impregnada de gasolina mientras corro hacia la salida. Afortunadamente, la puerta está abierta. Logro alcanzar el dintel, y sin saber por qué, quizá por esa vena peliculera que todos llevamos dentro, me lanzo con todas mis fuerzas en plancha hacia el vestíbulo de las oficinas. Noto la sensación de estar volando en el aire, el tiempo pasa en cámara lenta y espero que sobre mis espaldas aparezca una ráfaga de fuego. Sin embargo, aterrizo violentamente con mi sebosa barriga en la moqueta, y de ráfaga, nada. Me llevo una leve desilusión, más que nada, por lo ridículo del salto. Miro hacia las oficinas y veo grandes llamaradas. La alarma ha saltado y empieza a caer agua del techo; sin embargo, las llamas y el humo no ceden. Bajo por las escaleras interiores, son más de las ocho de la noche y apenas hay gente en el edificio. Es que mira que poner una reunión a las siete, a última hora… ¿A quién se le ocurre? En la segunda planta, delante de mí, se abre una de las puertas que da a las escaleras y aparece la mujer de la limpieza, que apenas puede arrastrar su mastodóntico cuerpo. Me es imposible frenar y me estampo contra su espalda. No puedo evitar abrazarla, aunque apenas abarco su cintura, y juntos salimos al exterior.
Alcanzo la calle y me dirijo al punto de encuentro que siempre nos indican en los simulacros de emergencia. El edifico entero está ardiendo. Espectacular. Ya intuía yo esta mañana que hoy sería un día especial. Apoyo lentamente la cabeza en uno de los grandes pechos de la mujer de la limpieza mientras me dejo encantar por el hechizo de las llamas.