País Relato - Autores

rafael moya buades

último día

Es su último día. Después de más de treinta años de trabajo en más de diez empresas diferentes, se jubila. Pensaba que nunca llegaría este día. Fue uno de los primeros en licenciarse en informática y ahora será de los primeros en jubilarse. Faltan pocos minutos para las seis. Hoy, como siempre, trabaja en casa del cliente, en un gran polígono empresarial. Apaga el ordenador, cierra el portátil, lo mete en la mochila y se despide del compañero de la derecha, que apenas conoce, con un escueto adiós.
Una semana antes ya celebró su despedida en las oficinas centrales de su empresa. Acudieron cinco compañeros. Todos trabajaban en clientes diferentes. Él había comprado dos bandejas de canapés variados en la pastelería más cara de su ciudad; sobraron más de la mitad.
Se dirige hacia la salida, abre la puerta con la tarjeta que le cuelga del cuello y la deja en el mostrador; no la volverá a utilizar nunca más. Sale al exterior, es de noche, y mientras accede al parquin, recuerda el día que se enteró de que estudiaría primero de bachillerato en el instituto que había elegido.
Se lo comentó su madre un domingo por la mañana. Él cogió la bicicleta y se fue al instituto. Era finales de verano y las calles estaban desiertas.
Se acercó a la verja y se detuvo sin bajarse de la bicicleta. Observó el patio, que tenía una pista polideportiva con canastas y porterías de balonmano recién pintadas. Más allá, una mole de hormigón con decenas de ventanas albergaba las clases del instituto. Cerca de la puerta de acceso al edificio había unos bancos de madera verdes, y en la otra punta del patio, en un rincón alejado de todo, un banco de piedra, o una piedra que hacía de banco. «Será mi sitio» pensó, y se quedó mirándolo un largo rato.
Se imaginaba en septiembre sentado en esa piedra, hablando con sus amigos y amigas. Él había ido a un colegio solo de niños y por primera vez compartiría clase con chicas. Pensó que conocería a una de esas chicas de algún colegio privado religioso, una de esas que iba con faldas a cuadros, o quizá alguna de los barrios periféricos que calzaban bambas altas y mallas de colores. Y conocería nuevos amigos, seguro.
Rápido y levantando la rueda delantera en ocasiones, volvió a casa. Ese día habían invitado a su tío Ernesto, y además tenía canalones para comer, que le encantaban. Durante todo el verano soñó con ese rincón, sentado en esa piedra con sus nuevos amigos, alguna chica, un beso, su rincón.
Camina hacia su coche. Deja el edifico azul de oficinas a las espaldas.
Durante cuatro años asistió a ese instituto pero nunca compartió ese rincón con nadie.
Entra en la autopista y recuerda que algunas tardes de invierno se sentaba en esa piedra y observaba cómo sus compañeros de instituto salían de las clases y se perdían entre las risas y las motos aparcadas en la acera.
Mira las arrugas de su mano y acelera.