—¿Por qué lo hiciste?
—Porque se meaba fuera.
—¡Uf!
—Es la verdad.
—¿Intentó violarte?
—No.
—¿Te manoseó? ¿Abusó de ti?
—No.
—Entonces, ¿qué pasó?
—Se meaba fuera.
—¿Matas a una persona porque se mea fuera del váter?
—Yo no quise matarlo.
—Ya, pero pegarle con un grifo en la cabeza…
—No quise matarlo, pero esa mirada… Tú también lo hubieras hecho.
—Marta, vamos a empezar de nuevo. ¿Cuánto hace que trabajas en esas oficinas?
—Un año más o menos.
—¿Cómo te enteraste del trabajo?
—Hacía tiempo que buscaba un trabajo más estable. Estaba cansada de hacer horas para casas particulares. Prefería limpiar oficinas, es más impersonal. Una amiga me dijo que en la empresa donde trabajaba buscaban chicas para unas nuevas oficinas. Solo pedían que tuvieran papeles y las tetas grandes.
—¿Las tetas grandes? ¿De qué hablas?
—Cosas del encargado que selecciona a las candidatas. Según mi amiga, solo comprueba que tengan las tetas grandes, lo demás no importa. —La abogada le miró los pechos a través del sucio cristal que las separaba y, efectivamente, eran de un tamaño superior a la media.
—Como ves, no me costó conseguir el trabajo. Así que a los pocos días empecé.
En aquel momento entró en la sala un abogado con un traje gris cruzado y una corbata que colgaba mas abajo de la cintura, se sentó dos sillas a la derecha de ellas, sacó un pañuelo de papel y limpió el interfono para hablar con el preso que estaba al otro lado del cristal.
—¿En qué consistía tu trabajo?
—En limpiar lavabos de oficinas. Tres por planta, hombres, mujeres y uno de minusválidos, ocho plantas.
—Es decir, limpiabas veinticuatro lavabos cada día.
—Pues sí. A las ocho de la mañana empezaba por la última planta y limpiaba hasta la cuarta planta: quince lavabos. Acababa a la una para comer. Luego, de dos a cinco, limpiaba las tres primeras plantas: otros nueve lavabos.
—Si no he calculado mal, estabas una hora por planta para hacer los tres lavabos.
—Sí, era lo estipulado por el encargado. El de minusválidos era fácil, nadie lo utilizaba y casi nunca estaba sucio. En cambio, el de hombres y el de mujeres eran otro rollo. El de hombres no tenía urinarios de esos de pared. Imagínate, meaban en la taza del lavabo.
—Pero ¿qué hacías exactamente?
—Primero me ponía con el de minusválidos, luego los otros. Como siempre, colocaba el carro de la limpieza en la entrada para que nadie los utilizara mientras limpiaba. Odio que entren en el lavabo mientras limpio. El encargado no nos dejaba hacer eso, decía que no podíamos bloquear un lavabo durante tanto tiempo, pero yo pasaba de él. La verdad, me daba vergüenza que entrasen mientras yo limpiaba, o quizá no quería que me vieran. No lo sé, ¿qué más da? Me ponía la máscara y los guantes, y primero limpiaba los váteres, siempre con abundante lejía. Luego, el lavabo donde se lavan las manos, los espejos, reponer jabón y papel y, por último, fregar el suelo. Ese era mi trabajo.
—¿Siempre limpiabas los lavabos de la cuarta planta a la misma hora?
—Sobre las doce y algo.
—¿Qué pasó aquel día?
—Se me fue la bola. El cabrón se meaba fuera a propósito.
—Sí, pero ¿qué pasó?
—Es igual, déjalo.
—¿Cómo que lo deje?
—Pues eso. Maté a ese cerdo y punto. Ya te he dicho que se me fue la bola. No hay más. Haz lo que puedas, cobra y lárgate.
La abogada miró hacia la derecha y vio entrar a una mujer menuda de pelo blanco que arrastraba las piernas varicosas. «Otra madre coraje», pensó la abogada. Ella había tratado con muchas. Eran mujeres fuertes como el mármol que nunca abandonaban a sus hijos drogadictos que se pudrían en las cárceles.
—Soy tu abogada y voy a defenderte. —Ya había visto esa actitud de desesperanza en sus clientes—. Vamos a ver, eran las doce y algo, los forenses han dicho que murió entre las doce y la una; y tú ¿dónde estabas cuando él entró en los lavabos? ¿Lo oíste entrar?
—Eres una pesada —dijo Marta con cara asqueada—. Ya no me importa nada.
—No, Marta, no es lo mismo que te caigan treinta años o que te absuelvan. Quizá ahora estás mal, pero saldrás de esta. Intentaremos alegar varias cosas, incluso intento de violación si es necesario, lo que sea, pero tenemos que luchar. —A falta de contacto, la abogada puso la palma de la mano en el cristal que las separaba—. Intenta recordar, ¿lo oíste entrar?
—Cada vez que limpiaba ese lavabo de la cuarta planta me temblaban las manos, sudaba, tenía mucho miedo. Siempre tenía la esperanza de que no viniera, de no oír el sonido del carro cuando él lo desplazaba para entrar. Iba más deprisa para no encontrármelo, pero nunca fallaba. No sé cómo lo hacía el hijo de puta: siempre entraba cuando yo estaba limpiando. Siempre lo oía entrar, pero aquel día no, aquel día fue diferente. No lo oí; seguramente apartó el carro con mucho cuidado.
—Espera, espera. ¿Cómo que siempre entraba cuando tú estabas limpiando?
—Pues eso, cada día retiraba el carro, entraba en uno de los lavabos y meaba.
—Bueno, ¿y eso te irritaba?, ¿te ponía nerviosa?, ¿solo era eso?
—Era el sonido de la orina contra el suelo, la pared, la puerta. Se meaba a propósito fuera y yo lo oía mear. No me atrevía a salir. ¿Lo entiendes? Se meaba fuera y yo luego lo tenía que limpiar todo. Lo hacía para que yo lo oyera. Me humillaba. No lo podía soportar.
—Pero ¿por qué no se lo dijiste a tu jefe?
—Déjalo. No entiendes nada. ¿Qué le digo, que un tío se mea fuera? ¿Que un tío con traje impecable y una corbata de seda se mea fuera? ¿Que le dijera algo? No. Imposible.
—¿Desde cuándo sucedía?
—Hacía unos tres meses. Al principio pensé que había sido sin querer, pero a la segunda no entendía nada.
—¿Y por qué no cambiaste de trabajo? —Marta la miró seriamente.
—No había día que no lo intentara, buscaba pero no encontraba nada. De todas maneras, estaba decidida a dejarlo.
—Está bien. Seguimos con aquel día, decías que no lo oíste entrar.
—Sí, yo acababa de limpiar el último váter y me disponía a limpiar el lavamanos; y ahí me lo encontré, fuera del váter, delante de mí, con los pantalones bajados y la polla fuera. Me asusté. Esperó a que le mirara para empezar a mear. De hecho, era la primera vez que lo miraba directamente a los ojos, siempre lo había visto de reojo. Su mirada era altiva, como si le perteneciera.
—¿Y el tío se puso a mear delante de ti?
—Sí, se cogió la polla con la mano y apunto hacia todos los lados, hacia el suelo, las puertas, los lavabos. Se meó en todo.
—¿Pero te salpicó? ¿Te tocó?
—No, no. No entiendes nada. Él no quería tocarme. Él sabía que luego yo limpiaría todo; sabía que me agacharía para recoger el papel del váter, que recogería toda su meada. Eso era lo que lo excitaba. —Marta se calló bruscamente.
—¿Te acuerdas qué pasó luego? —insistió la abogada.
—Bueno, algo. Recuerdo que pensé en mi padre. Sentí mucho calor y un deseo de que todo acabara. Luego vi mucha sangre y grité. No recuerdo nada más.
—¿Tu padre? ¿Qué quieres decir con que te acordaste de tu padre?
—Pues sí, mi padre era otro hijo de puta.
La abogada hizo una pausa larga antes de proseguir.
—El informe de la policía dice que le pegaste con un grifo. ¿Qué hacía un grifo encima del lavabo?
—Ni idea, seguramente se lo dejó Alberto, el fontanero. Se encarga del mantenimiento de los lavabos. Siempre se deja las cosas por ahí. Bebe demasiado.
—¿Qué más recuerdas?
—Recuerdo eso, el grito, mucha gente y que luego me sacaron de los lavabos y me sentí aliviada por no tener que limpiar los meados de ese hijo de puta. Luego, muchos policías, la comisaría. Fue todo muy confuso.
—Ese hombre era el director general de Síntesis Consulting, la compañía que ocupa la cuarta planta.
—Me da igual.
—Podemos alegar defensa propia. Él intentó violarte.
—No, él quiso humillarme. Me trató como una perra, como una mierda.
—Él quiso violarte físicamente y tú te defendiste con lo que tenías a mano. Si Alberto no hubiera dejado el grifo, él te habría violado.
Marta se quedó en silencio.
—No… No sé… No es cierto. No puedo, me da igual todo.
—Marta, yo hubiera hecho lo mismo.
—¿Tú hubieras hecho lo mismo? No me lo creo. Tú no eres como yo.
—Cualquiera hubiera hecho lo mismo. Créeme, no eres una asesina. Fue en defensa propia. Él te violó cada día durante meses. Cada vez que se meaba fuera lo hacía. Yo no lo hubiera soportado. No me imagino otra humillación más cruel.
Marta observó a la abogada: era una chica joven, algo más que ella, poco más de treinta años y de facciones suaves. Se sentía bien con ella.
—Aquel día pensé que iba a pegarme, que iba a patearme —dijo Marta, parecía que iba a llorar, pero no lo hizo—. Eso fue, pensé en mi padre. Eso es todo.
—Está bien, Marta. Lo entiendo.
Permanecieron en silencio durante unos minutos. La madre coraje se levantó y la abogada vio los ojos humedecidos de la mujer que miraban al vacío.
—Lo dejamos por hoy —dijo la abogada.
Se despidieron, colgaron los teléfonos y se levantaron. La abogada le dio la espalda a Marta, caminó dos pasos, y de repente, dio la vuelta. Marta todavía estaba de pie en su cubículo, esperando que la acompañara un guardia. La abogada se acercó y le indicó que volviera a coger el teléfono, esperó unos segundos y le dijo:
—El hijo de puta murió en sus propios meados.
Marta sonrió por primera vez en muchos meses.