¿Qué es un segundo? Piénsalo, sí, eso es, ahora ha pasado un segundo. ¿Y dos? ¿Qué puedes hacer en dos segundos? Leer una frase de este cuento, o quizá dos, o también, apartar la vista del papel y mirar al techo y pensar qué coño estoy leyendo, o mejor cerrar los ojos y decir basta, tengo que dejar a la idiota de mi novia o al pesado de mi marido. ¿Lo ves? Segundos, tiempo.
Nuestras vidas se componen de segundos, lo sé, es una frase estúpida, pero, ojo, no nos precipitemos, quiero decir que nosotros somos tiempo, y el tiempo son segundos. Vamos a ver, un día cualquiera, ¿cuántos segundos tiene? No te preocupes, ya te lo digo yo: ochenta y seis mil cuatrocientos, y te pertenecen todos. Vives en esos segundos. Por ejemplo, ahora dedico mis segundos a escribir y tú a leer, y no es el mismo tiempo, ¿o sí? Esto es otra discusión.
¿Y qué hacemos con esos dichosos segundos? Los vendemos a cambio de dinero. Yo cada día vendo mis treinta mil segundos a mi empresa. ¿Y con dinero puedo comprar tiempo? Indirectamente, es posible vender tu tiempo para comprar tiempo.
Vale, lo sé, otra tontería, y ahora pensarás que tú también estás perdiendo un montón de segundos leyendo esta porquería; es posible, pero, ojo, tú estás perdiendo el tiempo porque quieres, nadie te obliga.
Yo no quería vender mi tiempo.
Lo primero que pensé fue rescindir el contrato con mi cliente de tiempo, pero demasiado tarde: tenía una familia, una hipoteca. Imposible, no podía prescindir de los ingresos monetarios y no me quedaba otra que vender mis segundos. Bien: pensé entonces en cambiar de empresa. Con nuevos incentivos, quizá ya no me importaría tanto dar mis segundos. Lo intenté, cambié varias veces, pero todas eran iguales, no había manera, tenía la sensación de que me estaban robando mi tiempo, que, en definitiva, es vida. Es como si te estuvieran matando poco a poco; este segundo ya no es tuyo, sino mío, y así hasta treinta mil. Luego me planteé ascender, pensé que si tenía poder y responsabilidad, quizá podría asimilar mejor el robo de segundos. Pero observé que muchos jefes daban más de treinta mil segundos y comprendí que eran como muertos vivientes cuya vida se limitaba a la empresa. Habían vendido su vida a una organización y no tenían ni un segundo para ellos; es como un suicidio, es la esclavitud en su grado máximo, y además, totalmente legal y aceptado socialmente.
Me temo que pensarás que para llegar a esta conclusión no valía la pena seguir leyendo, pero no te preocupes; si has llegado hasta aquí, te aconsejo que sigas y lances los siguientes segundos de tu vida a la papelera del tiempo perdido pero voluntario. «Pesado» pensarás, pero el tiempo es el tiempo. Ahora viene lo bueno, y luego, lo mejor.
Decidí dar un paso más e intenté recuperar todos los segundos que pudiera para dedicarlos a lo que me diera la gana, a lo que fuera. Era una manera de recuperar tiempo y vida. Empecé con esas acciones que todos realizamos mientras trabajamos, que pertenecen a la órbita personal y que en circunstancias normales pueden llegar al diez por ciento de la jornada laboral. Estoy hablando de ir al lavabo, beber agua en la fuente, tomar café, estirar las piernas, abrir debate futbolístico en el office, ir a preguntar cualquier chorrada al compañero que está en otra planta… Intenté alargar estos momentos, pero, claro, no daban para mucho. Conseguí un veinte por ciento, pero no lo suficiente, además no dejaban de ser actividades relacionadas con el trabajo. Así que decidí dar otro paso, dedicarme a lo que fuera en cualquier momento. Si trabajas con el ordenador y tienes conexión a Internet, puedes hacer infinidad de cosas, prácticamente todo. Ligar, leer, jugar, aprender, todo. Para ello, primero hice una lista de trabajos que hacía cada día y que eran imprescindibles, para que nadie sospechara de mi recuperación de segundos. Como era responsable de Servicios, mis tareas se limitaban a gestionar incidencias y hacer informes. Calculé que si me dedicaba al cien por cien a esas tareas, tres horas diarias de dedicación eran suficientes. Las otras cinco restantes podía emplearlas en lo que fuera. Había recuperado un sesenta por ciento, o lo que es lo mismo, dieciocho mil segundos.
Hasta las once de la mañana realizaba todas esas tareas imprescindibles y a partir de las once, fiesta; no dedicaba ni un segundo más al trabajo. Sin embargo, surgió un problema grave con el que no conté desde el principio, o mejor, infravaloré: mi pantalla estaba a la vista. No es que estuviera en un pasillo, pero sí podían verla algunos compañeros que se sentaban alrededor. Además, en ocasiones, cuando venían a verme después de las once, me pillaban o jugando o leyendo el periódico o escuchando música, incluso viendo algún capítulo de Breaking bad. Por otro lado, sabía que monitorizaban la navegación por Internet, y en consecuencia, estaba seguro de que yo saldría en el top ten de navegadores ociosos. Y, claro, a pesar de hacer mi trabajo perfectamente, no quería arriesgarme a que me echaran.
No podía seguir más tiempo así. Tenía que buscar un método para recuperar mis segundos, y además, sin riesgo alguno, que la empresa creyera que esos segundos eran suyos. En primer lugar, durante meses perfeccioné el automatismo de mi trabajo diario y lo reduje de tres horas a dos. Estaba muy orgulloso de esa reducción. El trabajo que se supone debía hacer en ocho horas lo realizaba en dos, todo un éxito de la ingeniería de la productividad. Me quedaban seis horas por delante. Tenía que recuperar esos segundos para mí pero que pareciera que eran de la empresa. Al principio no hacía nada, ni para ella ni para mí, para nadie. A partir de las diez de la mañana me quedaba paralizado delante de la pantalla y empezaba a abrir y cerrar ventanas, simulaba que escribía, en ocasiones me ponía la mano en la barbilla y decía algún improperio en voz baja como si me quejara, etc. No hacía absolutamente nada, pero tampoco regalaba mis segundos. Como si hubieran caído en tierra de nadie, ni para ti ni para mí. Más adelante, aprendí que podía desligar mi mente de las acciones mecánicas. Establecí un plan perfecto: diseñé un conjunto de acciones que aprendí de memoria y que durante seis horas ejecutaba en un orden estricto, mientras mi mente viajaba muy lejos. Y mientras mis dedos se perdían en el teclado siguiendo instrucciones estrictas, mis pensamientos volaban por el mundo en compañía de arias de ópera que escuchaba a través de los auriculares. Controlaba mi cuerpo y mi mente como un faquir. Los viajes astrales eran un juego de niños comparados a mis técnicas de escaqueo extracorpóreo.
Con ánimo perfeccionista introduje ciertos comportamientos que potenciaron la sensación de dar mi vida por la empresa. Eran reglas muy sencillas. Al final del día, después de una maratoniana sesión operística, volvía a mi cuerpo y revisaba todos los correos que había recibido a lo largo de la jornada. Los contestaba e intentaba generarles más actividades, luego escribía nuevos correos productores de trabajo para los destinatarios. Muchas veces era trabajo complicado y molesto. Esta acción ocasionaba que me vieran como una persona muy trabajadora, molesta, agobiante, y me evitaban.
Perfeccioné el método. Varias veces a la semana mantenía conversaciones imaginarias en inglés por teléfono. Tener un excelente nivel de inglés crea una barrera de respeto absoluto e incluso una admiración exagerada, y daba la sensación de trabajar duro para la internacionalización de la empresa. Nadie se percató jamás de que siempre decía las mismas frases.
Más tarde, y debido a mi fama de gran trabajador, se obsesionaron con convocarme a cientos de reuniones. Era otro grave problema. Empecé a perder segundos a borbotones hasta que descubrí las reuniones a distancia. ¿Reunión? Ningún problema; haremos un audio, o un Lynx, reuniones a distancia. ¡Qué moderno! ¿Que estás en Madrid en casa? Ningún problema. Volví a recuperar segundos. Durante esas reuniones telemáticas, bastaban unos cuantos asentimientos aleatorios, algún problema técnico que afectaba a la recepción del sonido, y siempre al final, un requerimiento de mayor concreción en lo que se había hablado para poder repartir tareas, que aquí mucho discutir pero nadie trabaja.
Una gran farsa. Todo perfecto. Durante varios meses apliqué mi método, y en ese periodo de tiempo, mi vida fue mía aunque tuviera que prescindir del cuerpo.
Pero la estupidez humana tuvo que intervenir, y un martes a primera hora me llamó el director a su despacho. Mal asunto, pensé, me he arriesgado demasiado, estaba claro que esto no podía durar eternamente.
«Pasa, pasa», un golpecito en la espalda. Se sentó en su silla de cuero negro que contrastaba con una gran melena blanca que le daba un aire de jefe progresista.
«Estamos muy orgullosos de tu trabajo, he recibido decenas de felicitaciones, eres el ejemplo a seguir y hemos decidido organizar un seminario, mejor, unas jornadas para que puedas exponer tu método y así instaurarlo como metodología corporativa, o como mínimo, establecer un listado de best practices para que todos sigamos tu metodología. Y para ello, en primer lugar te propongo un ascenso de categoría que, obviamente, conllevará una mejora económica considerable. ¿Qué te parece?».
¿Seminarios? ¿Jornadas? ¿Metodologías? Suspiré y por un momento me imaginé una sala llena de cuerpos automatizados mientras sus almas vagaban libremente por el espacio donde habitan los sueños.
No lo pensé dos veces. «¿Sabes lo que es un segundo?» le contesté mirándole a los ojos.
Horas después tenía a mi entera disposición los ochenta y seis mil cuatrocientos segundos al día, toda una vida.