Es más pequeño de lo que esperaba. Bueno, la mesa es de madera noble y tiene buenas vistas. Imaginaba algo mejor, debería ser un despacho tan grande como toda la planta, pero no: tengo que compartirla con la sala Europa, la sala del Consejo de Administración, donde están los retratos de todos los presidentes y un Picasso. Mi retrato todavía están haciéndolo. Menudo pintor, un parásito. Esta gente vive del cuento, no hacen nada útil. Siempre hay personas que viven de la tontería y se les paga por ello. Tengo ganas de ver mi retrato junto a los otros. Creo que mi lienzo es más grande que los demás. Ojalá sobresalga; al menos, espero que sea tan distinguido como los otros. Me están esperando los del Consejo, menudos idiotas. Es la primera reunión, me presento como nuevo presidente. Todos querían estar en mi sillón, pero son estúpidos y punto. No saben la sorpresa que les espera. La primera reunión y se van a enterar: quiero echar a unos cuantos gerentes, les tengo ganas. ¿Hay espejo en esta mierda de despacho? ¡Ah, sí!, en el lavabo. Eso está bien, un lavabo para mí, no tengo que compartirlo con nadie. Me dan asco los lavabos de los trabajadores. Podré cagar tranquilo y nunca me encontraré pelos que no son míos. Todos son idiotas; ya lo decías tú, padre.
Me habría gustado que estuvieras conmigo hoy; al menos, que te hubieras enterado de mi ascenso. Pero no, tuviste que dejarnos; como siempre, te fuiste cuando más te necesitaba, pero esta vez, para siempre. Y mamá lloraba el día del entierro. Ya ves: nos abandona, te pone los cuernos y después viene a tu entierro. La verdad es que tampoco sentí tu muerte, casi diría que fue un desahogo, aunque hoy, antes de ver a esos capullos, te comprendo, comprendo cuando me regañabas. Pero, ¿sabes?, lo que más me dolía no era la correa, sino tu silencio. Cuando no sacaba sobresalientes en el colegio, me ignorabas, me llamabas inútil. «Eres un inútil y acabarás siendo un estúpido como todos», y te ibas y me dejabas. Te ibas con Zeus, tu perro, creo que lo querías más que a mí y que a mamá. Yo también lo quería, pero no soportaba verte con él, siempre a tu vera, a tus pies. «Mejor que cualquier persona» decías, y lo acariciabas mientras me mirabas con seriedad, como diciendo «es mejor que tú». Un perro, papá, mejor que yo. Eras frío, y solo con Zeus sonreías, solo con él. «Hijo, serás ingeniero como yo, ingeniero de telecomunicaciones, nada de informático eso es para cobardes». Y te ibas con Zeus. Yo hubiera querido estudiar informática, pero ni siquiera me atreví a pedírtelo. Ahora sé que tienes razón; estos informáticos son todos unos capullos, y la mitad, unos vagos. Eras hielo, padre. Aún recuerdo cuando mamá perdió a mi futuro hermano en el parto; «un accidente» dijiste y ni un punto de tristeza, nada. Y mamá sola, llorando, otra vez, mamá siempre lloraba. Creo que ahí te empezó a odiar, pero, claro, ella no podía dejarte, tú tenías el dinero, la herencia de tus padres, tu trabajo. Dinero… Triunfaste, padre, sin duda.
He llegado más arriba que tú, papá, tus hostias han servido, aquí me tienes. Quizá ahora me querrías más que a Zeus, lo dudo. Pero aun muerto no me atrevo a contártelo. Aquel día pensé que llorarías, mi padre llorando. No, no lloraste, pero te vi hundido, triste como nunca, ahí perdiste tu frialdad. No me atrevo a decirte que aquella noche de invierno maté a Zeus, recuerdo la niebla y que no tenía frío a pesar de que estábamos bajo cero. «Zeus, ven», y Zeus vino conmigo en la oscuridad; un martillazo en la cabeza, apenas se quejó, en el maletero y al contenedor. Recuerdo que dudé si tirarlo al normal o al orgánico. No por preocupación ecológica, no, sino para que no lo encontraran. Al día siguiente, viste la puerta abierta del garaje. Fuiste el último en entrar y te dejaste la puerta abierta. Y con la duda te fuiste a la tumba.
Tengo ojeras; normal, para llegar hasta aquí hay que trabajar duro, muy duro. Desde aquel día, todo cambió, papá, te sentiste vulnerable, no mucho, desde luego, pero se te notaba. Yo empecé la universidad, mis amigos, el piso de estudiantes, qué gilipollas era Jaime, imbécil. Se parece al director de Calidad, unos estúpidos los dos. Cierto, padre, hay que tener cuidado con la gente; todos quieren arruinarte la vida y no les importa nada de nada. Yo estaba enamorado, ido, eso es, totalmente loco por Laura, y Jaime lo sabía, hostia, es que se lo dije. Esta corbata me aprieta demasiado, eso sí, azul, como tiene que ser, con traje oscuro, tradicional. A Laura le hubiera gustado, ella también era tradicional, sus faldas largas, su camisa con cuello blanco redondeado. Laura me escuchaba, era inteligente, pero siempre ha de salir alguien que te joda. Él lo sabía, un día se lo comenté en el piso. Cierto, ellos empezaron a salir juntos, pero Laura estaba por mí, por mí. Entérate, Jaime. No te la merecías, de hecho, te hice un gran favor. La gente es muy estúpida, se creen que tienen derecho a todo, menos mal que yo soy listo y no me dejo pisar por tíos como Jaime. Es que además fue muy fácil, mira si eres gilipollas que caíste con la primera en la primera noche. ¡Menudas fotos!, y tú en plena relación con Laura. Vaya cara que puso cuando se las enseñé. ¿Qué estará haciendo Jaime? Seguramente dando clases en algún instituto, ¡vaya fracasado! Era un piso de fracasados. Mira Pere, el médico, no tiene un puto duro, se viste como un pordiosero. Igual que Laura, al final otra fracasada, prefirió a otro. ¡Cómo se puso por un puto beso! No quiso, le hubiera tenido que arrancar la cabeza de un puñetazo, la muy zorra, una pordiosera. No te fallé, papá, saqué buenas notas y acabé la carrera. «Muy bien, hijo, muy bien», y ni un abrazo, nada, «muy bien» y te diste la vuelta para seguir leyendo el periódico. Luego me enviaste a una empresa, un enchufe, no esperaba menos de ti, un empujón, dijiste, una consultora de mierda. Ni me supo mal tu muerte, bueno, nadie lloró.
Esta mesa parece de nogal, es buena. La primera que tuve ni siquiera era individual, era una mesa larga que compartía con unos cuantos borregos. Lo tuve claro, yo no podía caer tan bajo. El sillón es de cuero, eso sí, pero es que para conseguir este despacho hay que trabajar mucho y ser muy listo. No entiendo a la gente que está veinte años en el mismo sitio, sin ambición, haciendo lo mismo siempre. ¡Qué burros, Dios! Si uno quiere avanzar, tiene que observar, analizar los puntos débiles de las personas, buscar aliados, detectar enemigos y, más que nada, actuar. Joaquín era un blando. Fue fácil, gracias a Jordi, claro. Siempre hay que ir al superior, activar los resortes precisos, acudir al que tiene poder. Jordi era un estúpido, pero era el jefe y solo le interesaba pasar desapercibido, no hacer ruido. Un par de errores de Joaquín fueron suficientes. Sí, Jordi, mejor sin Joaquín, mejor a la calle, si no, te complicará la vida, y un pequeño guiño, mirándole a la cara. Tú y yo, Jordi, llegaremos lejos, déjame el trabajo sucio a mí. Sabes que soy muy listo y vamos a sorprender a los de arriba. Jordi, tú sigue así. Pero Joaquín fuera, ¿eh?, a la calle. Y se acabó la competencia. Y el tonto de Joaquín va y se suicida, dicen que por su mujer, que si lo había dejado, que si no sé qué, pero fue por el despido, seguro, no lo pudo soportar. Y luego me cepillé a Jordi. Bastó hacerse con su jefe, Pablo. Ese era mejor, un jefe como yo, calvo, con patillas, mirando por encima del hombro, un jefe de verdad llamando a sus colaboradores al despacho. Se le oía gritar. ¿Toni, qué pasa con ese proyecto? Sí, señor, sí, me quedo el fin de semana y punto. Ok, Toni, cierra la puerta y di a Inés que venga. ¿Qué me dices, que Jordi no puede con todo su trabajo, que está algo quemado? Cierto, nunca lo he visto muy implicado. Tienes razón, tenemos que tomar medidas, esto tiene que cambiar. Siempre con un traje caro, ajustado, una camisa blanca impecable y un reloj diferente cada cierto tiempo. Pablo el elegante, un buen jefe, lástima que la cagara, lástima que confiara en mí. Fue un estúpido, otro más. Sí, claro, fue personal, ya, pero qué más da. Todos tenemos nuestros puntos débiles. Adiós, Jordi, hasta nunca, ahora eres mi colaborador; venga, a trabajar, que te queda poco para jubilarte, viejo de mierda. Es lo que hay, la vida es dura.
Esta es mi empresa, una multinacional. Tengo mi gran despacho, para mí algo fundamental, mi despacho, con mis fotos, junto al presidente, fotos con gente importante, sí, claro que me costaron una pasta, pero valió la pena, esas fotos impresionan a los borregos. Joder, padre, que fácil es todo; a veces, solo hay que pensar, pensar y obrar en consecuencia. ¿Que te insultan? No pasa nada, hay que aguantar. «No tienes sentimientos» me dijo aquel capullo al que eché de mi departamento. Que no tenía sentimientos. Alerta, alerta, yo quiero ir por la calle y que me admiren, yo tengo lo que tengo, y puedo ir a cualquier lado con la cabeza bien alta. Y que mi familia me elogie. No está mal el despacho. Tengo que llegar tarde a la primera reunión, que esperen hasta que se cansen. El presidente tiene que llegar tarde, y espero que se levanten. Tendré que decir algo de Ramón, vaya mierda, hasta inválido me tienes que tocar los cojones. Lo siento, Ramón, pero la suerte acompaña siempre al que la busca; ¡y vaya suerte!, eras el único que podía hacerme sombra, el único que se atrevió conmigo, pero ya ves, qué mala suerte, un accidente en el momento oportuno. Y, claro, un inválido no puede ser presidente, un tetrapléjico no puede echar a la gente, ¡qué divertido! Si solo podía mover la boca y se le caía la baba. Me lo imagino en una reunión con los clientes, él moviendo la boca y su secretaria con un trapo limpiándole la baba. ¿Cómo vas a mandar? Qué cachondeo. Anda, quédate en casa y que te den sopitas. Es lo que te mereces, nada más. ¿Por qué no te retiraste de mi camino como los demás? ¿Por qué no lo dejaste? Los demás, todos, me odian. Soy un buen jefe, me odian, y yo los machaco. Soy el mejor. He trabajado duro. No saben moverse por este mundo, no se enteran. Hay que trabajar duro, muy duro para llegar aquí, y no podemos andar con tonterías.
Bueno, ya es la hora, voy para allá, espero que se levanten, espero que me aplaudan, me lo merezco, he trabajado muy duro para llegar hasta aquí y ahora es mi momento. Tengo que dirigir esta organización, porque nadie como yo puede hacerlo. Soy una persona muy importante, de mí depende todo. He de dar trabajo a más de mil personas, por no decir chupópteros. Que no se quejen, que les damos de comer. Una gran responsabilidad, y he de ser más duro todavía, empezaré a limpiar esta pocilga de inútiles. Necesitamos gente nueva, gente joven con nuevas ideas. Rebajaremos costes salariales, tienen que dejarse la piel por mí y por la empresa. Ella es nuestra vida, más allá no hay nada, si no, que se dediquen a otra cosa, que sean profesores, como el idiota de Óscar, pero los míos tienen que dejarse la piel, y que no me tomen el pelo. Y mujeres, las justas, alguna gerente para dar buena imagen, joven, claro, igual que las secretarias. Las mujeres no tienen ni puta idea de dónde se meten, son demasiado débiles.
Todo esto hubiera sido más fácil en tu tiempo, padre, ahora es más complicado, pero bueno, al final, ya ves, soy el presidente de esta multinacional. Yo decido, solo yo decido, y nadie puede molestarme, nada de discusiones. No quiero gente que vista mal, estoy harto; todos con corbata, faltaría, con corbata y pelo corto. Es lo primero que haré, no lo soporto. Quiero personas jóvenes con corbata que quieran comerse el mundo, a las que no les tiemble el pulso, jóvenes valientes y duros. Con másteres y dos idiomas, que vengan de arriba, que sean de los nuestros, gente guapa. No quiero mujeres ni gente bonachona ni perdedores; y sobre todo, no quiero viejos, viejos que se apalancan en sus sillas, son una panda de vagos, estos me engañan, me odian. Quizá deba ponerme gomina, ¿o es demasiado anticuado? Ya tengo un buen plan de jubilaciones para todos estos viejos de mierda que no sirven para nada. Que se queden todos en casa como Ramón, jugando con sus putos hijos y sus putas mujeres, que se queden pudriéndose en sus putas casas.
Señores, gracias, gracias, pueden sentarse.