—Preferiría no hacerlo.
—¿Qué?
—Preferiría no hacerlo.
—¿Qué dices? No te entiendo.
—Pues eso, que preferiría no hacerlo.
—¿Cómo que no quieres hacerlo?
—No es que no quiera hacerlo, es que preferiría no hacerlo.
—Toma, y yo también preferiría no hacer un montón de cosas. Pero es lo que hay.
—Pues no las hagas.
—No me líes. ¿Lo vas a hacer o no?
—Preferiría no hacerlo.
—¡Martín!
—No me llames Martín. Ahora me llamo Bartleby, es decir, Bart.
—¿Bartleby?
—No. Llámame Bart. Bart para los amigos y conocidos.
—Si no son amigos ni te conocen, no te pueden llamar Bartleby.
—Te equivocas: cuando me presentan a un desconocido, mi nombre es Bartleby.
—Pero automáticamente pasa a ser un conocido.
—Cierto, y por tanto, ya me puede llamar Bart.
—Entonces nunca nadie te llamará Bartleby.
—Sí, si antes de decirles que me pueden llamar Bart, me llaman Bartleby.
—Pero no te pueden llamar Bartleby si no saben que te llamas Bartleby.
—Sí, pero solo me pueden llamar Bartleby una vez.
—Menudo lío, Martín.
—Que no me llames Martín. Desde ayer me llamo Bart, ¿entendido?
—Está bien, Bart, necesito el informe para esta tarde. ¿Lo harás?
—No.
—¿Y ahora qué se supone que tengo que hacer yo?
—No lo sé.
—Pero esto no puede quedar así. ¿No quieres trabajar? ¿Tienes algún problema?
—No, ninguno, pero preferiría no hacerlo. No hay más.
—Entonces, ¿qué quieres hacer?
—Otras cosas.
—¿Qué estás haciendo ahora?
—Ahora, nada.
—Pero, tío, ¿tú eres tonto? Te pueden despedir por esto.
—Es posible.
—Vamos a ver, ¿qué es lo que no quieres hacer?
—Preferiría no hacer ese informe.
—¿Y qué quieres hacer?
—Lo que yo quiera.
—¿Por ejemplo?
—Por ejemplo, no hacer nada.
—No hacer nada no es hacer algo.
—No haré nada que no salga de mi voluntad.
—Oye, esto es interesante. Buscas la libertad absoluta. No harás nada que no quieras hacer, o dicho de otra manera, solo harás aquello que quieras hacer.
—Correcto.
—¿Y qué quieres hacer aparte de no hacer nada?
—Yo no he dicho eso.
—¿Cómo que no?
—No, yo he dicho que no haré nada que no salga de mi voluntad.
—Vale, vale, entiendo. ¿Qué quieres hacer que no sea obligado?
—No lo tengo claro.
—¿Estar con la familia?
—Me divorcié de mi mujer. Tengo un hijo.
—Salir, restaurantes, cine, teatro…
—No. Bueno, con mi hijo a veces al cine.
—¿Alguna otra cosa?
—Me gusta echar una siesta los domingos.
—Vaya, lo mismo que yo. La siesta de los domingos es como un paréntesis paradisiaco en el infierno de la vida.
—Más bien, un agujero espacio–temporal.
—¿Algún deporte?
—Juego al rugby. Es mi pasión.
—Un bonito deporte. Dicen que es el menos violento de todos.
—Tonterías.
—¿Y cómo vas al rugby?
—En coche.
—¿Te gusta conducir?
—Odio conducir.
—Pues ya está, haces una cosa que no te gusta para poder hacer algo que te gusta. ¿Puedes ir en tren o de otra forma al rugby?
—No, imposible.
—Pues eso, hacer el informe es conducir. ¿Lo entiendes? Tienes que conducir para ir a jugar al rugby.
—¿Y tengo que hacer el informe para qué?
—Para hacer lo que te gusta: jugar al rugby, echar la siesta en un buen sofá, ir al cine con tu hijo, vivir en una casa. Tienes que hacer el informe para poder hacer lo que tú quieras. Hacer el informe es un paso necesario para poder alcanzar la libertad absoluta.
—Visto así…
—Es obvio. Si no haces el informe, no harás lo que tú quieres hacer.
—Sí, es obvio.
—Tiene que estar antes de las cuatro, y utiliza la plantilla nueva.
—De acuerdo, lo haré.
—Perfecto, nos vemos luego.
—Espera… espera…
—¿Qué quieres ahora?
—Creo que…
—¿Crees que qué?
—Que preferiría no hacerlo.
—Pero ¿no me has dicho que sí?
—He cambiado de opinión.
—¿Por qué?
—Porque la decisión de no hacer el informe está por encima de cualquier decisión, con independencia de las consecuencias que pueda acarrear. Preferiría no hacer el informe. Esta es mi decisión y no otra.
—Pero ya estamos: te van a despedir y no podrás hacer lo que quieras.
—Me da igual. Ante todo está mi voluntad, y en estos momentos, preferiría no hacerlo.
—¿Me estás tomando el pelo?
—No.
—Pero necesito ese informe a las cuatro. Solo tú lo sabes hacer, y si no lo entrego, estoy perdido.
—Lo siento.
—Hazlo por mí, por nuestra amistad, por favor te lo pido. No me dejes tirado.
—¿Somos amigos?
—Por supuesto.
—Demuéstralo.
—Yo lo haría por ti.
—¿Qué harías por mí?
—El informe.
—Pues hazlo y resolvemos este asunto.
—No, quería decir… no, el informe, no, no sé hacerlo, imposible. Me refiero a que haría cualquier cosa que pudiera hacerte feliz.
—Y ahora yo sería feliz si tú hicieras el informe.
—Y yo sería feliz si respetaras mi voluntad. Creo que un buen amigo tiene que respetar la voluntad, pero también es cierto que un amigo debe sacrificar esa misma voluntad por los otros.
—Está bien, me sacrificaré, haré el informe.
—¡Oh! ¡Gracias, amigo! Recuerda, antes de las cuatro.
—No te preocupes.
—De verdad, gracias, Martín, te debo una.
—¡Que no me llamo Martín! Me llamo Bart. Tú no eres mi amigo.
—Perdón, perdón, Bart.
—No, no, no y no. Tú no eres mi amigo. Preferiría no hacerlo.
—¡Por Dios! Me vas a volver loco.
—¿Loco? ¿En qué sentido?
—Pues loco como una puta cabra.
—¿Una locura desbocada, reflexiva o quizá incluso mística?
—Más bien, una locura muy violenta.
—No era mi intención.
—Está bien. Si no lo haces, Dios te castigará. Hazlo por misericordia cristiana.
—Imposible, no creo en Dios, y por tanto, no puedo ser objeto de sus iras.
—Que no tengas fe no significa que Dios no exista, y te castigará al fuego eterno.
—Te equivocas. Solo en el plano de la fe tiene sentido la existencia de Dios, si no estás en esa dimensión, no existes, así de simple. Además, cualquier religión anula parte de la voluntad humana. No puedes salir del plano de la fe ciega e irracional.
—Hostia puta, me cago en… Estoy hasta los huevos de ti. Si no haces el informe, te… te… mataré.
—¿Qué?
—No te soporto, nunca te he soportado y estoy dispuesto a todo. Si no entrego el informe, estoy acabado. Te mataré si no lo haces.
—El uso de la violencia no está justificada.
—Sí lo está cuando está en juego la supervivencia.
—¿Si no hago el informe, peligra tu supervivencia?
—Peligra mi supervivencia. Si no entrego el informe, me despedirán y con mi edad ya no encontraré trabajo y, por tanto, me expulsarán definitivamente del sistema, y eso significa la muerte social. Si salgo del sistema, acabaré muerto, por lo tanto estoy dispuesto a matar para que no me maten.
—Está bien, lo tendré que hacer. También es cierto que si muero, pierdo la voluntad.
—Correcto. ¡Por fin!
—Pero vivir sin voluntad es lo mismo que estar muerto.
—¡No!
—Lo siento. Preferiría no hacerlo.