El bar era la guindilla de una larga hilera de bloques grises y viejos con pisos de apenas cincuenta metros, algunos abandonados. Enrique había recorrido esa calle miles de veces para acabar siempre en el bar de la Lola, meta final donde el caminante melancólico podría recuperarse de la depresión que le había producido la visión de tanta penuria junta. Quizá un vinito para olvidar el mal trago, o una cerveza que te pagaré mañana o un cubata y unos cacahuetes, niño, que no dais nada.
Enrique se sentó en la mesa cerca de la ventana, desde donde podía observar a la parroquia; cuatro viejos jugando a la garrafina, una maruja a las máquinas y varios jóvenes con chándal bebiendo cerveza a morro sin cacahuetes pero con olivas verdes partidas. Ni rastro de berberechos de ocho euros la lata, ni calamares, ni vermut de Reus, ni siquiera un Verdejo. Nada parecido a los vermuts dominicales que Enrique degustaba en el bar de Sarrià en Barcelona, sentado en butacones de cuero y mesas de madera noble. Una caña fresquita en un vaso rayado, quizá unos chochos, perdón, altramuces, y vas que te matas, a ver si te crees que esto es un bar de señoritos.
Cada domingo de cada quincena, Enrique visitaba su barrio natal en Sabadell, un barrio obrero donde vivían sus padres, que no quisieron irse, a pesar de que su hijo único les pagaba una casa en las afueras. Ellos prefirieron un piso más grande a dos calles escasas del barrio de toda la vida.
Siempre ocupaba la misma mesa, con disimulo, no fueran a pensar que estaba asistiendo a un espectáculo o algo parecido, que Enrique, un alto ejecutivo de una multinacional, ha venido al bar de su antiguo barrio a ver como continúan en la miseria los antiguos convecinos. No, eso nunca.
Un domingo de otoño, lo vio entrar cuando se disponía a dar el último trago a su caña de cerveza de barril. Al principio, no lo reconoció, parecía uno más del barrio. Se sentó en la barra arrastrando sus huesos, que se le pegaban a la piel, y con la mirada perdida más que con la boca, pidió un quinto, dio un trago y miró a Enrique, al que no reconoció.
—¡Ey! Pedro, tío —dijo Enrique mientras alzaba la mano. Pedro lo miró extrañado y se acercó a la mesa.
—¿Enrique? —preguntó mientras sonreía mostrando cuatro dientes negros y solitarios. Enrique se levantó, le ofreció la mano y le invitó a sentarse. Pedro se sentó a su derecha y permaneció unos segundos observando como quien mira un cuadro, fijándose en cada uno de los detalles— Estás hecho un figurín, joder —dijo observando la camisa blanca de Enrique.
—¿Figurín? ¿Y tú qué?
—Ya ves, hecho una mierda. Oye, ¿tú no me podías prestar algo? Es para los dientes. —Abrió la boca de par en par—. ¡Mira, mira! —Enrique se apartó de la bofetada de hedor que desprendía y pensó que se parecía al olor del napalm.
A partir de entonces, Pedro y Enrique coincidían en el bar de la Lola y recordaban viejos tiempos de juventud. Habían sido unos amigos inseparables hasta que Enrique se tomó en serio los estudios y Pedro empezó a probar la heroína. Enrique estudiaba en la universidad mientras Pedro leía libros de Marcial Lafuente Estefanía en la cárcel.
Enrique esperaba con impaciencia esos vermuts domingueros. Era el único momento en el que hablaba con sinceridad de cualquier cosa. A Pedro le confesó que su mujer le había puesto los cuernos con un director de la competencia, que no soportaba a sus compañeros de trabajo y que estaba algo desencantado con sus hijos. Pedro hablaba poco y siempre asentía con un ¡Joder, nen! o un ruido gutural parecido a un eructo.
—¿Dejaste la heroína? —dijo el empresario como quien pregunta a alguien si ha dejado de fumar.
—Sí, nen, me comieron el coco en unas de esos grupos de colgados y la dejé. Luego me costó dejar el rollo que me metieron. —Pedro reía a carcajadas enseñando los cuatro dientes podridos.
A finales de septiembre, justo después de pedir la segunda ronda con las respectivas olivas verdes amargas que la Lola aliñaba, unos turistas perdidos entraron en el bar y preguntaron al camarero una dirección en inglés. El camarero los miró extrañado indicando que no entendía nada. Pedro se levantó y, en un inglés fluido pero vulgar, les dio indicaciones precisas.
—¿Sabes inglés?
—Sí, estuve unos años en Liverpool, una historia, tío…
Enrique le interrumpió, lo tenía claro: ese era su hombre, el hombre que había buscado durante mucho tiempo.
—¿Quieres ser director del Área de Consultoría de mi empresa?
—¿Qué mierda es eso?
—Un curro, Pedro, un curro. ¿No necesitas trabajar y ganar dinero? Bueno, más que un curro, es una presencia, hay que estar presente y hablar con contundencia. No tienes que hacer nada, ir de vez en cuando a un despacho a alguna reunión y firmar lo que yo te diga.
—Tú estás loco, nen. ¿Tú me has visto a mí?
—Hombre, claro, te tendrás que arreglar los dientes, cambiar un poco el estilo de ropa, la higiene —dijo Enrique mientras miraba los tejanos sucios y rotos de Pedro.
—¿La higiene? ¿Qué dices, nen?
—Bueno, sí, que te tendrás que duchar más a menudo. Calculo que en unos tres meses estarás listo para ocupar el puesto de director de Consultoría. Por cierto, ¿has trabajado alguna vez?
—De paleta con mi padre y en Inglaterra de camarero. ¡Ah! Y de camello, tú; oye, que es muy duro ser camello, no te creas, tiene su tela. Vale, no tienes un horario fijo, pero tienes a los putos clientes que no te dejan en paz. Además, con el jaco en el bolsillo y sin poder tocarlo. Una historia, nen.
—Vale, vale… ¿No tendrás un máster de Dirección de Empresas? —Enrique apenas pudo acabar la frase, se desternillaba.
—¿Y la pasta?
—Bueno, te pagaré bien, unos cinco mil euros al mes brutos. —Enrique sabía que era mucho menos de lo que cobraba un director—. Eso sí, me tienes que hacer caso, a la mínima te echo a la calle y se acabó.
—¿Por qué haces esto?
—En mi empresa, los directores no sirven para nada, son todos unos vividores, no trabajan, no hacen nada, simplemente están. ¿Y solo para estar, quién mejor que tú, mi amigo? Para que cualquiera viva bien, prefiero que seas tú. Ya te digo, solo tienes que estar; es como esas estatuas vivientes que hay en la Rambla, lo mismo, no tienes que hacer nada, solo hacerme caso a mí.
Enrique no le dijo que se sentía algo culpable por la situación de Pedro y quería ayudarle; tampoco, que gracias a ese ahorro, él se embolsaría unos cuantos miles de euros, y en ocasiones le gustaba hacer locuras.
—Niño, llena —dijo Pedro.
Mañana te iré a buscar a las ocho en punto. Dúchate y lávate los dientes, vamos al dentista.
Durante varios meses, el vermut de los domingos se convirtió en jornadas de trabajo. Enrique le presentó la estructura de la compañía: quiénes eran los directores, los gerentes, los jefes de Departamento, a qué se dedicaban, y sobre todo, lo que Pedro no tenía que hacer. «No le lleves la contraria a Jordi… Ojo con ese, si le llevas la contraria, te hará la vida imposible. Tú calla y asiente. Tienes que hacer caso a tu secretaria, María; haz lo que ella te diga».
—¿Mi secretaria? ¿Está buena?
—No, no, pero es muy efectiva. Te ayudará mucho.
—Mejor, porque aún no me he enterado de qué tengo que hacer.
—Joder, ya te lo he dicho mil veces, nada, solo hacer lo que yo te diga. Los clientes ya los tenemos, son del mismo grupo de empresas, no pueden ir a la competencia, los tenemos asegurados. Por tanto, no hay que hacer nuevos clientes, sino simplemente tener contentos a estos, y si no lo están, da igual, no pueden elegir a otro proveedor, ¿lo entiendes? Es como si tuvieras que ir siempre al mismo camello por cojones y jamás pudieras cambiar. Por cierto, no te meterás cocaína…
—Tranqui, nen, estoy limpio.
—Aparte de ese tatuaje horrible en el hombro… A ver, enséñamelo.
Pedro se arremangó la camisa y dejó a la vista unas líneas azules dubitativas, como si las hubiera dibujado un niño, unas líneas azules que querían ser una rosa.
—¿Tienes alguno más?
Pedro se levantó la camiseta y enseñó una gran frase tatuada en el pecho, del mismo estilo que la rosa; trazos de letras inconexos que habían sido realizados por un aficionado con tres agujas atadas con hilo de coser y un bote de tinta azul. Unos trazos que conformaban una frase que resumía toda su filosofía vital: «Amor de madre».
—¡Dios! Ni se te ocurra enseñar esto en la oficina.
A mediados de enero, como si fuera la vuelta a la escuela después de las Navidades, Pedro se presentó en las oficinas de Yales Consulting, sitas en un edificio nuevo y acristalado. Vestía con un traje negro de rayas finas de Emidio Tucci. Enrique había insistido en comprarle unos cuantos trajes italianos en una tienda exclusiva, pero él se emperró en que fueran de Emidio Tucci porque había visto unos anuncios en televisión en los que salían unos tipos muy modernos saltando y corriendo con trajes y quería ser como ellos y punto. A Enrique esos trajes le parecían una vulgaridad, pero fue la única concesión. Nada de bambas, ni collares, ni nomeolvides, y menos, piercings; ya tenía bastante con esa cara chupada y esos ojos apagados. Eso sí, el traje le quedaba perfecto.
—Tengo una cita con Enrique Mestres —dijo Pedro sin dejar de mirar los pechos de la conserje, que parecían descansar sobre el inmenso mostrador que daba la bienvenida a la empresa.
La conserje lo miró de arriba abajo como buscando ese detalle que no cuadraba, como si ese hombre tuviera algo que no fuera coherente. Lo envió a la planta quinta donde estaban los despachos de los directores sin llegar a ver el hilo de saliva que le caía a consecuencia de unos cuantos tranquilizantes que se había tomado por si las moscas. Nunca se sabe.
Pedro entró en el amplio despacho de Enrique, en el que sobresalían unos grandes butacones con botones prietos y hundidos en el cuero.
—Qué pedazo de ejecutivo, déjame, déjame que te vea. Perfecto, perfecto, a ver esos dientes. —Enrique lo observaba como si fuera un caballo recién comprado y estuviera calibrando si había hecho un buen negocio. Y sin dejar de observar, descolgó el teléfono y llamó a María, que a los pocos minutos entraba en el despacho.
—María, te presento al nuevo director de Consultoría. A partir de ahora serás su sombra. Hoy empieza. —La mujer menuda de unos cincuenta años largos miró a Pedro con desconfianza.
Al día siguiente, María le presentó a sus colaboradores, primero a los gerentes, que tenían despacho como él, pero más pequeño: Víctor, un joven moreno casi sin pelo, un auténtico trepador de la jungla; Ricardo, famoso por sus despistes, y Alejandro, el mayor, al que parecía que todo le daba igual. Luego, los responsables de áreas, un sinfín de treintañeros con trajes italianos dispuestos a comerse el mundo.
Y dos días después, Enrique organizó una reunión plenaria del Área de Consultoría para presentar al nuevo director. Eran más de treinta trabajadores sin contar los externos.
—Pedro, vuestro nuevo director. Viene de Irlanda, de una gran multinacional. Tiene una gran experiencia y estoy seguro de que será el mejor director —dijo Enrique presidiendo la mesa de la sala de juntas.
A su derecha, Pedro se rascó la nariz a causa del picor que le había producido una buena dosis de cocaína que se había metido minutos antes en los lavabos e inició un eufórico discurso que pocos entendieron pero todos aplaudieron.
La rutina se instaló en la vida laboral de Pedro. Se limitaba a no hacer ni decir nada y a seguir las indicaciones de María. Sin embargo, a principios de marzo, Pedro informó a su secretaria de que tenían que contratar a un nuevo consultor, un especialista en reestructuraciones empresariales.
—¿Cuál es la razón? —preguntó María.
—Hemos de optimizar recursos, acelerar procesos y maximizar metodologías de esfuerzo. —Pedro no tenía ni la menor idea de lo que decía, se lo había aprendido de memoria de un folleto publicitario de una consultora que utilizaba para preparar la dosis de cocaína del almuerzo— Bueno, que me aburro, María. Ya me encargo yo de buscarlo.
El Pisha era el mejor camello del barrio, era como el Vogue de los mercados de la droga. Especialista en cocaína, además tenía una buena percha; no era heroinómano, aunque conservaba la cara huesuda de antiguos escarceos con el caballo. Era el mejor candidato para el puesto de camello-consultor. Su cometido era fácil: cada día tenía que pasarse por el despacho de Pedro para abastecerle de la mejor cocaína de la ciudad.
Pedro lo había encontrado en el bar de la Lola, le dio mil euros para un traje y la peluquería.
—El jueves a las nueve en la empresa.
Apareció el viernes, no va de un día.
—¿Con quién quiere hablar? —repitió la conserje observando el traje a cuadros, antiguo y sucio del Pisha.
—Con Pedro, joder —contestó este arrastrando las palabras como si estuviera a punto de dormirse. Pero el conserje no llamó a Pedro, sino a Seguridad. Minutos después aparecieron dos vigilantes jurados que invitaron al Pisha a salir del edificio. Cuando lo arrastraban hacia el ascensor apareció Pedro, que al ver la pinta de su consultor, reculó y volvió al despacho.
—Pisha, cojones, ¿dónde están los mil euros que te di? —le gritaba por teléfono horas después— Está bien, quedamos el lunes en el bar.
Esta vez, Pedro se encargó de que todo saliera bien. Le acompañó a la peluquería; después, a comprar un traje en el Corte Inglés, y horas más tarde estaba en su despacho presentándole a María.
—Este es el consultor del que te hablé. Jesús Perianes.
—Encantado de conocerle —dijo María.
Cada día a las ocho en punto, el Pisha aparecía en el despacho, entraba y le dejaba los dos gramos de cocaína diarios, suficientes para soportar las reuniones con sus colaboradores.
Pedro solía llegar cerca de las once de la mañana, con gafas de sol y sin afeitar. Entraba en el despacho, se pegaba una buena esnifada, se afeitaba y llamaba a María. Luego, a lo largo del día, se limitaba a no hacer nada, acudía a las reuniones siempre con María, escuchaba, asentía, y luego su secretaria le indicaba qué tipo de decisiones debía tomar.
—Ha de elegir entre las consultoras Sintetic o Evertos. Aquí tiene todos los informes comparativos.
—¿Qué han dicho los gerentes?
—Recomiendan la Sintetic.
—Pues la Evertos.
La rutina volvió a romperse en pleno invierno; Enrique tuvo que viajar a una de las sucursales en Brasil.
—Pedro, estaré fuera unos meses, no hagas nada sin consultármelo, ¿de acuerdo?
—Tranqui, nen.
—Ok, confío en ti.
Una mañana, María repasaba las reuniones del día.
—Hoy tiene tres reuniones antes de las dos: una de seguimiento de proyectos, otra con el departamento de calidad, y la última, con los gerentes —dijo sin dejar de mirar la agenda.
—Joder con los putos gerentes, estoy hasta los cojones. Por cierto, mañana he quedado con una nueva consultora que ayudará al Pischa.
—¿A quién dices?
—A Perianes quería decir. Ah, y haz pasar a Fede, que está esperando.
María salió del despacho y dejó entrar a un hombre alto, carne de gimnasio.
—¿Qué cuenta la policía? —preguntó Pedro.
—Nada que contar —contestó el responsable de seguridad, un exmosso d’esquadra que había aprendido informática en su ratos libres en la central, ya que nunca le habían dejado salir a patrullar por su escaso dominio del catalán.
—¿Y el ranking cómo va?
—Esta semana destaca Hernando, y además, pulverizando récords.
—¿El director de Recursos Humanos?
—Sí, sí, el mismo, ese que se jubila pronto.
Pedro se refería al ranking de trabajadores que más accedían a webs pornos durante el trabajo.
—Joder con el viejo.
—Dejo el informe encima de tu mesa —dijo Fede mientras salía del despacho.
Al viernes siguiente, Pedro llamó a Hernando a su oficina.
—Pasa, pasa, quiero que eches a los tres gerentes, estoy hasta los cojones. La dosis diaria de cocaína había apuntalado la seguridad de sus decisiones.
—¿Cómo?
—Comiendo. —Eso se lo decía siempre su madre antes de que muriese de una sobredosis de heroína, y a Pedro le hizo gracia repetirlo.
—Eso tiene un gasto económico y humano considerable.
—¿Humano? Pero si estos capullos cuestan un huevo y no hacen nada. —Pedro ya ni siquiera cuidaba su lenguaje, de hecho, no lo había cuidado nunca, pero al principio procuraba no decir nada—. Venga, tira millas.
—Pero ¿por qué? —preguntó Hernando.
—Porque estoy hasta la punta de la polla de tanta puta reunión improductiva.
—Pero ¿qué les digo?
—No les digas nada. Envíales un correo y punto. —Hernando agachó la cabeza y suspiró.
—Ah, por cierto, a ver si me recomiendas una de esas webs guarras, oye, pero guapa, ¿eh?, con glamur —A Pedro le encantaba utilizar esa palabra que había aprendido recientemente.
Hernando iba a decir algo cuando sonó el teléfono.
—Don Pedro, tenemos a la señorita Juana Miralpeix —dijo la conserje por teléfono.
—OK, que pase.
—Venga, Hernando, arreando. Hoy mismo, que se piren esos capullos.
Pedro había conocido a Juani en una convención internacional de directores. Aquel día, había estado a punto de dejarlo todo, no podía soportar esas soporíferas conferencias en las que no entendía nada. Y entre seminario y clase máster, se metía un par de rayas en esos lavabos impersonales del hotel. A las siete de la tarde, cuando parecía que por fin se acababa todo, María le comentó que podría acompañar a los directores de Inglaterra a cenar y luego ir de copas.
Raya de coca y a cenar. Los llevó al restaurante que le indicó María, y en los postres, los ingleses exigieron el final feliz que cualquier convención de directores que se precie tiene que ofrecer: unas buenas putas.
A punto estuvo Pedro de llamar a María, pero no se atrevió, llamó a Fede, que de eso entendía. Fueron a una de las mejores casas de putas de Barcelona. Allí conoció a Juani, la madame, la responsable del harén.
Los tacones de Juani anunciaron su presencia en la oficina. Se dirigía al despacho de Pedro arrastrando las miradas de todos los hombres de la oficina, no solo por el escote, sino también por la minifalda negra e increíblemente corta ajustada a un gran culo y coronando unas largas piernas. Víctor, Alejandro y Ricardo salieron de sus despachos para verla pasar antes de que Hernando les diera la gran noticia.
Pedro la hizo entrar en su despacho, y antes de cerrar la puerta, miró de reojo a Fede, que en ese momento parecía que se iba a lanzar de cabeza al culo de Juani.
—Siéntate. —Pedro llamó a María por teléfono para que fuera al despacho.
—María, te presento a tu sustituta.
—Pero, don Pedro, ¿qué me quiere usted decir?
—Que te jubilas, María, que te echamos con una indemnización que te vas a cagar, y además, te pagamos la diferencia entre lo que cobres de la jubilación y lo que estás cobrando ahora, o sea que continuarás cobrando lo mismo pero sin trabajar. Coño, me ha salido bien la explicación. —Pedro se volvió y le guiñó un ojo a Juani—. Toma los papeles.
María observó unos minutos todo el papeleo, miró a Pedro, sonrió y le abrazó.
—Joder, pero si también sabe reírse. Eso sí, antes de largarte, tienes que enseñarle un poco a Juani.
La incorporación de Juani como mano derecha de Pedro y la noticia de que Enrique estaría más de un año en Brasil inauguró una nueva etapa. Pedro la llamó reset, palabra que aprendió del Departamento de Informática. La primera acción de choque fue buscar sustitutos a los gerentes expulsados. Para ello, Pedro confió en el Pischa y Juani, que recurrieron a la rica cantera del barrio. En pocas semanas ficharon al Ruso, un taponcillo rubio considerado el mayor traficante de cocaína de la ciudad como responsable de los Servicios Generales, vaya un Delivery Manager English speaker; Matilde, una vieja prostituta a la que Juani salvó justo cuando se iba a cortar las venas, como jefa de Desarrollo, y los Medranos, unos gemelos de casi dos metros que empezaron como jugadores de baloncesto del equipo de la ciudad y acabaron como matones de un casino clandestino, como responsables de la Oficina de Calidad. Y por último, Sánchez, que llegó a estudiar Filosofía en la Universidad y acabó durmiendo en los cajeros automáticos de la Caixa. Él se encargaría de la contabilidad.
Más tarde se trataba de renovar a todos los mandos intermedios. En definitiva, hacer una reducción de plantilla de directivos y cargos medios en un cincuenta por ciento. Por último, convenció a Enrique, y por extensión a la dirección, para buscar una sede exclusiva a Consultoría. Era una cuestión de imagen. Y así fue: a los pocos días, todos se trasladaron a la quinta planta de uno de los mejores edificios de la ciudad, aislados del resto de la empresa.
—¿Por qué todo esto? —le preguntó un día Fede, uno de los pocos supervivientes del reset.
—Porque me sale de la punta del nabo y porque lo leí en una de esas revistas de empresarios. Una reestructuración siempre es necesaria. —Pedro miró al techo, y como si estuviera recitando, continuó—. Una reestructuración que aligere los costes derivados de recursos no productivos y que no influya en la dinámica organizativa, es decir, un reset. Queremos establecer una política de impulso de los resortes productivos y no especulativos para promocionar el desarrollo de nuevas etapas de control regenerativo… Me cago en la puta de oros, joder, que nos hemos ahorrado un pastón —dijo Pedro mientras miraba cómo Sánchez le pasaba la botella de whisky escocés a Matilde, que se ajustaba la minifalda.
La metodología de negocio cambió de forma natural. Paulatinamente se ampliaron los servicios de consultoría informática con servicios de venta de drogas y putas. Fue un proceso suave pero sin pausa. El negocio creció, y los servicios que en principio eran solo para el cliente interno se abrieron a todo tipo de sectores. Ampliaron oficinas y organizaron un puticlub espectacular que ocupaba tres plantas del edificio. Los servicios se diversificaron y se buscó la excelencia en la especialización. Cualquier fantasía podía ser posible, ningún problema, para eso estamos. Eso sí, todos los servicios se contrataban como si fueran servicios informáticos; servicios de mantenimiento 24 por 7 GOLD para las aplicaciones críticas, y que incluían todos los servicios (chicas y cocaína). Otras áreas establecían contratos a partir de una bolsa de horas que el departamento correspondiente iba consumiendo. Existía la Bolsa 500, que se trataba de quinientas horas anuales en las que se incluía la bebida y la coca, y para las áreas más modestas tenían ofertas de cincuenta y cien horas muy interesantes y competitivas. Todo esto incluía la parte de mantenimiento informático, cuyo coste era de un treinta por ciento de lo estipulado. Oye, ni una queja.
Decenas de gerentes y directores se acercaban al área de consultoría, era el área de moda. Quien no sabía nada de las actividades se encontraba con un simple conserje que le preguntaba la clave secreta. Si la sabía, le hacía pasar a la sala de bienvenida, donde normalmente Juani les presentaba el catálogo de servicios. «Señor Josep, ¿le apetece hoy una ejecutiva mandona? O quizá algunas secretarias juguetonas, cava y coca. ¿Le va bien? Perfecto. No se preocupe, que le avisamos si se hace tarde». Si no sabía la clave, significaba que era un cliente nuevo que quizá desconocía todo el catálogo de servicios, y por tanto, se le enviaba a otra sala de iniciación.
Después del cambio de catálogo de servicios debido a la nueva demanda interna, la cuenta de resultados era más que espectacular, el área de Consultoría era la más productiva.
Desde Brasil, Enrique recibió unos informes espectaculares de la situación económica, pero también ciertos rumores que no le gustaron. Decidió volver y visitar a su amigo Pedro sin avisar.
El hall del Área de Consultoría no denotaba nada que hiciera pensar que detrás había un inmenso negocio ilegal de drogas y prostitución. Enrique entró en el vestíbulo y rápidamente dijo la palabra clave que le habían pasado en Brasil: «Tienes que decirle esto al conserje». Y, efectivamente, después de la palabra mágica, el conserje le acompañó a la sala de bienvenida.
Enrique se sentó en un sofá de cuero blanco estilo inglés situado en el centro de una gran sala recubierta de madera noble de caoba. Frente al sofá, una mesa de mármol azul turquesa con una botella de champán francés, un par de copas finas y unos bocaditos sofisticados de paté y jamón de bellota.
Juani apareció por una puerta lateral con medias negras, americana y un sugerente escote.
—Juana, encantada —dijo mientras le acercaba la mano para saludarle.
—Enrique, del Área Comercial.
—Perfecto. ¿Conoce nuestros servicios? ¿De cuánto tiempo dispone?
—De todo el tiempo del mundo.
Juani cogió de encima de la mesa una carpeta con una hoja dorada en la que se resumían los servicios.
—Bien. Aquí tiene los servicios estándar. Sin embargo, tenemos unos servicios personales y completos en los que después de una entrevista con nuestra coaching le prepararemos un servicio adaptado a sus necesidades. Es nuestro producto estrella, ideal para gerentes y directores. No se arrepentirá.
—¿Y cuál es el coste?
—No se preocupe. Entrará dentro del contrato marco establecido para el Área Comercial, que en este caso, es un contrato GOLD. Solo me tiene que indicar el CECO de coste y nosotros nos encargamos de todo.
—Dile a Pedro que venga.
—¿Cómo? —respondió Juani sorprendida.
—¿Dónde está Pedro? Enrique sacó su móvil y pulsó una tecla, mientras miraba con seriedad a Juani.
—¿Pedro? Quiero verte inmediatamente. Sí, sí, estoy con una tal Juani en la sala de bienvenida.
—¿Eres Enrique?
—Pues sí, soy Enrique, el que no se entera de nada.
Pedro apareció como un fantasma por la puerta lateral. Tenía las pupilas dilatadas y se acercó rápido hacia Enrique con los brazos abiertos.
—Enrique se echó hacia atrás.
—Hostia, Pedro, no estoy para abrazos. ¿Qué mierda es todo esto? —dijo mientras miraba alrededor—. ¿Qué cojones has hecho? Solo te pedí que no hicieras nada, y me has montado un puticlub, un puto puticlub. —Juani sonrió al escuchar la cacofonía—. ¡Nada!, no hacer nada, te dije, y me montas un puticlub, además, de lo más sofisticado. ¡Joder, Pedro! Hostia. Maldito el día del puto bar.
—Tranqui, nen. ¿Qué problema hay? —dijo Pedro mientras se rascaba la nariz.
—¿Qué problema hay? ¿Qué problema hay? —repitió Enrique—. ¿Pero tú estás gilipollas? ¿Qué les cuento yo a los del Comité de Dirección?
—Mira, que nada, que en vez de Área de Consultoría, hemos montado un puticlub. Nada, tú, cosas de Pedro, el director, que es muy especial. Se aburría.
—Muchos del Comité vienen por aquí —dijo con determinación Juani—. Tienen un descuento especial y repiten mucho.
—¿Cuántos? ¿Quiénes?
—¿Qué más da, tío? Vienen y punto —dijo Pedro.
—¡Esto no puede ser verdad! —Enrique negaba con la cabeza mientras daba vueltas por la sala. Por fin se sentó en el sofá—. Esto se tiene que acabar, esto se tiene que acabar.
—Enrique, mírame, tío. Tranqui. —Pedro le cogió del brazo—. Todo el mundo sabe de qué va esto, bueno, menos tú y algunos como tú que están por ahí.
—¿Y qué? Yo soy el que te puso, soy el último responsable de este gran puticlub. —Enrique se puso champán en la copa y se lo bebió de un trago. Se sorprendió de su suavidad y frescor—. Esto hay que desmontarlo.
—Y una mierda —contestó Juani moviendo bruscamente la cabeza hacia un lado.
—Esto no tiene sentido, tarde o temprano se descubrirá.
—Joder, tu jefe es gilipollas, tío.
Enrique miró a Juani con la intención de abofetearla como mínimo. Pero Pedro se interpuso.
—Enrique, qué plasta que eres, tío, que todos lo saben.
—¿Y nadie dice nada? Pero si es ilegal, y además, están las putas, mujeres explotadas… Imagínate que se entera la prensa, que todo esto sale a la luz, la empresa se hunde… ¡Qué vergüenza, Dios! Y yo soy el máximo responsable.
—Nadie dirá nada. La mitad de los directores y gerentes son unos viejos cerdos y babosos, y la otra mitad, cuarentones que les importa una mierda todo. Ellos quieren pasárselo bien y punto, sentirse importantes. Nadie dirá nada. —Juani calló, miró hacia la botella de champán y prosiguió—. Quizá si hubiera alguna tía en la dirección, tal vez tendríamos problemas, pero no la hay. ¡Pero si estás en una puta empresa machista! Además, el Área de consultoría es la más rentable, coño —gritó Juani.
—No, no y no. Conmigo no contéis para toda esta mierda. Mañana quiero todo esto desmontado. Ya podéis ir echando a la gente. —Enrique apuró el champán de su copa, lo dejó en la mesa de mármol azul y se fue sin mirar a nadie.
Pedro y Juani se miraron con sorpresa.
Tres semanas después, Enrique sería despedido por obstaculizar la expansión del Área de Consultoría, área clave de la organización, eso sí, con una formidable indemnización y una pensión vitalicia garante de su discreción.
Era una mañana limpia de domingo. Hacía meses que Enrique había logrado convencer al camarero del bar de la Lola de que sirviera unos berberechos de mejor calidad, un poco más grandes, que al menos se pudieran comer con palillos y no intentar pescarlos con una cucharita. Como siempre, Enrique estaba sentado en la misma mesa desde donde podía observar la barra y la calle a través de la ventana que quedaba a su derecha.
Pedro entró saludando con un «buenas» arrastrando la ese, un «buenas» de aquellos que se dicen cada día de cada año, un «buenas» de los que han estado el día anterior, a pesar de que hacía muchos meses que no iba por allí. Todos los clientes conocían a Pedro y nadie le respondió. De vez en cuando, volvía al barrio para que le vieran con sus dientes impolutos y sus trajes de El Corte Inglés.
Con el quinto en la mano se acercó a la mesa de Enrique. No se habían visto desde el día de la sala de bienvenida, hacía ya casi un año.
Enrique lo observó. No era el mismo de aquel día que le había propuesto ser el director del Área de Consultoría, y así lo delataban sus dientes inmaculados, su camisa y su americana con los ojales de colores, pero continuaba con las pupilas dilatadas y los pómulos que sobresalían consumiéndole las mejillas.
—¿Qué tal tu vida?
—Muy bien, muy bien, ya ves, retirado. No me puedo quejar.
—¿Y tú? —Enrique sabía que meses después de su salida, habían creado una nueva empresa, exclusiva para el negocio oculto del Área de Consultoría, es decir, que externalizaron totalmente el puticlub y lo desligaron de la empresa. De hecho, los directivos hicieron caso a Enrique y no quisieron arriesgarse. Esa nueva compañía estaba participada casi al cien por cien por la exempresa de Enrique, y sus gerentes eran Juani y Pedro.
—De puta madre. Por cierto, estamos abriendo mercado en Sudamérica y buscamos un director para el Área internacional. ¿Te interesa, tío?
—¿Yo? —Enrique lo miró con incredulidad.
—Sí, tú. Quién mejor que tú, conoces Sudamérica, tienes experiencia, no sé, joder…
—Sí, pero… ¿qué tengo que hacer?
—Nada, absolutamente nada. —Pedro apuró su quinto y lo alzó hacia la barra—. ¡Niño! Y ponte unos chochos.