País Relato - Autores

rafael moya buades

mala baba

Son las siete de un viernes por la tarde. Algunos padres vigilan de reojo a sus hijos, que corren como posesos por el parque enmoquetado de polvo. Hoy sí, hoy han ido a esperarlos al colegio. Son padres privilegiados que han salido a las tres del trabajo. Incluso hay alguno que todavía viste con el traje gris. También los hay en la cola de las panadería cargando la gran mochila del hijo y dispuestos a comprar bollos y chocolatinas. El sol de poniente colorea el parque con tonos anaranjados. Solo falta una banda de músicos capitaneados por un payaso tocando el tambor.
Y Alfredo en la oficina, solo, qué más da, siempre está solo, o casi siempre, no es un hombre calvo, regordete, de mediana edad y gris, que los hay. Esos están en el parque o solos en casa viendo la televisión o de putas, qué más da. Él es rubio y alto, un hombre maduro, pero con estilo, no es un tópico, sino un objeto de deseo de cualquier publicista mediocre, y viste de manera impecable, normalmente, traje de color azul con camisa y corbata de tonos también suaves, un monumento a la elegancia laboral. Observa desde la ventana de la oficina el animado parque y no le sorprendería ver a un payaso con tambor o una banda de majorettes. Nada sorprendería a su mirada pérdida en el horizonte urbano.
Nuestro candidato a ejecutivo triunfador recuerda cuando jugaba en el parque muy cerca del colegio. Él era quien elegía a los jugadores de su equipo, él era quien los organizaba: tú, Pere, de portero, luego en el descanso te cambias por Toni. Él era quien lanzaba los penaltis o, si quería, dejaba que los lanzara otro. Él era quien decidía por todos.
Minutos después se sienta en su puesto de trabajo y observa su mesa, una mesa similar a las decenas de mesas alineadas en el centro de la planta diáfana. Ni siquiera tiene una mesa de jefecillo, junto a la ventana, nada, él es uno más. Mira el reloj e intenta repasar por enésima vez cada uno de los acontecimientos del día, buscando algún resquicio amable. No es la primera vez que se disgusta con su jefe, por supuesto, pero en esta ocasión está demasiado molesto. Observa la taza de café pringosa junto a varios papeles manchados. Su mesa está desordenada y sucia, no la ha recogido como suele hacer todos los días.
«Ese maldito informe, maldito jefe, un analfabeto funcional que me corrige faltas de ortografía, faltas de formato» piensa mientras mira la primera página del informe repleto de tachaduras y anotaciones realizadas con un rotulador rojo, trazos firmes y contundentes de alguien que se siente superior. No es Calibri, sino Sans Serif, no es un margen dos, sino tres, errores de formato, tonterías, nimiedades, suficientes para querer ridiculizarme. ¿El contenido? Es superfluo ¿Qué más da lo que ponga? Lo importante es corregir, corregir y corregir. «Tú eres tonto —eso es lo que debe de pensar de mí—, tú eres imperfecto y yo te corrijo, a ver si aprendes».
Una hora más tarde ya no hay casi nadie en la oficina, las mesas de trabajo han quedado vacías, ya no suenan los teléfonos, y a lo lejos, un conserje del edificio conversa con la máquina de café; claro, como el café es gratis… Vuelve a mirar el informe: más tachaduras sobre palabras, comas discutibles, puntos disputables, párrafos que sobran, párrafos que faltan. «El imbécil me lo está diciendo a mí, pero si este tío no ha leído un libro en su puta vida, no tiene ni idea». Y entonces recuerda algunos correos electrónicos de su jefe repletos de faltas de ortografía. «Tendría que corregirle yo a él, analfabeto». Pero lo peor es esa superioridad con la que me mira, esa prepotencia que no disimula y te abofetea: «Alfredo, hay que mejorar; Alfredo, ojo con las formas, son importantes; Alfredo, cuida el resultado». Alfredo, Alfredo, Alfredo…
Y como si el pensamiento pudiera crear monstruos, por ahí aparece el jefe, que se acerca. Alfredo se levanta por instinto como se levantaba en la clase cuando entraba el cura. «Alfredo, ¿todavía por aquí? Vete a casa» le dice el jefe, que sigue su camino sin esperar respuesta y dejando un olor penetrante de colonia, un olor seco y muy amargo que Alfredo odia. Podía haber dicho: «Para la mierda que haces, mejor vete a casa y no vengas más, inútil». «¿Por qué no me lo ha dicho claro?» piensa mientras observa la espalda algo curvada que desaparece tras la puerta de los lavabos.
No soporta esa colonia. Decide irse, apaga la pantalla y, por primera vez en su vida, termina la jornada laboral sin limpiar ni ordenar su mesa. Baja al aparcamiento subterráneo por las escaleras y no por el ascensor. Quiere alargar la salida, como si quedara alguna tarea pendiente que no recuerda, algo importante que ha olvidado hacer. El Seat León lo espera al final del aparcamiento, en los sitios reservados para los trabajadores de menor categoría, más alejados de las escaleras y los ascensores. Accede al coche y lo arranca. Quiere salir y olvidar, aunque sabe que las tachaduras del informe se han hundido en su cerebro y lo seguirán durante varios días.
Las luces del coche iluminan las paredes húmedas con grandes desconchados. Por la puerta de las escaleras aparece su jefe, que cruza distraído el carril de salida. Alfredo se para a unos diez metros de su superior, que se detiene y mira al empleado un par de segundos, suficientes para mostrar una indiferencia total. Otra vez esa mirada. «Mi vida no puede limitarse a soportar esa mirada» piensa. Pero no puedo evitarla. «¿O sí?» se pregunta mordiéndose el labio al tiempo que acelera varias veces en punto muerto como un toro que resopla antes de embestir. Agarra con fuerza el volante y nota el corazón en la garganta. Grita como si fuera a expulsarlo por la boca, pone primera y pisa el acelerador a fondo. Le invade una sensación de vértigo que le recuerda a cuando siendo un niño bajaba por la precaria montaña rusa que instalaban cada año en su ciudad de provincias y a la que siempre tuvo miedo.
El coche impacta en el cuerpo. Produce un golpe seco y contundente, como un puñetazo en la mesa.
El jefe rueda sobre el capó del coche asesino y cae en el suelo sucio y salpicado de humedades.
Alfredo, algo asustado, se acerca al moribundo, que se encuentra boca abajo, le agarra la barbilla, le gira la cara y le devuelve la mirada. Luego mira alrededor, solo está su coche y el Mercedes de su jefe. Están solos. A pesar de la violencia del golpe, apenas aparecen algunas gotas de sangre sobre el capó. El jefe se muere, su pulso es muy débil y sus órganos vitales podrían estar destrozados; sin embargo, alguna convulsión indica cierta resistencia a la muerte. El pánico inicial se esfuma y deja paso a un aplomo que se expresa en la firmeza de los movimientos. Accede al maletero del Seat León y busca algo para no dejar huellas dactilares, tal vez unos guantes. Se conforma con unos cuantos trapos. Encuentra las llaves del coche en los bolsillos de la americana de rayas y luego arrastra el cuerpo con mucha dificultad hacia el Mercedes aparcado en la zona VIP. Las carnes sebosas del moribundo cuelgan sobre la cintura y la cabeza rebota sobre las irregularidades del grasiento suelo. «Menudo cerdo, ¿cómo puede pesar tanto el hijo de puta?» piensa dejando el cuerpo en el asiento delantero del acompañante.
Alfredo está sudando, pero no se da cuenta. Va pasándose el brazo por los ojos para limpiar el sudor que le impide ver con claridad. Otra vez duda unos segundos, pero no a causa del miedo, sino más bien como una pausa para pulir los detalles de un plan que a pesar de la improvisación está resultando perfecto. Vuelve a su coche, limpia la sangre con otro trapo, lo arranca y sale muy despacio del aparcamiento para que la cámara exterior lo grabe. Son exactamente las nueve de la noche. Él salió solo y jamás vio a su jefe.
Las farolas apenas alumbran la calle, que a Alfredo le parece demasiado iluminada. Aparca el Seat León a unas dos manzanas de las oficinas y vuelve al garaje con cuidado de no pasar por ninguna cámara de seguridad y con la firme convicción de rematar la faena. A sus cincuenta años jamás ha estado tan seguro de lo que está haciendo.
El cuerpo del jefe se ha inclinado hacia el asiento del conductor. Ningún problema, vuelve a enderezarlo. Para el Mercedes a escasos metros de la puerta de salida e intenta lavar la cara del moribundo con unas toallitas húmedas que ha encontrado en la guantera. Con profundo asco, le quita el polvo, la grasa y la sangre. Le abre los ojos y lo acomoda en el asiento del conductor de manera que parezca que está conduciendo. Alfredo se sienta en el asiento del acompañante y espera unos minutos para dejar pasar el tiempo. Rozando las diez de la noche se agacha y coloca la cabeza en el regazo del jefe de tal forma que queda fuera de la visión de la cámara. Pone el pie en el acelerador y la mano derecha en la parte inferior del volante, y con el mando a distancia abre la puerta automática del garaje. Acelera y mantiene en línea recta el volante para simular que su jefe sale solo y conduciendo. La cámara de seguridad graba esta salida unos minutos después de la de Alfredo. El coche abandona el garaje, atraviesa la acera y se detiene, fuera ya del ángulo de visión de la cámara de seguridad. Tiene suerte, durante varios minutos no aparece nadie. Arrastra al jefe al asiento del acompañante y se sienta en el del conductor. La primera parte del improvisado plan se cumple sin complicaciones.
Se dirige a toda prisa a la vieja carretera que serpentea por la sierra que da cobijo a la ciudad. Ya más relajado, se percata de que está empapado de sudor. De vez en cuando, mira a su jefe moribundo, que apoya la cabeza contra el cristal. Parece un niño agotado después de pasar el día en el parque. Lo ha matado, pero el desagradable olor de colonia persiste y le preocupa que se le enganche al cuerpo.
Alfredo piensa que está realizando un trabajo perfecto. Eso es hacer bien las cosas y en algún momento desearía que su jefe comprobara que sabe improvisar, pensar en los detalles, no dejarse llevar por el pánico, trabajar bajo presión, soportar el estrés. Sin duda es un trabajo perfecto. «Sí, cierto, he tenido un pelín de suerte, pero la perfección sería imperfecta sin la suerte» piensa, y se sorprende de la idea; quizá la haya oído, pero la hace suya. «Qué bueno» murmura mirando a su acompañante.
Se compadece de su jefe, la muerte ha sido un castigo demasiado severo, pobre, ya no podrá avasallar a sus trabajadores ni alimentar su ego con esos sermones de pretendido líder. Recuerda el primer día de trabajo hace ya unos veinte años, cuando entró en el despacho y el jefe se levantó de su sillón de cuero, rodeó la gran mesa y le puso la mano en el hombro. «Alfredo García, Alfredo García» repetía mientras le examinaba el traje de color verde oscuro, los grandes zapatones impolutos y la corbata de colores estridentes, toda una modernidad en aquella época. «Estupendo, estupendo, bienvenido a la empresa». Recuerda aquella sensación de triunfo cuando salió del despacho. Tenía treinta años y toda una vida laboral por delante.
«¡Mierda!».
Detiene el coche en una curva a escasos centímetros de un profundo barranco y pone el freno de mano con furia. Vuelve a colocar al moribundo como conductor y le pone el cinturón de seguridad. Baja la palanca del freno de mano y se dispone a salir del coche para empujarlo al vacío. Pero como al cuadrar la caja o como en sus previsiones de gasto, o tal vez como una constante en su vida, ha calculado mal el tiempo y el espacio; ha aparcado el coche con una rueda delantera suspendida en el precipicio, y un leve movimiento causa que asesino y víctima se precipiten barranco abajo. Después de varias vueltas de campana, el coche queda boca arriba sobre un lecho de hierba.
Alfredo sueña que está en un parque observando a unos niños jugar al fútbol. Les pregunta si puede jugar con ellos. Ellos aceptan. «Vas con mi equipo» le dice el más alto. Empieza a correr, a seguir la pelota, a chutar, parece incluso que vaya a volar. Pero en ese momento, un amargo olor lo invade, advierte que lleva traje y corbata y que no es un niño. El olor empieza a ser insoportable. Se para y ve que un grupo de personas se ríen de él, entre ellas, su padre. Percibe el olor a colonia de su jefe, que le penetra en la garganta mezclándose con el sabor de la sangre Se despierta, abre los ojos y comprueba que está atrapado entre los hierros. Boca arriba no puede moverse, ni siquiera la cabeza. Justo enfrente, encima de él y a un palmo de la nariz, la cara del jefe aparece hinchada y morada. Implora su propia muerte cuando bajo la brillante luz de la luna, el jefe también abre los ojos, sonríe y deja caer un hilo de baba sobre su cara. Es una noche calurosa de finales de mayo.