Víctor accionó el mando a distancia del cierre de su Audi, que contestó con un parpadeo leve pero contundente. «Vete, todo en orden. Tu coche te espera en este descampado indigno de tu posición, aunque no te lo tendrá en cuenta». Se encaminó hacia las oficinas, un edificio acristalado que se divisaba a lo lejos, para cambiar el destino de su vida. De vez en cuando miraba hacia el coche, pero el sol primerizo, empeñado en iluminar aquella mañana laboral, lo diluía en la lejanía. Caminaba despacio y aprovechó para observar a las personas que, como él, se dirigían a los incontables edificios de oficinas que conformaban el nuevo barrio de la ciudad, donde se habían instalado numerosas empresas de Tecnologías de la Información. Sonaba bien. Eran personas jóvenes, la mayoría vestían trajes oscuros, camisa y corbata. Todos se parecían. Y él era uno de ellos.
Recordó una reunión de trabajo en su empresa años atrás. Una sala repleta de ejecutivos con corbatas de seda, las piernas cruzadas y los iPhone en las manos esperaban explicaciones como panteras hambrientas al acecho. De pie, él presentaba en un Power Point los resultados económicos de su primer proyecto importante. La noche anterior a la presentación apenas había dormido. A la mañana siguiente, arrasó, vomitó un sinfín de cifras y explicaciones tan complejas que los asistentes no tuvieron ninguna opción de réplica. Contestó a las pocas preguntas de forma rápida y eficaz, con datos contundentes. Luego fue al lavabo, se echó agua a la cara, se miró en el espejo, puso la mano derecha sobre los testículos y dijo: «Con dos cojones». Esa era su imagen talismán, que le daba fuerzas en momentos cruciales.
Lo tenía todo planeado, pero debía repasar los detalles, los imprevistos, imaginar esos próximos minutos cruciales. Era demasiado temprano y entró en el primer bar que encontró. Era un bar de barrio que había sobrevivido a los nuevos edificios de oficinas. Pidió un café y volvió a centrarse en el plan. Debía subir a la oficina, entrar en el despacho de ella y decírselo, así de simple.
Bebió de un trago el café y se lanzó hacia la puerta del bar como quien huye de su pasado. Entró en el edificio de oficinas y subió en el ascensor.
Accedió a una gran planta diáfana iluminada por la luz natural que entraba por grandes ventanales. Decenas de trabajadores clavaban las miradas en los monitores de sus portátiles. Víctor notó un leve aumento de su ritmo cardiaco y una excesiva sudoración de las manos. «Con dos cojones» murmuró.
Golpeó con suavidad la puerta, dos toques rápidos y breves, y casi sin esperar respuesta entró sin decir nada. Unos segundos alimentaron la sorpresa de la aparición inesperada de Víctor.
—¿Qué haces aquí? —dijo ella extrañada—. ¿No tenías fiesta hoy?
—Sí, tengo fiesta, pero quiero hablar contigo.
—¿Ahora?
—Sí, ahora.
—Pero estás loco, podrías esperar a la noche, ahora estoy muy liada, ¿no lo ves? —le recriminó ella. El móvil empezó a sonar.
—No puedo esperar.
—Está bien, ¿qué quieres? —dijo con cierta impaciencia mientras rechazaba la llamada del móvil.
—Quiero dejarlo. —Víctor esperó unos segundos y continuó—. Hace mucho tiempo que no tengo ganas de hacer nada, no tengo ninguna ilusión, y desde mi nombramiento como gerente, todo se ha precipitado. No aguanto más. Lo mejor para todos es dejarlo.
—Ya te he dicho mil veces que tienes mucha presión en el trabajo, que te exigen demasiado. Estás en una organización excesivamente salvaje, a la que no le importan las personas. Sabía que algún día estallarías. ¿Por qué no te tomas unas vacaciones, incluso unos meses sabáticos?
Víctor la miró extrañado y sorprendido.
—¿Unas vacaciones?
—Sí, has de relajarte, pensar y luego decidir con tranquilidad si quieres dejar el trabajo.
—¿De qué hablas? ¿Qué dices? Te equivocas. No sé cómo has podido pensar eso. No quiero dejar mi empresa.
—Entonces, ¿de qué estás hablando? —dijo su mujer perpleja.
—Te quiero dejar a ti.
Paralizada, Laura tardó unos segundos en reaccionar, pero acertó a decir:
—¿Dejarme?
—Sí.
Laura se acercó a la ventana situada a la derecha de su mesa. Desde la planta catorce podía ver el gran descampado donde su marido había dejado el coche. De repente se dio la vuelta.
—¿Y adónde vas a ir? —dijo con un tono de voz elevado.
—No lo sé, tal vez a casa de mi madre, o me busco algo. No lo sé, pero tiene que ser ya. Mañana cogeré cuatro cosas y me iré.
—¿Y los niños?
¿Y los niños? ¿Y los niños? Dos puñetazos, dos apéndices en su vida, deseados, pero ahora molestos. Difícil respuesta que Víctor ya sabía. Sus hijos, Juan y Marcos, eran dos adolescentes inmersos en un mundo muy lejano. Pasaba largas temporadas sin verlos, sin hablar con ellos. Unas buenas noches, unos buenos días y nada más. Llegaba tarde a casa y siempre los encontraba viendo la televisión o con la tablet. Sus hijos eran unos extraños para él, como Laura, unos extraños fantasmas que se habían incrustado como tumores en su carrera profesional. Era imprescindible extirparlos de cuajo y lanzarlos a la papelera de la indiferencia.
—Me gustaría vivir con ellos, pero creo que estarán mejor contigo.
Laura buscó su mirada pero no la encontró. Víctor deambulaba por el despacho esquivándola, como queriendo dar por concluida la conversación.
—Sí, claro, no quiero poner en duda tus palabras, pero me parece que pasas un poco de tus hijos y me duele por ellos, ¿sabes?… Por ellos, no por mí —gritó Laura.
Víctor hacía tiempo que no distinguía individualidades, su mujer e hijos formaban un paquete compacto e integrado, un espacio y un tiempo que había perdido y ahora intentaba olvidar.
—Eso no es verdad —mintió Víctor.
—Lo es, y tú lo sabes —respondió Laura muy irritada. Sonó el móvil de Víctor, era su jefe, quería preguntarle sobre un proyecto.
—No importa, ahora me paso por la oficina —le dijo Víctor, y colgó.
Una ola de números, datos, informes y problemas invadió y sustituyó a su mujer e hijos en la mente. Sus pensamientos se acomodaron en una especie de colchón nebuloso que le proporcionaba una gran seguridad.
—No quiero discutir.
—Vale, lárgate con tu jefe de mierda y déjame —gritó Laura. Y la tez se le tiñó de morado.
—Ya te llamaré le dijo Víctor dirigiéndose hacia la puerta y con la mente en esos informes que su jefe le había pedido.
—Espera.
—¿Qué? —dijo él con las manos en la puerta entornada.
—Abrázame, por favor, aunque sea la última vez. —Laura cerró las manos con fuerza clavándose las uñas en las palmas. Aun con tacones era menuda.
Esta petición abrió una pequeña brecha en las tribulaciones serviciales de Víctor y se concentró en contentar a su mujer, cerró la puerta y la abrazó como si fuera un maniquí desgastado. Ella cogió unas tijeras de oficina metálicas olvidadas en la mesa y se las clavó en la espalda rozando la espina dorsal con una fuerza casi inhumana. Víctor se dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta con andares propios de una procesión religiosa. Volvió la cabeza, miró con sorpresa a su mujer, alargó el brazo señalando la puerta y se dispuso a decir algo, pero de repente cayó sobre la moqueta azul del despacho de su querida esposa. Laura se acercó al cuerpo y se sorprendió de no ver ni una gota de sangre, agarró la improvisada arma y la extrajo con decisión. Un volcán de sangre empapó la camisa del herido. Colocó los ojos de las tijeras en la palma de la mano de su marido y la cerró con fuerza para imprimir las huellas, luego se quitó los tacones, y empuñando las tijeras, se dirigió a la mesa, alzó la pierna izquierda y se las clavó en el muslo atravesando sus medias favoritas pero con cuidado de no afectar la vena femoral. Seguidamente las sacó con la intención de devolverlas a la herida de su marido, pero la gran cantidad de sangre que seguía brotando ocultando la hendidura y los espasmos nerviosos del cuerpo dificultaban la maniobra. Durante unos segundos, los espasmos cesaron, y fue entonces cuando ella pudo introducirlas en la herida. Respiró hondo, miró hacia el techo y, cojeando, tiró al suelo todos los objetos de la mesa, estampó la silla contra la pared y derribó algunos libros de la estantería. Luego se tumbó junto a su marido, y después de susurrarle al oído «Vas a dejar a tu puta madre», gritó como una posesa.
Víctor está ordenando facturas en el almacén de su empresa situado en los sótanos del edificio, acondicionados para que se encuentre cómodo y no le molesten los utensilios de limpieza y mantenimiento. En un principio parecía que su nueva situación personal no iba a influir en su escalada meteórica hacia los más altos niveles de decisión, pero se equivocó. En pocos meses comprendió que no iba a ser así, aunque jamás se imaginó que acabaría en este almacén inmundo. De todas formas, no está mal, ya se ha acostumbrado y en el fondo agradece a su empresa el detalle, y más ahora que le han promocionado para controlar el horario de las dos trabajadoras de la limpieza. Además no le han quitado el IPhone. Solo algunos privilegiados lo tienen, y aunque ya nadie lo llama, al menos puede ponerlo encima de la mesa junto al café en esos bares de barrio.
Un hilo espeso de saliva cae sobre una de las facturas. Cada vez que alguna laguna mental se apodera de la memoria de Víctor, las glándulas salivares se excitan y provocan un exceso de producción. Esta vez intenta recordar cuando, en el juicio, Laura describió la pelea en el despacho. Ella dijo que él le había clavado las tijeras en la pierna, tal vez solo para herirla y no matarla, y que luego él quiso salir del despacho, pero ella tuvo fuerzas para sacárselas de la pierna y, ofuscada por el odio, logró clavárselas en la espalda antes de que él abandonara el despacho y luego gritó pidiendo ayuda. Víctor lo negó todo, pero nadie creyó que ella pudiera clavarse unas tijeras en la pierna. Todo quedó como una pelea conyugal excesivamente violenta.
Limpia la factura y la amontona en la pila de las impagadas, alza la vista y mira a su alrededor. «No está mal este almacén; además, nadie me ve con esta miserable silla de ruedas».