—Hola, me llamo Toni Martínez Blasco y soy un puto externo.
Silencio.
Es un silencio manso y acogedor. Espero que se levanten y me abracen. Quiero llorar, aquí me tenéis, soy vuestro. El silencio continúa, demasiado tiempo, pero no sé qué decir, sí, soy un puto externo, eso es todo. Lo soy como todos vosotros, o eso creo. Y miro a los que me miran, sentados en sillas de plástico, formando un círculo en el centro de una sala blanca impersonal. Somos doce, siete hombres y cinco mujeres, la mayoría, jóvenes. Son las siete de la tarde de un jueves de mayo. Los últimos rayos de sol se cuelan entre los resquicios de las persianas blancas de aluminio.
—Hola, Toni —responden todos al unísono.
Antes de empezar ya noto el temblor en las palabras que intentan explicar que todo empezó una fría mañana de invierno.
—Me miré en el espejo del ascensor camino del trabajo y por primera vez tuve la absoluta certeza de que era un puto externo. Parecía que hubiera descubierto el secreto de mi vida, una revelación, como si de golpe hubiera comprendido algo demasiado complejo. Todo cuadraba: las miradas de mis compañeros, el paternalismo con que me trataban los internos. Todo encajaba como un gran puzle, yo era el puto externo de la oficina y todos lo sabían. No era cuestión de compadecerme, era lo que era. De la misma forma que la impresora era la impresora, yo era el puto externo, y así me trataban. No era el único. Sí, lo reconozco, nunca me había considerado como ellos, y además, los había menospreciado. ¿Yo un puto externo? Jamás. ¿Cómo podía caer tan bajo? Pues bien: aquí estoy, con vosotros.
Silencio.
«Continúa» me dicen con la mirada. Porque ellos no hablan, solo asienten y quieren que hables, quieren reconocerse en mi historia. Pero ¿por qué estoy aquí? ¡Mierda! No puede ser. Ellos esperan que sigas hablando. Para eso estás aquí. Supongo que servirá de algo.
—El día del espejo en el ascensor fue el final o el principio de una etapa. Yo también he sido joven como muchos de vosotros, compañeros.
No sé por qué digo compañeros, me suena a partido político o a secta. Observo algunas miradas demasiado limpias para que sean de un puto externo. ¡Qué lástima! Yo también fui joven y quise comerme el mundo, ñam, ñam, y abro la boca como si quisiera comérmelos a todos. Tonterías mías, propias de los nervios. Continúo:
—Sales de la universidad y te crees invencible, repleto de nuevas ideas que te parecen revolucionarias. Las cosas se hacen bien y vamos a hacerlas bien. Te extrañas de que no te esperen en la puerta, que no te busquen. ¡Qué raro! Hace unos días que he acabado la carrera y nadie me llama. Eso pensaba por aquellos años de alegre ingenuidad. Pasaron unos meses y decidí mover ficha. Opté por una consultora internacional; no estaba para pequeñeces, mi carrera profesional debía empezar fuerte.
»El día de la entrevista me presenté en las oficinas situadas en la avenida más prestigiosa de la ciudad, en un edificio acristalado impresionante. Me imaginé que todo el edificio era de la consultora, pero al entrar al vestíbulo, me costó encontrar el nombre en el directorio de empresas. Ocupaba solo media planta. Me pareció lógico: era la filial. Me hicieron pasar a una sala, al otro lado de la planta. Apenas había gente y los que estaban no parecían informáticos, sino más bien administrativos. La entrevista duró poco, ya que la definitiva se realizaría en casa del cliente. En aquel momento no le di importancia, sin embargo, era la clave y sigue siéndolo: el cliente. Es curioso; ese concepto no estaba entre mis densos y profundos conocimientos informáticos. Yo había estudiado algoritmos, multiplexores, redes, memorias, pero no habíamos hablado de clientes.
»También pasé la entrevista definitiva en casa del dichoso cliente. A los pocos días volví al edificio de cristal a firmar el contrato y dos años después regresé para acordar el finiquito. De aquellos años recuerdo a mi jefe, el cliente, un cuarentón de grandes manos y voz fuerte que era capaz de pasarse horas delante del ordenador; comía, bebía e incluso dormía delante de la pantalla. Nunca me escuchó, solo sabía mandar, y sus colaboradores o subordinados éramos simplemente sus brazos y piernas. En eso era justo, nunca distinguió entre internos y externos.
»Por aquel tiempo empezó a surgir la gran dicotomía: o trabajar en consultoras o en un cliente final.
La chica morena de mi izquierda pone cara de asco, y el joven extremadamente delgado con ojos saltones que apenas pestañea suspira. Continúo con mi discurso; he cogido carrerilla y tengo la boca caliente.
—El cliente final… —Dejo arrastrar la ele—. Casi como ser funcionario, ¿no?
Algunos asienten con la cabeza, entre ellos, la chica morena y un joven con barba, otros no. Es verdad, no era el sueño de todos, solo el de los conformistas. O al menos, así pensaba por aquella época. Sigo contando mi vida.
—Dos años fueron suficientes para darme cuenta de que en aquella empresa no podría realizarme como profesional. ¿Qué buscaba? Pues inicialmente, una gran consultora. Soñaba con vestirme con un traje caro y oscuro, una gran corbata y un toque de perfume áspero y penetrante, ir al cliente, primero al despacho del director, y que los trabajadores me vieran entrar, que cuchichearan y dijeran: «Esos son los consultores de…». Ahí habría un nombre inglés acabado en consulting. Soñaba con abrir mi portátil de última generación en la mesa del director y, mirándolo a los ojos, decirle lo que tenía que hacer, lo que debía hacer porque yo se lo decía; por ejemplo, una planificada estructuración de los servicios troncales de las tecnologías de la información o, mejor, una reorganización de los servicios de distribución de los sistemas informáticos, tanto a nivel micro como de grandes sistemas. Y el director me miraría con admiración, incluso con envidia. La empresa está en tus manos. Y yo empezaría la gran ronda de contactos con los mandos intermedios, los jefecillos. Los miraría por encima del hombro, vamos a reorganizar los sistemas según los indicadores que aconsejan los estándares. Y hablaría en inglés, con alguna palabra en alemán o en francés, y me reuniría siempre con gente importante. Correos a los gerentes, no para preguntar, sino exigiendo. Y cancelaría reuniones como un loco porque lo tendría todo ocupado. En pocos días, la empresa dependería de mí.
»Soñaba que llegaría a casa, seguramente un chalet a las afueras, y mi mujer… me esperaría.
Distraídamente observo las tetas de una mujer en la treintena que se sienta a la derecha del de la barba. Me estoy embalando. Silencio. El único con traje y corbata me mira con cara de hastío. ¿Qué hace con traje aquí? Lo entiendo; vamos al grano. He venido a que me ayuden y sigo hablando.
—Durante más de cinco años peregriné por varias consultoras, grandes, pequeñas, medianas, trabajando en las oficinas centrales, en los clientes, en casa. Cada cierto tiempo cambiaba de empresa buscando esa gran consultora que me valorase. Era época de vacas gordas y en alguna ocasión apenas duraba un par de días: una llamada de teléfono, unas promesas, un aumento de ingresos, no había más que hablar. Todos sabéis de qué hablo. —La mayoría asiente—. Por fin, la gran consultora, eso pensé, un gran proyecto en un gran cliente. Un proyecto estratégico, un proyecto de vital importancia. Me engañaron. Simplemente me mintieron. El proyecto se convirtió en «tienes que presentarte mañana en el cliente, calle Marina, 32. Te esperan». Y me presenté con traje y corbata, dispuesto a ver al director y a explicar mis planes estratégicos para los sistemas informáticos. No me esperaba nadie.
Silencio. Escudriño las caras de mis compañeros. No hay sorpresa en ellas. Normal. Saben de lo que hablo.
—«Soy Toni Martínez, consultor» le dije a la conserje que se escondía detrás de una mesa muy alta, pero ella insistía en que nadie esperaba a un tal Toni Martínez. Y yo le supliqué que le preguntara al director. «El director no está… Bien, espere, preguntaré» me dijo. Varias llamadas de teléfono y, por fin, apareció una persona sin corbata, una simple camisa, pantalón de pinza de los antiguos y poca cosa más, un jefecillo de poca monta. «No te esperábamos hasta mañana». Me colocaron en el pasillo. Silencio. «Es que no te esperábamos». Me dieron un manual de sistemas que no servía para nada y siete horas perdidas.
»Al día siguiente, lo mismo, ni caso, en el pasillo, abandonado a mi suerte y con varios manuales obsoletos. Pasaron unas cuantas semanas, y por fin repararon en mí y me quedé como programador Java. Al cabo de unos meses me sacaron del pasillo y me situaron en una mesa como todos, con su silla reglamentaria y su pantalla plana. Entonces me di cuenta de que todas las consultoras eran iguales.
»En cuanto al cliente, no era malo. A pesar del inicio caótico, no me trataron mal, os lo prometo. Al principio, no había diferencias. —Silencio—. Todo empezó cuando decidieron cambiar las sillas viejas por otras más ergonómicas. Se sustituirían paulatinamente a medida que se recibieran. ¿En qué orden? ¿Primero los jefes y luego los demás? No. No era políticamente correcto ¿Por plantas? ¿Por departamentos? No, no y no. Primero los internos y luego los externos. Palabra de interno, te envidiamos, señor. Y así fue, compañeros. El problema es que no hubo sillas para todos, y algunos externos se quedaron con las viejas. Luego pasó lo mismo con las mesas y con los ordenadores, y con todo. Y tuvieron que dividir a los externos entre consultores y bodyshoping.
Silencio. Oigo cómo susurran con lástima bodyshoping.
—Pero bueno, eran detalles, tonterías. ¿Qué más da no tener una pantalla plana?
El de las gafas metálicas niega con la cabeza gacha mientras sigue susurrando bodyshoping. Aprovecho para beber un trago de agua.
—Por aquellos primeros años me encontraba bien, me sentía querido, me apreciaban. —Otra vez noto el temblor—. Ana —digo bajando la mirada—. Ana era mi jefa, interna del Departamento de Sistemas. Ella siempre me trataba con delicadeza y mucho respeto, escuchaba lo que yo decía e incluso aplicó algunos de mis consejos. Ana siempre me convocaba a reuniones importantes. Una vez fui a una en la que participaba el director, el que tenía que haberme recibido el primer día, y Ana me lo presentó: «Es Toni, de Nowo Consulting». Lástima que el director se durmió a media reunión, pero, ¡ojo!, ahí estaba.
»Sin embargo, todo se complicó un verano con el inicio de la jornada intensiva. Hasta entonces todos teníamos el mismo horario, pero un día nos dijeron que nosotros, los externos, no teníamos derecho, que se nos pagaba por ocho horas diarias y punto pelota. Palabra de interno, te envidiamos, señor. Y lo mismo con la hora de comer y la del almuerzo, ojo con pasarse. Y llamas a tu empresa y te dicen que bueno, que vale, que te jodas. Y luego los internos se van a las tres en punto y te miran por encima del hombro, y aparecen las palabras serias y breves como órdenes secas sin posibilidad de réplica. Se acabaron las cenas de grupo o los picoteos. Y otro día te amonestan por llegar tarde… Y entonces me llamó Ana.
Me detengo e intento abarcar a todos con mi mirada. Imposible, no puedo.
—Días antes de la mañana de la revelación en el ascensor, Ana me llamó a su despacho. Pensé que por fin iba a ser interno, después de más de ocho años ya era hora. Seguro. Entré en su despacho expectante, iba a sentarme, pero me dijo que no hacía falta. «Tienes que llevar el carné colgado». Eso me dijo, el carné de mi empresa para que me identificase.
»—Sabes que todos los externos han de llevar el carné.
»—Pero si llevo ocho años…
»—Es por seguridad.
—Era solo eso. El carné, por seguridad… —mascullo y vuelvo a mirar mis zapatos negros, impersonales, y se me escapa un Ana entre los dientes. Intento continuar pero no puedo. Se me humedecen los ojos y escondo la cara entre las manos.
Oigo que algunos se levantan. Noto el brazo de alguien sobre la espalda. Me levanto y recibo el abrazo de todos.
—Te queremos, Toni, no estás solo —me dicen mientras nos arrastramos hacia el centro de la sala. Me abrazan durante unos segundos y, como si fueran un solo cuerpo, se separan a la vez y se sientan. De repente me encuentro en el centro de las miradas y busco mi silla. Me siento.
—Gracias, Toni —dice el terapeuta—. ¿Alguna pregunta? —Nadie dice nada—. ¿Alguien quiere decir algo? —insiste el terapeuta. Nada—. Bien, Toni, admiramos tu valentía —continúa—. Eres un puto externo, cierto, y es duro reconocerlo, pero es el primer paso para dejar de serlo, y estoy convencido de que entre todos y todas —ahora mira a la chica pelirroja— podremos ayudarte.
»Sé que estás pasándolo mal, pero deja que te diga que todavía no has tocado fondo, ¿verdad, David? —El terapeuta mira al joven delgado con ojos saltones que asiente con la cabeza—. Cuenta, David, cuenta.
—Hola, me llamo David y soy un puto externo… de mierda. —Silencio expectante—. Sí, he caído muy bajo. —Me mira y continúa—. Primero te ignoran, luego te miran mal, te gritan, te acusan, te odian, y de puto externo a secas pasas a puto externo de mierda. Y por último, te destierran, te echan de su oficina y acabas en otro edificio con otra compañía para continuar con lo mismo, pero peor. Y así he acabado yo, como un puto externo de mierda, y espero que tú no llegues a eso porque, te lo aseguro, Toni, es insoportable. —Silencio—. Ellos son los importantes, los que mueven el mundo, y nosotros somos sus esclavos, gente secundaria que no ha podido llegar al cliente final, gentuza que solo sirve para que los manden. Y se sienten muy poderosos, necesitan sentir que son superiores, y para ello, necesitan tener inferiores. Y así es Ana, así son ellos, así son los internos. Algunos dirán que obedecen órdenes de sus superiores: mentira. Por lo menos podrían mojarse, rebelarse contra la injusticia. ¡HIJOS DE PUTA! —grita David, que aprieta los dientes.
—Está bien, tranquilo —le dice el terapeuta, y dirigiéndose a mí—: Toni, vamos a ayudarte a que salgas de ese infierno. Ahora mismo estás en una fase muy delicada y tienes que intentar no caer en la mierda; y para ello debes empezar a buscar una alternativa que te permita poder dejarlo todo. Piensa en algo a lo que puedas dedicarte, una afición, algo que sepas hacer bien, y empieza a explotarlo. Empieza a planear un futuro alternativo. Por ejemplo, Silvia ahora es peluquera —mira a una chica bajita que sonríe levemente—. Pero lo más importante es que vamos a ayudarte, como hemos ayudado a Marta —mira a la chica de las tetas grandes—, a José, a Luis, a Silvia, a todos. Unos ya lo han conseguido, otros han recaído, pero todos juntos somos más fuertes, invencibles, y con nuestro amor no hay metas imposibles, con nuestro amor saldrás de ese infierno. —El terapeuta se levanta y a continuación, todos los demás volvemos a abrazarnos.
—Te queremos, Toni —dicen todos al unísono.
Noto el mar de cuerpos que me protegen y me siento bien. Por primera vez veo una salida, por primera vez recupero la ilusión que perdí el día del ascensor. Tengo que dejarlo todo. Tengo que planificar mi otra vida. Quizá un pequeño negocio. Me gustan los animales, tal vez una pequeña tienda de mascotas; hablaré con el dueño del local que hay en la esquina de mi calle. Lo tengo claro, no quiero convertirme en un puto externo de mierda, solo pensarlo me horroriza.
Nos separamos, salimos de la sala de terapia, la noche es fría. Pienso en Ana y comprendo que no será fácil.