Hoy te han dicho que no eres nadie, que cojas tus trastos, tus ideas y tus virtudes, y puerta. Hoy te han despedido. Son las diez de la mañana de un día cualquiera. Atrás, dejas media vida, caminas despacio, un poco asustado, y quieres llegar rápido a no sabes dónde para esconderte del mundo. Crees que es el final. Ya no podrás soñar con una vida mejor y estás triste. Tu casa, tu coche, tus vacaciones y tus mil objetos se van al traste, como tu trabajo. Entras en casa, vas al baño y te miras al espejo. Las manos te tiemblan. Tienes la mirada cansada, son casi cincuenta años y no te atreves a mirarte a los ojos. Bajas la cabeza y vas al comedor y te tumbas en el sofá; lloras en silencio, no hay nadie y no te importa. ¿Cómo pagaremos la hipoteca?, ¿cómo viviremos? Sabías que podía pasarte pero no te lo creías. Estás muerto y fuera del mundo, expulsado y desterrado de la rueda social. Eres un improductivo y un fracasado.
Silencio, ya no lloras. Ahora hay algo extraño, no te sientes desesperado, quizá asustado, pero no aterrorizado. Hay algo que te hace sentir bien y te dejas llevar. Te has dormido. Recuerdas cuando eras un niño y con tus amigos ibais a coger cerezas y simulabais que eran pendientes.
Sueñas con todas aquellas cosas que sabes con absoluta certeza que nunca perderás: el agua de lluvia en verano, las caricias del sol en primavera, los colores del otoño, caminar por las calles de tu ciudad, una sonrisa, una mirada amable, un no te preocupes y una historia de amor; tal vez un libro, una serie o una película, una silla en la puerta, o quizá mejor, una cama donde dormir, sueños absurdos, ver jugar a tu equipo, mañana barbacoa, el otro, un nuevo reto, pintar un cuadro, ir a buscarla, tomar un café y decirle que la amas, una cena, un vino tinto, y con el calor, la playa, el mar, ir al teatro, no, es muy caro, pues un paseo por la rambla, un abrazo del hijo, una música lejana y hacer el amor en el suelo, cocinar un lunes por la mañana, sentir las gritos lejanos de los niños jugando en el patio de la escuela, un beso, el correo de tu amigo, una palabra en el muro y su respuesta, otra palabra y una lágrima dulce, dejar de hablar y escuchar, tumbarse en la hierba, en la arena, en la tierra, y olvidarse de algo o de todo, un recuerdo, un aperitivo al aire libre, unos berberechos y unas gambas, y el reconocimiento de tus pinchos a la plancha, una conversación con el padre… y sobre todo, el sabor de las cerezas.