País Relato - Autores

rafael moya buades

el reloj

Ella dejó el estuche encima del mantel blanco justo después de que el camarero les sirviera el cava.
—¡Felicidades!
Eduardo cogió la mano de su mujer, se levantó y la besó en los labios.
—Gracias.
Esa noche habían dejado a sus dos hijos en el ático con la canguro para ir a celebrar el cumpleaños de Eduardo en uno de los mejores restaurantes de Barcelona. Miró a su mujer y pensó que el tiempo debería pararse. Con cuarenta y cinco años, sus sueños se habían cumplido, o como mínimo, tenía la sensación de dominio de su existencia. Era como detenerse un momento, como quien acaba de estrenar el coche y se detiene en mitad de un trayecto para contemplarlo con tranquilidad. Esa noche, se paró para contemplar la vida y sentir que todo se rendía a sus pies. Hacía unos seis meses lo habían ascendido a gerente del Departamento de Sistemas y le habían asignado su propio despacho con mesa auxiliar incluida. No podía esperar más.
Eduardo cogió el estuche negro de terciopelo. «Elegante como yo» pensó. Lo abrió; dentro había un reloj con correa de piel negra con una banda central blanca ribeteada con dos líneas rojas que se extendía sobre la esfera como si fuera una continuación natural de la propia correa. Las manecillas eran transparentes. En la esfera, y sobre la cinta blanca, destacaba la marca: D&G. Era un reloj atrevido. Eduardo perdió la sonrisa, miró a su mujer y volvió a fijar la vista en el reloj. No esperaba un modelo tan provocador, sino un reloj clásico, quizá con alguna frivolidad, un dorado sobresaliente o una esfera un poco más grande de lo habitual, pero nunca uno con correa de piel negra con dos franjas rojas. Demasiado llamativo. Lo sacó del estuche con cuidado. Notó que pesaba, parecía un reloj de calidad, llamativo pero de calidad. Miró a su mujer, que contestó con una sonrisa.
—Es muy bonito.
Ella se levantó, cogió el reloj y lo colocó en la muñeca de su marido.
—No me dirás que no te queda bien… —Besó a Eduardo y se sentó.
Él miró por enésima vez el reloj. El camarero con camisa blanca y delantal largo negro dejó los entrantes a la vez que explicaba qué eran y cómo se debían comer.
—El detalle que te faltaba —remarcó ella mientras miraba con extrañeza una tubitos de cristal de los que emanaba un humo blanco y denso.
Él pensó en los botones de colores de la americana de su director o el pendiente en la oreja izquierda del coordinador de proyectos de dirección, en esas gafas de colores chillones del director de RRHH. Eran detalles de buen gusto. «Quizá sea lo que me falta, un detalle, una toque de frivolidad. De hecho, yo siempre he tenido buen gusto». Eduardo sonrió abiertamente y acogió el reloj como ese elemento imprescindible que le faltaba para dignificar su mediocridad estética. Sin duda, sería la pincelada de elegancia que sobresaldría entre sus eternas camisas blancas y sus trajes azules casi negros. Él también podía ser un hombre con criterio estético. Levantó la copa de cava y miró a su mujer.
—Por nosotros.
Días después, el director de Eduardo le convocó para tratar asuntos estratégicos. Era una reunión con consultores externos para presentar un proyecto de optimización de recursos y reorganización de estructuras.
Se sentó a la derecha de su director, delante tenía a los tres consultores, que parecían jóvenes actores rescatados de algún anuncio de cervezas de verano. A su derecha, algunos colaboradores de dirección, entre ellos, Mario.
Después de que el director presentara a cada uno de los participantes de la reunión, uno de los consultores tomó la palabra, y sobre un Power Point que proyectó en la pared, fue explicando las excelencias de su empresa. Eduardo observó el pendiente de Mario, un aro pequeño de plata que brillaba entre algunos rizos rubios. Mario tenía una barba muy corta y rubia, como si estuviera pintada en la cara, y unos ojos demasiado azules.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Mario le recordó a Peter, un compañero de clase de bachillerato del instituto que había venido a mitad de curso. Era hijo de un diplomático suizo, y su aspecto angelical contrastaba con su energía y su capacidad para encantar a todo el mundo. Eduardo se sentaba en el pupitre de detrás de Peter, a su alcance quedaban los rizos rubios, que le caían sobre el hombro. Una tarde a última hora, en que la profesora de filosofía intentaba explicar el vitalismo de Nietzsche, Peter se dio la vuelta hacia Eduardo.
—Luego nos pasaremos por el Liberty.
Eduardo quiso besar los finos labios de Peter. Fue un deseo fugaz y casi inconsciente. Asintió y quiso saber si Peter se había dado cuenta de sus intenciones, si la clase o el mundo sabían de sus efímeras intenciones. Aquella tarde, Eduardo no fue al Liberty. Al día siguiente no acudió a clase y durante los siguientes meses hasta el final de curso estuvo varias temporadas enfermo. Dejó de ir al Liberty y apenas se relacionaba con sus amigos, y menos, con Peter. El escabroso deseo le persiguió durante meses. Primero se avergonzaba de sí mismo, «¿cómo pude pensar eso?». Luego empezó a experimentar un profundo asco por su anhelo y a menudo soñaba que besaba a Peter en la boca. Y del asco pasó al odio. Al final del curso, el padre de Peter tuvo que irse de la ciudad, y con él, su familia, y la pesadilla de Eduardo acabó para siempre.
Nunca volvió a pensar en ese episodio. Lo negó y borró de su mente hasta que vio a Mario en esa reunión. Fue como un puñetazo imprevisto, una caída en el abismo de los recuerdos indeseados. Se volvió a sentir sucio.
Mario vestía un traje negro, corbata estrecha del mismo color, una camisa blanca y esos zapatos inmensos y puntiagudos. A Eduardo nunca le había gustado cómo vestía Mario.
—¿Qué te parece, Eduardo?
—¿Qué? Ah, bien, bien. —Quiso salvar la situación y un bien siempre encajaba.
—Mario, creo que ya os conocéis, ¿no?, será el director de este proyecto. Puedes proceder —dijo el director.
Mario se levantó, puso un pendrive en el portátil y empezó la explicación del proyecto AKS, que se refería a la optimización de recursos. Era uno de esos proyectos que les encantaban a los directivos, y en especial, a Eduardo. Se trataba de quitar gente, de degradarla, de cambiarlos de puesto de trabajo, de enviarlos a donde más odiaban. A Eduardo le fascinaba puntuar a la gente, ordenarlos de menor a mayor y purgar.
Mario pasó a la última diapositiva, donde aparecía el organigrama del proyecto. Eduardo no estaba. En esta ocasión, y según explicó Mario, él no había sido seleccionado para el Comité de Dirección, y por tanto, estaba al margen de la operación. Le habían convocado a esa reunión solo para tenerlo informado.
Eduardo miró a los ojos de Mario y volvió a ver a Peter.
—La comunicación será bidireccional —dijo Mario refiriéndose a la relación entre los consultores y la dirección.
Eduardo observó que el reloj de Mario era idéntico al suyo. No había duda, era el mismo. ¿Cómo era posible? Su pequeño detalle, su pincelada de elegancia no era de su exclusividad, sino que la compartía con ese estúpido. Era como descubrir que el mismo modelo de tu camisa la lleva el méndigo pordiosero que siempre aparece borracho en una esquina. «¿Cómo puedo llevar el mismo reloj que ese, un desgraciado de barrio que se cree que vestir con un traje ceñido sin pinzas le da cierta superioridad, que piensa que puede ir con un pendiente? ¿Qué se cree? Pues no, no y no». Y de Mario a Peter, al beso, al deseo, a la parte oscura y desconocida de su cerebro, de la que siempre había querido huir. Y no lo habían seleccionado para el proyecto, él estaba al margen. «Puto Peter de mierda, ¿por qué ahora?».
Eduardo se tocó el reloj a través de la camisa, quería esconderlo, que no lo vieran. «¿Se habrá percatado Mario de que tenemos el mismo reloj? Seguro que no». Quiso salir de la reunión. Tuvo suerte, Mario la dio por concluida. Salieron, un apretón de manos, y Eduardo, con paso acelerado, salió del edificio con el reloj dentro del puño cerrado de la mano derecha y a punto de estallar de rabia.
A raíz de la reunión, Eduardo entró en una fase de negación de los hechos, como si no hubiera pasado nada, como si aquella reunión no se hubiese celebrado. Además, no volvió a ver a Mario, ni siquiera recibía correos acerca del proyecto AKS, y por tanto, se dedicó a proyectos propios del Departamento, reuniones de seguimiento con sus colaboradores y algún que otro viaje a Madrid.
Un mediodía después de comer en un centro comercial cercano a las oficinas, decidió pasear por las tiendas de la primera planta. Cuando estaba a punto de volver a la oficina, pasó por delante de una de esas tiendas de relojes que parecen antiguos bazares de la zona del puerto, bazares regentados por magrebíes o paquistaníes abarrotados de relojes y precios escritos con rotulador rojo sobre papeles amarillos. Y ahí estaba su reloj, con la vulgaridad que desprende estar rodeado de cientos de relojes en oferta en un mediocre escaparate de un mediocre centro comercial. Y lo peor: en oferta por unos míseros noventa y nueve euros. ¡Y él que pensaba que tenía un reloj exclusivo, uno de esos relojes que valen más de mil euros, uno de esos de marca glamurosa! «¿Cómo pudo Marta regalarme esta mierda? Se cree que soy tonto. No, quizá un fracasado que necesita relojes de marca de cien euros para aparentar. Tenemos dinero de sobra para un buen reloj».
Aquella noche, mientras veía la televisión y Marta leía una revista de diseño de interiores en el sofá orejero, pensó que su mujer era estúpida. Observó las raíces negras de su pelo rubio, las arrugas indisimuladas en la piel y se la imaginó comprando el reloj en algún bazar de mala muerte del puerto. «No, no tiene importancia, es para mi marido, él no se entera de nada». Se acordó de las decenas de joyas de su mujer, de sus caprichos, de sus viajes. «Querido, esta Semana Santa podríamos ir a los Alpes, y el verano que viene, a Nueva York. ¿Qué te parece, cariño?». «Pues me parece fatal». Eduardo se levantó, apagó el televisor y fue al garaje; cogió un martillo, se subió al coche y condujo hacia las afueras por una carretera secundaria. Se adentró en un camino y paró a los pocos metros. Puso el reloj en una piedra delante del coche con los faros encendidos y le pegó un martillazo gritando con rabia. Saltaron varias piezas, hizo una pausa y volvió a martillearlo sin cesar. Cada golpe lo acompañaba con un grito grave. Pensó en Peter, en sus labios, en los pendientes de Mario, en sus zapatos. A veces, el reloj, o lo que quedaba de él, saltaba fuera de la piedra, lo cogía y lo volvía a poner encima para asestarle otro martillazo, y así hasta que apenas quedaron unas cuantas piezas diminutas. Eduardo, sudando, miró las piezas y sintió cierta tranquilidad.
—¿Y tu reloj? —preguntó Marta.
—Lo perdí hace unos días en un lavabo del restaurante. Me lo quité para lavarme las manos y me lo olvidé. Más tarde me di cuenta, regresé pero ya no estaba. —Se había aprendido de memoria la explicación.
—Vaya, con lo bonito que era. —Eduardo la miró con desprecio.
—Era una mierda.
—¿Cómo dices, cariño? —Marta se sorprendió de la respuesta.
—Ya me has oído, parecía el reloj de un mariconazo.
Y esta fue la primera mierda de una larga lista de agravios que paulatinamente infectó al matrimonio perfecto.
Del orgullo casi publicitario de su familia pasó al hastío y el cansancio típico de un matrimonio fracasado. Bastaron algunas discusiones saturadas de reproches, y sobre todo, la sinceridad de los que comprenden que todo está perdido.
Eduardo se centró en la rutina de su trabajo y en alimentar su ego mediante grandes dosis de demostración de poder. Para ello, multiplicó las reuniones de seguimiento con sus colaboradores en las que, una por una, repasaba con detalle enfermizo las responsabilidades asignadas.
«Y tú, Xavier, ¿cómo tienes lo de los servicios del cliente? Y el tema de la nueva aplicación ¿cómo avanza?». Uno por uno hasta el último detalle y siempre buscando cualquier resquicio: una mala planificación, un olvido, cualquier cosa para humillar a la persona y demostrar quién mandaba. No era una actitud nueva de Eduardo, pero sí se había acentuado en los últimos días. No participó en el proyecto AKS durante los seis meses que duró. Ni siquiera fue convocado para la reunión de conclusiones y acciones futuras, estaba muy ocupado en el control obsesivo de los proyectos de su departamento, supuso que su director así lo entendía y no le extrañó nada cuando le citó para una reunión personal.
Cuando Eduardo entró en el despacho, Mario, que estaba sentado frente a la mesa del director, esta vez, con un traje azul ajustado, camisa blanca y sin corbata, se levantó y le ofreció la mano. Eduardo se sorprendió de su presencia y con cierta indiferencia le devolvió el saludo y se sentó.
El director explicó brevemente que el proyecto AKS había finalizado y que se habían decidido las medidas oportunas con el fin de optimizar la organización, y Eduardo era uno de los afectados.
—Se ha decidido que dejes la gerencia del Departamento de Sistemas y te traslades a la Dirección de Proyectos.
—Pero ¿por qué? Si apenas llevo unos meses.
—Mira, Eduardo, uno de los objetivos del proyecto es la modernización de la organización en el sentido de aplicar una mayor flexibilidad jerárquica. En otras palabras, que los colaboradores sean más independientes, que no exista la figura del jefe tradicional, sino que cada trabajador pueda ser responsable de sus proyectos y que solo rinda cuentas a partir de sus propios resultados, no con base en los deseos de un jefe directo.
—Bueno, yo podría aplicar eso… en mi departamento.
—No, no, Eduardo, tú eres de la vieja escuela. Además, hemos tenido muchas quejas sobre tu forma de tratar a tus colaboradores. Dicen que eres muy autoritario, que no dejas que tomen iniciativas, que eres muy rígido, demasiado formal, tradicional, quizá te falte algo, no lo sé, pero tu metodología no casa con la nueva filosofía. Por otro lado, te necesitamos para proyectos. Creemos que ahí serás más útil.
Eduardo sabía que ir a proyectos significaba una exclusión de los centros de decisión. Proyectos era sinónimo de cementerio de elefantes, pero no podía hacer nada, era una decisión sin vuelta atrás.
—Mario será tu sustituto. —Eduardo le observó; Mario tenía una pierna doblada sobre la otra y el brazo encima de la pierna dejando al descubierto el reloj de D&G—. Espero que le ayudes en el traspaso. Mario le dará ese toque de modernidad que le falta al departamento, confiamos enteramente en él.
No hicieron falta más palabras. Salieron al pasillo.
Se dieron la mano. Mario se alejó y Eduardo permaneció inmóvil.
—Por cierto, ese reloj que llevas no vale una mierda, es un modelo antiguo, barato y… —dijo Eduardo.
Mario se dio la vuelta.
—Y es un reloj de maricones —completó la frase, le guiñó el ojo y continuó hacia su despacho.
Paralizado, Eduardo sintió un terrible vértigo al contemplar el abismo de su propia vida. Más allá no había nada más. Se acabó. Ya nada importaba, ni siquiera el tiempo.