País Relato - Autores

rafael moya buades

el intermitente

Vive en San Cugat del Vallés, en una de esas casas adosadas para triunfadores. Cada día a las siete y media sale de casa con su impecable todoterreno negro para adentrarse en la autopista dirección Barcelona. Trabaja en una de esas consultoras situadas en el distrito 22@.
Después de varias retenciones y treinta minutos largos, por fin encara la ronda litoral donde, como cada día, tropieza con otra cola inmensa de vehículos. Recorre varios kilómetros hacia la salida veintitrés, y justo antes de mover a la derecha la palanca del intermitente de su fantástico todoterreno, se pregunta por qué ha de girar. ¿Y si sigo hacia Tarragona? Podría ir a Sitges y pasar el día, comer en algún buen restaurante, pasear por la playa, incluso un baño; hoy no habrá casi nadie y, la verdad, apetece. O quizá podría ir hacia el norte, a algún pueblo del Pirineo, o no, mejor quedarme en Barcelona, pasear por el centro como si fuera un turista, comer en el Barrio Gótico y luego entrar en una librería, o mejor aún: podría ir a visitar a Robert. ¡Menuda sorpresa! Ya estará de vacaciones, seguramente dibujando algún cómic de los suyos. Podría llamarle y quedar para comer en un buen restaurante. ¿Y qué dirá él? No, mejor volver a casa y tomar un café en aquel bar al que nunca voy. Cómo gritan cuando discuten de fútbol, sobre todo ese paleta que aparca su furgoneta en doble fila. O meterme en la cama y dormirme como si fuera una larga mañana de domingo. Y podría llamar al trabajo, estoy enfermo, sí, sí, el estómago, una gastroenteritis, me quedo en casa.
Demasiado tarde. Mientras entra en el parking, recuerda que tiene una reunión a las once y antes debe enviar unos correos al Departamento de Cobros. Encima, hoy ha quedado a comer con el gerente, que no se parece en nada a Robert.
Esos pensamientos son recurrentes, sueños que se apagan automáticamente cuando suena el tic, tic, tic del intermitente que marca un giro hacia la más mezquina rutina. Siempre gira. Dicen que él es un privilegiado porque tiene un trabajo estable en una gran empresa, un cargo directivo. Tiene incluso poder, la meta de muchos que se han quedado en el camino, perdidos en trabajos técnicos intrascendentes por los laberintos del mundo empresarial; eso dicen por ahí.
Hoy parece que será un día más, pero segundos antes de activar el intermitente, un camión de ganado porcino frena con brusquedad. El todoterreno ha quedado a pocos centímetros del culo del mastodonte, y el motor se ha detenido. Le tiemblan las piernas y oye las palpitaciones del corazón que golpean su alma. Arranca el vehículo, pone el intermitente izquierdo y se aleja de la salida veintitrés. Da la vuelta entera a Barcelona por la ronda de Dalt y vuelve a su casa. Se tumba en la cama y mira el cielo a través de la ventana. Se queda dormido y sueña que es casi un adolescente, tiene un gran perro y van a pasear por campos de almendros y por caminos mojados por la lluvia.
Al mediodía se despierta, se ducha, se arregla. Quiere ir a tomar un vino blanco o quizá un vermut de la casa en una de las terrazas de la calle principal. Hace un sol primaveral y pide unas olivas verdes. A su lado, varios jóvenes hablan y ríen en voz alta. Decide no ir nunca más al trabajo.
Años más tarde, un lunes por la mañana, instantes después de activar el intermitente para encarar la salida veintitrés, y mientras escucha el maldito tic, tic, tic, recuerda aquel lejano día soleado en el que soñó que era un niño. Se mira por el retrovisor y nota un dolor punzante en el alma que queda aplacado por el placer de estrenar su nuevo y flamante coche.