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rafael moya buades

el entierro

El día de su entierro, Miguel lo pasó en la oficina. Empezó la jornada laboral a las ocho en punto, como cada viernes. Por la mañana, contestó decenas de correos y planificó en la agenda las reuniones y actividades de la semana siguiente. Comió en el restaurante de los viernes un poco de empedrado y merluza de segundo, y por la tarde, preparó la presentación de un nuevo proyecto que debía exponer el martes siguiente. En la gran sala diáfana apenas había gente. La mayoría de compañeros se habían marchado a las tres.
Sobre las seis, Miguel decidió finalizar la jornada. Pasó por casa, se duchó, puso un par de mudas en la maleta y salió de la ciudad, con la puesta de sol, hacia el apartamento de la costa, donde lo esperaba Marta, su novia.
En los arrabales de la ciudad se encendió el testigo de la gasolina, pero no le dio importancia. Decidió repostar en aquel pueblo alejado de la autopista donde siempre compraba un buen vino en una pequeña bodega. Pero era demasiado lejos; el coche se quedó sin carburante en una carretera comarcal. Miguel se insultó a sí mismo. Marta siempre le decía que apuraba demasiado con la gasolina. Por suerte, tenía una garrafa de agua vacía y decidió ir a buscar carburante. Comprobó con el móvil que la gasolinera más próxima estaba a unos cinco kilómetros. Cuando caminaba por la carretera paralela a la autopista llamó a su novia para tranquilizarla. Una hora después avistó lo que parecían unas obras para la construcción de una nueva salida de la autopista. Estaban iluminadas por unos potentes focos que facilitaban el trabajo nocturno. Cuando apenas faltaban unos metros para llegar, los focos se apagaron. Era la pausa de los obreros para cenar. Miguel siguió avanzando; pensaba en Marta y quería llegar lo antes posible. Caminó entre clavos, martillos, palas, maderas y chapas de metal. Tropezó con una varilla de hierro y se cayó, con la garrafa y el teléfono, en un encofrado vertical que esperaba al pilar de un puente. Perdió el sentido y a los pocos minutos despertó.
Al principio no entendía nada, pero cuando vio la canaleta de la hormigonera apuntándole a la cabeza, lo comprendió todo. Horrorizado, intentó moverse para buscar el móvil pero no podía; seguramente se había roto una pierna o una costilla. «Cuando vengan los obreros gritaré».
Minutos más tarde, focos, máquinas y obreros arrancaron, y un sonido ensordecedor inundó la obra. A pesar de los focos, el fondo del encofrado quedaba en la oscuridad. Los obreros no podían verlo ni oír sus gritos. Aterrorizado, se quedó inmóvil. Estaba asistiendo a su entierro y era el único que lo sabía. Lentamente, el cemento rellenó todo el encofrado que sostendría un maldito puente sobre su tumba.