«¿El clip?». Fue la primera vez que Armando, un cuarentón soltero, pensó en ese objeto. «¿Y el clip?» se repitió con cierta angustia mientras dejaba los folios encima de la mesa. Miró dentro de la cartera de cuero que utilizaba para trasladar papeles del trabajo a casa, y nada; ni en el suelo ni encima de la mesa. «Lo he perdido, qué raro». Nervioso, intentó recordar cuándo lo había visto por última vez.
El clip era un objeto secundario más de los muchos que poblaban la rutina diaria de Armando, pero era algo especial, como un reloj antiguo, un bolígrafo que nunca se pierde, un pendrive con tus fotos personales. En el caso del clip, la peculiaridad consistía en que no era suyo, sino de la empresa. Además, era un clip grande, elegante, fuerte, uno de esos en forma de estrella con un triángulo arriba y dos abajo que sujetan los papeles, no un clip cualquiera. Perderlo era, en cierto modo, una irresponsabilidad, una falta muy leve, un error pequeño pero suficiente para causarle intranquilidad.
«¿Dónde está el clip? Encima de la mesa del comedor, lo habré dejado ahí, seguro, y ahí estará. Bueno, ningún problema, cuando vuelva a casa, lo buscaré y mañana regresará a su dueño, a su empresa, de donde nunca debió salir».
Grapó los papeles y los llevó a la oficina del jefe, la única de la planta diáfana. Era el informe mensual con las incidencias de los sistemas informáticos de contabilidad, y lo dejó con esmero encima de la gran mesa. Volvió a su puesto de trabajo dispuesto a pasar las siete horas siguientes solucionando las mismas incidencias que se repetían desde hacía diez años. De vez en cuando tecleaba en Google la palabra clip y dejaba la mirada perdida hacia un punto lejano al fondo de la gran sala.
Como siempre, llegó a su casa a las seis y media en punto. Ahí estaba: junto al mando de la tele, encima de la mesita de madera del comedor. Lo cogió, jugueteó con él y lo dejó en el mismo sitio con la convicción de que pronto estaría de vuelta en su oficina. Sin embargo, por la mañana decidió que el clip se quedaba en casa. Fue una decisión sorprendente e impropia de él por lo que tenía de revolucionaria, al menos desde que era adulto, ya que de niño había protagonizado algunas acciones si no revolucionarias, sí rebeldes, como cuando se negó a poner la mesa delante de su padre correa en mano; o cuando, ya rozando la adolescencia, no dijo palabra durante un día entero. Fuera como fuera, el clip se quedó en el pequeño piso del Eixample de Barcelona.
Al clip le siguió un bolígrafo Bic. Armando se lo encontró medio abandonado detrás de la pata derecha de su mesa. Se le caería a Luisa, la secretaria, la que se encargaba de casi todo. Ella había empezado a trabajar en la empresa muy joven y se había convertido en el alma y la imagen de la misma, siempre fiel a ella. Eso le confería un morbo especial al bolígrafo: la dueña era Luisa, todo un trofeo.
Tras el bolígrafo, llegaron un portaminas, folios, gomas, fundas de plástico, carpetas, cartulinas, lápices, rotuladores, un sinfín de objetos de oficina que Armando guardaba en una caja en el suelo de la única habitación vacía y sin ventanas de su piso. Cada objeto tenía su estrategia. No era tan simple como cogerlo y metérselo en un bolsillo o en la cartera de cuero, cualquiera podía descubrirlo. Armando controlaba con enfermizo detalle cada uno de los movimientos de los empleados. A las once, unos cuantos iban a tomar café al office y era un buen momento para pispar algo, incluso acercarse al armario del material, que era como la caja fuerte. Aquel armario siempre olía a nuevo, a papel, a plástico, a papelería con material escolar y dependienta tacaña. Todo para él. Pero no siempre podía acercarse al armario, entonces necesitaba establecer pequeños montajes, tácticas: iba al lavabo, y de camino, apoyaba con disimulo la mano en la mesa de algún compañero y cogía el lápiz, acercaba la mano a la pierna y luego al bolsillo. En una ocasión organizó una reunión para agenciarse uno de los rotuladores de la pizarra de la sala, en el que había puesto el ojo y no lo dejaba dormir.
Durante unos cuantos meses, de enero a mayo, urdió planes, calibró posibilidades, vigiló y, sobre todo, fue robando, y así acumuló un sinfín de pequeños objetos sin apenas valor económico. Para no levantar sospechas aumentó el ritmo de trabajo. Era informático y se dedicaba al mantenimiento de la aplicación que gestionaba la contabilidad; su trabajo se limitaba a resolver incidencias y generar informes. Así que aumentó la calidad y la cantidad de los informes. Nadie sospechaba nada.
Solo Luisa, la secretaria, podría haber detectado alguna irregularidad, pero nunca dijo nada. Por aquellos días estaba muy ajetreada y tensa con su divorcio, lo cual se traducía en un aumento de su taconeo por el suelo de cerámica. Era una mujer atractiva; la piel morena y tersa del rostro impedía que se impusieran las primeras arrugas, que intentaban aparecer entre la fina nariz y los grandes ojos negros. Altiva, tal vez consciente de su atractivo, manejaba con soltura a todas las personas de la oficina, y más si eran hombres. Si ella no decía nada, es que no pasaba nada.
Por otra parte, Armando podía controlar, a través de la aplicación de contabilidad, si aumentaba el gasto en objetos de oficina, y no era el caso.
La tarde de un viernes de mayo robó una libreta de anillas de tamaño DIN A4. No corrió riesgos, fue una sustracción limpia y sin problemas. Aprovechó que alguien se había olvidado la libreta recién estrenada sobre su mesa y solo tuvo que meterla en el maletín. Era consciente de que estaba dando un salto cualitativo porque el tamaño y el valor eran superiores a todo lo robado anteriormente. Al lunes siguiente, una grapadora, y rozando finales de mayo, un teléfono móvil. Eran objetos que los trabajadores utilizaban en usufructo. La desaparición no podía pasar inadvertida y había que restablecerla. En el caso del móvil, su dueño tuvo que pedir otro; el coste era mínimo porque estaban asegurados.
Empezó la jornada intensiva y aumentaron las posibilidades de hurto. La jornada laboral acababa a las tres y no quedaba nadie en la oficina por la tarde, momento ideal para aumentar la audacia de los robos. Una pantalla, un teclado, un ratón, un ordenador y un teléfono fijo. El teléfono y la pantalla los rescató de un trastero donde se acumulaban objetos viejos e inservibles. El teclado, el ratón y el ordenador hacía meses que se encontraban abandonados junto a la fotocopiadora y nadie sabía qué hacer con ellos; más bien molestaban. Sucedió una tarde en la que se quedaron solos el conserje y él. Como tenía por costumbre, el conserje se ausentó para tomar algo en el bar de enfrente. Armando aprovechó para sacar esos objetos de la oficina. Todo la misma tarde, como un gran golpe planificado al detalle y finalizado con éxito rotundo.
La siguiente víctima era una impresora pequeña que había visto en el trastero. El resto del verano intentó el asalto, pero era imposible. Cuando creía que sus intenciones fracasarían, el conserje se excusó durante toda la tarde. Armando se quedó solo y no desaprovechó la oportunidad. Mientras robaba la impresora se fijó en un par de mesas y dos o tres sillas de esas que se rompen, se retiran y quedan olvidadas en el trastero. No lo dudó: primero fue la mesa, que tuvo que desmontar, luego la silla y, al final, la impresora. Tuvo que plegar los asientos traseros, pero incluso le sobró espacio en su Renault Mégane.
Aquella noche, al llegar a casa, decidió arreglar la mesa y la silla, y empezó a ordenarlo todo en su habitación especial. Pasadas las tres de la madrugada contemplaba una habitación que era espejo de su empresa. Tal vez faltaban un calendario, un reloj de pared, un cubilete de diseño, unas plantas…, esos detalles imprescindibles para mostrar actividad humana, pero, en general, era la imagen de un puesto de trabajo cualquiera de su oficina.
Armando reservó el otoño para los detalles y acopió esos elementos cuya sustracción, sin duda, no se considera hurto, como un calendario o algún cartel de prohibido fumar. Incluso rellenó una pequeña botella del ambientador con el que la mujer de la limpieza rociaba la oficina cada día. Con un mimo propio de la maternidad cuidó de su habitación durante todo el invierno. Aunque apenas la utilizara, todas las semanas la limpiaba, la barría, la fregaba y la perfumaba con el ambientador. Decidió poner un candado en la puerta para preservar su tesoro de los invitados curiosos o despistados. Temía perder lo que más quería; cerrando la puerta con llave, su secreto quedaba protegido.
Justo el día del primer aniversario del robo del clip, Armando, sentado en la habitación, sintió que faltaba algo. Aunque procuraba mover los objetos de sitio de vez en cuando, no podía evitar el silencio, la falta de actividad humana. Sin duda alguna le faltaba algo. Necesitaba añadir el elemento humano y vital a su obra. Él no contaba, él era el autor y debía permanecer al margen, él la creaba y necesitaba alguien que la completara, alguien que se sentara en aquella vieja silla de oficina y sintiera el perfume, tocara los objetos; que viviera, en fin, en la habitación, aunque solo fuera unos momentos.
Robar a Luisa, mejor convencerla, merecía el plan más perfecto. Se trataba de que accediera a ir a su casa y entrara en su habitación. Armando sabía que no podría invitarla a comer o a tomar un café porque, aparte de parecer extraño, seguramente ella no accedería. Hacía veinte años que trabajaban juntos, pero nunca habían llegado a tales confianzas. Solo una vez estuvo en casa de Luisa: cuando nació su primer hijo.
No podía abordarla de repente, tenía que ser un ataque lento y perfecto. A la hora del café, empezó a hablar con ella primero de banalidades y luego sobre cine, ya que sabía de la afición de Luisa por el séptimo arte. Sin ser pesado, volvió a ganarse la confianza que algún día había perdido.
Formaron un pequeño grupo de tertulianos sobre cine que se reunían en el office. Surgían discusiones a la hora del desayuno, y cuando la pasión aumentó, empezaron a ir al cine los fines de semana. Aprovechando que el piso de Armando estaba situado frente a los multicines preferidos de los contertulios, no costó convencerlos de que tomaran un café en su piso antes de cada sesión No solo fueron cafés, sino también alguna cena posterior a la película. Una noche, en una de aquellas cenas, uno de los compañeros le preguntó a Armando qué había en la habitación cerrada con un gran candado, a lo que él contestó que nada, que trastos, pero que tenía algunos objetos de valor que merecían cierta seguridad y pensaba que con la puerta cerrada, en caso de intento de robo, se lo ponía más difícil al ladrón.
En Semana Santa, Luisa, un compañero y él quedaron en su casa para tomar café antes de ver una película americana que había ganado unos cuantos Óscar y que ahora reponían. Desde la mañana, Armando ya sabía que estarían solos Luisa y él; el otro compañero lo había llamado para excusarse. Perfecto, los propios acontecimientos y sus casualidades habían provocado la situación que soñaba desde hacía meses. Podría enseñarle a Luisa su obra maestra para que la contemplara, para que se sentara en la silla y tocara alguno de los objetos; para hablar de ellos, de cuántos años habían pasado en la empresa, de los giros de la vida, cuando él empezó y ella ya estaba, de cuando echaron al gerente o de aquel director que se dormía en las reuniones. Hablarían y hablarían para llenar de palabras y de vida el escenario que tanto le había costado construir.
Luisa apareció sonriente, tal vez contenta por volver a ver una película de la que se había enamorado. Armando la recibió con una gran sonrisa y le explicó que el compañero no vendría.
—Bueno, qué más da —contestó Luisa sin darle ninguna importancia.
No dejaba de ser una anécdota, la confianza era ya total. Tomaron café, hablaron de la película, y en un paréntesis de silencio, Armando se levantó e invitó a Luisa a seguirlo.
—Ven, quiero que veas algo, quiero enseñarte un cuadro.
Le salió esa palabra y pensó que era acertada, un cuadro, una representación artística de su escenario laboral.
Abrió el candado, empujó la puerta, encendió la luz y a la vista quedó todo su mundo, expuesto a la primera mirada distinta de la del autor. La habitación, de unos doce metros cuadrados, estaba impecable, limpia y ordenada. Destacaba la moqueta azul iluminada por cuatro fluorescentes empotrados en el falso techo y la pintura del mismo tono que su oficina. Todos aquellos elementos eran determinantes para rozar la similitud perfecta con la oficina matriz. Era como si hubieran arrancado un trozo y, tal cual, lo hubiesen trasladado al piso.
Luisa no dijo nada. Es posible que no pudiera decir nada. Parecía incapaz de hablar, de moverse, ni siquiera la muerte nos podría sorprender tanto.
La estupefacción de Luisa no impidió que se diera cuenta de que todos aquellos objetos habían sido robados. Identificó algunos suyos y otros que había echado en falta. Sin duda, todos habían salido de la oficina. No era el hecho del robo lo que la perturbó, sino la propia escena, lo que significaba y por qué se la enseñaba.
—Eres la primera —le dijo.
Ella lo miró con miedo y extrañeza. Siempre lo había considerado como un trabajador gris con un punto de rareza que ahora se había convertido en locura, obsesión o vete a saber qué.
—Estás loco, necesitas ayuda —le dijo Luisa mirándolo con asco y pena. Luego se dirigió hacia el comedor, hacia la calle.
Fue la mirada, más que nada, la que provocó en Armando una gran decepción. No era lo planeado, no era lo soñado. Él esperaba admiración, un punto de entusiasmo. Un ¡qué pasada!, una gran sonrisa, una adulación, la propia para los artistas; pero nada, solo el desprecio y la negación.
—No me vas a estropear la obra. No te vayas —le dijo interponiéndose en su camino.
—Déjame pasar, no compliques más las cosas —contestó Luisa.
—No, tú te quedas aquí, formas parte de mi obra.
La cogió del brazo y la arrastró con fuerza hacia la habitación.
—Eres idiota, no entiendes nada.
La empujó hacia el interior. Cerró la puerta y el candado y llenó de vida su habitación.
Volvió al comedor, no sabía qué hacer, se maldecía y maldecía a Luisa. Se sentó en el sofá y volvió a levantarse para regresar a la habitación.
—¡Armando! —gritaba Luisa golpeando la puerta—. ¡Armando, abre, déjame salir! ¿Pero qué haces?
Armando salió a la escalera para comprobar si se oía algo, pero, afortunadamente, apenas se oía la voz apagada de una mujer, que bien podría confundirse con los gritos de una niña jugando. Volvió a entrar, fue al lavabo y se refrescó la cara. Tenía que tomar una decisión.
—Armando, abre. ¿Qué vas a hacer? Abre, abre.
—No le diré nada a nadie, a nadie —gritaba Luisa.
Se hizo un silencio solo salpicado por los pasos de Armando, que iba a la habitación, se alejaba de ella y volvía a acercarse. Se detuvo por enésima vez junto a la puerta y, esta vez sí, abrió la puerta.
—Perdona, Luisa, no sé qué me ha pasado, no sé qué he hecho, perdona.
Ella salió corriendo y llorando.
Armando se quedó solo en su habitación, en su obra inacabada. Se sentó, cogió el clip, lo miró con nostalgia y lo lanzó contra la pared con fuerza pero sin rabia.
No volvió jamás a su oficina, ni volvió a ver a Luisa ni a nadie de su empresa. Aquella misma tarde envió una carta de baja voluntaria con la que puso fin a veinte años de servicio. Semanas más tarde encontró un trabajo mal pagado de informático, pero con la ventaja de que podía, y debía, trabajar en su casa.
No estaba mal. El autor se hizo obra.