País Relato - Autores

rafael moya buades

el atentado

Eran las once de la mañana del 31 de mayo de 2016 cuando sonó el móvil de Hugo, que se encontraba delante de la máquina del café en las oficinas centrales de los servicios de inteligencia del país. Era su director general.
—Déjalo todo y ve inmediatamente a Barcelona. Te espera un avión privado en el aeropuerto. Llévate a tu equipo.
—¿De qué se trata?
—Ha habido una explosión en un edificio de oficinas.
—¿Un atentado?
—Creemos que no, pero no estamos seguros. —No soportaba la voz aguda del director—. Cuando llegues a Barcelona estará esperándote Julia, que trabaja para nosotros; será tu contacto. Estás al frente de la operación.
—¿Ha habido víctimas?
—En principio, solo una persona.
—¿La prensa?
—De momento la zona está acordonada, nadie puede entrar, y menos, la prensa. El equipo de Julia está trabajando, pero os está esperando para recibir órdenes.
—Ok. Voy para el aeropuerto.
—Hugo.
—Dígame, jefe.
—Parece un caso muy extraño y a la vez importante. Llévate a los mejores.
—Tranquilo, jefe.
Minutos después de colgar llamó a sus ayudantes preferidos: Sara, la forense, y Jordi, de la brigada científica. Con ellos viajaba el equipo habitual, formado por unas diez personas. A las dos de la tarde aterrizaban en Barcelona, y una hora después, los tres se encontraban a las puertas del edificio en el que se había producido la explosión, un inmueble de cinco plantas, ancho y rectangular con cristales anaranjados.
Julia los esperaba en la puerta. Era una joven más bien escuálida que parecía mantenerse de pie gracias a la viveza de su mirada nerviosa.
—¿A qué hora ha tenido lugar la explosión? —preguntó Hugo cuando pasaban los tornos que daban acceso a las oficinas.
—Creemos que ha sido a las nueve y media de esta mañana aproximadamente. Las cámaras exteriores han grabado la salida masiva de personas a las nueve y treinta y un minutos, y no se han detectado vibraciones ni humo ni polvo. Sabemos que la explosión se ha producido en la sala adonde nos dirigimos. En ese momento se encontraban más de cincuenta personas en ella y más de quinientas en el edificio. Según varios testigos, apenas se oyó un ruido seco, y a continuación, un montón de sangre y restos humanos aparecieron en la sala. Se desató una histeria colectiva que acabó con varios heridos leves. Por suerte, podía haber sido peor.
El cuerpo menudo y rollizo de Hugo se negaba a seguir el ritmo de la mujer, que caminaba con demasiada determinación hacia donde se encontraba la víctima. Sara y Jordi lo habían adelantado y escuchaban con atención las indicaciones de Julia.
Antes de entrar, los obligaron a vestirse con unos trajes blancos para no contaminar la escena. Era una gran sala diáfana con largas hileras de mesas, y sobre ellas, ordenadores y pantallas. No había ningún destrozo, nada en el suelo. Nada fuera de lo normal, a excepción de que a medida que avanzaban, aumentaban las manchas de sangre, coágulos y trocitos de lo que parecía ser masa encefálica. En la sala había varias personas que parecían buscar algo. La comitiva se paró en un rincón apartado, junto a las ventanas. Sobre una silla de oficina estaba el cuerpo de la víctima perfectamente sentada; el tronco formaba ángulo recto con las piernas, los brazos estaban caídos y no tenía cabeza. El corte no había sido limpio, quedaba una pequeña parte de la papada y de la nuca, y las arterias carótidas sobresalían como cables eléctricos pelados.
—¿Quién era? —preguntó Hugo.
—Un trabajador de la empresa, treinta y nueve años, español, casado y con dos hijos pequeños. No tenía significación política ni religiosa. Vivía en Barcelona, en el Poble Nou, en un piso de clase media. Nada que remarcar.
—Jordi, quiero saberlo todo de la víctima —dijo Hugo.
Sara se recogió la caballera pelirroja y se acercó al cuerpo. Tocó la mano mientras observaba la cara y el cuello.
—¿Y la cabeza? ¿La habéis encontrado? —preguntó Jordi sin dejar de mirar al cuerpo.
—Están buscando los trozos —dijo Julia, señalando a las decenas de personas con trajes blancos que escudriñaban todos los rincones de la sala.
—¿Y la metralla? ¿Restos de pólvora? ¿Tenía adosada una bomba en la cabeza?
—No hemos encontrado nada —contestó Julia.
—Entonces, ¿ha sido un proyectil?
—No, ya te digo: no hay nada.
—¿No? No entiendo nada —dijo Hugo.
—No hemos encontrado ni rastro de material explosivo, nada que nos indique la causa de la explosión. Estamos pensando en la posibilidad de que se haya utilizado un nuevo explosivo que desconocemos.
—Primero tenemos que averiguar el tipo de explosivo y el foco. Jordi, que tu equipo analice cada centímetro de la sala. Sara —la forense observaba las manos del cadáver—, ya sabes, un informe detallado lo antes posible; esta noche necesitamos conclusiones. Y Julia, es muy importante tu ayuda. Necesitamos buenos profesionales, que se pongan a las órdenes de Sara y Jordi.
—Vale —dijo Julia, y les indicó a sus hombres que dejaran de buscar y siguieran a Jordi y Sara para recibir instrucciones.
Hugo y Julia se quedaron solos.
—¿Dónde están los testigos?
—Los hemos reunido en la sala de juntas. Tienen asistencia psicológica y médica.
—¿Cuántos son?
—En total hemos seleccionado a veintitrés, pero directos solo hay tres. En el momento de la explosión había más de cincuenta personas en la sala. Se oyó un estallido y luego había sangre por todas partes. Las personas salieron muy rápido y nadie observó nada de lo que había pasado, solamente esos veintitrés presenciaron algo digno de tener en cuenta. Y solo tres vieron el cuerpo de la víctima. De hecho, una de ellas se sentaba muy cerca.
En ese momento sonó el teléfono de Hugo, era su jefe, que exigía información. Su voz era de preocupación. Después de varios minutos de conversación, Hugo consiguió calmarlo.
—¿Y tú qué piensas que ha pasado? —le preguntó Hugo a Julia.
—No tengo ni la menor idea —contestó de forma tan contundente como su delgadez.
—Está bien, vamos a ver a esos testigos —dijo Hugo sin esperar réplica.
Mientras iban hacia la sala de reuniones donde estaban los testigos, Hugo preguntó por la prensa.
—De momento, solo se ha filtrado que ha habido una explosión y una víctima. No se descarta ninguna vía de investigación.
—Ok. Perfecto, de momento lo dejamos aquí.
Cuando entraron a la sala, vieron a Jordi y a su equipo interrogando a los testigos. Se sumaron a los interrogatorios. Una hora después se reunieron aparte.
—¿Alguna conclusión? —dijo Hugo.
—Nadie presenció nada, y solo tres personas vieron el cuerpo decapitado. Mira —Jordi extendió un plano de la planta en la mesa—, hemos situado a los testigos en los sitios que ocupaban cuando ocurrió la explosión. —Sobre el plano y para cada testigo, habían dibujado un círculo y una flecha que indicaba en qué posición estaban sentados—. En el momento de los hechos, nadie miraba hacia la víctima. Esta de aquí —señaló un punto— es la persona más cercana, pero también estaba de espaldas.
—Llámala, por favor.
La testigo era una chica de unos treinta años. La invitaron a sentarse.
—Dinos todo lo que viste —le pidió Jordi.
—Hacía poco que había llegado y de pronto oí un fuerte ruido y noté algo húmedo en la nuca: era sangre; me di la vuelta y vi el cuerpo sin cabeza. Y luego apenas recuerdo nada, creo que grité y salí corriendo. Fue como una pesadilla —dijo con voz temblorosa.
—Justo antes, ¿viste u oíste alguna cosa extraña?
La testigo negó con la cabeza.
—Está bien.
Jordi le indicó la salida a la testigo. Hugo se levantó bruscamente.
—¡Espera, espera! —La testigo dio media vuelta y se acercó—. ¿Qué estabas haciendo?
—¿Cómo? Pues trabajaba con el ordenador.
—¿Exactamente qué hacías?
—Estaba con una incidencia. Sí, estaba hablando con los de la oficina técnica de Bristol.
—¿En qué consistía la incidencia?
—Era una incidencia compleja que afectaba a las comunicaciones. De hecho, iba a hablar con los de… espera. —La testigo abrió la boca levemente y miró perdida a la ventana—. Íbamos a hacer un video. Estaba probando la cámara. No me acordaba.
—¿La cámara? Vamos para allá. —Hugo se adelantó y lo siguieron Julia, Jordi, la testigo y un par de ayudantes.
El ordenador de la testigo se encontraba en modo reposo. Ella tocó la tecla de encendido y escribió la contraseña. La pantalla se iluminó y apareció una aplicación corporativa de videoconferencia. La cámara estaba activada, y en un pequeño recuadro situado a la derecha de la pantalla se veía a Hugo en primer plano.
—Iba a establecer conexión con Bristol y lo primero que hice fue activar la cámara. Ha estado así todo el rato.
—¿No llegaste a llamar a Bristol? —preguntó Jordi.
—No.
—¿Se ha guardado la grabación? ¿Podemos recuperar lo de esta mañana? —inquirió Hugo esta vez.
—Sí, por defecto, está así. —La testigo abrió una pestaña, accedió a un menú y en segundos empezó a buscar en la grabación el momento exacto de la explosión. Situó la grabación al principio. El video indicaba las 9:28.
En la grabación apareció la testigo mirando a la cámara y escribiendo en el teclado. La cabeza era pequeña y solo ocupaba parte de la ventana de la pantalla. A la derecha se distinguía a una persona de espaldas que estaba trabajando con el ordenador. De repente, se oyó un ruido seco. La testigo se dio la vuelta y salió corriendo. Eran solo unos segundos.
—Muchas gracias. Acompañadla a la sala de testigos —dijo Hugo dirigiéndose a Julia.
—Jordi, averigua si esta chica nos dice la verdad, si contactó con Bristol. Y que analicen todo lo que hizo en ese ordenador esta mañana. Vuelve a poner la grabación a cámara lenta.
Otra vez la testigo mirando a la cámara. Todos observaban al hombre que aparecía de espaldas. Vieron que a las 9:25:45, la cabeza del hombre se movía hacia los lados de forma suave y que a medida que pasaba el tiempo, los movimientos eran un poco más bruscos. Segundos más tarde se distinguían unas protuberancias en la cabeza que parecían venas y que iban aumentando hasta que la cabeza aparecía deformada y, finalmente, estallaba.
Nadie dijo nada hasta que Hugo rompió el silencio.
—Quizá tenía un arma que no vemos en el regazo y se le disparó.
—¿Y por qué se le hincha la cabeza? ¿Y esas venas? —dijo Julia.
Se acercaron de nuevo al cadáver, que estaba siendo analizado por el equipo de Sara y Jordi.
—¿Y si tenía un artefacto que produce eso, que hincha la cabeza hasta hacerla estallar?
—No han encontrado nada, imposible.
—Todo esto es muy extraño. Jordi, que analicen la grabación, que la amplíen, que analicen cada segundo. Sara, quiero que empecéis la autopsia esta noche. Voy a hacer unas llamadas y a las nueve quedamos aquí mismo.
Después de hablar con el director, Hugo fue al lavabo y se mojó la cara varias veces; era su manera de activar las neuronas. Era evidente que no sería un caso fácil.
A las nueve, Sara, Julia, Jordi y Hugo conversaban delante de la mesa del cadáver, que ya había sido retirado.
—Está claro que la causa de la muerte es el estallido de la cabeza.
—¿Han encontrado algo extraño en la grabación?
—No, nada.
Hugo cogió una silla, se sentó justo delante del ordenador de la víctima, que continuaba encendido, y suspiró.
Durante más de veinte años había investigado muchas muertes en extrañas circunstancias, muertes tristes, crueles, misteriosas, increíbles, delicadas. Investigaciones que habían sido complicadas y comprometidas. Siempre recordaba la del asesinato múltiple de una familia de clase media en un barrio de Soria. No había explicación alguna. Toda la familia, asesinada a tiros por profesionales, los padres y dos hijos de doce y quince años. No tenía ningún sentido. Era un caso perdido, pero finalmente había podido resolverlo. El padre vio algo que no debía haber visto, y a la mafia ucraniana no se le ocurrió otra cosa que matar a toda la familia por si acaso. Hugo sabía que el padre no había visto nada, pero la mafia no lo entendió así. Tampoco olvidaba a varios asesinos en serie, como aquel que siempre arrancaba las uñas de las víctimas para comérselas, o aquel otro que les tatuaba un verso de Neruda a sus víctimas una vez asesinadas. Sin embargo, en todo ellos siempre tenía algo a que agarrarse, una pista, un motivo, el arma, lo que fuera, pero ahora no tenía nada, ni motivo ni arma ni testigos, nada, solo un cadáver decapitado por una explosión repentina. De hecho, faltaba el arma, la causa que había provocado la explosión.
—¿Alguna información más sobre la víctima? —dijo Hugo.
—Bueno, parece ser que era una persona con sensibilidad para las artes. Tocaba la guitarra y era poeta, también cantaba en un grupo de folk. Esto me ha parecido importante.
—Y sobre el conjunto de trabajadores, ¿alguien con antecedentes?
—Nada.
—Nada, nada, nada. No tenemos nada. —Hugo se levantó y se dirigió al ordenador de la víctima—. Tenemos una persona a la que se le hincha la cabeza y le estalla, y no sabemos por qué.
—¿Y si tenía una artefacto explosivo incrustado en la cabeza? —dijo Jordi—. Hay antecedentes de personas con explosivos en la cabeza.
—Todo esto es muy raro. —Hugo movió el ratón y apareció la pantalla de inicio de Windows, en la que se pedía que se introdujera el nombre de usuario y la contraseña—. ¿Qué estaba haciendo cuando le estalló la cabeza?
—Hemos mirado toda su actividad esta mañana —contestó Jordi—. Abrió el ordenador a las ocho y media, activó varios programas y luego miró algunos correos pendientes. En el momento de la explosión tenía abiertos un Power Point, un Word, el correo y un Excel.
—Introduce la contraseña. —Jordi escribió en el teclado, y en la pantalla apareció un Power Point con el título «Estrategia de Gobierno de los Procesos de Negocio».
—Qué denso es esto —comentó Hugo mientras pasaba las páginas rápidamente. Era uno de esos documentos engorrosos y densos de algún departamento de calidad. Abrió el cuadro de diálogo de la impresión e imprimió el documento—. He visto alguna impresora por ahí. Jordi, échale una ojeada al documento. —Luego mandó imprimir el Word y el Excel—. Mira también estos.
Minutos después, Hugo telefoneó a Madrid para pedir la ayuda a los servicios internacionales, en concreto a la Unión Europea, más que nada para saber si habían sucedido hechos similares. Sara y Julia conversaban, y Jordi se había sentado al fondo del pasillo y leía tranquilamente el documento imprimido.
Fue Sara la primera que observó algo extraño en la cabeza de Jordi. Unas pequeñas venas verdes sobresalían de la frente y aumentaban de tamaño rápidamente.
—¡Jordi! —gritó Sara. Hugo dejó el móvil y vio las venas que habían deformado la cabeza de Jordi, que seguía leyendo el documento sin inmutarse, como si estuviera leyendo las últimas páginas de algún libro de Agata Christie y, ajeno al mundo, necesitara saber el desenlace. Julia, por inercia, sacó la pistola y Hugo corrió hacia Jordi.
Un segundo antes de que la mano de Hugo alcanzara el documento, la cabeza de Jordi explotó, escupiendo de forma violenta trozos de cerebro que impactaron en todos ellos. En un instante, los tres quedaron impregnados de sangre y masa encefálica.
Días después, Hugo se encontraba en el despacho del director general en Madrid.
—¿Cómo está la familia de Jordi?
—Destrozada. Siempre es terrible la muerte de un ser querido, pero más si ni siquiera puedes ver su cara. Mal, muy mal. Su mujer estaba embarazada.
—Mira si podemos hacer algo por ella —dijo el director con la vista perdida. Después sacó unos papeles del cajón—. He visto tu informe, pero me gustaría que me lo explicaras tú. Veo que es un caso muy complicado.
—Sí, lo más difícil fue averiguar que el arma ejecutora era el documento.
—Ya, parece ciencia ficción…
—Pues no; después de la explosión de Jordi, era evidente que algo tenía que ver el documento. Primero, por seguridad y gracias al departamento de informática, eliminamos cualquier rastro del documento en los ordenadores. Borramos todas las copias de todas las versiones De hecho, como se ha visto posteriormente, solo la última versión podía provocar el estallido de la cabeza. Luego, como sabes, enviamos el documento a analizar. En pocos días, un equipo de lingüistas y psicólogos hicieron pruebas muy controladas sobre la lectura del documento. Y efectivamente, después de la tercera o cuarta página, las personas sufrían una especie de calentamiento neuronal que provocaba la hinchazón de las propias neuronas, con peligro inminente de explosión. Al ser experimentos controlados, podían retirar el documento a tiempo y salvar al lector.
Hugo se levantó y de la maleta que había dejado junto a la percha sacó una carpeta.
—Luego trocearon el documento y lo analizaron. Está plagado de palabras huecas típicas del mundo empresarial, por ejemplo —se dispuso a leer Hugo de un papel que tenía en su regazo—, «estrategia, modelo, gobierno, estimación, base, estructura, metodología, sinergias, proceso, servicio, procedimientos, catálogo, aceleración, integración, definición» y un montón más que una por una pueden provocar cierto malestar, incluso dolor de cabeza, pero poca cosa más. Sin embargo, en ese documento las palabras formaban frases infinitamente estúpidas que provocaban ese efecto explosivo.
—Pero ¿ocurre con todas las personas? —preguntó el jefe.
—No lo sabemos. Lo que es cierto es que varias personas leyeron el documento y no les pasó nada.
—¿Y eso puede repetirse con otro documento?
—Tampoco lo tenemos claro.
—¿Hay precedentes?
—Pues sí: esta mañana he recibido documentación acerca de casos parecidos en Estados Unidos y Europa, documentos que provocan fuertes dolores de cabeza al lector, incluso hay un caso en Nueva York de un documento de un departamento de Governance que provocó vómitos y mareos, pero nada más.
—Bien, todo esto es extraño y muy delicado. Hemos contactado con la CIA y quieren ocuparse del caso. Dirección ha cedido.
—No —dijo Hugo—. Es necesario atajar el problema de raíz. Quizá a través de la educación, no sé, pero estos de la CIA intentarán utilizar esta arma solo para sus intereses.
—No te preocupes, Hugo. Esto queda fuera de nuestras competencias. No podemos hacer nada más. —El director se levantó de la silla y se acercó a Hugo—. Excelente trabajo.
—Gracias.
Hugo recogió su maleta y el paraguas, y abrió la puerta del despacho.
—Por cierto, la semana que viene tienes un seminario sobre procesos estructurales y metodológicos —le recordó el director—. En el correo ya tienes el Power Point.
—¿Cómo dices?