Soy de los primeros en llegar. Supongo que no tardarán mucho. He venido caminando desde el trabajo. El médico me ha aconsejado ejercicio regular, y la verdad es que lo necesito. Soy un hombre mayor y durante toda mi vida apenas he practicado algún deporte. Recuerdo que algunos sábados iba con Andrés a jugar al frontón tenis, pero poca cosa más. Nunca me ha apasionado el deporte, nunca me ha apasionado nada en exceso, ni siquiera mi trabajo; bueno, quizá al principio. Siempre he trabajado en la misma empresa. Soy una excepción, o mejor dicho, pertenezco a la última generación en la que el trabajo era para toda una vida. Toda una existencia entregada a una sola organización, casi cuarenta años, en concreto, treinta y nueve años, tres meses y veinticuatro días. Nada excepcional, podría haber trabajado en cualquier otra y todo hubiera sido similar: unas cuantas anécdotas, algunas desgracias y un sinfín de horas perdidas en el pozo de la estupidez. Sin embargo, no todo fue así.
La primera vez que vi a Andrés fue el primer día que pisé mi empresa. Con apenas veinticinco años, Andrés y yo entramos el mismo día a trabajar en esta multinacional dedicada a la consultoría financiera e informática. Una de esas empresas con nombre inglés que todos conocen y algunos admiran, pero que internamente es una organización mediocre, aburrida, paternalista, cruel; otra más.
Los inicios fueron ilusionantes. Nos tocó vivir la migración de la máquina de escribir a los primeros ordenadores. Toda una revolución, y nosotros, los jóvenes, éramos los que dominábamos aquellas máquinas, y por ende, la empresa. Andrés, menudo y regordete, al principio no era un entusiasta de los primeros ordenadores. Él prefería su máquina de escribir, le encantaba el ruido machacón y metálico de las teclas de su Olivetti. Se resistía al cambio; sin embargo, a los pocos años se adaptó perfectamente a las nuevas tecnologías.
Pasados unos diez años, Andrés y yo llegamos a ser mandos intermedios, elementos imprescindibles; estábamos en todas las guerras y con todos, éramos una parte más que esencial de la expansión de nuestra sucursal: sí, eso lo sabe Andrés; sí, Andrés te ayudará; eso lo activará Andrés; para cualquier problema, pregúntale a Andrés; Andrés es tu hombre… Y Andrés con el jefazo, y Andrés con los becarios, y Andrés con su rebeca verde sobre la camisa blanca impecable.
Fuimos más que indispensables unos cuantos años hasta que se modernizaron los procedimientos. Las decisiones se desprendieron de toda argumentación lógica o técnica y aparecieron las razones políticas. El contenido dio paso a lo formal. Las decisiones obedecían a simples razones estratégicas con el único fin de aparentar en vez de ser. Si era necesario un servicio de mantenimiento para favorecer a algún amigo de la dirección, se exageraban las incidencias; si había que recortar costes, se recortaban y punto, sin tener en cuenta las consecuencias para el servicio. ¿¡Qué más daba!?
Cambiamos varias veces de nombre y de sede. En pocos años estuve en varios edificios, los departamentos se separaban, se dividían y se volvían a juntar. Ahora todos a la calle Provenza, ahora los de informática interna a Sant Cugat, el mes que viene los de finanzas al Poble Nou, al mes siguiente el departamento de calidad desaparece y aparece el de procedimientos internos. Ahora está, ahora no está. En fin, siempre esparcidos entre seis o siete edificios distintos.
Mientras tanto, yo pasé de liderar proyectos a responder correos, del trabajo en equipo a la miserable soledad. Cuando mi hija me preguntaba a qué me dedicaba, yo le respondía que a contestar correos; esa era mi tarea. Cada mañana aparecían más de cincuenta correos en mi bandeja, y mi objetivo era que desparecieran, uno por uno.
¿Y Andrés? Él se quedó en la sede de toda la vida, en la primera, un bloque de edificios de color marrón con pequeñas y estrechas ventanas en la calle Padilla. Era un privilegiado; se quedó en su pequeño despacho de siempre de la quinta planta, junto a algún administrativo y algún técnico que daban soporte a los programas y servicios informáticos ya obsoletos pero que algunos clientes todavía usaban ya que no habían sustituido sus aplicaciones por otras que se suponían mejores.
Yo seguía manteniendo una excelente relación con Andrés, incluso nos veíamos de vez en cuando en el bar de siempre. A Andrés le encantaba ir al bar de la esquina de la calle Padilla en el que años atrás nos habíamos reunido quince o veinte trabajadores todos los viernes para tomarnos unas cervezas y comer tapas variadas, como rezaba el cartel de la puerta: patatas bravas, chistorra, callos, pinchos morunos, asadura, y otra ronda, que hoy pago yo, que el proyecto ha salido de puta madre; ¡por el jefe! Pero ya Andrés y yo nos tomábamos una cerveza como mucho y un triste pincho reseco de alcachofa en vinagre de lata, y Andrés me miraba con esos pequeños ojos y me decía que las cosas ya no eran como antes.
Los encuentros se fueron espaciando. En los últimos tiempos ya solo nos escribíamos correos, y así fue como me enteré de que se había separado de su mujer después de treinta años juntos. Treinta años sin hijos. Andrés me contó que un día volvió del trabajo y su mujer no estaba. Más tarde supo que se había ido con un amigo común de toda la vida, uno de esos que visten bermudas y gorra, y conducen un descapotable de segunda mano. Andrés se quedó solo, no tenía hermanos, y sus padres habían muerto en un accidente de coche varios años atrás. Después de la separación, ya no nos escribimos y perdí su rastro.
Mis últimos años en la compañía fueron agónicos. A pesar de mi interés por ser proactivo y emprendedor, nadie contaba conmigo. Me habían relegado a contestar correos de clientes; en cierta manera, me había convertido en una especie de oficina de reclamaciones. Hacía ya muchos años que no participaba en reuniones, solo en las que convocaban los de seguridad e higiene para aprender a utilizar la silla de la oficina.
Entonces, un lunes por la mañana después de Semana Santa, pensé en Andrés. Hacía mucho tiempo que no sabía nada de él. Le envié un correo pero no me contestó. Me olvidé de él por unos días hasta que una tarde después de comer decidí llamarle al teléfono que constaba en el directorio. No contestó. Le mandé un correo electrónico y tampoco. «Debe de estar pasando una mala época» pensé. Sabía que tras la separación, se había mudado a un apartamento en el centro, pero no conocía la dirección. Recordé vagamente que en una de las últimas conversaciones me había contado que ya solo se dedicaba a dar soporte a una aplicación de facturación para una empresa de pinturas de Badalona. Accedí a la aplicación de gestión de incidencias y comprobé que había varias de esa empresa abiertas desde hacía más de tres años. Qué raro. Tal vez se dedique a otro asunto.
Días después, le envié otro correo y tampoco contestó. Empecé a obsesionarme con él; no estaba bien que no me contestara. Era cierto que me había olvidado de él, pero él tampoco había hecho nada para contactar conmigo. Volví a escribirle. Nada, parecía como si no quisiera hablar conmigo. Puede que se hubiera enfadado. Decidí ir a verlo. Pero ¿dónde? Llamé a Recursos Humanos. Me contestó una voz muy joven.
—¿Andrés García? Sí, claro, aquí me consta que su mesa está en el edificio de Padilla, quinta planta.
—¿Edificio de Padilla? Pero ¿no lo habíamos vendido?
—Pues la verdad es que no lo sé —me contestó la chica—. Aquí pone que Andrés está en el edificio de Padilla, quinta planta.
—¿Y quién es su responsable?
—¿Su responsable? Espere. Es Antonio Salgado.
—Vale, gracias.
Nueva llamada.
—Hola, Antonio, quería contactar con Andrés García. ¿Tú sabes dónde puedo localizarlo?
—¿Andrés? ¿Quién es Andrés?
—Pues Andrés, el Andrés de toda la vida. ¿Quién va a ser?
Después de un extraño silencio, Antonio contestó:
—¡Ah! Andrés, aquel señor gordito amigo tuyo. Sí, claro, claro.
—Sí, ese. ¿Dónde lo tienes?
—¿Yo? ¡Y a mí qué me cuentas!
—¿No está en tu departamento?
—A Andrés hace años que no lo veo, y nunca ha estado en mi departamento.
—Pues en Recursos Humanos consta que eres su responsable.
—Pues se equivocan. Ya te digo: hace años que no he visto a Andrés.
—Otra cosa, ¿tú sabes si cerraron el edifico de Padilla?
—No lo sé, creo que solo dejaron una planta.
«Padilla… Parece que hay muy poca gente» murmuré mientras colgaba. Por curiosidad, miré la aplicación de gestión de salas. Había salas reservables en Padilla, pero hacía muchos años que no constaba actividad. Volví a telefonear a Andrés. Nada.
Era la hora del almuerzo y no podía esperar más. Paré un taxi, que me dejó en la puerta principal del edificio de la calle Padilla, frente al bar de la esquina, que estaba cerrado. El edificio era una mole sucia y abandonada. La puerta principal estaba cerrada con una persiana metálica, y entre la puerta de madera roída y la persiana se acumulaba la suciedad: polvo, papeles, plástico, un auténtico vertedero. Era evidente que nadie trabajaba en aquel edificio. Sin embargo, quizá por nostalgia o por curiosidad, quise entrar. Era imposible acceder por la puerta principal. Rodeé el edificio y comprobé que saltando una pequeño muro podría entrar al aparcamiento exterior. Una vez dentro, pude colarme en el edificio por una pequeña ventana rota.
En la planta baja, donde estaba la recepción, no quedaba ningún mueble. Estaba completamente vacía, excepto algunos periódicos viejos tirados por el suelo. Todo el edificio parecía abandonado. Subí por la escalera hasta la quinta planta, donde habíamos trabajado Andrés y yo. En la planta había un recibidor en el que se abrían cuatro despachos y donde todavía quedaban un par de sillas y algunas fotos enmarcadas de ciudades europeas en blanco y negro. Una gruesa capa de polvo lo recubría todo, y parecía que el tiempo se hubiera parado de golpe. Entré en mi antiguo despacho. Todavía seguía mi mesa de madera lacada y el armarito de plástico azul, toda una modernidad por aquella época. Cerré la puerta y me dirigí al despacho de Andrés, que era el más pequeño y no daba al exterior.
En el despacho había una gran mesa de patas metálicas y madera contrachapada, demasiado grande para un espacio tan reducido. A la derecha de la mesa, un archivador metálico gris con el primer cajón abierto, y detrás, un perchero vacío. Andrés estaba sentado en su silla. Lo reconocí por su rebeca verde encima de una camisa gris. Estaba sucia y roída y le quedaba holgada. Demasiada rebeca para un esqueleto. El cráneo pelado, excepto algunos cabellos por encima de los huesos de la oreja; estaba reclinado sobre el teclado del ordenador y los huesos de la mano intentaban alcanzar el teléfono. Noté que las piernas me temblaban. Me acerqué y no sé por qué intenté verle la cara, incluso quise tocarlo. No me atreví y salí del edificio. Estuve caminando sin rumbo durante más de una hora. Luego entré en un bar, pedí un agua y llamé a Recursos Humanos.
—He encontrado a Andrés.
Ahí vienen en grupos separados, como en la empresa, los directivos y los jefes intermedios por un lado, el personal administrativo y los de Recursos Humanos por otro; después, los técnicos regazados, y por último, los externos. Hoy vienen todos; les han dado unas horas libres. Nos apelotonamos alrededor del nicho. Con parsimonia, dos operarios del cementerio sacan el ataúd del coche fúnebre, lo colocan frente al nicho y lo arrastran hacia su interior. Suena un móvil que rasga el silencio, uno de los nuevos directivos se separa del grupo y contesta: «Que sí, que no te preocupes», y las palabras suenan burlonas e hirientes.
Andrés murió de un ataque al corazón, así lo certificó el forense, no había signos de violencia, había sido una muerte natural, y el infarto fulminante era la hipótesis más probable. Murió hace más de cuatro años. Él siguió recibiendo la nómina en su cuenta corriente, pero no había acudido a recoger las cestas de Navidad ni a las cenas de empresa ni a las reuniones de trabajadores, y nadie lo había echado en falta.
Un obrero con los ojos sangrantes y un débil temblor en las manos acaba de sellar el nicho. Coge una gran corona de rosas situada a la derecha y la apoya en la pared con cuidado; se la queda mirando y con decisión arregla la cinta morada para dejar a la vista la dedicatoria con letras doradas: TUS COMPAÑEROS DE TRABAJO JAMÁS TE OLVIDARÁN. El obrero da por concluido su trabajo y empieza a guardar sus enseres con un molesto ruido metálico. El grupo empieza a desfilar hacia la salida. Me quedo solo, miro por última vez el nicho y me voy.
Cuando salgo del cementerio, recuerdo que me había comprometido a ir a recoger a mi nieto al colegio. Sale a las cinco y ya son menos cuarto, tendré que coger un taxi.