País Relato - Autores

rafael castleman

los sueños tristes

Ar y Ra discutían. Había en la habitación calor y moscas. El ambiente era como de plomo que se transparentase. Yacían sobre la mesa, con boina de mamotretos oscuros, los bombines. Destilaban las calvas.
—Es un error —mordiase el labio Ar, tras cada aserto.
—No: esta vez es una solución. Podemos lograr un bien infinito.
El chino dueño de la barca, todo greñas y palidez, granujiento, se asomó a la puerta. Parecía indignado.
—¿Aceptan el trato o no? Tengo otros clientes y me estoy jugando el tipo. El policía está comprado, pero sé que lo trasladan y el nuevo, a lo mejor, no quiere tragar quina.
—Aceptamos —dijeron al unísono ambos personajes, abandonando la polémica y secándose el sudor.
—¡La pasta! —exigió el chino. Y Ar y Ra aprovecharon el mayor de los chantajes que se les ofrecía. Se consultaron con la mirada y fue Ra, el estrábico, el primero en decidirse:
—Escúcheme, Fu Chi Mi: como veo que su cortesía oriental no brilla por lo ortodoxa le diré lo siguiente, que es nada más y nada menos que podemos denunciarle por tenencia y negociación de drogas en este local anfibio. No dará con sus huesos en la cárcel, lo sé, pero le pondrán un multazo que dejara su economía mermada.
—¡Y a ustedes también, cuando empiecen a seguir con el negocio! —Se engalló en chino.
—A nosotros —se atusó el bigote Ar— no se nos podrá acusar de nada. Ni siquiera de deudas impagadas, porque le abonaremos el precio del traspaso una vez obtenidos los primeros beneficios. Y si no le basta con nuestra palabra, sepa que si se niega a llevar a cabo el trato nos dirigiremos a la Comisaría más cercana para que le prendan.
Pese al calor, los paraguas de Ar y Ra ocupaban el lugar que les pertenecía: el puño derecho e izquierdo respectivamente de ambos. Y las conteras estaban afiladas. Más de una paseante les había observado con curiosidad al verles andar bajo el sol tórrido con aquellos adminículos que no servían ni de sombrilla, ya que estaban cerrados. Ignoraban que eran armas. Las conteras irrompibles se empapaban de curare con una simple presión de la mano sobre la empuñadura. Una leve fricción de aquél acero sobre la piel podía resultar mortal.
El chino lo sabía.
—Queremos el contrato de propiedad —exigió Ra, con el gesto seco y autoritario—. Estamos perdiendo la paciencia.
Parpadeó el chino, e insinuó una sonrisa antes de decir:
—¡La pasta!
Balbuceaba sin mucha convicción, tal vez por conservar el mayor tiempo posible el prestigio de hombre duro, voces incoherentes.
Ar y Ra suspiraron, preguntándose con la mirada quién debía echar el discurso para que el chino se conformase.
Surgió, espontánea, la voz de Ra:
—Mira y escucha, Fu Chi Mi: debes escuchar despacio. Somos dos contra uno y estamos armados. Si no te avienes a nuestras condiciones te quedas sin un céntimo y sin la casa flotante, amén de la bolsa que te va a proporcionar el negocio que en ella emprenderemos, porque de ello tienes nuestra palabra de honor. No seas tozudo y negocia.
—Os denunciaré yo —se atusaba los mechones hirsutos el chino. Y después afirmó, rotundo:
—No sé qué son honores, pero no me fio. Os denunciaré.
—Pero, ¿de qué?
—Lo sabéis mejor que yo. Comprarme la barcaza será para algo malo. No sois marinos, ni pescadores, y la embarcación no sirve para ir lejos. Hasta ahora era una sala de fiestas. Mujeres y opio. Vosotros la utilizaréis para lo mismo.
Ar y Ra trataban de hacer que las entendederas de aquel humilde oriental, como hubiera dicho Verne, llegasen a un acuerdo, comprendiesen que no había hostilidad y juzgasen que se trataba de una simple transacción que nada tenía que ver con el fraude.
—¿Quién no hace en la vida algo malo? Todo lo que se hace, es para hacerse malo.
—Hermosa filosofía —ironizaron Ar y Ra—. ¿Quién te la enseñó?
—Un francés muy inteligente que estuvo por aquí cerca cuando lo de Indochina. Llegó a sargento.
—Gran carrera. ¿Le dieron alguna medalla?
—Le cogieron los guerrilleros —sonrió Fu Chi Mi—. Le cortaron las orejas y después le colgaron cabeza abajo sobre un avispero. Y como las avispas llegan tarde a la colmena, aguantó todo el día allí.
Disfrutaba. Reía. Le parecía bien.
Durante unos segundos, el silencio se hizo tenso. Ar y Ra querían ir directos al asunto.
—Chino, nos irritas: el contrato de propiedad, que si no te sancochamos.
Ra tendía la mano.
Fu Chi Mi, hermético, les desafió con una mirada honda:
—¿Qué hacéis aquí? No queréis drogas ni nada exótico.
Imitó después:
—Queremos la barca y nada más, queremos la barca y nada más…
—Chino, te voy a dar una mano de hostias —rugió Ar, blandiendo el paraguas.
El otro se acurrucó como una rana, miró a ambos personajes y escupió:
—Debía haber adivinado ayer que erais unos chivatos.
—No lo somos —repuso digno Ra—: pero, tal y como están las cosas, no tienes más remedio que obedecernos. Y te lo repito: saldrás ganando si te avienes. De lo contrario, perderás todo lo que te pagaremos. Si no nos das el papel, te denunciamos. Si tratas de impedir que vayamos ahora a la Comisaria, te mandamos al otro barrio uno de los dos en defensa propia. Queremos comprar la barraca esta, simplemente.
Cobarde, Fu Chi Mi tiró al suelo el contrato y huyó.
—¡Hijos de perra! —gritó a los cincuenta metros, sin dejar de correr.
Se perdió en la sombra turbia, por entre los tenderetes donde los mercaderes trataban de vender chirimbolos típicos salmodiando su mercancía sin mirar de frente.
—A los yanquis no se lo dice —opinó Ar tras un suspiro.
—Lógico: como en el cuartel.
—Y nosotros no podemos ser hijos de perra.
—Imposible: no somos hijos de nadie. Somos conceptos extraviados.
Vencieron la mirada. El pantano en calma, apenas rozado junto al rompeolas por las embarcaciones que le pegaban caderazos al muelle, se alimentaba del torrente que vomitaba espuma de tarde en tarde, sin monotonía. Junto al agua de tonos glaucos, los sauces se despellejaban aburridos.
Ar y Ra tenían recién embarcados, en cajas de arpillera, los instrumentos. Ya no les impedía la ley iniciar la experiencia de los sueños tristes.
—Va a ser difícil —murmuró Ar, rompiendo una cuerda.
—¿Qué no lo es? —repuso Ra, mientras se quitaba la chaqueta y se remangaba.
La embarcación bailaba levemente. De vez en cuando se percibía un chapuzón de rana. Eso y un rascar de grillos era lo único que sonaba junto al agua invadida de tarde en tarde por el torrente asmático.
Los dos personajes desembalaban con cuidado el laboratorio portátil. El silencio humano les preocupaba.
—¿Tú te fías de los humildes orientales? —preguntó Ra, mientras desempolvaba un alambique.
—¡Qué pregunta! ¡Claro que no! Nadie es humilde, y nadie es oriental.
Pero la chanza sonaba como silbido de chaval miedoso en la oscuridad. Porque ambos, Ar y Ra, sabían que por allí cerca medraba gente de expresión incomprensible y de reacciones que nadie podría predecir.
—¿Qué nombre le ponemos al establecimiento?
—Algo solemne y melancólico.
Y la barca se llamó ADIÓS.
La reacción humana ante lo que ha ocurrido, ante lo que no se puede negar se delimita en la angustia. Dentro de la vida, de la existencia, porque vivir es saber que se vive y existir saber que además de vivir nos preocupamos de saber por qué, hay momentos en que el ente desacelera y, perdiendo los estribos, echa a un lado toda actividad para dormir. Sí: una palabra simple, pero rotunda.
Todo el mundo duerme. Y todo el mundo suele soñar, que es algo como un consuelo, como un llanto sin lágrimas. El otro día, anterior a una benévola pesadilla que le obligaba a Ra a ser despertado porque le iban a fusilar, y digo el otro día porque en lo onírico no hay calendarios. No hay fechas. Cualquier día puede ser un día cualquiera para soñar, para vivir algo que nos invade. Algo turbio que nos impide elegir. Y aquí caen por su propio pie las libertades de albedrío y demás sandeces jesuíticas. El otro día, no divago más…
Acabo de describir un sueño…
—Despierta, Ra —una mano movía el hombre del personaje.
—¡Tú me tienes manía! —El duermevela seguía con sus funciones de estupidizar. Después fue un choque momentáneo. La mente se dio cuenta. Lo onírico estaba terminado.
Ra tenía la frente empapada en sudor. Jadeaba como un lebrel. Al fin dijo:
—Menos mal. No es verdad todo aquello.
—¿Qué es aquello?
—Lo que he estado soñando. Pero, ya está bien. ¿Qué pasa?
—El primer cliente.
Ra se mordió una uña, desgreñóse el ya desgreñado cabello y le preguntó a su homónimo simétrico:
—¿Ya han picado?
—Vendrá esta tarde a las seis. Hay que terminar con uno de los camarotes.
Lo hicieron rápidamente. Acabaron de empalmar los tubos, de pintar las carátulas en el suelo y las paredes. Frente a cada lecho, los alambiques y las probetas milimetradas no tardaron en hacer cantar líquidos burbujeantes de expresivos colores que cambiaban con el tiempo, como caramelos. A la puerta, una vez traspasado el dintel sobre el que se leía en japonés:
SUEÑOS TRISTES
había un Buda inflado, carcajeante en mármol, tripudo, de un metro y medio de alto. De su tripa surgían maullidos extraños, modulados, que un magnetofón emitía.
Ar y Ra evitaban mirarse cuando aquellos sonidos prolongados, agónicos, alcanzaban su grado máximo. No podían evitar recordar que los habían grabado con tortura de estirones de rabo a su gato “Pirro”, que después de tan salvaje trato había elegido la independencia y huido de su lado. Ar captó a Ra un segundo. Se enjugaba una lágrima.
—Bueno, bueno —se arremangó y exhibió el brazo—: a nosotros no nos dejó impunes. Mira qué tatuaje de arañazos.
—Era tan bueno…
—¡Sí! —Se puso sardónico Ar—. ¡Cómo el chino!
—¿Tú crees que volverá?
—¡Que pregunta! ¿A ti te gustaría que te amarrasen frente a un micrófono y te tirasen del rabo para perpetuar tus gemidos de dolor?
—No tengo rabo.
—Pero algo parecido, sí. Juzga. Ya, ya sé que no estaba bien. Pero lo hizo en bien de la ciencia, del progreso y del bienestar de la Humanidad. Además, no le matamos. ¿Qué me dices de esos otros que sueltan ratas y monos en el espacio, para que agonicen, o les extraen las vísceras, o les inoculan enfermedades? “Pirro” eligió la libertad con su albedrío íntegro. Tal vez algún día perdone y vuelva a nosotros.
Y charlando estos pareceres, con un toque de precisión aquí, unos martillazos allá y una mano de pintura por lo bajo el ADIÓS MARU quedó instalado.
El perfume de sándalo, mezclado al del alquitrán, la gasolina y la moqueta terminaba el efecto misterioso y de lugar subrepticio tan necesario para el experimento.
Las tuberías sugerían ramas extrañas en las paredes ornadas de rostros melancólicos.
Podían leerse en las junturas, cerca del techo, máximas de desesperación, breves cuartetas budistas y afirmaciones cínicas en tres idiomas.
Ar se sentó en uno de los cajones vacíos y preguntó muy serio:
—¿Qué tal el sueño?
—Incoherente. Poco concreto. De sentido crítico y consciente. Consciente de que uno va a despertarse, ¿me entiendes? Consciente de que se está creando algo que no tiene más remedio que ser finito. Pero no te preocupes: la instalación estaba incompleta: faltaban los tubos, los alambiques y demás elementos de sugerencia.
Ar suspiro, se levantó y se sacudió las posaderas, sucias de polvillo de aserrín.
—Ten en cuenta —alzó un dedo amonestatorio que le hemos dado palabra a Fu Chi Mi de pagarle. Y que le prometemos al cliente sueños íntegros, perfectos, sugestivos y auténticamente tristes. Basta que haya un ápice, una milésima de segundo durante el cual surja un chispazo de consciencia, de percepción de lo artificioso, para que quien se preste al sueño se desilusione. Y sabes nuestro lema: el que no sale satisfecho, no paga.
—Funcionará —afirmó, rotundo, Ra.
—Es una locura. Pero si sirve para salvar a la Humanidad de sus torpezas y de sus vicios, será un descubrimiento que los siglos venideros rememorarán y agradecerán.
Salieron a cubierta. Hedían los pantanos que abrazaban como un rosario de charcas la rada casi hermética. La atmósfera caliginosa se enredaba en los juncales, en los árboles tísicos que parecían manos crispadas de gigantes enterrados vivos y en los postes de telégrafo que cubrían la carrera a lo largo del muelle.
Cerca del ADIÓS MARU un sampán atracaba. Los braceros andrajosos, nervudos, flacos, contemplaban en cuclillas y sin impaciencia aparente la maniobra.
Gritos secos, epilépticos, surgían sin hacer mella en la estolidez de la contrata de la garganta del capataz.
Una nube densa e hinchada se apoltronó frente al sol, contribuyendo a hacer lóbrega la escena. Surgían gemidos desesperados de niño de las casuchas acumuladas al buen tuntún, como dados salidos del cubilete divino.
Tres mujeres entecas, con medio pecho flácido al aire y el cargamento sobre el hombro trataban de que alguien les comprase el pescado que llevaban: peces aplastados, de mirada vítrea y angustiada y color de plata vieja.
—¡Dios, qué siniestro es esto! —murmuró Ra.
Y decidieron esperar al cliente en la cabina de mando, jugando al mus mano a mano.
Llegó el hombre al atardecer, que allí caía pronto, mirando hacia atrás con desconfianza. Ra, que avizoraba, dijo:
—Primera parte, excelente: cree que va a pecar. Su aspecto felino, su andar cauto y sus espaldas vencidas le denuncian. Comprueba que lleva dinero hurgándose el bolsillo. Está convencido de que va a cometer un acto reprochable socialmente. Ha entrado con buen pie, y el moro ha logrado convencerle con rara habilidad.
—Lo menos que podía esperarse de él. Nos costó los escasos ahorros de los últimos experimentos.
El moro era un ser repugnante, de rostro enviruelado, que iba buscando forasteros por las salas de fiestas y los teatros de candorosas marionetas con el fin de ofrecerles delicias inconfesables. Increíblemente, era proxeneta, aunque aquellos harapos humanos con los que trataba, hez carnal, no le iban a la zaga en lo repulsivo y maloliente. Solía ofrecer la droga a los aburridos, a los que veía en plan de juerga o a los que sabía ya adictos. Tenía una plantilla de ellos, pobres desgraciados vencidos a quienes explotaba de forma indecente. Después, les denunciaba a la Policía por unas monedas y su ganancia era doble. Sus confidencias no eran caras: le movía cierto extraño matiz del sadismo. Ar y Ra le habían tenido que elegir y pagar por sus servicios. Paradójicamente, aquel hombre despreciable iba a salvar a muchos de sus infelices clientes.
—¡Moro del infierno! —masculló Ar, sin poderlo remediar.
—¡Calla! —Le dio un golpe en el costado el otro—: ha sido útil. Mira la segunda fase favorable: el hombre duda. Aún no se atreve a entrar y finge distraerse ante el espectáculo de la descarga. Sin embargo, no para de echarle a la barcaza miradas furtivas.
—Eso es bueno: que esté convencido de que va a hacer algo malo. No tardará, en acercarse y entrar. Recíbele tú.
—A la orden —suspiro Ra, esbozando un gesto militar—. Siempre me cae el paquete a mí.
A Ra le había cargado el destino el mochuelo de la timidez.
Se instaló a la entrada del desembarcadero, con el bombín terciado, un tanto chulesco, no sin guardar colgado del codo el paraguas de contera envenenada. Nunca se sabía cuales podrían ser las reacciones de aquella gentuza.
El cliente era un mocetón pelirrojo, cuya apariencia sanguínea le hacía contraste a la mirada clara, ojerosa, melancólica. Se balanceaba como un oso, ora en un pie, ora en otro, junto a la barandilla que no podía reflejarse en el agua color orín. Tosió Ra, displicentemente, y le guiño un ojo cuando pudo captar la mirada ávida.
Ar, mientras tanto, le dio cuerda al magnetofón de la tripa del Buda, y los alaridos indignados de “Pirro” torturado cayeron sobre el muelle como una tentación.
El pelirrojo se decidió como los pacatos no acostumbrados: adoptando un aire feroz y pisando fuerte sobre el tablado que llevaba al cartel iluminado. Se paró, pensativo, ante las luminarias movedizas que enmarcaban lo que allí se vendía:
SUEÑOS TRISTES
Hizo avanzar su recia humanidad hacia Ra, que se quitaba la caspa de las solapas como disimulando mal. Peor que un actor consagrado, de los que sienten halago cuando se comenta de ellos que provocan ovaciones por llevar bien la capa o por quitarse el guante. Ra, no sólo era tímido: cuando se le ocupaba en asuntos de importancia solía convertirse en la quinta esencia de la cursilería.
—¿Qué se le ofrece, joven? —Se encaró con el recién llegado.
—Me llamo Hell —se frotaba las manazas el pelirrojo—. Y me manda Omar.
—Ya, ya. ¿Y bien?
—Pues venga a eso, a lo que él me dijo.
—Cuando quiera.
—Es muy caro. ¿No cree?
—Puede salirle gratis si después del experimento no está satisfecho. Aquí nos fiamos de la palabra del cliente —aseguró Ra, y añadió:
—¡Pase, leñe, no sea usted corto!
Los maullidos de “Pirro” llegaban en aquel momento, surgiendo del Buda, en la nota más alta, modulada y cabreada.
—Mi compañero va a hacerle el sicoanálisis previo.
—Y, ¿va a seguir sonando ese aullido inhumano? —El pelirrojo tenía el vello de los antebrazos erizado.
—Claro —aclaró Ra—: forma parte del.… del asunto. Sin él no hay nada. ¿Me hace el favor de pasar?
El pelirrojo le precedió en el pasillo estrecho. Estaba pálido. Las caratulas, los tubos entrelazados, el olor de templo mezclado al del agua estancada empezaban a marearle.
Pasaron a la sala de mando. Ar, solemne, conejil en la sonrisa bajo el bigote, encanallado en la expresión, dijo en tono funcional:
—Al grano, amigo. Vayamos a lo nuestro. Quiere usted probar nuestra recién inventada novedad dentro de lo que es el vicio, ¿no?
El pelirrojo balbuceó:
—Me llamo Hell. No es culpa mía. Vamos, que…
—Es un tanto patoso usted —se irguió Ar—: sin preámbulos, dígame cuál es su profesión.
—Soy oficial tornero.
—¿Estado civil? —extrajo Ar la pluma de ave mojada en el tintero de porcelana e hizo crujir los folios ásperos.
—Ninguno.
Ar se ajustó los quevedos y miró al cliente, extrañado. Tosió, miró de nuevo a la mirada clara, hundida y triste de Hell y afirmó:
—Eso es imposible.
—No, señor: yo me iba a casar con una chica. Era su marido en potencia. Pero me dejó plantado. Ya sabe usted lo maniáticas que son las mujeres. Y ahora le doy vueltas a lo del celibato, pero resulta que no me quiero casar con otra. No puedo. No me sale. Ni soy soltero, porque tengo grabado el recuerdo de la otra aquí —se dio un manotazo bajo el tupé color cobre—, ni le puede decir a otra que la quiero, porque sería mentira.
—¿Y a qué ha venido aquí?
—Pues no sé, bueno: si lo sé. A tener ese sueño triste que se me repite en el cerebro muchos días, pero no todos. Viene, me abraza y me dice: "Hell, a pesar de todos tus defectos, te adoro”. Es muy guapa, no crea.
—¿Quiere ser un poco más concreto en lo que al paisaje se refiere? —intervino Ra, mojando la pluma de nuevo y alzando una mirada inquisitoria a través de los quevedos.
—Pues… Pues sí. Hay un salón lleno de gente seca, que parece ciega. No se ven los unos a los otros. No lo compruebo, porque no me muevo. Estoy abrazado a ella y desde luego no me apetece nada separarme para ir preguntando uno por uno si ven o no. Hay una ventana con visillos, y a través de ella se ven nubes grises, tersas, y montes afilados. Llueve, y los cristales sollozan…
—Es usted un poco cursi —meneó el bombín Ar—. En fin: veremos lo que puede hacerse. ¿Has tomado nota, Ra?
—Lo hice.
—Que pase al salón-camarote número uno. Usted —se encaró con el pelirrojo— trate de dormir por todos los medios. La almohada es cómoda, el colchón adaptable y las mantas nuevas. Que lo disfrute.
Tosió el pelirrojo y se echó mano al bolsillo.
—¿Qué le adeudo?
—Nada, si no logramos que repita usted su sueño triste favorito. Si lo conseguimos, cinco dólares. Ahora, vaya a su camarote. Se hace tarde.
Ra le indicó el camino, le encerró en la estancia y volvió a darle cuerda al Buda, que emitió el alarido gatuno de rigor. Encendió también el sándalo y, de puntillas, volvió a la cabina de mando, donde Ar, meditabundo, barajaba y disponía los tantos.
—¡Por qué memeces se desesperan! —acusó, y, tras mirar los naipes, suspiró—: mus.
Dos horas después, en inútil pugna, Ar y Ra no se habían ganado un céntimo el uno al otro.
Aburridos, yacente la baraja sobre la mesa, uno de ellos garrapateaba dibujos sin sentido y el otro se hurgaba las uñas con el cortaplumas.
—Igual se ha muerto —echó un campanazo de voz.
—¡Caray, que ideas! —Se levantó Ra, acercándose al ventanuco. La anochecida era ya rotunda, y descansaba la vista el ver el juego chispeante de los faroles reflejados en el espejo sucio del agua.
El maullido de la tripa del Buda había agonizado tiempo atrás. No se habían molestado en renovarlo. Los ronquidos de Hell eran harto elocuentes. Habían cesado un par de minutos antes.
Por fin se oyó el mugido de los que se desperezan. Un pisar arrastrado después, un eructo y una tos.
—No puede negarse que está vivo —rió Ar.
—Hay que abrirle. —Ra cogió el manojo de llaves y atravesó el corredor, camino del salón-camarote número uno. Contra la puerta, los puños del pelirrojo empezaban a protestar.
—¡Eh! ¡Oigan!
—Ya va, ya va —decía Ra entre dientes, rutinario como un sereno.
Abrió. Despeinado, con la pupila enrojecida, surgió Hell de su encierro. Sonreía, vencido.
—¡Son ustedes maravillosos! ¡Mil gracias!
—¿Resultó?
—Resultó. La he vuelto a ver.
—Me alegro —Ra hizo una inclinación—: haga el favor de pasar por la oficina del establecimiento. Si está realmente satisfecho debe de abonarnos lo convenido y recoger el recibo correspondiente. Ante todo, queremos movernos dentro del terreno legal.
—De acuerdo. Y quiero que me acepten una propina.
—¿Nosotros? —Llevó las cejas hasta el tupé Ra—: No caballero. Lo tenemos terminantemente prohibido.
—¿Por quién? —se extrañó Hell—. Creí que eran propietarios capitalistas, y no funcionarios.
Ra juntó las yemas de los dedos, inclino la cabeza, dudó unos instantes y después dijo, solemne y vacilante, como quien le explica a un niño los procesos de la gestación femenina sin querer ocultar todo ni explicar demasiado:
—Nuestra existencia, señor Hell, no la tenemos aún determinada. Es más: no sabemos aún si existimos. Nos movemos, dentro del fluir de la materia capaz de percibir y de ser percibida, en una duda. Somos dos gotas de agua juntas que alternan las funciones de ser paternal o filial, generoso y agradecido, hermano mayor y hermano menor; soldado y oficial; jefe y subordinado. Todos estos principios vitales los llevamos de forma perfectamente cronometrada. Y ahora, en este segundo en que me toca a mí opinar, le diré que creo que somos simplemente frutos de una elucubración literaria que han tomado cuerpo. Y el sentido de la dignidad, en este momento en que le toca sensibilizarse a Ra, me dice que agradecemos su buena voluntad, pero que la limosna encubierta con que quería premiar nuestra labor no debe aceptarse de ningún modo.
El pelirrojo se había puesto del color de su cabello.
—Ustedes perdonen… No sabía que…
—Huelgan las excusas, señor Hell. Pase por la oficina situada a proa, pase por caja, hágase cargo del recibo y ya sabe que cuando quiera volver a soñar con su amada no tiene más que visitar nuestro establecimiento SUEÑOS TRISTES, situado en la barcaza ADIÓS MARU —se inclinó, comercial, con gesto de hortera bien adiestrado, Ra.
—Sí, señor —carraspeo el otro—. Hasta la próxima.
Tendió una manaza que Ra estrecho de forma seca y funcional.
El experimento había tenido éxito, y aquel pobre hombre volvería a su vicio, y comentaría el hecho con otros amigos que lo propagarían. Y no habría quien no tuviese la tentación de hallarse en situaciones oníricas que la vida activa les había negado o arrebatado.
Allí, en aquella cama que Ra hacía con mimo, silbando un arritmo de Erik Satie, habría de yacer viviendo sin vivir más de uno.
Pronto le podrían pagar al chino.
La Policía velaba. Y no tardo en presentarse en la embarcación-establecimiento de Ar y Ra. Precisamente por la mañana se habían preguntado ambos personajes por qué Fu Chi Mi no venía a recoger el dinero que le pertenecía, y que ya tenían recaudado con sobras. Hasta habían celebrado la salida del cliente que les había redondeado la fortuna tomando una merienda extraordinaria de arenques secos con ajenjo.
Todas las profesiones, sexos y clases humanas habían visitado el local. Cinco dólares no eran mucho en aquel barrio donde el contrabando estaba a la orden del día. Y allí iban a caer los defraudados, los desesperados, los fracasados, muchas veces con Hell el pelirrojo a la cabeza.
Los maullidos del gato, sobre todo los días de paga, parecían hacerse eternos dentro de la tripa del Buda. A veces no había sitio para todos, y las multitudes hacían cola para obtener su sueño triste y favorito. Ar y Ra se alternaban en la rutina del sicoanálisis y la caja, que nunca estaba vacía. A nadie se le ocurría timarles diciendo que no habían logrado el sueño exacto, porque querían volver.
Eufóricos por el éxito, Ar y Ra jugaban una entretenida justa de mus con alarde de faroles cuando entró el comisario con su ayudante.
—Quedan ustedes detenidos —fue lo que oyeron a sus espaldas. Y Ar, a quien tocaba opinar, dijo:
—¿En la escuela de Policía no les enseñan a llamar a las puertas ajenas y a desear las buenas tardes a quienes se visita?
—En este caso, no: traigo una orden judicial. Quiero registrarlo todo. ¡Cho Cho Lo! —ordenó al acólito— ¡investiga!
Lanzó sobre la mesa un papel de cebolla invadido de ideogramas.
—No hace falta —rechazó Ra el escrito—: no lo comprendo, pero por su actitud sospecho que tiene usted razón porque si, y porque si insinuamos que no la tiene nos va a pegar dos tiros. Uno a cada uno, porque las balas están caras. El comisario era una estatua tallada en pellejo curtido. Bajo las cejas delineadas, dos alfilerazos de pupilas sin párpado se habían eternizado.
—Aquí hay fraude y droga. Yo lo sé. Y viene mucha gente. Demasiada. Tendrán que pasar por el Juzgado de Estupefacientes.
—¿Se han quejado los otros de la falta de clientela?
La mirada de cobra del policía se enfureció aún más.
—Puede enfadarse todo lo que quiera —se puso serio Ar—, pero desde ahora le brindo la ocasión de rectificar: no le vamos a pasar ninguna clase de diezmos por hacer la vista gorda. Aquí no hay droga.
—Hay líquidos, camas y ruidos. Lo que se fuma en pipa se puede tragar por tubos.
—¡Vaya experiencia! —Se levantaron Ar y Ra al unísono y cogieron sus paraguas por cautela—. Sepa —añadió Ar— que si su amigo nos rompe algo de la instalación le van a degradar a él y a usted, si no les condenan al eufémico ostracismo que tanto se fabrica por aquí.
—Mi amigo no romperá nada. Es médico forense obligatorio, técnico obligatorio, químico obligatorio e investigador voluntario.
—Ya. Un abnegado hijo de la ciencia —ironizó Ra—. Un cerebrito, vamos.
Cho Lo volvía con su carnet oficial, que contenía unos signos que enseñó a su jefe.
—Nada —hizo el informe secamente—: tubos vacíos sin fluido interior. Agua con colorante en los alambiques, inofensiva. Pintura que no puede ser dañina por el olfato. Música indescifrable, pero que no contamina el oído. Camas legales y sistema de lavabos y servicios higiénicos constitucionales. Todo en orden.
El comisario arrugó el folleto, se lo metió en un bolsillo con mano temblorosa y amenazó:
—¡Les cazaré! ¡Sea como sea, les cazaré!
Ar y Ra se miraron, y fue el primero quien intervino:
—Con toda confianza y con todo respeto le pide a usted esta persona que tomen asiento y que nos escuchen.
Ambos funcionarios recuperaron la calma, se consultaron a su vez y decidieron acomodarse, si eso puede llamársele a doblarse sobre el borde de un sofá, y su pusieron a la expectativa.
—Miren ustedes: todo nuestro experimento, toda nuestra instalación, no son sino puro altruismo. Aquí vendían drogas y hetairas Fu Chi Mi, a quien conocen mejor que nosotros, y no disimulen. Le estamos esperando para pagarle lo que le debemos por el traspaso de la barcaza, y puede usted decirle que no le tenemos rencor por habernos denunciado.
—¿Es que saben?… —se extrañó el comisario.
—Mejor aún: intuimos. También perdonamos a Omar, el moro, a pesar de que estamos convencidos de que se ha chivado como el otro. Están a su disposición los honorarios que ha merecido, aunque la palabra en cuestión debería ser inaplicable a los granujas de su calibre. Ahora, con toda sinceridad, les dijeron que teníamos aquí, en el ADIÓS MARU, un salón para drogadictos, ¿no?
—Sí, así es —confesó tras un silencio el comisario. El científico era una estatua muda junto a él.
—Pues aquí tenemos todo lo contrario, señores —meneó el bombín Ra—: quiero que lleguen a comprender que mi clientela es tan pura como la que pasa la noche en una pensión cualquiera, sólo que la pasa pocas horas y sin compañía. Se limita a dormir soñando con lo que desea a la hora que quiere. Escúcheme: el hombre es un terrible masoquista mental. Lo que los estoicos confirmaron con el cuerpo, lo ratificaron hace dos siglos los románticos. Y tal tendencia sigue vigente ahora, en pleno siglo veintiuno. No se ha evolucionado en ese sentido y se siguen padeciendo nostalgias y amarguras con inconfesable placer. El sufrimiento suele ser una exigencia urgente, y aquí vienen a pasarlo mal unas horas los estudiantes que no se licenciaron, los marinos sin buque, los enamorados sin esperanza, los ciegos de quienes la ciencia no se ha ocupado y los feos a quienes sus congéneres desdeñan u ofenden con caridades insolentes.
—Y, ¿qué salen ganando con eso? —inquirió, como resucitando, el científico Cho Cho Lo.
—Muy sencillo —explicó Ar—: mitigan sus angustias sin envenenarse en esos fumaderos que ustedes y sus respectivas carteras conocen mejor que nosotros. Creen que pecan sin pecar gracias a un escenario adecuado que suscita el sentimiento de pecado, de acción prohibitiva.
—Pero yo no puedo creer que, sin un preparado especial, se puedan tener los sueños que uno desee —alzó una mano despreciativa el comisario.
—Hay un preparado especial, pero no se fabrica en los laboratorios, señores. Es una facultad innata que nos preña el cerebro sin que podamos aprenderla ni definirla, y mucho menos hacerla huir.
—¿Se llama?
—Esperanza. No se logra martirizando bichos en los centros de investigación…
Y en aquel momento sonó un maullido, pero no colérico: un maullido de hambre.
—Se les ha estropeado el magnetofón —insinuó el científico, y se apresuró a añadir—: les aseguro que no es culpa mía.
—¡Ya lo creo que no! —Echó su carcajada sardónica Ra—. ¿Tienen la bondad de mirar a su espalda?
En el umbral de la cabina de mando del ADIÓS MARU había un gato morrongo, orejigacho, de color amarillento, que avanzaba hacia Ar y Ra dando renqueos.
—¿Qué soñaste esta noche, Ar? —inquirió su simétrico.
—Que el gato “Pirro” volvía a casa. ¿Y tú?
—Lo mismo. Un fluir del torrente espasmódico hizo que la sede de los sueños tristes se balancease un tanto, cadenciosa como la lujuria. Volvió el gato a maullar y ambos personajes se encararon, jubilosos, con los asombrados policías:
—¿Lo ven?