País Relato - Autores

rafael castleman

los otros seres

Muchas veces, en la penumbra de una alcoba donde un espejo lanza destellos grises, nos quedamos quietos, hipnotizados, sentados en el borde de una cama que no nos atrae. Los toscos dibujos de la alfombra acaban por no tener continuidad, ni sentido. Una madera cruje, un lejano ronquido se alza como una protesta del sueño y todo cae en un mínimo éxtasis donde al alma se le permite entrar un momento, un escaso momento. Las sombras, de tan quietas parecen bailar, y los sudarios ahorcados en serie de la ropa de los vecinos toman aliento y vida, y hasta ríen al saberse libres de la carne que tienen que contener cuando el alba tosa con voz de gallo.
—oOo—
A mí me ha pasado. Pensadlo.
Me desperté un día con un mágico despertador: un trueno. La chispa había roto los cables de la luz y tuve que proveerme de una vela para alumbrar. La alcoba estaba cárdena y las sombras se escondían buscando telarañas o escorzos de pared resquebrajada. Repercutían en el silencio ululares de búho, oración animal antes de acostarse, y una campana le llevaba el contrapunto con ronquidos cansados.
Abrí la ventana. Burros con alforjas plateadas pisaban los adoquines poco a poco, dejando sombras largas junto a la fuente donde habían abrevado, y una nube que se negaba a desprenderse del mar se estiraba, llevada por una estrella agonizante, la última tal vez.
Los pájaros tocaban diana.
Todo sucedió en un segundo. Hasta entonces yo me encontraba perfectamente normal, aunque dotado de cierta ingravidez. No me afectaban los bostezos de rigor, ni la pesadez anímica que sucede al sueño. Me abroché el pijama, porque aún dominaba la fresca, y estuve unos segundos apoyado en la barandilla observando el verdosear y orgullo de pino frío.
Me lavé y me vestí. Algo decía en el fondo de mi subconsciente que vivía otra vida, que flotaba en una esfera ajena y que mis moléculas no me pertenecían. Tenía la misma sensación anímica de alguien que estrena ropa nueva, pero referida a mi cuerpo.
Había huido la angustia, tantas veces cebada en mí. Había desaparecido el odio ajeno, opio de mi resentimiento, y la úlcera de la decepción era ya algo tan lejano que me era imposible concebirla. Y me dije: ¿Es esto la felicidad, la deseada huida, la muerte del problema, el mito del filósofo desconocido, oculto y pateado? ¿Se trata de la soñada ataraxia que sume a la inteligencia allá en lo más hondo de un valle limpio veteado de arroyos sin malicia de torrente?
Después, una voz interna me riñó:
—¡Calla! ¡Y no pienses más cursiladas!
No respondí, porque tenía razón. Me rasqué la calva, tosí y escupí. Sin embargo, sentía aún la alegría del despertar, el ansia de una vida nueva, tranquila y despreocupada. El duende del cinismo me sacaba la lengua desde lo más hondo de mi inteligencia, con muecas rebeldes. Sonreí a pesar mío, y quise ver mi sonrisa nueva de ser escapado.
Me acerqué al espejo. Pero el cristal, pese a que lo intenté en infinitas posturas, no me devolvió imagen alguna. Me puse cabeza abajo, torcí el cuello hasta el límite posible e hice posturas de cerca y de lejos.
El espejo permanecía virgen. Y, dado mi estado de ánimo, me encogí de hombros y salí de la casa bajando los escalones de tres en tres y consiguiendo ser poeta cada vez que franqueaba un tramo. Me volaban en el cerebro parábolas de Omar Khayyann, el epicúreo, y sensatas sentencias de un Cristo olvidado.
—oOo—
Vi un árbol. Era una hermosa encina que concedía oscuridad a una arena turbia. El amanecer se había aposentado en sus hojas altas y sus raíces parecían cepas medio desprendidas de la tierra, como muelas de viejo. Bajo él se hallaba un hombre con boina y barbas. Parecía mirar al infinito con mirada al tiempo, clara y sanguínea.
—Buenos días —le dije.
—Buenos días —repuso.
—¿Poeta?
—No. Mendigo, que es lo mismo.
Le eché una moneda en el plato, y me miró ofendido.
—¡No ensucie el plato de mi perro!
—¿No dijo usted que…?
—¡Yo sólo mendigo ideas!
Me fui, seguido de una mirada de desprecio de aquel hombre. Todo aquello resultaba alucinante. El paisaje cambiaba de color segundo a segundo, la haya era sustituida por el olivo, la menta por la ortiga y el trébol por la cizaña.
Me encontré con una vieja de rostro cuarteado y artesanado de arrugas. Sentada en una peña como si formase parte de ella, lucia en su luto, musgo apretado y anárquico.
—Buenas tardes —me dijo.
—Buenas tardes —el horizonte tosía ya nubes rojas—. ¿Mirando el panorama?
—No. Aquí, en el infierno.
Perplejo, contesté:
—¿Por qué?
—Por virgen fanática. Por creer sólo en el sexto mandamiento.
—¿Hasta cuándo?
—No sé. No puedo encogerme de hombros.
—oOo—
Cierta conciencia me llevaba a pensar. Cogitaba sin querer. Todo lo que estaba sucediendo no era lógico, y algo me decía que debía huir de aquellos otros seres extraños a mi vida. Vivía en otra esfera nula y loca.
Me eché la mano al corazón. No latía.
Sin embargo, el páramo que entonces contemplaba era real, como las zarzas que le preñaban. Y mi pensamiento seguía siendo auténtico, auténtico hasta lo obsesivo.
Quise rechazarlo, pero permanecía allí en mi mente sin que poder alguno pudiese expulsar a las fuerzas que le movían. Contemplé con envidia a los hongos efímeros, a la hiedra abrazada a una valla de piedra, y decidí volver a casa.
Tardé poco. Me esperaban los mismos cuatro pisos, el olor a lejía de la escalera recién lavada y el quejido de la cerradura que rechinaba como si la violasen.
Encendí la luz, que alguien había ya arreglado, y vi con asombro que un bulto dormía en mi cama. Indignado, le así del hombro y le sacudí.
—¡Oiga! ¡Despierte! ¡Oiga!
No reaccionaba.
—¡Yo duermo aquí! ¡Despierte!
Una de las sacudidas hizo que volviera el rostro, y me dio una naúsea de desesperación el comprobar que era yo mismo quien allí yacía. Era mi rostro, mi pijama, mi calva…
—¡Despierta, por favor! —La confianza recién adquirida me hacía tutearle—. ¡Despierta!
Traté de mirarme en el espejo, que de nuevo se negó a devolverme mi imagen. Y fue entonces cuando oí como alguien reía a mi espalda.
La vieja virgen, con su atavio de musgo, y el poeta, con boina, llenaban el aire de carcajadas mientras me señalaban con el dedo en actitud de burla.
—¿Pasa algo? —Me engallé.
—¡Sí! —El de la boina se secaba una lágrima de risa—. ¡Está muerto!
Me miré en mi lecho de muerte, con aquel pijama grotesco y con aquel gesto de definitivo asombro y no pude evitar convertirme también en un ser extraño gracias a una brutal carcajada.