País Relato - Autores

óscar hernández-campano

¿y si da?

Mauro no aguantaba sentado ni un minuto más. Se frotaba las manos sudorosas. Sudor frío. Se levantó y caminó por la sala de espera, mirando de forma nerviosa la puerta, mirándola de reojo, aquella puerta tras la cual se ocultaba su vida, su libertad, su salud.
Había llegado de su Rosario natal cinco años antes, al cumplir los dieciocho. La opulenta Europa reclamaba mano de obra fresca para construir sus apartamentos, trabajar sus campos, servir a sus ciudadanos. Y Mauro tenía familia aquí. Y el idioma era el mismo. Y era gay. La próspera Europa le ofrecía futuro y libertad.
Nada más llegar entró a trabajar en una empresa constructora, de peón, como la mayoría. Doce horas al día cargando ladrillos, sacos de cemento y luciendo muros al sol del Mediterráneo transformaron a Mauro en un adonis absolutamente delicioso. Y seguía siendo tan ingenuo…
Su tía le preguntaba cada noche, mientras observaba como su sobrino, el hijo de su hermana pequeña, devoraba la cena, si tenía ya alguna amiga especial, si ahorraba algo de la plata que le quedaba después de descontar la parte del alquiler y los gastos de manutención, si pensaba estudiar el próximo año… Mauro asentía y por la noche, tras la ducha reparadora, pensaba en el nuevo aparejador de la empresa: David, treinta años, alto, guapo, triunfador. Y se daba la vuelta espantando aquellas quimeras de su mente. Y dormía sin tener fuerzas ni para soñar.
David necesitaba varios peones para terminar el chalet de un amigo. Un agente inmobiliario importante, de esos que hacían cientos de pisos al año y ganaban dinero de forma exponencial mientras la fantasía del ladrillo dio de sí. Uno de los peones fue Mauro.
El chalet, como todo chalet de lujo, estaba a una hora en coche desde el centro. Los currantes iban en una furgoneta blanca, algo desvencijada por el uso. David, en su berlina de cincuenta mil euros. Un día había que cambiar un azulejo torcido. Y Mauro fue el elegido. Los demás se marcharon porque David llevaría a Mauro a su casa en cuanto acabara el arreglo.
No salieron del chalet. Las miradas extraviadas de los meses anteriores devinieron en comentarios sugerentes, sonrisas insinuantes, tocamientos casuales y sexo en el suelo de madera de roble francés del salón. La pasión desenfrenada llevó a Mauro y a David a no usar protección. Irónico para un aparejador al que sus enemigos apodaban Calimero por llevar perennemente el casco de obra allá donde fuese.
Sus citas, convenidas y pretextadas en base a un arreglo de última hora, un remate en el salón o un azulejo picado en la cocina, los arrastraron a un rosario de coitos entre el polvo de la obra, a felaciones en la berlina de cincuenta mil euros con asientos reclinables y calefactados y a encuentros apasionados en el loft de David, quien había decorado su hogar con láminas de Audrey Hepburn y de Natalie Wood.
Un sábado David lo invitó a cenar: marisco, Dom Pérignon, una rosa en un vaso de cristal de Bohemia, una vela aquí y otra allá. Conversación ligera, baño de espuma, besos y ardor. Y a Mauro se le ocurrió preguntar: «¿Por qué no nos ponemos un condón?».
David sonrió y sin contestar montó sobre Mauro.
La crisis de la burbuja inmobiliaria llegó a los nueve meses del primer polvo allá en el chalet que ya estaba embargado. Con ella David desapareció y Mauro se quedó en el paro. Unas semanas después un mensaje apareció en su teléfono: «Hazte las pruebas de VIH. Me ha dado positivo. Lo siento. David».
Mauro telefoneó hasta desgastar los números, pero David nunca respondió. Como cuando se fue arrastrado por el tsunami inmobiliario. Pensaba en él mientras le sudaban las manos esperando el resultado de las pruebas. «¿Y si da?», se preguntaba cuando la puerta se abrió y alguien pronunció su nombre.