País Relato - Autores

óscar hernández-campano

viaje al arcadia

«Y la vida, contigo, solamente, corazón», escribió en el encerado, tras lo cual dejó caer la tiza sobre la repisa de la pizarra, repleta a esas horas de trozos inservibles, un viejo borrador y un pequeño desierto blanquecino. Se volvió hacia sus alumnos mientras sus dedos acariciaban los restos de polvo por última vez en su vida.
Los estudiantes lo miraban en silencio. Apenas restaban un par de minutos para que sonara el timbre. Era su última lección, su último día de clase, su último curso. Había llegado su final como profesor. Lo había alcanzado la ansiada y temida jubilación. Erundino Aznar Ulibarri pronunciaba sus últimas enseñanzas. Su extensa vida laboral tocaba a su fin. Y acabó refiriendo algunos datos sobre el poeta autor del verso que quedaría en la pizarra hasta que un borrador se lo llevase por delante, inmisericorde, aséptico, como una ola de mar que borrase un «te quiero» escrito en la arena.
Tras arrojar una mirada colmada de cariño a aquel grupo de adolescentes con el que había disfrutado tanto y aprendido aun algunas lecciones vitales, les deseó buena suerte a todos en la selectividad y dio por concluida la clase, el curso y su carrera docente.
El silencio se trocó en rumor de comentarios, libros y cuadernos cerrándose, tamborileo de lápices y bolígrafos sobre los pupitres, chirridos de sillas y rugidos de cremalleras de estuches y mochilas. En un minuto el aula empezó a vaciarse y el vocerío se alejó pasillo abajo, amplificado por el eco del corredor. Erundino guardaba con paciencia y delicadeza su libro de texto y el cuaderno de notas en aquella cartera de piel que lo había acompañado fielmente durante más de treinta años. Mientras pasaba la hebilla rememoró el día en el que quien fuera jefe del Seminario de Literatura cuando él llegó asignado a aquel instituto, y luego devino mentor y amigo —don Antonio lo llamaban todos, él incluido—, le regaló aquella cartera el día de su jubilación. «Ha estado conmigo desde que terminé la universidad», le explicó don Antonio a un conmovido Erundino en la soledad del Seminario de Literatura. «Me la regalaron mis padres y, mire, Erundino —añadió, empeñado hasta el final en tratarlo de usted, pese a la diferencia de edad y al cambio de los tiempos—, mandaron grabar una D y una A», le susurró como si desvelara un viejo secreto, señalándole las de sobra conocidas iniciales de la tapa de la cartera al tiempo que le sonreía por encima de las gafas, con aquellos ojillos azulados, empequeñecidos y nublados ya por la edad. «Don Antonio. Este será tu nombre desde hoy. Eso me dijo mi padre», agregó el viejo profesor a la explicación, haciéndole entrega de la vetusta cartera a su nuevo dueño. Erundino sonrió; siempre había creído que aquellas letras correspondían a «Díaz Antonio», apellido y nombre del catedrático.
Muchos años después, en los momentos postreros de su vida como profesor, Erundino volvió a sonreír, aunque el mohín resultaba desacompasado con lo que expresaba su rostro, ya que sus ojos se habían humedecido. La sombra de una presencia distrajo al profesor y lo sustrajo de las melancolías. Uno de sus alumnos, Wilson, lo miraba desde el otro lado de la mesa.
—Erun, mi padre quiere saber si mañana irás a la barbería —le dijo usando el hipocorístico que los profesores y estudiantes utilizaban con él desde hacía años, tuteándolo además, como era lo habitual desde los años ochenta, con el acento meloso, la mirada dulce y la postura tan desenfadada como ensayada mil veces ante el espejo por el adolescente que se sabe atractivo.
—Sí, sí. Tengo que arreglarme esta pelambrera —respondió al fin el profesor, cuando su mente emergió de la maraña de recuerdos en que se había sumido y comprendió que, al día siguiente, pese a ser jueves, ya no volvería a dar clase porque ya sería un hombre jubilado y el tiempo estaría a su entera disposición, como un océano entero por el que navegar.
—Bien. Se lo diré. Ah, y enhorabuena por la jubilación —añadió Wilson, sonriéndole e iluminando el aula—. ¿Qué vas a hacer a partir de ahora?
Aquella era la pregunta que más temía Erundino. No porque no tuviera respuesta; llevaba dos cursos contestando con diferentes aunque parecidas frases a los colegas que, a la vista de su próxima jubilación, le arrojaban la gran cuestión. No recelaba por eso. Había anunciado varios viajes, pronosticado numerosas actividades y enumerado incontables libros que quería leer. Sin embargo, le asustaba decir la verdad, explicar que iba a encerrarse horas y horas en su casa para dar rienda suelta a la pasión secreta que exigía tiempo y dedicación y que, hasta entonces, había ido relegando a pequeños ratos de madrugada o de fin de semana. Una vez hubo fallecido su madre, a la que él cuidó durante su vejez, como correspondía al hijo soltero y más cercano —su única hermana vivía en Alemania—, tuvo más oportunidades de hacer lo que le pedía el cuerpo. No obstante, su sentido del deber, los numerosos exámenes, controles o ejercicios que debía corregir, las juntas del equipo docente de ese grupo de atención individualizada del que se había hecho cargo como favor a Enrique, el director, que se lo había pedido por su buena sintonía con los estudiantes, las reuniones de jefes de departamentos didácticos, los claustros o las maratonianas sesiones de evaluación se lo habían impedido. Todos aquellos huecos ocupados en su agenda se borraban de improviso, desaparecían, se difuminaban, y en su lugar quedaba una página en blanco, un cuaderno entero en blanco, un par de décadas o tres —siendo optimistas— que debía rellenar y que sabía cómo hacerlo.
Diferente cuestión era responder con sinceridad a la pregunta sobre cómo ocupar el páramo de su jubilación. Contestar con la verdad era un escollo en una conversación que en los últimos meses se había vuelto tan recurrente como incómoda.
Erundino miró al muchacho, que esperaba con su perenne sonrisa encantadora, se encogió de hombros y dijo:
—Todo lo que he ido postergando durante estos años.
Al salir de clase, con Wilson tras él, se encontró con un pasillo atestado de alumnos y profesores que, abriéndole un estrecho corredor, prorrumpieron en aplausos. Erundino, conmovido, abrazó su cartera y sonrió a diestra y siniestra mientras reconocía los rostros de alumnos de todos los cursos, mezclados con parte del equipo docente. Al fondo, esperándolo junto a la puerta de la sala de profesores, Enrique, el director desde hacía diez años, daba sonoras palmadas que retumbaban por encima de la ovación de los estudiantes. Cuando Erundino alcanzó a su jefe, este abrazó al recién jubilado profesor y, desde el quicio de la puerta, volviéndose hacia la comunidad educativa, ordenó con un gesto de sus manos y una mueca de su cara que se disolvieran de inmediato y regresaran a sus clases y obligaciones respectivas.
Ya en el sanctasanctórum del profesorado, Erundino vivió una jornada llena de sorpresas y de los consabidos homenajes que los compañeros de profesión acostumbran a ofrecer a los colegas que, como se dice en el argot docente, pasan a mejor vida. A los discursos del director, jefa de estudios, compañeros del departamento y otros docentes —todos adornados con incontables palabras de cariño, anécdotas casi olvidadas y chascarrillos que hubiera sido preferible mantener en el olvido—, los siguió la proyección de montajes de vídeo y PowerPoint con fotografías del homenajeado en diferentes lugares y épocas. Erundino presenció con emoción contenida el visionado de instantáneas de hacía más de veinte años, en las que lucía el doble de pelo y la mitad de kilos, en el viejo edificio del instituto Calderón de la Barca, mucho más acogedor y funcional que el nuevo complejo educativo: frío y horroroso, diseñado por alguien ajeno a la docencia y amante del hormigón armado como elemento decorativo y aprobado por el político de turno, cuyo nombre, orlado por grecas doradas, presidía la placa conmemorativa en el vestíbulo del centro.
Repasaron fotos de diferentes viajes y excursiones, en las que se reconoció a duras penas entre montones de caras adolescentes que ya habrían cruzado la barrera de la cuarentena. Conforme pasaban los vídeos asistió a su propio envejecimiento hasta que su imagen se identificó en las últimas presentaciones, acompañadas de una pieza de Schubert como banda sonora, con la apariencia de sí mismo que le devolvía el espejo cada mañana. Hacia el final, y en ese momento no pudo ya reprimir el llanto, contempló una fotografía en la que posaba junto a un alumno fallecido tres años antes, víctima de una agresión homófoba que nadie pudo o supo evitar.
Tras otra tanda de vídeos tan conmovedores como soporíferos, vinieron los regalos: algunos libros, una maleta para que emprendiera sus viajes pospuestos y una tarjeta regalo de unos grandes almacenes por valor de quinientos euros puestos a escote entre todo el claustro de profesores.
Erundino entró en casa a las nueve menos cuarto de la noche. Dejó las llaves sobre el mueble del recibidor y arrastró los pies y la maleta hasta su cuarto. La cartera hizo un ruido seco al caer sobre su escritorio y los muelles de la cama mugieron al sentarse. Luego, un poco de silencio. Después, el llanto desconsolado de quien siente un vértigo inevitable.
***
La puerta de la barbería de caballeros Raimundo Echegaray tenía una campanilla que sonaba con estruendo cada vez que entraba o salía alguien, alterando con aquella fanfarria metálica la atmósfera de calma y sosiego que su propietario, un hombre de pulso de acero y largas patillas canosas, había creado para sus clientes. La radio emitía solo música clásica, preferiblemente piezas de Chopin y alguna sinfonía de Malher, a un volumen propio de hilo musical. El aire olía a espuma de afeitar, masaje y otros afeites masculinos que retrotraían la memoria a otras épocas. El mobiliario era austero, recio y sencillo. Un par de amplios espejos colmaban toda la pared derecha y una pila de baño esperaba impoluta al fondo. Un ambiente así atrajo a Erundino en cuanto conoció el local del joven barbero recién llegado desde América, hacía ya años. Desde entonces, viéndose envejecer juntos frente al espejo, no había faltado casi nunca a su cita semanal.
La campanilla sonó otra vez. Raimundo ni se inmutó. Tenía la hoja sobre la nuez del profesor jubilado. Solo se fijó durante un instante en el cuarto izquierdo de su campo de visión, el que enfocaba al espejo. Su mirada identificó al instante la silueta de su hijo, que entraba. Redirigió su atención entonces a la cuchilla y al cuello de Erundino, y la deslizó suavemente hacia abajo.
—Tiene mal aspecto, profesor —masculló el barbero, mientras le apuraba el gaznate a su cliente.
—He dormido poquísimo —respondió al cabo Erundino, cuando el peluquero retiró la cuchilla de su cuello y sintió que podía mover la garganta sin temor.
—¿Fue una gran fiesta? —insistió Raimundo.
—No, en absoluto. Lo normal. Un pequeño homenaje organizado por mis compañeros. A las nueve estaba en casa. Pero no he podido pegar ojo —reconoció el profesor, observando en su reflejo las ojeras que delataban su cansancio.
—Eso es por la emoción, compadre —dedujo el barbero, procediendo luego a limpiar los restos de espuma y colocando sobre el rostro de Erundino un paño caliente.
El aludido sintió el calor de la toalla húmeda y cerró los ojos. Se dejó envolver por aquella sensación y, recostado como estaba, se sumergió en la memoria de la noche anterior.
Había llorado un rato. Pero después se levantó y se duchó con agua fría. Arrebujado en su albornoz, se había sentado al ordenador. Revisó las fotografías que le habían regalado sus ya excompañeros en un lápiz de memoria y se detuvo largo rato en la del muchacho asesinado. Lo había conocido en primero de la ESO. Fue su tutor en segundo y le dio clases toda la secundaria. En bachillerato se hicieron amigos. Lo había visto crecer, madurar y florecer. Porque aquel adolescente había florecido. Se hizo alto, guapo y se llenó de color. Desarrolló lo que el diccionario de la Academia recoge como decimocuarta acepción de la palabra pluma y la mostró por doquier con alegría y dignidad. Era buen estudiante y mejor persona. Atesoraba incontables amigos, aunque le bastó un solo enemigo para morir.
Un homófobo surgió de las sombras y organizó un pequeño ejército infectado de su irracional odio. Las pintadas con insultos y los problemas de convivencia no tardaron en aparecer. Los discursos equidistantes irrumpieron legitimando los ataques y culpabilizando a la víctima. Erundino hizo todo lo que pudo para detener aquella deriva. Se sentía muy cercano al muchacho, con quien compartía orientación, aunque en su caso en secreto. Logró que se amonestara a quienes lo insultaban, organizó entrevistas con las familias de los acosadores, consiguió involucrar al Departamento
de Orientación para que mediase y diese charlas sobre respeto y diversidad afectivo-sexual. Sin embargo, el odio injustificado es difícil de erradicar. El perímetro del centro había sido ya desbordado por la homofobia y más allá de sus muros el profesorado o no podía hacer nada o se inhibía.
Un día, al salir de clase, de camino a casa, un grupo rodeó al muchacho y le dio una paliza. Eso llevó a Erundino a convertirse en su sombra. Lo iba a buscar a su casa en coche y lo devolvía a su portal cuando acababan las clases. Consiguió darle paz durante unos meses. Parecía que las cosas se calmaban. Él seguía sonriendo, aunque había perdido color; había empezado a censurarse. Erundino no le dijo que lo había notado, que veía que vestía más discreto, que modulaba la voz, que estaba rígido, que domaba sus movimientos y sus gestos naturales. Comprendía los motivos, pero lo interpretó como una victoria del odio. Confiaba en que con el tiempo recuperaría su esplendor. Por desgracia, no le dio tiempo.
Por aquella época, doña Anacleta, la madre de Erundino, enfermó. El resfriado devino neumonía y esta se complicó. Fue su último ingreso hospitalario y fue doblemente fatal. El profesor tuvo que faltar dos días a clase. Habló con otro profesor para que pasara a recoger a su alumno. El primer día cumplió, pero el segundo puso un pretexto. El muchacho dijo que no había problema, que no se preocupara, que iría a pie. Entonces, de regreso a casa lo emboscaron. Una patada en la cabeza, un mal golpe, unos días en cuidados intensivos y un pronóstico irreversible. En total, Erundino pasó una semana en el hospital. Su madre había fallecido al día y medio de ingresar. El resto del tiempo lo pasó velando a aquel muchacho. Sentía que le había fallado. Aunque lloró desconsoladamente durante el funeral de su madre, su dolor encontraba la causa en aquel joven que ya no iba a sonreír más. Doña Anacleta había vivido casi noventa años y, desde hacía unos cuantos, solo hablaba de reunirse con el Creador. Le dio pena, por supuesto, pero no habría llorado de aquella forma tan sentida de no darse aquellas circunstancias. Aunque eso no pudo explicárselo a nadie.
Después de ver las fotos había ido al cuarto de su madre y había procedido a vestirse como le gustaba de verdad. Abrió el armario, el cajón de la ropa interior y se puso unas bonitas bragas de encaje. Eligió un sostén a juego y lo rellenó con unos calcetines. Se sentó para enfundarse las medias y escogió un bonito vestido color marfil. Los zapatos de tacón estilizaron sus piernas y glúteos. Se sentó en el tocador tras observarse en el espejo de cuerpo entero y se maquilló. Las sombras de ojos en azul cielo, los labios en gris con borde bermellón, los pómulos marcados y, para acabar, los ojos delineados con una orla fina e intensa de color negro. Rebuscó en el joyero y se puso las perlas en los lóbulos y en el cuello. Por último, la peluca. Eligió la grande, la rubia con el mechón castaño. Cuando se vio perfecta, caminó hasta el tocadiscos. Puso el de grandes éxitos de Rocío Jurado y, cogiendo un mando a distancia a modo de micrófono, se dejó llevar.
***
Antes de fallecer su madre, no podía travestirse más que en contadas ocasiones. Aprovechaba cuando la anciana estaba hasta las cejas de tranquilizantes y dormida como un lirón o de madrugada, aunque entonces hacía el playback en silencio, cantaba en susurros y se ponía auriculares. Fue adquiriendo la ropa femenina poco a poco, en grandes almacenes y siempre pidiendo que se lo envolvieran para regalo. A veces se inventaba una esposa para poder consultar con las dependientas detalles y calidades. Con el tiempo había acumulado un armario lleno de vestidos, lencería, productos de maquillaje, joyas y pelucas que apenas se ponía. Sin embargo, cuando lo hacía, cuando disponía de un par de horas de soledad e intimidad, sentía una plenitud que lo desbordaba. Era lo más parecido a la felicidad que había conocido. Por eso, al morir su madre, vació aquellos armarios que olían a pachulí, los aireó y convirtió aquel dormitorio en su camerino, su escenario y su santuario de libertad. El lugar que había ocupado la cama lo llenaba entonces una tarima sobre la cual había puesto una alfombra roja. Sustituyó la vieja lámpara por unos focos de colores y decidió pasar sus ratos libres emulando a sus artistas favoritas. Como compartía gustos musicales con su madre, llevaba años escuchando y cantando las melodías del folclore patrio. Pero no era lo mismo cantarlas vestido como el respetable y contenido profesor Erundino Aznar Ulibarri que travestido como la Pantoja, Carmen Sevilla o Imperio Argentina.
***
Raimundo le retiró la toalla de la cara. A continuación le aplicó un masaje y el alcohol del ungüento lo arrojó de vuelta desde sus ensoñaciones a la barbería. Abrió los ojos y en el espejo su mirada se encontró con la de Wilson, el hijo del peluquero y alumno suyo.
—Casi se duerme, profesor —rio el barbero, procediendo a cortarle el pelo sin ni siquiera preguntar qué corte deseaba, ya que desde hacía años siempre lo llevaba exactamente igual.
—Sin casi, Raimundo —admitió el jubilado—. En tus manos me siento como en casa —añadió, arrancándole una sonrisa de satisfacción al barbero.
—Erun —intervino Wilson desde atrás, mirándolo a través del espejo—, ¿puedo ir a tu casa estos días a preparar el selectivo?
—¿Se acaba de jubilar y ya quieres que vuelva a dar lecciones? —le espetó el padre.
—Bueno, viejo, él nos lo dijo en clase…
—¿Y cómo vas a pagarle? —insistió Raimundo.
—¿Pagarle?
—¿Pretendes que te dé clases gratis? ¿Trabajo yo gratis acaso?
—Pero él dijo… —trató de argüir Wilson.
—Puedes venir mañana a las cuatro —terció Erundino mirando el reflejo del hijo—. Y no le cobraré nada —agregó mirando al del padre.
—Lo malcría, profesor. Wilson tiene que aprender que las cosas no se regalan —exclamó el barbero señalando a su hijo con las tijeras, como si así su enseñanza llegara más afilada al entendimiento de su vástago.
—Bueno, Raimundo, a veces en la vida sí hay regalos —le dijo Erundino zanjando el tema.
***
Cuando Wilson llamó al portero automático el profesor ya había cerrado la puerta del otrora dormitorio de su madre y había registrado toda la casa dos veces en busca de indicios que pudieran delatar su pasión secreta al joven hijo del barbero. Era consciente de que cualquier rumor podría llegar a los teléfonos móviles de todo el instituto en pocos minutos. También una fotografía. Lo había visto. Muchos adolescentes sufrían esa situación a diario. Cualquiera podía ser sometido a dicho escarnio sumarísimo. Y las consecuencias eran casi imposibles de borrar. En el mundo digital todo parecía eterno.
Wilson se sentó a la mesa de la cocina, donde Erundino había preparado el aula de estudio, y durante un par de horas repasaron el tema de la generación del 27. El muchacho era aplicado. Ser hijo de inmigrante es un escollo en una sociedad que tiende a rechazar al diferente, pese a sus esfuerzos por invisibilizar su acento o disimular sus rasgos. El chico lo sabía. Su padre se lo decía cada día y la sociedad se lo recordaba. Por eso se aplicaba, con la esperanza de que la educación funcionara como ascensor social y atenuara las diferencias que la ignorancia se apresta a recordar.
A media tarde hicieron una pausa y tomaron algo. Erundino sacó de la nevera dos cervezas sin alcohol y abrió un paquete de pistachos salados. Charlaban sobre Lorca cuando Wilson le preguntó de repente si había otros poetas homosexuales. Erundino, que en el instituto solía ponerse gafas para explicar, se llevó por instinto la mano a las lentes; sin embargo, se topó con la nada. Tras carraspear citó a Cernuda, Aleixandre o Altolaguirre, de la misma generación que el inmortal granadino; nombró también a Gil-Albert y a Gil de Biedma, más modernos, además de a Alejandro Torres Quesada, uno de sus favoritos. Wilson lo escuchaba atentamente, acodado en la mesa, mientras el profesor trataba de no ser traicionado por los nervios, que iban dominando su organismo.
En el aula controlaba y sorteaba embates así cada día. Había preguntas fáciles, difíciles y tramposas. Un buen profesor se servía de cualquiera de ellas para transmitir enseñanzas, hacía de la necesidad virtud y esquivaba cualquier golpe con educación y convirtiéndolo en una lección. Pero no estaba en clase y fuera de allí se sentía desprotegido, despojado de autoridad y vulnerable, máxime teniendo en cuenta lo que escondía tras la puerta al final del pasillo.
—Es que yo soy gay, Erun —dijo Wilson cuando su profesor terminó la explicación, a punto de tartamudear—. Y me gustaría leer libros y poemas en los que sentirme identificado. Siempre leemos historias de hombres y mujeres. Y con las pelis igual. Están bien, vale. Pero me gustaría verme reflejado en los libros, imaginarme que yo soy uno de los protagonistas de las novelas o la persona a quien le dedican una poesía de amor. Por eso te lo pregunto, por si puedes aconsejarme y recomendarme libros —explicó con los ojos muy abiertos, casi tanto como los de su profesor.
—Bueno, claro, claro; puedo decirte algunos títulos para que empieces. Pensaba que hoy en día lo buscabais todo en Internet…
—Prefiero que me recomiendes tú los títulos.
—De acuerdo. Te haré una lista. Creo que incluso tengo algún libro por aquí…
—Porque tú también eres gay, ¿verdad, Erun?
***
Erundino abrió dos botellines de cerveza. Con alcohol esta vez. Le alargó uno a Wilson y se sentó a su lado. El joven tomó la bebida y la alzó, esperando que su profesor brindara con él, cosa que este hizo enseguida, acompañando el choque de botellas con una mueca que era entre una sonrisa y un gesto de resignación.
—¿Cómo te has dado cuenta? —le preguntó al cabo el recién jubilado.
—Todo el mundo lo comenta en el insti —se limitó a afirmar Wilson, sin concederle mayor importancia.
—Pero ¿se me nota? —inquirió Erundino, sintiéndose observado de repente, escrutado por una multitud anónima y severa que controlaba sus movimientos.
—No. No especialmente. Bueno, yo sí lo noto. Pero yo se lo noto a todos. Hay un montón —añadió el joven, dejando perplejo a su profesor y, acto seguido, le dio un largo sorbo a la cerveza.
—Yo no, no… no me fijo en esas cosas —balbució Erundino.
—Deberías, porque hay varios profes también.
—¿Varios? ¿De verdad? —se interesó el profesor.
—¿Quieres saber quiénes son?
—No, no —respondió poniéndose en pie, incómodo. No estaba acostumbrado a hablar de ello—. No me gustan los chismes. La vida privada es sagrada.
—Vamos, Erun, estamos en el siglo XXI. El mundo ha evolucionado. Tenemos derechos y libertades.
—Es cierto —asintió el profesor—. Pero no siempre ha sido así. Ni en todas partes es así. Y no hace falta irse al otro lado del mundo. Aquí, aquí. Además, las cosas pueden cambiar. Cuando yo nací nos tildaban de «vagos y maleantes». Más tarde, siendo solo un niño que empezaba a preguntarse si era diferente a los demás, nos etiquetaron como «peligrosos sociales». En resumen, durante un tercio de mi vida ser como soy, como somos, ha sido algo perseguido por la ley. Tu generación es muy afortunada. Otros no pudimos vivir la vida que queríamos. Pero también sois unos ciegos que no veis más allá de vuestra nariz.
Erundino le contó que estudió en un colegio de curas y que su adolescencia fue castrada por un manto de moralidad que lo cubría todo. La Transición lo pilló estudiando la carrera y prácticamente estrenó la Democracia y su trabajo como profesor al mismo tiempo. Sus primeros destinos, antes de que las competencias en educación fueran transferidas a las autonomías, le permitieron viajar y conocer otras ciudades. Fueron años divertidos. Pasó un curso en Almería, otro en Oviedo, dos en Salamanca y uno más en Écija antes de lograr una vacante definitiva en el Calderón de la Barca. Esos cinco cursos que pasó lejos de la casa familiar y en un ambiente distendido, ya que convivía siempre con otros enseñantes en sus mismas circunstancias —jóvenes y lejos de casa— le brindaron vivencias irrepetibles. Tuvo algunos escarceos y un par de relaciones que no duraron mucho. Había demasiado miedo, demasiado secretismo, demasiados prejuicios y una enfermiza necesidad de disimular. Con la plaza en propiedad regresó a casa de su madre y su vida se volvió monótona y gris. Los años pasaron con celeridad. Y cuando había querido darse cuenta estaba preparando los papeles de la jubilación.
—¿Y nunca te has enamorado? —le preguntó Wilson, después de abrir otro par de botellines.
—He tenido dos amores en mi vida —reconoció Erundino tras el consabido brindis y un largo sorbo—. Uno resultó imposible y el otro fue platónico. ¿Sabes lo que significa eso?
—Sí. Nos lo explicó la de Filo. Un amor idealizado o algo así.
—O algo así —repitió el profesor antes de beber de la botella.
—¿Cuál fue el imposible?
—El del profesor que conocí en Écija. Él era conquense. Enseñaba Historia y yo lo llamaba Doríforo en broma porque tenía un cuerpo con proporciones perfectas y el perfil helénico más bonito que he visto en la vida. Pero estaba prometido con una chica de su pueblo y no pensaba romper el compromiso. Fue un drama —añadió y bebió otro largo sorbo de cerveza.
—¿Y el platónico? —insistió el muchacho.
—Eres un cotilla, Wilson. ¿Qué diría tu padre? —preguntó Erundino esquivando la cuestión, tratando de embridar la desinhibición que el alcohol le estaba produciendo.
—Mi padre ya sabe cómo soy. Salí del armario en tercero de ESO. Aunque en clase solo lo saben Jasmina y Kevin. Son de confianza. Hay mucho homófobo y prefiero ser discreto.
—Entonces esas libertades de las que hablabas antes no son tales —apuntó el profesor.
—Tienes razón —acabó admitiendo el chico tras pensarlo unos momentos—. Al menos en determinadas circunstancias y lugares —explicó repasando en su memoria su día a día.
—Los derechos o se tienen plenamente o no se tienen —arguyó Erundino, apurando su bebida y dando un puñetazo sobre la mesa.
—Si todo el mundo lo supiera, podrían acosarme como a aquel pobre chico al que mataron hace tres años.
Erundino cerró los ojos. Sentía que las lágrimas acudían raudas a sus ojos. Se levantó para conjurarlas y se acercó a la nevera. No preguntó. Sacó otros dos botellines y los puso sobre la mesa.
—Nadie tiene por qué hacerse el héroe, pero si nadie da un paso adelante el odio habrá ganado —susurró mientras apretaba los ojos, apoyado en la encimera.
—Tú lo has mantenido en secreto —dijo Wilson en el tono más neutro que pudo.
—Es verdad. Siempre he sido un cobarde.
—¡Yo no soy un cobarde! —exclamó Wilson, sintiéndose aludido—. Tú eres profesor. Los homófobos no se hubieran metido contigo y tal vez…
—¡¿Tal vez qué?! —Wilson enmudeció. Abrió el botellín y bebió. Acababa de poner el dedo en la llaga—. Hice lo que pude como profesor —se defendió Erundino.
—Creo que debería irme.
—No. Espera —le rogó poniéndole la mano en el hombro—. He admitido delante de ti lo que llevo manteniendo en secreto toda la vida. Ahora me siento liberado en parte. Soy un pensionista, mi madre ya no está y lo que digan en el instituto me da igual. Tal vez ahora pueda reunir el valor para vivir a mi manera —añadió dejando la cerveza sobre la mesa e indicándole al muchacho que lo siguiera.
Erundino caminó vacilante por el pasillo. Wilson lo siguió luego de ingerir un buen sorbo. Cuando alcanzó la puerta, colocó su mano en la manilla; antes de abrir, inundado por los nervios y con una sonrisa inevitable en el rostro, se puso un dedo sobre los labios para indicarle a su antiguo alumno que guardara silencio. Entonces abrió.
***
Las siguientes horas pasaron de forma extraña. Dos hombres de generaciones prácticamente antagónicas, de mundos tan diferentes como la tecnología y el estilo de vida pueden producir, pasaron el rato cantando, probándose vestidos y pelucas. Wilson había heredado de su padre el buen tino para la estética y peinó las pelucas de Erundino, quien, desinhibido por algo más potente que el alcohol, la borrachera de libertad que lo embargó al poder expresar lo que sentía, no tuvo reparo en mostrarle al muchacho todos los secretos que guardaban aquellos viejos armarios y cómodas de su madre.
Fue un alivio poder mostrarle a alguien el traje de noche negro tipo Gilda que le quedaba tan bien conjuntado con las perlas de Majorica y la peluca azul. El torrente de alegría que lo atravesó cuando conversaron sobre trucos de maquillaje le duró hasta el día siguiente y la emoción al cantar para alguien que no fuese su propio reflejo en el espejo hizo que prorrumpiera en lágrimas, arruinando media hora de trabajo para maquillarlo. Wilson aplaudía a rabiar tras cada actuación. Le daba consejos sobre cómo moverse, sobre cómo mirar y sobre qué traje combinaba mejor con los diferentes complementos.
A eso de las diez de la noche el móvil del chico empezó a sonar. Wilson corrió a la cocina. Era su padre. Pasaba a recogerlo. Erundino sintió pánico. Le pareció que alguien había encendido todas las luces, que el show había acabado de forma abrupta, que desalojaban el local a las malas, que su madre lo veía maquillado y con un pelucón. De repente se puso a temblar. Se quitó la peluca y empezó a frotarse la cara con un pañuelo. Wilson lo encontró con el rostro emborronado, como si volviera de una noche digna de olvidar.
—No te preocupes. Bajo yo al portal. Además, mi padre ya sabe que eres gay. Pero si no le dices nada, él no te lo comentará.
—¿De verdad lo sabe?
—Mucha gente lo sabe. O al menos lo sospechan. No pasa nada. La gente te quiere, Erun. Eres un tío genial. Y ahora eres mi ídolo. Bueno, me abro —dijo y se acercó a su profesor para darle un breve abrazo a modo de despedida.
—Así que el emperador estaba desnudo —farfulló Erundino con la mirada perdida.
—¿Qué? —interrogó el chico, sin entender la referencia al cuento de Andersen.
—Nada, nada, cosas mías —zanjó el profesor—. ¿Vienes mañana?
—Claro. Hay que seguir repasando. Pero ¿después podemos cantar un rato?
—De acuerdo —concedió Erundino—. ¡Ah! —lo detuvo cuando Wilson ya salía—. Espera un segundo.
El profesor, ataviado con su vestido negro, los tacones y el maquillaje deshecho, corrió hasta el salón y extrajo de la librería un par de volúmenes que le entregó al muchacho. Este leyó los títulos: Sonetos del amor oscuro, de Federico García Lorca, y Primavera, de Alejandro Torres Quesada. Erundino le aconsejó que los leyese con calma, tomando apuntes y anotando las metáforas. Al día siguiente hablarían sobre ambos poemarios.
Cuando se quedó solo caminó hacia el salón. Los tacones resonaban en el viejo parqué y sus pasos se le antojaron a la par seguros y melancólicos. Sonrió sin darse cuenta. Había pasado media vida bajo un disfraz y entonces, ataviado con un vestido negro y el maquillaje corrido, se sentía auténtico. No temía que su verdad se supiese. Mientras se servía una copa y se dejaba caer en el sillón, reflexionaba. Todos los miedos que lo habían mantenido encadenado habían desaparecido, se habían vuelto humo y se sentía liviano. Por primera vez en su vida se sentía amo y señor de su existencia, dueño de su destino y libre de toda responsabilidad. Bebió y saboreó estos pensamientos hasta que se quedó dormido.
Al despertar, con los primeros rayos de sol, lo primero que notó fue un dolor atroz en el cuello. Se incorporó como bien pudo y giró la cabeza con dificultad. Había pasado la noche en la butaca y la mala postura le pasó factura. Luego vino el dolor de cabeza que identificó como una ligera resaca. Y por fin, cuando atisbó su reflejo en el espejo del baño, vino el dolor psicológico. Recordó lo acaecido la víspera y sucumbió a la vergüenza y el arrepentimiento. Los temores, la noche pasada conjurados y vencidos, reconquistaban su psique con bríos renovados. Se acurrucó en un rincón, temblando. Todo tipo de escenarios terribles se dibujaron en su mente: burlas, acoso, pintadas, insultos por la calle, cartas anónimas, vídeos en la red…
El agua fría lo espabiló. Los restos del maquillaje se perdieron por el desagüe, junto a unas lágrimas que, de repente, recordando la alegría que había sentido cantando junto a Wilson, se le antojaron absurdas e infundadas. No tenía sentido temer. El miedo era solamente una ilusión. La vida, cualquiera, llevaba aparejados peligros y amenazas. Vivir era arriesgado. La literatura estaba repleta de ejemplos. Los había leído, estudiado y explicado. Y siempre concluía sus lecciones apremiando a sus alumnos a vivir, pese al riesgo, puesto que de otra forma solo serían meros espectadores de un espectáculo único e irrepetible.
Había llegado el momento de aplicar sus enseñanzas a su propia vida. Había probado la libertad, había saboreado las mieles de la felicidad que aporta ser uno mismo. Más le valía aprovechar los años que aún le quedaban. Nadie iba a vivir su vida por él. Nadie iba a recompensar su miedo. Nadie recordaría su vida no vivida.
***
Wilson llegó puntual. Y la tarde pasó entre comentarios de texto, análisis sintácticos, figuras retóricas, métrica y contextos históricos. Hacia las ocho recogieron y se dirigieron al antiguo dormitorio de la señora Anacleta. El muchacho quiso ponerse un vestido esmeralda y hacer un dueto con su profesor, quien accedió divertido. Erundino se sintió de nuevo imbuido por la sensación de libertad. Cantó a pleno pulmón y gozó probándose trajes y pelucas. Wilson lo maquilló y eligió los collares y pendientes que mejor combinaban con cada vestido. Aquellas dos horas fueron un sueño que Erundino vivió de forma pletórica. Después, cerca de las diez, el hechizo se rompió. Wilson se limpió la cara y se vistió de calle. Su padre llamó al portero automático con puntualidad y el profesor buscó algún libro para su alumno. A Lorca y Torres Quesada le siguieron Los placeres prohibidos de Cernuda y Compañeros de Gil de Biedma, así como otros poemas y narraciones que, cada día, Erundino fue seleccionando para que el muchacho leyese.
Las dos siguientes semanas pasaron así. Cada tarde, puntual, el alumno llegaba y comenzaban los repasos, las correcciones, los análisis y las lecturas guiadas. Después merendaban y se encerraban en el dormitorio de doña Anacleta, donde se vestían con los trajes de gala, se maquillaban el uno al otro y cantaban hasta poco antes de las diez. Por las noches Wilson leía y tomaba apuntes, y Erundino derrotaba, cada vez con más facilidad, a los demonios que volvían a asaltarlo. Incluso aprovecharon los dos fines de semana previos a la selectividad para estudiar y cantar mañana y tarde, ya que el profesor invitó al alumno a comer tras obtener el beneplácito de su padre.
Por fin llegaron los temidos exámenes. Wilson los vivió como un trámite y, a la espera de los resultados oficiales, dio por sentado que iba a superarlos con nota. En Literatura había realizado un ejercicio magistral aprovechando que salió un poema del Romancero gitano para analizar. El resto de asignaturas, que había preparado en casa, las había superado sin problemas; estaba convencido de ello.
—Erun, tenemos que celebrarlo —le propuso con entusiasmo tras terminar el selectivo.
—Me alegro mucho por ti. Pero deberías celebrarlo con tus compañeros. ¿No han organizado una cena o una fiesta?
—Sí, para el sábado que viene. Yo me refería a celebrarlo contigo. Se me había ocurrido una idea.
—¿Qué idea? —le concedió Erundino, a sabiendas de que no le haría gracia.
—Verás, suelo ir a un bar de ambiente que regentan unos amigos. Son muy divertidos y el local es tranquilo. A veces hay actuaciones y he pensado que tú…
—¡¿Qué?! —exclamó el profesor, imaginando lo que venía a continuación.
—Erun, cantas muy bien. Tienes que compartirlo.
—Cantar aquí en casa contigo es una cosa, pero en un escenario… —Se sentía abrumado ante la simple idea de actuar en público.
—No tiene por qué ser tan diferente de dar clase. Te has pasado media vida actuando ante tus alumnos, ¿no es verdad?
Erundino se quedó paralizado. El muchacho, en cierto modo, tenía razón. Él lo había verbalizado muchas veces. Bastantes colegas lo afirmaban sin tapujos, aunque con muchos matices en cada caso. Dar clase tenía mucho de teatro. Había que conectar con los alumnos, llamar su atención y contarles una historia. Daba igual que se explicara Geografía, Biología, Arte o Matemáticas; durante una hora había que atraer la atención de treinta adolescentes. En sus largos años de docencia, Erundino había conocido enseñantes con un carisma espectacular, tanto dentro como fuera del aula. Esas personas eran como soles allá donde estuviesen: atraían la atención de todos e irradiaban una luz que los hacía especiales. Esos poco privilegiados, dotados de tamaño magnetismo natural, triunfarían en cualquier ámbito de la vida. Sin embargo, la mayoría de la gente carece de ese don y, por lo tanto, debe desarrollar estrategias o limitarse a sobrevivir. En el caso de la enseñanza, Erundino se sabía carente de esa chispa, por eso había ido aprendiendo trucos, formas y métodos para captar la atención de sus alumnos y mantenerla despierta lo máximo posible. Fuera del aula, cuando sonaba la campana o esos días que, por hache o por be, se encontraba cansado o desanimado, su verdadero yo se mostraba y su atractivo desaparecía. Así que, visto en perspectiva, Wilson tenía razón: había actuado durante años. Otra cosa es que pudiera o quisiera volver a hacerlo.
El muchacho solo consiguió que su profesor aceptara acompañarlo el viernes siguiente al bar de sus amigos. Quedaron en cenar juntos y acudir al local temprano, antes de que se llenara de clientes y sus dueños no pudieran atenderlos.
Cenaron en una pizzería regentada por un italiano de Portofino. Un hombre simpático, ataviado con perennes gafas oscuras y un collar de oro que, a modo de maître, acompañaba a los clientes desde la puerta hasta la mesa, hablando en un castellano italianizado y con una voz gutural y ronca. Sus modales e indumentaria, traje impoluto, perilla y cabello gris engominado, hacían inevitable que, al verlo, todo el mundo pensara en algún capo mafioso. Da Paolo era un restaurante más famoso por su dueño que por su comida. El aura misteriosa del jefe y su simpática pose le habían granjeado el favor de los clientes. Además, no era caro.
Después de degustar una pizza arrabbiata y unos ñoquis alla puttanesca, Erundino le entregó a Wilson un regalo. El muchacho tomó el paquete y se deshizo del alegre papel azul que lo envolvía en un par de segundos, dejando caer al suelo, como un niño, los restos.
—¡Hojas de hierba! —exclamó cuando leyó el título del libro.
—El poemario completo. En bilingüe y anotado, además —explicó el profesor señalando la parte inferior de las páginas, que Wilson pasaba encandilado.
—Me encanta Walt Whitman. Gracias, Erun.
—Te lo mereces. Pero que no se enteren tus compañeros —le advirtió.
—Tranquilo. Lo leeré durante el verano.
—He escrito una pequeña dedicatoria —apuntó Erundino, carraspeando.
Wilson fue hasta la primera página y leyó en voz apenas audible: «Para mi alumno más aventajado. Que la poesía te arrulle como tu compañía hace con quien te rodea. Con afecto, Erun». El chico se levantó y abrazó a su profesor, que no pudo evitar conmoverse. Entonces apareció Paolo, botella de limoncello y tres vasos en mano.
—Benissimo! Amici, si debe brindare con il liquore de los dioses!
Sirvió tres copas y, tras unirlas con estruendo sobre la mesa, se bebieron el licor de un trago.
Llegaron al local de los amigos de Wilson un par de chupitos y media hora más tarde. No resultó sencillo despedirse de Paolo, que quería seguir brindando y recitando poemas de Giacomo Leopardi, a quien tenía, y como estimó Erundino con razón, como uno de los mejores poetas italianos y europeos.
El Arcadia Feliz era uno de los pocos locales de ambiente que sobrevivían en la ciudad. Unos años antes habían proliferado bares y pubs para público LGTBIQ+ en general y algunos especializados en hombres, en mujeres y en diferentes estilos como amantes del cuero, osos o nudistas. Las modas, los gustos y las nuevas formas digitales de socializar, así como la insidiosa labor de algunos políticos decididos a expulsar del centro de las ciudades los bares de ambiente habían hecho mella en el mundo de la noche queer y tan solo unos pocos locales sobrevivían.
Wilson abrió la puerta con decisión. Erundino se quedó atrás. Sin poder evitarlo miró en derredor, comprobando, en un gesto instintivo, si alguien lo observaba. Sacudió la cabeza, recriminándose a sí mismo aquellos tics tan interiorizados, y siguió al chico.
El local estaba a media luz. Sus ojos aún tardaron un poco en habituarse a la falta de luminosidad. Distinguió una barra larga que giraba a la izquierda al fondo del local, donde este se ensanchaba para acoger la pista de baile y el escenario. Enfrente de la barra estaban los aseos, el almacén y el guardarropa, cerrado durante los meses de verano. Entre esas dependencias y la barra se extendía un largo pasillo, que el antiguo profesor y su aventajado alumno recorrieron a distintas velocidades. Cuando alcanzó la parte ancha del bar, Wilson conversaba animadamente con tres hombres tan dispares como interesantes.
El primero, que se acercó hacia Erundino con los brazos abiertos, parecía ser de su misma edad, aunque tenía un aspecto artificialmente juvenil: camisa blanca de manga larga embutida en unos vaqueros ceñidos y abrochados a la altura de un ombligo que coronaba una tripa imposible de disimular, cabello rizado teñido de castaño oscuro y engominado, piel brillante, muy cuidada, dentadura postiza, ojos negros, cejas depiladas y nariz desviada. Abrazó a Erundino de forma enérgica y se presentó.
—Soy José Antonio Iribarren, el dueño del Arcadia Feliz. Pero todo el mundo me llama la Corcho o Corcho a secas. Y es porque siempre salgo a flote. Llevo toda la vida superando dificultades y esquivando a hijos de puta. Y aquí sigo, sobreviviendo. Wilson es amigo de la casa. Y si tú eres amigo de Wilson, eres nuestro amigo también. ¿Qué quieres tomar, cariño? Yo invito. ¡Chico! —llamó al fornido camarero, levantando el brazo y chasqueando los dedos—. Un copazo para…
—Erundino. Wilson me llama Erun…
—¡Un copazo de los tuyos para mi amigo Erun! —repitió al camarero guiñándole un ojo, quien, sonriendo, de inmediato comenzó a preparar un cóctel.
Al momento llegaron los demás. Wilson estaba abrazado a un hombre de edad indeterminada. Podría pasar por alguien de veintiocho o de cuarenta y cinco. Era moreno de piel, sin apenas arrugas, con rasgos de nativo americano y una larga y negrísima melena lisa. Lucía unos dientes perfectos y una mirada serena y profunda. Se daba aire con un abanico adornado con los colores del arco iris y vestía pantalones y camisa de lino claro. Se presentó como Miguel Alfonso y le plantó dos sonoros besos en sendas mejillas.
—Pero todo el mundo lo llama la Pocahontas, por motivos obvios —intervino el tercer socio del Arcadia, un hombre aquejado de enanismo que le recordó poderosamente a don Sebastián de Morra, uno de los bufones que pintara Velázquez.
—Y a ti la enana cachonda, ¿no te jode? —reaccionó el aludido—. Pero no diremos por qué. Al menos hasta el segundo copazo —añadió prorrumpiendo en una sonora carcajada.
—Soy Máximo. Aunque me llaman la Willow, por una peli de los ochenta. El protagonista tenía acondroplasia, como yo —dijo a modo de curiosa presentación, estrechándole la mano a un Erundino que no salía de su asombro.
—¡La Willow es la prueba irrefutable de que Dios existe! —bramó de improviso la Corcho.
—Sí, y de que es un cínico, además —farfulló la Pocahontas entre dientes.
—Verás, Erun, nuestro amigo se llama nada más y nada menos que Máximo Grande Largo —explicó la Corcho con los brazos abiertos.
—El nombre se lo podían haber cambiado, pero los apellidos ni cambiándolos de orden —añadió la Pocahontas ante la sorpresa de Erundino.
—Ni Descartes ni Spinoza. Máximo Grande Largo, la Willow —sentenció la Corcho antes de añadir—: Un hombre pequeño con el corazón enorme.
—Y lo que no es el corazón —matizó él.
—¡Ya lo tuvo que decir! —exclamó la Pocahontas—. Siempre presumiendo de rabo.
—Porque es grande y largo, no como el de otras —se defendió la Willow.
—¡La polla máxima! ¡Parece un trípode la jodía! —bromeó la Pocahontas.
—¡Basta, basta! —interrumpió la Corcho—. Qué impresión se llevará nuestro nuevo amigo.
—Oh, yo encantado. Es un placer conoceros. Wilson me había hablado mucho de vosotros —explicó Erundino, exagerando lo que en realidad le había dicho su alumno.
—Wilson es como un hijo para nosotros —dijo la Corcho revolviéndole el cabello al muchacho—. Bueno, Erun, tú, como en tu casa. Voy a seguir con los preparativos, que hoy actúa la Drag Pantoja y todavía está empezando a maquillarse —añadió y se marchó hacia el escenario, detrás del cual había una puerta por la que desapareció.
—Dime, Erun, ¿es verdad eso que he oído de que cantas muy bien? —le preguntó la Pocahontas sentándose a su lado, a la espera de un refresco que el camarero le sirvió enseguida.
—Bueno, de chaval formaba parte de un coro…
—No, no —intervino la Willow, que se había encaramado a otra banqueta, a la izquierda de Erundino—. Nada de los coros de misa. Te preguntamos por cantar en un show.
—Yo, bueno, yo… —balbució el profesor, fulminando con la mirada a Wilson, que le pedía perdón con la suya.
—¿Actuarías aquí? —inquirió la Pocahontas.
—No, no, imposible —respondió con rotundidad, hecho un manojo de nervios.
—Bueno, bueno, ya cambiarás de opinión —aseveró la Willow, haciéndole un gesto al camarero, que de inmediato le puso una cerveza.
La noche fue interesante e intensa para Erundino. Los clientes fueron llegando y para medianoche el Arcadia Feliz estaba a rebosar. La Drag Pantoja dio un magnífico espectáculo y muchos, incluido el propio Erundino, la acompañaron cantando unas coplas que eran tan sabidas como emotivas. Wilson, tras bailar un buen rato con un turista italiano guapo a rabiar, con el que también se dio cuatro besos, se sentó junto a su profesor. Hablaron del bar, de sus dueños y del secreto desvelado por el joven.
—Lo comenté porque necesitan gente que actúe y, bueno, se me ocurrió que tal vez tú…
—Oh, no creo que pudiera. No por ahora, al menos. Pero no se lo digas a nadie más.
—Lo siento, Erun. No volverá a pasar.
—¿Y cómo conociste a estos tres?
—Fue hace un par de años. Salí a celebrar mi cumpleaños y me pasé de la raya. Me metí en el cuarto oscuro que hay allá al fondo y la Willow y la Pocahontas, viendo que no controlaba lo que hacía, me sacaron y me atendieron hasta que se me pasó la borrachera. Desde entonces somos amigos. Es muy buena gente. Muy exagerados y muy divas, pero con el corazón de oro.
—¿Hablas de nosotros? —intervino la Corcho, que pasaba por allí.
—Claro. Os pongo verde.
—Quita, déjame sentarme con tu profesor —le ordenó haciendo gestos que Wilson obedeció y aprovechó para acercarse de nuevo al italiano.
—¿Te diviertes, Erun? —le preguntó al tiempo que hacía señas al camarero, pidiendo dos copas.
—Mucho.
—Tú y yo somos de la misma generación. Cumpliré sesenta en octubre.
—Pero hemos llevado vidas muy diferentes. Hasta cierto punto te envidio por haber sido fiel a ti mismo.
—Eso se puede arreglar.
—No sé si podré a estas alturas.
—Podrás. Siempre se puede. ¿Ves esta nariz? —preguntó señalándosela—. Me la rompieron a los veinte años. Por maricón, dijeron aquellos machos franquistas. Sí, la misma gentuza fascista que entonces temía la democracia y que hoy la han usado para llegar al poder. Pero si entonces salí a flote, mañana lo volveré a hacer. No les tengo miedo. Con veinte años nací como la Corcho. Por eso estoy tan joven. Es como si fuera a cumplir cuarenta. Tú, cariño, eres un bebé.
—Gracias, supongo —se limitó a decir Erun, justo cuando les servían.
***
Erundino empezó a acudir al Arcadia Feliz con asiduidad. El bar abría a las seis de la tarde. Hasta las diez era un lugar tranquilo donde se servían cafés, refrescos y cerveza. La luz era tenue y la música relajante. Los pintorescos dueños pululaban por el local haciendo de todo un poco, desde saludar y dar conversación a los clientes hasta servir copas, pasando por gestionar los pedidos o ir a comprar cacahuetes. También entrevistaban a quienes deseaban actuar en el Arcadia; se encerraban en el despacho que había al fondo, junto al camerino, para discutir y tomar decisiones. A menudo se gritaban en público, llamándose de todo, aunque el profesor entendió en seguida que había mucho de sobreactuación en aquellos arrebatos. La Corcho, la Willow y la Pocahontas eran la Trinidad de aquel local, y Erundino se sentía cada vez más como un converso que había encontrado su iglesia.
El verano se consumió con prontitud. El camarero del Arcadia Feliz parecía tachar de dos en dos los días en el calendario de bomberos sexis que colgaba detrás de la barra, junto a las botellas de ron. Erundino pensó que, entre copazo y copazo, aquel adonis de sonrisa constante aceleraba el tiempo como un maestre de la alquimia. Las horas volaban y Erundino apenas las sentía pasar. Solo se daba cuenta de ello cuando daban las diez, que era el momento en el que la iluminación se atenuaba más, se recogían las mesitas de la calle y la música se transformaba en un sonido atronador colmado de ritmo. La clientela rejuvenecía, el local se llenaba y el deseo y los besos de tornillo se hacían omnipresentes.
Entonces Erundino se despedía de sus anfitriones, pagaba las consumiciones y se marchaba a casa. Sin embargo, cuando agosto se enseñoreó del calendario, empezó a quedarse un poco más. Cenaba algo ligero en otro bar o en la pizzería de Paolo y regresaba al Arcadia Feliz. En ocasiones los dueños lo invitaban a cenar y el jubilado asistía a las discusiones de aquellos tres supervivientes que se habían convertido en una extraña y bien avenida familia.
Durante aquel verano Erundino conoció un mundo, una realidad, una vida que se había negado a sí mismo durante la mayor parte de su existencia. También pudo conocer a muchas personas que le hicieron atisbar realidades tan solo imaginadas. Le presentaron a parejas mayores, con décadas de convivencia a sus espaldas, como Luis y Carlos o Arantxa y Pepi; parejas jóvenes rebosantes de pasión y de esperanzas, como Marcos y Ariel o Claudia y Lidia; parejas que habían superado tabúes y prejuicios, como Loli y Dani, un chico trans guapo a rabiar, o Nacho y César, ambos con discapacidades físicas y por quienes el Arcadia había sustituido los dos peldaños de la entrada por una rampa y adaptado un baño. También conoció a Telma, una mujer trans que había sido una pionera en la lucha por el reconocimiento oficial de su identidad de género, o a Marcelino, un hombre que había sufrido la cárcel y la tortura durante el franquismo por ser gay y que seguía batallando para lograr que su nombre quedara inmaculado. Comprendió muchas actitudes que antes de aquel verano criticaba y simpatizó con causas que, a priori, sentía ajenas.
Wilson vivió un tórrido verano de amor y pasión con un joven venezolano al que conoció a primeros de julio. Eso no impidió que, un par de veces por semana, quedara con Erundino en casa de este para compartir lecturas, vestidos y canciones. Se encontraban a media mañana y comían juntos, sin dejar de poner discos hasta que, mediada la tarde, el novio del muchacho enviaba un mensaje anunciando el lugar y la hora de encuentro. Erundino entonces se cambiaba y, cada vez con más ganas, recorría el camino que lo separaba del Arcadia Feliz.
***
Septiembre se presentó envuelto en nubarrones, chubascos y viento. Un frente frío, atípico, barría el país y la terraza del Arcadia lucía triste. La Corcho, la Willow y la Pocahontas trataban de conjurar la baja recaudación y discutían sobre qué hacer. Erundino, acodado en la barra, observaba el calendario, adornado por un musculoso moreno que vaciaba de forma sensual el contenido de un extintor sobre un arbusto en llamas. Pensaba, sin embargo, en que el curso iba a empezar y él ya no estaría en el aula. Imaginaba que sus compañeros, excompañeros para ser precisos, estarían ya celebrando las primeras reuniones de departamento didáctico, de equipo docente, de tutores, de grupos especiales, etc. Sentía una mezcla de añoranza y de alegría, pues echaba de menos el acto de enseñar, pero se alegraba de no tener que acudir a las reuniones, la mayoría inútiles y aburridas.
—Hay que preparar una programación de actuaciones —proponía la Pocahontas—. Un calendario realista y potente, de aquí a final de año.
—Un par de veces por semana, al menos. Viernes y sábado. Ah, y fiestas temáticas: osos, bollos, fetiches, superhéroes… —enumeró la Willow.
—¿Y cómo vamos a pagar todo eso, señoritas? —preguntó de forma sarcástica la Corcho.
—Podríamos cobrar entrada —sugirió la Willow.
—¡Estás loca! —protestó la Corcho.
—Algo simbólico, consumición incluida. Nos aseguraríamos unos ingresos mínimos —matizó.
—Tú pretendes hundirnos, pequeña bruja —le acusó la Pocahontas.
—No digas chorradas; aporto ideas, algo que tú no haces, que solo usas la cabeza para menear el pelo —se defendió la Willow.
—Disculpad —intervino Erundino, acercándose.
—Ay, cariño, perdona —le dijo la Corcho—. Estamos discutiendo qué hacer para salvar el negocio. La gente viene cada vez menos. Los turistas se han ido y los de aquí ya no van a los bares.
—Ahora se liga por el móvil —explicó la Pocahontas—. Foto, me gusta y chimpún, al lío. Sin bailar, sin tomar algo…
—Desde que es tan fácil follar, es tan difícil enamorarse… —se lamentó la Willow con la mirada perdida.
—Por eso es muy importante que tengamos un calendario de actuaciones y fiestas —continuó la Corcho—. Es un reclamo que aún nos distingue de Internet.
—De eso quería hablaros precisamente —dijo Erundino.
—¿Vas a actuar? —le preguntó la Willow con la ilusión dibujada en la cara.
—Sí —respondió, provocando que los tres dueños prorrumpieran en aplausos y carcajadas—. Me habéis dado tanto este verano que quiero ayudaros.
—Pero no podemos pagarte, cariño —le explicó la Corcho.
—No necesito dinero. Mi pensión me es suficiente.
—Copas gratis. Eso por descontado —intervino la Willow.
—Bien, no bebo mucho, ya lo sabéis —aclaró Erundino, tratando de que no lo interrumpieran para explicar lo que quería—. Lo que necesito es que me ayudéis a construir un personaje, un alter ego, un yo artístico. Si sale bien, creo que puedo atraer mucho público.
***
Tres días después Wilson acompañó a la Corcho, la Willow y la Pocahontas a casa de Erundino. Este les pidió que esperaran en el salón mientras él y su exalumno se encerraban en el antiguo dormitorio de doña Anacleta. Los dueños del Arcadia Feliz tomaban café mientras esperaban, sin poder evitar curiosear la librería, repleta de volúmenes arracimados hasta no dejar un hueco libre. Hojearon algunos libros e incluso leyeron algunas líneas, imbuidos por la atmósfera de calma que imperaba en la vivienda.
Al rato se escuchó una puerta. Wilson apareció cargado con una alfombra y la vieja cartera de Erundino, de la que sacó varios discos que puso en orden para la actuación. Tras extender la alfombra y enchufar el micrófono, preparó el primer disco. Pidió a los tres únicos miembros del público que se sentaran, corrió las cortinas para dejar el salón en penumbra y se dispuso a presentar el show.
—Señoras y señores… —comenzó tras encender el flexo del buró y dirigirlo hacia sí mismo.
—Señoras, solo señoras —le susurró la Pocahontas a la Willow, para chincharle, recibiendo un codazo como respuesta y logrando que la Corcho interviniera pidiendo silencio y compostura, aunque, claro, lo exigió a su manera.
—Bueno, con todos ustedes —continuó Wilson— la inimitable, la única, la magnífica ¡Folclórica Literata! —anunció con toda la pasión que supo imprimir a su voz, dirigiendo el haz de luz hacia la puerta de la sala de estar.
—¿Qué clase de nombre artístico es ese? —repuso la Pocahontas al oído de la Corcho.
—Ya lo arreglaremos —respondió, al tiempo que se ponían en pie para aplaudir como si les fuera la vida en ello.
Por la puerta que daba al pasillo surgió una aparición que, a ojos de un cinéfilo, podría recordar a la mítica escena de Vértigo, cuando Kim Novak sale del baño envuelta en la fantasmagórica luz de neón del hotel, transformada ya en Madeleine, y James Stewart casi sufre un colapso de amor y de mal de Stendhal.
Erundino vestía un modelo de gala de color turquesa. Sus piernas, sobre tacones imposibles, lucían firmes cuando surgían al caminar por la raja del vestido. El escote, debidamente relleno, estaba adornado con un collar de piedras que imitaban a los zafiros, a juego con los pendientes, y que emitían destellos al reflejar la luz. Llevaba una peluca azul cielo peinada hacia atrás, muy voluminosa, y su rostro, exquisitamente maquillado en tonos aguamarina, disimulaba los nervios que consumían a un Erundino que no acababa de creerse lo que estaba haciendo.
Wilson pulsó el play y siguió con el foco al artista hacia el improvisado escenario. Con el salón a oscuras y un foco sobre la estrella, la ficción de la escena se les antojó a todos muy real. Erundino cantó una, dos y hasta tres canciones seguidas. Su voz, un torrente que asombró al reducido pero entregado público, fluía sobre la grabación, eclipsando la voz de las artistas imitadas, cuya pista de audio Wilson había manipulado en su ordenador para que su volumen fuera muy inferior al de la cinta original, a fin de que la portentosa voz de su profesor se escuchara sin problemas junto a la melodía.
Cuando finalizó la actuación, tres cuartos de hora después, los invitados aplaudieron en pie de manera desaforada. Erundino pudo ver incluso que la Pocahontas, que siempre se mostraba rodeado de un aura fría y superficial, se había emocionado. La Corcho se le acercó y lo estrechó entre sus brazos antes de plantarle dos sonoros besos en las mejillas. Wilson seguía aplaudiendo y la Willow observaba la cartera de Erundino, apoyada en el buró, pensativo, sin apartar la vista de la D y de la A impresas en la piel.
—Eres una verdadera estrella, Erun —le dijo la Corcho—. Tienes una voz maravillosa.
—He pasado años aprendiendo a proyectarla para que me escucharan mis alumnos de las últimas filas —explicó el profesor, ruborizado por tantos elogios.
—No es solo la potencia, que la tienes, es el timbre, el color, la entonación, la afinación… —arguyó la Pocahontas—. Además de un estilo soberbio.
—Gracias, yo…
—Intentaremos pagarte algo —dijo la Corcho, mirando a sus socios, que asintieron de inmediato—. Eres, de largo, el mejor cantante que habrá actuado en el Arcadia.
—No quiero dinero, de verdad —insistió Erundino—. Pero si os empeñáis —añadió sorprendiéndolos—, quiero que lo que me corresponda se lo deis a Wilson para ayudarle a pagar la matrícula de la universidad.
El aludido, con el rostro demudado por la sorpresa, se acercó a su profesor sin poder contener la emoción y se fundió con él en un abrazo.
—Tu padre me dijo el otro día que no te habían concedido la beca —le susurró al oído.
—Gracias, Erun —logró decir el muchacho, desarmado por la emoción.
—No, gracias a ti por ayudarme a vivir.
—Hay un problema —se escuchó entonces decir a la Willow.
Todos se volvieron hacia quien, sentado en el sillón de lectura de Erundino, sacudía sus piernas en el aire. La Pocahontas puso los brazos en jarra. El resto lo miraba expectante. Cuando estimó que había conseguido la atención que deseaba, habló:
—Tu nombre artístico. La Folclórica Literata es horrible. Pero he pensado algo —anunció bajando de la butaca de un salto y atravesando el salón hacia la librería, de la que extrajo, tras encaramarse a una silla, la vieja Biblia de la madre del profesor—. Erundino Aznar Ulibarri —pronunció en voz alta, con el libro en la mano, poniendo el énfasis en el final del nombre y en el comienzo de los apellidos—, a partir de ahora y a efectos artísticos, quedas bautizado como… —Todos contuvieron la respiración hasta que La Pocahontas lo desveló—: ¡Dina Azul!
***
La sala de profesores bullía en actividad. Las primeras semanas suelen ser frenéticas, recordó un Erundino que caminaba pausadamente, observando a su alrededor un espacio que, hasta hacía unos meses, había sido su segunda casa y que, de repente, se le antojaba ajeno, extraño y lejano. Una profesora joven que no le sonaba se le acercó. Iba cargada de cuadernos y trabajos escolares, sin duda para corregir o recién revisados, de cara a la evaluación inicial o de diagnóstico. Le preguntó a quién buscaba. Erundino se sintió sorprendido. Había trabajado treinta años en el Calderón de la Barca y en tres meses ya era un desconocido. Sin embargo, muchas de las caras que pululaban por allí tampoco le resultaban familiares. Cada curso ocurría lo mismo: al menos un tercio del claustro se renovaba debido a los traslados, las jubilaciones y las vacantes de nueva creación.
—¿Erun? ¡Erun! —exclamó una voz a su espalda antes de que pudiera responder a aquella profesora, quien, viendo que alguien reconocía al extraño, lo rodeó y siguió su camino.
—¡Enrique! —saludó al director, que se le aproximaba con los brazos abiertos.
—¿Qué andas tú por aquí? ¿Echas de menos las clases? Pues nos quedan varias vacantes sin cubrir —bromeó el director, tras abrazarlo.
—He venido a saludar y a invitaros a un acto —dijo al fin, con la voz vacilante, extendiendo hacia Enrique un cartel tamaño cuartilla que promocionaba su próxima actuación en el Arcadia.
—¡Vaya! ¿Y esto? —le preguntó el director sin poder dejar de mirar el cartel, presidido por una foto de Erundino ataviado como Dina Azul.
—Esto… bueno, es un hobby que estoy desarrollando ahora que tengo tiempo —respondió con toda la seguridad que pudo reunir.
—¿Te has metido a mánager de artistas? Creía que ibas a escribir una novela —le dijo Enrique.
—¿Mánager? —repitió Erundino, confuso.
—¡La madre del amor hermoso! ¡Si es Erundino! —exclamó desde el otro extremo de la sala de profesores una mujer de mediana edad, elegante, peinada a la moda y con las gafas colgando de un cordel.
Su voz llamó la atención de otros miembros del claustro que, hasta ese momento, habían estado tan concentrados en sus cosas que no habían reparado en la presencia de su antiguo compañero. El profesor jubilado se vio de repente rodeado por colegas que lo abrazaban, besaban, palmeaban, que le decían que estaba más joven, más guapo, más delgado y que le preguntaban cómo estaba, qué hacía desde que había pasado a mejor vida y si añoraba las clases. Trató de responder y corresponder a todos. Alguien se fijó en el paquete de carteles que llevaba y le preguntó. Entonces inspiró profundamente y comenzó a repartirlos entre sus colegas. Al principio, por influencia del director, se pensaron que su excompañero representaba a artistas, sin embargo, alguien se fijó en el rostro de Dina Azul.
—¿Es tu hermana? —le preguntó el de Matemáticas.
—¿No vivía en Alemania? —quiso confirmar la de Plástica.
—No, no —corrigió un Erundino algo saturado—. No es mi hermana. Soy yo —aclaró sin que lo escucharan—. ¡Soy yo! —repitió proyectando su voz sobre el guirigay que se había formado a su alrededor, arrojando un manto de silencio sobre sus compañeros, que lo miraron llenos de sorpresa—. Voy a empezar una carrera artística como cantante travesti. Siempre he querido cantar vestido de mujer y me estreno el próximo viernes por la noche. Quería invitaros a todos.
El timbre sonó de manera oportuna. Enrique dio dos sonoras palmadas acompañadas de un irrebatible «¡a clase!». En unos segundos el profesorado que rodeaba a Erundino se disolvió. Algunos le dijeron «hasta la vista», otros «me alegro de verte», alguien le deseó suerte y otros se escabulleron en silencio. El director se quedó a su lado y recogió uno de los carteles, que alguien había dejado caer al suelo.
—Te deseo mucha suerte en esta nueva etapa, Erun —le dijo antes de palmearle la espalda y alejarse de él, aduciendo obligaciones en el despacho.
Ya se marchaba del instituto, algo cabizbajo, cuando oyó a su espalda que lo llamaban. Al volverse reconoció a Manolo, el jefe del departamento de Educación Física. Habían sido buenos amigos y compartido incontables cafés, horas de guardia, confidencias y conversaciones filosóficas.
—¿Te ibas sin pasar por el gimnasio?
—Sé que el comienzo de curso suele ser caótico. Pensaba volver otro día —se disculpó.
—Me han dicho que te has metido a cantante. ¡Este es mi Erun! —exclamó abrazándolo—. Siempre lleno de sorpresas. Dame unos cuantos carteles de esos, que los pongo por el insti —le pidió cogiéndole de la mano los pocos que le quedaban—. Vamos, te invito a un café, que tengo hora libre, y me cuentas.
***
La Corcho, la Willow y la Pocahontas estaban colocando las sillas a ambos lados del escenario. Wilson acababa de comprobar el sonido, el micrófono y los discos y un Erundino tembloroso, vestido ya de Dina Azul, se miraba al espejo en el camerino. Llamaron a la puerta y, antes de que pudiera responder, esta se abrió. Entró el camarero con una taza humeante, que dejó sobre la mesa.
—Te traigo una tilita —le dijo abrazándolo por la espalda y mirándolo en el espejo—. Con un chorrito de ron —añadió guiñándole un ojo, antes de darle un beso en la mejilla y desaparecer tan rápido como había llegado.
—¡Ay, cariño! —exclamó la Corcho entrando de repente, cruzándose con el camarero—. Todo va a salir a las mil maravillas. Está llegando mucha gente.
—¿Mucha? —preguntó Erundino, acongojado.
—Muchísima y todos están pidiendo de beber. ¡Maravilloso! Tú tranquilo. Tómate la infusión —le indicó acercándole la taza—. ¡Uh! ¡Lleva contrabando, maricón! —soltó al oler el ron.
Erundino dio varios sorbos a la tila. La Corcho se marchó hecho un manojo de nervios. Podía escuchar el bullicio en la sala, que arreciaba como una ventisca cada vez que alguien entraba al camerino. Acababa de terminar la infusión cuando Wilson entró.
—Estás guapísimo —le dijo comprobando el maquillaje, la peluca, los pendientes, el vestido y los complementos—. No te olvides la faletina —le recordó acercándole el chal, que ellos dos llamaban así en homenaje a uno de sus ídolos—. En cinco minutos empezamos. Sal y dales una lección.
Se quedó solo por última vez. Se miró en el espejo. Era cierto; estaba guapísimo y guapísima. Se gustó y sonrió. Se puso en pie. Se sentía cómodo sobre aquellos tacones. Miró a su alrededor. Su vieja cartera, con las iniciales de su mentor, descansaba apoyada sobre una butaca. Se acercó y la acarició con cuidado de no rozar las uñas postizas. Se volvió hacia el espejo. Dina Azul la observaba satisfecha, con su vestido celeste y su peluca a juego. «Adelante», se dijo a sí mismo. Entonces escuchó la voz de la Corcho, pidiendo silencio y atención al público. Iba a presentar su actuación.
***
A las dos de la madrugada seguían celebrándolo. Enrique, el director del instituto, pidió otra ronda para todos los profesores que habían acudido al bautizo artístico de Erundino. Manolo, el de Educación Física, propuso el enésimo brindis por su compañero y amigo, la exuberante y portentosa Dina Azul. Wilson bailaba abrazado a su novio y los dueños del Arcadia Feliz se mostraban pletóricos.
—¡Éxito! ¡Éxito total! —repetía la Corcho sin dejar de bailar.
—Erun, eres lo más —le dijo la Pocahontas tras darle otro beso, esta vez en los labios—. ¿Y ahora quién llama? —se quejó cuando el camarero le dijo que alguien preguntaba por él al teléfono—. ¡Qué horas de llamar!
—Gracias a todos. Estoy muy muy contento. No tengo palabras —logró pronunciar Erundino, sobrepasado por una noche mágica.
—Sería la primera vez —bromeó Enrique.
—Eres un artista con un gran don, Erun. Gracias por compartirlo y por hacerlo aquí —apuntó la Willow, sentado en la barra con un copazo en la mano.
—¡Por una larga y próspera carrera! —brindó la Corcho, acodado en la barra, alzando su copa, a la que se unieron de inmediato los demás.
La música envolvía los cuerpos de todo el mundo en el Arcadia Feliz, que, como pocas noches, estaba haciendo honor a su nombre. Los bailes sensuales anunciaban los besos y, para muchos, una noche de pasión. La alegría sobrevolaba el lugar. La fraternidad y el respeto eran ley, y la mayoría cantaba las melodías que invitaban a vivir y a disfrutar en armonía.
La Pocahontas volvió con el ceño fruncido. Cogió del brazo a la Corcho y ambos se acercaron a la Willow, que intercambiaba carantoñas con un cliente. Hablaron en susurros, intercambiando ideas, propuestas, pros y contras. Erundino no fue ajeno a esa perturbación que se le antojó como una nota discordante, como una nota desafinada que rasga el discurrir de una canción hasta entonces perfecta. En ese momento los dueños del Arcadia lo miraron fijamente. De forma instintiva se arrebujó en la faletina. La Corcho bajó a la Willow de la barra y los tres se acercaron al profesor, que temía una mala noticia.
—Nos acaba de llamar un buen amigo —le dijo la Corcho.
—Marcos; lo has conocido aquí —puntualizó la Willow.
—Él y su novio, Ariel, tienen problemas. Nos necesitan —explicó la Pocahontas.
—Tenemos que ir al pueblo donde están, El Viejo Molino, Molino no sé qué —le informó la Corcho.
—Molinosviejos —corrigió la Willow.
—Eso, Molinosviejos —repitió la Corcho—. Pues tenemos que ir allí y enseñarles a una panda de neandertales lo que es el respeto.
—Pero ¿qué ha pasado? —preguntó Erundino, sin comprender por qué se lo contaban.
—Tiene que ver con el abuelo de Marcos, que también se llama Marcos, pero no me ha quedado claro —explicó la Pocahontas—. Me ha hablado de forma atropellada. Entre la música y los copazos que llevo encima no me he enterado bien. Solo sé que nos necesita.
—Y nosotros a ti, Erun. A ti y a Dina Azul —apostilló la Corcho—. Así que dime, ¿nos acompañas a Molinosviejos?
Continúa en la novela Cincuenta años no son nada.