Después de tanto esperar, no podía creer que hubieran pasado ya las doce semanas de plazo hasta que me llamaron para recoger mi sujeto de prueba.
El edificio del Àgora, en la Ciudad de las Artes y las Ciencias de València, lleva una década en manos de la SHAICO, que ha transformado el viejo contenedor arquitectónico de principios de siglo en una de sus sedes en la Confederación Euromediterránea. Allí pasé la entrevista el pasado octubre y a sus puertas me encontraba esperando mi turno.
Éramos solamente medio centenar de personas de todo tipo y edad las que habíamos superado las pruebas y conseguido el trabajo de nuestra vida: pasar tres meses conviviendo con los nuevos Hutecs de última generación, los androides que unos meses antes la SHAICO había presentado como Homo Sapiens Shaiconensis.
El nerviosismo se respiraba en el ambiente. Apenas hablábamos unos con otros y, en general, conjurábamos la ansiedad como podíamos. Había quien se retorcía las manos con disimulo, quien se enjugaba el sudor, quien daba incontables pasos adelante y atrás, quien se mordisqueaba los labios. Este último era yo. Con cuarenta años recién cumplidos, me preguntaba si no estaría cometiendo una estupidez. Aunque de ser así, solo se trataría de una más en la larga lista de estupideces que ya atesoraba, y eso habiendo apenas llegado a una tercera parte de la esperanza de vida para los hombres de mi generación.
Agradecí que nos hubieran citado a finales de enero. El trabajo terminaría justo cuando el calor se torna insoportable. Luego, un infierno de medio año castiga València. Durante la estación tórrida, como tantos otros, suelo huir al norte, lo más al norte que puedo.
Una joven uniformada con el conocido traje de dos piezas de los empleados de la SHAICO se acercó a nosotros. Su sonrisa fue como un bálsamo que calmó la ansiedad reinante. Los susurros dieron paso al silencio. Ella seguía sonriendo y mirándonos, escrutándonos, con una mezcla de ilusión y algo más que no supe identificar. Entonces nos anunció que había llegado el momento y que podíamos pasar al salón de actos. Entramos refrenando la prisa que nos dominaba. Una docena de empleados igualmente uniformados nos fueron asignando asientos frente a la tarima. El salón estaba iluminado de forma tenue por luces indirectas. Solo el escenario se veía claramente, bajo una potente luz cálida cenital que hacía destacar el logo de la compañía, bordado sobre la densa cortina beis que cubría la pared trasera. Cuando por fin estuvimos todos en nuestro lugar, un delegado sénior, recién llegado de Norteamérica, subió a la tarima saludando a los allí congregados, que prorrumpimos en un aplauso atronador. Aquel era el momento.
***
En octubre, había regresado de nuevo a la ciudad tras mi estancia habitual en Tromsø, donde trabajaba como cocinero en un restaurante de cocina mediterránea. Me dispuse a afrontar un semestre más en València viendo a amigos, visitando a parientes, trabajando a distancia en tres o cuatro empleos que me permitieran sobrevivir hasta la primavera siguiente y pasando las noches solo o con amantes ocasionales. Aquella rutina se me hacía cada vez más pesada. Todavía no había logrado tener una relación sentimental que durara más de una estación, mucho menos fundar algo parecido a una familia. Me sentía frustrado. No me faltaba sexo. Eso nunca faltaba. Pero el compromiso y la convivencia resultaban algo así como quimeras inalcanzables. Y no me pasaba únicamente a mí; esa soledad era el mal de nuestro moribundo siglo. Cada vez había menos parejas estables. La reproducción se resolvía en clínicas de fertilidad a la carta y la gente, por lo general, se sentía bien porque disfrutaba sin compromisos y satisfacía sus necesidades cuando quería.
Yo no era una excepción. Sin embargo, y por ello mis amigos me tildaban de antiguo, quería tener un novio, un compañero, un marido incluso. Quería vivir con alguien, convivir y dormir abrazado a un hombre con el que disfrutar del sexo más de una noche seguida. Anhelaba hacer el desayuno con alguien en la cocina, además de con mi gata, Nata, la blanca y longeva gatita con la que llevaba casi veinte años de feliz aunque incompleta convivencia. Soñaba con ir a hacer la compra junto a mi novio, pasear de la mano por la playa de la Malvarrosa en las cálidas tardes de febrero o mudarnos en familia a trabajar al norte cuando el semestre caluroso se aproximara. Decorar nuestra casa en Navidad, pese a no creer en nada, o hacernos regalos sin que fuera ninguna fecha señalada, solo por amor. Así que, cuando me llegó la publicidad del nuevo proyecto de la SHAICO, no encontré resistencia alguna a rellenar la solicitud. Lo vi como la posibilidad de vivir la experiencia de convivir con otro hombre, aunque fuera con un Hutec. No me daba vergüenza; había salido con tipos que, aun siendo humanos, resultaron ser más fríos que una nevera. Con un humano tecnológico no podría ser peor.
Me respondieron enseguida y me citaron la semana siguiente en el edificio del Àgora para la entrevista. Me sorprendió la cantidad de gente que acudió el mismo día que yo. Allí nos juntamos personas de todo tipo. Y todos buscábamos compañía, compañeros, asistentes, amigos, cuidadores, amantes, trabajadores del hogar, ayudantes, lazarillos, enfermeros y otras muchas tipologías de necesidades que creíamos que los nuevos Hutecs de la SHAICO satisfarían.
Me entrevistó una mujer seria pero amable que me explicó en qué consistiría el trabajo. Lo llamó trabajo de manera insistente y me explicó que se trataba de un proyecto único y pionero. Los seleccionados, cincuenta en nuestra región y un millar en todo el mundo, testaríamos durante tres meses la idoneidad de los Hutecs para las diversas necesidades que la sociedad de los albores del siglo XXII demandaba. El sueldo era el triple del que solía ganar y solamente tendría que llevar un diario y rellenar unas fichas que me enviarían cada semana. Además, el Hutec seleccionado y programado para mí lo sería en base a un cuestionario infinito que tenía que responder en pos del éxito del proyecto. Mi entrevistadora afirmó que estábamos haciendo historia y que de aquel trimestre de prueba nacería un mundo nuevo para toda la humanidad.
Me sentí abrumado y estuve a punto de renunciar. Creo que detectó que dudaba, porque en ese instante empezó a mostrarme imágenes de modelos para afinar el sujeto final que me sería asignado. Pasé en aquel despacho más de dos horas respondiendo preguntas de todo tipo sobre mi vida. Cuando terminé, sintiéndome vacío y exhausto, me senté fuera y observé a los demás candidatos. Todos salían visiblemente agotados de sus entrevistas. Había personas mayores acompañadas de familiares, niños con alguno de sus progenitores, mujeres solas, hombres solos como yo, jóvenes melancólicos y maduros escépticos. Todos en busca de compañía y de esperanza, con temor e ilusión en la mirada.
A los pocos días recibí la comunicación que ansiaba: había sido seleccionado para el proyecto Sujeto de Prueba. En unas doce semanas me citarían para acudir al Àgora y recoger mi Hutec personalizado para el increíble trabajo que iba a llevar a cabo.
***
Dijeron mi nombre por segunda vez. Los murmullos a mi alrededor crecieron y eso me sacó del ensimismamiento. Como empujado por un resorte, me puse de pie y levanté la mano. Todos rieron y eso me hizo sentirme avergonzado. A pesar del rubor que tiñó mi rostro, salí al pasillo y caminé seguro hasta la tarima entre las filas de asientos. Era el sexto o séptimo afortunado que subía al escenario y mis nervios me habían hecho olvidar todo lo que había sucedido desde que comenzara el acto. Me pregunté qué hacía yo allí mientras el maestro de ceremonias me colocaba a su lado, de cara al resto de asistentes, que me miraban con una emoción que, de repente, me había abandonado. El presentador del evento leyó un breve informe de mi perfil laboral y social y de mis gustos y aficiones. También resumió en pocas frases quién era yo y qué buscaba. La gente asentía entusiasmada. Era como estar en una gala de premios donde se nos daba exactamente lo que llevábamos tiempo deseando o necesitando.
Entonces, aquel Papá Noel posmoderno se hizo a un lado y anunció que mi Hutec, de nombre Hugo, iba a salir al escenario. La multitud estalló en un aplauso ensordecedor. De entre la cortina surgió el hombre más apuesto que había visto en mi vida. No podía creer lo que tenía delante. Era la personificación de todo lo que había soñado: cada rasgo de su rostro, cada uno de sus gestos y expresiones, cada forma de su cuerpo, cada postura que tomaba, la primera sonrisa que me dedicó. Se acercó a mí y se presentó. Yo estaba paralizado. El silencio colmó el salón y lo conmovió. Hugo, mi Hutec, mi humano tecnológico, me miraba divertido y, como veía que no reaccionaba, decidió abrazarme con una ternura y una calidez infinitas. Un estruendoso aplauso nos envolvió. Mi cuerpo despertó y correspondí el abrazo. La ovación me hizo vibrar y mi corazón latió desbocado. Estrechado entre los brazos de aquel ser, que era un sueño hecho realidad, pero que no era un humano como yo, solo podía sentir que estaba viviendo una fantasía. Extraordinaria, excitante, inefable, pero una fantasía.
Hugo y yo, arropados en la marea de aplausos, bajamos de la tarima y nos dirigimos a nuestras butacas, desde donde contemplamos los encuentros entre personas y Hutecs que siguieron al nuestro. Hubo muchos de carácter romántico y sexual, aunque otros tantos satisfacían las necesidades más variadas e inimaginables de una sociedad solitaria, individualista hasta el extremo y en la que el calor humano era cada vez más escaso.
Sentados en nuestros asientos, Hugo y yo intercambiamos algunas miradas. Él me sonreía con devoción. Sus ojos castaños, imposibles de distinguir de unos orgánicos, transmitían tanta paz y ternura que me sentí conmovido de repente. Hugo me tomó una mano y la envolvió entre las suyas. Me parecía vivir una utopía y, aún hoy, al rememorar aquella jornada, me sigue pareciendo que más que vivirlo, lo imaginé.
Cuando terminaron las asignaciones de Hutecs, el empleado delegado de la SHAICO volvió a tomar la palabra para recordarnos que gracias al cerebro desarrollado por su empresa, un prodigio de inteligencia artificial e ingeniería virtualmente indestructible, los Hutecs eran únicos. Sin embargo, añadió antes de despedir el acto y desearnos una experiencia plenamente satisfactoria, no debíamos olvidar que aquellos Hutecs formaban parte del proyecto Sujeto de Prueba y que nuestra convivencia sería solo de tres meses, como indicaba el contrato que habíamos firmado.
No sé qué clase de ensoñación nos pudo invadir a todos los presentes, porque todos conocíamos las condiciones, aceptamos el trabajo, la generosa paga y firmamos el contrato. Creo que al ver a los Hutecs, al mirarlos a los ojos, al convivir con ellos, al experimentar la vida con ellos olvidamos la realidad por completo.
Hugo y yo pasamos aquel primer día paseando. Él me cogió de la mano y recorrimos charlando un buen tramo del viejo jardín del Túria. Su conversación era ágil, amena, amable, divertida, interesante e inteligente. Sabía de todo. Aunque me dijo que no estaba conectado a la red, su base de datos era inmensa. Además, le encantaba el mismo cine que a mí. Y no solo eso, hablamos durante horas de música, conciertos, series y libros que nos habían enamorado a lo largo de nuestras vidas. Pero eso era imposible. Hugo, en realidad, llevaría operativo unos meses a lo sumo. Todos aquellos conocimientos, los libros, las películas no podían provenir de lecturas y visionados. No obstante, su conversación era totalmente convincente y me lo creí. No me engañó porque yo había pedido, lo recuerdo, que me gustaría tener de pareja a un hombre que tuviera gustos similares a los míos, y luego, en aquella entrevista interminable, había citado títulos de libros, de series, de películas. También expliqué cuáles eran mis platos favoritos, mis viajes realizados y soñados, mi ropa preferida, mis preocupaciones o mis ideas políticas. En esas horas, había contado mi vida, mis gustos, mis deseos e incluso mis fetiches y preferencias sexuales. Igualmente, había dado mi consentimiento a la SHAICO para que accediera a mis redes sociales y a toda mi vida virtual a fin de completar mi perfil.
Esa noche, en casa, después de que Hugo preparara una cena ligera y deliciosa, nos empezamos a besar. Con aquel primer beso cálido, tierno, húmedo y sensual cayeron las pocas barreras que me quedaban para arrojarme sin prejuicios ni temores a vivir aquella experiencia. Después vino la noche de pasión más intensa que haya vivido en mi vida. Y puedo afirmar que había gozado de muchas maneras distintas y con diversas parejas. Lo que marcó la diferencia fue que Hugo sabía perfectamente qué me gustaba, cómo me gustaba y qué tenía que hacer para que aquella noche resultara única.
Otra diferencia consistió en que Hugo no se marchó a la mañana siguiente, como solían hacer los amantes, parejas y ligues humanos que había tenido con anterioridad. Esa noche fue la primera de muchas más, inolvidables y únicas; noches con sus días en los cuales aquel sueño que empezó en la sala de conferencias del Àgora se prolongó, y yo me dejé arrullar por una sensación de amor, de placer y de plenitud que no había conocido antes.
Durante aquellas semanas no solo disfrutamos de un sexo alucinante, sino que compartimos cada minuto juntos. La intimidad con Hugo era cómplice. Su cuerpo, delicioso, me resultaba admirable por su verosimilitud. Nos habían informado de forma sucinta de que el cuerpo de los Hutecs imitaba a la perfección el humano, pero es que no logré encontrar nada en toda su anatomía que delatara su origen industrial. El tacto de su piel era como el de cualquier otra persona; tenía vello, sudaba y sus funciones biológicas emulaban las nuestras. Incluso, aunque no necesitaba alimentarse, recientemente habían implementado esa función digestiva para que su organismo aprovechara elementos de la comida y bebida a fin de reparar fibras, piel, cabello y reponer fluidos eliminados, excretando el resto como hacemos las personas. Dormía a mi lado sus ocho horas, que, en su caso, aprovechaba para recargarse por medio de un aparato conectado a la electricidad y colocado junto a la cama, el cual enviaba la energía a través de ondas a sus baterías internas. Pesaba lo mismo que un hombre humano de su altura y complexión y su pecho se movía al inhalar y exhalar el aire que no necesitaba para vivir, aunque sí para que su voz sonara totalmente natural.
Todo él era tan real que olvidar la realidad fue demasiado fácil. Supongo que la SHAICO podrá presumir de lo que yo y los otros que firmamos aquellos contratos vivimos entonces y hemos vivido después. Es la prueba inequívoca de que pueden replicar a personas que son más humanas, sensibles y amables que los propios humanos. Hugo y yo pasamos mucho tiempo hablando. Como he dicho, sabía de todo y se expresaba de una manera que me hipnotizaba. Me encantaba escucharlo y razonar sobre cualquier tema con él. Hugo me hacía muchas preguntas, cosa que me sorprendió, pero que también me encantaba. Quería saber todo sobre mi vida y lo que pensaba sobre múltiples asuntos; me miraba y me prestaba atención como si lo que yo decía no lo supiera ya. Aquellas conversaciones en la cama después de hacer el amor, paseando por la orilla del mar o sentados en la terraza bebiendo una cerveza, además de su sonrisa, su mirada atenta a mis palabras, los besos que me daba sin venir a cuento o las caricias en el pelo mientras preparaba el desayuno fueron los ingredientes que me hicieron enamorarme de Hugo.
Faltaban un par de semanas para que terminara nuestro tiempo juntos, o para que terminara mi trabajo, como me recordaron después los abogados de la SHAICO, cuando sentí un ahogo en mi pecho. Habíamos ido a Montanejos, uno de los pocos reductos naturales que quedaban en la provincia. Después de darnos un baño en el río, mientras nos secábamos al sol, le cogí una mano y la llevé hasta mi pecho. Hugo me atravesó con la mirada. Entendió sin que tuviera que usar ninguna palabra lo que quería decirle. Mi corazón latía con fuerza, mis ojos lo fijaban con devoción o desesperación y él sonreía con ternura. Se acercó y me besó con suavidad. Luego me susurró que ya lo sabía, que él también me quería, pero que nuestro tiempo se estaba acabando. Sentí furia de repente; furia y curiosidad. ¿Hugo podía amar?
Tuvimos una larga y extraña conversación, porque hasta entonces habíamos obviado lo más importante de nuestra relación: que él no era un ser humano. Me explicó que no solo respondía a una programación determinada, sino que su inteligencia le permitía aprender de una forma muy parecida a la que siguen las personas, además de desarrollar afectos u otros sentimientos y sentir algo muy similar a las emociones humanas. Por lo tanto, aunque su programa había sido escrito para estar conmigo, las emociones que había experimentado a mi lado eran genuinas y reales. No me decía que me quería por contentarme; lo decía porque sentía amor hacia mí. De modo que mi siguiente propuesta resultaba lógica: cuando terminase el periodo establecido, podíamos seguir juntos, podíamos viajar juntos a Noruega para pasar el semestre tórrido. Le recomendaría en el restaurante; trabajaríamos juntos y seríamos felices.
Eso no formaba parte de su programación. Hugo me miró con sorpresa, con estupefacción, y se levantó. Lo seguí hasta el coche, donde lo encontré vistiéndose. No comprendía qué estaba ocurriendo. Hugo parecía enfadado y, al mismo tiempo, confundido. Le pregunté qué pasaba. Me miró y vi pánico en sus ojos. Solo pudo decir que ellos lo sabían todo, lo veían todo y lo escuchaban todo, y que mis palabras habían roto el contrato. Tenía que volver a la ciudad de inmediato. Entró en el coche y se cruzó de brazos. Traté de razonar con él, de que me respondiera, pero no pronunció ni una palabra.
Cuando llegamos a casa, una hora después, una furgoneta de la SHAICO esperaba en la puerta del edificio. Hugo se bajó del coche y se dirigió a ella directamente, pese a que intenté detenerlo. Me miró con lágrimas en los ojos y eso me destrozó. Sentía emociones humanas de verdad. Su cuerpo, sin embargo, parecía moverse contra su voluntad. Quiso hablarme antes de que cerraran la puerta del vehículo, pero las palabras no brotaron de sus labios, de aquellos labios que me habían besado por última vez una hora antes, en la orilla del río, rodeados de un paisaje tan bello como sus ojos, aquellos ojos que ahora me persiguen en sueños, que no puedo olvidar, a los que no quise renunciar y que me llevaron a querer iniciar una batalla judicial perdida de antemano.
Una de las múltiples cláusulas del contrato que había firmado establecía que cualquier pretensión de continuar la relación con el Hutec asignado se consideraría una violación de los términos del contrato de trabajo y produciría, por tanto, la privación inmediata del mismo. También había otra que decía que la SHAICO podría monitorear el proyecto a fin de mejorar el servicio. Se especificaba que con mi firma les permitía ver, escuchar y grabar, a través de los ojos y oídos del Hutec adjudicado, todo lo que este viera y escuchara. De igual forma, les eximía de cualquier acción por mi parte en defensa de mi intimidad. Yo había firmado todo aquello y muchas cláusulas más sin ser consciente de ellas porque en aquel momento soñaba con unos ojos, anhelaba unas manos y deseaba unos labios que se materializaron en los de Hugo. Pero no había ninguna disposición que dijera qué hacer con los sentimientos que habían nacido en Hugo y en mí. Porque eso era precisamente uno de los objetivos principales del proyecto. Los Hutecs habían sido concebidos para satisfacer las necesidades y deseos de la humanidad. Pero eso sería un poco más adelante, cuando se implementaran las mejoras puestas en evidencia por el desarrollo del proyecto y se comercializaran en todo el mundo.
No volví a ver a Hugo. Los abogados me dijeron que no era una persona, que era una cosa propiedad de la SHAICO que me habían facilitado para el trabajo que me ofrecieron. Hugo, sus ojos, su mirada y sus sentimientos eran tan solo los de un objeto diseñado para testar las reacciones humanas, mis reacciones, las del verdadero sujeto de prueba.